(Les debo las fotos)
Ta, ta, tatata, ta, tá. Así suenan las vetustas teclas de las máquinas de escribir de los pocos tinterillos que aún sobreviven trabajando a las afueras de la Estación del Ferrocarril, sobre la carrera Carabobo. Permanecen aún, ante el avance de la tecnología que ha convertido a las Rémington, Facit y Olivetti, en genuinas piezas de museo.
Es Carabobo, que entre San Juan y los Huesos, acoge a multitud de comerciantes informales que ambientan el paisaje urbano del centro de la ciudad de Medellín. Frente de la Estación, varios jóvenes entre 18 y 25 años, mueven sus brazos como agentes de tráfico, que con sus pitos, invitan a motociclistas a guardar sus “caballitos” bajo techo en los improvisados parqueaderos para motos.
A lado y lado de esta traginada calle, que se lee como carrera y que así lo validan sus transeúntes, que con el afán de sus pasos desgastan el asfalto, se encuentran varias casetas de venta de frutas que son oasis en medio del humo que dejan los vehículos y de las anónimas caras que tanto circulan por allí, unas a trabajar, otras a buscar ocupación y otros, a hacer “vueltas y mandados” en las oficinas de la administración municipal y departamental.
En una de esas casetas, reposan algunas frutas que esperan por cliente: mangos arropados con bolsas para proteger sus porciones cortadas, manzanas que esperan por brillo para ser comidas, peras, que son buenas para el hombre -dicen por ahí-, tajadas de piña y papayas puestas, que no esperan ser partidas porque ya lo están. El “chucito” de frutas -como dicen los que compran-, está atendido y administrado por su propietario, Isidoro Ospina, quien con 23 años de permanencia en el lugar, se convierte en uno de los personajes que han visto pasar por su frente, los cambios que ha generado la construcción del Metro de Medellín y la nueva adecuación de cierta franja de Carabobo, lo que ha disminuido el flujo de vehículos por el sector, más conocido como La Alpujarra.
Isidoro, de 55 años de edad, cuenta cómo ha cambiado la economía en el sector “Ahora hay más ventas que antes, pero la plata rinde menos. Hace diez u once años, se trabajaba solo por aquí, pero hoy, hay más competencia”. También reconoce un cambio en el costo de vida cuando dice “En esa época todo era más barato, hoy todo es más caro”. Sin embargo, este vendedor del comercio informal, sigue madrugando desde las 5:30 de la mañana a comprar la fruta que llena las estanterías de su caseta, lo hace en el carro de su propiedad, atravesando la ciudad desde el barrio El Playón, en el nororiente de Medellín, hasta las plazas Minorista o Mayorista, pues en cuanto a precios dice, “son la misma cosa”. Compra, de manera religiosa, 60 kilos de papaya, 30 piñas, manzanas, peras y mangos. Abre su negocio desde las 7:00 de la mañana, cuando los caminantes comienzan a gastar suela por el sector, y comienza el ritual diario de pelar la fruta y preparar el salpicón. En cuanto a precios, Isidoro le saca a una piña, cuatro porciones que luego vende a mil cada una, una papaya le rinde para tres porciones que vende al mismo precio de la piña, la manzana, en tiempo caro -como el actual-, se vende a mil pesos; en tiempo de rebaja, a $800 pesos. La granadilla se ofrece a $500 pesos, el mango, a mil pesos, igual que el vaso de salpicón. “Lo que hace que trabajo en esta vaina, he vendido lo mismo”, remata con humor.
Óscar Mesa es uno de los tantos clientes fieles de Isidoro Ospina, Óscar se acerca dos veces al puesto de frutas: a las nueve, “Como la media mañana” y en la tarde, “Como el algo”, dice Óscar, empleado de la Gobernación de Antioquia, mientras va comiendo el mango de la tarde y considera justo, el pago de mil pesos por él, además, “Se ve que el señor ha sido organizadito y aseado”, completa, mientras se come el penúltimo caso de la fruta.
Como Óscar, son muchos los clientes que se acercan a cada negocio formal e informal de este sector. Está la caseta de bocadillos y dulces, atendida por un señor que tiene sus rodillas como pies, debido a la amputación de sus dos miembros inferiores, están las casetas de confites y cigarrillos, la de prensa, las tablas estacionarias con las últimas leyes en formato digital a $10 mil el cidí, atendidas por los caballeros del ojo tapado, la oferta de libros de edición pirata, un teléfono público que se niega a desaparecer ante el advenimiento de los celulares, y con ellos, los vendedores de tiempo al aire en formato de minutos, a $200 pesos, a cualquier operador.
Pululan, como se dijo, los parqueaderos para motos, con el novedoso formato comercial, que combina, celdas para parqueo con la venta de pandequesos, rociados con ambiente de humos, sudor y queso. Están los restaurantes que sacian el afán de trabajadores oficiales y transeúntes vacilantes. Adornando o estorbando a la entrada del centro comercial Metrocentro 1, están los vendedores ambulantes de la última muñeca traída de contrabando, “a $15 mil, parcerito, se la dejo en doce”, de la manito que rasca en $3.000 pesos y del espumador de café con leche, que se compra en diez mil, sin recatear, y que en las tiendas Juan Valdez, se ofrece en $16.000 pesos, moneda corriente.
Así es Carabobo, así es la Alpujarra, así es ese sector entre San Juan y Los Huesos, así es la cara oriental de la Estación del Ferrocarril, estación para el descanso mientras se toma tinto en $200 pesos, estación para la salud, con pinta de papaya y piña, estación para las motos, para la queja y la demanda en los edificios de los juzgados, estación para el ruido y la contaminación, que es el aire de la urbe en la zona céntrica de la ciudad.
Ta, ta, tatata, ta, tá, ting. Así suenan las vetustas teclas de las máquinas de escribir y así suena la campanita que avisa el fin.