En Maturín hierve la vida

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Tanta vida en tan poco espacio. Es lo que piensa uno cuando visita la pequeña cuadra de Maturín, entre Palacé y Junín. Son apenas 50 metros mal contados en los que una multitud alborotada hierve movida por la urgencia de la subsistencia. Allí, el que espabila pierde, se cae, no vende, no compra o corre el riesgo de que lo pise un carro.
Vendedores ofrecen periódicos y revistas, zapatos, suelas de zapatos, balones, frutas, flores, golosinas, cigarrillos, papitas fritas, utensilios para el hogar, abalorios de mil clases…

El tranvía, que tendrá su estación de partida de esta cuadra de Maturín, entre Junín y Palacé, tendrá 11 coches para 300 pasajeros cada uno. Trabajará de 4:30 a.m. a 11:00 p.m., con frecuencia de 4 minutos. Costará $490 mil millones y comenzará operaciones el 14 de mayo de 2014, si todo sale como lo planean. FOTOS: Manuel Saldarriaga

Algunos de ellos lanzan al aire sucio de negro humo sus pregones: ¡a mil la rosa, a mil la rosa!, ¡lleve la papayuela a dos mil la pila! Y sus voces tienen que batirse en duelo con los rugidos de los buses de La Milagrosa, de El Limonar, de Envigado y de El Salvador, y con los resoplos de sus frenos, así como con las bocinas de decenas de taxis cuyos conductores, desesperados por el trancón sin final, los hacen sonar tal vez creyendo que con ello harán mover las filas de autos o activarán la luz verde del semáforo.

En la cuadra del costado norte, mujeres bailan ofreciendo placer o compañía para unos tragos bien tomados al son de ritmos alegres que emergen de dos bares en mitad de cuadra, únicos testigos del viejo Guayaquil, que hacen inevitable recordar el grill High Light y el bar La Payanca, cuyas historias terminaron recientemente.

“¿Cuántas flores le empaco, patrón?” No sabe uno con certeza de dónde salió esta voz terrosa.
Indiferente al humo, al ruido, pero pendiente de la comedia humana que se representa ante sus ojos, Luz Marina Bustamante vende frutas en la acera, a pocos pasos de Palacé. Cede su butaca a una de las mujeres que bailan, quizá porque a esta hora de la tarde está cansada de moverse en la acera quebrada o tal vez sea porque debe guardar fuerzas para una noche que aún ni siquiera se insinúa. La frutera es una mujer enseñada a lidiar las calles del centro. Con más de 30 años en ellas, en esta vía lleva más de 15.

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Cárcel municipal: hotel sin salida

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A Germán Franco, en los 19 meses de cárcel, su mujer apenas lo ha podido visitar tres veces. Él es uno de los 91 habitantes del centro de reclusión de Envigado y ella vive en Cúcuta, de modo que no resulta tan fácil ni tan barato conseguir que ella venga seguido desde la frontera colombo-venezolana, más de 1.100 kilómetros, 40 horas y 200 mil pesos en el doble trayecto, sin contar los gastos de alimentación y alojamiento.

Fotos: Manuel Saldarriaga

“En los días de visita, además de hacer aseo, por lo que me rebajan tiempo de condena, paso en el patio hablando con los compañeros, tratando de distraerme. Esos días no avanzo en mis tejidos de bufandas; converso”.

Caso parecido es el de Eric Montes, un muchacho monteriano radicado en La Ceja desde hace unos ocho años, cuando vino a estudiar Tecnología de Sistemas. “El 28 de diciembre bajé a Medellín a comprar insumos electrónicos en un centro comercial y cuando subía en el bus, me cogieron en un retén policial en Las Palmas. Los agentes me dijeron: ‘hay una orden de captura en su contra, expedida en Montería, por alimentos’. ‘¿Alimentos de quién?’, les pregunté. Pero no sabían nada más. Una muchacha me denunció, cuando yo ni siquiera sabía que el hijo de ella era mío. Estoy a la espera de los resultados de los exámenes de ADN para verificar la paternidad. No tendría problema en responder. Lo que me preocupa es que mi novia, quien vive en La Ceja, está esperando un hijo mío con embarazo de alto riesgo”. Por tal motivo, excepto el 8 de enero, cuando ella se presentó a escucharle las explicaciones al costeño, no ha podido volver a visitarlo. “Por eso los domingos, cuando vienen las mujeres, son los días más torturantes para mí. Como no me visita nadie…”

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Medellín tiene quien le cante

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En el Parque de Berrío, en su mitad norte, dicen: “en este sitio hay tantos músicos que usted los encuentra hasta de un solo ojo”.

Fotos: Manuel Saldarriaga

Y uno de estos músicos de un solo ojo es Jairo de Jesús Gómez Tobón, quien con su ojo izquierdo tapado con un cuero negro, parece un pirata, un pirata cantor.

Al lado de sus compañeros, Gil Miller Guerra Vega y Gustavo Jiménez, se sienta en la jardinera que rodea la estatua de Pedro Justo Berrío, a interpretar música de carrilera, ante un público conformado por transeúntes que hacen una pausa en ese afán de llegar a ninguna parte para escuchar al menos un fragmento de canción.

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Radio Reloj: una sesentona que acompaña cada segundo

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Una tarde de junio de 1969. Rodrigo Londoño Pasos había acabado de mirar uno de los tres relojes de la pared, el que marcaba la hora de Colombia, y se había acercado al micrófono para decir: “en Radio Reloj son las cinco y treinta y un minutos. Radio Reloj, la emisora de todas las horas”. Había dejado rodar una canción cuando entró al estudio el cumbiambero Gabriel Romero, jadeante, con el disco recién prensado de La Piragua. “Ponlo, que está calientico”.

El locutor, conocido en el mundo de la radio como el Juvenil y quien actualmente narra los partidos de fútbol de los equipos antioqueños cuando son visitantes en los estadios del país, fue “relojero”, como suelen decirles a quienes dan la hora en las emisoras. En Radio Reloj permaneció desde 1963 hasta 1975, primero como supernumerario y después como titular.

“¡Me vas a hacer echar!” Repuso, pero de todos modos recibió el disco para ponerlo. Fue tal la aceptación inmediata de los oyentes de esa canción de José Barros interpretada por Romero y los Black Stars, que los teléfonos repicaron sin tregua para solicitar su repetición. Londoño Pasos optó por consultar en la gerencia, donde le respondieron: “si a los oyentes les gustó tanto, pásela cada veinte minutos”.

Era la época en la cual, los locutores de Reloj, unas verdaderas estrellas, se veían por la vitrina desde la calle, como se ven los maniquíes y la ropa exhibida en ciertos almacenes. Los veían poner los discos y cuando había artistas, como en este caso, los peatones se detenían ante la vitrina de esa emisora situada en Maracaibo con la que hoy es la Avenida Oriental, a mirarlos. Los buses de Boston y de Sucre pasaban por esa vía y debían detenerse para hacer con cuidado el cruce, mientras lo cual los pasajeros giraban la cabeza hacia la vitrina.

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Patachuma le canta a su pueblo

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Patachuma camina con soltura entre los pantanos, a pesar de que no usa botas de caucho. Esta habilidad sería normal si fuera agricultor; pero él es artista.

Alejandro González Tascón, Patachuma. Fotos: Juan Fernando Cano.

Es un cantautor de la comunidad Emberá Chamí, del Resguardo Indígena de Cristianía. El título de una de sus canciones, Patachuma, es el apodo que se apodera de su nombre. Pocos son sus paisanos que lo llaman Alejandro y menos los que saben sus apellidos: González Tascón.

Le oyen cantar sus canciones, acompañado de su grupo Hijos del Arco Iris, y después se van cantando por ahí sus estribillos, especialmente el de ese exitoso tema:

Patachuma, patachuma

Chi bia area kivi.

Y él se siente contento, a pesar de que esta voz chamí, Patachuma, significa Plátano Sancochado, porque es la manera como su pueblo embera reconoce su creación. Y tiene razón. Es de suponer que a Jorge Icaza no le molestaba si le llamaban Huasipungo, aunque esta voz signifique terreno de una hacienda donde los peones siembran su propio alimento.

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Kyoto, el japonés con cara de prófugo, entre ollas y olvido

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Kyoto era un japonés que vivía entre ollas. Y en la olla, podía yo juzgar rápidamente, a pesar de que era apenas un chiquillo de cuatro o cinco años. Pero es que esta circunstancia saltaba a la vista, incluso a la vista de un chiquillo de cuatro años.

Fue leyendo un texto de Capote, El Duque en sus dominios, cuando recordé a Kyoto, ese personaje de mi infancia ya parecía perdido para siempre en los baúles más cerrados y empolvados de mis recuerdos. Y cuando volvió a aparecer en mi mente, parecía un sujeto nuevo. Si la memoria estuviera conformada por un álbum de cromos, durante más de dos décadas nunca eché de ver que había unos recuadros faltantes, el de los concernientes a Kyoto.

Apareció de pronto, como si se escapara de ese ostracismo brutal para revelarse otra vez. Como un barco que hubiera naufragado hace siglos y, de buenas a primeras, hubiera vuelto a la superficie, chorreante, ante la mirada atónita de navegantes que estuvieran desprevenidos mirando el horizonte desde la cubierta de su barco.

Debe ser porque el relato del norteamericano se desarrolla en Japón, más exactamente en Kyoto, ciudad situada a doscientas treinta millas al sur de Tokio. Ese texto tiene como personaje a Marlon Brando. Él es el duque en sus dominios. Y sobre el rodaje de la película Sayonara. Y menciona, entre muchos otros personajes, a Otani, una “eminencia pequeña, sin sonrisa, de más de ochenta años de edad” magnate de los negocios del cine, los teatros y la radio. Parecido a Kyoto, el mío, no en fortuna pero sí en lo demás. ¿La edad? Tal vez Kyoto, el mío, tenga setenta en este momento. Pero tenía 45 en ese tiempo de mi infancia. Y Otani, el de Capote, más o menos lo mismo durante ese drama.

En fin. Fue leyendo este relato cuando recordé a Kyoto y esto es lo que cuenta.

Él vivía con su numerosa familia, una esposa japonesa y un reguero de niños japonecitos, en su negocio de ollas. Un local de cuatro metros por cuatro metros, en esquina, con la puerta de entrada por ésta, y una ventana que él abría para dejar que entrara el Sol o saliera la imagen de su taller. De resto, las paredes blancas de cal estaban forradas de armarios desde el suelo hasta el techo y los armarios, cubiertos de ollas de aluminio. Ollas grandes, ollas chicas. Ollas de hervir leche, chocolateras, soperas, calderos. Ollas y ollitas. En una cantidad que tocaba inútilmente el infinito. Y en el suelo, ollas. En las vigas de madera, también blancas, que sostenían el techo, ollas colgadas de clavos. Y en un banco como de carpintería, ollas. Era en éste que las arreglaba, dejando para ello, con visible esfuerzo, un pequeño espacio entre más ollas. Y un gran soplete, cuya flama mantenía azul, potente. En un extremo de ese cubo de techos altos y blancos estaba el baño. La parte alta de este estaba rodeada de tablas de madera que al tiempo que tapaban intimidades –yo imaginaba revoltijos de cobijas y sábanas y almohadas- servía seguramente para que no se fueran a caer los japoneses desde semejante altura, pues, se adivinaba fácilmente que era allí, en lo alto, que dormía la familia oriental. Ahora que lo pienso, hubieran caído en ollas, nada tan grave como aparatoso y ruidoso. Una escalera de madera mantenía recostada y lista para ascender o descender.

Kyoto y su familia me causaban curiosidad. En las pasadas, de la mano de mi madre o al lado de mi hermano, dilataba el paso, casi me detenía de despacio, para dejar entrar mis ojos por la puerta y después por la ventana y descubrir, rápidamente entre tantos trastos de aluminio, alguna cara cobriza de ojos rasgados como ojales cuyos botones parecían a punto de saltar de lo apretados que estaban. Nunca los oía hablar. Imaginaba que si lo hicieran lo harían en su extraña lengua y que el único contacto con el mundo fuera el hombre, pues solo él se veía atender a los esporádicos clientes, recibir su olla, diagnosticar el daño, establecer el precio y el plazo.

Esos niños podrían haber sido mis amigos. Pero no lo eran. Por una parte, yo no era muy sociable. Y esos niños descamisados, menos. Miraban el mundo, como sus padres, con prevención. Ahora que lo pienso, como si en algún momento, quién sabe quien fuera a dar con ellos y los haría pasar un mal rato.

Hoy me pregunto: ¿habrán venido huyendo desde ese lejano país insular? Parias, entre ollas y calderos. La mujer, siempre sumisa y callada, mantenía en función de esos niños a medio vestir. Kyoto, por su parte, no paraba de hacer su oficio. Remendar ollas de aluminio. Parecía un condenado. Su pobreza se le salía por los estrechos ojos.

A veces, en compañía de mis escasos amigos, Caricatura y Caballo Loco, entre ellos, pasaba por delante de su negocio recogiendo cajetillas de cigarrillos, las de papel, no las de cartón, para desarmarlas con cuidado de no romperlas y formar con ellas los billetes con los que pagábamos en nuestras deudas de juego, nos deteníamos a ver a los japoneses como si fueran animales de zoológico. Y mirábamos a esos niños medio desnudos reptando entre trastos plateados, llorando y moqueando entre tapas y asas sobre las baldosas amarillas del suelo. Y veíamos el letrero como escrito con un dedo y con pintura negra sobre la puerta de entrada: «Kyoto».

Recuerdo que alguna vez mi padre llevó una olla a reparar donde Kyoto. Entramos. Y pude ver de cerca ese mundo raro. Y a la mujer callada, de mirada huidiza. La olla, un hervidor de leche cuya tapa de agujeros por los que salía la espuma y la nata siempre me causaba grata impresión, recibió una cirugía profunda: el asiento original completo fue remplazado por otro, a todas luces más grande que el anterior. Para sujetarse a la pared redonda de la olla. Ese asiento se sobreponía un poco encima de la pared, en la parte baja del recipiente. Era la forma de agarrar con soldadura, gracias al soplete, esa lámina a al recipiente. Era como cuando uno dobla un poco los pantalones para que no se mojen en el suelo durante el invierno. Y siempre que en casa, mi madre usaba el hervidor, yo pensaba en Kyoto y su familia japonesa, pobre como ratas en su ratonera.

De pronto, un día, ese local estaba vacío. Kyoto se fue con su familia de nombres desconocidos y sus trastos y su soplete y sus rollos de aluminio, y sus tijeras y sus martillos de bola, del mismo modo misterioso como apareció un día en ese local de esquina. Tal vez era tiempo de volver a Japón. Tal vez la policía japonesa dio con ellos, si es que eran prófugos. Los extrañé. Si era raro ver una familia gringa cerca en mi barrio, ¿cuánto más una asiática, con aspecto de fugitiva?

Paso por esa esquina y mi memoria llena otra vez de ollas y calderos ese pequeño local, por más que en el mismo hayan montado tres negocios en tiempos distintos: un cafetín, una miscelánea y una maderera.

De modo, pues, que esta semana volví a ver a los japoneses cuando se aparecieron de golpe en mi mente leyendo ese relato de Capote.

Vida de un cuidador de tumbas

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Para ganarse la vida,  Iván Darío Ramírez Grisales les lava las casas a los muertos.

Fotos: Jaime Pérez

Desde hace más de quince años, esa es su labor. Todos los días llega temprano al cementerio Campos de Paz, procedente de su casa en Santa Elena. Luego de saludar a sus amigos vivos, los vendedores de flores, en especial a los Grajales, los del puesto del extremo, toma sus útiles de trabajo, los cuales suele guardar en éste, y dirige sus pasos al campo sembrado de tumbas.
Como el dos es día de los Fieles Difuntos, según el Calendario Católico, y en general noviembre es mes de los muertos, este mortal atraviesa una especie de temporada alta para su necronegocio. Los deudos quieren tener resplandecientes las tumbas de sus seres queridos.

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Las alfareras de Untí amasan una tradición

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La siguiente es una crónica que cuenta la agonía de una actividad tradicional: la alfarería. Si bien es una narración sobre un tema campesino en un blog dedicado más que todo a la urbe, se notan los ojos citadinos del autor, quien considera, literariamente, la vida rural igual de compleja y maravillosa que la urbana.

Severiana Higuita y su hija, Liliana, son dos de las cuatro alfareras de Untí. Sin más herramienta que sus manos, modelan el barro que la segunda de ellas extrae de un sitio ubicado a unas dos horas a pie desde su casa. Fotos: Róbinson Sáenz.

Como Dios, Severiana y su hija, Liliana, se sientan en el quicio de su casa de paredes de cañabrava y tejas de zinc a mirar el paisaje de todos los días con una pelota de barro entre las manos para modelar figuras.

Van tomando la masa de una callana, una suerte de plato hecho de arcilla, el cual suele usarse más que todo para asar arepas en fogón de leña. En ella van remojando la pasta y tomándola poco a poco. Las dos mujeres son diestras. Por eso, en la mano izquierda descargan la bola y con la derecha van dando forma al utensilio, sin apenas mirar lo que hacen esas extremidades embarradas.

Ese paisaje de todos los días tiene por escenario el terraplén de su vereda, Untí, la única plana de Buriticá, un municipio constituido por pendientes de ochenta y noventa grados que dificultan la agricultura y más aun la ganadería porque las pobres vacas no encuentran bien de dónde agarrarse; por techo, un cielo nublado.

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Rosa Amanda calma hambres en la Nutibara

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Pensar que Rosa Amanda Muriel almuerza desde las diez y media, cuando muchos están apenas desayunando. Y que lo hace parada en pleno Centro, en la acera de la Plazuela Nutibara, a los ojos del mundo.

Con el fruto de su trabajo, Rosa Amanda Muriel compró casa en San Javier, hace nueve años. Es de tablas. Lentamente, dice, la va cambiando por materiales. Fotos: Manuel Saldarriaga

Con un cucharón, sirve primero la sopa, en un plato hondo de icopor, y se para a tomarla al lado de ese cochecito de bebé transformado en restaurante rodante.

No tarda. Sus movimientos son rápidos, pero no parecen apurados, como sucede con los de quienes tienen mucha pericia en un oficio. Parece ignorar que a sus espaldas, por plena avenida Primero de Mayo, buses bajan raudos, como si sus conductores compitieran por llegar al cruce de Bolívar y ganarse el semáforo en verde o, por lo menos, en amarillo.

De tanto oler los olores de la urbe, su nariz no se da cuenta de que el aire apesta a gasolina quemada, la del humo de los autos. Y ni siquiera que el olor de los alimentos se esfuerza por abrirse paso a codazos por entre ese olor dominante.

Cuando termina la sopa -hoy es de legumbres y se ven dos o tres carnes agarradas de sus huesos, náufragos en la fuente de líquido espeso y amarillo-, sirve el seco: un pocillo rebosante de arroz blanco –dos o tres granos caen del plato al suelo-; con otro cucharón y de otra caneca, extrae la carne en polvo, y de una tercera, espaguetis y tajadas de plátano. Va poniendo todo encima del arroz. Hubiera podido escoger chicharrón, en vez de carne molida, pero hoy no le apetece.

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Se mueve el negocio de cartas de amor

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En El Ocio hay un letrero que dice: «Se escriben cartas de Amor y demás». Y debajo de éste, una frase escrita con la misma caligrafía: «La palabra le habla a la mudez del silencio y alimenta de encanto la sensibilidad».

Jorge Humberto Restrepo. Fotos: Julio César Herrera

Jorge Humberto Restrepo no vive de escribir cartas de amor porque es demasiado romántico para ponerles precio. Él deja, más bien, que éste salga del corazón del cliente. En ese letrero de la librería envigadeña no dice que escribe lo que le encarguen: epitalamios; elegías; panegíricos; cartas de amor, de amistad, de negocios y de cualquier circunstancia; reflexiones; crónicas; cuentos, y novelas.

“Es que siempre he sido así: cobro el córner y también voy a cabecearlo”.

Comenzó a hacerlo después de un trasegar por Venezuela y Colombia atendiendo en clubes y decorando viviendas y oficinas. Pues la vena poética que heredó de su padre, apodado el Genio, quien fuera profesor, heraldista –hizo el escudo del municipio de Caldas-, bohemio y crucigramista, tuvo que esperar para poderse imponer. Cuando era niño, en su casa eran comunes las visitas de Rodrigo Arenas Betancourt, Ramón Vásquez y de escritores y poetas que leían y conversaban con su padre. Lo más sentido siempre lo he guardado en el sagrario de mi corazón. Lee una carta que acaba de escribir. Se la encargó un hombre divorciado, “de espíritu libre, muy sensible y romántico”, quien, al parecer, “se equivocó, tuvo una desfachatez” con una mujer soltera y conservadora en sus costumbres, a la cual respeta, y por eso intenta disculparse con esa carta en la que también le dice: usted es la mujer ideal y perfecta sobre la que siempre han estado posados mis ojos, aunque le aclara que mi corazón es libre… al igual que el suyo.

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