El Hombre de la Lluvia

5:33 pm Narrativa urbana

Jorge Elías González Vásquez es el hombre de la lluvia. Fue contratado por el Festival de Teatro de Bogotá para que impidiera el mal tiempo.

Ésta es una labor difícil en la fría Bogotá. Ni siquiera en Dinamarca, cuando fue llevado a que se encargara de hacer buen tiempo en un certamen semejante, le pareció tan complicado.

Allá el Sol, al menos en la época del año en que lo llevaron, no se levanta casi. Sale por el oriente, claro está, pero no hace su camino hacia el cenit, sino que se va bordeando el horizonte hasta que se oculta por allí mismo.

Elías González es el Hombre de la Lluvia en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá.

Esto facilita las cosas, porque el astro emite energía que al encontrarse con la de otros cuerpos de la Naturaleza altera la atmósfera y puede o no llover. Y al fin de cuentas, como Jorge Elías es un radiestesista, detecta las energías que emiten los cuerpos y trata de equilibrarlas con las de otros que él porta consigo. Piedras y arenas diversas extraídas del río Saldaña, de su Tolima natal. Y no porque él acostumbre ir hasta su ribera, qué va. Dolores, el municipio en el que nació y ha vivido sus 60 años, está más bien retirado de ese afluente. Aprovecha que en un depósito de materiales de construcción surten sus volquetas en él y él escoge algunos minerales que necesita para sus experimentos, de acuerdo a su color y composición.

Quien ve a Jorge Elías en el parque Simón Bolívar, de Bogotá, enrollado a ratos en un raído trapo de dulceabrigo rojo como toda protección ante la baja temperatura, sentado en una silla plástica al pie de una caseta forrada en plásticos no se imagina que tenga que ver con el Festival. Ni siquiera el portero del Parque tiene la menor idea sobre su existencia ni, mucho menos, sobre la actividad que realiza. Aunque, si uno mira bien, sobre su pecho pende una escarapela, como la de cualquier teatrero, en la que dice: Jorge Elías González, El Hombre de la Lluvia. Título que a él no le satisface del todo, pero no le molesta porque no menciona la palabra brujo por parte alguna. La misma Fanny Mikey lo contrató en 1998.

La suya parece también una puesta en escena. Tiene encerrada una porción cuadrada de terreno, de unos veinte metros de lado, con una cuerda de rayas blancas y negras. Dentro de ella, una pirámide formada por algunos maderos, una desnuda mesa en la que descansa una vasija cargada de materiales. Sus herramientas son un péndulo y algunas varillas, como las de todo radiestesista.
Nació en Dolores, Tolima, “en una familia de campesinos, ¡a mucho honor! No soy indígena ni nada por el estilo, para que no vengan a decir que soy chamán, que ni si quiera sé qué es eso. Ni tampoco brujo. Soy sacerdote radiestesista, si vamos a ser precisos”.

Desde pequeño mostró interés en los asuntos ocultos de la Naturaleza. Su padre, Jorge Enrique González Cerrato, que en paz descanse,  tenía un libro extraño, dizque del sabio Salomón, que Elías llegó a tener en sus manos. El volumen desapareció. De él sólo recuerda que algo mencionaba sobre el tema de la lluvia, pero, lo más importante fue que aumentó su curiosidad por los temas ocultos de la Naturaleza.

Fanny Mikey lo contrató en 1998. Con éste de 2010, Elías completa siete participaciones en el Festival.

Qué ironía. Su padre, aficionado como era a los mismos asuntos y se burlaba del chico porque ensayaba fórmulas, buscaba campos magnéticos y disponía minerales para tratar de hacer llover o para evitar un chubasco.

“¿Usté cree que eso es tan fácil?”

Su abuela Evangelina, en cambio, lo alentaba. Si bien no le decía que siguiera adelante en esos estudios, le contaba historias de viejos buscadores de oro y agua.

De esos cuentos, a nuestro zahorí le quedaron claras algunas técnicas: “mire, Jorgito, que cuando los antiguos buscaban guacas, nunca salían corriendo ni en el peor de los sustos. Ah, y una cosa: esperaban que esa noche no lloviera…”

Cuánto sufrió Jorge Elías, por Dios, durante años, el desprecio y la burla de la gente. De los vecinos doloreños, incluso de los familiares, por dedicarse a la radiestesia. Que vean, Elías se volvió loco; no, que es un brujo; no, tampoco, que es un chamán.
“Sólo cuando comenzaron a ver los resultados y que como en el 90 participé en el programa Crea, de la Primera Dama de la Nación, y que viajé en 1997 a Dinamarca y que otros señores estuvieron a punto de llevarme a Estados Unidos para que no les lloviera durante una feria, y que el Festival de Teatro de Bogotá me ha buscado en las últimas ediciones para lo mismo, entonces sí, empezaron a creer o, al menos, a respetar un poco más estas artes”.

Jorge Elías dice que la atmósfera bogotana ha estado difícil. Durante el Festival no ha tenido un instante de sosiego. Llueva o no, vive pendiente de ese cielo de gelatina que parece a punto de derramarse a toda hora. Se agacha, mira el firmamento, revisa la pirámide, mueve el péndulo, revuelve los minerales… Y cuando menos piensa, recibe una llamada en su teléfono celular. Es uno de los organizadores del Festival de Teatro. “Sí, doctor, hoy van a salir las cosas correctas, como ustedes las quieren, gracias al Señor. Sí, doctor”. Oprime la tecla de apagar con la larga uña de su pulgar y vuelve a guardar el aparato en el bolsillo de la camisa.

El teatro tiene mucho de ritual; el ritual del tolimense que previene la lluvia, tiene mucho de teatral.

“No es que yo tenga el poder de mover a mi antojo la Naturaleza -dice el Hombre de la Lluvia, mientras acaricia unos metales que cuelgan en su cintura y deja ver una mano colmada de anillos adornados con piedras, que según comenta, ayudan en sus propósitos-. Es que el Supremo me dio permiso. Primero, me hizo una persona neopositiva, o sea que tiene energía positiva y negativa al mismo tiempo. Así puedo revertir la energía y atraer o rechazar la lluvia. Segundo, que como parte del ritual, además de las fórmulas y los elementos naturales que junto, rezo algunas oraciones al Padre, al que llamo Yahveh, le rezo el Credo y el Padrenuestro, que son dos oraciones muy fuertes”.

Camina alrededor del cuadrilátero, mira que los chicos del parque no dañen sus cuerdas al pasar, observa una vez más el firmamento que a esa hora, cinco de la tarde, es un manto lechoso y dice: “Ah, y una cosa más: siempre se debe ser humilde ante el Supremo Creador”.

3 comentarios
  1. Heriberto Richey :

    Date: enero 22, 2011 @ 21:11 pm

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    Date: enero 17, 2012 @ 10:41 am

    Que gran crónica de periodismo urbano. Hoy, más vigente que nunca. Ningún medio hizo la tarea de investigar, minimamente, quien es esta persona a la que llaman equivocadamente “chaman”. He tomado su texto y le he dado vigencia hoy masrtes 17 de enero de 2012.
    Gracias,
    @Bunkerglo

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