Kyoto, el japonés con cara de prófugo, entre ollas y olvido
diciembre 1, 2011 4:43 pm GeneralKyoto era un japonés que vivía entre ollas. Y en la olla, podía yo juzgar rápidamente, a pesar de que era apenas un chiquillo de cuatro o cinco años. Pero es que esta circunstancia saltaba a la vista, incluso a la vista de un chiquillo de cuatro años.
Fue leyendo un texto de Capote, El Duque en sus dominios, cuando recordé a Kyoto, ese personaje de mi infancia ya parecía perdido para siempre en los baúles más cerrados y empolvados de mis recuerdos. Y cuando volvió a aparecer en mi mente, parecía un sujeto nuevo. Si la memoria estuviera conformada por un álbum de cromos, durante más de dos décadas nunca eché de ver que había unos recuadros faltantes, el de los concernientes a Kyoto.
Apareció de pronto, como si se escapara de ese ostracismo brutal para revelarse otra vez. Como un barco que hubiera naufragado hace siglos y, de buenas a primeras, hubiera vuelto a la superficie, chorreante, ante la mirada atónita de navegantes que estuvieran desprevenidos mirando el horizonte desde la cubierta de su barco.
Debe ser porque el relato del norteamericano se desarrolla en Japón, más exactamente en Kyoto, ciudad situada a doscientas treinta millas al sur de Tokio. Ese texto tiene como personaje a Marlon Brando. Él es el duque en sus dominios. Y sobre el rodaje de la película Sayonara. Y menciona, entre muchos otros personajes, a Otani, una “eminencia pequeña, sin sonrisa, de más de ochenta años de edad” magnate de los negocios del cine, los teatros y la radio. Parecido a Kyoto, el mío, no en fortuna pero sí en lo demás. ¿La edad? Tal vez Kyoto, el mío, tenga setenta en este momento. Pero tenía 45 en ese tiempo de mi infancia. Y Otani, el de Capote, más o menos lo mismo durante ese drama.
En fin. Fue leyendo este relato cuando recordé a Kyoto y esto es lo que cuenta.
Él vivía con su numerosa familia, una esposa japonesa y un reguero de niños japonecitos, en su negocio de ollas. Un local de cuatro metros por cuatro metros, en esquina, con la puerta de entrada por ésta, y una ventana que él abría para dejar que entrara el Sol o saliera la imagen de su taller. De resto, las paredes blancas de cal estaban forradas de armarios desde el suelo hasta el techo y los armarios, cubiertos de ollas de aluminio. Ollas grandes, ollas chicas. Ollas de hervir leche, chocolateras, soperas, calderos. Ollas y ollitas. En una cantidad que tocaba inútilmente el infinito. Y en el suelo, ollas. En las vigas de madera, también blancas, que sostenían el techo, ollas colgadas de clavos. Y en un banco como de carpintería, ollas. Era en éste que las arreglaba, dejando para ello, con visible esfuerzo, un pequeño espacio entre más ollas. Y un gran soplete, cuya flama mantenía azul, potente. En un extremo de ese cubo de techos altos y blancos estaba el baño. La parte alta de este estaba rodeada de tablas de madera que al tiempo que tapaban intimidades –yo imaginaba revoltijos de cobijas y sábanas y almohadas- servía seguramente para que no se fueran a caer los japoneses desde semejante altura, pues, se adivinaba fácilmente que era allí, en lo alto, que dormía la familia oriental. Ahora que lo pienso, hubieran caído en ollas, nada tan grave como aparatoso y ruidoso. Una escalera de madera mantenía recostada y lista para ascender o descender.
Kyoto y su familia me causaban curiosidad. En las pasadas, de la mano de mi madre o al lado de mi hermano, dilataba el paso, casi me detenía de despacio, para dejar entrar mis ojos por la puerta y después por la ventana y descubrir, rápidamente entre tantos trastos de aluminio, alguna cara cobriza de ojos rasgados como ojales cuyos botones parecían a punto de saltar de lo apretados que estaban. Nunca los oía hablar. Imaginaba que si lo hicieran lo harían en su extraña lengua y que el único contacto con el mundo fuera el hombre, pues solo él se veía atender a los esporádicos clientes, recibir su olla, diagnosticar el daño, establecer el precio y el plazo.
Esos niños podrían haber sido mis amigos. Pero no lo eran. Por una parte, yo no era muy sociable. Y esos niños descamisados, menos. Miraban el mundo, como sus padres, con prevención. Ahora que lo pienso, como si en algún momento, quién sabe quien fuera a dar con ellos y los haría pasar un mal rato.
Hoy me pregunto: ¿habrán venido huyendo desde ese lejano país insular? Parias, entre ollas y calderos. La mujer, siempre sumisa y callada, mantenía en función de esos niños a medio vestir. Kyoto, por su parte, no paraba de hacer su oficio. Remendar ollas de aluminio. Parecía un condenado. Su pobreza se le salía por los estrechos ojos.
A veces, en compañía de mis escasos amigos, Caricatura y Caballo Loco, entre ellos, pasaba por delante de su negocio recogiendo cajetillas de cigarrillos, las de papel, no las de cartón, para desarmarlas con cuidado de no romperlas y formar con ellas los billetes con los que pagábamos en nuestras deudas de juego, nos deteníamos a ver a los japoneses como si fueran animales de zoológico. Y mirábamos a esos niños medio desnudos reptando entre trastos plateados, llorando y moqueando entre tapas y asas sobre las baldosas amarillas del suelo. Y veíamos el letrero como escrito con un dedo y con pintura negra sobre la puerta de entrada: «Kyoto».
Recuerdo que alguna vez mi padre llevó una olla a reparar donde Kyoto. Entramos. Y pude ver de cerca ese mundo raro. Y a la mujer callada, de mirada huidiza. La olla, un hervidor de leche cuya tapa de agujeros por los que salía la espuma y la nata siempre me causaba grata impresión, recibió una cirugía profunda: el asiento original completo fue remplazado por otro, a todas luces más grande que el anterior. Para sujetarse a la pared redonda de la olla. Ese asiento se sobreponía un poco encima de la pared, en la parte baja del recipiente. Era la forma de agarrar con soldadura, gracias al soplete, esa lámina a al recipiente. Era como cuando uno dobla un poco los pantalones para que no se mojen en el suelo durante el invierno. Y siempre que en casa, mi madre usaba el hervidor, yo pensaba en Kyoto y su familia japonesa, pobre como ratas en su ratonera.
De pronto, un día, ese local estaba vacío. Kyoto se fue con su familia de nombres desconocidos y sus trastos y su soplete y sus rollos de aluminio, y sus tijeras y sus martillos de bola, del mismo modo misterioso como apareció un día en ese local de esquina. Tal vez era tiempo de volver a Japón. Tal vez la policía japonesa dio con ellos, si es que eran prófugos. Los extrañé. Si era raro ver una familia gringa cerca en mi barrio, ¿cuánto más una asiática, con aspecto de fugitiva?
Paso por esa esquina y mi memoria llena otra vez de ollas y calderos ese pequeño local, por más que en el mismo hayan montado tres negocios en tiempos distintos: un cafetín, una miscelánea y una maderera.
De modo, pues, que esta semana volví a ver a los japoneses cuando se aparecieron de golpe en mi mente leyendo ese relato de Capote.
