Medellín tiene quien le cante
febrero 28, 2012 10:22 am Narrativa urbanaEn el Parque de Berrío, en su mitad norte, dicen: “en este sitio hay tantos músicos que usted los encuentra hasta de un solo ojo”.

Fotos: Manuel Saldarriaga
Y uno de estos músicos de un solo ojo es Jairo de Jesús Gómez Tobón, quien con su ojo izquierdo tapado con un cuero negro, parece un pirata, un pirata cantor.
Al lado de sus compañeros, Gil Miller Guerra Vega y Gustavo Jiménez, se sienta en la jardinera que rodea la estatua de Pedro Justo Berrío, a interpretar música de carrilera, ante un público conformado por transeúntes que hacen una pausa en ese afán de llegar a ninguna parte para escuchar al menos un fragmento de canción.
Cuando se oiga el tañir de las campanas
nadie sabrá por quién están doblando.
Todos preguntan, quién ha muerto esta mañana.
Ninguno sabe porque a diario mueren tantos…
“Este trío se llama Los Amigos –dice Gómez Tobón, mientras enfoca con su ojo el traste de su guitarra-. Aquí uno canta a veces con unos, a veces con otros; hoy nos juntamos nosotros tres”.
Aunque él es de Bello, Gil Miller de Anzá y Gustavo de Salgar, los tres coinciden en afirmar que bien podrían llamarse Los Salgareños: es en el suroeste donde se han formado en el mundo de la música, por más de 20 años.

“Usted sabe que el folklor es del campo” y en el campo ellos alternan con la recolección de cosechas. “La de café dura tres meses. Después, a tirar rula todo un día por veinte mil pesos. Por eso nos venimos a cantar”.
Si llegaras de nuevo a mi vida
como el sol que nace en una alborada.
Si me dieras la gloria que espero
al darme en tus ojos tu linda mirada.
Es curioso: en el Parque, solo la mitad norte se llena de músicos. En la otra, la más cercana a la calle Colombia, la vida la hacen allí transeúntes, vendedores de minutos de celular, lustrabotas, expendedores de golosinas y cigarrillos, pero nada de música, como si una línea invisible mantuviera encerrados a los artistas en ese rectángulo.
Desde la mañana hay músicos. Sin embargo, a partir del mediodía el sitio se convierte en un hervidero. Y cuando la luz del Sol comienza a ser oblicua, se torna una fiesta: se cuentan hasta 10 corrillos alrededor de duetos y tríos de guitarras y guacharacas, entonando canciones de carrilera, parrandera, valses y pasillos. Sin contar a algunos guitarristas que andan de un grupo a otro como espectadores, con su instrumento guardado en la funda que cuelga del hombro y sin decidirse a empezar.
De que me sirve entregarme
en cuerpo y alma,
de que me sirve serte fiel y amarte tanto
si hasta mi voz y mi presencia te repudia
y cuando un beso quiero darte
me rechazas.
El rey salió de aquí
Flórez, el de Flórez y Grajales, está sin Grajales parado oyendo música. Es uno de quienes permanece con la guitarra terciada. ¿Qué espera? Que la situación esté mejor. Por ahora, los corrillos tienen cada uno su público, es cierto, pero no le parece que los peatones sean tan copiosos como para fundar otro de esos fogoncitos musicales.
Es un sopetraneño con más de 12 años de dedicación a la música. A su lado, Antonio Pineda, uno espectador habitual, alista un billete de mil pesos para dejar caer en la funda de los cantantes. Conversan. Coinciden en que los músicos han ocupado el Parque desde hace unos 40 años. “Darío Gómez se hizo aquí, en este sitio, ¡porque el que cante aquí, canta en cualquier parte! Y hasta tiene su disquera”. “Y qué me dice del Dueto Revelación. También comenzó aquí. Después de las nueve, se iba para el bar Quinta Avenida a seguir cantando”.
Flórez dice que su nombre es Luis Eduardo, que alterna la música con oficios campesinos y que hay días en los cuales no hace más de ocho mil pesos para repartirlos con Grajales. Y para resumir su suerte, canta en voz baja: Yo vivo mi vida como Dios me ayude/ por culpa de otro no voy a sufrir,/ no veo el motivo de llorar por eso,/ si se que algún día yo me voy a ir. Y añade, hablando otra vez con su amigo: “se lo dije del modo en que lo expresa el Dueto Revelación”.
Revela su secreto: “uno debe ser atrevido, pero no fastidioso. Cuando usted canta música parrandera, debe acompañar el canto con una mirada picaresca y alegre, mas no vulgar. Mirar a una mujer del público, luego a otra y después a una tercera; no quedarse viendo a una sola. Y critica la actitud de algunos de sus compañeros, quienes con algunos tragos se tornan soeces y tocadores”.
Mi hijastra tuvo un hijo que era hermano y nieto mío
por ser hijo de mi hija e hijo de mi papá.
Mi mujer es hoy mi abuela por ser madre de mi madre.
Esto es un tremendo lío, desenrede si es capaz.

En el centro de un grupo con olor al sudor de los trabajadores, quienes cargan al hombro una guayera de tela con el portacomidas vacío; a aliento de guaros y guarilaques de alcohólicos, y a vaho del café que emerge de los termos de las vendedoras que rondan constantemente. En el centro del grupo, repito, tres hombres, uno de ellos con poncho y sombrero, se roban el espectáculo vespertino. El cantante principal es dueño de una voz de esmeril.
Cuando al panteón ya me lleven
no quiero llanto de nadie.
Solo que me estén cantando
la canción que más me agrade.
El luto llévenlo dentro
teñido con buena sangre.
“A mí me han llevado a cantar en salas de velación, pero todavía no en un cementerio”, cuenta Alberto Jiménez, del Dueto Las Acacias, otro de quienes anda con su guitarra al hombro. Su figura delgada hace ver ese traje suyo, saco y corbata, como colgado en un gancho de exhibición más que cubriendo el cuerpo de un hombre. Su cara es alargada y curtida por la intemperie. Cuenta que el nombre de su grupo lo decidieron por la frecuencia con la cual deben cantar el pasillo homónimo, famoso en la interpretación del Dueto de Antaño. “Modestia aparte”, la cantan muy bien. Cuando no van al Parque, recorren bares y cantinas de El salvador, La Milagrosa y Boston.
“Para mí no es impactante cantar en un velorio porque antes de venir a Medellín trabajaba en una funeraria de Alejandría. Me tocaba hacer todo con el muerto: reclamarlo en la morgue, abrirlo, embalsamarlo, arreglarlo y llevarlo al velorio, a la iglesia y al camposanto. La muerte es apenas un paso de esta vida a la otra, pero nada horrible. Aunque tengo claro que en ese paso está Dios esperándonos”.
