Hacer vino antioqueño sí era posible (¡Además quedó bueno!)
March 20th, 2010
Bravo, orgulloso con sus uvas de la cosecha 2009 y lleno de expectativas por los resultados de la vinificación.
Una semana atrás el resultado llegó a mis manos: una botella de Nero D’Avola 2009, cepa de gran tradición en Italia, pero crecida, madurada y cosechada en suelos antioqueños a orillas del río Cauca, tal como el cirujano se lo soñaba desde hace tres años cuando montó el cultivo. La botella “representa el grito de una tierra virgen y agreste, marca una pauta histórica en nuestra región y da pie para esperar que la excelencia sea el reflejo de nuestros vinos”, me escribió emocionado.
La cata a ciegas
Bravo me envió una de las 3.000 botellas de la producción, que sus amigos ya le quitaron de las manos, y como el vino se comparte quise descorcharla entre expertos en el misterio de una cata a ciegas.
Así, la evaluación no tendría prejuicios. Es más, Bravo ni se enteró.
El vino saltó rosado a la copa ¿Pinot Noir? ¿Rosé? El misterio apenas comenzaba...
La hicimos el jueves 18 en un lugar que no puede ser más especial como la Cava del Hotel Intercontinental y con gente que conoce y aprecia el vino y se ha bebido todas las botellas que ha querido, con gusto:Elkin Salazar, Gerente de bebidas y alimentos del Ínter;Juan Carlos Valencia, del restaurante El Ávila; Víctor Orozco, sommelier profesional, y David Cohen, un texano que está en Medellín en un viaje de negocios del ramo.
A los invitados les di solo un dato: que era vino. De resto, la botella llegó cubierta a la mesa sin pistas de origen, color, cepa y año de cosecha y, claro, a 17 grados. “Denle lo que se merezca”, propuse.
Una vez descorchada la misteriosa, comenzó una fiesta para los sentidos:”El color es claro, pero no es un rosé, es un Pinot Noir, pero tengo dudas”, se adelantó Valencia. “Es un Zinfandel californiano o un libanés… o tal vez es de Villa de Leyva”, se acercó Salazar. “Estoy confundido”, decía Cohen en inglés y, mirando la copa, le pedía “háblame, háblame”. Orozco remató: “Es un Jerez sherry o un Oporto tinto”.
Buenos puntos
En tal lío estaban los catadores que fue necesario servir dos rondas más del Nero D’Avola de Olaya. Y Salazar afinaba su olfato conocedor y Orozco exigía sus papilas, mientras Cohen iba ya por Argentina, y Valencia rebuscaba entre sus saberes: “No es chileno, no es argentino, pero tampoco es del Viejo Mundo”.
La botella seguía cubierta y a esas horas el cirujano Bravo no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo con su hijo.
Antes de descubrir la etiqueta les ofrecí una última oportunidad. Salazar dijo Tempranillo español y lo marcó como “delicioso”. Cohen coincidió en la cepa, pero la ubicó en Argentina y anotó “fantástico”. Orozco se aventuró por argentino con estilo del Viejo Mundo y dijo “es un vino como loco y delicioso”. Valencia remató: “No es común, parece un rosado, pero con carácter”.
Luego llegó el momento esperado y con la etiqueta a la vista los cuatro conocedores soltaron una algarabía que ensamblaba sorpresa y emoción, además celebración por descubrir que una viña antioqueña es capaz de sacar un producto digno de tener en la mesa y que, una vez terminado, provoca repetir.
¿Cómo lo hiciste Bravo? “Con el método científico que me enseñó mi profesión de cirujano, con lucha y con la riqueza del cañón del río Cauca”, dice orgulloso.
