Los fabricantes de hambre están en los mares

11:18 am General

La pesca con palangre, chinchorro y trasmallo acaba con la comida y nadie controla.

 

Pescadores como Jairo y El Ingeniero, en Cartagena, no dicen palangre a la pesca con una línea a la que amarran cientos de anzuelos cebados en el extremo libre, sino palambre. Parece que supieran que esa práctica está diseñada, parodiando el dicho, para el pan de hoy y pa’l hambre de mañana.

Prohibida en la mayor parte de los países civilizados, en el nuestro hace parte de una lista de técnicas desaprobadas por la ley, pero que nadie les pone freno.

Pescadores en la bahía de Cartagena

En Cartagena –lo mismo que en casi todos los mares del mundo- está en su furor, junto con el boliche o chinchorro, y el trasmallo. Los pescadores artesanales que nos “corrigen” cuando decimos palangre, señalan esas prácticas por todas partes, mientras salimos de la bahía a buscar, por Tierra Bomba y, más allá, las Islas del Rosario, a quienes las utilizan, entre ellos los barcos camaroneros, que tienen un sistema de arrastre que va al fondo y barre con todo.

La verdad, solamente llegamos con la idea de buscar a los palangreros, por considerarlos los más nocivos. Son los mismos pescadores que nos transportan quienes nos llaman la atención sobre la nefasta acción de las otras dos técnicas.

En la misma bahía, apenas más allá de los muelles en los que descansan yates lujosos, buques que esperan ser cargados con carbón valiéndose de palas mecánicas, y barcos pesqueros que se mueren de óxido, algunos pescadores, desde sus pequeños botes, unos de motor de 10 caballos de fuerza, otros impulsados por remos, extienden sus trasmallos de un kilómetro de largo. Los plomos van yendo al fondo de una vez y las boyas quedan a la vista sobre el agua más bien quieta por la entrada del invierno. Y aquí comienza la comparación: si un pescador de subsistencia, ese que apenas pesca para su comida y la venta de una carga     para el sustento de su familia, tiende un trasmallo de tal extensión, ¿qué no decir de los palangres que tienden las empresas internacionales, afuera de la bahía?

“Lo malo de los trasmallos –cuenta Jairo, sin dejar de conducir el bote-, es que llegan hasta los bajos y traen hasta peces muy pequeños. Cuando los trasmalleros llegan a recoger la pesca, dos horas después de instalada esa red, suben todo al bote y después seleccionan. Tiran al mar los pequeños, pero por lo general cuando los arrojan, ya están muertos”.

Foto Cortesía Fundación Malpelo

Los bajos del mar no son tan bajos. Según la explicación de estos hombres, el lecho marino tiene montañas y colinas como las que sobresalen para formar las islas y –obviamente- los continentes. Y un bajo puede estar cerca de la superficie. Estos son los que más convienen a los pescadores, pues no se dificulta tanto la consecución de los animales.

Contaminación
El Ingeniero –le dicen así porque, para protegerse del Sol, en lugar de sombrero o gorra, usa un casco de constructor-, comenta que a ellos dos no les gusta pescar en la bahía, sino de Tierra Bomba hacia afuera, porque el agua es tan contaminada que los peces saben a gas. La contaminación se debe al polvillo de carbón que el viento se lleva de las palas mecánicas cuando cargan los contenedores, a derrames de gasolina en los muelles cuando las embarcaciones arriman a llenar su tanque, a las basuras y hasta a las aguas negras que vierten, primero a los caños y a la Ciénaga de la Virgen y luego al mar, barrios como San Francisco.

En Tierra Bomba, isla habitada por pescadores, la pesca de boliche o chinchorro, es tan corriente como el viento. Mientras nos acercamos, viendo apenas las suaves colinas, no puede uno adivinar que en sus orillas hierve la vida. Apenas se comienzan a distinguir las casas en la costa, van dibujándose poco a poco las embarcaciones y los pescadores. Varios grupos de diez o doce hombres cada uno remolca un chinchorro, a pesar de que por estos días, en los cuales el invierno no está decidido y las aguas son todavía transparentes, la pesca con esta técnica no funciona plenamente, “porque esto de la pesca es cosa de entender el tiempo y el mar”. Jairo señala con su índice derecho la mancha negra que hay en el agua, situada a unos diez metros del extremo de la red que los hombres halan.

Barcos para pesca de arrastre, anclados en el astillero de Cartagena

“Fíjese en el copo -es una mancha más bien redondeada de unos cinco metros de diámetro, que se va moviendo hacia la orilla por la fuerza de los hombres: es donde está el grueso de la red-. Debe venir llena de peces de todas clases: sierras, pargos, sardinas y hasta corales”. Pero se equivoca. Cuando los pescadores terminan de sacar el “copo”, se decepcionan al ver que solamente contiene hierba, tierra negra del fondo y huevos de peces, pero nada que les signifique dinero.

“Con estas técnicas de pesca arrastran el plancton, los corales, los huevos y los peces más pequeños. Los pescadores arrojan todo eso a la orilla porque eso es basura y los que hacen su festín son los goleros”.

Legal, legal, no es
Una hora más tarde, estamos en inmediaciones de las Islas del Rosario. A nuestro paso, el panorama no ha cambiado: nos hemos topado y hemos saludado a pescadores solitarios. Artesanales, unos; trasmalleros, otros. En nuestro golpe de vista solo alcanzamos a ver algunas de las 23 islas que conforman el archipiélago. Son de relieve más bien bajo. Los mosquitos hacen que la mayor parte de ellas no sean habitables, aunque unas cuantas tienen construcciones lujosas. Allí, los pescadores usan la misma técnica. Dicen:  “esto legal, legal, no es, pero muchos lo hacemos”. Y, añaden: “nadie viene por aquí a decirnos nada.
Solamente en febrero, después de que a un pescador se le explotó una dinamita que traía, que casi se mata, estuvieron por aquí haciendo rondas”.

Y es verdad: eso legal, legal no es: el Ministerio de Medio Ambiente, a través de la Unidad Administrativa Especial del Sistema de Parques Nacionales Naturales, señala, en su Artículo 17: Se prohibe: d) La pesca submarina y la recolección de corales. e) Portar y/o utilizar arpones, chinchorros, palangres, zangarreo y bolicheo. f) Capturar, comprar o consumir caracol rosado o de pala”.

Foto Cortesía Fundación Malpelo

Pero estas prohibiciones parecen tardías: “ya no se ven los caracoles pala y como los barcos camaroneros, que detectan los bajos con GPS y tienen sistemas electrónicos de arrastre acaban con todo; cada vez tenemos que ir hasta más afuera para conseguir lo mismo”, cuenta El Ingeniero.

Barcos pesqueros, por lo general de banderas extranjeras, usan esas técnicas. Palangres y redes que tienen cientos de kilómetros con millones de anzuelos, los cuales tienen en vía de extinción a miles de especies. La Organización para la Alimentación y la Agricultura, FAO, señala que el 25 por ciento de los animales marinos que se extraen en el mundo, unas 29 millones de toneladas, terminan arrojadas por la borda porque son tan pequeños que no dan la talla. Pero esos se sitúan a unas 200 millas de las Islas del Rosario. En otros mares, de aguas más profundas, esos barcos se acercan al continente. A veces se aprecian desde la orilla. Pero en Cartagena, no es el caso.

“Por aquí vemos pasar los barcos camaroneros. Esos que arrasan con todo, pasan por aquí de regreso a la bahía –cuenta Martín, uno de los trasmalleros que encontramos en aguas del archipiélago-. Algunos se detienen un poco a regalarnos, a los pescadores y a los habitantes de por aquí, baldes llenos de pescaditos por debajo de la talla permitida. Esos los llevamos para la comida de la casa”.

El regreso, después de atravesar la bahía, es por La Bocana. Decenas de pescadores con atarraya buscan sardinas en la entrada de la Ciénaga de la Virgen. Otros tantos tienen jaulas tramperas listas para cazar jaibas. Ambas son prácticas legales y adecuadas. Garzas de patas amarillas están atentas a cualquier movimiento de las aguas turbias.

“Los pescadores artesanales, como nosotros –dice Jairo- que usamos carretel, gozamos el verdadero arte de la pesca. Cuando un pescado pesa mucho o lucha por su vida, hace que el nylon nos corte las manos. Sangramos. Pero entre más nos corta, más sentimos el placer de saber que el pez que viene es grande”.

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