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	<title>Salderrío</title>
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		<title>Julio Erazo: el juglar del gran Magdalena sigue creando</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Apr 2013 16:23:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[cantautores]]></category>
		<category><![CDATA[compositores]]></category>
		<category><![CDATA[Corraleros de Majagual]]></category>
		<category><![CDATA[folklor]]></category>
		<category><![CDATA[john saldarriaga]]></category>
		<category><![CDATA[Julio Erazo]]></category>
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		<category><![CDATA[músicos colombianos]]></category>
		<category><![CDATA[periodismo narrativo]]></category>
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		<category><![CDATA[Tango Lejos de ti]]></category>
		<category><![CDATA[vallenato]]></category>

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		<description><![CDATA[El cantautor radicado en Guamal, Magdalena, es compositor de numerosas canciones conocidas: Adonai, Hace un mes, El bailador y el tango Lejos de ti.   A mediados del siglo XX, en los pueblos costeños de la ribera del Magdalena en los que Julio Erazo se movía, teniendo como eje a Guamal, no había luz eléctrica. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><em>El cantautor radicado en Guamal, Magdalena, es compositor de numerosas canciones conocidas: Adonai, Hace un mes, El bailador y el tango</em> Lejos de ti.</p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p>A mediados del siglo XX, en los pueblos costeños de la ribera del Magdalena en los que Julio Erazo se movía, teniendo como eje a Guamal, no había luz eléctrica. De modo que, al morir el Sol, él tomaba unos mechones para iluminarse mientras componía canciones.</p>
<p>Una noche, viendo cómo se formaban nubarrones y comenzaba a serenar, el recuerdo de su novia lejana, Elides Martínez, lo entristecía. Tomó su cuaderno y empezó a escribir:</p>
<div id="attachment_1344" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1344" title="sJulio Erazo12" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/04/sJulio-Erazo12-300x191.jpg" alt="" width="300" height="191" /><p class="wp-caption-text">Elides Martínez, su esposa, ha sido la musa que ha inspirado varias de las canciones de Julio Erazo.</p></div>
<p><em>Hoy que la lluvia<br />
entristeciendo está la noche,<br />
que las nubes en derroche<br />
tristemente veo pasar<br />
viene a mi mente<br />
la que lejos de mi lado,<br />
el cruel destino ha posado<br />
solo por verme llorar&#8230;</em></p>
<p>Y así nació uno de los tangos más conocidos en Argentina y Colombia: <em>Lejos de ti.</em></p>
<p>Sentado en una mecedora en un corredor interior de su casa guamalera —casa grande, con pozo de agua ya en desuso, sin molinete—, al lado de su esposa Elides, quien recuesta un taburete de cuero a la pared para estar junto a él, el cantautor cuenta su vida mientras comparte con nosotros una jarra de chicha de maíz helada que corta la sed.</p>
<p>¿Pero un tango, salir del ingenio de un hombre costeño? ¿De la misma pluma alegre que escribió <em>La pata pelá, Compae Chemo, Hace un mes, Adonai,</em> y <em>Yo conozco a Claudia?</em> Este compositor, nacido en Barranquilla el 5 de marzo de 1929 y criado en Guamal, oía a su mamá, Carmen Cuevas Villarry, cantar tangos de Gardel, mientras lavaba ropa, pilaba maíz o lo amasaba en la batea. “Así que, cuando me dio por componer este tema, yo tenía ese lenguaje en mi cabeza”. Por otra parte, su padre, José Ignacio Erazo París, era un pastuso que se desempeñó como periodista en Panamá, Bucaramanga y Barranquilla. Y esa mezcla cultural, andina y costeña, hizo de él un compositor versátil: de su inspiración han salido merengues, puyas, sones, cumbias, paseos, boleros, bambucos, pasillos.</p>
<p><strong>Así comenzó la cuestión</strong><br />
“Cuando nos conocimos, en 1948 –dice Elides-, él era profesor de la escuela de niños de Buenavista; yo estudiaba en la de niñas. Él me veía, pero yo no lo veía a él”.</p>
<p>Con una guitarra en su regazo, Julio recuerda cuando piropeaba a la niña, “oye, amorcito, quiero hablar contigo”, pero ella nada le decía.</p>
<p>“En noviembre de ese año, antes de irse con su papá para su casa lejana, me dejó un papelito con una amiga, en el que me decía que aceptaba mis amores. Me dejó picao y en esas vacaciones me dediqué a parrandear con mis amigos”. Fue en ese tiempo cuando comenzó a componer canciones y su papá le compró una guitarra en Bucaramanga.</p>
<p>Y sus cantos le han servido para enamorar muchachas o, al menos, para rendirle homenaje a su hermosura, como <em>Rosalbita;</em> otros, para exaltar atributos de la cultura costeña, como <em>La puya guamalera;</em> los hay también para aludir a temas cotidianos, como <em>El caballo pechichón,</em> y hasta para tratar temas personales, como <em>Compae Chemo.</em></p>
<p>Cuando salía de enseñar, se sentaba “sabroso bajo una sombra, al lado de la escuela,” a ver llegar la noche y a componer. Un día se le acercó una “señora de edad”, a quien los muchachos no llamaban por su nombre, Claudia, sino que le ponían sobrenombres, Candela o Bombariaca, y ella moría de rabia. Tenía marido: un policía llamado Bernabé. Ella le contó su tristeza: Bernabé se había ido de pronto y la había dejado sola. “Yo le dije: ‘déjate de eso, que él tiene que buscarte’”. Cuando terminó de echarle el cuento, se fue. Julio quedó mirándola alejarse y vio que esa mujer tenía un caminar bonito. Y se puso a cantar con su guitarra:</p>
<div id="attachment_1346" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1346" title="sJulio Erazo22" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/04/sJulio-Erazo22-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">350 es una cifra corta para contar las composiciones de Julio Erazo. La mayor parte de ellas han sido grabadas.</p></div>
<p><em>Yo conozco a Claudia,<br />
yo conozco a Claudia<br />
por su modo de caminar.<br />
Mueve la cintura,<br />
mueve la cabeza,<br />
mueve la cadera<br />
como si fuera a bailar.</em></p>
<p>Y las canciones que iba componiendo se las cantaba primero a su madre, quien le decía: “¿y tú por qué no haces lo posible por grabar un disco?”. Animado por estas palabras, viajó a Barranquilla en busca de una casa disquera que se interesara en grabarlas. Llegó a la Tropical, pero allí, sin oírlo, le hicieron dar media vuelta con un comentario destemplado: “aquí no necesitamos canciones”. Fue a la Atlantic. Dos hombres, un tal Buitrago, “pero no Guillermo”, y Jaime Cabrera, le dijeron: “qué clase de música tienes”. Él respondió: “paseos, merengues, cumbias”. “Es que estamos hasta aquí de Guillermo Buitrago”. Julio se aplicó en puntear <em>La puya guamalera</em> y, mientras lo escuchaban, veía a los hombres intercambiar gestos aprobatorios. “¿Qué más tienes?”. Les cantó <em>Yo conozco a Claudia.</em> Y ellos seguían mirándose estupefactos. “Ensáyate bien esos dos numeritos para el sábado a las 10 de la mañana”. Julio andaba con Juan Madrid, guitarrista, y Luis Mosquera, guacharaquero. Les enseñó los coros. Grabaron un disco de 78 revoluciones por minuto con un solo micrófono.<br />
Al final “nos dieron no sé cuánto, como 25 pesos a cada uno, cuando el pasaje en bus urbano valía 10 centavos. Era noviembre de 1950. Y así fue como comenzó la cuestión”.</p>
<p><strong> </strong></p>
<div id="attachment_1347" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1347" title="sJulio Erazo5" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/04/sJulio-Erazo5-300x195.jpg" alt="" width="300" height="195" /><p class="wp-caption-text">20 canciones inéditas, “sin grabar, tengo ahorita mismo”, porque el cantautor costeño no para de componer. En Guamal, Magdalena, lleva una vida tranquila. Fotos: Juan Antonio Sánchez.</p></div>
<p> <strong>El amor de Elides</strong><br />
La cuestión: una vida de artista reconocido. Giras con sus grupos, Julio Erazo y los Guamaleros y Julio Erazo y sus Chimilas. Composiciones sin tregua. Sus canciones recorrían Colombia en su garganta o en la de otros, o viajaban a Argentina u otros países. Pocos años después, Toño Fuentes lo invitó a grabar con su disquera y a integrar Los Corraleros de Majagual. “Me entrevisté con Manuel Cervantes, el director de Los Corraleros. Le dije: ‘vamos al estudio’. Allí le fui dictando la música de <em>Hace un mes.</em> Era 1956”. Después de una etapa con el grupo, Julio volvió a cantar con sus propios conjuntos, hasta el decenio del ochenta.</p>
<p>“Sírvanse más chichita –convida Elides-. Ahí está la jarra, sobre la mesa”.</p>
<p>Uno de los clásicos de la música vallenata es el <em>Compae Chemo.</em> “Eso fue que le prometí a Anselmo Montes que iría a la fiesta de cumpleaños de su hija Asunción”. Pero no fue. La fiesta de fin de año en Guamal fue grande, recuerda Erazo. Se emborrachó tanto que el primero, antes de subirse a la chalupa en Buenavista para acudir a la cita, entró en casa de Alirio Jiménez, quien vendía trago, a desenguayabar. Se encontró con amigos y Alirio les dio una botella de licor, preparó sancocho de bocachico y puso en el tocadiscos algunas rancheras que a Julio le gustaban mucho y así, de unos pocos tragos terminó embriagándose otra vez y no pudo ir a la fiesta.</p>
<p><em>Tengo pena con compadre Chemo<br />
tengo pena porque yo no fui<br />
a la fiesta de su dos de enero<br />
y con tanto que le prometí&#8230;</em></p>
<p>“Y cómo no se iba a enojar, si era como la tercera vez que le incumplías –interviene Elides-. Acuérdate”.</p>
<p>Elides dice que después de <em>Lejos de ti,</em> Julio y ella demoraron para casarse. Él andaba en sus giras y enamorando mujeres, hasta que un día, en 1957, ella se quejó ante su mamá de la indecisión de él para el matrimonio. ¡Ajustó siete meses sin escribirle! “Hasta que se acordó de mí”. Y se casaron. A ella, su madre le dio un consejo, viéndola inquieta por esa condición de hombre enamorado que tenía Julio: &#8220;el hogar lo hace la mujer. Ella es la que consiente al hombre. Y de ahí vienen las composiciones”. “Y sí, con amor, todo lo soporté. Con amor, una no ve la falla y todo lo cree”, dice Elides.</p>
<p style="text-align: center;">Fin</p>
<p style="text-align: left;"><em> </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>“Viajar, conocer personajes&#8230; todo queda en la mente de uno y, en cualquier momento, surgen en las canciones”.</em><br />
Julio Erazo</p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<p><strong><em>SIEMPRE CREANDO</em></strong></p>
<p>Julio Erazo no deja de componer canciones. Fue hasta su mesa de noche y trajo una hoja de cuaderno. En letra muy pequeña que a veces a él mismo le cuesta leer, tiene escrita una canción nueva:</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Eso era antes</span></strong></p>
<p><em>Yo me acuerdo que antes<br />
en las noches de luna<br />
yo paseaba en mi pueblo<br />
sin tragedia ninguna.</em></p>
<p><em>Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes, señores,<br />
Sin tragedia ninguna.</em></p>
<p><em>Pero ahora te agarran.<br />
Pero ahora te atracan.<br />
Te llenan de sonrisas<br />
Y hasta te dan burundanga.</em></p>
<p><em>Yo me acuerdo que antes<br />
con mil pesos comía<br />
con mi abuela y mi abuelo<br />
con mi madre y mi tía.</em></p>
<p><em>Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes, señores,<br />
Con mil pesos comía.</em></p>
<p><em>Los mil pesos ahora<br />
no te sirven de nada.<br />
Un pan con gaseosa<br />
y hasta una empanada.</em></p>
<p><em>Las alumnas de antes<br />
muy tranquilas andaban.<br />
Del colegio a su casa<br />
felices caminaban.</em></p>
<p><em>Pero eso era antes,<br />
Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes, señores,<br />
Felices caminaban.</em></p>
<p><em>Pero ahora las siguen,<br />
Parecen guardaespaldas.<br />
Si ellas se descuidan<br />
de pronto<br />
les pellizcan la nalga.</em></p>
<p><em>Mi abuelito gozó<br />
con muchachas queridas,<br />
pero nunca sufrió<br />
de una peste maligna.</em></p>
<p><em>Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes<br />
Pero eso era antes, señores,<br />
No había pestes de sida.</em></p>
<p><em>Los hogares de antes<br />
estudiaban la Biblia.<br />
Había mucho respeto,<br />
se quería la familia.</em></p>
<p><em>Ay, estudiaban la Biblia<br />
Estudiaban la Biblia<br />
Pero eso era antes, señores<br />
Estudiaban la Biblia.</em></p>
<p><em>Ahora está la parranda<br />
y la gran diversión<br />
y hasta los chiquiticos<br />
pegados de la televisión.</em></p>
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		<title>Aventuras y desventuras de un comunista</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 20:44:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa urbana]]></category>
		<category><![CDATA[Alfredo Jiménez]]></category>
		<category><![CDATA[Comunista]]></category>
		<category><![CDATA[historia de vida]]></category>
		<category><![CDATA[john saldarriaga]]></category>
		<category><![CDATA[Junín]]></category>
		<category><![CDATA[Medellín]]></category>
		<category><![CDATA[Partido Comunista]]></category>
		<category><![CDATA[periodismo narrativo]]></category>
		<category><![CDATA[reportaje]]></category>
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		<description><![CDATA[Alfredo Jiménez confiesa que, como pocos, ha vivido. Tuvo que inventarse el nombre a los quince años, pues, hasta ese momento, lo llamaban con uno temporal: Chiquito. Dedicado al trabajo desde que tiene uso de razón, Alfredo Jiménez erró por pueblos y caseríos de la Costa, fue ascendiendo por el Magdalena, hasta que vino a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Alfredo Jiménez confiesa que, como pocos, ha vivido. Tuvo que inventarse el nombre a los quince años, pues, hasta ese momento, lo llamaban con uno temporal: Chiquito. Dedicado al trabajo desde que tiene uso de razón, Alfredo Jiménez erró por pueblos y caseríos de la Costa, fue ascendiendo por el Magdalena, hasta que vino a posar sus plantas en Medellín. Comunista perseguido por su pensamiento, en esta ciudad se volvió sedentario.</em></p>
<p>(Esta historia la conté hace casi diez años en un periódico regional. Fueron nueve entregas en edición dominical.)</p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 1</span></strong></p>
<p>Fue la tercera o cuarta vez que intentaron matar a Alfredo Jiménez cuando recibió dieciocho impactos de changón y él mismo se sacó los balines del pecho con sus manos para guardarlos de recuerdo en el cuarto de pensión donde vive.</p>
<p>Y es que Alfredo está protegido de males y peligros, no sabe muy bien por qué o por quién, pero está casi convencido de que su abuelo, Eugenio Jiménez, lo siguió cuidando después de muerto, luego de que él le llevara un ataúd de madera sin laquear ni pintar, que su padre le fabricó, cuando era apenas un chico de catorce años y todavía no tenía nombre que le identificara en la vida.</p>
<p>Siendo como es, un hombre fuerte, imperturbable, dueño de un absoluto control de sus actos y conductas, al recordarlo su voz se negaba a salir para comentar ese incidente sustancial. De pies y recostado a su kiosco de venta de periódicos, libros y revistas marcado con el número 17 de Junín con Pichincha, vi temblar de emoción sus pómulos y aguar sus ojos y pensé que iba a llorar. Hasta debió sacar el pañuelo del bolsillo de atrás del pantalón y sacudir su nariz. Creí que no hablaría más, que me despacharía de una buena vez por llevarlo a evocar asuntos difíciles que le movían tantos sentimientos. Pero no. Finalmente abrió la boca para hablar.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong> </strong></span></p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Viaje</strong></span><br />
Debía correr el año cuarenta y cuatro, porque nuestro héroe nació el primero de mayo de 1930 —como habría de darse cuenta más tarde, en Barrancabermeja, cuando fue a bautizarse para sacar la tarjeta de identidad—, fecha, sin duda, que debe tener algo que ver con su destino, pues lleva el comunismo en las venas.</p>
<p>Chiquito, como le llamaban entonces, salió de su casa —un rancho de paredes de cañaflecha y techo de palma amarga que él mismo construyó con su padre en un terreno que quedaría en medio de una roza sembrada de yuca y plátano situado entre Pivijay y Fundación— muy de mañana, arreando el burro que cargaba el cajón. Llegó a la carretera y con ayuda de dos o tres hombres lo encaramó en el techo de la chiva que lo conduciría a Puerto Salamina, Magdalena, a orillas del gran río.</p>
<p>Cuando llegó hacía un Sol tan fuerte como empujado por cuatro. El bus de escalera estacionó junto al embarcadero y, de inmediato, hizo que dos hombres subieran el armatoste en la balsa que lo pasaría a Puerto Giraldo, poblado situado justo al frente de donde se encontraba.</p>
<p>Su abuelo lo estaba esperando y lo vio acercarse, pues su casa estaba situada al lado del afluente. Cuando Chiquito dio el salto para quedar en la barranca y no bien estaba recibiendo su carga con  la ayuda del viejo, éste le dijo por todo saludo:</p>
<p>—Eh, Chiquito, ¡tu papá sí es muy cruel! ¡No vino él a traer la caja mortuoria sino que te mandó a ti!</p>
<p>Su abuela, Beatriz Padilla, a la que él llamaba Mamá Beata, le convidó de inmediato a la cocina para darle un plato de arroz con pescado, plátano, ñame y batata y él buscó un sitio sombreado para sentarse a comer. Chiquito se quedó con sus abuelos, a quienes quiso más que a nadie en la vida, hasta el día siguiente.</p>
<p>Esas palabras, de las que Chiquito nada comentó al anciano en el momento ni repitió jamás a su padre ni a persona alguna en toda su vida, estaban acompañadas de una fuerza inefable, que él sintió. Y es el conjunto de esos sonidos emitidos por aquella voz terrosa, de la mencionada fuerza y del significado de aquella costumbre, lo que siente Alfredo cuando lo cuenta.</p>
<p>Es una vieja costumbre costeña, que lentamente va cayendo en desuso, el que las personas viejas fabriquen o consigan ellas mismas su ataúd, sin siquiera estar enfermas. E incluso viven con él debajo de la cama o en un rincón del cuarto, mientras les llega la hora grave. El abuelo Eugenio tenía unos ochenta y cinco años, igual que Mamá Beata, y era tiempo de que fuera consiguiendo el cajón. A pesar de verse aliviado en la visita del niño, el viejo murió a los dos meses.</p>
<p>—Nunca le había referido esta historia a nadie —habría de decirme al día siguiente en su kiosco— y me siento como más tranquilo. Ni siquiera en la revista Susurros, del Partido Comunista, cuando escribieron mi biografía, salió referida esta parte de mi vida. Desde ese punto y hora la tenía guardada aquí —dijo, señalando con su diestra el pecho.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong> </strong></span></p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Nómadas<br />
</strong></span>Y es una fuerza extraña esa. Hasta le dicen que cómo él, que siempre ha sido un tipo flaco y de apariencia enclenque, saca tanta energía para defenderse cuando su vida está en peligro. Y él no sabe responderles. Lo cierto es que le ha ayudado a sobreponerse de nueve carcelazos, de una locura que los médicos llamaban rebeldía sentimental que curó gracias a la súbita y misteriosa aparición de un anciano en el centro de Medellín hace pocos años, quien le recomendó el consumo de ciertas sales, y de tantos intentos de homicidio de que ha sido víctima, aunque cosa curiosa, ninguno de ellos por sus pensamientos políticos, a pesar del exterminio de muchos militantes del Comunismo.</p>
<p>Alfredo Jiménez no recuerda mucho de su vida antes de los nueve años. Solo que salía a jugar a  la pelota con los chicos de Puerto Giraldo y que éste, su pueblo natal, estaba partido en dos por un arroyo sin nombre —como él—, lo cual hacía que los chicos de un lado rivalizaran con los del otro, integraran sendas cuadrillas que se enfrentaban a puños de vez en cuando, para determinar dominio. Una vez hasta se le cayeron los pantalones en media pelea, de modo que terminó desnudo, hasta que su abuela —a quién reconoce como su madre, porque la biológica se fue de su lado cuando apenas era un bebé—, llegó para llevárselo de la mano hasta la casa en medio de sermones sobre la inconveniencia de estarse peleando por ahí. Él, que era el líder de su banda en la que era conocido con el celebérrimo nombre de Zancadilla, la escuchó en silencio por el camino de vuelta.</p>
<p>También recuerda que cada día, antes de que cayera la noche, debía recoger las quince chivas de su padre, que pacían durante el día en los pastizales cercanos, para el ordeño de la mañana siguiente, y que eran muchas las tardes en que él, Chiquito, debía pasar accionando la palanca que movía el pedal de la máquina de coser de su tía Josefa.</p>
<p>A veces, esta lo enviaba con una canasta de almojábanas para la venta, pero el chico, con la plata que recibía de las primeras compraba él mismo para sí las restantes y se comía. La tía Josefa le daba cocotazos y su abuela lo defendía sonriente.</p>
<p>Precisamente ella, mamá Beata, enviaba con él los huevos para las Ánimas del Purgatorio, pero nunca llegaban al cura, porque, mientras avanzaba, Chiquito cavilaba que su abuela era muy boba: “mandarles huevos a las Ánimas, sabiendo que ellas no comen”, y más bien los vendía por ahí.</p>
<p>Tendría ya los diez años cuando llegó un ciego a su pueblo y el Inspector decidió que Chiquito hiciera de lazarillo, pero muy poco duró en el oficio, porque en los caminos, este, precisamente para que el tipo aquel se aburriera y no lo ocupara más, lo hacía pasar por la trilla del ganado.</p>
<p>Como los cocotazos de la tía Josefa no daban tregua, su abuela debió enviarlo a Barranquilla, a casa de la tía Andrea, donde estuvo algunos meses, antes de pasar a Barranquilla, otra vez al lado de su padre y de una mujer que había comenzado a andar con este, llamada La Cachaca —aparte de otras tantas que tenía en los pueblos de la zona—.  De allí, el hombre bajaba en la lancha a María La Baja a conseguir aguacates y plátanos para venderlos en Barranquilla. Pero no duraron mucho tiempo allí. Les dio por seguir para El Retén, un municipio de Magdalena, y levantar otro rancho.</p>
<p>Allí Chiquito vio las bananeras y cómo las empresas gringas tenían un sistema de compuertas en el río para regar los cultivos. A veces, las abrían y cientos de peces quedaban engañados de un momento a otro, agonizantes en un río sin agua. Y él corría a coger muchos de ellos para que en su casa los frieran para la comida.</p>
<p>Fue el tiempo en que escuchaba hablar de la masacre en las bananeras, ocurrida cerca de Ciénaga catorce años antes, y de la cual, según murmuraban, había quedado solo dos sobrevivientes, un hombre y una mujer, a quienes nunca llegó a ver.</p>
<p>En este pueblo, Chiquito  también tuvo su pilatuna. Pronto se dio cuenta de que un hombre fungía de pastor en un templo adventista. Predicaba los domingos y los concurrentes, piadosos y obedientes, sacaban monedas y billetes y los descargaban en una mesa. El pastor decía de pronto: “cierren los ojos, hermanos míos, que vendrá la Mano Poderosa y se llevará el dinero”. El mocoso solía mirar esa escena por una grieta del madero de la puerta y se daba cuenta de que el muy bandido era quien tomaba la plata.</p>
<p>—¡Velo! —gritó Chiquito desde su escondrijo—. Que la Mano Poderosa&#8230; ¡y es él quien se mete la plata al bolsillo!</p>
<p>El pastor, descubierto, se desquitó con nuestro personaje, dándole una fuetera.<br />
Duraron poco en esta tierra, pues su padre decidió que debía trasladarse a un sitio entre Pivijay y Fundación, de donde saldría Chiquito con el ataúd para su abuelo, reemplazando a su padre en un acto que por costumbre le correspondía.</p>
<p>—Nunca conocí la puerta de una escuela —comenta Alfredo—. En aquella roza tenía mis deberes. Limpiaba los sembrados, recogía las cosechas, ensillaba un burro para ir hasta el río Cesar y recoger agua para las comidas, usando para eso dos cajones bien calafateados y asegurados con tapa que llenaba encima del animal. No durábamos mucho en un lugar. Mi padre decidía vender por cualquier cosa o abandonar el rancho y la roza, si consideraba que podía irle mejor en otra parte. Con decir que de El Retén nos fuimos muy pronto para El Algarrobo, un pueblito situado a orillas del río Ariguaní, donde él se dedicó a comprar cerdos y sacrificarlos para la venta, a cazar animales para comercializar sus pieles y a fabricar canoas que debíamos llevar por el río hasta Trojas de Cataca, un caserío encaramado en palos sobre el agua salada, cercano a Ciénaga, y allí vendérselas a los pescadores. A veces iba yo a recibir el dinero, lo guardaba en los bolsillos y los cosía con hilo y aguja para no perder ni un céntimo.</p>
<p>También tenían una canoa para pasar a la gente de un lado a otro. Chiquito se encargaba de manejarla. Un día, un indio Duane, un curandero que iba por los pueblos y que tenía un derecho otorgado por el Gobierno para no pagar transporte alguno, obviamente no quiso pagarle. El muchacho, que ignoraba la disposición legal, insistía en cobrarle, ante la risa juguetona del aborigen. Su padre debió explicarle que a un indio Duane no se le podía faltar al respeto y que nada debía cobrársele.</p>
<p>—Pero dejemos aquí, en lo del indio Duane, antes de que sigamos con lo demás —dijo Alfredo.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong>Capítulo 2</strong></span></p>
<p>Cuenta una leyenda que en la ciénaga de Zapatosa, frente a El Banco, Magdalena, en medio de una tormenta, una mujer que bajaba en su canoa estaba fracasando, hundiéndose con animales domésticos y equipaje. El naufragio era inminente; solo cuestión de minutos. La muerte, también. Ella rezó con desesperación y prometió dar una canoa de oro al santo que le salvara de perecer bajo el imperio de la Naturaleza.</p>
<p>Esta historia explica la existencia de un nicho que tiene san Martín de Lobo en ese sitio.</p>
<p>En circunstancias semejantes se encontró Chiquito un día, en compañía de su padre y una mujer que por esos tiempos hacía las veces de madrastra suya: Diosa Sarmiento. Habían salido unas horas antes de El Algarrobo con unos cuantos cerdos, pocas gallinas y alguna ropa, por todo equipaje. Ya el hombre había decidido que debía establecerse en unos parajes baldíos cercanos al pueblo de Zapatosa, Cesar. Las nubes, apenas encima de sus cabezas, parecían a punto de sepultar el mundo de un manotazo. Era como si todo debiera volverse agua y hubiera comenzado a cumplirse tal designio en este rincón del Caribe. La tormenta arreciaba. Cuatro dedos faltaban para llenarse la canoa, es decir, para naufragar. Ella rezó con desesperación y fue evocando una lista de santos que parecía sin fin, hasta que el hombre la regañó diciéndole que si no veía que estaban zozobrando y que el peso de tantos personajes los iba a terminar de hundir de una vez y para siempre.</p>
<p>De pronto, llegó la calma y se vieron atracando en una playa flotante. Allí pudieron achicar y secar o por lo menos escurrir mínimamente las cosas, tranquilizar sus corazones y cambiar esos pensamientos de desgracia que invadían sus mentes. Chiquito recogió una piedra en forma de huevo de paloma y quiso guardarla en el bolsillo del pantalón que tenía pegado a la piel, como munición de su inseparable cauchera, pero su padre se lo prohibió, tal vez porque no podía permitir que profanara un lugar que había resultado sagrado para ellos.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pailitas</span></strong><br />
No perdieron tiempo en Zapatosa, sino que siguieron a Pailitas, que entonces no era siquiera un caserío, sino un bosque cerrado. Pasaron por un puente sobre un lago–arroyo y en una loma no vieron más que dos viviendas de cañaflecha y palma amarga. Una de ellas, la de la oficina de la construcción de la Troncal de Oriente. De modo que fueron los terceros en establecerse en ese sitio. Dicho de una manera más clara, que denote la dimensión histórica de nuestro héroe, fueron fundadores. &#8221;Debe quedar claro que ese sitio se llama Pailitas y no San José de Turumá, como muchos quieren hacer creer hoy”. Ese nombre se debe a que desde el puente y la loma, ese lago se ve como una paila. En la bolsa de recuerdos del vendedor de revistas y periódicos del puesto número 17 de Junín, todavía se ven pasar los peces por el fondo de ese gran recipiente: besotes, doradas, omelones, picúas, bonitos y coroncoros.</p>
<p>Había que ver la roza que en breve tenían montada los dos hombres. Cultivos de yuca, plátano, maíz, algodón, batata, ñame y auyama, así como un lindo rebaño de chivos tuvieron. Pero el negocio era la explotación de madera.</p>
<p>Siendo apenas un imberbe de catorce años, Chiquito se vio pronto metido entre un grupo de hombres que se internaba en el monte, armaba un campamento para varios días y participaba en las labores de tala y embarque. Fácilmente subía a los andamios improvisados para ir cortando las ramas altas tras amarrarlas con bejucos y encontraba la comba del tronco para determinar por dónde cortarlo. Aprendió que antes de dar un primer hachazo, había que dar dos o tres golpes con la herramienta en el tallo de los árboles, para saber, por el sonido, si estaban huecos o macizos. Solo estos debían echarse a tierra.</p>
<p>Cosa curiosa: su padre compró una mula en Sabanas de Tamalameque, para sacar las rastras de madera. Era un animal de monte, amansado, pero casi salvaje. Cuando sentía el rugir del motor de un auto, no había quien la controlara. La mula corría como loca, huía deprisa hasta su lugar de origen, situado a un día de camino. Y había que ir por ella y en esas se la pasaban.</p>
<p>Lo cierto es que muy pronto, la prosperidad sonrió a su padre.</p>
<p>Contaba con un importante grupo de trabajadores y se hizo a un camión International nuevo para llevar la carga y la maquinaria eléctrica para aserrar. Su vivienda tenía luz eléctrica. Todo lo cual coincidía con un rápido poblamiento de Pailitas. Hasta hubo quien estableciera un bar con mujeres de la vida frente a su casa.</p>
<p>Serían las cuatro de la tarde de un día impreciso, cuando los indígenas atacaron por primera vez las oficinas de la Troncal. Los vigilantes de ésta usaron unos perros que los aborígenes temían, pues, por su movilidad eran difíciles de flechar. Huyeron en desbandada. Sólo quedó un indiecito de diez años enredado en una bejuquera. Lo retuvieron atado a un árbol y al ponerle los alimentos se mordía y arrancaba pedazos de carne. Que lo llevarían a Bogotá en un avión, dijeron, y no se vio más.</p>
<p>Meses después los indígenas atacaron el campamento de Jiménez, el padre de Chiquito, en Caño Azul, entre El Burro y Pailitas. Flecharon a un aserrador, quien murió. Y siguieron así, belicosos, atacando los campamentos de la zona. El último fue uno que tenían armado en Curumaní.</p>
<p>Chiquito andaba por esos montes en compañía de Elías, un arriero de Titiribí que había ido a parar a esas tierras, cuando recibieron una carta del papá en la que les ordenaba salir de allí para evitar el peligro.</p>
<p>—Qué crees que debemos hacer —preguntó Elías a Chiquito.<br />
—Nada va a suceder. Entremos tranquilos a sacar madera.</p>
<p>Y así lo hicieron. En el monte, en el andamio de corte, encontraron señales de la presencia india. Un plumero y unas tripas en una roca decían que habían comido pava; unas huellas de pies mojados en las piedras indicaban el rumbo en que habían marchado. El muchacho las siguió y pocos metros de allí vio un grupo que subía la loma, en dirección a Pailitas. Y tal como lo había predicho, no tuvieron problemas.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Huida</span></strong><br />
Nunca nadie se lo  preguntó, pero Chiquito albergaba  infelicidad en su corazón. Observaba la actitud de su padre y la desaprobaba en silencio. Un hombre entregado al ron y a las mujeres, sin  escrúpulos para explotar a sus trabajadores, no pagarles lo justo y  darles un trato despótico, no podía ser causa de orgullo. Hasta dos mujeres vivían en la misma casa, se acostaba con las hembras del bar, mientras otras lo esperaban en Tamalameque y otras poblaciones. En Barranquilla, por ejemplo, se quedaba dos o tres meses tomando licor y mujereando. Entre tanto, Chiquito debía permanecer al mando y cuidado de los negocios, de los que guardaba celosas cuentas para darle a su regreso.</p>
<p>Y el trato que él mismo había recibido de su padre en toda su vida era el de cualquiera de los trabajadores. Con estos se solidarizaba entonces y tomaba de la cocina algunos víveres para dárselos a escondidas. En cuanto a esto, un día llegó a escuchar que un hombre le decía al señor Jiménez que cuándo iba Chiquito a estudiar. Su padre le respondió que si así, sin estudiar, tenía ideas comunistas, cómo sería si lo hiciera.</p>
<p>Por cierto, el viejo ignoraba que Chiquito iba consiguiendo las cartillas de lectura de los primeros grados con los hijos de los trabajadores y sin la ayuda de nadie aprendía a leer durante las horas muertas.</p>
<p>El resentimiento hacia ese hombre —del que nuestro personaje menciona tan escasamente su nombre que hasta el momento no lo hemos mencionado en este relato— llegó a tope, cuando un día de diciembre de 1944 este le propinó una fuetera más fuerte que ninguna otra en su vida, pero como en las anteriores, tampoco esta vez dejó salir una lágrima. Las marcas del fuete iban quedando marcadas en su alma.</p>
<p>En los primeros días del año nuevo, Chiquito debió viajar a Boca de Tamalameque a llevar unas herramientas. Fue mascullando su ira. Fue recordando que ese hombre, el injusto, era tan avaro que, a pesar de tener dinero, compraba una tela basta y le mandaba hacer varias mudas de ropa iguales, al punto que cuando estaba de novio de la chica más linda del pueblo, ella llegó a preguntarle por qué no cambiaba su vestido nunca&#8230; Entregó las herramientas y, sin pensarlo más, esperó un barco para viajar a Barrancabermeja. Chiquito había decidido huir de casa.</p>
<p>—Pero, por Dios, ¿a dónde te irás, muchacho? —le preguntó Sarita Paredes, una de las mujeres de su padre, que lo encontró junto al río Magdalena.<br />
—A Barrancabermeja.<br />
—Pero si allá no conoces a nadie&#8230;<br />
—Sé que el Mocho está allá. Él me recibe.</p>
<p>Sin un céntimo en sus bolsillos, con dos o tres mangos y naranjas por todo alimento y con solo la ropa que tenía puesta brincó Chiquito a un barco que lo subiría por el Río.</p>
<p>En la nave debió lavar la loza y lustrar los zapatos del capitán, como pago. En el trayecto conoció a un hombre que viajaba en compañía de dos hijos, más o menos de su edad. Y como si viera lo que fuera a suceder a su llegada, pidió el favor al fulano que si la policía preguntaba por él, dijera que era su hijo, para no tener problemas.</p>
<p>Pusieron pies en el puerto petrolero a las diez de la noche y, como era costumbre, pasaron las horas oscuras en el café La Bastilla. Cuando aclaró, unos agentes se acercaron al hombre y preguntaron por los tres muchachos.</p>
<p>—Son hijos míos —respondió el recién llegado, sin un asomo de intranquilidad, de modo que los uniformados volvieron a hundirse en el ignorado lugar del que salieron, y como si las cosas fueran hechas a su medida, en el instante en que Chiquito miró la calle, ante sus ojos apareció la prometeica figura del Mocho.</p>
<p>Corrió a su encuentro. Hablaron un rato. Y, como lo esperaba, ese hombre que hubiera sido trabajador de su padre y, por consiguiente, como un hermano para él, lo recibió en el hotel donde se quedaba y, en pocos días, lo hizo ayudante en su chiva, <em>La Consentida.</em> </p>
<p>Pronto pasó más bien a trabajar en la roza de una antioqueña, a pocos minutos del puerto, pues, él se sentía mejor en las labores agrarias. Dos o tres meses después, queriendo poner a prueba su honradez, la mujer dejó como por descuido un dinero en un lugar visible, con lo cual logró más bien ahuyentar al joven, por más que ella le llorara para que regresara. Él consiguió trabajo en la finca “El 50”; de Lucio Meléndez, que proveía de plátanos a los obreros del petróleo. Llegó a ser jefe, incluso de los trabajadores de la cocina, situada debajo del puente del Río. Hasta que un día encontraron al dueño muerto, parado, sostenido con las varillas del puente, pues allí había ido a parar en su noche de borracheras interminables con ron Caldas, para las que no se alimentaba más que con dos o tres trozos de carne en el día.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Alfredo</span></strong></p>
<p>Chiquito fue a parar en el hospital infestado de forúnculos. Quince días hospitalizado le hicieron pensar que él, ese mocoso que no tenía reparos para realizar labor alguna, quedaría muy bien trabajando en ese hospital. Barrió y limpió los pabellones; lavó el quirófano sin sentir repulsión alguna por la sangre y demás fluidos humanos que debía tocar. A los enfermos de tisis, ancianos desahuciados casi todos, los sacaba a tomar el Sol mientras él lavaba sus habitaciones, ante las críticas de las enfermeras y las súplicas de una de esas mismas pacientes de que se fuera, que él estaba muy joven para morir, pero él no paraba mientes en unas ni otras. Solo decidió marcharse el día en que notó que los empleados separaron platos y tasas en que debería comer de ahí en adelante, al tiempo que le dieron un lugar apartado del comedor, pues, sintió que esa discriminación era indignante.</p>
<p>Por esos días, lo que era de esperarse, sucedió. Exigieron a Chiquito la tarjeta de identidad para trabajar. Fue entonces cuando decidió bautizarse. Habló con el cura, José Arango, quien preguntó al muchacho la fecha de nacimiento y le exigió aprenderse el Padre Nuestro. Debió escribir a mamá Beata, quien todavía vivía en su natal Puerto Giraldo y en pocos días llegó la respuesta, firmada también por el Inspector del pueblo: Primero de mayo de 1930. </p>
<p>El día del bautizo, el padre olvidó hacerle recitar la oración al chico, quien  acudió con Juan  Silva, un obrero de  Ecopetrol, quien  haría de padrino.</p>
<p>—Cuál va a ser tu  nombre —inquirió el sacerdote.<br />
—Alfredo&#8230; Alfredo Jiménez Ochoa —respondió el muchacho.</p>
<p>Ahora, parado junto al puesto de revistas marcado con el número 17, dice: &#8220;y escogí bien el nombre, como el del cantante mejicano, pues, yo también cantaba muy bien. A la gente le gustaba oírme”.</p>
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<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 3</span></strong></p>
<p>Vicente Llerena, el hombre que tuvo en su casa por años a Alfredo Jiménez como si fuera un hijo suyo, ordenó un día al entonces adolescente que abandonara de una vez y para siempre ese maldito oficio que se había conseguido, ¡ayudante de matarife en el Matadero de Barrancabermeja! La razón: su carácter se estaba avinagrando.<br />
Debía ser que estar hora tras hora, día tras día, durante dos largos años, en presencia de la muerte, provocándola, estaba irradiando la personalidad del costeño de una energía negativa que ensombrecía sus actos. Lo convertía paulatinamente en un tipo bravo, al que poco se le podía hablar sin que montara en cólera.<br />
Pasados los primeros seis meses en esa actividad, Alfredo era capaz de matar los animales sin ayuda, lo cual el matarife titular aprovechaba para escaparse a tomar sus tragos. El chico clavaba con pericia el cuchillo en el corazón de la vaca y ésta caía al suelo antes de que ese chorro de sangre que salía con fuerza por la herida como si fuera un surtidor manchara el suelo. ¡Cuántas veces tomó Alfredo de ese líquido espeso, caliente, rojo profundo, por haber escuchado decir a muchos que contenía singulares nutrientes! En cambio, durante ese tiempo, dejó de comer carne de animal alguno; no le apetecía.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Aserrador</span></strong></p>
<p>Como siempre, obediente, Alfredo abandonó ese oficio. Y como los tiempos eran otros, con facilidad encontró trabajo como ayudante de construcción. En este, debía preparar la mezcla de cemento y arena y llevársela al albañil oficial, lo mismo que adobes y piedras y gravilla y herramientas que fuera necesitando. Ganaba un peso con cincuenta centavos al mes, en tanto que su jefe recibía setecientos pesos. Tres años estuvo el hombre dedicado a este oficio, tiempo en el cual aprendió como ninguno a leer e interpretar planos y construir edificaciones. A la construcción habría de volver después, varias veces.<br />
Incursionó fugazmente en la pesca con chinchorro. Comenzó de canoero, mientras cuatro hombres manejaban las redes. A los dos meses decidió ser uno de los botadores, es decir, de los lanzadores de la malla, y que otro condujera la canoa.<br />
El chinchorro se debe coger entre dos personas, cada una de las cuales por un extremo. La hacen descansar recogida en sus antebrazos, cuidando tener la pita con las manos, y se lanza fuerte fuera de borda. La red posee unos plomos que hacen llegar un bordo hasta el fondo del agua y unas boyas que mantienen el otro en la superficie. Minutos más tarde, los dos pescadores halan con fuerza y suben al barco la red llena de peces. Uno cree que los peces mueren sólo con sacarlos del agua. Alfredo cuenta que ellos mataban los peces con cuchillo.<br />
Salían a pescar de día y de noche. Y, según dice, no es verdad esa idea de que, en Luna llena, los peces alcanzan a ver el brillo de las cuerdas de la red y la esquivan.<br />
Volvió, más bien, a una labor que había hecho desde niño. Se convirtió en ayudante de arriería de un antioqueño al que llamaban el Mudo y que solía cargar en mulas rastras de madera desde los aserríos hasta la carretera. Fue entonces cuando encontró la oportunidad de terminar de aprender ese oficio que mucho le había atraído, el de aserrador. Al joven le parecía una labor bonita. Esos serruchos inmensos que subían y bajaban accionados por la sincronizada fuerza de dos hombres. Labor que, cuando estaba más chico, su padre le había sugerido no aprender, sin explicarle la razón; tal vez algo tosco veía el viejo en esa actividad.<br />
De modo, pues, que convenció al Mudo —apodo que en su seno guardaba una ironía— de que lo recomendara ante el dueño del negocio para que le enseñara. Éste mandó decirle que sí, pero a cambio le pidió a nuestro héroe que trabajara el primer mes sin paga, sólo por la comida, mientras aprendía. Y él aceptó.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Centella</span></strong><br />
En medio de un bosque situado unas leguas abajo de Puerto Berrío, los aserradores habían instalado su campamento. Entre ellos estaba también la esposa y el pequeño hijo del propietario.<br />
En la mente de Alfredo permanece vívida una escena, a pesar de que entre ella y la actualidad hay más de cincuenta años. Era medianoche y una tormenta se cerró sobre la selva. Los relámpagos iluminaban el interior de la improvisada vivienda y permitían que los seres que allí permanecían en vigilia, asustados, vieran unos de otros sus siluetas. Ni siquiera el bebé podía dormir, como si adivinara una tragedia. Su madre rezaba desesperada. Alfredo, en cambio, permanecía inmutable. Acostumbrado como estaba a soportar aguaceros y tempestades en la selva desde que sabía de sí, recordó el remoto día en que en compañía de su padre y de su madrastra casi perecen en la laguna de Zapatosa. A su mente acudió también otra evocación de infancia: en situaciones como esa, su abuela, mamá Beata, solía darle una palmada a un chico, hacerlo llorar, y de inmediato la Naturaleza volvía a la calma. Cosas de viejos. Qué iba a saber él dónde residía el secreto. Le contó a la mujer y esta hizo lo que él dijo; al fin de cuentas, nada tenían que perder.<br />
Acto seguido, al unísono del llanto del párvulo, se oyó un trueno. Casi encima de ellos cayó una centella que les hizo pensar que se trataba del punto final de sus existencias; el súbito freno en el movimiento de este planeta girante en el que lo inmenso es tan sólo una brizna. Y de inmediato, en efecto, todo terminó&#8230; No hubo más eso que llaman <em>la realidad.</em> Todo se Acabó&#8230; Alfredo no supo más de sí, ni de los otros, ni del campamento, ni de la selva, ni de la vida, ni de nada&#8230;<br />
Cuando recobró el sentido era ya la madrugada. Se enteró de que aquel rayo había puesto <em>tan solo</em> un sonoro punto final a la tormenta, como él confiaba&#8230; aunque no <em>tan solo:</em> había caído sobre un árbol situado a unos pasos del campamento, de unos veinte metros de alto y de varias abarcaduras, y que lo partió de un tajo desde el cogollo hasta la raíz. Y que desde entonces se había levantado un olor a azufre y a cobre que a esa hora todavía invadía el espacio, se pegaba a la nariz, invadía los pulmones, sobreponiéndose al de la Naturaleza mojada.</p>
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<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Otra aventura<br />
</span></strong>Andando los días, la guerrilla liberal, encabezada por un santandereano conocido como el Mocho, llegó una vez a la finca La India a matar a Rafael Bedout, conservador en Medellín y liberal en esas tierras del Magdalena, para cobrarle que había violado a una niña. Alfredo —que ya no ejercía más de aserrador ni trabajaba para el mismo patrón, porque, como se ve, su sino era la inquietud— era uno de sus peones y, al igual que todos ellos, había visto lo sucedido. Sabía, como los demás, que la mamá de la niña se había dejado comprar.<br />
Era de noche. Los guerrilleros mataron a un industrial conservador de apellido Moreno. Bedout logró escaparse y saltar desde muy alto a la corriente de una quebrada. Los hombres armados mataron antes del amanecer mil quinientas de las reses que había en la finca. Fue entonces una de las ocasiones en que Alfredo debió volver al trabajo de construcción; sin patrón no había trabajo.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">El libro maravilloso</span></strong><br />
Fuera donde fuera en su trashumancia, pendiente de Vicente Llerena pasó Alfredo hasta que aquél murió a comienzos del decenio de 1950. El viejo fue su padrino de confirmación. Quería tanto a Alfredo que pensaba dejarle en herencia un libro misterioso. Un libro con el que Alfredo había visto al viejo hacer lo imposible. «Cosas buenas y malas, cosas increíbles. Las enseñanzas del libro le permitían a él curar el mal de ojo, las mordeduras de culebra, las gusaneras de los terneros&#8230; Y el viejo no cobraba por los servicios. Recibía lo que le quisieran dar, nada más.<br />
»Una vez, un vecino le pidió que lo curara de una mordedura de culebra. Nada le dio en compensación, pero le prometió que en pocos días algo le llevaría. Pasó el tiempo y nada. De modo que mi padrino le reclamó. El tipo ese lo trató mal, de modo que el curandero le dijo: —Ajá, te voy a poner a aullar como un perro en la puerta de tu casa.<br />
»En el momento, el tipo se echó a reír. Lo cierto es que al día siguiente la esposa del vecino acudió llorando donde mi padrino a suplicarle, por lo que más quisiera, que se lo levantara, que no permitiera que su esposo siguiera allí echado en la puerta de la casa aullando como un perro. —Nada puede hacerse ya —respondió mi padrino—. Esas son cosas de la Naturaleza&#8230;»<br />
»Ese libro misterioso iba a ser mi herencia. Mi padrino murió poco después, tras una larga agonía. Cuando expiró, mi madrina y yo encontramos gusanos peludos y grandes debajo del colchón donde yacía.<br />
»Viendo lo que había visto, ella decidió hacer un lío con el colchón, las sábanas, el libro y todo, y le prendió fuego.<br />
»Entonces, me abrí de la casa».</p>
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<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 4</span></strong></p>
<p>Dos recuerdos navegan constantemente en la mente de Alfredo Jiménez. En los tiempos de su vida en Pailitas, cuando todavía lo llamaban Chiquito, este conoció a un vallenato, quien andaba solamente con una mochila y, en ella, dos mudas de ropa; era pálido como un muerto y, a lo largo de su cuerpo, la piel tenía cuatro colores: azul, rojo, blanco, negro. Tenía poderes. Un viejo de nombre Carlos Huerta dejó de pagarle algunas jornadas de trabajo en la finca.</p>
<p>—Está bien —dijo el cesarense—, pero esa plata que me debe no va a alcanzarle para curarse una enfermedad que va a sufrir.</p>
<p>Y se fue. Días más tarde, la esposa de Huerta fue a buscarlo para decirle que ella le pagaría lo que fuera, con tal de que a su esposo se le quitara una gusanera de la nariz y la boca.</p>
<p>—No, señora —respondió—. Esas son cosas de la Naturaleza; nada puedo hacer ya.</p>
<p>El vallenato trabajó para el viejo Jiménez, el padre de Chiquito, como arriero, del cual nuestro personaje fue ayudante. De pronto, sacaba por una ranurita de su antebrazo, una cruz y la ponía en la base de una mata de plátano o banano y retaba al chico para que echara abajo el arbusto con su machete. Labor imposible. El muchacho no conseguía más que lastimarse las manos por imprimir a la herramienta toda su fuerza, pero al tallo no le entraba la afilada hoja del metal. El vallenato tomaba nuevamente su cruz, la limpiaba y volvía a introducirla en su sitio.<br />
Una vez, estando juntos, conversando, el mago aquel se desapareció. Al momento, una serpiente se dirigió hacia Chiquito y comenzó a treparle por las piernas, el pecho y se le fue encumbrando, muy lentamente, hasta la cabeza. Chiquito sintió que se le erizaron los vellos, pero no se movió. Esperó un rato y la víbora se alejó. Justo enseguida, cuando el muchacho volvió la cabeza, apareció el vallenato, sonriente. Nada se dijeron.<br />
El segundo recuerdo es de un hombre al que llamaban Carvajalino. Solían contratarlo para sembrar maíz, pues, mientras cualquier otro mortal se gastaba hasta quince días para sembrar «veinte cabuyas», él tardaba tres. Él solicitaba la semilla y dividía el terreno en cuatro partes. Luego, sembraba semilla en cada rincón de su cuadrícula y, al tercer día, ya todo estaba sembrado y las planticas habían germinado.<br />
Una tarde de diciembre, como a las cinco, Carvajalino se sentó a conversar con Chiquito, junto a un arroyo.<br />
—Las Ánimas del Purgatorio son las que me ayudan a sembrar y a todo, Chiquito. ¿Quieres ver a las Ánimas y tener la devoción que yo tengo?<br />
Chiquito veía a Carvajalino siempre tan escuálido, enfermo y pobre, que le contestó:<br />
—Pues, sí, yo sí quiero tener esa devoción, pero no así&#8230;<br />
El hombre debió hacer algo, invocarlas mentalmente tal vez, porque en ese instante apareció ante los ojos asombrados del muchacho una fila de Ánimas caminando sobre las aguas del riachuelo, portando cada una de ellas una vela encendida. Cuando estuvieron frente a ellos, un aire helado indescriptible dominó el ambiente y Chiquito sintió escalofrío. Los seres caminaron aguas abajo y desaparecieron.<br />
Dicho sea de paso, Alfredo Jiménez volvería ya hombre y casado a Pailitas a buscar algo de su pasado, parientes y amigos, pero no encontró ni la roza, ni los aserraderos, ni las personas que vivieron con él. Solo encontró a Diosa Sarmiento, quien había sido madrastra suya, pero estaba unida a un hombre diferente a su padre, por lo cual nuestro personaje nada le preguntó acerca de personas o cosas de los tiempos idos. Hubiera podido ser imprudente.</p>
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<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Curación<br />
</span></strong>Uno no sabría decir qué relación tendrían estos asuntos sobrenaturales en la vida posterior de Alfredo Jiménez. Lo cierto es que, andando los tiempos, en Barrancabermeja, él se casó dos veces. Del primer matrimonio, ya hablaremos. Fue a la segunda mujer, Fabiola Hernández, que él mismo curó de una hemorragia sin tregua. Los médicos del puerto petrolero le habían dicho que no podría tener más hijos y hasta la desahuciaron; le vaticinaban solo dos o tres meses de vida. Un día, al llegar del trabajo de construcción, encontró el baño de la casa convertido en un río de sangre.<br />
—¡¿Qué pasó aquí?! —preguntó a la hija mayor de ella.<br />
—Es mi mamá, que no le para la hemorragia. Está muy mal.<br />
Alfredo fue hasta donde ella se encontraba, la llevó al cuarto y la ayudó a acostarse, tras lo cual, le dijo:<br />
—Yo te curo esa enfermedad&#8230; Con la salvedad de que no puedes saber lo que vas a tomar.<br />
Ella aceptó. Él se internó en el monte y consiguió ciertas hierbas, que cocinó para darle de beber en ayunas, la mañana siguiente. Fabiola bebió confiada y, en pocos minutos, comenzó a sudar y a sentir mareos.<br />
—Es normal —la tranquilizó el hombre—. Eso tiene que suceder.<br />
Y como le anticipó, secó la fuente del sangrado y alivió pronto. No obstante lo prometido, ella insistía que le contara qué había tomado esa mañana, pero Alfredo le respondió que no podía decirle, que si le contaba, el remedio no serviría después para otras personas, pues, lo aprendió en la aparición de un anciano, quien le dio la receta para hacer el bien y no el mal.<br />
—Con eso se podría matar a una persona —puntualizó y la mujer no insistió más.<br />
Después de aquello, Fabiola habría de tener tres hijos con Alfredo: María Carlina, Francia Elena y Alfredo.<br />
Habrían de suceder otros hechos que se adivinan extraños. De ellos, el zahorí lector se irá dando cuenta a su debido tiempo.</p>
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<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Matrimonios<br />
</span></strong>Alfredo Jiménez contrajo matrimonio con Laura Castaño, el 27 de enero de 1952. Y lo hizo, a pesar de la oposición de su padrino de confirmación, Vicente Llerena, quien veía en ella una mujer inadecuada para su ahijado. Ella era la viuda de un guitarrista, que se la pasaba cantando y tomando ron. Tras la muerte del merendero, ella consiguió trabajo haciendo papeletas de pólvora, en casa de una señora antioqueña, quien le permitía dormir en su casa, pero en una silla; no en una cama.<br />
Por esos tiempos, Alfredo trabajaba en la finca de una hermana tía de Laura. Debía ocuparse de asuntos de la cocina, traer leña, cuidar animales. Pasó luego a desyerbar potreros con el agua hasta la cintura, en la finca Reyes Hermanos, en compañía de Manuel Castaño, el padre de Laura.<br />
Alfredo iba viendo a esa mujer «tan sufrida», y pensaba que esta condición hacía de ella la adecuada para ser su esposa. Y se fue enamorando de ella. Convenció a don Manuel de que ella fuera hasta el sitio de trabajo y les preparara la alimentación, a pesar de que entre padre e hija había habido hasta entonces una enemistad, causada también por el desacuerdo del viejo a que ella se hubiera unido a ese gandul del que había enviudado.<br />
Vicente Llerena asistió fugazmente al matrimonio. Entregó a los recién casados, como regalo, una cobija y algunos enseres de hogar, pero no se quedó a la fiesta.<br />
Alfredo consiguió trabajo en la construcción de campamentos de la petrolera estatal, en el sector conocido como El Centro. Al terminarlos, consiguió que su patrón lo recomendara con otro contratista para construir muros entre los tanques con ladrillos refractarios importados de Brasil. Corrió con suerte, porque este nuevo contratista no recibía más que a obreros recomendados por conservadores; era primo de monseñor Miguel Ángel Builes. El hoy vendedor de periódicos y revistas del puesto número 17 de Junín, recuerda que un gringo era el que hacía las pruebas de selección de personal, dentro del mismo tanque. «Lo veía a uno trabajar y si él decía: &#8220;usted por casa&#8221; o algo así como &#8220;albañil boñiga&#8217;e vaca&#8221;, era que no servía; si, en cambio decía: &#8220;usté por médico&#8221;, ya estaba uno contratado. Ese gringo se ganaba 150 dólares al día; uno, que era el ayudante, 50 pesos al día. ¡Así han sido los gringos toda la vida!»<br />
Por esos tiempos, Alfredo compraba ropa fina para Laura y, por cuotas, una máquina de coser marca Paff. Con la liquidación, Alfredo se fue con ella a Barranquilla, con la intención de radicarse. Quiso entrar primero a su natal Puerto López, a visitar a mamá Beata, y como hacía tantos años que no viajaba por esa carretera, pasaron de largo por la entrada de esa trocha y llegaron hasta Puerto Flores, donde estaba el ferry que pasaba los autos para ir a Fundación, Valledupar, Caracolicito, Riohacha y demás, de modo que debieron devolverse una hora y media de camino. Cuatro días estuvieron en casa de la abuela, en los cuales ella hizo muy pocas cosas diferentes a llorar de alegría por haber vuelto a ver a su muchacho, ya vuelto un hombre.<br />
En Barranquilla se alojaron en casa de la tía Andrea Jiménez y, en breve, Alfredo se ocupó en la construcción. Un domingo, el recién llegado fue a visitar a una hermana de la tía, cuya casa estaba situada al lado de la cafetería Almendra Tropical. Cuando regresó, encontró a Laura enfurecida, con la idea de que él, Alfredo Jiménez Ochoa, había pasado la tarde con la moza. Discutieron. Llegó el lunes y él debió ir a trabajar. Cuando regresó, encontró que ella había empacado sus cosas y se había marchado de regreso a Barrancabermeja.<br />
—Mira, Alfredo, pon cuidado que esa mujer está embarazada. Yo sé por qué te lo digo. Es mejor que te vayas tras ella.<br />
Cuenta que abordó un barco para subir por el Magdalena, ilusionado, pues, su mayor anhelo era «que hubiera un retoño». Llegó al cuarto día, fue de inmediato a buscarla y ella lo recibió contenta.<br />
Él no pensó más en Barranquilla. Más bien, se endeudó y consiguió un terreno y fue construyendo una casa en los días de descanso. Nació Cenit, la mayor de cuatro hijos que tendría con ella.<br />
Un día, una hermana de Laura inquietó a Alfredo con el comentario de que le había sugerido a ella que cosiera ropa ajena en la máquina, pero ella le contestó que no, que ella era blanca y se había casado con un negro para que él le diera todo.<br />
—No es un chisme, Alfredo, escúchelo usted mismo.<br />
Convinieron que al día siguiente, él llegaría más temprano que de costumbre, entraría por la puerta trasera de la casa y, escondido, escucharía lo que decía su esposa. «Y así lo hice. Llegué a la casa y fui directo a ocultarme en un árbol del patio y las mujeres comenzaron a hablar. Esas mismas palabras las escuché de Laura. De modo que, sin decir nada, fui a la pieza y empaqué la ropa en una maleta. Ella escuchó mis ruidos, fue a verme y me preguntó qué hacía. Le contesté que si no recordaba las palabras que había acabado de decir, que por eso me iba. Alquilé una pieza en una residencia y abrí crédito para ella y los hijos en una tienda cercana, para que no les faltara nada. Después de ahí, decepcionado, mi vida no era más que trabajar y tomar trago, ¡sí, tomar trago! ¡todo hay que decirlo!».<br />
No tardó en unirse a Fabiola Hernández, prima hermana de Laura. Esta le diría entonces: «¿Sí ve? Esa es la moza suya, que yo decía».</p>
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<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 5</span></strong></p>
<p>Cuenta el libro del <em>Génesis,</em> que cuando la mujer de Lot salió de Sodoma, volteó a mirar atrás, en contra de lo que le había ordenado uno de los ángeles de Dios, y quedó convertida en estatua de sal.<br />
En cambio, cuando Alfredo Jiménez salió de Barrancabermeja, obligado por las circunstancias, no pensó dos veces, no dejó que su cabeza se enredara en lazos de indecisión, y llegó a Medellín a establecerse, después de más de quince años de haber aquietado sus plantas en ese puerto sobre el Magdalena.<br />
Ya llevaba algún tiempo militando en el Partido Comunista, por invitación de un Juan Waldrón que viera en la cabecera de su cama la fotografía de Jorge Eliécer Gaitán en lugar de crucifijo, y andaba repartiendo el semanario <em>Voz Proletaria.</em> Como parte de su rutina, llegó a un bar donde debía dejar algunos ejemplares, cuando, de repente, un hombre que allí había le pidió que se los enseñara. Alfredo así lo hizo, pero el infatuado personaje le dijo que por qué no se iba para Cuba.<br />
—En Cuba ya hicieron la Revolución —respondió—. Ahora la tenemos que organizar en Colombia.<br />
El otro, ofendido, rompió los periódicos y escupió la cara de su interlocutor. Alfredo se limpió el rostro con un pañuelo y fue a situarse en otro sitio del salón, al lado del secretario del Inspector de Policía, para tratar de evitar problemas. Este dijo a Alfredo:<br />
—¡Eh, hombre! Usté, que no se ha dejado molestar de nadie, ¡aguantarse semejante humillación! ¿No será que el Partido Comunista lo embobó? ¿Se va a quedar con esa?&#8230;<br />
—Dejémoslo a ver qué más va a hacer.<br />
El hombre, un gorila inmenso, se puso de pies y fue a buscar al comunista y, sin mediar palabra, tiró de un manotazo los envases de vidrio que había sobre la mesa. Se fueron a golpes. El intolerante tomó una silla y, tal vez creyendo que desde su altura aplastaría a Jiménez, fue a envestirlo con fuerza. Pero no contaba con que este, aunque de apariencia enclenque, estaba protegido por una fuerza misteriosa, indescriptible, que él mismo no puede explicar. ¿Será su abuelo muerto quien lo protege, en gratitud por haberle llevado el ataúd, cuando Alfredo era todavía Chiquito? ¿Será esa sabiduría sobre las cosas de la Naturaleza, aprendida de ancianos de otros tiempos, con la que consigue vencer? Lo cierto es que Jiménez alcanzó a agarrar otra silla e impulsado por una fuerza descomunal atinó a dar su golpe primero que su adversario. Resultado, lo derribó con la frente rota.<br />
Pero el gigante no se dio por vencido. Se levantó y volvió a enfrentar al comunista y logró echársele encima. Inmovilizado, Alfredo parecía vencido. Pero de pronto, le bastó con abrir su boca y con sus dientes calcificados de comer tanto pescado, mordió la tetilla del tipo aquel, quien de inmediato comenzó a gritar para que le quitaran —cosa paradójica— a aquel hombre que tenía debajo.<br />
De pronto, se oyó un disparo. Era el dueño del bar, amigo del Partido, quien hizo un disparo al aire para que las cosas volvieran al orden. Alfredo soltó su presa y, luego de que el tipo se incorporara, se fue a casa.<br />
No bien habían pasado unos minutos, llegó la policía. Alfredo abrió la puerta, no sin antes agarrar una peinilla marca Angelito de 18 pulgadas.<br />
—¡Entren por mí, si son tan guapos! —gritó desde el interior de la vivienda.<br />
No entraron. Y pasaron tres días en los cuales las autoridades buscaban al comunista por todas partes para retenerlo y en los que este se ocultaba de ellas por aquí y por allá, como si jugaran al gato y al ratón, al cabo de los cuales, cansado, este, el ratón, se presentó ante el Inspector, quien, tras escuchar su relato, le ordenó que se fuera a casa.<br />
Pero las cosas no terminaron ahí. El afectado formuló una demanda en su contra y Alfredo fue obligado a pagar una indemnización. Pagó una primera cuota y decidió entonces trasladarse con su Fabiola y los hijos para Medellín. Abordaron el tren de las seis de la mañana, que reptó durante unas trece horas.<br />
En el vientre de ese gusano de lata hubo de pensar en lo vivido a orillas del Río. En Barrancabermeja había llegado a ser importante: se bautizó a los diecisiete años, dejando atrás su nombre de infancia: Chiquito; se casó; tuvo hijos; encontró hombres misteriosos que le enseñaron secretos de la Naturaleza, e ingresó al Partido Comunista. En éste fue respetado, lideró movimientos de protesta, manifestaciones en la fecha de su cumpleaños que coincidía con la Fiesta del Trabajo, organizó homenajes y recibimientos a prohombres del Partido. Pasó por su mente la vez aquella en que con Laura, su primera mujer, fue unos días a Barranquilla y se puso a órdenes de su madre, Francia Ochoa, que lo había dejado desde que él era un bebé. Ella le dijo que no tenía más hijos que el que en ese momento vivía a su lado, a lo que él le respondió: &#8220;Madre, yo no tengo la culpa de lo que mi padre le haya hecho&#8221; y se despidió de ella para siempre. Recordó los trabajos de construcción en el sector de El Centro, donde vivían los de la petrolera.<br />
En fin, había dejado atrás un pedazo grande de su alma y, sin embargo, no miró atrás ni dijo nada. Y en lo sucesivo de su vida, jamás habría de arrepentirse del éxodo.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Temple</span></strong><br />
Corría el año de 1961 cuando llegaron a la ciudad. Los recibió una pariente de Fabiola, en su casa de La Milagrosa, y allí estuvieron unos días mientras se trasladaron a una vivienda cercana que tomaron en alquiler.<br />
¿A qué estará apegado este hombre del puesto 17 de Junín? Al orden, al bien común. Pero no a lugares ni personas. En breve se adaptó a la urbe. Y su espíritu cívico lo llevó, cual Quijote, a meterse en entuertos con tal de preservar la tranquilidad en el sector que habitaba, y su espíritu altivo, a hacerse respetar de cualquier badulaque.<br />
Fue así como, tomándose unos tragos con hombres de su barrio, El Salvador, alguien percibió, por su acento, que era costeño y preguntó que si los varones del litoral convivían con burras, no con mujeres, a lo cual el recién llegado contestó que a veces, los muchachos, por travesura, tenían esas relaciones con esos animales, pero nada más, del mismo modo que los chicos son traviesos en todas partes. Uno de sus contertulios, no conforme con la respuesta, injurió a Alfredo, lo ofendió con obscenidades y este, en sus tragos, le propinó un puñetazo que fue a dar con el otro por el suelo. Los demás sacaron cuchillos para respaldar al impertinente y, uno de ellos, lanzó al comunista un navajazo que le atravesó el hígado. La sangre corría a borbotones. Dejando un hilo rojo por aceras y calles, Jiménez acudió a un amigo para que lo llevara a una clínica.<br />
Despertó a los tres días, cuando ya le habían practicado una intervención quirúrgica. Según los médicos, se recuperaría. Le dieron de alta y Alfredo, el indomable, aprovechó para volver a su trabajo de constructor. Había prometido a una mujer que vaciaría una losa en su casa y la tenía perjudicada con la espera.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Fabiola y el PC</span></strong><br />
Fabiola, su mujer, nunca había vivido contenta con la militancia de Alfredo en el Partido Comunista. Y fue en Medellín que vino a expresar su incomodidad por las reuniones en la sede de Maturín entre El Palo y la Avenida Oriental, y las tareas que debía cumplir su esposo para la Organización, que cumplía con obediencia y sin escatimar tiempo ni recursos. Seguramente se sintió segunda en importancia para ese hombre, desplazada en afectos y atenciones. Una vez tuvieron una discusión fuerte en plena calle y lo hizo detener por la policía. Él pagó cinco días de cárcel en La Ladera. Cuando salió, en el Partido se enteraron de lo sucedido y procedieron a nombrar una comisión para que conversara con ella. El propósito: enterarse, por su propia boca, cómo era el comportamiento de ese miembro del Organismo, que debía siempre ser ejemplar, coherente con sus ideas. Y encontraron que él le daba gusto en lo que podía y la trataba amablemente, pero en lo único que no transigía era que ella le atacara el Partido.<br />
Siguió atendiendo sus funciones en este. Debido a su radicalismo, Alfredo solía ser nombrado portero en los festivales que programaban con el objeto de recaudar fondos para el sostenimiento de la sede y la impresión de la propaganda. &#8220;Vengo de Bogotá —le decían, por ejemplo— y no tengo con qué pagar&#8221;. &#8220;Si ahora viniera mi mamá —respondía el hombre— y no tuviera con qué pagar&#8230; yo firmaría el vale&#8221;.<br />
En cuanto a Fabiola, digamos que las directivas del Partido le ordenaron a Alfredo que escogiera entre este y ella, y él optó por el Partido.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">La gringa</span></strong><br />
Cumpliendo su tarea dominical de vender el semanario en el Parque de Bolívar, Alfredo conoció a Susam Fryban, una norteamericana de ideas izquierdosas, que sabía hablar en siete idiomas y que acudía puntual a buscar la publicación. Hablaban. Ella le decía que él era una buena persona para el pueblo por estar llevándole ideas liberadoras. Se fueron encariñando y cuando menos pensaron estaban saliendo, pasando días de campo juntos en arroyos de La Ceja o Rionegro, o metiéndose en una sala de cine. Se fueron a vivir juntos y a un hijo que tuvieron, ella propuso que lo llamaran Jorge Eliécer, como ese gran hombre al que admiraban. Compartían las labores del hogar. Él le enseñó a cocinar y los domingos, mientras la gringa tomaba la escoba, él agarraba la trapera.<br />
A los dos años, ella propuso que fueran a vivir a Estados Unidos. Con una buena recomendación en su arte de obra blanca de albañilería expedida por un señor influyente, Alfredo tramitó la visa, pero por más que el padre y el hermano de ella, jubilado y aviador de la Fuerza Aérea del país del norte, respectivamente, intercedieran para que en la Embajada expidieran el documento, no fue posible. El nombre de Alfredo Jiménez Ochoa estaba registrado como miembro del Partido Comunista Colombiano.<br />
La gringa se fue con el niño, de todos modos, con la promesa de que volvería. Se escribieron diez largos años, hasta que Alfredo no aguantó más y le dijo en una carta, en su cotidiano tono estricto: &#8220;Decida, pues: ¿se queda o se vuelve como acordamos?&#8221; Desde entonces no hubo más cartas. Nunca más supo de ella ni de Jorge Eliécer.<br />
Entre tanto, Fabiola apareció en la sede del Partido con el cuento de que quería ingresar y hasta compró libros de Marx, Engels, Lenin y demás, para estudiar, pero con el tiempo se dieron cuenta de que lo que hacía era acercarse a Alfredo, pues, nada sabía de comunismo y los libros permanecían arrumados y empolvados en un rincón de la casa. Poco tiempo después, ella murió.</p>
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<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 6</span></strong></p>
<p>En la época en que estuve con la gringa, en el Partido Comunista me nombraron para una tarea: dirigir la construcción de la casa de uno de sus fundadores, un hombre de apellido Bolívar. El Partido me pondría los materiales y yo la dirección y la obra de mano.<br />
Era en el Barrio Popular, donde ya llevábamos adelante esa invasión. Una invasión es una cosa difícil, porque nosotros luchábamos la tierra y luego la preparábamos para la construcción, levantábamos los ranchos y si a las autoridades les daba por llegar y tumbarlos, debíamos aguantarnos y volver a empezar.<br />
El terreno del señor Bolívar estaba situado a una cuadra del lugar hasta el cual no podía entrar la volqueta de los materiales, de modo que había que arrimarlos al hombro. Ningún otro miembro de la Organización podía ayudarme porque, según argumentaban, no les quedaba tiempo.<br />
Pero sucedió que Jiménez, o sea, quien le habla, llegó una tarde a la sede del Partido y encontró a varios de ellos&#8230; ¡jugando ajedrez! Fue tanto el enojo que les botó las fichas por el suelo y volteó los tableros de juego. El compañero Jiménez no supo de sí.<br />
Despertó a los tres días, en el Hospital Mental. Creían que el problema era de la cabeza, pero no, el problema nunca ha sido de la cabeza, sino de fiebres y dolor de estómago. Bueno, pues, un enfermero, para intentar controlarlo, le apretó con fuerza la garganta y hasta le dañó la voz. Como habíamos dicho, no creo que sea necesario repetirlo, el compañero Jiménez tenía una voz bonita y a la gente le gustaba oírlo cantar música alegre de la costa, pero hasta ahí llegó. Apenas por estos días es que ha notado que ha venido como a mejorarle un poquito. Estuvo quince días allá, recluido. Salió. Entre tanto, el Partido había nombrado una comisión que se encargara de hablar con la americana para convencerla de que se fuera y lo dejara. Fue por eso que ella decidió irse y se fue. Ella les dijo que lo quería. Claro que esa noticia la supo mucho tiempo después, al año de que la embarcara en un avión para verla irse. El compañero Jiménez aceptó la situación. Siempre acostumbra recibir las cosas como vienen, lo malo con lo bueno, ponerles más cabeza que corazón y seguir andando.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Recluso</span></strong><br />
Por ejemplo, varias veces han tomado preso al compañero Jiménez, y siempre ha tomado las cosas con la misma tranquilidad con la que hoy aquí estamos conversando.<br />
Una vez, en Barrio Antioquia, en compañía de unos cuatro compañeros comunistas, por estar pintando consignas en las paredes. En ese tiempo era con brocha, no con aerosol. A ellos los ultrajaron pero al que le habla no lo trataron mal. A pesar de que tenía en el pecho un botón con la cara de Lenin. Antes le decían que le lucía. A los tres días estuvieron libres y los comentarios de los otros se referían a eso del trato y se extrañaban de que hubiera sido tan distinto.<br />
Otra vez fue en 1975, en el mandato de Alfonso López, cuando llevaron otra vez a Jiménez a la cárcel, esta vez por un año y no por motivos políticos. Lo sindicaban de haber matado a uno estando borracho, a media noche, en el bar Alhambra, que nunca conoció, porque cuando quería tomarse los tragos, el compañero Jiménez siempre se quedaba en el Córdoba, un bar que quedaba cerca al Perro Negro, en ese mismo sector de Cisneros. La que lo acusaba era una señora que trataba de salvar a su marido de la cárcel, ya que él era el verdadero asesino. Y las autoridades fueron descubriendo el caso por las contradicciones de ella con relación a la ropa que Jiménez llevaba puesta. En la primera declaración dijo que vestía una camisa blanca y un pantalón azul. En la segunda, la cambió. Además, una vez que llegó el citador a Bellavista, dijo que la dirección de residencia que había dado Jiménez no existía en Medellín. Con su poca forma de escribir, el detenido le escribió una carta al Juez, en la que le dijo que si esa dirección no existía, cómo era que llegaban las cartas de la mujer gringa, la madre de su hijo. Amigos de tragos le ofrecían a este comunista matar a la mujer esa por la cual había pagado un año de cárcel injustamente, pero él les decía que no, que la dejaran en paz. Y la Naturaleza sola sabe cómo hace sus cosas, cómo premia y cómo castiga. Cómo le parece que el mismo señor que ella protegió la mató después.<br />
Otra vez, ya como en el ochenta, fue que metieron preso al compañero Jiménez porque lideró un mitin en la Gobernación, para protestar por la persecución de las autoridades contra un muchacho de la Universidad, a quien querían matar. Jiménez elaboró el material solicitando respondieran por su vida. Cuando respondieron, se levantó la protesta. Siempre se lo llevaron para el calabozo, pero a los tres días ya estaba otra vez en el puesto de prensa.<br />
Después fue que vinieron tres hombres del F-2 al puesto de prensa. Era como un sábado a las siete de la noche. Se llevaron al compañero Jiménez, quien le habla, y lo montaron en un carro y lo pusieron a dar vueltas por Belén.<br />
Preguntaban que cómo se llamaban los compañeros del mitin y dónde quedaban sus casas. Jiménez decía que él no sabía. Entonces, que cómo hacía para llamarlos. Ah, pues, les decimos compañeros o compañeras.<br />
Jiménez llevaba con él unas boletas de rifas y dieciocho ejemplares de Voz. En cuanto a eso, preguntaron: para quién es la plata de la rifa, ¿para la guerrilla? No, es para pagar los quehaceres de los que trabajan en la sede del Partido. Sus sueldos. Y para pagar arriendo, luz, agua&#8230; y para los boletines de propaganda y para denunciar las anomalías que cometen el gobierno y los patrones contra los trabajadores&#8230; En fin, ya pasadas unas horas de andar en ese carro, embarcaron a una señora, que también hizo esas preguntas. Dije que el Partido Comunista luchaba por la clase media productiva. Incluso defendía el salario de trabajadores del Estado como ellos. Ella dijo: &#8220;Si es así, nosotros también deberíamos hacer parte del Partido Comunista&#8221;. El compañero Jiménez dijo entonces: &#8220;Quien está en contra del Partido Comunista está en contra de sus propios derechos&#8221;.<br />
Lo largaron el lunes. Fue que mandaron a una comandante del F-2 para que hiciera otra vez las mismas preguntas y después dijo: &#8220;No veo motivo para la detención. Entréguenle las cosas, las boletas, los periódicos, el bolso, el carné del Partido; todo. Y que se vaya&#8221;. Y salí.<br />
No fueron las únicas veces en que este compañero estuvo detenido. En total, fueron nueve. Otra vez lo metieron a la cárcel cinco días inconmutables, por estar poniendo consignas en contra de la elección de Lleras Restrepo. Ah, esta vez fue antes que la anterior. Los recuerda porque se mantuvo con el desayuno que recibió el primer día. Después, nada más. Con decir que la última noche ya no podía dormir. Estaba débil y desesperado. Cuando soltaron al compañero, caminó como pudo, borracho, casi sin ver, desde la Estación hasta Zea con Cúcuta, donde Fedeta tenía la sede. Fueron recuperándolo con calditos y alimentico suave, para volver a coger aliento. Fue tan difícil, que el Partido trató de prohibir que participara más en manifestaciones.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Solo</span></strong><br />
En cuanto a delincuencia, ya esto está muy saneado. Recuerdo que el que le habla vivía en Maturín con Niquitao, por la Pajarera, cerca del Asilo, hace como diecinueve años. Había una familia Corrales que era el azote del vecindario; unos matones. Eran unos hombres, el Ñato le decían a uno de ellos, que vivían con la mamá, una vieja alcahueta y una hermana prostituta o trabajadora sexual. Cobraban peaje por pasar por su casa, fuera de día o de noche. Yo pensaba que un día que tocaran con este compañero, ¡sabrían! Recuerdo que un señor que se salió del DAS fue a vivir a ese mismo callejón. Este hombre le dijo al Ñato que entrara en la habitación de Alfredo y le robara las cosas.<br />
Lo hizo.<br />
Por consideración a la madre del Ñato, no hice más que hacerles firmar un documento en el que se comprometieran a pagarlas. Pasaron días, meses, y nada que pagaban.<br />
Una madrugada, el exagente del DAS subió a una losa encima de un restaurante y se escondió a esperar que Jiménez pasara para matarlo.<br />
No sé qué pasó, pero lo cierto es que la dueña del restaurante dijo después que el hombre había bajado corriendo, asustado, y le contó que cuando fue a matarlo, lo vio rodeado de una cantidad de gente, que no se atrevió a hacer nada y que no pudo soportar un frío y hasta tenía que irse a acostar. Sabiendo que siempre camino solo. No me gusta andar acompañado. Incluso cuando camino por el centro, me siento más tranquilo andando solo.<br />
Bueno, como a los días, uno de los Corrales se emborrachó y fue a atropellar la puerta de mi habitación. No le dije nada, pero al otro día, domingo, le reclamé. Él respondió: &#8220;¡apenas para darle machete todo el que se trague!&#8221;. Le dije: &#8220;¡traiga el machete!&#8221; Como yo era constructor, tenía un codal de abarco. Salí con él a la calle y también llegó el hombre. Tiró el viaje y pronto le tumbé el machete. &#8220;¡Recójalo! Que no me gusta atacar al desarmado&#8221;. Salió corriendo para la casa, llamó a todo el mundo y de ella salieron su mamá, su abuela y otros tres, cada uno armado de barbera o cuchillo. Rápidamente me percaté de una tienda que había al frente, y la dueña, al ver el problema, me tiró un machete, pero yo, por cuidarme del hombre del machete, no vi al del cuchillo y a última hora le metí el brazo. Me lo encalambró y quedé sin codal. Aquí tengo la marca. Entré en una carpintería. El dueño trató de impedírmelo, pero yo lo empujé contra el muro. Cogí un palito y volví a la puerta, al encuentro de los perseguidores. Le arrojé el palito a los ojos a uno de ellos y brinqué afuera. Ellos corrieron y se encerraron en su casa. Al poco rato llegaron policías en dos motocicletas y una patrulla. El comandante se acercó a mí, que estaba acompañado de Rosita, la dueña de la tienda, quien los había llamado. &#8220;Dónde está la gente que lo atacó&#8221;, preguntó. &#8220;Ahí, encerrada, comandante&#8221;. &#8220;Y usté, ¡con ese palito! ¡A nosotros nos da miedo y usté con ese palito! Vámonos. No tenemos orden de arresto contra ellos. Y usté, váyase para la clínica a que lo curen&#8221;. Entré en mi vivienda, estanqué la sangre y comenzaron a surgir runrunes de que me harían ir de allí.<br />
Y otra vez la Naturaleza: a los días, aparecieron dos de ellos muertos en la acera. Después, al otro, como a tantos les debía, le dijeron &#8220;¡abra la boca!&#8221; y le metieron un balazo, pero nada le pasó. Ese vino a morir a los días, cuando unos ricos le hicieron meter dieciocho tiros en el Cementerio San Lorenzo porque había violado a una niña. &#8220;Se embarcaron en el carro que no era&#8221;, se oía decir.<br />
Seguían los runrunes de que a ese Alfredo Jiménez lo iban a hacer ir de allí. Por mi parte, yo seguía pasando sin pagar peaje a la hora que fuera. Fui a los juzgados de La Alpujarra por una orden de captura para los que quedaban. En esos días comencé a pintar la chaza de verde y blanco y cuando regresaba de la ferretería, encontré a uno de ellos que montaba en bicicleta. &#8220;¡Párese, que lo voy a entregar a las autoridades ya mismo!&#8221;, le grité. En esas llegó un agente motorizado. Lo tiró como un bulto en el carro y se fue. Di la vuelta y llegué primero a la Estación. El comandante me dijo: &#8220;bien, venga el lunes para que conversemos&#8221;. &#8220;No tengo nada que conversar con usté. Ya se los entregué, ya ustedes verán qué hacen con él&#8221;. Hay que decir que Jiménez, quien le habla, nunca volvió a toparse con ese tipo. Y se compuso Niquitao.</p>
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<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 7</span></strong></p>
<p>I</p>
<p>—¡Jiménez es comunista, pero muy buena persona! —fue la recomendación que dio de Alfredo un coronel retirado de la Policía, José Bohórquez, que vive en uno de los edificios de Junín, cerca de la esquina de Pichincha, a los demás habitantes de la cuadra. Estaba enterado de cómo el compañero, desde la hora misma en que llegó a Junín a establecerse con sus ventas, en 1986, hacía lo que estuviera a su alcance para mantener la cuadra libre de malechores.<br />
Y la recomendación no se quedó en palabras. Hace años que Alfredo maneja las llaves de las puertas del edificio donde vive el ex policía, y debe abrirlas temprano para que los inquilinos puedan salir a trabajar o estudiar. Y en ocasiones, le han encomendado cuidar esos apartamentos cuando los dueños se van de vacaciones.<br />
Pero, en detalle, ¿qué motivaba esa recomendación, esa confianza, al excoronel Bohórquez?<br />
Hay que decir que ambas se han ido generando paso a paso, con las hazañas del vendedor de periódicos, que han tenido, por cierto, hasta el respaldo de los policías del Centro de Atención Inmediata, CAI, como el que funcionaba en la Plazuela Uribe Uribe. Veamos.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Pandilla</span></strong><br />
&#8220;Sabemos que usted es un negro verraco —le dijo un día el comandante de ese CAI—. Ayúdenos a acabar con una cuadrilla de ladrones que opera en Maturín&#8221;. Y Alfredo, ni corto ni perezoso. Tan amigo del orden que ha sido. Días después vio que los bandidos le robaron del cuello una cadena  a un hombre y salieron huyendo. Sin pensar, Alfredo corrió tras ellos y, a su vez, tras él, los policías. Le dieron alcance al pillo. &#8220;¡Ese es el ladrón!&#8221;, gritó el comunista y lo mataron.<br />
Y era común que Jiménez hiciera respetar la cuadra. A unos bandidos los entregaba al CAI, a otros, por lo menos, conseguía ahuyentarlos.<br />
Han sido 19 años muy intensos en Junín, en esa cuadra entre Pichincha y Maturín. Otra vez, un sábado, fue que otros ladrones robaron, casi frente a él, el reloj a una chica que se apeó de un bus. Y como de costumbre, Alfredo lo persiguió y enfrentó, y luego lo entregó a los policías de la esquina. La joven no formuló denuncia y al tipo lo dejaron libre en breve. Al lunes siguiente, uno de los bandidos se arrimó subrepticiamente y le clavó un puñal por la espalda a nuestro héroe. Él, herido como estaba, tomó el pedazo de riel con el que pisaba la prensa para defenderla del viento, y fue tras el sujeto a darle su merecido. Un celador callejero se atravesó en el camino del otro ladrón, de modo que tomaron a ambos. Llegaron con ellos al CAI y el comandante de éste hizo que Jiménez abordara un auto para que lo llevaran a la clínica. La sangre estancó en minutos. &#8220;Déjenme ir ya, que no siento nada&#8221;. No lo podemos dejar ir —le respondieron médicos y enfermeras—. Necesitamos que orine a ver&#8221;. Alfredo accedió, pero su orina era amarilla, como si nada. &#8220;¿Usted qué almorzó, señor?&#8221;, le preguntaron. &#8220;Un mango&#8221;. Le cosieron la herida y salió. Al día siguiente, fue a la Inspección a preguntar por el tipo, pero ¡vea qué sorpresa!: ya lo habían soltado.<br />
Pocos días pasaron hasta que el hermano del cuchillero ese llegó al puesto de venta de periódicos a decirle que por culpa suya, lo buscaban para matarlo. &#8220;¡Culpa mía! —recuerda Alfredo que exclamó—. No soy yo. ¡Son las autoridades competentes las que tienen que controlar los actos de los bandidos!&#8221;. El otro se acaloró y empuñó su cuchillo contra el comunista, pero con tan mal tino, que este alcanzó a tomarle el brazo con su mano, írsele encima, inmovilizarlo, derribarlo, quitarle el arma, levantarlo y&#8230; entregarlo al CAI. Sin embargo, aquí no termina esta hazaña: a los días, &#8220;me llamaron a declarar ante el Juez. La señora madre del delincuente pagaba un abogado. Querían que yo les pagara una indemnización. Pero la justicia fue justa entonces. Después de unas semanas el Juez falló. Le dijo a la otra parte: &#8220;No vuelvan por el puesto del Alfredo Jiménez, más bien&#8221;. Y Caso cerrado.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">En carne propia</span></strong><br />
De modo, pues, que la confianza del excoronel estaba fundada en estos actos. Y detrás de la confianza, se fue tejiendo entre ellos la amistad.<br />
«Ha sido el excoronel quien más se ha preocupado por mí cuando en esos incidentes me han herido con armas de fuego. En el último, mandó a una persona a la clínica para que me preguntara qué necesitaba», reconoce Jiménez.<br />
Hasta una vez fue que el exoficial comprobó su lealtad y solidaridad en carne propia. Una vez, este fue víctima del robo de una camioneta costosa y nueva. Había formulado la denuncia, por supuesto, pero, a pesar de que habían pasado quince días, nada se sabía del auto. Y vean cómo son las cosas: mientras conversaba con el expolicía, parados uno frente al otro al pie de la chaza de periódicos, Alfredo Jiménez vio pasar el dichoso automotor por pleno Junín y detenerse, en medio de una fila de autos, por orden de la luz roja del semáforo que controla el cruce de Pichincha. El excoronel Bohórquez se disponía a dejar a su amigo para dirigir escasos veinte pasos hasta un negocio de pollo asado, por entonces de su propiedad. Alfredo lo tomó del brazo y exclamó: &#8220;¡Ayúdeme!&#8221;. Y salió corriendo hasta el auto, llegó a la ventanilla del conductor y lo agarró del brazo que descansaba en ella. José llegó por el otro lado. Fue entonces cuando Alfredo se percató de que adentro viajaban tres chicas y dos hombres, porque ellas comenzaron a lanzar alaridos: &#8220;¡Suéltelo, señor, suéltelo!&#8221; Llegaron algunos agentes de policía y el excoronel Bohórquez se apresuró a identificarse y explicar la situación. Los detuvieron y medio día después, cuando la tarde dejaba de ser, regresó el excoronel conduciendo su coche.<br />
José Bohórquez le agradeció la acción. Alfredo le dijo: &#8220;yo a usted le tengo aprecio por el buen trato que, como patrón, les da a sus trabajadores. Y sepa que si yo tengo que dar la vida por usted, ¡la doy! Le agradezco a nombre de la clase obrera y el Partido Comunista lo que ha hecho. Y lo que ha hecho por mí. ¡Lo que no hizo mi padre&#8230;!&#8221;.</p>
<p>II<br />
Por su parte, el excoronel José Bohórquez cree que Alfredo Jiménez, el comunista, el defensor de los trabajadores, el afanado por mantener el orden y la seguridad para los peatones de Junín, entre Pichincha y Maturín, en &#8220;el fondo es de derecha como yo&#8221;.<br />
Arrellanado en un mullido sillón de la sala de su apartamento encaramado en el tercer piso de un edificio gris, cuya entrada está situada casi al frente del puesto de prensa marcado con el número 17, ignorando a fuerza de costumbre una algarabía de babel que llega desde la calle formada por los pregones desacompasados de venteros ambulantes de abalorios, el coronel José Bohórquez sustenta esa opinión con el argumento de que esas mismas características mencionadas del compañero Jiménez, son el reflejo de que este tiene un concepto igual al suyo de orden, seguridad y temple, acompañado por un sentido inexorable de justicia, que, por supuesto, también tiene que ser el mismo. Así lo explica y pasa sus palabras con jugo de naranja.<br />
«Conozco a Alfredo desde hace tiempos. Y creo que es una persona llena de principios».<br />
Y contó que él llegó de Cali. Y que durante su vida activa al servicio de la policía —y a pesar de esto— tuvo una forma de controlar las marchas de protesta de los estudiantes de una manera concertada. Alimentando el sentimiento de paz entre los manifestantes, caminaba en medio de ellos, desarmado, por las calles y los inconformes terminaban por quererlo.<br />
No se sabe si él conocería ejemplos o sabría detalles, pero sabía de la paz con que ha controlado Alfredo las manifestaciones sindicales que ha dirigido. No se sabe si él conoce, por ejemplo, la historia de una protesta de la que nuestro comunista fue nombrado responsable. Sucedió que marchaban por la Avenida Oriental, doblaron por La Playa y al llegar a la esquina de Junín, frente al Edificio Coltejer, unos agentes de policía que los seguían, intentaron arremeter contra los manifestantes y éstos, también contra ellos. Cuando el compañero Jiménez se dio cuenta de esto, fue a buscar al Comandante para decirle: &#8220;¡No intervenga! ¡Déjeme a mí arreglar esto!&#8221;. El oficial le respondió: &#8220;Negro, si usted es capaz, ¡hágalo!&#8221;.<br />
Alzó la mano derecha y con voz potente, les dijo: &#8220;¡Compañeros! No quiero problemas con los señores agentes. Estos no son los culpables. ¡Demostremos que somos capaces de realizar nuestras denuncias con cultura!&#8221;. Siguieron en calma hasta que frente a un teatro que había en la avenida Primero de Mayo, uno de los policías arremetió contra Jiménez, pero este, fácilmente, se lo impidió. Cuando llegaron a la Avenida de Greiff, el comunista gritó: &#8220;¡Hasta aquí llegamos, compañeros!&#8221;. Y se disolvió la marcha. Era que él se había enterado de que algunos oportunistas que decían ser valientes, pero que en realidad tiraban la piedra y escondían la mano, como suele decirse, se habían colado en el desfile.<br />
(Sépanlo: el comandante que dirigió a aquellos agentes fue el mismo que, andando los tiempos y al mando del CAI de la Plazuela Uribe Uribe, habría de solicitar a Jiménez que le ayudara a acabar con una pandilla de asaltantes.)<br />
Pero a juzgar por la forma como el excoronel Bohórquez conoce al compañero Jiménez, y lo aprecia, nada raro que sí sepa todo esto.</p>
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<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 8</span></strong></p>
<p>No digamos que la misteriosa aparición del anciano en una de las calles de Medellín, en la que dijo a Alfredo Jiménez cosas reveladoras, haya partido en dos la historia de este comunista. No. Porque, como puede haberse observado a lo largo de la lectura de su intensa vida, esta ha estado siempre tan cargada de hechos fundamentales; hechos de los que en cualquier historia uno termina por calificar con esa trillada expresión.<br />
¿Cómo olvidar que, a los quince años de edad, Jiménez huyó del lado de su padre en Pailitas, ascendió por el río Magdalena, para establecerse en Barrancabermeja? ¿Que decidió bautizarse como Alfredo&#8230;, Alfredo Jiménez Ochoa, cuando era casi un hombre, ya radicado en el puerto petrolero, para acabar de una vez por todas con ese remoquete que hacía de nombre, Chiquito? También habría de decirse que el traslado a Medellín había partido en dos la vida de Alfredo. Y qué decir de la aparición de las Ánimas del Purgatorio, invocadas por un viejo agricultor amigo suyo en tiempos remotos&#8230;</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Revelación</span></strong><br />
Como si hubiera sido hace cosa de un mes, Alfredo Jiménez recuerda la escena del anciano. Fue hace unos quince años. El día y la fecha sí han logrado difuminarse, ¡cosa extraña!, en el libro de recuerdos de este Funes Memorioso, aunque está convencido de que era algo así como noviembre o diciembre. &#8220;Solo sé que eran como las cinco de la tarde. Iba a entregar unos ejemplares de Voz a una cafetería de Palacé, cerca del templo de La Candelaria, situada al frente de otra muy famosa de nombre La Sorpresa&#8221;, cuenta, suspendiendo su relato para atender al proveedor de El Heraldo, que casi sin mediar palabras y sin apearse de su Lambretta, entrega varios periódicos del día y recibe los que han quedado de los anteriores.<br />
Era un anciano de aspecto humilde, tez morena, más bien rollizo y de baja estatura, se detuvo para preguntarle en tono decente: &#8220;¿Usté en qué fecha nació?&#8221;.<br />
«Se me vino a la mente, no sé por qué, que ese viejecito tenía respuestas que yo había buscado siempre. De modo que, sin esperar insistencia, le contesté: &#8220;Primero de mayo de 1930&#8243;. &#8220;¡Apure que tenemos que hablar!&#8221;. Salí detrás de él y nos metimos en el primer bar que vimos, él pidió café y yo un vaso de agua».<br />
El viejecito no se presentó. Habló de una vez: &#8220;¿No es cierto que usté tuvo una decepción muy grande, en un diciembre, cuando era niño?&#8221;. &#8220;Sí&#8221;, le confirmó Alfredo. Se trataba de la última paliza que recibiera de su padre, en 1944, cuando tenía catorce años, a decir verdad, sin motivo, puesto que lo único que hacía el pobre muchacho era trabajar en la roza que les daba la comida y en el monte, en la explotación de maderas que su papá tenía en Pailitas, y administrar el negocio, atender trabajadores y guardarle cuentas y dinero al viejo, mientras este andaba de juerga en Barranquilla dos o tres meses. Como era un muchacho orgulloso, ni en esa paliza ni en ninguna otra le dio el placer de verlo verter una lágrima. Pero las marcas iban quedando en su alma, al punto que todavía en esos tiempos del misterioso encuentro con el anciano, lo hacían llorar en soledad, especialmente cuando llegaba el último mes del año.<br />
&#8220;¿Y sufrió otra decepción en diciembre de 1959?&#8221;. También. El desconocido se refería a la triste escena en que Alfredo, hecho un hombre y por entonces al lado de su primera mujer, Laura, fue a Barranquilla a saludar a su madre, Francia Ochoa, quien lo había abandonado cuando él era apenas un bebé. Quería ponerse a sus órdenes. Ella le contestó que no, que ella no tenía más hijos que el que en ese momento vivía a su lado y Alfredo no tuvo más que hacer que alejarse de ella para siempre.<br />
&#8220;Usté no tiene nada que ver con esas culpas —señaló el anciano, entre sorbos lentos de café negro—. La culpa es de ellos. Haga de cuenta que esas personas no existen. A usté le dicen loco y hasta lo han llevado al Hospital Mental. Pues no, lo que pasa es que usté nació enfermo del hígado y sus padres nunca lo hicieron ver de un médico y mucho menos lo sometieron a un tratamiento. Lo que va a hacer es tomarse un purgante cada año, de por vida. Yo sé que usté toma limón y le aprovecha; pero le afecta el corazón&#8221;. Para su asombro, todo era cierto. Además, había días en que, en ayunas, Alfredo lavaba sus dientes y tomaba tres tragos de esa juagadura y también con ese remedio sentía mejoría, su estómago no se aflojaba y la fiebre le bajaba. Dos veces complicó y, en vista de que afectaba su comportamiento, ofuscándolo, enardeciéndolo, lo llevaron al Mental y por más que se esforzaba por explicarle a los médicos que lo suyo no era de la mente, sino que le dolía el estómago, no le hacían caso y hasta lo sometieron a choques eléctricos. Fue entonces cuando, desesperado, escribió una carta a un primo suyo, Epifanio Padilla, que vivía en San Luis, en una boca del río Cesar, para averiguar si de pronto él sabía qué diablos le sucedía, qué enfermedad congénita tal vez podría estar padeciendo. Pero fue en vano. La carta no llegó al pariente, pues, Alfredo la envió por el correo de Avianca y este se la devolvió a los días explicándole que la debía mandar por correo nacional. Esperó más bien. Y de pronto, se encontró con el anciano aquél que ahora tenía enfrente. Esa, la de su enfermedad, era la principal respuesta que sintió encontrar cuando el viejo irrumpió en su vida preguntándole sin más ni más la fecha de su nacimiento.<br />
Continuó el viejo: &#8220;Usté lo que sufre es una enfermedad que se llama <em>rebeldía sentimentalista.</em> Si alguien le hace un motivo, usté lo golpea y cuando usté le pega, usté sufre; si no le pega, también sufre. Vea lo que usté tiene que hacer: cuando lo hagan enfadar, déle un golpe a otra cosa; no a la persona. Pero golpee algo, porque si no, usté se enferma, se le va acumulando esa energía. ¿Qué usté es loco? No, usté nació fuerte y con inteligencia, pero cuidado, porque tiene una masa encefálica débil. Deje el trago. No se preocupe por nada. Deje que el mundo se venga encima. Ah, otra cosa: no necesita leer demasiado porque usté saca conclusiones más rápido que los grandes intelectuales. Cuando usté dice algo, así es. Dice, por ejemplo, me va a suceder una cosa y le sucede. Hágame caso. Consiga sal epsom en la farmacia. Ponga un pedazo de panela a desleír en una tasa de agua en la noche, le echa una cucharada de esta sal y, al día siguiente por la mañana, tómesela. Una vez al año. Le dará un poco de diarrea, pero nunca volverá a sufrir con su <em>rebeldía sentimentalista&#8221;.<br />
</em>Le dijo más. Le dio un número para jugarlo en chance y la fecha en que debe jugarlo.<br />
Desde entonces, Alfredo Jiménez no volvió a sufrir de ningún mal. No volvió a llorar en soledad por las palizas que de niño le propinaba su padre ni por la negación de su madre. Aprendió a ver en los otros a sus parientes, a vivir para servirle a todo el que puede y para hacer de su sector el más seguro.<br />
Y en cuanto al chance: Hace cuatro meses, una agencia le robó el premio, como a algunos otros ganadores, negando la autenticidad del papel de juego y &#8220;precisamente, el sábado anterior perdí dos millones de pesos, porque no tuve plata con qué jugar mi numerito&#8221;.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Hace diecinueve años, pocos años antes del encuentro misterioso con el anciano en Palacé aunque coincidencialmente también a eso de las cinco de la tarde, cuando aún vendía frutas en el otro lado de Junín, intentaron matarme. Un tipo me pidió cualquier fruta de treinta centavos. No, solo hay de setenta y ochenta, le dije.<br />
&#8220;Este hijueputa no está bueno sino pa pegarle un tiro&#8221;, y metió una mano en un bolso.<br />
¡Espere! Cuando, ¡pun!, un disparo al pie del corazón. Yo me estremecí. Al disparar por segunda vez, el revólver no dio fuego y el cobarde trató de huir, pero yo le atravesé un pie y cayó al suelo. El desorden fue total. La gente corría, gritaba, se arremolinaba alrededor, como ocurre en estos caso. Me le fui encima, le quité el arma y le di una patada en el trasero, lo dejé libre y le dije que no volviera más por aquí. Se fue.<br />
Boté mucha sangre. No tenía dolor. La gente me decía que fuera a la clínica y me decían nosotros lo llevamos. Yo les decía, yo no tengo nada, no quiero que me molesten.<br />
De pronto, una persona se apareció con un documento del Partido Comunista en el que me ordenaban ir al médico. La camisa empapada de rojo. Acepté ir al San Vicente de Paúl. Allá me tomaron una radiografía y ¡no había bala ni orificio de salida! El doctor no dejaba de decir que era una cosa muy rara. Regresé al negocio antes de las nueve. A los meses, le vendí el revólver a un finquero.</em></p>
<p><strong><em><span style="text-decoration: underline;">Fuerzas de flaquezas</span></em></strong><br />
<em>Han querido matarme varias veces. Otra vez porque alguien que me preguntó la hora, no escuchó o no quiso escuchar lo que le dije. Eran como las diez de la mañana. Cuando disparó, hice mi cuerpo para un lado, pero dejé el brazo derecho extendido y el balazo me lo atravesó de lado a lado. El revólver no dio más fuego. Me le fui encima, agarré al bandido por la camisa pero me quedé con los pedazos. Corrí tras él hasta el Parque de Berrío, donde logró perderse. Volví al trabajo y procedí a sacar la sangre negra y la pólvora que tenía en el brazo. No encontré la bala en el suelo. Seguí trabajando tranquilo.<br />
Y hace unos tres años apenas, venía caminando despacio, cuando un hombre que iba con su esposa, tropezó conmigo. Le reclamé. Dijo que yo caminaba como un mico y cuando me dio la espalda, vi que salió caminando igual, con las piernas abiertas. Entró con ella al asadero de pollos que por entonces era de mi excoronel Bohórquez.<br />
Cuando uno pisa a alguien, le dije, le da excusas. Me contestó: qué excusas, si usté tiene cara de mico.<br />
Fue a golpearme. La señora le recibió unos libros. Me partió el labio. Siguió tirándome, pero sin alcanzarme. Con sus movimientos me di cuenta de algo que confirmaría después: era un boxeador —además de abogado—. Le saqué el cuerpo. Me metí a un almacén contiguo al restaurante. &#8220;¡Sal y pelea como un hombre, marica!&#8221;, me gritaba. Salí, lo agarré con el brazo izquierdo por la nuca, le pude dar un puñetazo en la boca del estómago. Él se sintió apretado con esa llave, pero consiguió ponerme la mano en la barbilla y empujar con fuerza. Me iba a desnucar. Casi vencido, hice un último esfuerzo y le agarré un dedo con la boca y lo mordí con todas mis fuerzas&#8230; y se lo moché. Lo escupí al lado de una carretilla. Lo solté, él gritaba, fui al lavamanos del restaurante de mi amigo a enjuagarme la boca que me sabía a sangre.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Capítulo 9</span></strong></p>
<p>—Bueno, ya me decidí a contar mi historia.<br />
Fue lo que me dijo, con la solemnidad que es natural en su hablar, Alfredo Jiménez, el comunista, una tarde de septiembre, cuando arrimé a su kiosco de Junín marcado con el número 17, a saludarlo, lo cual ya se había vuelto costumbre, y a comprarle un ejemplar del semanario Voz y un libro. Más que todo literatura de izquierda es lo que vende allí. <em>Qué hacer, El Capital; Salario, precio y ganancia; La masacre en las bananeras,</em> son algunos de los libros que se ven colgando del techo, protegidos del polvo y los estragos del tiempo con plástico transparente. Detrás de estos ejemplares que muestran sus carátulas y de ediciones de crucigramas gigantes, hay arrumes de libros de los cuales no se ve más que los lomos.<br />
Veníamos haciéndonos amigos desde varios meses antes, luego de haberlo mirado con curiosidad durante años y años, de haber arrimado mil veces a su puesto de venta a preguntar por algún libro o periódico del país. Me asomaba hacia el interior por esa suerte de ventana por la que él mira hacia fuera, hasta que él tal vez me tomó confianza y se salía de allí abriendo hacia fuera una puertecita inferior y agachándose a fondo para pasar por debajo de la tabla que hace de mostrador y en la que descansan los periódicos de los que no se ve más que sus respectivos cabezotes, y me invitaba  a que entrara a mirar con mis propios ojos los títulos de esos libros arrumados por cientos. <em>El minotauro,</em> de José María Vargas Vila; <em>Garabombo el invisible,</em> de Manuel Scorza, algo de poesía y libros clásicos de filosofía –de Kant, Aristóteles, Niestzsche, entre otros, en ediciones populares— descubría entre esos otros títulos e iba extrayendo algunos de estos de los cerros que, por cierto, no parecían decrecer. Ese día le pagué desde adentro y él, desde afuera, me dio el vuelto. Le hice caer en la cuenta de ese cuadro absurdo que estábamos representando: el comprador adentro, el vendedor afuera, y él dibujó los trazos de una muy breve sonrisa.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">Taciturno</span></strong><br />
Las sonrisas de Alfredo son escasas y breves. Él es de carácter grave, taciturno y pensativo. Suele sentarse en una butaca de madera y recostarse en una de las paredes del kiosco y parece no darse cuenta de la multitud de transeúntes que pasa y se revuelve a su lado, ni del bullicio de los vendedores. Con quienquiera que se acerque a él, intercambia alguna frase, o suele guardarle en su kiosco algún paquete, de modo que es sociable y servicial. Es, eso sí, de pocas palabras. Sus silencios profundos, como de sabio, parecen querer expresar que cuando uno no tiene nada importante que decir es mejor callar.<br />
De modo que cuando me dijo que estaba decidido a contar su historia, me alegré. Vino a mi mente esa lejana mañana como de abril en que, movido por un instinto que me avisaba que ese personaje misterioso tenía que ser dueño de una historia intensa, le manifesté mi deseo de narrarla.<br />
“Para qué. No estoy preparado ni interesado”, había dicho entonces, con la sequedad infranqueable que le caracteriza. Y me había resignado, aunque de mala gana. El súbito cambio de opinión se debió, según mencionó, a que en otro tiempo, en el periódico del Partido Comunista la había publicado, pero que en la sede de este no conservaban ya ese ejemplar y que él había perdido el suyo, ya que por confiado aceptó prestárselo a un estudiante universitario, para un ejercicio académico en que él, Alfredo Jiménez Ochoa, había sido él personaje central.<br />
—Entonces decidí que es tiempo de hablar&#8230; Es tiempo de hablar de mi problema —resolvió.<br />
Es que Alfredo, cuando se refiere a la historia de su vida, suele referirse a ella con esta expresión: <em>mi problema.</em> Será porque desde niño le tocó trabajar tanto; por ese padre que nunca le brindó afecto y esa madre que lo abandonó; o porque después de haber estado acompañado de algunas personas, de ayudarle a tanta gente, esté ahora tan solo. O por todas esas cosas.<br />
Cuando llegaba muy de mañana a conversar con él, es decir, a escuchar su historia, siempre lo encontraba ocupado en algo: lavando con agua y jabón el recipiente de basura que pende del poste más cercano a su kiosco. <em>Tal vez me habrán visto haciéndolo a través de esas cámaras de vigilancia que están instaladas en la esquina, porque de un momento a otro comenzaron a hacer lo mismo obreros del municipio; lavan las basureras, menos esta, de la que me encargo yo.</em> O pintando el kiosco. Para esos menesteres suele coronar su cabeza con un casco plateado que él llama <em>el sombrero.</em></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">“Yo no sé qué va a pasar”</span></strong><br />
Antes de comenzar alguna de esas sesiones, la última, subió a su hombro un cerro de periódicos viejos atados con una cuerda, pues, debía llevarlos a vender en una peletería de Palacé con Maturín.<br />
—Voy con usted —le dije.<br />
No respondió. Un amigo suyo, Gustavo —que tiene su historia bien guardada también, poblada de un pasado próspero y un presente descarriado—, quedó al cuidado de las ventas. Caminé al lado del comunista, buscando quedar más cerca del hombro desocupado, para verle la cara. Me ofrecía a llevar la carga, pero él se opuso, con los argumentos de que estaba acostumbrado y que realmente pesaba muy poco. Entre autobuses rugientes que llegaban a sus cuadraderos como barcos a sus puertos, peatones que caminaban a pasitrote en todas las direcciones, carretilleros que salían halando sus vehículos de los depósitos en los que los habían dejado guardados toda la noche, hombres y mujeres que abrían sus negocios y otros más que los aseaban echando chorros de agua con manguera y empujando con escoba charcos de jabón, fue contándome que todo ese sector que recorríamos, Junín, Pichincha, Maturín y hasta ese sitio de Palacé, estaba saneado de bandidos y ladrones gracias a que él mantenía cuidándolo para que la población en general no tuviera que decir que por allí no se podía ir de miedo de los carteristas. De ahí que él llegara a su kiosco desde las tres de la madrugada, e incluso antes, para estar atento.<br />
—Este sector me resulta muy familiar. Aquí he pasado los últimos diecinueve años.<br />
Después de  descender por Maturín, en Palacé doblamos a la izquierda y, después de pasar frente a dos o quizá tres locales, entramos en la peletería. Un establecimiento mal iluminado, inmenso, con olor a caucho y pegante, con arrumes de cartones industriales, material para suelas de zapatos y telas de lona por todas partes. Un enjambre de clientes revoloteaba alrededor de un mostrador, vociferaban, hacían sus pedidos, charlaban con los dependientes, pagaban a un tipo gordo que debía ser el dueño y que no se movía para nada de su escritorio, en el que reposaban una registradora, papeles y libros contables.<br />
Alfredo fue directo al sitio, más allá del mostrador, donde estaba la báscula y descargó su lío en la base plana de ésta, para lo cual debió agacharse. Uno de los empleados se acercó para manipular el aparato.<br />
—¡Trece kilos y medio! —gritó, para que su voz llegara hasta los oídos del tipo gordo y supiera cuánto pagar.<br />
Alfredo fue a reclamar su dinero, lo guardó en el bolsillo derecho del pantalón y salimos del lugar.<br />
—Yo vivo tranquilo con mi trabajo, pero si a mí me ofrecieran la oportunidad de volver al campo, tal vez me iría. De todos los oficios que he practicado, el que más me ha gustado es el de la arriería. Y siento que todavía tengo fuerzas. Tengo setenta y tres años, pero cada día me siento más joven y alentado. Muchos me dicen: “Alfredo, ¡usté cómo hace para estar cada día más joven!”. Pero yo no sé. Lo mismo que no sé explicar por qué a mí nada me pasa. ¿Sí ha visto que han intentado matarme? Pero conmigo no pueden. Yo no sé qué va a pasar.<br />
Caminamos rápido. Alfredo saludó a unas cuantas personas a su paso.<br />
Cuando llegamos al puesto de venta, Gustavo se fue. Nada había vendido entre tanto.  Alfredo entró en el kiosco y cerró tras de sí la puertecita inferior. En ese momento se acercó a nosotros el surtidor de los crucigramas gigantes, un joven que alcanzó a contarnos que era universitario y que esos crucigramas los elaboraba con su familia. El comunista lo despachó rápidamente diciéndole que todavía tenía ejemplares del mes anterior y que por favor entendiera que estábamos en un reportaje. Luego, dirigiéndose a mí, dijo: hay algo que todavía nos hemos contado. Escriba:<br />
Había pasado pocos años de mi llegada a Medellín, cuando fui a visitar la casa de Pastor Pérez, presidente de FEDETA (Federación de Trabajadores de Antioquia), y encontré un espejo manchado. Les dije a los de la casa: saquen ese espejo, pues, puede traer desgracia, muerte o ruina. Se echaron a reír. Que por qué, me preguntaban. Yo no les podía decir. Solo que echaran ese espejo al agua corriente, bien fuera un río o un arroyo. No me hicieron caso. Y a los pocos días murió la cuñada del camarada Pastor.<br />
Siguió contando cosas que se nos habían escapado a lo largo de su historia. Del tiempo en que todavía se llamaba Chiquito y vivía en Pailitas con su padre, recordó que los indios atacaron la construcción de la Troncal de Oriente. De los años que lleva en la ciudad, precisó algunos detalles de sus estadías en la cárcel. Cuando terminó la jornada de fragmentos, dijo:<br />
—Del hace que me decidí a contarle mi problema, en la cuadra dicen que no soy el mismo.  Que ya se me ve sonreír. Y la verdad es que me siento como más tranquilo. ¡Y eso que de todos modos quedará tanto por decir&#8230;!</p>
<p style="text-align: center;"><em>Fin</em></p>
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		<title>Kanú, con el ardor africano</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Mar 2013 16:58:16 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><em>La quinta novela de Antonio Prada Fortul narra la historia de otro rebelde colonial. Saldrá en abril.</em></p>
<p>Apenas sí ha pasado la primera hora de luz. No se ve el Sol, tapado por un cielo nublado en Cartagena de Indias, y ya el calor húmedo propio de abril tiene sudando a los pescadores de la playa mientras desenredan sus hilos y deslizan una canoa sobre un tronco redondo que gira bajo su peso, para llevarla al mar. Un leve viento no alcanza a cumplir con sus trabajos: alborotar polvo, refrescar frentes, levantar faldas, despeinar palmeras&#8230;</p>
<div id="attachment_1286" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1286" title="38[1]" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/381-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Antonio Prada Fortul presentará su novela Kanú en Bogotá y Medellín, en abril próximo.</p></div>Tres o cuatro cuadras adelante, en el barrio Torices, Antonio Prada Fortul está en la sala de su casa, con la puerta abierta, vestido con pantalón corto y camiseta. Kima y Mamakei me dan la bienvenida.</p>
<p>Él es el escritor cartagenero-palenquero de novelas que relatan las hazañas de los negros esclavos y sus luchas por la libertad. Ellas son dos figuras de madera. La primera representa a una mujer flaquísima con un niño; la segunda, a otra voluminosa y que sostiene algunas frutas. También hay otros muñecos de madera y cerámica que simbolizan deidades o personajes africanos o afrocaribeños, los cuales dan cuenta del mundo, la estética y la cosmología en que vive este narrador caribeño.</p>
<p>Mamakei representa su ancestro. Una tatarabuela chocoana, tras cuyas huellas se ha movido este hombre desde su bella Cartagena hasta las selvas del Atrato. “Los ancestros nunca mueren; solo cuando uno lo pida. Van al olvido, al ostracismo”.</p>
<p><span id="more-1283"></span></p>
<p>Mientras bebemos un jugo, cuenta que está investigando sobre apellidos franceses llegados al Caribe, para incluirlos en una novela. Y encontró que los haitianos que vinieron con Simón Bolívar a la gesta de Independencia no regresaron al país insular. Entre otros, había hombres de apellido Leclaire, Fotoul. O sea que su apellido materno puede tener algo que ver con ese origen. Por algún camino, la conversaciónllega al África, y dice que en ese continente los nombres de las personas no son fortuitos. Se basan en distintas cosas. La cabeza es la i y la rige Obatalá; el cuello, la e; los hombros, la o; el plexo solar, el tórax hasta el ombligo, la u; del ombligo para abajo, la a. Generación de pasiones del ombligo para arriba. Isis quiere decir inteligencia; Lico, pasión con inteligencia; Orica, gacela de la madrugada. Los nombres son puestos por el padre y aluden a elementos cotidianos.</p>
<p>De cinco novelas escritas, son tres las que Antonio ha dedicado a esos temas que lo poseen: Palenque, Cartagena de Indias, y las hazañas de los héroes afroamericanos, como Benkos Biohó y su hijo Orika. Lo poseen, sí, más que él a ellos, al punto que él mismo parece haberse transformado en Griot, uno de esos narradores orales de las hazañas y de la historia de los héroes y los pueblos de África occidental. Un ser ungido por los orishas. Grandilocuente (como todos los cantoresde las hazañas de héroes de todas las culturas), y no escatima adjetivos y figuras para comparar y exaltar su valentía.<br />
<strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Narración en trance</strong><br />
Ahora le llegó el turno a Kanú, el hijo de la selva profunda. Este, en lengua yoruba, es el nombre de un héroe africano, un muchacho recién entrenado en las artes de la guerra y de la supervivencia, a quien cazaron los portugueses para venderlo a los esclavistas del Nuevo Mundo. Después de permanecer sin resignación un tiempo en Cartagena de Indias, su notable capacidad guerrera le valió para que un portugués tratante de esclavos, Emiliano Lorenzo da Rocha da Cintra, lo incluyera en la tripulación de su galeón. Este capitán tenía la idea de usarlo como intérprete en los asaltos a las aldeas del continente negro, para apoderarse de sus habitantes. Pero no contaba con que el africano, fiel a su condición de guerrero, era rebelde y más bien moriría que traicionar a su pueblo. Protegido por orishas y por el propio Changó, aprovechó la relativa cercanía de las costas donde atracó la nave y logró escaparse. Luego vendrían hazañas de este hombre en su continente, donde lideró un combate contra los esclavistas, lo cual le atrajo un gran prestigio en aldeas de África occidental y, más, en la suya, Tambacounda, situada en las orillas del Casamance, donde fue recibido como héroe. Por cierto, su novia, quien lo esperó fiel como Penélope aOdiseo, se llamaba Kima, como la figura que recibe las visitas en la sala del autor.</p>
<p>Pero además de la narración de estas hazañas, intensas e interesantes, la novela es una cátedra, profunda y exhaustiva, sobre temas propios de la religión yoruba. Nos da un repaso sobre las deidades yorubas, los orishas, así como sus funciones. Por ejemplo, mientras Kanú y otros guerreros libraban el duro combate contras los tratantes de negros en suelo africano, los sacerdotes, iniciados en los Misterios Mayores, invocaban a Ellegguá, el señor de los caminos; Oggún, guerrero dueño de los metales, compañero inseparable de Elegguá, quien fue herrero y es el inventor de la fragua; Ochosi, el de la cacería, y Oshún, diosa del amor y dueña de los arroyos, de la dulzura y de todo lo dulce.</p>
<p><div id="attachment_1292" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1292" title="varias 022" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/varias-022-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">En Palenque se reúne con Sikito, un hombre que cura enfermedades con saberes propios de la religión yoruba.</p></div>
<p>Enseña la importancia de los tambores batá. Tambores sagrados. Que solo pueden ser tocados por un tambolero jurado, llamado Olori. Los tambores hablan en lengua yoruba o lucumí y dan mensajes de un poblado a otro. Sirven también para hablar con los muertos y bajar a los orishas.</p>
<p>En Kanú, “por tambores que retumbaron en la noche en la selva, los padres se dieron cuenta de que su hijo había escapado y estaba en una aldea lejana llamada Combasanda”.</p>
<p>En la sala de su casa, Prada Fortul dice: “el tambolero —así se dice, no tamborero— nace; no se hace. El mismo tambor le enseña. El tambor iyá (madre) uno lo oye aunque le tapen los oídos”.</p>
<p>Prada Fortul es la muestra de que ser exhaustivo en las descripciones, propio de quien tiene el conocimiento, da mayor fuerza y verosimilitud a los relatos. No solo menciona a los orishas, habla de sus orígenes y especialidades, y enseña cómo los invocan. Describe vívidas escenas de ceremoniales en los que los sacerdotes se comunican con ellos. Del grupo de religiosos que danza y canta en yoruba antiguo, la lengua hermética de los iniciados, frente a un fuego, se van dejando montar o acaballar por turno por una de esas divinidades y, como en un trance, entran en las llamas sin quemarse y sin sentir dolor, para recibir las respuestas que requieren: si los guerreros tendrían éxito o si, por el contrario, perecerían en la confrontación. Entre tanto, queman sahumerios y suenan corales y tambores sagrados.</p>
<p>“Dediqué dos meses a comparar rituales con los de adventistas protestantes, especialmente en el ritual de bajada del Espíritu Santo. Se parecen mucho. No le encuentro explicación. Hablé con un pastor, aquí en Cartagena. Le dije, soy santero y he hecho estas comparaciones. Le hice entender que no debía satanizar nuestros ceremoniales por ser negros y coincidimos en que en todas partes está Dios”.</p>
<p>El estilo narrativo de Prada Fortul es prolijo en descripciones, a veces con lenguaje florido, grandilocuente y con intencionales repeticiones para darle más fuerza a las características de sus personajes o a sus hazañas (De su entorno se desprendía una iluminación dorada de azulados bordes y destellos áuricos perceptibles para los sacerdotes). El narrador, por momentos, parece caer en trance, excitado, como en una especie de iluminación espiritual o como si fuera la encarnación de un africano dolido por la vileza de los ibéricos. No recurre mucho a diálogos; solo hay intervenciones aisladas de los personajes.</p>
<p>Hay capítulos de bien lograda simultaneidad. La más notable, mientras sucede la toma del galeón por parte de seis guerreros comandados por Kanú, los sacerdotes, en su aldea, adelantan el ritual de bajada de los orishas para indagarles sobre la suerte de los combatientes.</p>
<p>Y el punto de vista, tan decididamente desde los negros, desde las víctimas de la esclavitud, es novedoso en la literatura occidental.</p>
<p>Ahí, pues, está Kanú para deleite de los lectores del mundo.</p>
<p>El escritor revela que en su computador hay otro proyecto: la historia de Luanga —aquí llamada Polonia—, quien como Benkos Biohó se fugó y peleó contra los españoles. De vida breve como era normal en esa época de los primeros años de Palenque, ella se afilaba los dientes para combatir con más fiereza por su libertad.</p>
<p>“Siento alegría cuando estoy en Palenque. Concepción Hernández de Simar es una santiguadora y rezandera de ese poblado de Mahates. Es mi madre adoptiva. Sus hijos me dicen hermano y los hijos de estos, tío. Tengo ahijados. Me bauticé en ceremonia con tambores batá. Soy cartagenero y palenquero”.</p>
<p>Al final de la velada Antonio va al comedor, sube a un taburete y toma de encima de la estantería de las vajillas de adorno, un platón en cuyo interior hay una figura antropomorfa puesta de cabeza y me dice: “Este soy yo. Lo representó para mí un artista africano. Te lo muestro porque él mismo me pidió que te lo mostrara”.</p>
<p>Después me invita a tocar a Mamakei. Primero toco las frutas de su cabeza y, después, los hombros, como hizo con Kanú el jefe de una aldea, para darle a entender que ya era parte de su familia.</p>
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		<title>Miran el cielo con distintos ojos</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Mar 2013 16:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Publicaciones El Colombiano]]></category>
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		<description><![CDATA[En la región y el país proliferan las religiones. La libertad de cultos está consagrada en la Constitución Nacional de 1991. Minoritarias, con sus creencias bien definidas, las comunidades que las integran están convencidas todas de su veracidad, aunque a los practicantes de las religiones mayoritarias no convencerían sus doctrinas. Algunos de los numerosos cultos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>En la región y el país proliferan las religiones. La libertad de cultos está consagrada en la Constitución Nacional de 1991. Minoritarias, con sus creencias bien definidas, las comunidades que las integran están convencidas todas de su veracidad, aunque a los practicantes de las religiones mayoritarias no convencerían sus doctrinas.</em></p>
<p><em>Algunos de los numerosos cultos que conviven bajo el mismo cielo, aunque mirándolo de manera diferente cada una, se exhiben en estas páginas. Si bien no alcanzaríamos a agotar sus vastas estructuras y doctrinas, presentamos algunos aspectos de sus creencias y de su vida cotidiana.</em></p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: center;"><span id="more-1227"></span></p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong> </strong></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong>Itinerario de un hijo de Krishna</strong></span></p>
<p>Krishna Pramana, antes Sergio, se levanta todos los días a las 3:00 de la madrugada. No es campesino. Su lugar de habitación está en pleno corazón de Medellín. Es un fervoroso vaishnavista, director del Centro Govindas, y debe alabar a Krishna desde temprano; pedirle sabiduría. A esa hora, Boyacá con Carabobo no es el hervidero que es en el día, sino quieto y oscuro. Acaso vaga sin rumbo uno que otro drogo por esas calles, y los gamines duermen con un ojo cerrado y el otro abierto, como es debido.</p>
<div id="attachment_1244" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1244" title="preligion" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/preligion10-300x198.jpg" alt="" width="300" height="198" /><p class="wp-caption-text">Krishna Pramana es director de Govindas, en Medellín. Foto: Jaime Pérez</p></div>
<p>Pramana se baña con agua fría y viste su dothi y su kurta, como les dicen al pantalón y a la camisa, ambos color azafrán; saluda a los otros quince religiosos que viven allí y, como ellos, se postra ante el altar y se entrega a la meditación: canta.</p>
<p>Hasta hace dos años y medio, cuando era Sergio, era estudiante de música de Eafit. Desde entonces sus amigos ya veían su inquietud espiritual, que no había llevado aún sus pasos al estudio de la filosofía védica. Nació en Medellín, en un hogar católico, pero se sentía vacío. Incluso, deprimido. No sabía qué le pasaba. Llegó al centro Govindas a practicar yoga y, allí, en ese sitio que también es templo, encontró más respuestas que jamás en la vida y, casi sin darse cuenta, resultó quedándose.</p>
<p>Hoy, con menos de 25 años de edad, es el director del lugar, como una suerte de papá que está pendiente de las realizaciones espirituales y presto a resolver las inquietudes de hombres y mujeres que, en muchos casos, son mayores que él. En casa respetan sus búsquedas y creencias. A veces, su mamá y sus hermanos llegan al centro a escuchar alguna conferencia. Por influencia suya, ella es vegetariana. Esas ideas de que los humanos no debemos causar dolor a otro ser vivo para obtener la proteína y de que la carne entra en el cuerpo humano y, en ese recorrido extenso por el intestino grueso alcanza a podrirse y, a la larga, causar cáncer, la convencieron.</p>
<p>Entre los vaishnavistas, mal llamados harekrishnas, hay cuatro órdenes monásticas: Brahma Caria, compuesta por estudiantes célibes que se dedican por completo al desarrollo espiritual; Grihastra, por aquellas personas que optan por llevar una vida familiar, para levantar hijos en la sabiduría védica; Brahma Prasta, por esas que tienen hijos grandes y ya quieren separarse un poco del hogar para dedicarle cada vez más tiempo a la vida espiritual, peregrinando por los templos, y Sanyasi, los renunciantes, que deciden liberarse de los apegos materiales, como las mujeres y las drogas.<br />
Pramana hace parte del primer grupo.</p>
<div id="attachment_1246" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1246" title="preligion" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/preligion1-300x214.jpg" alt="" width="300" height="214" /><p class="wp-caption-text">Sacerdote vaishnavista. Foto: Jaime Pérez</p></div>
<p>Después de esa primera meditación, ve cerrar el altar a las 5:00 de la mañana y a esa hora, como los demás habitantes del centro, busca un lugar en el amplio salón del tercer piso, por cuya vidriera se ve el atrio de la iglesia de la Veracruz, y “comienzo la hora de las yapas”. Su canto es música conocida en todo el mundo.</p>
<p><em>Hare Krishna Hare Krishna<br />
Hare Krishna Hare Hare<br />
Hare Krishna Hare Rama<br />
Hare Rama Hare Rama<br />
Rama Rama Hare Hare.</em></p>
<p>Este mantra o maha mantra, como él y los demás integrantes de su credo la llaman, quiere decir, palabras más, palabras menos: “oh, mi Señor, déjame ser instrumento de tu amor”. Es sánscrito el idioma en que basan su credo; es muy musical.</p>
<p>Como vashnavista, tiene la obligación de repetir 1.728 veces al día ese canto completo y es preciso empezar temprano. Son 16 rondas de su yapa, una camándula de 108 cuentas alargadas, que mantienen todos los de su credo en una bolsita de tela que les cuelga al cinto.</p>
<p>Asiste luego a una clase sobre el<em> Bhagavatam,</em> “que da herramientas para la autorrealización”.</p>
<p>Cuando abren el altar, a las 8:00, trata de adelantar otras yapas, para ir sumando cantos a esa empinada cifra.</p>
<p>Solo accede a tomar el prashada, “el alimento ofrecido a Dios”, a las 8:30. Está constituido por vegetales, pan, granola, fruta o arroz con vegetales y néctar.</p>
<p>A partir de ese momento queda a disposición de los proyectos del centro y listo para atender a los visitantes.</p>
<p>Afuera, en ese cruce de calles y en el atrio de la Veracruz, la agitación empieza. Se instalan las prostitutas de breves trajes y los vendedores ambulantes; se forman tumultos de transeúntes que van y vienen; y se elevan en el aire los olores del esmog, así como los rugidos de los motores de mil autos y los ruidos de sus frenos y sus bocinas. Adentro, el centro Govindas también comienza a llenarse de gente. Devotos o visitantes aficionados a la filosofía védica colman el espacio. Cantan, hablan. Los primeros con sus vestimentas uniformes que significan el desapego a las cosas materiales, “que mantenemos ajenos a la vanidad de las modas y las marcas”, y con sus cabezas rapadas, salvo por una colita en el occipital “que se llama sika, la cual da a entender que uno sigue a un maestro”.</p>
<p>De vez en cuando oye el sonido aflautado de una caracola y siente que se intensifica el olor de aromas orientales. Ese instrumento es sonado de vez en cuando por un sacerdote que da vueltas alrededor del altar. “Es para limpiar el eter”, es decir, el ambiente, que se va llenando de impuresas.</p>
<p>El almuerzo, a las 2:00, también llamado prashada, es ensalada, un vegetal que puede ser papa, coliflor, yuca o zanahoria cocidas, arroz, a veces sopa y néctar.</p>
<p>A las cuatro asiste a una clase de Rupá Goswami, nombre de un escritor y gurú de la India que vivió entre los siglos XV y XVI y transmite las enseñanzas del señor de Chaitanya, una de las encarnaciones de Vishnu, cuya imagen está en el altar. Son lecciones encaminadas a conseguir el control de los sentidos y de los impulsos del cuerpo. La líbido y otros apetitos de la carne que “nos distraen del camino”.</p>
<div id="attachment_1248" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1248 " title="preligion13" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/preligion13-300x219.jpg" alt="" width="300" height="219" /><p class="wp-caption-text">700 personas profesan el vaishnavismo en Medellín. Foto: Jaime Pérez</p></div>
<p>Es raro que no salga a las calles con los demás, a las 5:00 de la tarde, a hacer el Harinam: a cantarle a Krishna, el ladrón de corazones. “Es un deber nuestro hacer limpieza del ambiente de la ciudad con nuestros cantos y difundir las enseñanzas védicas”. Es también la oportunidad para invitar a la gente a que acuda al centro a escuchar alguna conferencia.</p>
<p>A su regreso abren nuevamente el altar para hacer diversos cantos, antes de empezar la clase sobre el <em>Bhagavad Gita.</em> A esa hora son las conferencias abiertas al público, en las que hablan sobre el karma, la meditación, el yoga y las filosofías de la India. La prashada que sirven a esta hora, no antes de las 7:30, es para todos, propios y extraños, sin cobrarles un solo peso.</p>
<p>A Krishna Pramana le pueden dar las 10:00 revisando correos, estudiando su maestría de musicoterapia y, si le han faltado cantos del maha mantra, terminarlos antes de acostarse.</p>
<p>“Nosotros observamos cuatro principios: el vegetarianismo, la negación al sexo ilícito, a los juegos de azar y a intoxicar el cuerpo con sustancias como el alcohol o las drogas. Sin embargo, por ignorancia, algunas personas que nos ven y oyen en las calles, nos preguntan a veces si estamos drogados”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong>“Sin Allah, nadie es nada”</strong></span></p>
<p>Haga lo que haga, Arif suspende sus labores a la hora de la oración. En un aeropuerto, en un centro comercial, en una vía pública. Así la gente mire con rareza a ese hombre de túnica, descalzo y postrado, hablando o cantando algunas frases en árabe. Por eso no es raro que ahora que llegamos a visitarlo en su almacén de alfombras, pleno mediodía, nos digan que está encerrado en la mezquita.</p>
<div id="attachment_1250" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1250" title="CMUSULMAN2" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CMUSULMAN2-300x184.jpg" alt="" width="300" height="184" /><p class="wp-caption-text">Mohamed Arif. Foto Julio César Herrera</p></div>
<p>Esta es un cuarto de tres por tres metros, separado de la tienda, cuyas paredes están decoradas con pendones en los que se leen oraciones escritas en árabe y español, y con un retablo blanco conformado por cinco relojes, uno para cada una de las plegarias del día; el suelo está aislado con varios tapetes rectangulares, puestos de forma diagonal con respecto a la puerta de entrada, porque no siguen la geometría del cuarto sino que están situados en dirección a La Meca, y el techo, una loza plana, sostiene una larga lámpara de tubos de neón.</p>
<p>Mohamed Arif ya está descalzo, en medio de la mezquita. Tiene un gorro blanco en la cabeza. El de oración, Hoy, extrañamente, no viste su túnica, como le indica el Corán, tercer libro que rige a los de su credo, el islámico —los otros dos son los que conforman los dos testamentos de la Biblia—, y el que les indica, como un manual, los asuntos grandes y pequeños de la existencia: cómo debe ser la vida de familia, las relaciones de padres e hijos, la sexualidad, el vestido, el baño, la comida&#8230; Con las manos en los oídos, canta en voz alta los tres llamados que preceden la oración. “Allah jo akbar” y otras frases con las cuales quiere decir: “Allah es grande. Yo soy testigo de que hay un solo Dios. Yo soy testigo de que Mohamed es mensajero de Dios. Que vengan para la oración. Vengan para la salvación. Vengan para el éxito. Allah es grande y es el único para adorar”.</p>
<p>De cuanto sale de sus labios en adelante no se oye más que el siseo de quien reza articulando las palabras, pero sin emitir sonido. Lo vemos arrodillarse, postrarse por momentos con la frente contra la alfombra, ponerse de pie. Con los ojos cerrados y las manos unidas casi todo el tiempo.</p>
<div id="attachment_1252" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1252" title="CMUSULMAN3" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CMUSULMAN3-300x193.jpg" alt="" width="300" height="193" /><p class="wp-caption-text">300 musulmanes hay en Medellín. La mayor parte, conversos. Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p>Media hora después, termina la oración. Se calza, se quita el gorro y sale al almacén. Nos sentamos en una sala cercana a la puerta de la calle. Dice que suele reunirse con otras personas de su credo a rezar, porque la oración en conjunto vale más que la individual, como le tocó hacer hoy.</p>
<p>Comenta que llegó a Colombia siguiendo los pasos de su hermano, Nawaz, quien fue cónsul de Pakistán y estableció primero el negocio de los tapetes en la isla de San Andrés. Cuando, en el Gobierno de César Gaviria, se impulsó la apertura económica, pudo abrir almacenes en otras ciudades, entre ellas Medellín, donde Arif ha permanecido.</p>
<p>Cuenta que los hombres musulmanes llevan la barba con orgullo, porque todos los profetas que ellos reconocen, Adán, Abrahán, Noé, Moisés, David, Jesucristo, Mohamed (Mahoma) tuvieron barba. Es lo que distingue a los hombres de las mujeres, como la melena distingue a los leones de las leonas. Que cuando Adán pidió a Dios que le diera un poco más de elegancia, Él dijo: “hagámosle barba”.</p>
<p>Arif asegura que jamás ha tomado licor porque el Corán lo prohibe, lo mismo que venderlo u ofrecerlo. Que los mismos musulmanes sacrifican los animales que comen, porque es preciso hacerlo en nombre de Allah —Bismila ji-Allah ja akbar—, y degollándolo; no de otra manera.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1254" title="CMUSULMAN5" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CMUSULMAN5-300x209.jpg" alt="" width="300" height="209" /></p>
<p>“Los primeros tres años de mi estadía en Colombia, no pude comer carne. No sabía dónde conseguir los animales vivos. Luego aprendí que en las plazas de mercado venden pollos y que en algunas fincas venden reses o corderos”. Son solidarios entre los amigos. Los domigos, uno de ellos sacrifica 20 pollos, el otro un cordero, el tercero una res, y reparte carne entre los demás, para algunos días.</p>
<p>Los viernes es el día dedicado a Allah. Tienen establecido que hasta el mediodía descansan y van a la mezquita comunitaria, la de Belén, a escuchar la palabra del maulana o líder espiritual, el libanés Ahmad Dazuki, “un verdadero sabio, a quien quiero mucho”. No es una misa; es una charla. Después del almuerzo, van a trabajar.</p>
<p>Arif cuenta que además de admiración a Allah, las oraciones también tienen un espacio de súplica, para pedir lo que necesita. Que él todo, todo se lo pide a Allah: hasta los cordones de sus zapatos, si le hacen falta. “Porque sin Él, nadie es nada”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><span style="text-decoration: underline;"><strong>La plegaria de los hijos de Israel</strong></span></p>
<p>El rabino Paul Heller Pop llega antes de las 7:00 de la mañana a la sinagoga. Viste su talit por encima de su traje de ejecutivo y corona su cabeza con el kipá o solideo. “Solideo quiere decir solo Dios”. Así, queda listo para esperar a los integrantes de su comunidad, que llegan de diversos sitios de la ciudad a realizar la oración. Rezarán la plegaria de las 18 bendiciones.</p>
<div id="attachment_1256" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1256" title="RABINO27" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/RABINO27-300x217.jpg" alt="" width="300" height="217" /><p class="wp-caption-text">Unas 150 familias de religión judía hay en el Valle de Aburrá. 50 están en Bello. Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p><em>Adonai, abre mis labios, y mi boca dirá Tu alabanza.</em></p>
<p>Ese sitio de culto es un salón habilitado para unas 50 personas, pero no siempre se llena porque la gente debe trabajar y está sujeta a horarios. Se ve colmado más que todo en la celebración del Sabbat, para la cual se reúnen el viernes después de las seis de la tarde o cuando haya al menos tres estrellas en el firmamento, y más aun en las celebraciones del Ion Kipur o Día del Perdón, y el Januca&#8230;</p>
<p><em>Bendito eres Tú, Adonai nuestro Dios y Dios de nuestros padres, Dios de Avraham, Dios de Itzjak y Dios de Iaacov, el Dios Grande, poderoso y temible, Dios ensalzado, que otorga generosas bondades, que lo crea todo, que recuerda la devoción de los Patriarcas, y que, por amor, trae un salvador a los hijos de sus hijos(&#8230;)</em></p>
<p>Estamos en el año 5773, explica el rabino. Son los años contados a partir de la creación de Adán y Eva, los primeros seres humanos que poblaron la Tierra, según la Torá, que es el mismo libro del Pentateuco. Adán y Eva aparecieron en el Paraíso cuando tenían unos veinte años de edad.</p>
<p><em>Rey, [Tú eres] ayudante, salvador y escudo. Bendito eres Tú Adonai, Escudo de Avraham.<br />
Tú eres poderoso eternamente, Adonai; Tú resucitas a los difuntos; eres poderoso para salvar.</em></p>
<p>“La sinagoga también se ve colmada en el Rosh Hashaná”, el primer día del año judío. Es el Día del Juicio, pero no del Jucio Final. El actual año judío comenzó al atardecer del 16 de septiembre de 2012 y finalizará el 4 de septiembre de 2013.</p>
<p><em>Él sustenta a los vivientes con amorosa bondad, resucita a los difuntos con inmensa misericordia, sostiene a los que están cayendo, cura a los enfermos, libera a los atados y cumple Su promesa hacia los que duermen en el polvo (&#8230;)</em></p>
<p>A las 7:00, una decena de hombres mayores llega a la sinagoga para la oración. Como el rabino, cada uno de ellos cubre su traje de calle con el talit y su cabeza con el solideo.</p>
<p>Mientras el religioso se sitúa en una plataforma ubicada en la mitad del recinto, ellos se sientan en cómodos sillones que hay a los lados, abren la tapa de un pequeño mueble situado frente a cada asiento y al cual llaman púlpito y extraen el libro de oraciones. El rabino no les habla de frente. Él, como los demás, miran el sitio donde está guardado el Arca de la Alianza, en dirección a Jerusalén.</p>
<p><em>Tú eres fidedigno en [que harás] resucitar a los difuntos. Bendito eres Tú Adonai, que resucita a los difuntos.</em></p>
<p>En esas ocasiones en que el recinto se llena, el rabino no se sitúa en medio de la multitud, sino junto al Arca.</p>
<div id="attachment_1258" class="wp-caption alignright" style="width: 263px"><img class="size-medium wp-image-1258" title="RABINO25" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/RABINO25-253x300.jpg" alt="" width="253" height="300" /><p class="wp-caption-text">Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p><strong>Unas cien familias</strong></p>
<p>En su oficina, las paredes están colmadas de libros santos. Son ejemplares de lujo, algunos de ellos con letras doradas en lengua hebrea en el lomo. Volúmenes que el religioso permanece estudiando, leyendo, obviamente, de derecha a izquierda. Sentado tras un escritorio de madera, el rabino Paul Heller Pop cuenta que las primeras llegadas masivas de judíos a Colombia sucedieron hace unos 81 años, después de la Primera Guerra Mundial. Que muy pronto se integraron a la cultura de Medellín, en la que congeniaron por la vocación de negociantes que comparten.</p>
<p><em>Recógenos desde los cuatro rincones del mundo a nuestra tierra. Bendito eres Tú Adonai, que reúne a los dispersos de Su pueblo Israel.</em></p>
<p>Hasta principios del decenio de 1980 tuvieron la sinagoga en la Plaza de Zea, a la que acudían más de doscientas familias. En las intempestivas explosiones de bombas y en las balaceras de la guerra del Cartel de Medellín, murieron algunos de quienes habían migrado de Europa y Asia a nuestra ciudad. Por miedo, al menos la mitad de esas familias se fue del país.</p>
<p><em>Haz sonar el gran shofar para nuestra libertad; iza un estandarte para reunir a nuestros exilados, y recógenos desde los cuatro rincones del mundo a nuestra tierra. Bendito eres Tú Adonai, que reúne a los dispersos de Su pueblo Israel.</em></p>
<p>El rabino Paul Heller Pop siempre ha pertenecido a la religión judía. De padres alemanes y bautizados en esa fe, pero poco practicantes, nació en Bogotá y allá vivió mucho tiempo. Estudió odontología. Y tuvo su consultorio en la capital hasta que llegó la Ley 100 y con ella el fin de los consultorios particulares. Él decidió entregarse a la devoción por completo. Cursó los cuatro años básicos de seminario y los cinco de especialización, estudios que se centran en la Torá —el Pentateuco o los cinco libros de Moisés—, que constituye la ley escrita, y el Talmud, que es la oral, especialmente las oraciones y plegarias.</p>
<p><em>Que no haya esperanza para los delatores, y que todos los herejes y todos los malvados perezcan instantáneamente; que todos los enemigos de Tu pueblo sean rápidamente extirpados; y que desarraigues, rompas, tritures y subyugues el reinado de la iniquidad rápidamente en nuestros días. Bendito eres Tú Adonai, que quebranta a los enemigos y subyuga a los inicuos.</em></p>
<div id="attachment_1261" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1261" title="CRABINO2" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CRABINO21-300x195.jpg" alt="" width="300" height="195" /><p class="wp-caption-text">Rabino Paul Heller Pop. Foto Julio César Herrera</p></div>
<p>“Los mandamientos que trajo consigo Moisés escritos en las tablas, después de su segundo ascenso al Monte Sinaí, fueron 613”.</p>
<p>En ese predio donde están su oficina y la sinagoga —aledaña a Casa Martínez, el negocio de eventos y banquetes, cuyo local es propiedad de los judíos y de cuyo alquiler se sostiene esta comunidad—, hay un baño de inmersión para la purificación de las mujeres después de la menstruación. “Un baño de esta índole se surte con agua natural; no del acueducto. En este caso es de la lluvia —explica el líder espiritual—. Después de la purificación, lo que sigue entre hombre y mujer es como una luna de miel, que se prolonga por unos doce días”.</p>
<p><em>Haz que el vástago de David, Tu servidor, florezca rápidamente, e incrementa su poder mediante Tu salvación, pues a Tu salvación ansiamos todo el día.</em></p>
<p>“Los judíos de Medellín somos de la rama conservadora”. Hay otras dos ramas, la ortodoxa y la reformista. Ninguno de ellos ha sufrido discriminación en Medellín. Y si en ciertos momentos de la historia de la humanidad, algunos los han rechazado sindicándolos de haber matado a Jesucristo, eso ya pasó. Especialmente, desde que el Papa Juan Pablo II “nos llamó a los judíos hermanos mayores”. Los judíos no esperan la venida del Mesías, porque “Dios es uno y no se puede hacer hombre”.</p>
<p>¿Es la suya una religión triste? Le pregunto. “No —me contesta casi sin pensar—. Precisamente uno de nuestros mandatos es el de servir a Dios con alegría. Nuestra función es consolar y hacer ver que hay que sobreponerse con sabiduría al dolor y las cosas que ocurren, aunque no las entendamos. Nos ocurren tragedias, les digo, pero pasar por este mundo es poco a comparación de la eternidad, del infinito, donde todo será bienestar. Más que esperar la resurrección, esperamos la vida eterna.</p>
<p><em>Dios mío, cuida mi boca del mal y mis labios de proferir engaño. Haz que mi alma permanezca en silencio frente a los que me maldicen; que mi alma sea para todos cual polvo (&#8230;)</em></p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p style="text-align: center;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Los seguidores de Elohim</span></strong></p>
<p>Con todo lo que se habla de los raelianos, que entienden la ciencia como su religión, uno, cuando va a encontrarse con ellos, cree que hallará, no digo científicos, pero sí personas inquietas por el conocimiento. Seguidores de textos de divulgación científica. Pero no hay tal. Son personas como usted y como yo, que abandonaron sus creencias iniciales, católicas las más de ellas como es de esperarse en nuestro medio, y aceptan como ciertas unas verdades que ellos mismos no han sometido ni pueden someter al método científico: observación, experimentación y comprobación: que los seres humanos y todas las criaturas vivientes de la Tierra son producto de experimentos de extraterrestres a quienes llaman Elohim.</p>
<div id="attachment_1268" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1268" title="CRAELIANOS" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CRAELIANOS-300x194.jpg" alt="" width="300" height="194" /><p class="wp-caption-text">Grupo de raelisnos en el sitio de reuniones y de meditación, en su finca de San Vicente, Antioquia. Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p>En una finca de San Vicente, en el Oriente antioqueño, media docena de personas nos esperan. No están desnudos, como muchos apostarían. Una mujer viste una camiseta con el letrero: «Diseño inteligente. Dios no existe». Y sobre su pecho cuelga una medalla de dos triángulos entrelazados formando una estrella, lo mismo que algunos de los demás. A unos 50 metros de la casa hay una extraña construcción de forma circular, de unos setenta metros de diámetro, con algunos largueros y travesaños en el techo, pero sin tejado. “¿Será ese, acaso, el ovniódromo del que hablan? ¿Habrán aterrizado ya en él algunas naves espaciales?”, se pregunta uno.</p>
<p>En una de las paredes de una vieja casa blanqueada con cal, hay un letrero: «Considera todas las cosas naturales como un arte y cada arte como una cosa natural»: Rael.</p>
<p>Rael es el nombre nuevo de Claude Vorilhon, francés nacido en 1946, exeditor de una pequeña revista de automovilismo, deporte que él también practicaba. Él contó y sus seguidores lo repiten, que fue abducido dos veces —1973 y 1975— por alienígenas, quienes lo llevaron a un planeta distante y desconocido, y le revelaron que los seres humanos y todas las formas de vida en la Tierra son producto de experimentos de extraterrestres de la civilización de los Elohim.</p>
<div id="attachment_1270" class="wp-caption alignright" style="width: 234px"><img class="size-medium wp-image-1270" title="CRAELIANOS6" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CRAELIANOS6-224x300.jpg" alt="" width="224" height="300" /><p class="wp-caption-text">30 raelianos activos hay en Antioquia. Simpatizantes, unos 300. Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p>“Esa medalla simboliza el infinito y el bienestar —explica Óscar Orozco, el Guía Regional, quien también la porta. Él es un comerciante independiente, esposo de Berta. Ambos decidieron donar al movimiento raeliano una de sus fincas, en la que conservan su casa de habitación.— Lo que es arriba es abajo y lo que es abajo es arriba. —Óscar dirige nuestros pasos hacia una sección de la estancia que tiene la puerta cerrada. Mientras la abre, dice:— tenemos la suerte de contar con la presencia de nuestro amado Guía Nacional”.</p>
<p>Las personas que había fuera de la casa, entran conmigo. En el interior, un hombre vestido de blanco de pies a cabeza, con una indumentaria que recuerda un kimono, y con la medalla, está sentado en una silla de mimbre que lo hace ver como en un trono.</p>
<p>“Soy Alan Rojas —dice—. Explica que la medalla se llama esvástica, pero no menciona que esta, la esvástica, está en el centro de la Estrella de David, formada por los dos triángulos. Simbolo adoptado por el automovilista para identificar a los de su movimiento.</p>
<p>El Guía Nacional, un comercializador de productos, me hace prometer que en el artículo no llamaré secta al raelianismo.</p>
<p>Una chica vestida de azul, cuenta que su nombre es Diana Sánchez, pero que en el grupo le dicen Natasha. Es estudiante de inglés y desde hace cinco años es raeliana, atraída por la armonía y el mensaje.</p>
<p>Berta cuenta que lleva ocho años en el movimiento. Que comenzó en Cartagena, al lado de Óscar, su compañero, siguiendo las enseñanzas de “un muchacho que nos hablaba sobre cosas raras, que íbamos comparando con la Biblia. Siempre he sido rebelde; desde niña. Nunca me puse de rodillas en misa y no quise ni siquiera casarme jamás. No veía la razón de nada”.</p>
<p>Teodulio Henao, un anciano que lleva trece meses en el credo, dice que siempre lo han atraído los extraterrestres. “Espiritualmente me hacía falta algo y aquí lo encontré”.</p>
<p>Óscar cuenta que antes de ser raeliano fue gnóstico, testigo de Jeová y taoísta. Como raeliano, fue Guía Regional de Bolívar.</p>
<p>Y Alan, por su parte, dice que fundó el raelianismo en Colombia hace 23 años. Antes de eso, anduvo por varios grupos, como Óscar; hasta anduvo con los “Hare Krishna”.</p>
<p>“Inicié en Bogotá, solo. Era duro salir en Semana Santa, pararme a un lado de la procesión con una pancarta en la que se leía: «Despierta. Dios no existe». Los policías me acosaban y trataban de obligarme a quitar el letrero porque, según decían, estaba ofendiendo a la multitud. ‘¿Y no creen que ellos también me están ofendiendo a mí?’, les preguntaba”.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1272" title="CRAELIANOS5" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CRAELIANOS5-300x187.jpg" alt="" width="300" height="187" /></p>
<p>Alan ha adelantado mil batallas contra el Estado, “todas perdidas”. Una, para que la Policía quitara de su escudo las palabras «Dios y Patria», con el argumento de que debe cuidar a todos por igual a la población, no solo a quienes reconocen la existencia de Dios. Después, la Constitución Nacional, la cual también invoca la «protección de Dios». Y en los colegios donde estudian sus hijos, “para que no les enseñen religión o para que se las enseñen todas”&#8230;</p>
<p>Para ser raeliano es preciso redactar un acta de apostasía, en la que expresamente y con firma, manifiesten la intención de renunciar a la religión que se ha tenido y enviarla a la Arquidiósesis o a la autoridad de cada iglesia.</p>
<p>El hombre de la silla de mimbre se sumerge en un monólogo en el que cuenta que ellos, los raelianos, rechazan las teorías creacionista y evolucionista.</p>
<p>Sostienen, eso sí, que los textos bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento, aluden a esos seres extraterrestres que, reitera, crearon las formas de vida terrestre. “En la Biblia, en ninguna parte aparece la palabra Dios —asegura el Guía Nacional—. Dice Elohim, que en hebreo quiere decir «aquellos que vinieron de los cielos», pero fue traducida como Dios”.<br />
Responsabilidad, no violencia, respeto absoluto de la vida y tolerancia son los “mandamientos” o deberes de los raelianos.</p>
<p>“Claro que yo sigo abierto —dice al final de su exposición, en la que también explica una ‘revolucionaria’ plataforma política, que incluye la geniocracia o el poder para los genios y la que las empresas licoreras se encarguen de costear su “desastre social”—. Si ahora alguien llegara con una explicación mucho más convincente sobre el origen del hombre y de la vida que la raeliana, le diría: ‘estoy para servirle’”.</p>
<p>Después de esto salimos al campo. Nos dirigimos a la extraña construcción circular, también de paredes blancas.</p>
<p>En el camino, Óscar, el Guía Regional, revela que ellos evitan el alcohol. Pero afirma que las personas tienen total libertad para hacer de su cuerpo lo que deseen. Permiten la homosexualidad, el sexo extramatrimonial, la poligamia y la poliandría. “Usted puede ser polígamo, siempre y cuando nadie salga lastimado. Es decir, si una de las mujeres no está conforme, debe disolver la relación con ella para que no haya sufrimiento. El propósito de nuestra estancia en la Tierra es ser felices”.</p>
<p>Cuenta que a veces están desnudos en la finca y eso les ha costado llamadas a la Alcaldía, porque los vecinos ponen el grito en el cielo, pero no pasa de una charla con el Alcalde, porque no están haciendo nada ilícito.</p>
<p>“No, no es un ovniódromo —explica Óscar, el Guía Regional, al llegar al edificio, decorado con fotografías de sus actividades—. Es nuestro lugar de reuniones y de meditación sensual”.</p>
<p>La meditación sensual, que realizan los domingos a las 10:30, consiste en la estimulación de los sentidos, que son los receptores que conectan a los seres con el infinito. Rael les enseña a despojarse de las inhibiciones judeocristianas del pecado. Permite al ser humano descubrir su cuerpo y en particular aprender a utilizarlo para disfrutar de sonidos, colores, olores, gustos, caricias y, especialmente, una sexualidad sentida con todos los sentidos que tenemos, para poder experimentar un orgasmo cósmico, infinito y absoluto, que ilumina la mente enlazando a la persona que lo consigue con los universos de los que está compuesto y los que integra.</p>
<div id="attachment_1273" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1273" title="CRAELIANOS3" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2013/03/CRAELIANOS3-300x263.jpg" alt="" width="300" height="263" /><p class="wp-caption-text">Alan Rojas, guía nacional. Foto: Julio César Herrera</p></div>
<p>“La meditación sensual puede ser dirigida o personal. Puede ser en silencio para llegar al vacío. En un viaje mental —cuenta el Guía Nacional—, hacemos ejercicios de respiración, cerramos los ojos y nos concentramos en el dedo gordo, en la pierna y así en cada parte de nuestro cuerpo; luego en el entorno, y finalmente en el infinito”.</p>
<p>Berta cuenta que durante tres días de abril próximo harán la Convención de la Alegría, abierta al público, en la que dictarán conferencias, enseñarán meditación sensual y harán dinámicas de risa, arte y baile. Habrá acceso a la piscina y a montar a caballo.</p>
<p>El único que ha tenido contacto con los Elohim es Rael. “Tal vez haya seguido teniéndolo en forma telepática”, dice Alan Rojas. Los raelianos de San Vicente jamás han visto una nave espacial. Estos, como los otros 50.000 raelianos del mundo tienen como principal propósito construir una embajada extraterrestre para recibir a los Elohim, aunque, hasta el momento, ningún país ha decidido cederles el territorio que requieren. A propósito: la construcción circular es una réplica de ese edificio que planean construir en alguna parte del mundo para recibir a “los creadores”.</p>
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		<title>Un viaje por La Guajira verde</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Dec 2012 20:29:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Publicaciones El Colombiano]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="560" height="315"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/D8QanvoKO_8?version=3&amp;hl=es_MX"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/D8QanvoKO_8?version=3&amp;hl=es_MX" type="application/x-shockwave-flash" width="560" height="315" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object><br />
<em><br />
En Sur de la Guajira, conocido como La Guajira Verde, en contraposición al Norte, que es desértico, está lleno de atractivos. Entre ellos está la Cueva de los Solano.</em></p>
<div id="attachment_1207" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1207" title="IMG_3364" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3364-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">El Fondo de Promoción Turística, Guajira Tours y Viajes Clorofila promueven el turismo en La Guajira verde, es decir, la llamada baja Guajira.</p></div>
<p>Una guacharaca cree que es gallina, pero ella no tiene la culpa. La culpa es de Jorge Solano Solano, un campesino de Fonseca. Él halló un nido de guacharaca abandonado y decidió ponerle los huevos a una de sus gallinas para que los calentara. Los calentó como si fueran suyos, y ahí tienen a ese animal de alto vuelo caminando detrás de la mamá adoptiva por todas partes, de la cueva a la casa, del riachuelo al camino, sin atreverse a volar más que hasta el cerco o hasta una talanquera que rodea la parte de atrás de la vivienda, por la cocina.</p>
<p>Tal versión del <em>Patito feo</em> sucede en la vereda El Chorro, a hora y media de la cabecera de ese pueblo guajiro, donde el agricultor vive solo y bien acompañado por sus animales. Aves, perros, patos, piscos andan sueltos por ese cerro, al cual se accede por una trocha apenas dibujada, de piedras sueltas, que debe hacerse en auto de tracción en las cuatro ruedas.</p>
<p><span id="more-1203"></span></p>
<p>Periodistas de diversas zonas del país, y de Perú y España, llegamos atraídos por la noticia de que cerca de allí está La Cueva de los Solano o del Chorro o de las Tres Avemarías —este nombre fue puesto por un cura—, caverna de piedra con estalactitas en formación.</p>
<div id="attachment_1211" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-1211" title="IMG_3350" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_33501-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Jorge Solano Solano</p></div>
<p>Ese hombre de tez trigueña, vestido con sombrero vueltiado, camisa a medio abotonar, pantalones con las mangas metidas en botas de caucho, mantiene trabajo de sobra —dirigir labores de cercado de predios desde ahí hasta Tomarrazón, para protegerlos de la deforestación, en un contrato con la Corporación Autónoma Regional, y atender sus cultivos de piña, maracuyá, lulo, maíz y patilla—. Sin embargo, él se encarga de guiar nuestros pasos hasta la caverna.</p>
<p>Muy pronto nos damos cuenta de que resulta conveniente su compañía. Primero, porque la cueva no se ve desde su casa, aunque está a unos de trescientos metros, subiendo una loma de rastrojos y tunas que él abre con machete; segundo, porque nos mantiene lejos de enjambres de abejas africanizadas, cuyas “picadura y fiebre yo me curo bebiendo su propia miel”, y nos advierte que hablemos en voz baja para que los insectos no se alboroten.</p>
<p>Después de pasar bajo una generosa sombra de guáimaros aparece la gran boca de piedra. Hay nombres de personas escritos en la roca con hollín de antorcha.</p>
<p><strong>Perros descubridores</strong><br />
Jorge cuenta que ese lugar se llama Cueva de los Solano porque la descubrió su abuelo, Reginaldo Solano, hace sesenta años, en una excursión de cacería.</p>
<div id="attachment_1213" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1213" title="IMG_3357" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3357-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Cueva de los Solano</p></div>
<p>“Los perros persiguieron zainos y el viejo corrió tras ellos. De pronto, se encontró con esta cueva, donde los canes habían encerrado sus presas. Así la descubrió. O, mejor dicho, la descubrieron sus perros”.</p>
<p>La cueva tiene su antesala, un espacio amplio de unos veinte metros de lado y a diez de profundidad, en el que se ven las estalactitas como lágrimas rocosas.</p>
<p>Quienes saben aseguran que no se deben arrancar fragmentos de roca para llevar de recuerdo porque hasta ese punto y ese momento llega la formación geológica.</p>
<p>Hay una segunda cámara más pequeña y oscura y, luego, la penumbra es plena. Las linternas no logran mantener vivos sus hilos de luz. Hay desniveles en ese viaje de unos doscientos metros por el vientre de la Tierra. A veces, es preciso agacharse porque los pasadizos no tienen la altura de una persona puesta de pie en todos los tramos. Es necesario amarrarse con sogas. En suma, allí se dan pasos de ciego.</p>
<p>Jorge cuenta que existe otra cueva pequeña, cercana a este sitio, pero la que tiene gracia es esta, la de los Solano.<br />
Jorge va a la casa a buscar lulos para regalarnos, pero regresa con un puñado de maracuyás. Dice que no cambia la tranquilidad de estos cerros por la agitación de la ciudad.</p>
<p>¿Fue su abuelo quien le contó la historia de los perros?, le pregunto.</p>
<p>“No. A mi abuelo ni siquiera lo conocí. Fue mi papá, Reginaldo Segundo Solano quien me la contó. Tiene más de ochenta años. Con él me reúno a conversar cada vez que quiero jalarme unos whiskys allá abajo, en Fonseca”.</p>
<p style="text-align: center;"><em>Fin de la crónica</em></p>
<p> </p>
<div id="attachment_1215" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3345.jpg"><img class="size-medium wp-image-1215" title="IMG_3345" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3345-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></a><p class="wp-caption-text">Entrada a la ranchería del resguardo Mayabangloma. Está en el ascenso de Fonseca a la Cueva de los Solano.</p></div>
<p style="text-align: right;"><strong><span style="text-decoration: underline;">Parajes entre dos serranías</span></strong></p>
<p style="text-align: right;">Distracción debe su nombre a que su fundador, Antonio María Vidal, en 1845, tenía su casa a la orilla del río Ranchería. Solía llegar allí porque, decía: “esta es la distracción de mi alma, esta es la distracción de mis ojos y esta es la distracción de mi espíritu”. Una casa de paredes blancas es considerada la más antigua. Es conocido el restaurante de Chenta, mujer llamada Inocenta, cuya especialidad es la gallina guisada y el bollo de maíz verde. Hay un puesto callejero: el de las “empanadas de mondá”.<br />
En Dibulla está el Santuario de los Flamengos.<br />
En Urumita, los ríos Marquezote y el Mocho se llenan de visitantes los fines de semana.<br />
En Manaure, Cesar, hace frío por el viento de la Serranía del Perijá. Subiendo montaña arriba, hay avistamiento de aves, de osos de anteojos y de dantas, animales con cuerpo de burro y cabeza de cerdo.</p>
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		<title>Historia de una ventana y de unos cantos al viento</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Dec 2012 17:09:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En La Guajira, la vida se cruza con las canciones. No podría ser distinto en la tierra de Diomedes Díaz.   La ventana marroncita, frente a la cual Diomedes Dionisio Díaz Maestre daba serenatas a su novia Patricia Acosta, en una de las esquinas centrales de La Junta, es realmente fea. Aunque, como dice el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><em>En La Guajira, la vida se cruza con las canciones. No podría ser distinto en la tierra de Diomedes Díaz.</em></p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<div id="attachment_1185" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1185" title="IMG_3392" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3392-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Casa de La ventana marroncita, en La Junta, corregimiento de San Juan del Cesar, La Guajira. </p></div>
<p>La ventana marroncita, frente a la cual Diomedes Dionisio Díaz Maestre daba serenatas a su novia Patricia Acosta, en una de las esquinas centrales de La Junta, es realmente fea. Aunque, como dice el dicho: “la suerte de la fea, la bonita la desea”: carente de gracia, quedó inmortalizada en la música de ese cantante.</p>
<p>El sentimiento que parece imprimirle al canto de dos temas en los que la menciona, Tres canciones, con Edelberto “El Debe” López, y Tu serenata, con Nicolás Elías “Colacho” Mendoza, le mueve a tratar con ternura ese breve rectángulo de menos de un metro cuadrado, de rejas y puertas metálicas, casi siempre cerradas para evitar la entrada de la polvareda del camino que se origina allí mismo y que conduce a la vereda Carrizal, donde nació y habitó el artista.</p>
<p>Y digo “con ternura”, porque el diminutivo suele ser usado por los enamorados para referirse a las cosas amadas.</p>
<p><span id="more-1183"></span></p>
<div id="attachment_1188" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-1188" title="IMG_3398" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3398-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Hernán Acosta, excuñado de Diomedes Díaz, de espaldas a la célebre ventana marroncita.</p></div>
<p>La primera canción mencionada dice:</p>
<p><em>Hágame el favor compadre “Debe”<br />
llegue a esa ventana marroncita<br />
toque tres canciones bien bonitas<br />
que a mí no me importa si se ofenden.</em></p>
<p>La otra:</p>
<p><em>Pero morenita de ojos negros<br />
¡hombe! asómate a la ventana ( bis )<br />
A la ventana, a la ventana<br />
¡Hombe! asómate morenita<br />
a la ventana, a la ventana<br />
¡Ay! A la ventana marroncita.</em></p>
<p>“Aquí, el que hable mal de Diomedes tiene un enemigo”, advierte Luis Gutiérrez, un fiquero que nos conduce a ver la “ventana marroncita”, como se conoce esta esquina juntera situada a unos metros de la iglesia de San Antonio de Padua —en esta, los lazos de las campanas caen por delante de la fachada blanca, al alcance de cualquiera—, y de la estatua de la Virgen del Carmen —la cual tiene a su alrededor ocho bancos de cemento, cada uno de ellos marcado con un nombre en bajorrelieve, el de uno de quienes participaron en la instalación del monumento: Familia Sierra, Familia Daza Flórez, Familia Morón Cuello, Elizabeth Gutiérrez de Sierra e Hijos, Familia Hinojosa, Familia Cuello Gutiérrez, Familia Hinojosa Sierra y Familia Daza Mazziri—.</p>
<div id="attachment_1189" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1189" title="IMG_3405" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3405-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Luis Gutiérrez, fiquero. Primo del Cacique de La Junta.</p></div>
<p>Luis, quien resulta ser primo del Cacique, señala con su índice derecho la casa sobresaliente, una construcción de material pintada de amarillo claro,  tejas de cemento, puertas y ventanas metálicas cafés que se antojan, además de pequeñas como ojos de oriental, escasas, y bañada en su frente por generosa sombra de árboles. En ese momento sale de su interior Hernán Acosta, hermano de la que fuera novia de Díaz Maestre.</p>
<p>Amable, con la soltura de quien ha contado esta historia varias veces, comenta: “en la casa no gustábamos de Diomedes. No queríamos para Patricia, que era una morena hermosa, un hombre así, cantante e irresponsable —hay una sonrisa mal dibujada en sus labios o más bien un rictus, como si la rabia hubiera quedado allá, en el pasado—. Había grabado muy poquitas canciones, El chanchullito, creo que se llamaba una de ellas —se refiere a un tema musical del primer disco de larga duración del Cacique: Herencia Vallenata, con el acordeón de Náfer Durán, en 1976—&#8230; Venía a darle serenata por esa primera ventanita del muro lateral de la casa, que daba al cuarto donde dormía ella. Lo hacía en compañía de su tío, Martín Maestre, quien a su vez estaba enamorado de una tía de nosotros. Una noche, armaron un escándalo del carajo con su música. Yo debía madrugar al día siguiente. No aguanté más. Salí a la puerta con una pistola de matar pájaros, hice dos disparos al aire y los dos serenateros salieron corriendo a esconderse ahí no más, en el río&#8230; Volvió el silencio, pero a la media hora estaban tocando de nuevo. Por eso, la canción dice: ‘a mí no me importa si se ofenden’”.</p>
<p>Hernán es el único de los Acosta que ocupa la vivienda, aunque no de manera permanente; solo la mitad de la semana, cuando acude allí por negocios.</p>
<div id="attachment_1191" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1191" title="IMG_3422" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3422-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Casa de Diomedes Díaz, en la vereda Carrizal, de La Junta.</p></div>
<p><strong>Los versos de Carrizal</strong><br />
En Carrizal, Curazao, Potrerito y La Peña, las veredas que conforman este corregimiento de San Juan del Cesar, en La Guajira, han vivido del fique. De su cultivo, de la extracción de la cabuya con técnicas artesanales de procedencia indígena y del tejido de mochilas —por cierto, la madre del cantantautor era tejedora de mochilas—, aunque de esto poco o nada dicen las canciones. El nombre del poblado obedece a que en su territorio se juntan los ríos Santo Tomás y San Francisco. Desde algunos sitios se ve un cachito blanco de nieve sobre los picos más altos de la Sierra Nevada.</p>
<p>El río Santo Tomás pasa detrás de la casa de la ventana marroncita. Es un afluente de aguas cristalinas y piedras grandes, y con algunas represas naturales que convidan a nadar o a recibir el chorro del Salto de La Junta. Desde la trocha polvorienta que nace junto a la casa, en la carretera central del corregimiento, se accede al cauce por una escalera de cemento que desluce el panorama.</p>
<p>Esta es la senda que lleva a Carrizal, vereda que deriva su nombre de amplias zonas ocupadas por el carrizo, una especie vegetal que crece hasta tres metros y tiene por flor una espiga amarillenta.</p>
<p>Antes de llegar hasta allí, digamos que allí y en toda La Guajira la gente habla con metáforas. Para decir que un amor está comenzando, dicen que está en oruga: cuentan que así estaba el del cantante con Patricia, en los tiempos de esas serenatas bulliciosas. Y para colmo, tienen influencia de los indios wuayúu, que en su idioma, el wayuunaiki, no hay palabras para designar algunos conceptos como amor, gracias, buenos días: sus hablantes se ven gratamente obligados a recurrir a símiles, metáforas y alegorías para expresar tales ideas.</p>
<p>Llegamos a Carrizal y a la finca del cacique de La Junta. Es una explanada encerrada con alambre de púas y con un portal de madera. En su centro hay una edificación de dos plantas de material, con amplios corredores sombreados en su frente y garajes en su costado. De paredes blancas, tiene grandes y copiosas ventanas. Su interior, que recorremos como si fuera nuestra casa, es espacioso, posee piso de ladrillo vitrificado café y paredes blancas. Goza de la frescura que da una abundante vegetación de helechos cultivada en los patios internos. Apenas sí vemos primero a una mujer y después a un hombre, andando como sonámbulos, quienes no se inmutan por nuestra presencia.</p>
<div id="attachment_1193" class="wp-caption alignleft" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-1193" title="IMG_3419" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/12/IMG_3419-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Graciela Maestre, tía del Cacique de La Junta.</p></div>
<p>En el segundo piso está la cocina. La canilla del lavaplatos echa agua de manera permanente e inevitable. Volvemos al primer piso. Sentada en una silla mecedora, hallamos a una mujer próxima a cumplir ochenta años, delgada y de cabello largo, dueña de una alegre garrulidad. Es Graciela Maestre, la mayor de las tías de Diomedes. “El talento de la familia viene por vía materna”, aclara. Simpática, da la bienvenida a los llegados como si fueran parientes o conocidos de siempre. Recita:</p>
<p><em>Cuando yo estuve pequeña<br />
todo lo encontré barato:<br />
Con centavos pagaba pan y queso.<br />
Ya los cincuenta pesos<br />
no me alcanzan ni pa’l guarapo<br />
pero estoy feliz y risueña<br />
porque los muchachos guapos<br />
me pasan estos malos ratos.</em></p>
<p>Un poco sorda, es cierto, aunque se adivina que no para asuntos musicales.</p>
<p>Luis le pregunta si el primo más célebre viene a visitarla. Ella contesta:</p>
<p>“Diomedes, el muchacho de Elvira, aprendió a versiar desde chiquito, como la tía y como el abuelo Gregorio. Sí, él  de pronto viene a saludarme. Nos vemos a veces. Y cuando estemos en el cementerio nos veremos siempre”.</p>
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		<title>Hay que contagiar pasión: Ernesto McCausland</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Nov 2012 18:58:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Publicaciones El Colombiano]]></category>
		<category><![CDATA[crímenes pasionales]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Ernesto McCausland]]></category>
		<category><![CDATA[Febrero escarlata]]></category>
		<category><![CDATA[john saldarriaga]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>
		<category><![CDATA[salderrio]]></category>
		<category><![CDATA[uxoricidio]]></category>

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		<description><![CDATA[(Nota publicada en El Colombiano, en 2004) El cronista barranquillero busca los temas confiando en sus corazonadas.  Febrero escarlata se basa en una ola de uxoricidios.   Como Ernesto McCausland tiene ahora esposa, dos hijas y un perro, sufre en los viajes largos más que antes, y espera con ansia la hora del regreso. Aunque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">(Nota publicada en El Colombiano, en 2004)</p>
<p><strong>El cronista barranquillero busca los temas confiando en sus corazonadas. <br />
</strong></p>
<p><strong>Febrero escarlata se basa en una ola de uxoricidios.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1178" title="FOTO # 09 (HORIZONTAL) FO2009LA VIDA DE POLO VALENCIABogotá, jul." src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/11/FO2009.--300x212.jpg" alt="" width="300" height="212" /></p>
<p>Como Ernesto McCausland tiene ahora esposa, dos hijas y un perro, sufre en los viajes largos más que antes, y espera con ansia la hora del regreso. Aunque asegura que de todos modos los disfruta bastante.</p>
<p>Eso dijo la tarde en que vino a Medellín y aprovechó para asomar su interminable humanidad por EL COLOMBIANO y hablar un poco de su novela <em>Febrero escarlata,</em> y de otras cosas del periodismo y de la vida.</p>
<p>De su novela, la historia de más de una docena de asesinatos ocurridos en Barranquilla en el mes más corto de hace 21 años, contó que si bien ese tema parte de unos hechos reales, la considera una obra de ficción y que, por tanto, cabalga en terrenos más decididamente literarios que periodísticos.</p>
<p><span id="more-1173"></span></p>
<p>Los uxoricidios en efecto sucedieron, pero él llenó de detalles ficticios algunos vacíos que había en ellos -&#8221;al fin y al cabo, en las investigaciones de los crímenes pasionales nunca se llega al fondo&#8221;- y tomó prestados algunos otros casos.</p>
<p>Mejor dicho, se dio las libertades del escritor, que el periodista no hubiera tenido.</p>
<p>El personaje principal está presente en todas las escenas del libro. Se llama Capeto Cervantes. Es un periodista de noticias y crónicas judiciales de un periódico llamado El Notición.</p>
<p>En ese ser reúne el autor a varios de los clásicos reporteros de esa apasionante pero no siempre bien querida área del periodismo, como Guillermo Franco Fonseca, Felipe González Toledo y, en el caso de Medellín, Mario Atehortúa. Es más, hasta el propio McCausland Soho se ve representado en Capeto Cervantes, porque él se desempeñó como periodista judicial para El Heraldo y, de hecho, le correspondió cubrir los crímenes que son objeto de su historia.</p>
<p>Ese personaje es un homenaje a esos reporteros &#8220;que se sumergen en las aguas del periodismo puro. Esos que tienen que dar la mayor cantidad de respuestas al lector, a diferencia de los demás periodistas, que si omiten algunas, la cosa no resulta tan grave ni tan notoria. Los que tienen que ser rigurosos, precisos en sus datos. No pueden equivocarse ni en el número de la calle en que sucedió un homicidio, porque alteraría la escena del crimen. Los que tienen que decirle al policía que les enseñe la cédula del sujeto para poder leer con sus propios ojos y no errar en ningún detalle. Los que tienen en la precisión hasta su seguridad, porque por una equivocación reciben llamadas amenazantes o, en otros casos, demandas; en fin, los reporteros de la crónica roja&#8221;.</p>
<p><strong>Técnica</strong><br />
Y a pesar de que hubiera tenido en suerte cubrir esos hechos, el cronista de Caracol no recurrió a sus libretas de apuntes y ni siquiera leyó las noticias o las crónicas que escribió sobre ellos.</p>
<p>&#8220;No sé, no me interesaba. Quería hacerlo así, como los recordaba. Y menos se me ocurrió ampliarlos, ni pensé en indagar más sobre los casos. Ahí me hubiera quedado por lo menos diez años enfrascado en esa investigación y yo quería escribir una novela&#8221;.</p>
<p>La novela está escrita en tercera persona y en pasado simple, como suelen escribirse las crónicas judiciales.</p>
<p>Ernesto citó a Fernando Vallejo, escritor a quien admira, para explicar que el narrador de <em>Febrero escarlata</em> no es como los que el antioqueño critica, es decir, como un dios que puede hasta meterse en las mentes de los personajes para saber lo qué piensan.</p>
<p>Esos narradores omnipresentes y todopoderosos, dice, restan verosimilitud a las creaciones literarias, porque los hace inhumanos.</p>
<p>McCausland resuelve esta situación con un narrador que puede semejarse más bien a un amigo íntimo de Capeto, que puede estar a su lado todo el tiempo viendo las cosas que él ve, oyendo las que él oye, sintiendo lo que él siente.</p>
<p><strong>Prepara otra novela</strong><br />
Ernesto McCausland ha dicho en todas partes que ésta es su primera novela. Pero aclaremos, ¿es la primera que escribe o la primera que publica?</p>
<p>&#8220;Hace tiempos intenté escribir una novela. Iba por la mitad, pero la abandoné. Me pregunté después por qué&#8230; La razón, me respondí, era que no la sentía. Y uno no puede escribir lo que no siente. Uno tiene que contagiar pasión con las crónicas que escribe y generarla cuando escribe una novela. La novela es un género que implica más compromiso por parte del autor&#8221;.</p>
<p>Por estos días, Ernesto considera la idea de escribir otra novela. Ya tiene el tema. Es una historia basada en un hecho criminal ocurrido en Medellín. El asesinato de un ser cercano a quien adoró en la vida.</p>
<p>En cuanto a sus crónicas, McCausland dijo que por ahora está feliz en la radio. Con las posibilidades que ésta ofrece.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p> </p>
<p><strong>Cómo elabora una crónica radial</strong><br />
Ernesto McCausland contó cómo suele hacer su labor de cronista radial.<br />
&#8220;Primero pienso en una historia que quiera atacar con toda mi alma. Para esto me dejo llevar, casi siempre, de una corazonada. A veces, claro, ésta falla y hay que abortar, pero por lo general funciona.<br />
En la entrevista actúa el sentido común. Y como casi siempre uno está de afán, pienso más en la calidad que en la cantidad de tiempo que tengo con el personaje.<br />
Al escribir, pienso en un lead fuerte, luego en una estructura lógica y, por último, una frase como dardo&#8221;.</p>
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		<title>¡Viva San Pacho!</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Nov 2012 16:26:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa urbana]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Fiestas]]></category>
		<category><![CDATA[Fiestas de San Pacho]]></category>
		<category><![CDATA[john saldarriaga]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Quibdó]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuento   PÍO QUINTO MENA murió en la breve noche producida por el último eclipse que veríamos en el segundo milenio por estos lados. Alcanzó a mirar en el cielo de Quibdó el fenómeno, a sentir cómo los pájaros se recogían en sus refugios, confundidos, y su cara morena, de por sí rolliza, se fue [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><em>Cuento</em></p>
<p> </p>
<p>PÍO QUINTO MENA murió en la breve noche producida por el último eclipse que veríamos en el segundo milenio por estos lados. Alcanzó a mirar en el cielo de Quibdó el fenómeno, a sentir cómo los pájaros se recogían en sus refugios, confundidos, y su cara morena, de por sí rolliza, se fue inflamando y enrojeciendo mucho más que aquella Luna que copulaba con el Sol. Se le dibujó una sonrisa de beatitud y dio gracias a Dios por permitirle ser testigo de la maravilla, majestuoso punto final a su existencia.</p>
<p>          A Pío Quinto no le cruzó por la mente que había escogido el peor momento para morirse. El pueblo estaba embebido ya en las fiestas de San Pacho, en las cuales suele decirse: “el que se murió, se jodió”.</p>
<p><span id="more-1155"></span></p>
<p>          -¿Para qué no respetó las palabras de la Presidenta de la Junta Organizadora en su lectura del bando? –exclamó su sobrina Annie, luego de enfundarse en el mejor de sus trajes, colorido y luminoso, su sombrero de plumas y unos zapatos suaves para salir a la rumba.</p>
<p>          -Niña, eres una desconsiderada –le fueron diciendo, una a una, sus cuatro hermanas, visiblemente asombradas de verla irse tan tranquila, a las fiestas. Pero al cabo de una hora, ellas también fueron desfilando una a una, atraídas por la alegría.</p>
<p>          Era cierto. En el bando, leído el 20 de agosto por una mujer armada de bastón de mando, el cual representa el acato de la autoridad, había quedado decidido, entre otras cosas, que la Alcaldía garantizaría el aseo del municipio durante las fiestas y la empresa de energía, la no suspensión del servicio. Además, se dictó una orden: a “los hombres les queda prohibido ponerle cachos a su mujer y a los ladrones, apropiarse de lo ajeno”.</p>
<div id="attachment_1163" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1163" title="fiestas de san pacho en quibdo choco.foto manuel saldarriaga." src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/11/fiestas-de-san-pacho-en-quibdo-choco.foto-manuel-saldarriaga-3-300x182.jpg" alt="" width="300" height="182" /><p class="wp-caption-text">Fiestas de San Pacho, Quibdó. Fotos: Manuel Saldarriaga</p></div>
<p>          En todo fue enfática. Sin embargo, en lo que su voz tronó con más fuerza fue en lo referente a los muertos. Como casualmente no faltan las muertes –naturales- justo antes o durante las fiestas, decretó:</p>
<p>          «Si alguien fallece, la familia del difunto inoportuno debe avisar sólo cuando terminen las celebraciones, o sea, el cinco de octubre, para que no se agüe la fiesta con aquel asunto tan engorroso». No hay tiempo que perder con esos ocurrentes a quienes les da por morirse para robarse el show. Porque, sin duda, para los buenos quibdoceños, lo más importante es su santo, a quien jamás llaman por su nombre completo, Francisco de Asís.</p>
<p>          Después del bando, en los corrillos de los mayores se hizo una remembranza del origen del ritual de San Pacho. Contaron al viento que fueron los Jesuitas, en cabeza de Fray Matías Abad, quienes, en 1648, celebraron una misa solemne en Unguía, al santo que le cantaba al Hermano Sol y, luego, armaron una balsa de canoas atadas y subieron el ícono Atrato arriba hasta Quibdó. Dijeron que la romería desembarcó un cuatro de octubre, su Día Universal, y que, por esta razón, San Francisco de Asís se convirtió en el patrono de los nativos de la zona del Atrato chocoano.</p>
<p>          En el corrillo del historiador Mosquera se oyó contar que el santo vivió entre los siglos XII y XIII, y que fue el autor del Cántico de las criaturas. De hecho, tanto los doce barrios inscritos oficialmente como los del repechaje, representan entre sus comparsas, algunos pasajes de la vida de ese hombre sagrado, en los cuales se le observa –a veces en vivo, a veces en imágenes- limpiando las heridas de Cristo, como si estos dos personajes se hubieran visto. Pero los hijos de la noche han explicado en otras ocasiones que con esto representan la caridad y el amor.</p>
<p>          -Bien dicho –dijo Annie ese día a sus cinco hermanas y a Antenor Guevara, el ingeniero más parrandero que se haya formado en Cartagena de Indias.</p>
<p>          -¿Recuerdan que mi abuela murió en un San Pacho? –preguntó el ingeniero cuando regresaban a casa después de la lectura del bando-. Ni porque no lo hubiera sabido. Tanto vivir y no aprendió a no morir en San Pacho. Pasamos con el féretro por un lado de la algarabía y después del entierro, al que no fuimos sino algunos escasos familiares de la viejita, no pretendíamos seguir en la farra. Sin embargo, nos fuimos a mirar no más el paso del desfile, creo que ese día le tocaba al barrio La Yesquita, nos fuimos contagiando de la cosa y los pies nos empezaron como a quemar y nadie sabe en qué momento estábamos bailando nuevamente en medio de la gente, como si tal cosa.</p>
<p>          Después del bando, desde el 20 de agosto hasta el 2 de octubre, se realizaron las alboradas. Hasta Pío Quinto participó en algunas de ellas, cuando su corazón se lo permitía. Sus ochenta y tantos años no fueron impedimento para que bailara con la vieja Carmen, la prieta viuda del pescador Orestes, y que le pronunciara arrumacos que la hicieran sonreír.</p>
<p>          Ahora, tras la muerte del tío y luego de salir de casa, lo primero que Annie hizo fue buscar a su amigo para contarle el anómalo suceso.</p>
<p>          -No te preocupes por eso, nena. Tenemos dos opciones. Una, lo que hicimos con mi abuela; dos, esperamos hasta el final del San Pacho.</p>
<p>          -¿Y si empieza a heder?</p>
<p>          -¿Heder? ¿Pero si no son sino tres días?</p>
<p>          -Pero con la temperatura y la humedad de esta tierra, el viejo hiede porque hiede.</p>
<p>          -Dime quién va a estar en casa durante estos días para soportarlo. Si quieres, le dices a tus hermanas que se vayan para la mía cada vez que quieran dormir, comer y echarse un poco de agua en la cara o en el cuerpo y santo remedio.</p>
<p>          Al momento, los dos amigos estaban hablando de las alboradas, con lo cual, puede decirse, sin haberlo mencionado, habían optado por la segunda alternativa.</p>
<p><a href="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/11/fiestas-de-san-pacho-en-quibdo-choco.foto-manuel-saldarriaga..jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-1164" title="fiestas de san pacho en quibdo choco.foto manuel saldarriaga." src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/11/fiestas-de-san-pacho-en-quibdo-choco.foto-manuel-saldarriaga.-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a></p>
<p>          -La mejor fue la de Cristo Rey–dijo Annie-. Mi barrio. Celebra la alborada el quinto día y puede decirse que desde ahí comienza el San Pacho.</p>
<p>          -Prefiero la representación crítica de La Alameda, en torno a la ecología –repuso el ingeniero.</p>
<p>          Quibdó resulta pequeño durante las fiestas. Incontables son las veces que lo recorren bailando y bebiendo desde la Iglesia hasta el barrio La Esmeralda, volteando por El Silencio –que por estos días no hace honor a su nombre-, bajando hasta tomar la entrada del Tomás Pérez y Kennedy hasta la catedral de San Pacho y nuevamente al Parque Centenario. Es la ruta franciscana, el recorrido oficial.</p>
<p>          Se otorga un día para cada barrio y es cuando cada familia ofrece a lugareños y fuereños licor, música y sancocho hasta el amanecer, como réplica de la generosidad del Santo.</p>
<p>          Cuando Annie Mena pasó bailando por su casa, en medio de una multitud excitada fue cuando volvió a pensar en su tío muerto. Y aunque no pasaba por su mente ni un poco de remordimiento por dejarlo ahí, alcanzó a pensar qué dirían los fiesteros al verlo en la entrada de su vivienda. El viejo era tan conocido por todos… Con su habilidad para componer articulaciones; sus rezos para mejorar la suerte; sus recetas de hierbas medicinales para todas las enfermedades, las cuales preparaba con plantas que buscaba personalmente internándose en la selva, todo el mundo tenía que ver con él. Qué dirán, pensaba Annie, sabiendo que en estas celebraciones es preciso pasar tantas veces por la casa. Verlo allí siempre, tal vez inquiete a los participantes. Dio un codazo a su amigo y ambos salieron por un momento del baile para detenerse junto a Pío Quinto.</p>
<p>          Éste tenía la misma mirada de beatitud con la cual murió. Dirigida al cielo, esos ojos abiertos no parecían muertos. Y esa sonrisa eterna dibujada en sus labios, era el centro de un rostro redondo y feliz. Justo cuando el desfile estaba frente a él y algunos de los bailarines giraban su cara para mirarlo, se oyó cantar el himno de Madolina Rentería:</p>
<p>                    <em>Qué viva la fiesta<br />
                    que viva Quibdó<br />
                    que viva San Pacho<br />
                    nuestro protector…</em></p>
<p>          -Ayúdame a entrarlo. Cógelo tú de los brazos; yo, de los pies. Y lo llevamos para la última pieza. O, mejor, para el patio de atrás.</p>
<p>          Antenor se quedó mirándolo un instante y dijo:</p>
<p>          -No veo la razón de llevarlo atrás.</p>
<p>          -Yo sé, estamos en fiesta y el que se murió se jodió, pero, no sé, por consideración a los fiesteros.</p>
<p>          -Míralo bien. Ese rostro sonriente, esos ojos festivamente abiertos… a nadie van a atormentar. Quienes lo vean creerán que está disfrutando del San Pacho. Y, en el fondo, creo, eso es lo que él hubiera querido: ver pasar el santo, sentirse entre la gente.</p>
<p>          -¿No crees que él sepa que está muerto?</p>
<p>          -No lo sé, pero creo que él lo preferiría así.</p>
<p>          La mujer lo observó un momento. Se dio cuenta de que apenas ahora lo miraba muerto. No se había hecho a la idea de que su tío ya no estaría más con ella. Le contó a Antenor su primer recuerdo de las Fiestas de San Pacho: en él está ella, apenas una niña, todavía sin aprender a hablar, montada sobre los hombros del tío, en medio de la gente y de la algarabía. Jamás había conocido a nadie en la vida que disfrutara tanto de esa festividad como él. La esperaba durante el año. Separaba sus mejores trajes. Alistaba su clarinete.</p>
<p>                    <em>Qué viva la fiesta<br />
                    que viva Quibdó<br />
                    que viva San Pacho<br />
                    nuestro protector…</em></p>
<p>          El canto coral se oía lejano. Como si ya hubieran dado la vuelta en la esquina de la casa de Petronio Guevara, el papá de Antenor.</p>
<p>          -Pero no nos pongamos sentimentales –dijo el hombre-. El cinco de octubre hablaremos del viejo Pío. Y los dos corrieron a alcanzar su comparsa.</p>
<p>          En otro de los recorridos, al pasar por la casa del hierbatero, Antenor Guevara fue quien hizo señas a Annie de la singular escena. Dos muchachos que apenas estrenaban su cédula de ciudadanía y su cartón de bachilleres, dos amigos inseparables del viejo Pío Quinto, estaban sentados a su lado, bebiendo licor. En el momento en que los fiesteros llegaron, los dos jóvenes abrazaban al mayor y lanzaban vivas a san Pacho. Inquietos, los dos bailarines dejaron la comparsa para percatarse de si debían contarles que su amigo Pío Quinto Mena, con quien salían a rumbear en sus motocicletas ruidosas y a quien dejaban de nuevo en su casa solamente cuando estaba caído de la borrachera, había muerto.<br />
 <br />
          -Tómate un aguardiente, viejito. No seas rogado. Es el buen chirrinchi del alambique de Petrona Nisperusa, que tanto nos gusta.</p>
<p>          -Déjalo, cabrón, que está bien jaladito. Más bien ayudémosle a entrar a la casa y a encontrar su cama para dormir.<br />
 <br />
          -¡Qué dormir ni qué cuentos! Abre la boca, viejo. ¿O hay que sujetarte de la ternilla?</p>
<p>          La sobrina vio cómo los dos muchachos le abrían un poco la boca y le arrimaban la copa y le vertían aguardiente, el cual, indefectiblemente, iba saliendo por una de las comisuras, la izquierda, lado hacia el cual el anciano estaba levemente inclinado, y terminaba por mojarle la ropa. Ellos, tan ebrios como estaban, no se daban cuenta de que todo el líquido se perdía.</p>
<p>          -¡Hola, Annie Mena! ¿Mena para qué? –bromeó uno de ellos mirando con ojos lujuriosos a la bella mulata.</p>
<p>          -Mena para todo –respondió el otro-. ¿Acaso no ves lo mena que está la sobrinita del viejo Pío. –Y dirigiéndose a éste, añadió:- Ahora no te vas a enojar, viejito, por molestar a la nena, que con esa pea no puedes ni con la salud de un gato.</p>
<p>          -Déjenlo tranquilo –dijo la mujer.</p>
<p>          -Sí, déjenlo durmiendo tranquilo. ¿No ven que ya no se tiene en pie?</p>
<p>          -Miren, se acaba de orinar los pantalones. Vámonos, Teo, que el viejo Pío no da más. Mañana será otro día.</p>
<p>          Cuando los muchachos se fueron, Annie dijo seriamente a Antenor:</p>
<p>          -No sé si es tan buena idea esa de dejarlo aquí, en el corredor de afuera, a la vista de todo el mundo.</p>
<p>          -No importa si está a la vista de todo el mundo; lo importante es que todo el mundo está a la vista suya. ¿No notas lo bien que se ve? Si no fuera porque yo sé que está muerto, diría que está disfrutando de lo lindo. Más bien, ayúdame a cambiarle de postura, para que cuando el desfile vuelva a pasar por aquí, nadie sospeche de su gozosa quietud. Arrimémosle la silla al muro, como si hubiera buscado la sombra… Ahora, enderecemos su cabeza para que mire de frente a los bailarines. Tráeme un palito… no, un palito no, más bien algunas ramas aromáticas de las que él mantiene, de tal forma que le sostengan el mentón, al tiempo que lo perfumen, por si acaso hiede, como tú decías… Dime si no se ve mejor que nunca.</p>
<p>          -Déjame traerle también el clarinete.</p>
<p>          Era de noche cuando la caravana volvió a pasar frente a Pío Quinto Mena. No pocos fueron quienes levantaron una mano y en ésta esgrimieron su sombrero para saludar al viejo hierbatero que los veía pasar, sonriente, desde el corredor de la casa. Sabían que había estado algo achacoso en los últimos días y, por eso, a nadie se le ocurrió extrañar que no participara más directamente de las fiestas, como todos los años. Antenor y Annie estaban embadurnados de harina de trigo. Arrojaban puñados de este polvo blanco a otros participantes. De pronto, el hombre acercó su boca al oído de su amiga para preguntarle:</p>
<p>          -¿Ves lo que yo veo? ¿Quién es esa mujer que está con tu tío?</p>
<p>          La chica se detuvo bruscamente para observar.</p>
<p>          -Ah, es su novia, la viuda del viejo Orestes, el pescador de meros.</p>
<p>          Y, otra vez, dejaron la caravana para acercarse a la escena que los inquietaba.</p>
<p>          -… y ¿te acuerdas, negrito, del juego de la vacaloca?</p>
<p>          La viuda comentó que hasta hacía unos siete años existía un juego en el cual ataban un par de cuernos de vaca a costales previamente embadurnados de brea. Ese bulto era remolcado por algunos hombres, casi siempre borrachos. A los costales les prendían fuego y así, la vaca flameante hacía lo posible por embestir a los fiesteros, algunos de los cuales se defendían del seudoanimal, no con mantas o capotes como en las corralejas, sino con una vara larga que con esfuerzo metían entre los cachos para desestabilizar al conductor. La vacaloca fue prohibida por el peligro que representaba.</p>
<p>          La viuda no detuvo su habladuría con la llegada de los dos jóvenes.</p>
<p>          -Yo mismo vi uno o dos quemados separarse de la farra por ese jueguito –intervino Antenor-. Lo peor es que no se ha hecho nada, menos riesgoso, para remplazarlo. Habrá que pensar en algo.</p>
<p>          Como si no le hubiera escuchado o no le importara su presencia, la mujer siguió diciendo:</p>
<p>          -Recuerdo que Orestes y tú, que habías quedado viudo hacía tantos años… ¡ay, la niña María!, que Dios la tenga en la Gloria…, se buscaban siempre para tomar aguardiente y, más aun, en las Fiestas de San Pacho. Se correteaban por turno el uno al otro con esa vaca del demonio, siempre flameante, y después, caídos de borrachos terminaban en mi rancho más muertos que vivos. Y a mí me tocaba desnudarlos a ambos, quitarles esas ropas chamuscadas y sucias y cambiarlos por otras limpias para que durmieran bien, como si yo fuera la mujer de los dos. Y, claro, por eso, la otra noche, cuando te metiste al rancho, te dije que yo ya sabía lo que me esperaba, que yo ya te conocía a ti completito, completito. Y hasta pude describirte, antes de que te quitaras los calzoncillos, lo bien dotado que estás, bribón, y los lunares grandes que tienes ahí abajo. Espero que mañana, último de san Pachito, te prepares dos coctelitos de chotaduros, nonis sanagua y cuantas plantas quieras, para que por la noche rompamos el catre. ¡No vas a creer que porque una esté vieja está muerta! No señor.</p>
<p>          Y la vieja recostaba amorosamente su cabeza sobre el hombro del viejo Pío. “Ni tan pío el muy bandido”, pensó Annie tras escuchar semejantes cuentos de la viuda del pescador, quien no paró mientes en la presencia de esos dos seres blanqueados de pies a cabeza.</p>
<p>          -Vámonos –le dijo a su amigo y dejaron solos a los dos viejos en la penumbra.</p>
<p>          Así pasaron hasta que amaneció el día de la gran resaca. Antenor Guevara llegó antes del mediodía a la casa de los Mena. Saludó a Pío Quinto, solo a esa hora. Vio, en el pasamanos del antejardín, tres botellas de licor vacías y una a medio llenar, y, en el suelo decenas de colillas de cigarrillos.</p>
<p>          -Se nota que no te han dejado solo ni un momento, viejo Pío. Ahora quién te va a hacer ir para el otro lado, si aquí te quieren tanto, ¿ah?</p>
<p>          La puerta estaba abierta. El ingeniero traspuso el umbral y percibió el silencio de una casa habitada por mujeres durmientes. Dio un largo silbido para despertar a Annie. La mujer salió en breve de su cuarto, despeinada y descalza, vestida apenas con una camisa que le venía un poco larga y ancha, como si la hubiera heredado de su tío y a través de la cual se notaban sus senos bailando sin sostén. Sus piernas estaban desnudas. Ante aquel amigo que resultaba para ella poco más que un hermano, no sentía el menor pudor.</p>
<p>          -¿Hace rato estás ahí?</p>
<p>          -Hoy es el día del tío. Yo me encargo de los trámites. Me voy ya mismo a hablar con el funerario, el cura y el sepulturero para que todo esté listo para esta tarde.</p>
<p>          -Y háblate también con el paisa, para que dé una vuelta por el pueblo con su altavoz pregonando la muerte del tiíto.</p>
<p>          -Tú, entre tanto, despierta a esas hermanas que de poco sirven y cambien de ropa al viejo. Bañen su cuerpo con agua de rosas y esencias porque ahora sí, Annie, está pasadito.</p>
<p>          -¿Para qué? ¿Esas cosas no las hace el funerario?</p>
<p>          -Qué va. Si lo hacemos nosotros, nos ahorramos unos pesos. Sólo le compramos el cajón, dos carteles para invitar a las exequias, uno para recostar en la entrada de esta casa y otro en la de la iglesia.</p>
<p>          -Pero espérate nos tomamos un café.</p>
<p>          -Dame, más bien, limonada.</p>
<p>          Los efectos del pregón del paisa no dieron espera. Antes de las dos, frente a la casa de Pío Quinto se arremolinó una multitud de curiosos entristecidos. La viuda Carmen se abrió paso a empellones, por entre la gente y llegó llorando hasta la sala de la vivienda, donde estaba el hierbatero tendido en una mesa, vestido de blanco hasta los zapatos. El elegante traje que él pensaba estrenarse en la primera noche de San Pacho.</p>
<p>          La viuda le clavó una rosa roja en el ojal. Lo abrazó llorando y dijo:</p>
<p>          -Mira, Annie. Ahora soy viuda de dos.</p>
<p>          Cuando Antenor Guevara llegó, en la multitud ya se había formado un comité. En él estaban los dos muchachos compañeros de tragos, una mujer de la entrada de la selva que, según dijo, atendía a Pío Quinto cuando éste se internaba en ella en busca de plantas, cortezas, hojas y frutas medicinales, y el boticario. Plantearon que el finado no podía irse así no más, después de haber llevado una vida entregada a la comunidad, llevándole salud con sus saberes naturales. Una vida entregada a la fiesta, a la alegría, siendo el alma del San Pacho. Ya estaba decidido: le harían un desfile por la ruta franciscana. Recorrerían La Esmeralda, voltearían por El Silencio, bajarían hasta la entrada de Tomás Pérez y Kennedy y arribarían a la catedral de San Pacho.</p>
<p>          -¿Cargaremos el féretro por todo el pueblo? –preguntó el ingeniero.</p>
<p>          -Tranquilo, viejito, que nosotros dos nos encargaremos de eso –dijo uno de los amigotes de Pío.</p>
<p>          -Por mí, está bien. Sólo falta convencer a Annie.</p>
<p>          Como el primer día de fiesta, el cinco de octubre Quibdó no cabía dentro de su piel morena, sudorosa por la cercanía de la selva húmeda. Un desfile que parecía no tendría fin, estaba encabezado por el cura, quien no vio nada anómalo en la propuesta, y una carretilla de madera, la que el hierbatero usaba para traer sus plantas desde la selva y que según se supo, dejaba guardada siempre donde la mujer que apenas descubrían. Encima de la carretilla, decorada con flores y hierbajos, iba Pío Quinto Mena, sentado y luciendo su mejor sonrisa, su mirada de beatitud que no se había extinguido. Parecía un rey paseándose glorioso por su reino. Al lado derecho, Carmen, la viuda de Orestes, seguida por Annie y sus hermanas. Al izquierdo, la mujer de la selva. El coche era conducido por uno de los muchachos, mientras el otro sostenía erguido al viejo Pío.</p>
<p>          El sacerdote, valiéndose del megáfono del paisa, encabezaba algunas oraciones. Pero no bien hacía una pausa, la multitud entonaba canciones festivas. Volvió a escucharse el himno de Mandolina Rentería. Al pasar por El Silencio, una nube cubrió la caravana. ¿De dónde habían sacado toda esa harina? Se preguntó Antenor Guevara.</p>
<p>          -¡Viva Pío Quinto! –gritaba un cargador.</p>
<p>          -¡Viva!</p>
<p>          Cuando llegaron a Kennedy, cundió la alarma: el chirrinchi de Petrona Nisperusa se había agotado. No se conseguía una botella ni para remedio. De modo que, resignados, tuvieron que tomar trago oficial. Sólo el sacerdote parecía sobrio.</p>
<p>          El desfile se detuvo antes de entrar al templo. Un grupo de cantaoras entonó alabaos. El protagonista fue descendido de la carretilla y puesto entre el cofre, que había permanecido allí, en el umbral del templo, toda la tarde, custodiado por el funerario. Sólo en este momento, los quibdoceños parecieron entender que en efecto, Pío Quinto Mena, su hierbatero, su parrandero, su enamorado, su más ferviente fransiscano había muerto.</p>
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		<title>En el Hospital Mental sueñan con la libertad</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Oct 2012 20:18:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Publicaciones El Colombiano]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Hospital Mental de Antioquia]]></category>
		<category><![CDATA[john saldarriaga]]></category>
		<category><![CDATA[locos]]></category>
		<category><![CDATA[Manicomio]]></category>
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		<description><![CDATA[Sandra pinta dos aves coloridas en un papel blanco, valiéndose de pinceles y acuarelas. Una grande y otra pequeña. Ambas tienen sus alas desplegadas. “Los pájaros en libertad&#8230; Por ahí va mi locura”, dice sonriente. Es una chica de 20 años, tez trigueña y cabello oscuro y largo, del cual caen bucles sobre su frente. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sandra pinta dos aves coloridas en un papel blanco, valiéndose de pinceles y acuarelas. Una grande y otra pequeña. Ambas tienen sus alas desplegadas. “Los pájaros en libertad&#8230; Por ahí va mi locura”, dice sonriente.</p>
<div id="attachment_1136" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1136" title="aloco6" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/aloco6-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">“En Semana Santa y Navidad aumentan los pacientes. Por misticismo o porque en parranda olvidan darles la medicina”: Juan Carlos Tamayo Suárez, gerente.</p></div>
<p>Es una chica de 20 años, tez trigueña y cabello oscuro y largo, del cual caen bucles sobre su frente. Está recluida en el Hospital Mental de Antioquia y pasa horas en el taller de artesanías, el mismo que el personal médico llama zona de terapia ocupacional.</p>
<p>Solo aparta los ojos de su obra unos segundos para verme mientras emite las frases y en ese breve tiempo observo su mirada tranquila, sin restos de perturbación, y oigo dos palabras que son el eje temático de los internos del recinto, libertad y locura, no solo ahora, sino desde ese lejano 1878 cuando surgió con el nombre de Casa de Locos.</p>
<p><span id="more-1127"></span></p>
<p><strong>Libertad</strong><br />
Ha sido tan recurrente la idea de libertad, que hace tres décadas, Raúl Gómez Jattin, el poeta del Sinú, recluido en la misma sede donde está Sandra, oliendo los mismos olores a caldos que salen de las cocinas a las horas previas a las comidas, descansando en los mismos dormitorios colectivos, viendo el mismo suelo ajedrezado, pero no en compañía de 250 enfermos, como hoy, sino de 1.500, escribió su poema <em>Pájaro,</em> incluido en Legado de un poeta: <em>En la clínica mental vivo/ un pedazo de mi vida./ Allí me levanto con el sol/ y entre tanto escribo/ mi dolor y mi angustia./ Sin angustias ni dolores/ ataraxia del espíritu/ en que mi corazón/ como una mariposa/ brilla con la luz/ y se opaca como un pájaro/ al darse cuenta/ de los barrotes que lo encierran.</em></p>
<div id="attachment_1141" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1141" title="aloco3" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/aloco3-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">En el tratamiento, el apoyo familiar es fundamental. Sin embargo, hay algunas personas que todavía ven en el Hospital el sitio donde se “desencartan” del enfermo. Fotos: Henry Agudelo</p></div>
<p>No solo los artistas sueñan con libertad; a algunos internos los oprime el encierro, a pesar de que hoy el Mental no es el lugar sórdido de antes, sino un sitio aseado y bien iluminado, donde los procedimientos siquiátricos son modernos y el trato, humano.</p>
<p>Enfermeras como Gloria Castaño Mejía, del pabellón de Pensionados, dicen que unas personas se fugan. De modo que cuando vuelven al Hospital, guiados por parientes o por su propia iniciativa, al sufrir otra crisis de enfermedad -esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión, intentos suicidas, demencia, trastorno postraumático o sicosis- carecen de derecho a salir a andar por los campos de la clínica. No salen del pabellón; solo pueden estar en el dormitorio, el patio y el comedor.</p>
<p>Justo después de hablar con Gloria, la enfermera, vamos al patio donde los pacientes que llevan menos de una semana de haber entrado, esperan sentados el paso de las horas y la llegada de la lucidez. Uno de ellos, dueño de una mirada pesada, hablar y movimientos lentos, me aborda: “doctor, cuándo me va a dar salida. Llevo aquí más de un año”. El tiempo es relativo y más en una mente agitada: la enfermera revela que él no tiene allí más de tres días.</p>
<p>Piensan en fuga, a pesar de que en el nuevo modelo de tratamiento, según explica el gerente del Hospital, Juan Carlos Tamayo Suárez, los pacientes están en el Mental “solamente mientras se atiende su crisis”:  el promedio de estancia de ellos es de 16 días. Atrás quedó el concepto de asilo, en que los enfermos permanecían por meses o años. Y ya no usan camisas de fuerza.</p>
<div id="attachment_1143" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1143" title="IMG (5)" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/IMG-5-300x181.jpg" alt="" width="300" height="181" /><p class="wp-caption-text">Manicomio en su sede del Alto de Bermejal, Aranjuez, en el nororiente de Medellín.</p></div>
<p>En la historia del Hospital, publicada en la Revista Epidemiológica de Antioquia (volumen 29, número 1, de 2007), se lee que, fundado en el gobierno de Tomás Rengifo Ortiz como entidad de caridad, el tratamiento que les daban era deplorable. En un informe de J. Baltasar Melguizo, síndico del Centro, en 1890, aparece:</p>
<p>“Con esos pobres enajenados no se está haciendo ahora sino quitándolos de la sociedad, para que no estorben; pues, aparte del beneficio de la alimentación y el vestido, no se les hace otro”.</p>
<p>Tamayo Suárez dice que hoy “atendemos las necesidades básicas de la persona, la alimentación, la medicación, la recreación, con un trato humano, sin uso de fuerza, como se hacía en tiempos pasados”.</p>
<p><strong>Locura</strong><br />
Ha sido también recurrente la idea de locura. A juzgar por la expresión de la mirada y por su sonrisa, Sandra parece consiente del doble sentido en el que la emite: uno, el que corresponde al sitio donde se halla; dos, el que se usa comúnmente para referirse a una pasión que no es enfermiza.</p>
<div id="attachment_1150" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-1150" title="IMG_0001 (4)" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/IMG_0001-41-300x197.jpg" alt="" width="300" height="197" /><p class="wp-caption-text">Esta era la &quot;Casa de Locos&quot;. En la entrada con alguna dificultad se alcanza a ver al poeta Epifanio Mejía. Foto: Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín.</p></div>
<p>Para hablar de esta palabra acudiremos al huésped más ilustre que ha tenido el Hospital: Epifanio Mejía. Ocupó las cuatro sedes iniciales en 35 años de reclusión: entre Palacé y Junín, Maracaibo con Girardot, La Playa con Córdoba, Pichincha con Pascasio Uribe –por el Parque de Boston- y Bermejal –donde hoy está Comfama de Aranjuez-. Manso y melancólico, le dijo a Juan B. Jaramillo Meza, poeta manizaleño, que veía en su celda a Amelia, mujer a quien quiso.</p>
<p>Y escribió: <em>Amelia era sencilla, dulce y buena;/ murió, pero aquí vive, en mi consuelo;/ y dicen que estoy loco&#8230; Esa es mi pena.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Rutina</strong><br />
Sandra se levanta temprano todos los días. Aunque se despierta a las seis de la mañana, no sale del dormitorio sino a las siete porque a esta hora llegan las enfermeras del día. No tienen que motivarla para que se bañe. Eso sucede más que todo con los recién llegados, que han abandonado la disciplina. Antes de las ocho está lista para ir al comedor, a desayunar y tomar medicamentos, pero debe esperar un poco, con otros internos, que les sirvan primero a quienes llevan dieta especial. Como no fuma, después del desayuno no va al patio, sino de una vez al taller. Le gusta tanto pintar, que cumple, claro, con el almuerzo, recibe la visita de sus familiares hasta las cuatro y, luego, vuela otra vez a seguir pintando. Más tarde, cena, toma los medicamentos y en vez de ver televisión, se va a su cama a pensar en pájaros en libertad y se queda dormida.</p>
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		<title>Cerros de discos para endulzar la vida</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Oct 2012 19:09:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Salderrio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dicen algunos, entre ellos Jaime Jaramillo Panesso, que los coleccionistas de música se distinguen de los melómanos porque entre más ruido arenoso se oiga en los discos, más les gusta. Gustavo Escobar Velásquez, coleccionista e investigador de música vieja y tangos, ríe por esa afirmación, pues entiende que encierra una caricatura, una broma del gardeliano, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen algunos, entre ellos Jaime Jaramillo Panesso, que los coleccionistas de música se distinguen de los melómanos porque entre más ruido arenoso se oiga en los discos, más les gusta.</p>
<div id="attachment_1113" class="wp-caption alignleft" style="width: 261px"><img class="size-full wp-image-1113" title="BColeccionistas Música" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/BColeccionistas-Música26671603.jpeg" alt="" width="251" height="192" /><p class="wp-caption-text">Gustavo Escobar Vélez</p></div>
<p>Gustavo Escobar Velásquez, coleccionista e investigador de música vieja y tangos, ríe por esa afirmación, pues entiende que encierra una caricatura, una broma del gardeliano, pero termina diciendo: “eso es mito, no somos así&#8230; Ah, pero el scratch al que él se refiere, ese sonido arenoso, es como el buqué del buen vino”, y él mismo celebra este comentario que le da la razón al satírico.</p>
<p>Marina Quintero, coleccionista de vallenatos, dice: “me encanta el buen sonido, el sonido brillante. Sé que a algunas personas, ese sonido áspero producido por el desgaste de las pastas, les genera añoranza”. Y agrega: “tengo una joya titulada Cuando el tigre está en la cueva, de Pacho Rada, posee buen sonido, pero tiene un pedacito partido en el borde, de modo que se me pierde un tema en cada lado, pero no lo voy a desechar por eso”.</p>
<p><span id="more-1105"></span></p>
<p>Ese sonido, que Jaramillo Panesso compara con el que se produce al freír papas, se debe a que son discos con los surcos muy anchos. Los usuarios de esas pastas no cambiaban frecuentemente las agujas de los tocadiscos en que sonaban y las agujas romas terminaron por dañar los surcos. Es frecuente que los discos de los pianos de los bares suenen con asperezas.</p>
<p>Lo ideal es un buen sonido, brillante, nítido, coinciden en decir los coleccionistas, pero si la pieza musical que se obtiene es única y presenta este defecto, ¿qué otro remedio hay que escucharla así? Explican.</p>
<div id="attachment_1116" class="wp-caption alignright" style="width: 276px"><img class="size-full wp-image-1116" title="CSALSA1" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/CSALSA11.jpg" alt="" width="266" height="179" /><p class="wp-caption-text">Sergio Rendón</p></div>
<p><strong>Inicios</strong><br />
Corría el año 1978 cuando Sergio Rendón se dio cuenta de que quería ser coleccionista de salsa. El dueño de El Son de la Loma, bar sonero en Envigado, ya había adquirido algunos discos de larga duración, unos 200, desde años antes, empezando, no se le olvidará jamás, con el de Héctor Lavoe titulado La voz, sin tener todavía en qué escucharlo. En 1978 hizo consciente este placer. Se inspiró, seguramente en su padre, Juan Rendón, melómano, y además, en Álvaro Quintero, un coleccionista que se especializaba en música de la Sonora Matancera.</p>
<p>Marina recuerda que comenzó conscientemente su colección en 1976. Sin embargo, fue un inicio difícil: “presté a una persona muy querida las colecciones completas de Alfredo Gutiérrez y de Alejo Durán y las perdió”.</p>
<div id="attachment_1112" class="wp-caption alignleft" style="width: 208px"><img class="size-full wp-image-1112" title="BColeccionistas Música" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/BColeccionistas-Música26671605.jpeg" alt="" width="198" height="276" /><p class="wp-caption-text">Carlos Mario Restrepo</p></div>
<p>Carlos Mario Restrepo, coleccionista de música vieja y cumbias, cuenta que fue motivado por su papá, melómano, que se dedicó al culto por la música. Que al principio, cuando iba de cacería de algunos ejemplares en sitios donde sus dueños habían decidido vender los discos de 78 revoluciones por minuto, los coleccionistas viejos escogían primero que él. Y cuando creían que se habían llevado lo mejor y todo en pastas de fabricación extranjera, entraba él y separaba discos prensados en el Eje Cafetero y otras zonas del país, menos valorados entonces: “hoy, todas esas producciones son importantes”.</p>
<p>Jorge Giraldo Ramírez, coleccionista de rock, comenzó con discos de 45 revoluciones por minuto: “creo que fueron Samba pa ti, de Santana; More than filling, de Boston, y Jesús Christ Superstar”.<br />
<strong>Loros que comparten</strong><br />
Los cinco melómanos coinciden en afirmar que el objetivo del coleccionismo no es alardear de lo que se tiene, sino compartir y difundir esas piezas que conforman su discoteca, sin egoísmos ni misterios.</p>
<p>Ellos dicen que son escasas las personas identificadas en ese gusto por tener una amplia discoteca, que practiquen el egoísmo o sean misteriosas para divulgar sus rarezas y su música en general. “Yo soy un loro –dice Jorge-. Y los demás coleccionistas también lo son. Participo en encuentros y foros a los que me invitan y si no me invitan, invento el foro”.</p>
<p>Las discotecas de cada uno de estos coleccionistas superan con mucho las tres mil piezas musicales y las 20.000 canciones, pero si bien la cantidad es importante, gozan más con la calidad de lo que poseen. Con las rarezas.</p>
<p>Gustavo tiene entre sus joyas La Marsellesa, el himno francés, grabado en un disco de 78 revoluciones por minuto, publicado por la RCA Victor en 1914, y la opereta cómica La mascota, de Pipo y Betina.</p>
<div id="attachment_1118" class="wp-caption alignright" style="width: 253px"><img class="size-full wp-image-1118" title="D" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/pmarina21.jpg" alt="" width="243" height="174" /><p class="wp-caption-text">Marina Quintero</p></div>
<p>Carlos Mario disfrutó un tiempo con una canción llamada María, una joya que le cedió un día Gustavo y, después, cuando encontró a alguien que gozaba todavía más que él, se la regaló; Sergio, con Las siete potencias, de Loule Sánchez y Ricardo Marrero, y la voz de Julio César Pérez; Dios los cría, de Rafael Cortijo y la voz de Ismael Rivera, y Bobbie Valentín va a la cárcel: tres trabajos discográficos de mediados de la década de 1970; Marina, con más de diez versiones de La casa en el aire, de Rafael Escalona: “una me gusta por una cosa; otra, por otra y así”; Jorge, con la música de la banda inglesa Radioheat y del cantante gringo Bruce Springsteen.<br />
<strong>Investigación y goce</strong><br />
Los coleccionistas son, en general, investigadores. Nadie se conforma con tener un disco; este le genera curiosidad a su dueño. Saber qué hay detrás de él. Compositores, intérpretes, épocas. Por eso complementan su tesoro, los discos, con libros, cancioneros y revistas. Preparan encuentros y tertulias en las que comparten los conocimientos.</p>
<div id="attachment_1119" class="wp-caption alignleft" style="width: 230px"><img class="size-medium wp-image-1119" title="fseguridad" src="http://www.ecbloguer.com/salderrio/wp-content/uploads/2012/10/Jorge-Giraldo-3.jpg-220x300.jpg" alt="" width="220" height="300" /><p class="wp-caption-text">Jorge Giraldo Ramírez</p></div>
<p>Carlos Mario y Sergio tienen la música para deleitar a la gente en sus bares; Jorge escribió el libro Medellín en Vivo, La Historia del Rock en Medellín, en 1997 y tiene el blog Amaranto, en el que incluye una selección de artículos musicales; Marina y Gustavo realizan programas radiales sobre sus respectivos géneros: el de ella es Una voz y un acordeón, que se transmite los viernes a las 7 de la noche; el de Gustavo, Al Compás de los Recuerdos, que se oye los domingos a las 12 del mediodía, ambos por la Emisora Cultural Universidad de Antioquia, 1.410 AM., y Sergio se encarga de redactar el perfil de El Salsero del Mes, de la página electrónica de la emisora Latina Stereo.</p>
<p>Estos loros, como los define Jorge Giraldo Ramírez, viven hablando de música y lo mejor: quien les oye queda convencido de que en eso que comentan está la suerte del mundo; no hay algo más.</p>
<p>(<strong><em>Cosas de la música</em></strong></p>
<p><em>Coleccionista puede ser aquella persona que apenas se conforma con tener música. Pero estos son escasos. Según Juan Ángel Russo, miembro titular de la Academia Nacional del Tango, de Buenos Aires, Argentina, estos acumuladores de discos también suelen almacenar objetos relativos a la música, como equipos de sonido, instrumentos musicales, fotografías y afiches de artistas, libros, entre otros. Carlos Mario Restrepo tiene decorada La Cabaña del Recuerdo con fotografías de artistas de música vieja; la discoteca de Gustavo, en su casa, con una réplica de Nipper, el perrito de la RCA Víctor; Sergio Rendón adorna el Son de la Loma, su bar, con fotografías de salseros y carátulas de discos, comenzando por esa que inauguró su colección: La voz, de Héctor Lavoe; Jorge tiene afiches de conciertos y objetos que recuerdan sitios y momentos especiales de su música.)</em></p>
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