De parecidos y otros chismes

- ¡Igualito a Jairo!
* ¿Y, Jairo no se operó de aquello, pues!
- ¿Sí? ¡No jodás!
* ¡Ay! Mija, es que después de 16 hijos, descarado si no se opera.
- Pero aquí entre nos, ese no es hijo de Jairo.
* ¿Cierto que no? Yo no te decía nada por prudencia, es que yo no le sacaba el parecido.
- Eso es un embuchado que no ha soltado Yolanda. Donde se entere Jairo la acaba.
* ¿Y entonces de quién es?
- ¿No se imagina? ¿A quién le ve parecido?
* ¿A don Alfonso, el de la dentistería?
- Pa’ que vea.
* Pero si tiene 90 años.
- Pero con mucha plata y ya tiene heredero.
* ¡Ay! Yolanda. ¡Sinvergüenza!
- Sinvergüenza no, inteligente.

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Interconectados – Venta de sombreros en Carabobo

De un reconocido almacén del Carabobo peatonal, en el centro de Medellín, tomé esta imagen que muestra la manera en que son exhibidos algunos sombreros a la venta. Almacén con 55 años de existencia que tiene varias maneras de mostrar su mercancía: una, es colgando las botas del techo, formando un cielo “raso” de mercancía; y la otra, la de estas cabezas interconectadas con sombreros en oferta.

Imagen tomada durante la grabación de un VTR para El Colectivo, programa de Teleantioquia. Lunes a jueves, 10:00 p.m.

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¿Tardará mucho? – Pensamientos de una perra

Por Alberto Mejía Vélez

Las sensaciones de angustia, desamparo y placer, no solo son de los llamados pensantes. Así como el amor tampoco es monopolio de ‘los reyes de la creación’.

Desde su atalaya, con la mirada fija en el punto por donde ha de aparecer el que la hace aullar desde hace algún tiempo. Espera, ansiosa, su aparición en compañía del amo. Sabe que andan juntos, porque así pasaron de ida. -¿A dar un paseo? ¿O a comprar la bolsa de comida que se ha vuelto tan cara?-.

Por momentos en la rapidez de su cerebro, la torturan negros pensamientos. Ella en la ventana que sus dueños le asignaron como lugar para el descanso y seguramente, también, para que no estorbara en la limpieza de la casa. Ha visto pasar a muchos amos con sus perros y jamás regresan; solo el hombre con la cadena en una de sus manos y con una extraña sonrisa.

Ella ha observado con frecuencia ese procedimiento inhumano que la hace padecer y se llena de temor. Siente que el tiempo ha pasado y no es la misma, como cuando era ágil y bajaba con rapidez las escalas a la ladrarle al desconocido que había tocado la puerta. Notaba también que se pasaba por la época en que no se los adquiría por la devoción en amar, sino por lo extraño de la raza y su valor en dinero, que es una forma de demostrar categoría, atiborrada de petulancia. No. Sus amos no eran así. Eso la hacía estar tranquila.

La alegría le llegó, al ver en el principio de la subida de la calle, los retozos del sabueso canelo, que no dudaba, sería el padre cariñoso de una hermosa camada…

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Una esposa conforme al corazón de Dios

¡Aún huelo a humo!

Cuando se pasa cerca a una quema de leña o se hace junto al fogón de leña donde se cocina un sancocho decembrino, la substancia de nuestro ser queda totalmente impregnada del olor de humo de leña. Anoche hubo una virtual fogata y ¡Aún huelo a humo!

Anoche recibí una fiesta sorpresa. Estuve engañado alrededor de un mes y yo, ingenuo, me comí todo el montaje que mi esposa preparó de manera impecable y espectacular. Anoche, fue el lanzamiento personal del libro El Coleccionista de cartas y fue una cálida y acogedora reunión de amigos. La presentación estuvo a cargo de la docente e investigadora, Lucía Victoria Torres, Comunicadora Social y Periodista, y de Carlos Mario Guisao, de igual profesión; ambos amigos personales. La presencia del Editor General de la Editorial UPB completó la mesa donde se revelaron las intimidades del libro y de algunas cartas.

Pero el presente texto no es para dar a conocer esta noticia, página personal de mi diario; sino, para exaltar la labor amorosa de mi esposa Diana, quien me ha dejado aún con el perfume de esa espectacular y conmovedora noche del 9 de mayo. Si el colectivo popular trae a la palabra el 3 de mayo y su famoso aguacero, yo traeré por siempre aquel 9 de mayo y su cálida noche.

Por múltiples razones, mi esposa Diana tomó el liderazgo de crear un lanzamiento para el libro, y para ello, se montó en la labor de inteligencia de escarbar entre mis amigos, ver cómo localizarlos e invitarlos y permearlos de picardía ante lo que se configuraba como una sorpresa: “No le cuenten nada que él no sabe”, solicitaba perentoriamente. Contarles todas las peripecias que tuvo qué hacer y todos los engaños a los que fui sometido reunirían aquí varios párrafos, así que me da miedo contar tanta vaina personal que quizás no les interese, pero permítanme hacerle este sencillo agradecimiento a su ser.

Alrededor de 80 personas respondieron a la efectiva convocatoria de Diana, mi esposa y Jacobo, a cuyo nombre estaba la invitación. Si algunos de mis amigos no recibieron llamado, fue porque le quedó difícil levantar el dato de contacto. Diana, Amor, gracias eternas por semejante regalo, por tu esfuerzo, dedicación y amor. Con razón tanta gentete admira, creételo. Y a quienes trabajaron cómplices contigo, ¡gracias!

¡Aún huelo a humo! Aún tengo en mi cabeza el encanto de una noche inolvidable. Perdón a los lectores por este texto tan íntimo, pero es mi homenaje a mi esposa.

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¿Gordas? Cuestión de percepción

* Lola, mirá ese espejo ahí puesto, ¡tan charro! ¿No?
- Vení mirémonos a ver cómo estamos.
* ¿Cómo estamos? Pues gordas, ¿o es que te parece que estamos muy flacas?
- Pues no sé vos, pero yo no me siento gorda. Yo estoy “al pelo” ¡oigan!
* ¿Yo soy la marrana, pues? ¡Ven a esta!
- Pues usted es a que está diciendo que está gorda, yo no.
* ¡Tan boba, mija! Esperame vos, yo me arreglo estas naguas, que las tengo al revés.
- Dejá de ser mañé, querida ¿cómo que vos con naguas a esta altura de la vida?
* Es que hoy me encuentro con Antonio, y quiero vérmele bien pispa.
- ¡Oigan a esta! Con eso lo espantás de una. Eso es como decirle que no querés nada.
* ¿Será?
- ¡Avemaría!
* ¡Yo me veo muy bien! Envidia
- ¡Hum!

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El motoso, la siesta o el sueñito…

Por Pachopardo. Bogotá.

Entrecerrar los ojos y dormir un rato. Hacer siesta pueden decir otros más elegantes. Descansar en medio del atafago del transporte o recuperar fuerzas para continuar la jornada; son varias de las consideraciones que le damos al “motoso”; saberlo disfrutar es dejarse abandonar y tener la confianza y la tranquilidad en el espacio público de que no va a pasar nada o disfrutarlo con descaro en la intimidad del hogar.

  • Mamá e hijo.. abandonados en los brazos de Morfeo.
  • Cuando era niño…
  • Peligroso motoso de una familia exhausta en unasSala de espera.
  • Recuperando fuerzas.
  • Sueño al Jardín.
  • Soñando y transmitiendo en directo vía Microondas.
  • Siesta al Parque.
  • ¿Bajando la guardia señor Agente..?
  • Yo también me echo mis Motosos.
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De cuando el televisor no tenía control remoto – Soliloquio

Hay muchas cosas que la niñez de hoy ni se imagina que sucedía. A veces, los hijos le preguntan a los padres ¿cómo hacían para vivir sin celular? ¿entonces, cómo hacían?. Hoy, la señal de televisión llega a miles de hogares vía cable y suscripción ¿y es que había otro modo? ¡Claro! La Cadena 1 y la Cadena 2, nos llegaban vía aérea. ¡Detente! ¿Cómo así que Cadena Uno y Dos? ¿Y Discovery, y History, y NatGeo, en fin, y los demás canales?

Pues no. Los de común hogar, nosostros los cotidianos, los de a pie, sólo teníamos dos canales para disfrutar, y una variada parrilla que nos entretenía hasta que saliera el puntico y el pitido. ¿Qué pitido? Al terminar la señal a media noche, salían las barras que nos mandaban a dormir, y con ellas, un pitido que te obligaba hacerlo perentoriamente. ¿Y es que no era 24 horas? No, era televisión para el hogar, para la familia y hay que dormir.

En aquella época nos sabíamos de memoria la programación y no era tan necesario, incluso, el uso del control remoto. ¿Y cómo hacían para cambiar el canal? Nos parábamos y lo cambiábamos de la perilla; y si era el chico quien se paraba a cambiarla, se hacía hasta el borde de la cama para alcanzar al televisor que reposaba encima del chifonier y ya, sanseacabó. ¡Terrible! ¿Terrible, dices, por qué? ¡Qué época la tuya, qué atraso! No, así serás calificado cuando la telepatía llegue pronto y tus blacberrys sean objeto de burla. Solo espera. ¿Seguimos otro día? Dale.

Foto en Donmatías, norte de Antioquia.

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Nuevos periféricos computacionales en la era 2.0 – Jacobo Múnera

Estimados clientes de mis letras, he estado un poco ausente de este universo digital dado el desconocimiento de la clave de este blog, bitácora de mi padre. Tengo mucho por contaros acerca de mi aprendizaje y de mi paso por este relativo espacio-tiempo.

Requería tener comunicación con mi tocallo, residente en Israel y familiar de mi padre, Jacobo Zimerman, pero mi progenitor aún toma en cuenta mi edad y no permite que sea yo quien inicie software alguno, para el caso, el Skype.

Por ello, y estando ocupado el periférico necesario para la telecomunicación, encontré lo que creí, era un aditamento útil en las telecomunicaciones y la electrónica: un convertidor a plug monofónico. Papá y Mamá, quienes apenas conocieron la foto hoy, se alertaron y dizque no habían caído en la cuenta de lo que en mi oído reposaba, que dizque “peligroso”. ¡Es la vida de hoy, la vida digital que nos acosa temprano el tiempo!

Voy a ser sincero en mi apreciación y quizás sea una conjetura, pero, no me sirvió lo que creí, me serviría para entrar en comunicación con mi tío abuelo. No escuché voz alguna, pitido ni aún feedback. ¡Aprendizajes! Es el estado del arte de mi generación.

Ofrezco créditos a la autora de las fotos y al establecimiento donde fueron tomadas tales: Fabiola Tangarife, abuela del suscrito, mayor de edad y residente en la ciudad de Envigado.

Colofón: Mi padre me ha traído razones y saludes de la Profesional Especializada de la Secretaría de Educación de Antioquia, Luz Piedad Hurtado, quien sigue mis soliloquios o apreciaciones y el lenguaje tan escaso de sentimentalismos infantiles que deberían ser propios de mi edad; a ella ¡Gracias! Tomo nota de sus descargos. A las demás, ósculo respetuoso.

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El final del vuelo

Por Alberto Mejía Vélez

El cucarrón, cansado de revoletear por las alturas, empujado algunas veces por la fuerza de viento u otras, llevado en artísticas marionetas de la brisa suave; cae estrepitosamente contra el suelo.

En el ayer pasó por encima de suntuosos edificios haciendo mover con fuerza el par de alas; vió desde la inmensidad del firmamento los espacios de pobreza, las grandes discotecas donde el ‘amor’ se vende; miró a los recolectores de basura que otros arrojan y que son sustento de la familia; escuchaba el ruido de las motocicletas en precipitada huída, gritos de angustia e hilillos de sangre que aun corrían por el pavimento con su rojo apagado y mal oliente; llegaban en sus vuelos hasta las antenas las promesas no cumplidas, el grito del parto de las madres bebés  y la primera mirada del hijo sin futuro. Bajaba casi hasta tocar el suelo y percibía los suspiros jadeantes en los moteles y el sonido de copas que celebraban el final de una doncella menos y podía escuchar, el conteo de billetes con los que una familia se podría alimentar o pagar los estudios.

Viajaba buscando otros horizontes por las cordilleras y oteaba las hermosas fincas en donde, en otros tiempos, vivían en mancomunidad los ancestros, el trabajo honrado, la fidelidad, la humildad y la palabra notarial; pero ahora no veía nada de aquello. Donde estaba el cafetal, encontró la piscina; en la otrora cocina, caliente y acogedora que le daba vida a la chimenea, estaba instalado el bar, y en las piezas decoradas con el daguerrotipo familiar e iluminadas por el crucifijo al amparo de la Virgen del Carmen, se convirtieron en mullidas camas donde el sexo llega al paroxismo.

Regresó cómo pudo, sacando fuerzas donde ya poco había, lleno de desilusión, dejó que sus alas se detuvieran. Cayó y la poca vida que le quedaba, se la apagó el zapato de un transeúnte.

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La Madre y el Hijo – Pintura primitivista

Bien podría ser la representación de la familia, hoy en día, en algunos barrios de Medellín. Padre ausente, madre coronada de gloria y deidad, abrigando el retoño por el que alguien no respondió o ya fue “dado de baja” por algún combo vecino, término éste último que debe tomarse solo como cercanía y no como a bien lo tomamos a veces.

Las llamas, pueden ser esas mismas de la violencia barrial que consume a sus habitantes, los calcina, los vuelve inoperantes, sumidos en una pobreza extrema, presos en sus mismas paredes, alimentados por los sonidos de las balas zumbantes que atraviesan celosías entreabiertas.

La Madre y el Hijo. La madre que espera el regreso, el hijo que espera coronar para “bendecir” a la madre con bien mueble, con nevera o con oro pasajero. La madre que madruga a rezar con cuentas que piden un día más de bondad a la Parca que espera cerca. El hijo que carga el odio de un miembro de la familia ausente, porque Madre es solo una, frase ésta que me permite reemplazar la segunda parte.

Y la vida es tan rara, tan inescrutable, tan extraña, que en la imagen, madre e hijo, se ríen. Porque así somos. En barrio pobre o en barrio rico, la sonrisa está presente porque la esperanza no está ausente. Esperanza y no fe, que son diametralmente distintas; pero ese ya es otro tema.

Pintura primitivista en Plaza Minorista. Perdón la calidad de la imagen, pero hay una camarita compacta que me está sacando canas.

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Los MelliSos de la Minorista

* ¿Quién nació primero?
- Él.
+ Yo.
* ¿Y quien de los dos es más juicioso?
- Yo.
+ Yo.
* ¿Quién es el más necio en el colegio?
- Él.
+ Él.
* ¿Y siempre visten igualitos?
- Sí.
+ Sí, pero a mi me da mucha rabia.
- Pero mamá nos obliga.
+ Dice que nos vemos muy lindos, “preciosos”.
- En el cole se burlan de nosotros.
+ Nos dicen “Caramelo repetido”.
* ¿Siempre contestan al mismo tiempo?
- Sí.
+ No.
¿ Se prestan la ropa?
- Sí.
+ No. Él me la coje sin permiso, pero a mí no me gusta porque él aún se orina en los pantaloncillos.
- Ah, no diga eso, no ve ques pa’ una entrevista omee.

Aviso de local en la Plaza Minorista de Medellín. Ficción.

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Antecesores del IPod y el IPhone

Entonces, el más joven de la casa llama a gritos a la más vieja: “Máaa, que al teléfonooo”. La más vieja, palabra ésta que no es peyorativa sino descriptiva del tiempo, se debe acercar al auricular si desea saber quién es. Una vez, teléfono en mano, la doña habrá de quedarse sentada en la silla que fue diseñada para tal fin, pues el teléfono es lo que llaman verdaderamente “fijo”, ya que está empotrado en la pared y de allí no se moverá a menos que haya trasteo, no de voton, sí de chécheres.

La llamada se desarrolla sin más detalle, que estos no interesan a los lectores del blog. Colgado el auricular, verbo que se quedó para referirse a la terminación de la llamada, ahora el que suena al fondo es el tocadiscos portátil, cuya memoria no es digital ni le caben canciones en el equipo, ya que las canciones están grabadas en los zurcos de acetato del disco de “larga duración”, chiste éste último, ya que los jóvenes de la era digital saben que la larga duración de hoy en día se mide en Gigas y Teras de información, que corresponde a horas y horas de música en sus pequeños ordenadores.

En fin. Para cada uno será problemático acceder a la tecnología del otro: a los de hoy, les dará dificultad entender el placer de la tecnología de ayer. A los de ayer, se les dificultará navegar por la intuitiva sencillez de la tecnología de hoy. Unos y otros, se necesitan. El ímpetud del joven con la consciencia y sabiduría del adulto y del viejo.

Teléfono de Alberto Mejía y tocadiscos en Angelópolis.

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La hormiga a la que no le gustó Freud

De niño, muy niño, asistía, llevado por mi abuela, a la Primera Iglesia Bautista de Medellín en la carrera Juan del Corral. Tales reuniones cúlticas eran demasiado pesadas para un niño que solo espera juego y fantasía. Es así como desde la banca conservadora y de madera del salón central del templo, me entretenía viendo las hormigas que pasaban por las baldosas del piso y creaba la historia de que iban por el camino del bien o por el de la condenación, según cambiara de baldosa: “Si se pasa para esta baldosa, se condenará…”.

Hace tiempos que no veía una hormiga de las pequeñas, negras; aquellas que llamábamos en el barrio “Buenas”, pues, las que picaban eran del diablo, y eran rojas. No conozco en teología o demonología, que el diablo sea creador o Señor de las Hormigas; sí sé de Baal Zebú o Belcebú, Señor de las Moscas. El caso es que ayer, en la Librería de la UPB, revisaba y leía algunas hojas de lo que será mi próxima compra: Sueños, recuerdos y pensamientos de C. G. Jung.

Entretenido en un capítulo especial de las percepciones de Jung de la vida después de la muerte; una hormiga interrumpió mi lectura para que, egocéntrica ella, depositara mi atención en su desplazamiento -o, quizás fui yo el desconcentrado-. Mi primera reacción, muy animal por cierto, fue intentar quitarla con la mano, ejercicio este que siempre termina con la muerte de este tipo de seres. Pero detuve mi mano y mi pensamiento, para abrir mi consciencia y reconocer que hace rato no veía este tipo de hormigas, lo que me indicaba que me ha faltado observar más, que no ha sido suficiente el mirar.

En fin, esta hormiga, interesada en el mismo tema mío, examinó el texto de manera objetual, distinto a mí. Caminó por el refilado vertical, se paseó entre la tipografía del título, rodeó la representación fotográfica de Jung a cierta edad, subió y recorrió el refilado superior, se metió entre la solapa y tuve que tener cuidado para que no se volviera parte de mi libro. Mi dedo fue acicate para que saliera de allí y se dejara fotografiar junto al título; no olvidó pasar por el lomo y pisar la editorial. Creo que era “Junguiana”; que a ésta, no le gustó Freud. Examinó, quizás, tres o cuatro arquetipos o se dejó envolver por el concepto de inconsciente colectivo, estuvo temerosa en el tema de la sinconicidad y puede, solamente puede, que no haya entendido muy bien aquello de la Individuación.

Interactuamos algunos minutos, aunque no sé si ella fue consciente o no. Yo salí a mis quéhaceres y ella se quedó revisando una revista con oferta literaria universitaria y, demás, se quedó para explorar más del tema. Fue una buena hora aquella.

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De miembros presentes y cuerpo ausente

Foto de Sandra López, Venezuela.

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Aceras “estampadas”

Espacios Pachopardo

El hombre, como animal y especialmente irracional, le gusta dejar sus “improntas”, marca su territorio con “esto es mío” o “aquí estuve”, algunos usan las paredes y murallas, el papel del canalla para dejar sus mensajes, con navajas o marcadores desnudan su alma y colocan sus aberraciones en letrinas públicas o escritorios escolares, otros navegando en el sopor del amor cruzan puñales clavados en el corazón y dejan en troncos y pencas su nombre y el de la enamorada (o) de turno; otros más detestables los fanáticos deportivos y los eunucos políticos llenan paredes, postes, andenes, etc. con sus siglas amenazantes de sus agrupaciones y sugerencias amenazantes de apoyo a fulano o a sutano; los medios de comunicación han dado espacio con sus foros a comentarios apasionados y desobligantes que se esconden en el supuesto anonimato de la I.P. para canalizar odios, resentimientos y pasiones…

Pero hoy quiero mejor referirme mejor a una ya perdida forma de impronta, que tiene especiales y bellos ejemplos en los andenes desconocidos de muchas ciudades y pueblos, cuando alguien con paciencia e ingenio estampa en el concreto un “esto es mío”.

Acera del edificio “El Sol”, Usaquén, Bogotá:

Aceras en locales comerciales, Usaquén, Bogotá

Con “malicioso” ingenio que ha podido ser mejor, “Cerrajería Popular”, Ubate, Cundinamarca.

Figuras en piedra, Chia, Cundinamarca

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