Julio Erazo: el juglar del gran Magdalena sigue creando

General 4 Comentarios

El cantautor radicado en Guamal, Magdalena, es compositor de numerosas canciones conocidas: Adonai, Hace un mes, El bailador y el tango Lejos de ti.

 

A mediados del siglo XX, en los pueblos costeños de la ribera del Magdalena en los que Julio Erazo se movía, teniendo como eje a Guamal, no había luz eléctrica. De modo que, al morir el Sol, él tomaba unos mechones para iluminarse mientras componía canciones.

Una noche, viendo cómo se formaban nubarrones y comenzaba a serenar, el recuerdo de su novia lejana, Elides Martínez, lo entristecía. Tomó su cuaderno y empezó a escribir:

Elides Martínez, su esposa, ha sido la musa que ha inspirado varias de las canciones de Julio Erazo.

Hoy que la lluvia
entristeciendo está la noche,
que las nubes en derroche
tristemente veo pasar
viene a mi mente
la que lejos de mi lado,
el cruel destino ha posado
solo por verme llorar…

Y así nació uno de los tangos más conocidos en Argentina y Colombia: Lejos de ti.

Sentado en una mecedora en un corredor interior de su casa guamalera —casa grande, con pozo de agua ya en desuso, sin molinete—, al lado de su esposa Elides, quien recuesta un taburete de cuero a la pared para estar junto a él, el cantautor cuenta su vida mientras comparte con nosotros una jarra de chicha de maíz helada que corta la sed.

¿Pero un tango, salir del ingenio de un hombre costeño? ¿De la misma pluma alegre que escribió La pata pelá, Compae Chemo, Hace un mes, Adonai, y Yo conozco a Claudia? Este compositor, nacido en Barranquilla el 5 de marzo de 1929 y criado en Guamal, oía a su mamá, Carmen Cuevas Villarry, cantar tangos de Gardel, mientras lavaba ropa, pilaba maíz o lo amasaba en la batea. “Así que, cuando me dio por componer este tema, yo tenía ese lenguaje en mi cabeza”. Por otra parte, su padre, José Ignacio Erazo París, era un pastuso que se desempeñó como periodista en Panamá, Bucaramanga y Barranquilla. Y esa mezcla cultural, andina y costeña, hizo de él un compositor versátil: de su inspiración han salido merengues, puyas, sones, cumbias, paseos, boleros, bambucos, pasillos.

Así comenzó la cuestión
“Cuando nos conocimos, en 1948 –dice Elides-, él era profesor de la escuela de niños de Buenavista; yo estudiaba en la de niñas. Él me veía, pero yo no lo veía a él”.

Con una guitarra en su regazo, Julio recuerda cuando piropeaba a la niña, “oye, amorcito, quiero hablar contigo”, pero ella nada le decía.

“En noviembre de ese año, antes de irse con su papá para su casa lejana, me dejó un papelito con una amiga, en el que me decía que aceptaba mis amores. Me dejó picao y en esas vacaciones me dediqué a parrandear con mis amigos”. Fue en ese tiempo cuando comenzó a componer canciones y su papá le compró una guitarra en Bucaramanga.

Y sus cantos le han servido para enamorar muchachas o, al menos, para rendirle homenaje a su hermosura, como Rosalbita; otros, para exaltar atributos de la cultura costeña, como La puya guamalera; los hay también para aludir a temas cotidianos, como El caballo pechichón, y hasta para tratar temas personales, como Compae Chemo.

Cuando salía de enseñar, se sentaba “sabroso bajo una sombra, al lado de la escuela,” a ver llegar la noche y a componer. Un día se le acercó una “señora de edad”, a quien los muchachos no llamaban por su nombre, Claudia, sino que le ponían sobrenombres, Candela o Bombariaca, y ella moría de rabia. Tenía marido: un policía llamado Bernabé. Ella le contó su tristeza: Bernabé se había ido de pronto y la había dejado sola. “Yo le dije: ‘déjate de eso, que él tiene que buscarte’”. Cuando terminó de echarle el cuento, se fue. Julio quedó mirándola alejarse y vio que esa mujer tenía un caminar bonito. Y se puso a cantar con su guitarra:

350 es una cifra corta para contar las composiciones de Julio Erazo. La mayor parte de ellas han sido grabadas.

Yo conozco a Claudia,
yo conozco a Claudia
por su modo de caminar.
Mueve la cintura,
mueve la cabeza,
mueve la cadera
como si fuera a bailar.

Y las canciones que iba componiendo se las cantaba primero a su madre, quien le decía: “¿y tú por qué no haces lo posible por grabar un disco?”. Animado por estas palabras, viajó a Barranquilla en busca de una casa disquera que se interesara en grabarlas. Llegó a la Tropical, pero allí, sin oírlo, le hicieron dar media vuelta con un comentario destemplado: “aquí no necesitamos canciones”. Fue a la Atlantic. Dos hombres, un tal Buitrago, “pero no Guillermo”, y Jaime Cabrera, le dijeron: “qué clase de música tienes”. Él respondió: “paseos, merengues, cumbias”. “Es que estamos hasta aquí de Guillermo Buitrago”. Julio se aplicó en puntear La puya guamalera y, mientras lo escuchaban, veía a los hombres intercambiar gestos aprobatorios. “¿Qué más tienes?”. Les cantó Yo conozco a Claudia. Y ellos seguían mirándose estupefactos. “Ensáyate bien esos dos numeritos para el sábado a las 10 de la mañana”. Julio andaba con Juan Madrid, guitarrista, y Luis Mosquera, guacharaquero. Les enseñó los coros. Grabaron un disco de 78 revoluciones por minuto con un solo micrófono.
Al final “nos dieron no sé cuánto, como 25 pesos a cada uno, cuando el pasaje en bus urbano valía 10 centavos. Era noviembre de 1950. Y así fue como comenzó la cuestión”.

 

20 canciones inéditas, “sin grabar, tengo ahorita mismo”, porque el cantautor costeño no para de componer. En Guamal, Magdalena, lleva una vida tranquila. Fotos: Juan Antonio Sánchez.

 El amor de Elides
La cuestión: una vida de artista reconocido. Giras con sus grupos, Julio Erazo y los Guamaleros y Julio Erazo y sus Chimilas. Composiciones sin tregua. Sus canciones recorrían Colombia en su garganta o en la de otros, o viajaban a Argentina u otros países. Pocos años después, Toño Fuentes lo invitó a grabar con su disquera y a integrar Los Corraleros de Majagual. “Me entrevisté con Manuel Cervantes, el director de Los Corraleros. Le dije: ‘vamos al estudio’. Allí le fui dictando la música de Hace un mes. Era 1956”. Después de una etapa con el grupo, Julio volvió a cantar con sus propios conjuntos, hasta el decenio del ochenta.

“Sírvanse más chichita –convida Elides-. Ahí está la jarra, sobre la mesa”.

Uno de los clásicos de la música vallenata es el Compae Chemo. “Eso fue que le prometí a Anselmo Montes que iría a la fiesta de cumpleaños de su hija Asunción”. Pero no fue. La fiesta de fin de año en Guamal fue grande, recuerda Erazo. Se emborrachó tanto que el primero, antes de subirse a la chalupa en Buenavista para acudir a la cita, entró en casa de Alirio Jiménez, quien vendía trago, a desenguayabar. Se encontró con amigos y Alirio les dio una botella de licor, preparó sancocho de bocachico y puso en el tocadiscos algunas rancheras que a Julio le gustaban mucho y así, de unos pocos tragos terminó embriagándose otra vez y no pudo ir a la fiesta.

Tengo pena con compadre Chemo
tengo pena porque yo no fui
a la fiesta de su dos de enero
y con tanto que le prometí…

“Y cómo no se iba a enojar, si era como la tercera vez que le incumplías –interviene Elides-. Acuérdate”.

Elides dice que después de Lejos de ti, Julio y ella demoraron para casarse. Él andaba en sus giras y enamorando mujeres, hasta que un día, en 1957, ella se quejó ante su mamá de la indecisión de él para el matrimonio. ¡Ajustó siete meses sin escribirle! “Hasta que se acordó de mí”. Y se casaron. A ella, su madre le dio un consejo, viéndola inquieta por esa condición de hombre enamorado que tenía Julio: “el hogar lo hace la mujer. Ella es la que consiente al hombre. Y de ahí vienen las composiciones”. “Y sí, con amor, todo lo soporté. Con amor, una no ve la falla y todo lo cree”, dice Elides.

Fin

 

“Viajar, conocer personajes… todo queda en la mente de uno y, en cualquier momento, surgen en las canciones”.
Julio Erazo

 

 

SIEMPRE CREANDO

Julio Erazo no deja de componer canciones. Fue hasta su mesa de noche y trajo una hoja de cuaderno. En letra muy pequeña que a veces a él mismo le cuesta leer, tiene escrita una canción nueva:

Eso era antes

Yo me acuerdo que antes
en las noches de luna
yo paseaba en mi pueblo
sin tragedia ninguna.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Sin tragedia ninguna.

Pero ahora te agarran.
Pero ahora te atracan.
Te llenan de sonrisas
Y hasta te dan burundanga.

Yo me acuerdo que antes
con mil pesos comía
con mi abuela y mi abuelo
con mi madre y mi tía.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Con mil pesos comía.

Los mil pesos ahora
no te sirven de nada.
Un pan con gaseosa
y hasta una empanada.

Las alumnas de antes
muy tranquilas andaban.
Del colegio a su casa
felices caminaban.

Pero eso era antes,
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Felices caminaban.

Pero ahora las siguen,
Parecen guardaespaldas.
Si ellas se descuidan
de pronto
les pellizcan la nalga.

Mi abuelito gozó
con muchachas queridas,
pero nunca sufrió
de una peste maligna.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
No había pestes de sida.

Los hogares de antes
estudiaban la Biblia.
Había mucho respeto,
se quería la familia.

Ay, estudiaban la Biblia
Estudiaban la Biblia
Pero eso era antes, señores
Estudiaban la Biblia.

Ahora está la parranda
y la gran diversión
y hasta los chiquiticos
pegados de la televisión.

Kanú, con el ardor africano

General Sin Comentarios

La quinta novela de Antonio Prada Fortul narra la historia de otro rebelde colonial. Saldrá en abril.

Apenas sí ha pasado la primera hora de luz. No se ve el Sol, tapado por un cielo nublado en Cartagena de Indias, y ya el calor húmedo propio de abril tiene sudando a los pescadores de la playa mientras desenredan sus hilos y deslizan una canoa sobre un tronco redondo que gira bajo su peso, para llevarla al mar. Un leve viento no alcanza a cumplir con sus trabajos: alborotar polvo, refrescar frentes, levantar faldas, despeinar palmeras…

Antonio Prada Fortul presentará su novela Kanú en Bogotá y Medellín, en abril próximo.

Tres o cuatro cuadras adelante, en el barrio Torices, Antonio Prada Fortul está en la sala de su casa, con la puerta abierta, vestido con pantalón corto y camiseta. Kima y Mamakei me dan la bienvenida.

Él es el escritor cartagenero-palenquero de novelas que relatan las hazañas de los negros esclavos y sus luchas por la libertad. Ellas son dos figuras de madera. La primera representa a una mujer flaquísima con un niño; la segunda, a otra voluminosa y que sostiene algunas frutas. También hay otros muñecos de madera y cerámica que simbolizan deidades o personajes africanos o afrocaribeños, los cuales dan cuenta del mundo, la estética y la cosmología en que vive este narrador caribeño.

Mamakei representa su ancestro. Una tatarabuela chocoana, tras cuyas huellas se ha movido este hombre desde su bella Cartagena hasta las selvas del Atrato. “Los ancestros nunca mueren; solo cuando uno lo pida. Van al olvido, al ostracismo”.

Leer más …

Alberto Aguirre es un sol de silencio

General Sin Comentarios

A la memoria de Alberto Aguirre

(Este perfil fue publicado el 20 de marzo de 2011 en El Colombiano. Lo reproduzco como homenaje al maestro del periodismo muerto en la madrugada del lunes 3 de septiembre de 2012)

Como Alberto Aguirre me mandó decir que hablar con él era imposible, le envié el mensaje de que me diera entonces unos minutos de silencio.

En silencio lo he visto más de una vez caminar por el centro, como el animal urbano que es; o sentado a una mesa del bar Caracas, pedir café, desplegar un periódico y después el otro, leer hasta los avisos y, con ayuda de una pequeña regla que saca del bolsillo de la camisa, no de tijeras, recortar una noticia y después la otra, las que le interesan para su columna, Cuadro.

Sé que él no es dado a los homenajes. A uno que le rindió la Universidad de Antioquia por el aniversario de su grado de Derecho, no fue. Los organizadores no tuvieron más que entender –o, más bien, hacerse que entendían- que él considera el acto más incómodo del mundo que una persona esté sentada en el centro y otras estén hablando maravillas suyas durante horas, ante la vista de un público que seguramente no tiene otro sitio donde poner los ojos que en la indefensa humanidad de aquella persona, la cual no está diseñada para soportar semejante peso.

Leer más …

Los fabricantes de hambre están en los mares

General Sin Comentarios

La pesca con palangre, chinchorro y trasmallo acaba con la comida y nadie controla.

 

Pescadores como Jairo y El Ingeniero, en Cartagena, no dicen palangre a la pesca con una línea a la que amarran cientos de anzuelos cebados en el extremo libre, sino palambre. Parece que supieran que esa práctica está diseñada, parodiando el dicho, para el pan de hoy y pa’l hambre de mañana.

Prohibida en la mayor parte de los países civilizados, en el nuestro hace parte de una lista de técnicas desaprobadas por la ley, pero que nadie les pone freno.

Pescadores en la bahía de Cartagena

En Cartagena –lo mismo que en casi todos los mares del mundo- está en su furor, junto con el boliche o chinchorro, y el trasmallo. Los pescadores artesanales que nos “corrigen” cuando decimos palangre, señalan esas prácticas por todas partes, mientras salimos de la bahía a buscar, por Tierra Bomba y, más allá, las Islas del Rosario, a quienes las utilizan, entre ellos los barcos camaroneros, que tienen un sistema de arrastre que va al fondo y barre con todo.

Leer más …

Patachuma le canta a su pueblo

General Sin Comentarios

Patachuma camina con soltura entre los pantanos, a pesar de que no usa botas de caucho. Esta habilidad sería normal si fuera agricultor; pero él es artista.

Alejandro González Tascón, Patachuma. Fotos: Juan Fernando Cano.

Es un cantautor de la comunidad Emberá Chamí, del Resguardo Indígena de Cristianía. El título de una de sus canciones, Patachuma, es el apodo que se apodera de su nombre. Pocos son sus paisanos que lo llaman Alejandro y menos los que saben sus apellidos: González Tascón.

Le oyen cantar sus canciones, acompañado de su grupo Hijos del Arco Iris, y después se van cantando por ahí sus estribillos, especialmente el de ese exitoso tema:

Patachuma, patachuma

Chi bia area kivi.

Y él se siente contento, a pesar de que esta voz chamí, Patachuma, significa Plátano Sancochado, porque es la manera como su pueblo embera reconoce su creación. Y tiene razón. Es de suponer que a Jorge Icaza no le molestaba si le llamaban Huasipungo, aunque esta voz signifique terreno de una hacienda donde los peones siembran su propio alimento.

Leer más …

Kyoto, el japonés con cara de prófugo, entre ollas y olvido

General Sin Comentarios

Kyoto era un japonés que vivía entre ollas. Y en la olla, podía yo juzgar rápidamente, a pesar de que era apenas un chiquillo de cuatro o cinco años. Pero es que esta circunstancia saltaba a la vista, incluso a la vista de un chiquillo de cuatro años.

Fue leyendo un texto de Capote, El Duque en sus dominios, cuando recordé a Kyoto, ese personaje de mi infancia ya parecía perdido para siempre en los baúles más cerrados y empolvados de mis recuerdos. Y cuando volvió a aparecer en mi mente, parecía un sujeto nuevo. Si la memoria estuviera conformada por un álbum de cromos, durante más de dos décadas nunca eché de ver que había unos recuadros faltantes, el de los concernientes a Kyoto.

Apareció de pronto, como si se escapara de ese ostracismo brutal para revelarse otra vez. Como un barco que hubiera naufragado hace siglos y, de buenas a primeras, hubiera vuelto a la superficie, chorreante, ante la mirada atónita de navegantes que estuvieran desprevenidos mirando el horizonte desde la cubierta de su barco.

Debe ser porque el relato del norteamericano se desarrolla en Japón, más exactamente en Kyoto, ciudad situada a doscientas treinta millas al sur de Tokio. Ese texto tiene como personaje a Marlon Brando. Él es el duque en sus dominios. Y sobre el rodaje de la película Sayonara. Y menciona, entre muchos otros personajes, a Otani, una “eminencia pequeña, sin sonrisa, de más de ochenta años de edad” magnate de los negocios del cine, los teatros y la radio. Parecido a Kyoto, el mío, no en fortuna pero sí en lo demás. ¿La edad? Tal vez Kyoto, el mío, tenga setenta en este momento. Pero tenía 45 en ese tiempo de mi infancia. Y Otani, el de Capote, más o menos lo mismo durante ese drama.

En fin. Fue leyendo este relato cuando recordé a Kyoto y esto es lo que cuenta.

Él vivía con su numerosa familia, una esposa japonesa y un reguero de niños japonecitos, en su negocio de ollas. Un local de cuatro metros por cuatro metros, en esquina, con la puerta de entrada por ésta, y una ventana que él abría para dejar que entrara el Sol o saliera la imagen de su taller. De resto, las paredes blancas de cal estaban forradas de armarios desde el suelo hasta el techo y los armarios, cubiertos de ollas de aluminio. Ollas grandes, ollas chicas. Ollas de hervir leche, chocolateras, soperas, calderos. Ollas y ollitas. En una cantidad que tocaba inútilmente el infinito. Y en el suelo, ollas. En las vigas de madera, también blancas, que sostenían el techo, ollas colgadas de clavos. Y en un banco como de carpintería, ollas. Era en éste que las arreglaba, dejando para ello, con visible esfuerzo, un pequeño espacio entre más ollas. Y un gran soplete, cuya flama mantenía azul, potente. En un extremo de ese cubo de techos altos y blancos estaba el baño. La parte alta de este estaba rodeada de tablas de madera que al tiempo que tapaban intimidades –yo imaginaba revoltijos de cobijas y sábanas y almohadas- servía seguramente para que no se fueran a caer los japoneses desde semejante altura, pues, se adivinaba fácilmente que era allí, en lo alto, que dormía la familia oriental. Ahora que lo pienso, hubieran caído en ollas, nada tan grave como aparatoso y ruidoso. Una escalera de madera mantenía recostada y lista para ascender o descender.

Kyoto y su familia me causaban curiosidad. En las pasadas, de la mano de mi madre o al lado de mi hermano, dilataba el paso, casi me detenía de despacio, para dejar entrar mis ojos por la puerta y después por la ventana y descubrir, rápidamente entre tantos trastos de aluminio, alguna cara cobriza de ojos rasgados como ojales cuyos botones parecían a punto de saltar de lo apretados que estaban. Nunca los oía hablar. Imaginaba que si lo hicieran lo harían en su extraña lengua y que el único contacto con el mundo fuera el hombre, pues solo él se veía atender a los esporádicos clientes, recibir su olla, diagnosticar el daño, establecer el precio y el plazo.

Esos niños podrían haber sido mis amigos. Pero no lo eran. Por una parte, yo no era muy sociable. Y esos niños descamisados, menos. Miraban el mundo, como sus padres, con prevención. Ahora que lo pienso, como si en algún momento, quién sabe quien fuera a dar con ellos y los haría pasar un mal rato.

Hoy me pregunto: ¿habrán venido huyendo desde ese lejano país insular? Parias, entre ollas y calderos. La mujer, siempre sumisa y callada, mantenía en función de esos niños a medio vestir. Kyoto, por su parte, no paraba de hacer su oficio. Remendar ollas de aluminio. Parecía un condenado. Su pobreza se le salía por los estrechos ojos.

A veces, en compañía de mis escasos amigos, Caricatura y Caballo Loco, entre ellos, pasaba por delante de su negocio recogiendo cajetillas de cigarrillos, las de papel, no las de cartón, para desarmarlas con cuidado de no romperlas y formar con ellas los billetes con los que pagábamos en nuestras deudas de juego, nos deteníamos a ver a los japoneses como si fueran animales de zoológico. Y mirábamos a esos niños medio desnudos reptando entre trastos plateados, llorando y moqueando entre tapas y asas sobre las baldosas amarillas del suelo. Y veíamos el letrero como escrito con un dedo y con pintura negra sobre la puerta de entrada: «Kyoto».

Recuerdo que alguna vez mi padre llevó una olla a reparar donde Kyoto. Entramos. Y pude ver de cerca ese mundo raro. Y a la mujer callada, de mirada huidiza. La olla, un hervidor de leche cuya tapa de agujeros por los que salía la espuma y la nata siempre me causaba grata impresión, recibió una cirugía profunda: el asiento original completo fue remplazado por otro, a todas luces más grande que el anterior. Para sujetarse a la pared redonda de la olla. Ese asiento se sobreponía un poco encima de la pared, en la parte baja del recipiente. Era la forma de agarrar con soldadura, gracias al soplete, esa lámina a al recipiente. Era como cuando uno dobla un poco los pantalones para que no se mojen en el suelo durante el invierno. Y siempre que en casa, mi madre usaba el hervidor, yo pensaba en Kyoto y su familia japonesa, pobre como ratas en su ratonera.

De pronto, un día, ese local estaba vacío. Kyoto se fue con su familia de nombres desconocidos y sus trastos y su soplete y sus rollos de aluminio, y sus tijeras y sus martillos de bola, del mismo modo misterioso como apareció un día en ese local de esquina. Tal vez era tiempo de volver a Japón. Tal vez la policía japonesa dio con ellos, si es que eran prófugos. Los extrañé. Si era raro ver una familia gringa cerca en mi barrio, ¿cuánto más una asiática, con aspecto de fugitiva?

Paso por esa esquina y mi memoria llena otra vez de ollas y calderos ese pequeño local, por más que en el mismo hayan montado tres negocios en tiempos distintos: un cafetín, una miscelánea y una maderera.

De modo, pues, que esta semana volví a ver a los japoneses cuando se aparecieron de golpe en mi mente leyendo ese relato de Capote.

Las alfareras de Untí amasan una tradición

General Sin Comentarios

La siguiente es una crónica que cuenta la agonía de una actividad tradicional: la alfarería. Si bien es una narración sobre un tema campesino en un blog dedicado más que todo a la urbe, se notan los ojos citadinos del autor, quien considera, literariamente, la vida rural igual de compleja y maravillosa que la urbana.

Severiana Higuita y su hija, Liliana, son dos de las cuatro alfareras de Untí. Sin más herramienta que sus manos, modelan el barro que la segunda de ellas extrae de un sitio ubicado a unas dos horas a pie desde su casa. Fotos: Róbinson Sáenz.

Como Dios, Severiana y su hija, Liliana, se sientan en el quicio de su casa de paredes de cañabrava y tejas de zinc a mirar el paisaje de todos los días con una pelota de barro entre las manos para modelar figuras.

Van tomando la masa de una callana, una suerte de plato hecho de arcilla, el cual suele usarse más que todo para asar arepas en fogón de leña. En ella van remojando la pasta y tomándola poco a poco. Las dos mujeres son diestras. Por eso, en la mano izquierda descargan la bola y con la derecha van dando forma al utensilio, sin apenas mirar lo que hacen esas extremidades embarradas.

Ese paisaje de todos los días tiene por escenario el terraplén de su vereda, Untí, la única plana de Buriticá, un municipio constituido por pendientes de ochenta y noventa grados que dificultan la agricultura y más aun la ganadería porque las pobres vacas no encuentran bien de dónde agarrarse; por techo, un cielo nublado.

Leer más …

El tractomulero habla para no morir de soledad

General 10 Comentarios

Los 32 años que lleva Julio César Ramírez manejando tractomula se le notan. Conduce una Marmon, un automotor más largo de lo habitual, con 26 llantas rodando, especial para llevar cargas extradimensionadas. Mientras las mulas normales miden  18,5 metros, la suya mide 25.

“En el país hay 20 mulas de éstas, Marmom. Llegaron en los noventa y Ferrogrúas, la empresa con la que trabajo, se quedó con cinco”.

Lo acompañé durante tres días, desde Sincelejo hasta Envigado, cuando él traía una parte de la nueva rotativa Manroland de El Colombiano. Para las demás se necesitaron otras 22 tractomulas, pero ninguna de ellas traía una carga tan aparatosa como la de Julio. En ese remolque de camabaja, se salía por todos lados. Hacía arrinconar a los demás camiones. En las regiones planas, avanzaba como cualquier camión, para nada lento.

En La Apartada le dio tiempo de comentar los contrastes: mientras a un lado de la vía jugaban niños raquíticos frente a sus casas precarias, tugurios erigidos en un peladero, con aguas negras a la vista, al otro, extensos terrenos estaban ocupados por autos de lujo. En Planeta Rica le dio tiempo de mirar la fiesta de corraleja, a las chicas bellas que revoloteaban por los alrededores de la plaza; a los elegantes ganaderos que arrimaban a caballo, y de comentar que los panes que vendían en las casetas de madera estaban envueltas en una nube de polvo.

Leer más …

Los 80 la encontraron con el machete en la mano

General 4 Comentarios

Uno casi nunca ve agricultoras de ochenta años, no porque no las haya: las hay y muchas, sino porque éstas no suelen estar tirando azadón al lado de la vía para que uno las vea. Además, porque quien las observa, con esa fuerza y esa habilidad, no cree que su edad se encumbre en esas alturas. Tiene que ser que ellas mismas se lo digan. A veces, ni ellas lo recuerdan. Y como lo olvidan, sus huesos y sus músculos también lo olvidan y, así las cosas, un pie no tiene que pedirle permiso al otro, ni una mano a la otra, para poder moverse, como ocurre con muchos mortales de tal edad.

Foto Donaldo Zuluaga

“No se ven porque no hay tantas. Son escasas las campesinas de 30…” Me contradice un periodista amigo, ese sí de origen campesino y, por tanto, habrá que concederle cierta credibilidad.

Sean como sean las cosas, una de ellas es Lucía Rivera. Vive en San Vicente. La conocimos Donaldo, el reportero gráfico, y yo en un viaje a Concepción puesto que su casa es cerca de esa vía que en invierno –es decir, casi todo el tiempo- es un verdadero tragadal. Cultiva papas, fríjoles y fresas. La visitamos después de golpear la puerta en una casa justo al lado de la carretera, con la intención de comprar fríjoles. ¿Cómo es que íbamos a estar en el campo y no íbamos a traer nada de lo que éste produce, aunque fuera un puñado de fríjoles?

Ese es un pecado, como el de quien está en su casa, va hasta la nevera, la abre y vuelve a cerrarla sin tomar nada de allí. O peor. En esa primera casa, una chica, Alejandra, cuyo nombre estaba escrito con lápiz en la puerta como suelen hacerlo los niños de todas partes, dueña de una figura de dieciocho teniendo apenas catorce años, dijo que su abuela Lucía era quien tenía algún producto e indicó que para llegar a su casa debíamos ascender unos doscientos metros por unos rieles de cemento.

Leer más …

El duende

General 3 Comentarios

Foto tomada de Google.com

Alejandro Vélez es un jardineño que cuenta historias casi imposibles con la naturalidad de quien cuenta un hecho corriente; los asuntos más normales. La otra mañana, cuando hablaba con Norberto Agudelo, el director de la Casa de la Cultura de Jardín, de quien Camila Avril, la bloguera, sostiene jovialmente que está completamente loco –y yo añado que sin esperanzas-, se apareció el hombre con su figura alta y delgada, con esa cara de paisa montañés que no le permite negar su origen. Se sentó a un lado nuestro en una de las jardineras del patio central de la Casa y aprovechando la breve pausa de un punto seguido en el relato de aquél sobre de “la casa de las dos palmas”, no la novela sino la vivienda auténtica que inmortalizó Manuel Mejía Vallejo en esa novela homónima que le valió el premio Rómulo Gallegos, incrustó su cuento del duende.

-¿Saben que en la casa de los Jaramillo, exactamente arriba de Macanas, donde queda la casa en mención y al lado del río Dojurgo, habitó un duende?

Leer más …

« Anteriores