El laberinto de los muertos

12:00 pm Narrativa urbana

Foto: Julio César Herrera

La cripta de Jesús Nazareno es un laberinto. En el subsuelo de la iglesia, galerías de osarios se interrumpen para dar espacio a otras perpendiculares a estas; unas tienen 120 osarios por cada lado; otras, 180; unas se distinguen con nombres alusivos a la Virgen, otras, de santos; en ellas, unos osarios no tienen la identificación de sus ocupantes, otros carecen de fechas; los hay sin tapa de mármol, que a duras penas poseen un cartón de envolver en el cual se lee un nombre garrapateado a mano, con bolígrafo… Hasta la muerte se enreda en esos pasillos de horror.

Pero no Rubén Darío Vargas, el sepulturero. El encargado de sacar unos huesos, de introducir otros; el que se ocupa de entregar restos a una familia que desea volverlos ceniza para que quepan, no solo estas, sino las de varios parientes; quien mantiene el espacio aseado porque sabe que la limpieza es condición para dignificar la muerte.

Es que él conoce esa necrópolis desde que era un chico. Cuando era un muchacho de siete años, su padre lo traía de la mano desde su casa, en Manrique Oriental, no a ver los muertos, claro, sino a ver el pesebre que un tal padre Domínguez, creativo y festivo, hacía para deleite de los feligreses. El mismo cura que vestía con esmero los santos y personajes de la Pasión y Muerte de Cristo, con el fin de exhibirlos en Semana Santa.

A los muertos o, mejor, sus tumbas podía verlas incluso en otras fechas sin necesidad de entrar, cuando caminaba de la mano de su papá por la acera de la calle 61, Moore. Miraba a través de esas ventanas de barrotes de hierro situadas a ras de suelo. Jamás le dio miedo, dice.

Era el tiempo en que esa cripta albergaba una cifra muy inferior a los 40.000 osarios y los 9.000 cenizarios de hoy. Caminando sin hilo de Ariadna por esos pasillos marmóreos, habla sin voltearse a mirarlo a uno:

—Claro que me tocó ver la cripta cuando solamente ocupaba las paredes del salón; no estaban estas galerías atravesadas por todo el lugar, como están hoy. ¿Usted cuántos años cree que tengo yo, pues?

—¿Usted? Cincuenta y cinco.

—Esos tengo. Las galerías fueron construidas en los años setenta. Haga cuentas.

Foto: Juan Antonio Sánchez

El templo de Jesús Nazareno es, según el arquitecto Pedro Pablo Lalinde, una edificación de estilo ecléctico: combina elementos de distintos movimientos esté ticos, góticos, románicos y barrocos, todos ellos reinterpretados de manera original. Declarado Bien de Interés Cultural o Monumento Nacional, su construcción se efectuó a mediados del siglo pasado.

La cripta fue terminada en 1945; el templo fue inaugurado en 1953. Sin embargo, desde mucho antes, hermanos claretianos ocupaban ese espacio. En 1895 inauguraron una ermita dedicada a Jesús Nazareno —espacio que da a Carabobo y hoy ocupa una biblioteca—; después, en 1929, establecieron una casa de descanso para los misioneros. En una de las galerías, situada cerca de la puerta de Moore, una losa doble alude a uno de esos acontecimientos. Son las moradas grises de Isabel Echavarría de Echavarría, nacida en noviembre 17 de 1856 y muerta en abril 28 de 1936, y de Juan José Echavarría, nacido en enero 2 de 1850 y muerto en octubre 14 de 1915. Debajo de sus nombres está la leyenda:
«Fundadores Primera Capilla de Jesús Nazareno».

Melitón Rodríguez
Otro Rubén, Rubén Henao Flórez, un hermano claretiano, administrador de ese templo ubicado en la carrera 52 con la calle 61, sector colmado de funerarias, ya le había contado a uno este episodio, dos o tres días antes. Un sacerdote —¿codicioso? Cada bóveda cuesta dos millones de pesos y, de un tiempo a esta parte, los dueños deben pagar anualmente doce mil
pesos por la administración, lo que algunos propietarios, no solo de las fosas sino de buen humor, llaman el “impuesto predial”— no tuvo reparo en tapar los finos pilares del salón del subsuelo —cuadrados, blancos y con capiteles dorados— para hacer levantar galerías por aquí y por allá. Un atentado al patrimonio. Solo dejó un acceso central, justo desde la puerta de Moore. En ese pasadizo están guardadas varias piezas de arte religioso, las alusivas a la Semana Santa de las que hablan los recuerdos de Rubén, el sepulturero. A ellas se suma una escena, hecha en pasta, de las ánimas del Purgatorio clamando por su salvación a una Virgen del Carmen: dos ángeles ya se han encargado de sacar a dos almas de las llamas para ponerlos a la vista de la mujer santa.

Foto: Juan Antonio Sánchez

Muy cerca de esta, en uno de los osarios originales está el del célebre fotógrafo Melitón Rodríguez M. En la losa de mármol está grabado su poco repetido nombre, acompañado de una cruz y de una fecha: febrero 28 – 1942. La de su muerte.

Cuando el otro Rubén, el hermano claretiano, le había hablado a uno en el rincón oriental de ese laberinto, él le había dicho que el cura autor del adefesio, sí, el adefesio de ocultar los pilares para levantar galerías y galerías de osarios, le puso su nombre a un espacio situado en lo altode uno de esos bloques de bóvedas, ocupado por restos sin identificar: «Cripta
Colectiva San Eugenio I». ¿Hay acaso en ese nombre un deseo reprimido de llegar a ser papa?

Lo cierto es que Eugenio multiplicó la necrópolis: su población supera la de los vivos de Itagüí, la cual, según el censo de 2005, es de 230.272 habitantes. En el sepulcro de Jesús Nazareno, cada osario y cenizario está ocupado por los despojos de uno, dos, cinco y más inquilinos, lo cual hace imposible calcular el total de los restos de este sepulcro.

Todo es nada y quietud.

—¿Sabe cómo llamo yo a esta cripta? —le pregunta el sepulturero a uno, otra vez sin voltear a mirarlo—. Finca El Silencio.

Algunas moradas de muertos abajo de la galería San Eugenio I, en una tapa de hojalata y escrito con mano torpe, dicen: «Estos restos se sacaron de la Virgen de los Dolores. Osario 53. No se sabe de quién son».

Hasta la muerte se enreda en esos pasillos de horror.

Un comentario
  1. Arcadio :

    Date: junio 27, 2013 @ 14:10 pm

    John: cual galería del horror. Acaso estamos ante una fosa común de personas asesinadas y descuartizadas? Es algo que no es agradable, pero de ahí al horror hay mucho trecho

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