Los niños que nunca veré y el país que jamás conoceré

11:27 am General

                                                                                                    

Por: Mark Stevens

Estados Unidos

Especial para Tiempo de Mercadeo

Un día futuro, cuando pueda disfrutar de los nietos, pueden estar seguros de que les hablaré y con ellos comentaré sobre la parte de la tierra tan extraordinaria en la cual crecí. Un país sin fronteras, que era infinitamente inspiracional, con derroteros claramente marcados para que yo, y todos, pudiéramos seleccionar el camino hacia el nivel de éxito que se deseara, el cual se podía escoger libremente. Un país de tenderos, de productores, de doctores, de inventores; una tierra de y para pobres y ricos, ganadores y perdedores, soñadores y gerentes, ejecutivos y mecánicos automotrices que ahorraban para abrir estaciones de servicio automotriz.

Era mi país, los Estados Unidos, la tierra con la cual fui bendecido por nacer en ella. La patria a la cual le prometí lealtad todas las mañanas en una escuela en la que los maestros nos enseñaron el respeto por la bandera y a comprender la gloria del 4 de Julio. Mi país, del cual me sentí orgulloso por ser parte de él.

Nací en el lado de los pobres, y de esa manera viví hasta cuando pude escoger entre hacer que las cosas cambiaran o se quedaran igual. La decisión era mía, al igual que la responsabilidad, dependiendo de lo que seleccionara. Por eso, al dar una mirada a mi alrededor, absorbido por la magia de la gente que se movía con libertad hacia niveles superiores, escogiendo colegios y universidades, abriendo almacenes de calzado, fabricando hula hulas, inventando cámaras instantáneas, ganándose la lotería, fracasando y volviendo a intentarlo, comprendí y ví claramente que mi deseo era lanzarme a esa arena llena de oportunidades: quería tener una casa propia, poseer un negocio, comprar un buen automóvil, tener fondos en el banco…, todas esas cosas que deseé durante mi juventud.

Sí, nací en la pobreza, pero no en el sitio equivocado porque estaba en el país que tuve el privilegio de conocer, donde no existía un “mal sitio” o lugar equivocado, en el que existía la posibilidad de dar los pasos necesarios para llegar a los sitiales más altos.

Sí, le contaré todo eso a mis nietos, y lleno de orgullo. Pero a quienes nacerán de ellos, a los niños que jamás podré ver, me temo que el país que adoro, del cual me siento lleno de orgullo y que está muy dentro de mi ADN, les será desconocido. Y con la tristeza y la melancolía que siento al decirlo, es probable que les corresponda vivir en un lugar que estará plagado de envidia, de normas y leyes sin sentido, con rutas bloqueadas, endemoniados, celos y llantos; o a lo mejor, y con cierto sentido, una miserable realidad de insensibilidad hacia la bandera y la lealtad a ella, entregado y dependiente de un Mago de Oz universal que demande que todo el legado de mi país sea desdeñado y borrado de la faz de la tierra.

Yo soy un optimista y no me rendiré sin dar la batalla, pero me preocupa ver una nación que va rumbo al océano de los descontentos y quejumbrosos determinados a destruirla. ¿Quién les dirá a esos niños, que jamás podré ver, lo mucho que tendría para contarles acerca de este milagro que una vez fue un faro de luz brillante para los millones que empacaron sus harapos, durmieron debajo de los puentes y lloraron al ver la estatua de la libertad?

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