La incertidumbre del rebusque

La mañana llega -Bueno, no llega pero está ahí presente-. Realmente la mañana y la noche ni llegan ni se van, pero así lo nombramos para seguir siendo antropocéntricos ¡En fin!.

La mañana está presente y el ser que quiso encargarse de la manutención del hogar se levanta y practica el ritual completo de aseo y alimentación: se baña, desayuna y se lava los dientes; eso tan resumido para no entrar en detalles innecesarios por el momento.

Se dispone aquel humano a salir a repetir lo de cada día: buscar moneda para el sustento. No sabe él cuánto venderá en el día, si bastante, si poco; él promedia y, con incertidumbre, resuelve una cifra promedio, y es lo que justamente gana -si es que podemos traer la palabra “justicia”-.

La acción comienza y tras ella viene el resultado, principio hartamente conocido, ese y el de la incertidumbre, ambos tan humanos, es decir, tan propios de lo físico, de lo tangible. Nuestro vendedor caminará las playas, una y otra vez, ofrecerá lo que tiene a la venta y el tiempo confirmará la ganancia del día.

Hasta el momento solo se ha hablado de su levantar, desayunar y demás. Poco, de su actuar durante el día y el desarrollo de sus ventas; pero por el momento dejémoslo hasta ahí. ¡Buen día!

Fotos: Santa Marta.

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Avenida Alejandro Obregón

Espacios Pachopardo

¡Fue casual! no lo sabía, pero callejeando por Bogotá, encontré que la avenida Calle 92, ahora se llama Avenida Alejandro Obregón. Sería el gesto de algún concejal o parte de la tarea de Catastro, para asignarles nombres a las destrozadas vías que no tienen dolientes de huecos e inseguridad; pero cómo sabe el turista, el simple ciudadano, quién ‘carajos’ fue ese personaje. Para muchos es más importante saber los nombres e historias de los futbolistas, actores y personajes de la farándula, que de nuestros verdaderos artistas. No de cantantes que no componen o de los que tocan y suenan porque tocan zonas íntimas. Muy pocos saben de nuestros pintores, escultores, escritores y demás.

La designación de esa avenida con el nombre del maestro Obregón, debiera obligar la adquisición de la escultura de alguna de sus barracudas o de un cóndor multicolor, y por qué no, de la Violencia; ese mal que aún nos atormenta. Sé que él no tuvo la culpa de esa designación, pero bien valdría que la ciudad lo honrara marcando una impronta más significativa de su aporte a la cultura colombiana, que unas cuantas placas de nomenclatura urbana en las esquinas.

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De la imaginería costera e insular

La imaginería costera tiene sus propios símbolos e íconos: el pez, el mar, el sol, la palmera, la playa, la arena, el coco y su pitillo, la rumba, las trenzas, etc.

Dicha imaginería está al servicio de extraños y turistas que creen que en dichas imágenes está encerrada la costa. No es así. La verdadera costa, sea pacífica, caribe o insular, es mucho más que simples monigotes con breves significados. Estos lugares dejan para sí, lo mejor de su cultura.

Es por eso que los rumbeaderos para turistas son la escenificación de ese imaginario, a veces falso o forzado. La verdadera rumba se vive desde la sangre, ritmos autótonos, sonidos africanos, sudores que resisten las horas de movimiento.

Esta rumba es más oscura,más cercana, más atrevida, con más fuego, con más sinceridad, sin pena, lasciva, propositiva y natural.

Los costeros ofrecen al hombre del interior una rumba inventada, un producto adaptado a sus gustos; pero dejan para ellos lo mejor de su cultura. Y entre ellos se entienden. Que viva la diversidad. Esa es la ciudad que habría qué conocer.

Fotos: Santa Marta.

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Los ‘cacos’, solo han dejado cacas

Por Alberto Mejía Vélez.

Siempre fue una casa lúgubre, habitada, últimamente, por una persona que hacía poco por tenerla en buen estado. Por algo inexplicable, un día salió para nunca volver. En el pasado aquella propiedad fue admirada, pero como sucede siempre, la soledad y el abandono fueron haciendo mella.

Alguien le hizo un muro para blindarla de personas indeseables, sin embargo, cada día que pasaba algo había desaparecido de la estructura. La pregunta de los vecinos asombrados era: ¿cómo y por dónde?

La puerta principal y las ventanas ya no cubren el interior; los postigos cerraron sus ‘ojos’ y no miran con disimulo a los transeúntes; las habitaciones que fueron refugio de amores, besos y pasiones quedaron al descubierto para la entrada de murciélagos. Las rejas que brindaban seguridad y adorno en el ayer, solo son unas cuencas vacías y taciturnas, por la que penetra sin riesgos el aire gélido en el anochecer tétrico del barrio y las siluetas móviles de criminales tenuemente iluminadas por la luna, a veces traspasada por las nubes.

Por la imposibilidad de transporte se han salvado los muros, tejados y tuberías. La casa, llora. En el llanto, es acompañada por murmullos de antiguos habitantes que ven cómo ha sido carcomido por la indelicadez de la ambición, la ignominia y la inseguridad. Se sientan en el vacío a recordar aquel pasado de calma, sinceridad, armonía y familiaridad. En voz baja se relatan el nacimiento de hijos; la profunda alegría en el advenimiento de nuevos seres que prolongarían su estirpe; el llanto fúnebre ante el primer muerto y el esparcido olor a flores, que hoy, ha sido absorbida por el de las cacas depositadas por los ladrones.

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Rituales populares en las fotografías playeras

Los montajes a pedir de boca y al asombro de la muchedumbre. A otros, acostumbrados a las potencialidades de los programas de diseño, tales montajes no asombran, es más, les son mañés.

Pero en la Viña del Señor hay salpicón para todos los gustos. Hay quienes llevan sus propias cámaras y elijen sus ortodoxas o mal encuadradas imágenes. Hay quienes portan costosas cámaras y configuran excelentes fotos, dignas de catálogos. Pero aún hay pueblo que paga porque les sean revelados los recuerdos de un paseo, casi de olla.

Por eso todavía se ve al fotógrafo de profesión, pisar las arenas de ciertas playas; con su vieja cámara o la descontinuada Polaroid, ofreciendo el registro del recuerdo y del instante soñado.

Así es como se dispara el flash al “muerto” que yace enterrado en la arena con falo extravagante o unas inflamadas tetas, ambos de arena. Se ven poses de terror que luego son montadas sobre otra foto que tiene un derrumbe de arena; o un pie que intenta aplastar a los paseantes. NO ha de faltar la foto del ser amado que yace impreso en la nalga de su ser amado.

Rituales se viven al borde del mar, rituales como el mismo hecho de pasear, después de ser ahorrados algunos pesos para poderse dar el gusto de regresar con bronceados o con la cuota inicial de un carcinoma basocelular. Los turistas y los que viven de ellos, todos juntos hacen parte del mismo ritual. Los unos aprovechan las temporadas altas y los segundos deben regresar a sus rutinas; todos son el devenir de una economía.

Es el mar, ese que tanto se nos aparece en los sueños para denotar las emociones y los sentimientos; ese que Jung usa para ilustrar la profundidad del inconciente colectivo. Ese mismo al que visitamos como si regresáramos al origen mismo de nuestra substancia.

Fotos: Santa Marta.

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El menú interactivo de nuestra existencia

¿Qué se le apetece en la vida? ¿loterías? ¿amor? ¿contubernios? ¿viajes?

¿Qué desea comer? ¿mago biche, chorizo, granadilla, uva, chicharrón, harina, refresco, jugo natural?

¿Qué desea obtener? ¿poder, enajenación, abstración, vulgaridad?

¿Sabe quién es usted? ¿carne, espíritu, consciencia colectiva, creación, ilusión, percepción pasajera, ondas, vibración, triunidad?

¿Sabe qué esperan los demás de usted? ¿cariño, amor, perdón, abrazo, apoyo, dinero, interés, un minuto, un susurro, un no puedo?

La vida ofrece de todo, como en botica, en frascos coloridos, de boca ancha, trasparentes, angostos, olerosos, simples, quebradizos, gruesos. La vida ofrece cada poción con exacta sabiduría. El ojo ve solo la parte del espectro visible que debe ver. El oído escucha exactamente la frecuencia que puede aguantar. El cerebro percibe de tal manera que el resto de nuestras vidas nos pasamos buscándole sentido a este viaje.

El universo no está quieto, las moléculas menos. Somos polvo de estrellas en permanente interacción.

¿A la orden? ¿qué necesita? La vida nos muestra la carta de opciones para prepararnos un plato exquisito. Y a vos ¿qué te apetece?

Foto: Usaquén, Bogotá. Aviso: Me voy para Santa Marta -qué pereza-.

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La vida, como una colcha de retazos

Solo se necesita un metro de tierra, una gallina y una almohada para ser feliz. Solo se necesita una vaca, un arbusto de moras y un sembrado de lechuga para ser feliz. Solo se necesita una cocina, un cuarto con ventana y un piso de tierra para ser feliz. Solo se necesita tres lápices de color, una hoja y el silencio para ser feliz. Solo se necesita un riachuelo, una cascada y un pájaro a lo lejos para ser feliz.

Solo se necesita un conejo, un alar y ver llover para ser feliz. Solo se necesita unas ramas de cilantro, un trigal y un cafeto para ser feliz. Solo se necesita un árbol, el viento y el sol para ser feliz. Solo se necesita bien-decir a otro, abrazarlo y sonreír para ser feliz. Solo se necesita cerrar los ojos, soltarnos al universo y ver qué nos dicen los sueños para ser feliz.

Un universo personal, cuántico, iluminado; hecho de nosotros mismos, como una colcha de retazos: sencilla, variopinta, humilde, rica, colorida, colaborativa.

Colcha de retazos en Usaquén, Bogotá.

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El Faro, de Po Chou Chi

Cuando quedamos en embarazo Diana y yo, llegaron las preguntas obvias: “¿Y qué quieren tener? ¿Niño o niña? Siempre respondimos: Un hijo -en el sentido genérico de la palabra-, es decir, lo que venga, niño o niña, simplemente queremos una criatura.

Cuando nació, le gente aún me preguntaba ¿Y vos qué querías? Siempre respondí: Simplemente tener un hijo (niño o niña). Los contertulios replicaban: “¡Pero uno siempre quiere o un niño o una niña. Siempre se tiene preferencia por algo!”.

Así es, lo único que quería era tener un hijo (hombre o mujer). Y continuaba complementando diciendo que ya es bastante ASOMBROSO, MILAGROSO, que salga una criatura, como para exigirle a la vida que tiene que ser así o asá. Bienvenido quien venga y como venga.

Una vez nacido Jacobo, se despertó en mí una compasión que jamás había experimentado, y al no criarme con mi padre y no poder nunca llamarle “papá”, lo único que he querido es darle de mí, de mi tiempo y de mi niño interior a Jacobo. Por eso preferimos menos dinero y llegar a jugar con él, menos poder en algún cargo y llegar a casa temprano; una morada humilde y un cuarto austero en juguetes, pero muchos abrazos, besos y juego.

Un amigo, José Fernando Montoya Ortega, me envió un video que sé que les va a encantar y por eso hice la introducción que han leído hasta ahora. Y aunque sé que mi vida les debe importar poco, ya saben que escribo mucho de mi vida, para poder levantarles la memoria en cada uno de ustedes. Es decir, yo escribo mis memorias y ustedes recuerdan las suyas, y así hacemos memoria colectiva.

Ahora me preguntan que si Jacobo gusta de mis pasiones, que si dibuja, que si ilustra, que si es bueno con los colores. No sé y no me interesa, él es un ser distinto y único, aunque últimamente me está pidiendo la cámara para tomar sus fotos. En Usaquén, Bogotá, me la pidió y le pregunté que a qué le quería tomar; me dijo que al pasto y eso me pareció excelente. También le tomó una “vista” a su mamá, mi esposa: Diana. Aquí va el video y las fotos de Jacobo (2.5 años)

El Faro: “Extraordinario corto en dibujos animados, del
chino Po Chou Chi. De una belleza y sensibilidad genuinamente
orientales.”. José Fernando Montoya Ortega.

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Un par de viejas botas – Coloquio

Por: Alberto Mejía Vélez.

Se quedaron bien paradas, tal como las dejó el ingrato dueño.

La izquierda le comenta a su par: ¿No sientes nostalgia de ver la forma, cruel, en que fuimos arrojadas a la calle?

¡No! Es el comportamiento natural del ser humano. Nuestro dueño nos sacó de la vitrina en donde estábamos, a la mirada inquisidora de ojos que nos querían deseaban. Muchos nos despreciaron por color; otros, por tamaño; la mayoría, se detenía, miraba y, al ver nuestro precio, se devolvían nostálgicos.

El señor qué nos alejó del lugar en donde permanecíamos tranquilas, estaba acompañado de una bella mujer. Salió feliz con nosotras bajo sus brazos, nos paseaba por lugares exquisitos, bailábamos con él hasta largas horas de la noche; golpeando, algunas veces, a la hermosa pareja y hasta nos le paramos en un callo.

Muchos de sus amigos nos miraban con envidia, diciéndole que estaba muy ‘titino’ con sus botas nuevas.

¡Nos gustaba tanto cuando nos llevaba al parque a que nos lustraran! nos hacía cosquillas ese vaivén del cepillo y aquella delicia de sobarnos con trapo para que nuestro color relumbrara.

Recuerdo cuando el lustrador me daba un golpecito en la punta, para qué me bajara de la cajita y tú pudieras subir

¡Gratos momentos!

No nos gustaba cuando los pies del dueño sudaban en exceso.

¡Verdad!

Nos pasaron los años y con ellos, nos llenamos de raspones, perdimos el brillo natural.

Los tacones se torcieron y el cuero se agrietó. Ya el amo ha mirado con codicia a otras más jóvenes.

Por eso estamos aquí, esperando el sonido de la campanilla del carro recolector de basura, para emprender el viaje sin retorno. Allá donde tiran las cosas que no sirven.

¡Ajá!

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Reloj despertador Diamond – La tienda de Mune

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Historias de tetero

Cuando era un pequeño, recuerdo que me levantaba somnoliento a llevar el tetero al baño y luego iba a la cocina a orinar; lógicamente cuando llegaba al baño me percataba de que ese no era el lugar y deshacía los pasos rumbo a la cocina.

Épocas en que el contenido del tetero era la bien posicionada aguapanela con leche; alimento bendecido en los barrios obreros, que entretenía y alimentaba a los destetados. Bien fuera sola o con leche, la aguapanela nos alimentó hasta que nos parábamos derechitos y aún nos alimenta cuando, en algún restaurante, nos ofrecen el guandolo (aguapanela con limón).

Hace algunos meses, le dijimos a Jacobo que ya estaba muy grande para tomar tetero, que eso era para bebés. Diana, esposa del suscrito y madre del muchachito, reforzó la propuesta diciéndole: “¿Lo botamos?”. Jacobo, enajenado por nuestra palabras, lanzó el tetero a la calle y arremetió: “Sí, yo graaandee”. Jacobo siguió caminando pero Diana, sin que él se diera cuenta, levantó el tetero del suelo por si depronto le daba por pedirlo en la noche. Desde aquel día toma en termo.

Son solo dos historias para levantarles el recuerdo e invitarlos a compartir sus historias de tetero, reírnos un rato y evocar imágenes quizás olvidadas. ¿Tienes historias de tetero?

Foto: Parque de Girardota.

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Paisajes de nuestro territorio

Colaboración de Juan Pablo Ramírez, del blog: Galileanos.

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De verbos en el lugar equivocado

Ya que leo mayor participación de los lectores, vamos a jugar. A partir de una conversación con Eduardo Rojas y Juan Pablo Ramírez, amigos y contertulios de temas de comunicación y tecnología, salió a relucir, por parte de Eduardo, el uso de verbos en frases ya reconocidas pero poco ortodoxas.

Hablando de meseros, tema ligeramente abordado en una entrada anterior, surgió la típica frase de algunos restaurantes:

- Me trae hielo, por favor.
* ¡Qué pena con el señor, pero es que aquí no manejamos lo que es el hielo.

En almacenes con artículos en promoción:

- ¡Siga! estamos en realización.

¿Jugamos? Típicas frases que encontramos en nuestros territorio.

Comenta Eduardo Rojas: “Mono es que acá se maneja lo que es la gracia para “colocar” esos juegos de frases comunes, reforzadas, que denotan la falta de capacidad para expresar las cosas. Esta perla me la soltaron en un restaurantillo de alto tumerqué, sumercé… acá en la capital antioqueña cuando pedí una CocaCola: “disculpe señor pero acá no manejamos lo que es la CocaCola, pero si manejamos la Pedsi, le traigo una?”.

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Ricardo Olano Estrada, un Urbanista Olvidado

“Espacios Pachopardo”, otra columna del invitado permanente, Francisco Pardo Téllez ‘Pachopardo’; que le dará más oxígeno y picante al blog. Francisco es ArquiTERCO -perdón- Arquitecto, y su participación estará enmarcada en su conocimiento como urbanista, rolo-paisa, y como persona que también tiene sus recuerdos, “pecados” y virtudes. Los dejo con él…

Al igual que hoy, hace 100 años en las distintas ciudades colombianas, se hicieron varias obras de infraestructura y ornato que no pasan de ser más que gestos aislados para crear “la ciudad del nuevo siglo”.

Si nos atuviéramos a una visión planificadora de la ciudad moderna es posible que los cambios urbanos generados entonces por el transporte con la aparición del automóvil, del tranvía y la llegada del tren, fueron gestos aislados y descoordinados al principio del siglo XX, cuando la vieja trama colonial, se conservó casi inalterable para luego ensanchar algunas de sus calles y actualizarlas a los nuevos medios de movilidad.

La modernidad urbana en Colombia no se inicia con la venida de Le Corbusier a mitad del siglo 20, sino desde mucho antes con la fundación, en 1899, de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín SMP. Un grupo selecto de ciudadanos notables, gestores de muchas obras como la apertura de calles con su nomenclatura y nombres, rectificación y cubrimiento de quebradas, construcción de parques y otras obras. Se propendió así por un cambio para pasar de la aldea a la ciudad soñada.

Un industrial, comerciante, escritor y político local, promotor del desarrollo urbano de la ciudad,  GERMÁN OLANO ESTRADA (Yolombó 1874-Medellín 1947), fue líder en este desarrollo, Contribuyó con sus artículos a la revista Progreso de la SMP, al periódico Ciudad Futura con la difusión de las ideas del “City planning inglés” y aplicó con sus socios las ideas, al urbanizar, en 1924, el barrio El Prado de Medellín, cercano al centro y buen referente urbano y arquitectónico de la nueva ciudad y hoy, pese a su abandono, es afortunadamente parte de su patrimonio.

Estas y otras experiencias locales lo impulsaron en la promoción de las Sociedades de Mejoras Públicas en otras ciudades de Colombia; así como de su especial participación como promotor en los “Planos Futuros” de Medellín y Bogotá,  que son parte fundamental en los inicios de la planificación urbana en Colombia.

Muchos nombres, a pesar del tiempo, prevalecen y son recodados por sus hechos -muchas veces por sus errores-; por el contrario otros personajes desafortunadamente son olvidados pese a la importancia de sus acciones: tal es el caso de Olano Estrada. Ignoro si en Medellín, en alguna de sus facultades de Arquitectura y Urbanismo, existe una cátedra o algún aula que lleve el nombre de RICARDO OLANO ESTRADA, o si acaso el Concejo ha bautizado alguna de las avenidas con su nombre. Sé que en Bogotá esa recordación tampoco se ha dado. Sigue leyendo

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Las papitas de don Manuel

Por: Alberto Mejía Vélez, invitado permanente

Estaba desempleado. Cierto día salió de su casa a recorrer las calles y en el camino observó a alguien que fritaba papas en una olla y después las empacaba en pequeñas bolsas que pasaban, luego, a manos de niños y mayores para ser consumidas así: fresquitas. ¡Ahí está mi salvación!, pensó, tengo qué buscar un buen lugar, se dijo.

Buscaba un sitio que no fuera peligroso y por donde deambularan buena cantidad de personas. Llegó a la plazuela de San Ignacio y el “fogón se prendió”. Comenzó con medio costal de papas, a un costado del atrio de la iglesia; desde temprano hasta entrada la noche.

Desde 1970, fecha en que comenzó, las cosas han cambiado mucho. Los niños de aquel entonces que correteaban por las bancas. Hoy, ya mayores, arriman por el paquete de papitas acompañados de sus hijos; ya no son cortadas con cuchillo, sino con un aparato qué lo hace milimétricamente o piden la bolsa de papita criolla, última invención en su ventorrillo.

¡Los tiempos han cambiado! Ha visto desaparecer casas antiguas del entorno para darle cabida a la modernidad. Vio la partida de la Universidad de Antioquia, aunque aún observa a ilustres personajes ingresando a disertar en el Paraninfo. Las damas encopetadas que salían de misa del brazo de caballerosos esposos, se han ido perdiendo del panorama. Fueron apareciendo loros con su algarabía desde lejos; venteros de tinto y cigarrillos en sus coches de bebé, adaptados para tal fin.

Pasan los años y escasean los cabellos, los movimientos se han hecho lerdos. El nuevo panorama se ve con ancianos cabizbajos que huyen del estorbo y buscan refugio bajo de las palmeras, recostados en las bancas. Llegaron también aquellos que le temen a la realidad y su pasado escondiéndose en el alcohol. Hizo su aparición el experto en cartomancia y otras brujerías con los que embauca a cuanto incauto camina por allí.

Don Manuel sigue allí, firme, con su venta de papitas fritas que le dan la ‘papita’ del hogar.

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