Yo creo que hemos perdido la capacidad del asombro, gracias a hechos y acontecimientos humanos, que por lo reales y contundentes, acaban con nuestra posibilidad de creer o soñar o mejor dicho, tener una ilusión.
Según el Diccionario de la Lengua Española, ilusión es un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos. Y más adelante agrega…ilusión es la esperanza en algo cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
Creo que las ilusiones le permiten al ser humano tener esperanza. Y que precisamente, cuando todo está perdido, la esperanza nos devuelve las ganas de vivir.
Creer en la pareja, creer en el matrimonio, creer en la gente, creer en se puede cambiar, creer en que podemos construir un mundo mejor, no son simples ilusiones.
Las ilusiones tienen mucho poder en los niños. Cuando les prometemos un paseo, un regalo o una visita a un sitio especial, sabemos que sueñan con ese suceso y lo esperan con la certeza de que va a ocurrir. Sin embargo, los mismos adultos, nos encargamos de romper el encanto, cuando incumplimos la promesa. Entonces esto hace que el niño pierda su capacidad de creer que algo es posible. La psicología lo llama la “desesperanza aprendida”, y consiste, según Renny Yagoseskyen un estado de pérdida de la motivación, de la esperanza de alcanzar los sueños, una renuncia a toda posibilidad de que las cosas salgan bien, se resuelvan o mejoren.
En este orden de ideas, frente a un terremoto,un robo, una pérdida significativa etc, es importante aferrarse a la esperanza o la ilusión de que se va a salir de ese estado y que se va a superar adecuadamente, en el futuro más cercano.
¿Qué haríamos sin esperanza?…dejar que el miedo, la angustia y la desesperación, se apoderen de nosotros. Y sabemos que mucha gente ha salido adelante, gracias al poder de una ilusión.
Yo creo que los jóvenes de hoy viven en la cultura de la muerte. Y digo esto porque muchos de sus comportamientos en vez de apuntar hacia la conservación y el autocuidado integral, se dirigen peligrosamente hacia la autodestrucción de sus vidas y de su entorno.
Son demasiados los riesgos psicosociales que enfrenta nuestra juventud. Y esto se hace tangible en la forma como se relacionan entre ellos y con el ambiente, a través de la manera como utilizan los diferentes medios sociales de comunicación.
Si bien es cierto la herencia marca un elemento importante en la conducta, también es cierto que el tipo de “padres”, la escuela, la cultura, la sociedad, así como los diferentes traumas que nos van aconteciendo en la vida, van moldeando nuestra existencia, nuestras conductas y reacciones; entonces el problema de los jóvenes de hoy, se observa en sus patrones de conducta mal adaptativos que afectan su funcionamiento social y su actividad académica, laboral y emocional.
Todo comienza desde el ambiente familiar, pues se sabe por estadísticas serias, que la familia es la primera fuente de violencia. Entonces frente a este panorama, las demás relaciones con su entorno se afectan también. Si a esto le sumamos problemas en la construcción de la personalidad y conflictos asociados con la maduración, entonces tenemos como resultado: juegos peligrosos, que una forma u otra, demuestran el poco aprecio por la salud, la integridad física o la vida.
Cuando se trata de velocidad excesiva, buscando incrementar la dosis de adrenalina, entonces se desconoce o se ignoran, las consecuencias negativas de este tipo de actos autodestructivos. Sin hablar de las relaciones afectivas inadecuadas, dañinas y dependientes que también indican una búsqueda desesperada de compañía en la mayoría de los casos disfuncional.
En los muchachos de este siglo veintiuno, se volvió una práctica cotidiana el “bulling”; entendido como el hostigamiento del otro a través de intimidaciones verbales, insultos, o apodos. Por ejemplo hablar mal de alguien o sembrar falsos rumores, también se considera bulling.
Yo creo que le tenemos miedo a la soledad y es porque no la conocemos realmente.
“La soledad es el imperio de la conciencia” decía Gustavo Adolfo Bécquer. Entonces en ella tenemos la oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos desde el silencio delator de la palabra interior. Y en la mayoría de los casos le huimos.
La soledad, es el sentimiento de estar solo, unido con frecuencia a situaciones como el desamor y a problemas de comunicación. Debido a que, durante los estados de soledad, la incomunicación es absoluta y se opone al hombre como ser social. Sabemos que la función humana más básica es comunicarse con los demás y que en las comunidades primitivas, la soledad era un fenómeno poco frecuente, pues el destierro se consideraba el castigo supremo.
En las actuales sociedades industriales aparece el fenómeno del aislamiento del individuo. La inadecuada comunicación puede provocar algunas enfermedades de tipo emocional y requiere tratamiento psiquiátrico y psicológico. Una de las causas más frecuente de estos problemas emocionales, es la incapacidad para establecer sanas relaciones personales. Entonces la soledad permanente, involuntaria o aparentemente elegida, es un trastorno psicosocial, pues como base de este tipo de problemas, está la baja intensidad o debilidad para relacionarse.
La soledad está asociada con el inicio de determinadas etapas vitales, como la pubertad o la vejez. Como resultado de especiales estados anímicos o situaciones vitales como la depresión o baja autoestima. También como consecuencia de situaciones de desempleo o por problemas psíquicos durante la pubertad. Los trastornos de relación se inician, sobre todo, durante la primera etapa educativa.
Yo creo que algunos de nosotros, usamos demasiado el retrovisor. Este artefacto, bastante útil y obligatorio en los vehículos automotores, en forma simbólica, en el caso de los seres humanos, en vez de ayudar, entorpece la marcha. Me refiero al hecho indiscutible de pasar mucho tiempo mirando hacia atrás. El pasado tiene demasiada carga afectiva y emocional como para seguir anclado en el. Sin embargo, el pasado también tiene la virtud de ser útil, cuando se trata de corregir el futuro.
Quedase en el pasado, también representa nuestro temor a lo por venir. “Algunos aseguran que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Y otros, más lanzados y temerarios sostienen que en el riesgo de la incertidumbre, está el secreto del éxito.
De todas maneras, no es bueno quedarse en el pasado, pues, como su nombre lo dice, “ya pasó”, “ya aconteció” y no tiene porque seguir alimentando o atormentando nuestro presente, a menos que hayan quedado algunos asuntos inconclusos.
Resolver esos lastres del pasado, es la tarea obligada, para vivir un presente pleno. Entonces procesos de perdón y olvido se vuelven prioritarios a la hora de hacer balance y sanar recuerdos.
Quien se queda pegado en las sombras del ayer, paga el precio de un presente tormentoso, al mejor estilo de las telenovelas rosa. Una mujer atrapada por su pasado y un hombre que arrastra un secreto, pues cometió un error y no ha sido capaz de perdonarse.
La vida nos presenta el reto del futuro…una carretera amplia y recta en algunos tramos y estrecha, curva y peligrosa en otros…con abismos y cuestas. Pero al final queda la satisfacción del recorrido hecho; con miradas esporádicas y oportunas al retrovisor, para recordar quiénes somos, qué hemos hecho y a que vinimos a la tierra, para construir desde el presente, una nueva oportunidad.
Yo creo que nos pasamos sin escuchar, la mayor parte del tiempo. Es posible que oigamos…el entorno, pero definitivamente no escuchamos. Y en la escucha reside el poder de la terapia.
En medio de tanto parloteo, de tanta información, ruidos y sonidos que hacen parte del ambiente, se hace obligatoria una pausa en el camino para recogernos en el silencio. La magia del silenciarse es tan poderosa que nos permite comunicarnos con nosotros mismos.
Es en el silencio donde habita nuestro ser más profundo y es en el silencio donde le reconocemos la existencia a la mismidad del otro, cuando lo escuchamos atenta y desprevenidamente.
¿Pero qué es escuchar al otro? No es otra cosa que renunciar a nuestro ego, para permitir que mi semejante se exprese en medio de nuestro silencio respetuoso.
En la convivencia humana, lo más difícil es el diálogo, por que no reconocemos en el otro un interlocutor válido y además porque sólo deseamos ser escuchados y escuchar nuestro discurso como si fuéramos los únicos protagonistas del universo.
Hagamos silencio…silenciemos nuestro ego…para descubrir las maravillas de las otras existencias humanas, cuyas historias vitales vale la pena escuchar.
Yo creo que no existen momentos especiales. Más bien creo que cada momento puede ser especial si yo decido que lo sea. Pues como cada quien habla de la feria según cómo le va en ella, también creo que puedo diseñar momentos especiales desde mi deseo y ver las cosas como quiero verlas, incluso negando la realidad.
En este orden de ideas, me doy cuenta de cómo postergamos asuntos importantes en nuestra vida; creo que dejamos pasar el tiempo, con la frase: “más tarde te llamo”, “luego hablamos”, o dejemos eso para un momento especial.
El poder está en el aquí y ahora como decimos en la Terapia Gestáltica. No puedo dejar para mañana lo que puedo asumir, enfrentar, conversar, sentir, decir, expresar, ahora. Mañana puede ser demasiado tarde.
Cada cosa tiene su momento y hay tiempo para amar y tiempo para odiar, tiempo para construir y tiempo para destruir, tiempo para la paz y tiempo para la guerra…nuestro contador personal va marcando cada segundo de vida y nos interroga en torno a ese asunto vital: ¿cómo empleaste tu día hoy?… ¿hiciste lo que esperabas hacer en este día?… ¿qué cosas estás postergando? Porque de alguna manera… al dilatar en el tiempo… estamos evitando el encuentro con nosotros mismos.
Cuando estaba iniciando mi carrera como psicólogo, disfrutaba una serie de televisión donde los protagonistas, un grupo de estudiantes de derecho, recibían clase magistral con un profesor muy particular; pues además de su sabiduría y conocimiento de la vida, enseñaba en forma bastante autoritaria, tal vez simulando un estrado judicial.
Lo cierto del caso, es que en un capítulo de Paper Chase, el profesor Kingsfield está muy enfermo y su alumno preferido, el señor Hart va a visitarlo con una botella de licor que sabe, el profesor disfruta por referencias de conocidos suyos. Como lo ve postrado en la cama del hospital, lo único que se le ocurre decir es –Profesor le traje esta botella para que se la tome en un momento especial. El profesor lo mira con cara de ironía y le responde…Señor Hart, acaso no sabe que no existen momentos especiales. Y luego transformando su posición de paciente, se incorpora de la cama para narrar una historia personal, ahora hablando como el maestro que es: -Mi padre hace muchos años, recibió una botella de vino como esta y me dijo: muchacho…esta bebida tan exquisita nos la vamos a tomar en un momento especial. Me pidió que la guardara en el mejor sitio de la casa y allí permaneció por tiempo indefinido. Con frecuencia le preguntaba a mi padre cuando llegaría ese momento especial y él respondía…no sé. Curiosamente en este mismo hospital muy gravemente enfermo, mi padre recordó la famosa botella y me ordenó que la trajera, pues iba a morir y no había sacado tiempo, durante su vida, para disfrutar de esa bebida, en compañía de sus seres queridos. Vaya momento especial…esperar hasta la muerte para terminar asuntos pendientes. Así es pues, mi querido señor Hart, vaya por un par de copas que ahora es el momento de tomarnos este vino.
Es aquí y ahora, cuando podemos crear momentos especiales, pues la vida se construye, como dice Jorge Luis Borges…de instantes. Entonces no posterguemos más.
Poema atribuido a Borges, pero cuyo real autor sería Don Herold o Nadine Stair.
Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.
Yo creo que de las convivencias, la más difícil, es la que se da en la pareja matrimonial o afectiva. Si de hecho, ya es complicado compartir y convivir con los hermanos o los socios de una compañía, siempre existe la posibilidad de replantear la relación. Pero en el caso de la pareja afectiva, donde hay otro tipo de intereses y apegos, la convivencia se torna difícil y conflictiva cuando no se tiene la suficiente inteligencia emocional para dirimir y solucionar las diferencias.
En cierta ocación, en una encuesta callejera, preguntaron qué consideraban lo más importante a la hora de mantener un equilibrio y estabilidad en una relación de pareja.
Así, qué cree usted, es más importante en una relación de pareja: el amor, el sexo, la parte económica, la comunicación, etc.
Fueron muchas las combinaciones y las posibilidades. El orden de importancia apareció luego, cuando la frecuencia de respuestas se inclinó más por la comunicación.
Lo interesante no está en decir: “creo que la comunicación es lo más importante”, sino cómo se hace y de qué manera se hace; pues existe una diferencia grande entre lo que se dice y cómo se dice.
Nuestra propia vida y la experiencia terapéutica, nos han enseñado que cuando se pretende dialogar sobre “asuntos de pareja”, es precisamente con la pareja y no con terceros con quien se deben ventilar dichos temas. Pues hacer partícipes de nuestros conflictos a otros, lo único que busca es lograr aliados que se unan a la causa y de esta forma sentirnos más poderosos y respaldados. Es muy dificil e inadecuado opinar sobre asuntos de pareja cuando no se conocen directamente los hechos, sino por versión de los “combatientes” y más aún cuando quien desea intervenir, tiene intereses afectivos con uno de los miembros de la misma:…es mi hermano, es mi amiga, es mi papá etc.
Los terapeutas nunca opinamos, ni nos podemos inclinar por alguno de los implicados, porque en el fondo cada uno cree tener “la razón” y pretende que el terapeuta avale su punto de vista. En el fondo lo que cada quien expresa es “su razón”
Lo otro grave de este “dialegato” es el ataque contra la “forma de ser”, carácter o estilo del otro. Por esto es por lo que se recomienda no atacar la personalidad de la pareja, que de alguna manera es inmutable, sino más bien su pensamiento y comportamiento que si se pueden cambiar.
Cuando la postura es egoísta y se nos olvida ponernos en el lugar del otro, comienzan las “luchas de poder” y la necesidad de “ganar” la contienda.
El mejor secreto es evitar el juego de “querer ganar”, pues nadie gana o pierde una discusión de pareja…al final, quien gana o pierde… es la pareja.