En Maturín hierve la vida

10:54 am Narrativa urbana

Tanta vida en tan poco espacio. Es lo que piensa uno cuando visita la pequeña cuadra de Maturín, entre Palacé y Junín. Son apenas 50 metros mal contados en los que una multitud alborotada hierve movida por la urgencia de la subsistencia. Allí, el que espabila pierde, se cae, no vende, no compra o corre el riesgo de que lo pise un carro.
Vendedores ofrecen periódicos y revistas, zapatos, suelas de zapatos, balones, frutas, flores, golosinas, cigarrillos, papitas fritas, utensilios para el hogar, abalorios de mil clases…

El tranvía, que tendrá su estación de partida de esta cuadra de Maturín, entre Junín y Palacé, tendrá 11 coches para 300 pasajeros cada uno. Trabajará de 4:30 a.m. a 11:00 p.m., con frecuencia de 4 minutos. Costará $490 mil millones y comenzará operaciones el 14 de mayo de 2014, si todo sale como lo planean. FOTOS: Manuel Saldarriaga

Algunos de ellos lanzan al aire sucio de negro humo sus pregones: ¡a mil la rosa, a mil la rosa!, ¡lleve la papayuela a dos mil la pila! Y sus voces tienen que batirse en duelo con los rugidos de los buses de La Milagrosa, de El Limonar, de Envigado y de El Salvador, y con los resoplos de sus frenos, así como con las bocinas de decenas de taxis cuyos conductores, desesperados por el trancón sin final, los hacen sonar tal vez creyendo que con ello harán mover las filas de autos o activarán la luz verde del semáforo.

En la cuadra del costado norte, mujeres bailan ofreciendo placer o compañía para unos tragos bien tomados al son de ritmos alegres que emergen de dos bares en mitad de cuadra, únicos testigos del viejo Guayaquil, que hacen inevitable recordar el grill High Light y el bar La Payanca, cuyas historias terminaron recientemente.

“¿Cuántas flores le empaco, patrón?” No sabe uno con certeza de dónde salió esta voz terrosa.
Indiferente al humo, al ruido, pero pendiente de la comedia humana que se representa ante sus ojos, Luz Marina Bustamante vende frutas en la acera, a pocos pasos de Palacé. Cede su butaca a una de las mujeres que bailan, quizá porque a esta hora de la tarde está cansada de moverse en la acera quebrada o tal vez sea porque debe guardar fuerzas para una noche que aún ni siquiera se insinúa. La frutera es una mujer enseñada a lidiar las calles del centro. Con más de 30 años en ellas, en esta vía lleva más de 15.

“Estoy en Maturín desde la época en que no dejaban trabajar –cuenta la frutera-. Nos tocaba salir corriendo con las bateas y canastas, de huida de los agentes de Espacio Público. Nos quitaban la mercancía y teníamos que ir por ella varios días después a unas bodegas del Municipio, y siempre la entregaban incompleta o echada a perder”. Tiene claro que el motor de esta pequeña cuadra lo constituyen los paraderos de buses, los cuales la surten de gente de manera permanente.

Un hombre se acerca a comprar bananos. Con su fuerza descontrolada para arrancar dos frutos del racimo, derrama algunas ciruelas de uno de los vasos en que están organizadas. “¡Suave! ¡Suave! ¡Qué mano tan dura!”. Le dice ella, mientras guarda las monedas en el cajón de la nueva chaza. Una chaza de lámina plateada, todavía brillante, que la Administración Municipal les entregó a los vendedores con licencia, en septiembre pasado. Atornillada al suelo, posee un compartimiento inferior para guardar los productos y asegurarlos con candado. Ya no se les ve por la noche a los vendedores empujando el puesto de madera, el que sucedió a las canastas y a la batea, para ir a guardarlo en la Bodega 100, situada en la mitad de la cuadra. Bodega en la cual ahora permiten guardar motocicletas por horas, en vista de que se ha disminuido tanto eso de guardar ventorrillos. Luz Marina y los demás vendedores pagan 10.000 pesos semanales cada uno a un celador para que evite, no tanto los robos, sino que los gamines, acosados por el frío de la noche, desocupen sus vejigas junto al puesto de frutas.

Costado sur
Resulta curioso el edificio gris, incendiado y vacío, en el costado sur. Parece olvidado y presente a la vez. Ocupa toda la cuadra. Salvo en los locales del primer piso, las demás cuatro plantas están desocupadas. Así han estado por casi 20 años, desde que le pusieron una bomba. Unos dicen que ese edificio era de Pablo Escobar. Los demás, que de otro mafioso. En lo que sí coinciden es que desde la hora de la explosión lo dejaron así, clausurado, cayéndose a pedazos. “Como eso no es de un pobre, lo pueden desperdiciar”.

Es la misma voz terrosa de hace un rato: es el vendedor de rosas. Paisa repaisa, camisa abierta que le deja ver el pecho, la piel curtida por la intemperie, se lamenta porque ahí donde usted lo ve, patrón, está trabajando a pérdida. Desde el puesto de Luz Marina –que, recordemos, está en el ala norte- se ven ahumados los muros, los vidrios rotos en las ventanas, con unas cuantas palomas paradas en los barrotes, allá arriba permanecen a salvo de este despelote que se vive a ras de tierra. Son dueñas y señoras. También sabe Dios qué plagas albergará esa mole en su interior.

Ya en el ala sur, a la sombra de la misma mole gris, resulta igual de difícil que en la norte, andar entre la multitud de personas y ventas. Al pasar por un puesto de papitas fritas, se oye el crepitar del aceite.

“Yo estoy aquí desde que explotaron el Pájaro del parque San Antonio –cuenta María Rubiela Londoño. Una trenza gris y un camisón azul de laboratorista se destacan en su humanidad. Lo suyo también son las frutas. Hace años vendía arepas y pescado frito y chuzos-. Y creo que se acerca la hora de mi nuevo traslado, porque este lado se va con el ensanche. Este será mi tercer cambio. Primero, estaba en Bolívar; después, en San Antonio; ahora, aquí, y después no sé adónde iré a parar”.

¿Qué se hicieron esos hombres y mujeres de cabello largo y vestidos con túnicas color lila, cristianos de los primeros días, que vendían dulces vallecaucanos y urraeños en la acera del costado sur? Nadie ha vuelto a verlos en meses.

Es moneda corriente que ese viejo edificio será demolido en breve, para ensanchar la calle que permitirá el paso del tranvía. Según los planes de la municipalidad, repiten, el tranvía saldrá de esta cuadra, volteará en Junín hasta Ayacucho y por esa calle ascenderá a los barrios del oriente. Quedan dos años para demoler y construir. De modo que los vendedores de esa acera, la misma que recibe a los pasajeros de los buses, saben que pronto deberán partir. Como tienen licencia, están confiados en su reubicación.

Todo indica que le está llegando la hora de la transformación a este pedazo de Maturín, uno de los últimos vestigios del viejo Guayaquil. El resto, hacia occidente, ya está ocupado con el viaducto del metro.
Gerardo Antonio Giraldo es un hombre septuagenario. Calza gafas. Está sentado en su taburete, al lado de su puesto de golosinas y cigarrillos.

Entre su mercancía se observan algunos dulces vallecaucanos y urraeños, como los que vendían los de túnica. Los paraderos de buses le quedan al pie. Por tanto, el ruido y el humo lo envuelven a él en primer lugar. Cree que el esmog le ha afectado sus ojos. Ya lo operaron de uno. El otro espera. Es que, no crea, no es fácil para un campesino de Marinilla, salir de un aire limpio en sus terrenos sembrados de maíz, papa y fríjol, y acostumbrarse a la urbe. “Claro que me afectan el humo y el ruido –dice tras discutir con una mujer que, a modo propio, se rebajó cincuenta pesos en un cigarrillo-. Pero uno, como pobre, qué más va a hacer”. En medio de los confites, un radio de pilas permanece apagado. Cuando está encendido, tampoco se oye mucho, pero él no se lamenta por este motivo: total, ya casi se sabe las canciones que cantan en esa emisora de música popular.

En fin, así es siempre esa pequeña cuadra. La única que se aburre es una señal de “paso de invidentes” sembrada en la acera, porque ya no existe lo que anuncia: el semáforo de Junín no traquetea desde hace tiempos para indicarles a los ciegos que pueden pasar, y también hace bastante que no está la línea de hierro atravesada y sobresaliente en el pavimento para que les sirviera de guía al tocarla con el bastón.

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