Cuando la vida queda en puntos suspensivos

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Por trauma y por inhalación de gases tóxicos, respectivamente, Rodolfo y Roberto quedaron en estado vegetativo. Les sobran manos de seres queridos para ayudarles a existir.

 

Rodolfo Santos* permanece acostado con la espalda y la cabeza levantadas. Está en casa. Desde la cama hospitalaria de su habitación limpia y bien iluminada, a través de los cristales de la ventana, se ve un paisaje de vacas manchadas de blanco y negro en un campo plano, unos eucaliptos, las ruinas de una vivienda, una llovizna casi imperceptible y un aire lechozo que cierra la visibilidad un poco más allá de la los animales, como un telón. Parece que se viera el frío. Sin embargo, su cuarto es tibio.

Marta Elena y su hermano Rodolfo.

A veces, su hermana Marta Elena* se acerca para abrazarlo, darle un beso o expresarle alguna palabra tierna. Desde la enfermedad de Rodolfo, un trauma encefalocraneano producido por una caída desde su altura, poco más de un metro con 75 centímetros, sucedida hace seis años, la cual lo dejó sin posiblilidades de valerse por sí mismo y con el entendimiento limitado, decidió que rompería con ese modo de ser, afectuoso sí, atento a los demás también, pero marcadamente inexpresivo, que la ha inhibido —lo mismo que a los demás de la casa— para dar una caricia o decirle a alguien que lo ama.

Dueña de una voz ronca, producto de sus inseparables cigarrillos, dice:

—Tal vez para esto sea lo único que ha servido el accidente de Rodolfo —sorbe café; da una fumada a su cigarrillo y no piensa en el humo que se va hacia adentro de su organismo—. Ya, cuando llega mi otro hermano de visita, no me mido para saludarlo con un beso. Y a todos los demás.

El humo sale por su boca envuelto en palabras al contar que él era ingeniero administrativo y laboró por años en una compañía textil. Menor de diez hermanos, vivía en casa con su madre y las tres hermanas solteras, ella entre esas. Vivían en Medellín. Él llevaba una vida normal. Salía algunas veces a tomarse unos tragos. Odiaba el cigarrillo. Con las tres hermanas, solía ir de paseo a una casita que tenían en Fredonia. De vez en cuando, una de las casadas, Constanza*, venía de Los Ángeles, California, a visitarlos. Una gringa. Su mentalidad es la de una completa gringa. Tantos años por allá, usted sabe. De pronto, surgió la noticia de que la textilera sería vendida. Rodolfo llegaba a casa cada noche y repetía: “eso se va a acabar”. Parecía temer por el fin de su empleo. Hasta que el 20 de febrero de 2008, a la hora del almuerzo, salió con un compañero a dar una caminada corta cerca de la oficina. De pronto, la caída. Desmayó. El estrés lo haría desmayar, supone Leticia*, otra de las hemanas, quien por atender una diligencia no está con nosotros en casa.

Rodolfo entró a cirugía. Tratarían de curarle los hematomas cerebrales, de limpiarle la sangre derramada. Después, no despertó. Quedó en coma hasta agosto del mismo año. Su regreso fue paulatino.

Intentó sin éxito mover una pierna para bajarse de la cama. Leticia le dijo:

—Tuviste un accidente grave y te hicieron una cirugía en la cabeza. No podemos hablar y no podemos movernos.

Y ese hombre lloró. Y volvió a llorar otras dos veces. Luego de eso, aprendió a reconocer las letras para formar palabras, a decir sí mostrando el dedo índice y no mostrando el índice y el del corazón.

—¿Díganos, usted dónde vive, niño? —le inquiere Nubia, la enfermera que va a ayudarles a alistarlo, “cuando estamos muy extenuadas”. La pregunta es para darnos una idea de sus habilidades.

Rodolfo saca una mano de las mantas, la izquierda, la única que mueve, y se la lleva a su ceja derecha. Es su manera de indicar que vive en La Ceja. Allá fueron a parar los cuatro hermanos hace un mes. Dejaron la ciudad y parecen satisfechos de su decisión. El clima, la tranquilidad y, sobre todo, el silencio.

—¿Cuéntenos qué ve por la ventana?

Él empuña una linterna. La enciende. Dirige una luz de punto a un tablero de tela que tiene en la pared de enfrente con el abecedario. Va señalando letra por letra hasta formar la palabra “vacas”; después, “Luna”.

Sabe indicar cuántos años tiene, va mostrando su mano abierta 12 veces y después solo dos dedos.

¿Lo entiende todo?

—No —asegura Marta Elena, ya en una habitación contigua en la que hay dos camas, mientras me muestra fotografías. Las tiene en un computador portátil, en un archivo que ha nombrado «Rodolfo antes y después». Se ve un tipo fortachón y de aspecto elegante, algunas veces con sombrero blanco—. Él es como un niño. Responde bien preguntas sencillas; no complejas. Tiene una desconexión entre pasado y presente. Un médico primo nuestro dice que su cerebro se proteje olvidando lo doloroso; de lo contrario enloquecería.

Si les hubieran dicho que después de la cirugía de cerebro podía quedar así, en estado semivegetativo, ellos no lo hubieran dejado operar.

Cuenta que han dividido las labores. La Mona le hace la comida; Leticia reclama su pensión y lo representa legalmente por su interdicción, y ella, lo baña, cambia sus sondas de orina y le lava los dientes. Con ayuda de una grúa, las mujeres, mayores que él, lo levantan y le ponen los enemas por el recto para extraer sus heces. La EPS les quitó la enfermera hace tiempos. En conversación anterior, Leticia cuenta:

—Yo ya hice una carta en la que digo que a mí nadie me va a entubar ni a prolongar la vida, si llego a sufrir un accidente igual al de Rodolfo. A mí nadie me va a retener. Ya la autentiqué en una notaría.

 

Un acto de heroísmo

Como si hubiera sido ayer, doña Gloria recuerda el día en que su hijo Roberto Jaramillo madrugó para encontrarse con la fatalidad.

De eso hace 15 años y siete meses y Roberto tenía 26 años. Era un bombero. Solía decirle a su madre que él tenía que vivir confesado, porque en ese oficio, la vida puede perderse en cualquier momento y él no iba a dejar de salvar a nadie por miedo.

El amanecer de un 14 de julio, Roberto salió de su casa en Villa Sofía para ir a la estación central. Sin emergencias que atender, se ocupaba de alistar una de las máquinas. Antes de las siete, una llamada informaba que un obrero de Empresas Públicas había caído en un hueco de alcantarillado en Barrio Triste.

Roberto Jaramillo y su madre, Gloria. Fotos Hernán Vanegas

—Que vaya Roberto —ordenó el capitán.

Ni el superior ni nadie —enfatiza doña Gloria— habló de llevar equipos de protección. Parecía un caso sencillo. Hacía menos de dos semanas, el mismo Roberto había extraído a un borracho de un hueco semejante cerca a la Universidad Nacional.

En el sitio del hecho, Roberto comprobó que el técnico yacía en el fondo de un pozo de siete metros de hondo que tenía agua en su suelo.

—Me meto o no me meto —preguntó en voz alta el bombero, según contaría después un testigo—. Pediré refuerzos.

Pero en esas, la gente fue arremolinándose alrededor de la escena y comenzó a hablar, a tratar mal al socorrista, a decir que para eso están los bomberos.

Roberto entró. Contarían después que no bien había bajado algunos escalones de esa escalera de hierro que suelen tener los alcantarillados empotrada en sus paredes cuando el socorrista cayó inerte, como un bulto encima del obrero. Roberto estuvo 13 minutos en el fondo del pozo.

Albeiro Estrada, otro bombero asignado, descendió por los hombres, él sí con protección boca y nariz. Diría luego que se encomendó a los santos y llegó a los cuerpos. Se sumergió en aguas negras y pútridas, tomó primero a Roberto, inconsciente, y lo echó a sus espaldas. Subió con él hasta la mitad, donde otro socorrista lo esperaba para recibírselo. Después, al otro hombre, que ya estaba muerto.

Los médicos determinaron que ambos habían perdido el conocimiento por inhalar gases tóxicos.

Permaneció en coma varios meses. Estaba en ese sueño profundo cuando se mudaron de casa a la que ahora ocupan, en Castilla. Abrió los ojos. Nada dice.

Su padre, Javier, quien fue arriero en su juventud en Sabanalarga, tiene las fuerzas intactas. Él es quien lo levanta para que ella lo bañe y lo vista.

En un cuarto en el que hay más de 170 camándulas, imágenes de santos, recortes de prensa y diplomas a la valentía, su madre lo incorpora para introducirle la mediamañana, un líquido café amarillento, por una sonda gástrica que le sale por el pecho. Dice:

—Él nos decía que nos iba a dar casita. No nos la dio, pero es el que paga el alquiler con la pensión de invalidez que recibe.

 *Nombres cambiados

Los cristos anónimos de Jorge Mario

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Jorge Mario Chavarriaga talla figuras de humanos y animales con machete y cuchillo en Titiribí. No las firma.

 

Tal vez un milagro permanente le hacen a Jorge Mario Chavarriaga Jaramillo los cristos de palo que talla: evitar que la banqueta en que se sienta, dándole la espalda a un abismo en cuya sima hay un riachuelo, se quiebre bajo su peso y ruede hasta el fondo.

Esa silla es el centro de su taller. Un taller formado por una enramada hecha de guaduas y maderos, sin paredes y con techo de palma, situado en el patio de tierra de su casa, una de las primeras entrando a Titiribí.

Pero él no cree que esté en riesgo. Son más de 20 años los que ha pasado, día tras día, sentado en esa banqueta de asiento blando y espaldar de tablas a la vista, que le parece ocioso imaginar siquiera que de pronto se canse de cargarlo.

En el suelo, delante de él, hay dos trozos de árboles. Uno cree que alguno de ellos puede ser el banco de trabajo. Pero se equivoca: el artista apoya el trozo de madera en sus muslos y sus rodillas, sobre el bluyín, y le hace los cortes grandes con machete, sin que eso le cause dolor; sin que, en tantos años, se le haya ido la filosa herramienta hasta la piel, la carne o el hueso.

En el hueco de un tarro de madera hay dos pájaros sin terminar.

“Tengo tan buen pulso que puedo hacer 20 o más cortes en el mismo punto, sin que me tuerza”, se vanagloria y sonríe Jorge Mario y hace una demostración blandiendo el machete con fuerza y decisión.

Los cortes delicados, las costillas, los pliegues del trapito que le cubre el sexo, la barba, el cabello, el Inri que clavaron los romanos en la cruz, los hace con cuchillo de zapatero. Hace meses, un cura agradecido le envió un juego de gubias, mazo y azuela, pero no lo ha estrenado. No cambia sus herramientas por esas especializadas.

Gallinas con las patas emplumadas y una gallineta andan por todas partes. Rondan el sitio de trabajo, dan la vuelta a la vivienda de paredes encaladas y atestadas de obras del artista: cristos, vírgenes, quijotes, animales, animales imaginarios… Van a la parte de atrás de la casa, un prado donde pace un caballo enano y rodean un sillón desbaratado aunque mullido, en que se sienta el hermano de nuestro personaje, Gildardo, también a tallar.

Jorge Mario tiene revendedores de su arte en Santa Marta, Bogotá, San Pedro de los Milagros. Cree que el Papa Juan Pablo II tuvo alguno de sus cristos. Ha visto, en noticieros de televición, informes desde hospitales y se ha dado cuenta de que cristos de las habitaciones son creaciones suyas. Nadie lo sabe porque no los firma.

“Aprendí de Jorge Mario —comenta Gildardo, al percibirnos detrás suyo, casi sin mirarnos—. Yo trabajaba en el campo pero hace 20 años quedé discapacitado: me hizo daño un veneno que le apliqué a la roya de un cafetal; casi no camino.

Ayuda a a completar un pedido de 40 cristos, el encargo de un cliente para sus aguinaldos.

Cazaraíces
Jorge Mario va por riachuelos y bosques buscando raíces y tallos de robles, cedros y cafetos. Las raíces le parecen más resistentes. En esos trozos vegetales, él ve la figura que encierran desde el momento mismo en que se topa con ellos y “uno les quita lo que les sobra”.

“Las raíces no dan lo que uno quiera sino lo que ellas tienen para dar”, explica.

En una ve un mono; en otra, a don Quijote y Sancho Panza; en la siguiente, un escorpión…

También usa troncos que le dan en algunas fincas o retales de rastras de madera que descartan en carpinterías.

Así se enseñó desde que tenía siete años —ahora tiene 55—, viendo a su padre, Luis Eduardo, esculpiendo figuras santas, él sí con el realismo del arte religioso. Recuerda que vendía poco: sus clientes eran más que nada sacerdotes y ellos, dice Jorge Mario, han esperado que alguien done los santos a la parroquia. A él mismo, que también hace imágenes realistas —un crucificado espera cliente en una de sus habitaciones—, cuando la ofrece, le han dado la misma disculpa.

“¿Que si recuerdo mi primera obra? Una iguana con cara de mico. Pedí 50 pesos por ella. Me pagaron con un billete de 100 y como no tenía devuelta, me dieron los 100″.

No fue a la escuela. No sabe leer ni escribir. No firma sus trabajos porque no sabe dibujar las letras de su nombre.

Un día, un hombre le encargó muchos cristos. Al notar que no firmaba los trabajos, le indicó que les pusiera ciertas iniciales a cada uno, y así lo hizo.

Fotos Róbinson Sáenz

De todas las figuras que ha creado, las que más recuerda son las de un pesebre gigantesco, la Virgen, san José, los reyes, todos en tamaño mayor al natural. Los terminó una noche de diciembre de hace varios años y era tal el afán que tenía el cliente de llevárselos, que no tuvo tiempo de conseguir una cámara para fotografiarlos. Asunto que no para de lamentar. “Quedé con una sensación de alegría y tristeza a la vez, porque no pude casi ni verlos”.

Jorge Mario ya ve, en el limón que da sombra y limones a unos cuantos pasos del taller, otro cristo. Tal vez un cristo con el pie derecho montado sobre el izquierdo, como les gusta a los diestros imaginar a “Nuestro Señor”. Pero aún tiene que esperar varios años, hasta que esté seco: “cuando eso suceda, ahí mismo me apodero de él”.

Plaza de mercado, para mercar y barequear

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Que el aguacate está a dos mil el kilo, dice el vendedor. Ah, pero  no tengo sino mil ochocientos, repone la mujer. Aquel hace como que lo piensa y luego díce: Échelo.

Fotos: Róbinson Sáenz

El verbo que resume la actividad de las plazas de mercado es barequear. Se conjuga sin usarlo, porque no hay que pensar en él ni pronunciarlo para ponerlo en práctica.

Aristides Castaño, en la plaza de Campo Valdés, una plaza pequeña y con el sabor del barrio en el que está incrustada, metido en el olor a cilantro de su legumbrería, dice que hay clientes que saben negociar y que están enterados de los precios. Preguntan,  por ejemplo, a cómo está la papa. A mil doscientos, le responden. No no me sirve. Me sirve a novecientos.

Y es una de las ventajas que encuentran quienes acuden allí a mercar y las que señalan los vendedores.

“Por eso viene la gente a la Plaza de Mercado; porque uno pide y ella ofrece”, dice Hugo Castaño, hermano de Aristides, también legumbrero desde hace más de 40 años y también metido entre el olor de la cebolla de rama, que organiza en manojos.

“Muy distinto a un supermercado, que uno debe atenerse a lo que dice el papelito”, agrega Mario, el vendedor de hierbas medicinales de la misma plaza. Abre la puerta de su puesto, una puerta como de armario, y sale un vaho de aromas en el que el de la ruda pelea por la primacía con el de las bolitas de naftalina. Él aprovecha la quietud de las tardes para organizar el puesto y, de cuando en cuando, para caminar al cafetín a tomarse una cerveza.

Le sobra para el taxi

“Por eso vengo desde San Javier —indica Mercedes, una mujer dueña de la amabilidad y la locuacidad que dan a algunos los años, haciendo mercado en la Minorista. Un costal a medio llenar descansa sobre una butaca, por fuera del mostrador de una tienda de abarrotes. Ella respira el olor de los detergentes—. En la plaza todo es fresco, hay mejor precio. Si por la casa merco con cien mil, por aquí abajo, me la rebusco y merco con 70 mil, y eso es platica”.

Cuenta que le gusta llegar temprano, a las seis está bien, cuando la plaza está abarrotada de gente. Clientes escogiendo sus legumbres en bolsitas plásticas y poniéndolas en una canasta; otros deambulando por ahí, como sin rumbo, y otros más parados, como ajenos al agite, leyendo los precios en un tablero. Cargadores de racimos de plátanos por unos pasillos; otros, con un cerdo al hombro, “¡permiso, niña, que la mojo!”; carretilleros con sus cargas de flores… Compra el grano aquí, las arepas allí, la carne más alla… Y después le sobran muchachos que ofrecen sus hombros para cargarle el bulto del mercado hasta el taxi.

“Pero hoy me voy en bus. Este costal no se va a llenar porque no traje casi plata. Pero igual los muchachos me cargan la bolsa hasta la calle y yo les doy una bobadita”.

Para qué madrugar, le pregunto, si la Minorista la cierran al caer la tarde y después del mediodía, cuando los vendedores están desatacados, pesando moras y metiéndolas en bolsitas de a kilo aquí, limpiando pescados allí, preparándolo todo para la madrugada de mañana, cuando los pasillos están libres, limpios ya… los precios no suben y más te oyen si quieres regatear. Pero no sabe qué decir. ¿Será la magia de la congestión? ¿La vitalidad del movimiento? ¿La seducción de los arrumes? ¿El olor de las frutas por la mañana o de las ramas de apio todavía mojadas?

Y allí, en la Minorista, hay restaurantes para todos los gustos… y bolsillos. Desde los sencillos, donde la comida es abundante y sazonada; hasta los elegantes, con mesas decoradas con flores y velas, donde cuentan que se amaña el Gobernador.

“Lo mejor de la las plazas es el precio”. Dice Natalia Ospina. “No —la contradice su madre, Elvia—. A mí lo que más me gusta es que me preguntan: ‘cómo le sirve el mango’. Y la dejan a una escoger y escoger a su antojo y si quiero me llevo lo mejor y les dejo lo otro ahí. Y que además al final siempre pido la encima y me la dan. Dos mangos, en la legumbrería; tres huesos en la carnicería; media librita de fríjol en el granero… Y eso va sumando”. Elvia respira hondo el olor de las arepas de una tienda inmensa, cuyo letrero dice:  «Arepas caceras, arepas blancas, arepas amarillas, arepas de mote, arepas de sancochado, arepas de queso, arepas de chócolo, arepas de soya, arepas de yuca, arepas de salvado, arepas cuadradas…»

Ella se antoja de flores

“Cuando era niño venía a mercar con mi mamá a la Plaza de La América —evoca un Javier sin apellido—. Para mí era una diversión. Yo podía antojarme de algo: una chocolatina, unos masmelos, una galleta negra. Mercábamos y después nos quedábamos a desayunar. Ahora salgo con mi hija, Laura, a mercar los sábados. Es la única de la casa que lo disfruta. Tiene once. Al menos mientras le guste salir conmigo, usted sabe. A veces vamos a la Mayorista, otras a la Minorista y también a esta que frecuentaba con mamá”.

Cuando Javier quiere meterse a la cocina un domingo a preparar comida de mar, su especialidad —“¡qué tal unos mejillones! O no, mejor unas almejas o unas colitas de langosta”, le dice su esposa—, prefiere mercar en la Mayorista. Allá hay tiendas tan especializadas que son buscadas por los chefs de los restaurantes más selectos —y costosos— de Medellín, porque lo tienen todo. Laura interviene para decir que su papá ya les preparó pulpo.

“Laura siempre se antoja de flores”, revela él.

Quinceañeras posan con el Jardín de fondo

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El Jardín Botánico es escenario tradicional para fotos de quinceañeras y de primera comunión. Un pedazo de ciudad para el recuerdo.

 

Ya no recuerda uno cuándo empezó a llover. Sería ayer en la tarde; no, quizás en la noche. Lo cierto es que ya es mediodía y la lluvia de la mañana, lenta, sosa, apenas comienza a ceder. Las nubes bajas, grises, pesadas, dan la idea de que al comenzar la tarde volverá a llover. No sale el Sol. Las piedras y la tierra y los senderos y las sillas y las plantas y los patos del lago del Jardín Botánico están mojados. Sin embargo, en un gesto de generosidad, la Naturaleza enciende una suave tibieza.

Tiene que ser que estuvieron atentas, porque un instante después de que cae la última gota de lluvia, las quinceañeras empiezan a llegar a ese edén del norte de la ciudad, acompañadas cada cual de su comitiva conformada por fotógrafo, parientes, amigas, para las fotografías del álbum.

Fotos: Jaime Pérez

La primera en entrar es Juliana Ríos Arboleda. No es su estraples de un rojo degradado, sino ese pantalón blanco ceñido el que hace pensar que no durará limpio más que un suspiro andando en el pantano. Esos zapatos blancos decorados con estoperoles plateados tampoco conservarán la limpieza. Pero para eso están su madre, Doralba, y su tía, Adriana: como utileras, cada una carga un morral de ropa, zapatos, accesorios.

No han terminado de desmontar los arreglos de Orquídeas, Pájaros y Flores, el certamen de la Feria de las Flores. Los trabajadores están por ahí, concentrados en eso —aunque, cómo no, desconcentrados, por momentos, con las quinceañeras—. Nicolás Valderrama, fotógrafo y también tío de Juliana, veinte años en el oficio y, por tanto, experto en esto de fotografiar quinceañeras en el Jardín Botánico, aprovecha esos escenarios floridos para sus composiciones.

Una isla de tierra rodeada de cemento está colmada de orquídeas y heliconias con flores como pájaros.

—Creo que este es un lugar bonito para comenzar —sugiere él—. Siéntese, Juli, en la piedra. No, no esconda el pie… Ah, y ponga el codo en ese montículo que él resiste.

—¡Coqueta… —indica su madre.

—No sé cómo.

—Cómo no va a saber. Mire un poco de reojo; sonría… ¡Pero sea coqueta con los ojos también…

En el Orquideorama no hay problema. Tiene techo y, por tanto, nada se ha mojado. Así las cosas, no requieren usar la bolsa plástica que carga Adriana para que la quinceañera se siente.

Las montañas están tapadas por un velo blanco. El aire no es transparente.

—Cambie el doblez de la pierna —ordena el fotógrafo.

—Ríete con toda la boca…

Juliana, leve sonrisa, acude a otros dos escenarios bajo techo, antes de ir a cambiarse por shorts de bluyín, blusa blanca, botas cafés, bufanda para ir al lago.

—No se acerque al agua, Juli, que la tierra es blanda y resbalosa. Siéntese en la roca y mire un poco de perfil, como si viera los patos. No, no voltee tanto los ojos… Eso es.

Tan pronto perciben movimiento, los patos nadan desde el centro del lago hasta la orilla, tal vez en busca de comida. Al llegar, graznan sin parar.

—Me gusta este contraste del día, entre gris y blanco, con el color de su ropa —comenta Doralba, mientras Adriana se excusa con una ardilla por no tener un pasabocas para darle.
 

 

Sonría, por favor

—Pele los de leche —insiste Hugo Gutiérrez, el electricista que ha venido a presenciar el estudio fotográfico de su hija, Natalia Andrea.

Ella no llegó con trajes informales, sino con el propio vestido de quince. Su cumpleaños fue el 18 de julio — “yo también cumplo el 18 de julio”, dice el papá—, pero como ella, no se acomodó con ningún otro vestido en la tienda de alquiler, distinto a este azul escotado y de falda voluminosa, debió correr la fecha de celebración.

—Saque busto. Siéntese derechita —Alonso Sánchez, el fotógrafo que contrató Hugo por recomendación de unas primas que pasaron por esto hace días, también aprovecha la decoración de la Feria. Ayuda a sentar a la chica en una carreta negra de estilo antiguo.

—Ríase —le ruegan en coro desordenado tres mujeres: la tía Yudy Alexandra; la hermana Isabela, de siete años, y la amiga Melissa.

Esta se ve en breve metida debajo de la falda de la cumpleañera — “entre usted que puede”, dice Alonso— arreglándole la enagua blanca para que no sobresalga por debajo del ruedo.

Dándole la mano a la chica, entaconada en escenarios con suelo de piedras sueltas, el fotógrafo la lleva despacio a una especie de portada hecha de flores. La ayuda a sentarse. Hasta los zapatos desaparecen bajo ese amplio ropaje.

—Saque busto, ponga las manos en las piernas… Ahora, el cabello todo para un lado.

—¡Ríase, pues y no esconda las uñas… —interviene Melissa que promete hacer lo que sea para hacer reír a Natalia.

Después quitan la parte baja del vestido y ella queda con un traje corto; el de rumba.

—¡Pele los de leche, pues… — se oye insistir a Hugo, sin mayor éxito.

Voces y acentos del Magdalena

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La casa de Óscar Yesid es un ejemplo de lo que es Puerto Triunfo. Él es un paisa sonsoneño, a quien lo le puede faltar la mazamorra; su esposa, Aleida, oriunda de Fresno, aprovecha cualquier ocasión para preparar tamales tolimenses, y sus hijos, los únicos nacidos en este pueblo situado a la orilla del Río Grande de la Magdalena, no desprecian un arroz con blanquillo, un pez que abunda en esas aguas y es apetecido por su gusto jugoso.

Fotos: Julio César Herrera

Y en asuntos de música es la misma cosa: el paisa no cambia la música popular, la de Darío Gómez, el Charrito Negro, Arelis Henao, canciones que hablan de amores difíciles; ella, prefiere la música de cuerda y los vallenatos, en tanto que los muchachos, ah, los muchachos se deciden por el reguetón.

Aleida se refiere a sus hijos como guámbitos, una expresión propia de su departamento, y Óscar, para mencionarlos, dice los pelaos. Ellos, por su parte, para hablar de sus padres hablan de los viejos o los cuchos.

Es que en Puerto Triunfo, así como en los demás municipios de la ribera Magdalena, Puerto Nare, Yondó, Puerto Berrío, en Antioquia, y también los de otros departamentos como Boyacá, Caldas, Tolima, Cundinamarca, los acentos y las expresiones son de diversas zonas del país. El más importante de los ríos colombianos es un corredor por el que transitan con facilidad y en cantidades inverosímiles, habitantes de la Costa Caribe, como el Cesar. Bolívar y Magdalena, así como de esos del centro y del sur del país. Y este fenómeno no es nuevo: así ha sido desde hace cien años. En los últimos dos, cuenta Edison Rivera, un porteño dedicado a vender El Colombiano, ha llegado un grupo importante de chocoanos: son profesores de los colegios zonales.

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Los otros tesoros de Jorge Isaacs

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                                      De los paisajes del Valle, pasó al Caribe. Descubrió El Cerrejón y el primer pozo de petróleo.

 

La Hacienda El Paraíso, escenario de María, está en El Cerrito, Valle del Cauca. Foto: Juan Antonio Sánchez.

Desde que dejaron su vida de vagabundos, varios perros, Colmillo, Campana, Taison y La Nena, entre ellos, son los moradores permanentes de El Paraíso y los primeros que acuden a recibir, mansos y bulliciosos, a los visitantes.

          En el blanco caserón de esa hacienda en la que Jorge Isaacs escenificó los hechos idílicos de María, sucedidos hace 155 años, ellos sienten el aroma de centenares de rosas y azucenas del jardín cuidado con esmero, del mismo modo que percibía Mayo, el leal perro de Efraín, las flores que cultivaba su enamorada prima para hacerlas emblema de su amor. También escuchan el rumor de un arroyo artificial que rodea la edificación erigida entre 1816 y 1828, siguiendo la senda que le impone un canal hecho de piedra.

          —Ese arroyo es un brazo del río Cerrito —dice María. Sí, María: María Ángela Sinisterra Caicedo, guía de la casa museo por 18 años—. Es una técnica árabe que trajo el padre del autor. Servía para refrescar el ambiente y evitar la presencia de insectos, como cucarachas y hormigas… y hasta de malos espíritus.

          La hacienda El Paraíso está situada a 15 kilómetros de El Placer, vereda de El Cerrito. Era, hasta abril de 1953, propiedad de la familia Gutiérrez, dedicada a la cría de toros de casta, que aceptó negociarla con el Departamento del Valle a cambio de construir una réplica cerca de allí: se conoce como Hacienda María.

Foto: Juan Antonio Sánchez

Esa casa de la Sierra, como la llamaba el escritor, da la espalda a una serranía ubicada a unos cuantos kilómetros hacia el Occidente. Montañas que Efraín frecuentaba en faenas de caza y por donde entraba y salía cuando su viaje no era “al Reino”, como le decían a Cundinamarca, ni a “la Provincia”, como llamaban a Antioquia, en esos tiempos de la Nueva Granada —1832- 1858—, sino al mundo, porque después de dos o tres jornadas a caballo llegaba al sitio Juntas y de ahí, en barca movida por bogas, hasta Buenaventura.

          María Ángela se conmueve todavía con la trama de esa novela, a pesar de que suele contarla todos los días a los turistas, al igual que las otras guías, antes de emprender con ellos el recorrido por la casa, para mostrarles los aposentos y explicarles las usanzas de la época.

          Tras subir los 12 escalones de ladrillos de arcilla de la entrada, en una de las paredes hay un poema de Carlos Villafañe. Dice:

          Suspiros en la noche y ensueños en el día

          volaron desde el pecho cristalino de María

          y rosas y jazmines en el soplo de la suerte

          en un momento oscuro los deshojó la muerte.

          En el aposento de Efraín, flores en el florero, se destaca la afición del personaje por la cacería: una escopeta pende de un clavo de la pared y una piel de tigrillo está extendida a los pies de la cama, aunque en la novela, él le regala a su padre una piel del felino que cazó, de modo que debería estar en el del viejo. En el estudio de este se distingue un escudo de Colombia, con la fecha del 7 de agosto de 1819. El oratorio es una capilla pequeña. Cuenta con armario de sotanas y ornamentos, mesa de altar y reclinatorios.

Foto: Juan Antonio Sánchez

          —En tiempos de María, un cura venía una vez por semana a celebrar tres misas: una para la familia, otra para allegados y la tercera para los sirvientes —asegura la guía.

          Hay otra edificación posterior, la casa de los esclavos, que ahora usan como salón fotográfico. Sí, un fotógrafo, Javier Molina, se encarga de tomar fotos a los visitantes. Para ello, nada mejor que vestirse a la usanza decimonónica y encaramarse en un caballo. Él presta los trajes.

          Esa hacienda fue posesión de la familia de Isaacs de 1855 a 1858. Su padre, ahogado en la quiebra financiera, alcanzó a venderla antes de morir, para intentar sanear los negocios. Pero las proporciones del hundimiento económico, que en la novela, el narrador, Efraín, menciona sin dar detalles y como si hubiera sido un secreto entre él y su padre, nunca compartido con la mamá, con ninguno de los demás personajes, para evitarles mortificaciones, y ni siquiera con los lectores. Esa quiebra tuvo varias causas: la abolición de la esclavitud, en 1851; las guerras entre federalistas y centralistas, en las cuales participó el autor de María y, dicen, perdió plata su padre, y, más que nada, por las deudas que fue acumulando el viejo inglés debido a dos adicciones: al anís y al juego.

          El escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal explica: apareció el señor Santiago Eder, norteamericano, quien, conocedor de tal situación, entendió que bastaba comprar las deudas del inglés para quedarse con todo por muy poco. Y así lo hizo.

          En la vida real, tan semejante a la fabulada, muerto el padre, al propio escritor le correspondió atender los negocios familiares; tratar de recomponerlos. Era su administrador, en 1864, cuando vio rematar las haciendas de tierra caliente, las de abajo, para que quedaran en manos de Eder. Y ni siquiera alcanzó a pagar todas las deudas.

La escultura muestra a Efraín, María y el perro Mayo. Está en el parque del corregimiento Santa Elena, en El Cerrito. Foto Juan Antonio Sánchez.

En María, hay párrafos en los que el narrador no oculta la rabia. Omite el nombre del personaje que no descansó hasta arruinarlos, cuya presión hizo enfermar a su padre. Leamos:

          —¿No estuvo él aquí? En este momento se ha levantado de esa silla.

          —¿Quién? Pronunció el nombre que yo me temía.

          Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con voz más vigorosa ya:

          —No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.

Otros paisajes

En El Cerrito, muchos no han leído la novela cumbre del romanticismo, pero viven de ella. Saben la trama, por supuesto, y hasta con pormenores. Han escuchado el cuento de los labios de María Ángela Sinisterra Caicedo o de alguna otra de las guías de El Paraíso. Una de esas personas es María Meléndez Cuarán, mujer de unos 40 años, que llegó de la mano de su padre hace más de 30 procedente del Cauca. Tiene un kiosco de comestibles en El Placer, al lado de la vía. A su ventana se acerca Francisco Reyes, uno de los numerosos taxistas que estacionan sus autos al lado de esa tienda de hojalata, en espera de visitantes al mundo de María.

          Él disfruta el recorrido como si fuera su primer día en el oficio. En el trayecto, se detiene a veces para que veamos los cultivos de uva.

           —Voy a tener un detalle: los voy a llevar al Cementerio donde está sepultada María.

          De regreso, Reyes detiene el taxi en el parque del corregimiento. Está en su hábitat; su casa y la de sus padres están cerca. Está visiblemente orgulloso. Evoca el tiempo cuando era un chiquillo. Por los parajes de El Florido, vereda de Santa Elena, grabaron la telenovela María.

          —Guardaban las cámaras en una casa frente a la mía.

          Apaga el auto, desciende con nosotros y camina hasta la escultura central: una representación de María y Efraín, acompañados de Mayo. El taxista habla de una polémica surgida porque a alguien se le ocurrió pintar de colores esa escultura.

          Isaacs tenía unos 25 años cuando dio a conocer sus primeros poemas. Viajó a Bogotá en 1866. En la capital, abrió un almacén de telas, herramientas y cristalería importadas. Se hizo amigo de José María Vergara y Vergara, intelectual, autor de Liras y aceitunas y Versos en borrador, abogado de profesión. Con los primeros atributos le ayudó a publicar los versos; con la profesión, le brindó asistencia en enredos jurídicos, en especial contra Santiago Eder.

          Ya lejos del Valle, fueron muchos los espacios ligados a Isaacs, espacios con los cuales se relacionó de manera más pragmática que poética, pues en ellos se ganó el pan, sufrió, gozó, combatió, murió. Los paisajes cálidos y húmedos del camino de herradura de Cali a Buenaventura, en 1864, en cuya construcción se desempeñó como subinspector y en los que, además de escribir gran parte de María, contrajo paludismo, enfermedad que no lo mató, pero le mantuvo enclenque por el resto de sus días. Santiago de Chile, donde fue cónsul de 1870 a 1873; Popayán, donde estudió en la infancia y adonde regresó en 1875 para regir la educación; Antioquia, donde dirigió el periódico La Nueva Era; Ibagué, donde vivieron su esposa y sus hijos mientras él se la pasaba viajando hasta que él también fue a refugiarse…

          Pero, sin duda, la costa Caribe fue decisiva. Rafael Núñez lo nombró secretario de la Comisión Científica, que continuaría la labor exitosa de la Comisión Corográfica. Resultado de este ejercicio es el libro Las tribus indígenas del Magdalena. El país se llamaba Estados Unidos de Colombia, denominación que ostentó entre 1863 y 1886. Isaacs demostró ser, como dice Álvarez Gardeazábal, “un gran escarbador”. Descubrió los yacimientos hulleros del Cerrejón, casi cien años antes de su explotación; minas del mismo mineral en Urabá, y el primer pozo petrolífero de Colombia.

Escultura de Marco Tobón Mejía. Está en la tumba de Jorge Isaacs, en el Cementerio San Pedro de Medellín. Foto: Jaime Pérez.

          “Para finales del siglo XIX, en el año 1883, se perforó, cerca a Barranquilla, el primer pozo de petróleo Tubará (…), que llegó a producir 50 barriles por día, del precioso líquido (…) Fue adjudicado (…) al autor de la famosa novela La María, Jorge Isaacs, quien en busca de carbón, descubrió petróleo” (Historia del petróleo en Colombia, de la Asociación Colombiana de Ingenieros de petróleo).

          ¿Y qué decir de la geografía que el escritor ocupa desde que la muerte puso punto final a su existencia, a las seis de la tarde del miércoles 17 de abril de 1895?

          En carta enviada a su amigo Juan Clímaco Arbeláez, dos años antes de su muerte, decía: “Si aquí en este lugar me dan tumba prestada, que pronto envíe Antioquia por mis huesos: a ella le pertenecen”.

          Y así se hizo: tuvo “tumba prestada” en Ibagué, durante siete años. Después de eso, fue trasladado al Cementerio de San Pedro, en Medellín. Sus huesos o el polvo o nada, descansan en un mausoleo, con su cara esculpida por Marco Tobón Mejía.

***

***

 

Casa de El Peñón, en Cali. Foto: Juan Antonio Sánchez.

Anexo:

 

LA CASA DE ISAACS FUE DE LA MAFIA
En Cali, carrera 4a. con calle 4a. Oeste, la casa de El Peñón, fue de los Isaacs. Allí llegó Efraín a su regreso de Londres. La compró el papá, en 1843, por 300 patacones. Antes fue de los Lloreda. Isaacs escribió allí el último capítulo de María. En 1938 fue demolida.

La firma Borrero & Ospina construyó otra en ladrillo. Fue de Abraham Domínguez Vásquez, un empresario taurino. En la Feria de Cali, hacían agasajos de fiesta brava.

En los 90, llegó a manos de Pacho Herrera, del Cartel de Cali, quien quería demolerla, pero no tuvo permiso. Fue sometida a extinción de dominio.

Hoy, en su jardín, una valla anuncia la construcción de centro comercial Jorge Isaacs.

Pelearon en Corea por pura aventura

General Sin Comentarios

Son 60 años del fin de la guerra de Corea. En Corea hubo unos 800 mil muertos, heridos y mutilados. Colombia puso 163 muertos, 448 heridos y 47 desaparecidos. Los Ramírez pelearon en ella por su propia voluntad.

"Los veteranos fuimos declarados Cónsules Honorarios de Paz", menciona Óscar, el hombre de las barbas como epifitas. Fotos Róbinson Sáenz

Qué misterio tendrá esa casa, la de María Gitana, que no deja de sorprendernos con noticias.

Primero, la habitó esa mujer de rasgos zíngaros, cuya belleza impresionó a tantas personas, entre ellas al escritor Manuel Mejía Vallejo; después, ella estableció allí un museo de antigüedades; ahora se hace visible un veterano de la guerra de Corea… Su dueño y ocupante.

De María Gitana, menos conocida como Rosalía Peláez Vélez, queda la memoria. También los cuadros que su viudo, Óscar Ramírez, mantiene colgados en las paredes.

Uno es un retrato de la bella mujer, el cual tiene un papelito con un poema prensado entre el vidrio y el marco; otro, un recorte de prensa en el cual se alude a su belleza juvenil, artículo escrito cuando esta era ya un recuerdo, aunque un recuerdo muy vivo.

Él no deja de alabarla… y de extrañarla.

—Era la mujer más inteligente y hermosa que había en estas tierras —repite.

Una gata negra y un gato amarillo ronronean por aquí y por allá. No tienen nombre: cuando los requieren, simplemente los llaman Gata y Gato.

De las antigüedades, hay un arrume detrás de los muebles de la sala: es una montaña de máquinas de coser, bacinillas de palo, despulpadoras, sillas, cristos, lámparas, mesas, armarios y decenas de objetos más, adormecidos en la espera de ser repartidos entre los dos hijos de Rosalía y Óscar.

En el patio hay diez piedras de moler. Cuando llueve, se mojan, se llenan de agua.

Digamos de una vez: la casa en que todo esto sucede está situada en la última cuadra del casco urbano de Jardín o, más bien, en la primera del sector rural, en dirección a la vereda La Herrera.

Palmas de corozo bordean la entrada. Es una antigua construcción de bahareque y techos de tejas de barro y armazón de caña brava, con paredes encaladas y puertas y ventanas de un azul tenue.

En el solar, bajo una enramada, gruñen dos cerdas blancas que pronto van a parir.

Posee jardín de rosas bien cuidado en el que se destaca un árbol del que ninguno de los habitantes de la casa sabe su nombre y al cual le cuelgan epifitas como barbas de viejo.

 

 Los veteranos
Por cierto, las barbas de Óscar, el veterano de la guerra de Corea, forman una cortina de un blanco grisáceo que le tapa el pecho, como las epifitas de ese árbol de nombre ignorado.

Dos hermanos suyos, sin barbas, también combatieron en esa confrontación, lo cual es récord mundial: tres hermanos en la guerra de Corea.

Uno de ellos, Alberto, murió hace años; el otro, Mario, recuerda esos hechos con claridad.

El pasado 23 de mayo, en la celebración de los 150 años de Jardín, se les vio desfilando a los dos guerreros, vestidos con trajes de gala cafés, sus pechos colmados de medallas, botas bien lustradas y gorros de tela inmaculados. Uno juraría que esa indumentaria no esperó en el ropero más de 60 años.

Nietos de un general de la Guerra de los Mil Díaz, los hermanos Ramírez que participaron en la guerra de Corea fueron tres: Alberto, quien murió hace tiempos; Mario y Óscar son campesinos en Guarne y Jardín.

Marcharon como si en vez de ir en una formación eterna compuesta por centenares de colegialas y colegiales vestidos de uniforme, indígenas del resguardo de Cristianía con pancartas en que hablaban de su amor por la tierra, niños bomberos y bandas marciales, cruzaran el Meridiano 38, la Península Coreana, en pleno campo de guerra. Así de erguidos.

¿Qué imágenes cruzarían por sus mentes, mientras marchaban con rostros pétreos por las calles de Jardín? Acaso las de hombres que corren y gritan y disparan entre el humo. Acaso escucharían las órdenes de los comandantes, los ruidos de los cañones, los silbidos de las balas, los rugidos de los helicópteros…

—Al despedirnos para ir a Corea —recuerda Mario, parado como una estatua al lado de su hermano—, mi papá nos dijo: “Solo les pido que si uno de ustedes se ve perdido, acorralado por el enemigo, el último tiro de su arma no lo desperdicie: pone el cañón bajo su mentón y dispara. Prefiero tener un hijo muerto que un hijo prisionero de guerra”.

Señala con el dedo índice de la mano derecha, el de disparar, un recorte de prensa de 1951 en el que aparecen los tres voluntarios, adolescentes y esbeltos, acompañados de su padre, Francisco Ramírez Jaramillo.

Al lado de este cuadro hay una fotografía en la cual se ve a Óscar poniendo flores en la Tumba del Soldado Desconocido, cerca al Arco del Triunfo.

—¿Su madre no trató de disuadirlos? —pregunto.

—No. Respetó nuestra decisión de abandonar el bachillerato para ir a pelear.

—¿Sintieron miedo?

—El que diga que no siente miedo es un mentiroso —contesta el guerrero sin barba.

—No. Nunca sentí miedo. Yo jamás he sentido miedo por nada en la vida. Uno no piensa en nada —comenta el hombre de las barbas como epifitas— y menos en que lo van a matar. Uno solo piensa en la aventura.

Cuatro estaciones
Nietos del general conservador de la Guerra de los Mil Días, Teodosio Ramírez Urrea, no resulta raro que se regalaran para ir a Corea, en el primer quiebre de la paz que siguió a la segunda guerra Mundial.

De los Ramírez, Óscar fue el primero en irse. Tenía 19 años, uno más que Mario y tres más que Alberto.

—Cuando cruzamos el Paralelo 38 en el barco H. Milton, nos trataron como a héroes. Nos declararon Lobos de Mar. Después desembarcamos y, a partir de ahí, todo fue infantería.

No estaban mezclados con gringos, ni con griegos, ni con etíopes, ni con neozelandeses ni con soldados de ninguna otra parte. Eran colombianos con colombianos, etíopes con etíopes, para que las órdenes fueran claras, se entendieran fácilmente y se respaldaran, aunque, eso sí, cada compañía tenía un comandante estadounidense o alemán, porque, como se sabe, ellos dirigían la guerra.

Iban ganando posiciones enemigas. Estaban armados con fusiles M5, carabinas .30 y ametralladoras. Pasaban la noche en casamatas formadas por ellos mismos con bultos de arena. Comían “comida americana”: hamburguesas, carne, todo enlatado y listo para calentar, y chocolate. Mario señala las marmitas y las cantimploras metálicas enfundadas en forros de tela verde, un tanto raídos, que cuelgan en los maderos de la cama.

Recuerdan el horror de haber visto morir a algunos compañeros, pero también los días de descanso.

—Jugábamos fútbol, nos bañábamos en quebradas de campos retirados de las líneas de combate.

“Yo estaba prestando servicio militar. Le pedí a mi capitán que me enviara a un sitio donde pudiera embarcarme para Corea. Me dijo: 'No. Eso es para hombres'. Así que deserté de la infantería de marina para irme...”, cuenta Mario.

Vivieron las cuatro estaciones en el campo de batalla. Vieron a los coreanos sacar la mierda de las letrinas de madera de los soldados para usarla de abono en sus cultivos, pues no tenían animales que produjeran estiércol para tal fin.

Distinto a hoy, Corea era uno de los países más pobres del mundo hace 60 años.

Protocolo y fiebre
Un día, Mario se emborrachó y chocó un carro. Lo castigaron  trasladándolo a la Compañía A, en la línea de fuego, donde usó ametralladora y tuvo enfrentamientos cuerpo a cuerpo.

Entre tanto, a Óscar, el hombre que no ha sentido miedo, lo escogieron para integrar una delegación que fuera a saludar a Harry S. Truman, en la Casa Blanca, y a recibir homenajes en varias partes del mundo. Fue una gira de tres meses. A ese tiempo corresponde la foto que lo muestra ante la Tumba del Soldado Desconocido.

—¿De modo que Óscar viajaba por varios países, en actos y homenajes, mientras ustedes seguían en Corea?

—¡Cómo le parece! Nosotros matándonos en el campo de batalla y él recibiendo medallas —bromea el guerrero sin barba.

Luego de tal recorrido diplomático, Óscar llegó a Colombia. Se encontró con la noticia de que sus hermanos seguían en la guerra y decidió regresar a Corea para estar al lado de ellos.

Corrían los meses. A medida que avanzaban los acuerdos para poner fin al conflicto, fueron despachando contingentes a sus países de origen. Los tres hermanos volvieron al país de uno en uno.

Mario estuvo 18 meses en el campo de batalla. Dice:

—Al final, contraje fiebre hemorrágica. Es una enfermedad viral en que se tapona la vejiga. Me atendieron en el hospital de campaña. Orinaba por sondas que me instalaban las enfermeras. Pero allá no podían curarme, entonces me dieron la baja… —Y agrega—: Usted sabe, en todas las guerras hay una epidemia y esa fue la de Corea: la fiebre hemorrágica.

Los hermanos Ramírez recuerdan todo ello como una aventura sin par.

En las paredes de la casa hay diplomas de honor y Medallas del Gobierno de Corea, la Llave de Oro de Nueva Orleáns…

Los combatientes reciben dos salarios mínimos mensuales por los servicios prestados en ese país asiático.

Los dos veteranos de guerra son campesinos. Mario, siembra y pastorea en Guarne; el hombre sin miedo, en Jardín, más exactamente en la casa que fuera de su María Gitana.

El laberinto de los muertos

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Foto: Julio César Herrera

La cripta de Jesús Nazareno es un laberinto. En el subsuelo de la iglesia, galerías de osarios se interrumpen para dar espacio a otras perpendiculares a estas; unas tienen 120 osarios por cada lado; otras, 180; unas se distinguen con nombres alusivos a la Virgen, otras, de santos; en ellas, unos osarios no tienen la identificación de sus ocupantes, otros carecen de fechas; los hay sin tapa de mármol, que a duras penas poseen un cartón de envolver en el cual se lee un nombre garrapateado a mano, con bolígrafo… Hasta la muerte se enreda en esos pasillos de horror.

Pero no Rubén Darío Vargas, el sepulturero. El encargado de sacar unos huesos, de introducir otros; el que se ocupa de entregar restos a una familia que desea volverlos ceniza para que quepan, no solo estas, sino las de varios parientes; quien mantiene el espacio aseado porque sabe que la limpieza es condición para dignificar la muerte.

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A Ernesto López se le murió Lealon en sus brazos

Narrativa urbana 1 Comentario

Para Editorial Lealon no hay vuelta de hoja. Después de 41 años de imprimir libros, de formar una montaña de papel conformada por unos 5.000 títulos, cerró sus puertas vencida por la quiebra.

Ernesto López. Fotos Donaldo Zuluaga.

A Ernesto López Arismendi, su dueño desde que las abrió en los primeros días de 1972, en el mismo local de Cúcuta con La Paz, el ajetreado sector de Medellín compartido por las tipografías, las litografías, las editoriales, las chatarrerías y las mujeres de la vida, se le nota triste. ¿Pero, cómo no estarlo si los cálidos arrumes de papel refilado, el olor a tinta, la lectura detenida de las pruebas, las correcciones, las diagramaciones, la imprenta, hablar con escritores, con historiadores, con poetas, son actividades que se constituyeron en la sangre que ha corrido por sus venas? Y está triste, a pesar de que él no abandonará del todo el oficio: seguirá editando libros, aunque sea subcontratando algunos procesos, porque de lo contrario enfermaría. Ya no lo hará en la cantidad de antes… Y no lo hará más con Lealon.

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Julio Erazo: el juglar del gran Magdalena sigue creando

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El cantautor radicado en Guamal, Magdalena, es compositor de numerosas canciones conocidas: Adonai, Hace un mes, El bailador y el tango Lejos de ti.

 

A mediados del siglo XX, en los pueblos costeños de la ribera del Magdalena en los que Julio Erazo se movía, teniendo como eje a Guamal, no había luz eléctrica. De modo que, al morir el Sol, él tomaba unos mechones para iluminarse mientras componía canciones.

Una noche, viendo cómo se formaban nubarrones y comenzaba a serenar, el recuerdo de su novia lejana, Elides Martínez, lo entristecía. Tomó su cuaderno y empezó a escribir:

Elides Martínez, su esposa, ha sido la musa que ha inspirado varias de las canciones de Julio Erazo.

Hoy que la lluvia
entristeciendo está la noche,
que las nubes en derroche
tristemente veo pasar
viene a mi mente
la que lejos de mi lado,
el cruel destino ha posado
solo por verme llorar…

Y así nació uno de los tangos más conocidos en Argentina y Colombia: Lejos de ti.

Sentado en una mecedora en un corredor interior de su casa guamalera —casa grande, con pozo de agua ya en desuso, sin molinete—, al lado de su esposa Elides, quien recuesta un taburete de cuero a la pared para estar junto a él, el cantautor cuenta su vida mientras comparte con nosotros una jarra de chicha de maíz helada que corta la sed.

¿Pero un tango, salir del ingenio de un hombre costeño? ¿De la misma pluma alegre que escribió La pata pelá, Compae Chemo, Hace un mes, Adonai, y Yo conozco a Claudia? Este compositor, nacido en Barranquilla el 5 de marzo de 1929 y criado en Guamal, oía a su mamá, Carmen Cuevas Villarry, cantar tangos de Gardel, mientras lavaba ropa, pilaba maíz o lo amasaba en la batea. “Así que, cuando me dio por componer este tema, yo tenía ese lenguaje en mi cabeza”. Por otra parte, su padre, José Ignacio Erazo París, era un pastuso que se desempeñó como periodista en Panamá, Bucaramanga y Barranquilla. Y esa mezcla cultural, andina y costeña, hizo de él un compositor versátil: de su inspiración han salido merengues, puyas, sones, cumbias, paseos, boleros, bambucos, pasillos.

Así comenzó la cuestión
“Cuando nos conocimos, en 1948 –dice Elides-, él era profesor de la escuela de niños de Buenavista; yo estudiaba en la de niñas. Él me veía, pero yo no lo veía a él”.

Con una guitarra en su regazo, Julio recuerda cuando piropeaba a la niña, “oye, amorcito, quiero hablar contigo”, pero ella nada le decía.

“En noviembre de ese año, antes de irse con su papá para su casa lejana, me dejó un papelito con una amiga, en el que me decía que aceptaba mis amores. Me dejó picao y en esas vacaciones me dediqué a parrandear con mis amigos”. Fue en ese tiempo cuando comenzó a componer canciones y su papá le compró una guitarra en Bucaramanga.

Y sus cantos le han servido para enamorar muchachas o, al menos, para rendirle homenaje a su hermosura, como Rosalbita; otros, para exaltar atributos de la cultura costeña, como La puya guamalera; los hay también para aludir a temas cotidianos, como El caballo pechichón, y hasta para tratar temas personales, como Compae Chemo.

Cuando salía de enseñar, se sentaba “sabroso bajo una sombra, al lado de la escuela,” a ver llegar la noche y a componer. Un día se le acercó una “señora de edad”, a quien los muchachos no llamaban por su nombre, Claudia, sino que le ponían sobrenombres, Candela o Bombariaca, y ella moría de rabia. Tenía marido: un policía llamado Bernabé. Ella le contó su tristeza: Bernabé se había ido de pronto y la había dejado sola. “Yo le dije: ‘déjate de eso, que él tiene que buscarte’”. Cuando terminó de echarle el cuento, se fue. Julio quedó mirándola alejarse y vio que esa mujer tenía un caminar bonito. Y se puso a cantar con su guitarra:

350 es una cifra corta para contar las composiciones de Julio Erazo. La mayor parte de ellas han sido grabadas.

Yo conozco a Claudia,
yo conozco a Claudia
por su modo de caminar.
Mueve la cintura,
mueve la cabeza,
mueve la cadera
como si fuera a bailar.

Y las canciones que iba componiendo se las cantaba primero a su madre, quien le decía: “¿y tú por qué no haces lo posible por grabar un disco?”. Animado por estas palabras, viajó a Barranquilla en busca de una casa disquera que se interesara en grabarlas. Llegó a la Tropical, pero allí, sin oírlo, le hicieron dar media vuelta con un comentario destemplado: “aquí no necesitamos canciones”. Fue a la Atlantic. Dos hombres, un tal Buitrago, “pero no Guillermo”, y Jaime Cabrera, le dijeron: “qué clase de música tienes”. Él respondió: “paseos, merengues, cumbias”. “Es que estamos hasta aquí de Guillermo Buitrago”. Julio se aplicó en puntear La puya guamalera y, mientras lo escuchaban, veía a los hombres intercambiar gestos aprobatorios. “¿Qué más tienes?”. Les cantó Yo conozco a Claudia. Y ellos seguían mirándose estupefactos. “Ensáyate bien esos dos numeritos para el sábado a las 10 de la mañana”. Julio andaba con Juan Madrid, guitarrista, y Luis Mosquera, guacharaquero. Les enseñó los coros. Grabaron un disco de 78 revoluciones por minuto con un solo micrófono.
Al final “nos dieron no sé cuánto, como 25 pesos a cada uno, cuando el pasaje en bus urbano valía 10 centavos. Era noviembre de 1950. Y así fue como comenzó la cuestión”.

 

20 canciones inéditas, “sin grabar, tengo ahorita mismo”, porque el cantautor costeño no para de componer. En Guamal, Magdalena, lleva una vida tranquila. Fotos: Juan Antonio Sánchez.

 El amor de Elides
La cuestión: una vida de artista reconocido. Giras con sus grupos, Julio Erazo y los Guamaleros y Julio Erazo y sus Chimilas. Composiciones sin tregua. Sus canciones recorrían Colombia en su garganta o en la de otros, o viajaban a Argentina u otros países. Pocos años después, Toño Fuentes lo invitó a grabar con su disquera y a integrar Los Corraleros de Majagual. “Me entrevisté con Manuel Cervantes, el director de Los Corraleros. Le dije: ‘vamos al estudio’. Allí le fui dictando la música de Hace un mes. Era 1956”. Después de una etapa con el grupo, Julio volvió a cantar con sus propios conjuntos, hasta el decenio del ochenta.

“Sírvanse más chichita –convida Elides-. Ahí está la jarra, sobre la mesa”.

Uno de los clásicos de la música vallenata es el Compae Chemo. “Eso fue que le prometí a Anselmo Montes que iría a la fiesta de cumpleaños de su hija Asunción”. Pero no fue. La fiesta de fin de año en Guamal fue grande, recuerda Erazo. Se emborrachó tanto que el primero, antes de subirse a la chalupa en Buenavista para acudir a la cita, entró en casa de Alirio Jiménez, quien vendía trago, a desenguayabar. Se encontró con amigos y Alirio les dio una botella de licor, preparó sancocho de bocachico y puso en el tocadiscos algunas rancheras que a Julio le gustaban mucho y así, de unos pocos tragos terminó embriagándose otra vez y no pudo ir a la fiesta.

Tengo pena con compadre Chemo
tengo pena porque yo no fui
a la fiesta de su dos de enero
y con tanto que le prometí…

“Y cómo no se iba a enojar, si era como la tercera vez que le incumplías –interviene Elides-. Acuérdate”.

Elides dice que después de Lejos de ti, Julio y ella demoraron para casarse. Él andaba en sus giras y enamorando mujeres, hasta que un día, en 1957, ella se quejó ante su mamá de la indecisión de él para el matrimonio. ¡Ajustó siete meses sin escribirle! “Hasta que se acordó de mí”. Y se casaron. A ella, su madre le dio un consejo, viéndola inquieta por esa condición de hombre enamorado que tenía Julio: “el hogar lo hace la mujer. Ella es la que consiente al hombre. Y de ahí vienen las composiciones”. “Y sí, con amor, todo lo soporté. Con amor, una no ve la falla y todo lo cree”, dice Elides.

Fin

 

“Viajar, conocer personajes… todo queda en la mente de uno y, en cualquier momento, surgen en las canciones”.
Julio Erazo

 

 

SIEMPRE CREANDO

Julio Erazo no deja de componer canciones. Fue hasta su mesa de noche y trajo una hoja de cuaderno. En letra muy pequeña que a veces a él mismo le cuesta leer, tiene escrita una canción nueva:

Eso era antes

Yo me acuerdo que antes
en las noches de luna
yo paseaba en mi pueblo
sin tragedia ninguna.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Sin tragedia ninguna.

Pero ahora te agarran.
Pero ahora te atracan.
Te llenan de sonrisas
Y hasta te dan burundanga.

Yo me acuerdo que antes
con mil pesos comía
con mi abuela y mi abuelo
con mi madre y mi tía.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Con mil pesos comía.

Los mil pesos ahora
no te sirven de nada.
Un pan con gaseosa
y hasta una empanada.

Las alumnas de antes
muy tranquilas andaban.
Del colegio a su casa
felices caminaban.

Pero eso era antes,
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
Felices caminaban.

Pero ahora las siguen,
Parecen guardaespaldas.
Si ellas se descuidan
de pronto
les pellizcan la nalga.

Mi abuelito gozó
con muchachas queridas,
pero nunca sufrió
de una peste maligna.

Pero eso era antes
Pero eso era antes
Pero eso era antes, señores,
No había pestes de sida.

Los hogares de antes
estudiaban la Biblia.
Había mucho respeto,
se quería la familia.

Ay, estudiaban la Biblia
Estudiaban la Biblia
Pero eso era antes, señores
Estudiaban la Biblia.

Ahora está la parranda
y la gran diversión
y hasta los chiquiticos
pegados de la televisión.

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