Los hijos de Vulcano retuercen los hierros

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Como si trabajaran en el taller de Vulcano, el Dios del Fuego, los forjadores de hierro siguen ejerciendo su oficio milenario.

Y como suele ocurrir en las artes y los oficios más antiguos, el legado vuela de una generación a otra, los saberes pasan como la posta de un atleta a otro. Y la pasión.

Fotos Juan Antonio Sánchez Ocampo

Gustavo Ospina, uno de los cinco herreros del patio trasero de la Tienda del Cerrajero, en Jesús Nazareno, es un ejemplo claro de esta idea.

Da la espalda a una fragua cuyo fuego que es alimentado con coque, un combustible sólido formado por la destilación de carbón bituminoso calentado a temperaturas de 500 a 1.100 grados centígrados sin contacto con el aire. Encima de esas brasas pone a calentar varillas de hierro durante unos tres minutos. Es tiempo suficiente para que alcancen temperaturas de más de mil grados centígrados.

Toma una de ellas con su larga pinza que agarra con su mano izquierda y, con la derecha, da mazasos a la otra punta, ya de un amarillo rojizo que da la impresión de ser incandescente, apoyándola, no en un yunque como los forjadores de antes, sino en una mesa metálica, y así consigue darle curva.

Una lluvia de limalla va desprendiéndose de la varilla con cada golpe. Parecen gotas de fuego las que caen al suelo o rebotan en su delantal de carnaza cuyo faldón le llega más abajo de las rodillas.

Termina de formar la espiral descargando la varilla en una guía, hecha también de hierro, que descansa en lo alto de una pequeña torre férrea que sobresale en su mesa de trabajo, como una oreja.

Luego, la arroja al suelo donde hay otras, enfriando.

¿Qué hacen estos hombres con su rústica labor? ¿Para qué tuercen fierros en esa vieja casa de paredes ahumadas y heridas por golpes dados con ese material duro, el cuarto más abundante de la Naturaleza?

Moldean una parte de las figuras que adornan las rejas de las ventanas y las puertas. Aplicaciones, se llaman esas varillas retorcidas, las cuales, juntando dos o cuatro, dan forma a flores inflexibles que dan gracia a esos encierros de las viviendas.

Para forjar cada varilla, él toma apenas un tiempo tan breve como el que uno requiere para leer tres o cuatro líneas de este relato que describe su trabajo.

Como no le pagan salario, sino por producción, al final del día cuentan las que logró hacer, que no bajan de trescientas o cuatrocientas, el objetivo es ver crecer esa montaña de figuritas en el suelo.

“Mi papá tiene 80 años. Con él trabajé en mis comienzos, en un taller del Chagualo. De vez en cuando se asoma por aquí. Hacía herraduras —comenta Gustavo. El sudor corre por su rostro, aunque, hay que decirlo, en ese patio, a pesar de haber cinco fraguas encendidas, no hace un calor de infierno como uno habría de imaginarse, tal vez porque el techo tiene cierta abertura—. Como no puede quedarse sin trabajar, tiene una pequeña fragua en la casa, para hacer sus marañitas”.

Las herraduras llevan mucho trabajo. Tienen tacón, canal y orificios. Las cuatro las pagan tan baratas, que muy pocos se ocupan de hacerlas.

Este es un oficio en decadencia, cuenta Farley Orrego, el dueño del entable, quien, por cierto, también es hijo de herrero, Hernán, y nieto de herrero, Lázaro, quien ya murió y no resucitó.

“Lo enseñaban en el Sena y en el Pascual Bravo, pero dejaron de enseñarlo. Se fue perdiendo”, dice Farley. Por eso, él se ha tomado el trabajo de enseñarles a algunas personas. Dos de ellas trabajan con él en este patio donde se eterniza la Edad de Hierro.

Fuerza bruta
Solamente valiéndose de la fuerza de sus brazos o, mejor, de todo su cuerpo bien balanceado, Mario Gallo y Juan David Cano entorchan varillas de ese metal.

Ellos son dos de los trabajadores del taller de Jaime Upegui, Alforjarte, un hombre que trabajaba la fragua antes de establecerse como cerrajero.

Para su trabajo, ahora compra las aplicaciones hechas, porque le resulta más barato que hacerlas.

Entorchar es hacer de una varilla una trenza. Los entorchadores la retuercen como se escurre la ropa después de la lavada.

Mientras lo hacen, uno espera en vano que sus rostros enrojezcan, sus ojos se abran con desmesura o las venas de sus cuellos sobresalgan. Pero no. Parece que se tratara de seres dotados de inusitada fuerza, como aquel hombre de la Grecia Antigua a quien encargaron Doce Trabajos.

“En el entorche, las vueltas se cuentan”, dice Jaime Upequi, quien va narrando y comentando lo que hacen Mario y Juan David. Y asegura que la fuerza que deben hacer no es demasiada. Lo importante es balancear bien el cuerpo, para que no se recargue en los brazos.

“Cuando yo empecé, de ayudante, en otra cerrajería, me hacían llorar —confiesa Juan David. El trabajo me parecía duro. Cuando llegaba a la casa me dolía todo el cuerpo. Sin embargo, cuando me ponían a pulir y pintar, renegaba por dentro, me daba pereza eso tan suave y tan lento. Ahora me parece de lo mejor que tiene la cerrajería”.

Después de entorchar, Mario retira la varilla del burro o ayudante, un soporte del material protagonista de estas notas soldado a un rin de carro que hace de base en el suelo. Toma la almadana con su diestra.

Juan David recibe la varilla con sus manos enguantadas, para sostenerla sobre el yunque. Entre ambos la destorcerán y volverán recta como una línea.

Al fondo del establecimiento, encerrado en una pequeña pieza está Diego Upegui, el adolescente hijo de Jaime, que quiere seguir el oficio de su padre.

Un ruido de esmeril sale de allí. Cuando abren esa puerta, se ve en medio de un chispero de luces que se despiden raudas y templadas hacia el suelo. Pule una de las rejas que los otros del grupo han armado con sus varillas entorchadas y las aplicaciones de flores que salen de las fraguas de Farley Orrego. Después, las pintará.

Con estos apóstoles, Vulcano debe sonreír complacido ante su fragua situada bajo el Monte Etna, en la isla italiana de Sicilia.

El Zarco y el arte de escribir con fuego

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Siempre ingenioso, a Óscar Muñoz Ocampo, El Zarco, le dio por hacer alcancías de madera pirograbada. Anduvo por Pichincha con Carabobo con una docena de esos cubos decorados con manchas negras y los vendió todos en minutos.

Fotos Juan Antonio Sánchez

De esto hace cuarenta y cinco y desde entonces comprendió que eso era lo suyo: el pirograbado.

“Tengo que ensayar unas tarjeticas de día de madre”, se dijo por aquellos días. Frases escritas con caligrafía pulida, que salían con facilidad de su espíritu de artista y que iba apuntando en una libreta…

Qué lindo es saber que tu sangre es la mía, y también que si mi corazón late, es con tu mismo pulso. Te amo.
Dios te bendiga. Nunca me faltes.

“Y esas tabletas se fueron todas en un santiamén”.

De modo que ese hombre nacido en Manizales, radicado en Medellín desde los seis años, encontró un lugar en la vida. Atrás dejaría esos días de trabajo rudo, en una fábrica metalúrgica productora de contadores de acueducto, inhalando químicos tan fuertes, recuerda, que le daban a cada trabajador cuatro litros de leche en la jornada, como recurso para contrarrestar los efectos nocivos.

—¿Si le traigo una sillita en miniatura, para que usted me haga otras de muestra, me las hace? —Le pregunta una mujer que se detiene en la acera de esa esquina de la calle 49, Ayacucho, con la carrera 47, Sucre, al ver ese exhibidor de tarjetas de madera, portarretratos y alcancías—. Soy repostera. Esas sillitas son para poner en un bizcocho. De prestarlas, se han perdido algunas.

—Cómo no. Cuando quiera, señora. Aquí me encuentra de lunes a sábado, de ocho de la mañana a siete de la noche.

Los mensajes de las tarjetas son también para el papá, el hijo, la persona amada. Y los hay también religiosos. Algunas placas de agradecimiento a algún santo por «los favores recibidos», hechas por el Zarco, están clavadas en muros de la iglesia de San José.

De madre y padre
“Que de dónde viene el talento? Creo que viene de mi madre, Clara Elena Ocampo. Fue profesora, primero en Manizales; después, de la escuela José Celestino Mutis, de Villa Hermosa. Daba cuarto primaria. Todas las materias. Ella, en esa época, enseñaba manualidades. Ahí comenzó mi historia con las artesanías”.

Óscar también fue cantante de música tropical en los años setenta. Cumbias y porros. Grabó canciones con Discos Fuentes, acompañado por el Combo Caribe. Dice que se le acabó la voz de tanto fumar.

“El canto lo heredé de mi padre: Hernando Muñoz, El Tenor que Canta con el Corazón. Así le decían. Se dio el lujo de alternar con Libertad Lamarque, Alfredo Sadel, Pedro Vargas, Carlos Julio Ramírez…

Tú vives en mi corazón sin pagar arriendo. Pero esto se acabó. A partir de ahora me seguirás pagando con besos, caricias y abrazos. Y el ingrediente más importante… tu amor.

Otra mujer se detiene a hablarle. Es Yolima López. Católica hasta los tuétanos, quiere llevar en su manilla de cuero un mensaje: «Amarás al Señor tu Dios».

Explica que los primeros cristianos, los discípulos de Jesús entre ellos, tenían marcado en manillas semejantes un letrero igual, corriendo riesgos por persecuciones:

—La compré ayer para eso. ¿Me la puede marcar?

—Si estuviera rústico, sin sin lustrar, sí podría. Liso, como está, se corre la marca.

—¿Y por debajo? —dice Yolima, desatando el cordón que sostiene el accesorio y volteándolo al revés, por donde se ve el cuero crudo.

—Por ahí, sí.

La mujer le entrega el objeto al artesano y mientras él escribe con su lápiz de fuego, tan fácilmente como quien lo hace en un cuaderno, desprendiéndose un humo fétido, el del característico olor a piel, ella predica algunos asuntos sobre la bondad de la Virgen María y de su hijo, Jesucristo. Luego de dos minutos, a lo sumo, lo recibe listo.

—Cuánto le debo.

—Lo que quiera darme.

Ella busca un billete en su cartera y lo entrega, cuñándolo con bendiciones. El Zarco, volviéndose hacia mí, remata diciendo:

“Como ve, así me consigo la yuquita”

La cirugía de los violines

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Como un quirófano. El taller de luthería de Luis Fernando Posada es como una sala de cirugía. Y es comparación no resulta simplemente de la manida idea de que violines, violas, violoncelos llegan allí enfermos o fracturados y él los alivia, con asistencia de su ayudante, Luis Felipe Giraldo, y después de ciertas intervenciones, salgan otra vez sanos…

Fotos: Donaldo Zuluaga

Si bien esta idea, aunque manida, es cierta, porque ese banco de carpintería cubierto con tapices para proteger la delicada piel de los caídos, más bien parece una mesa de cirugía. Y ellos, el titular y el ayudante, empuñan unos instrumentos delicados, gubias de mil tamaños; garlopas,cepillos y cepillitos —algunos de estos tan diminutos que se prensan con dos dedos, el pulgar y el índice— se cuentan por docenas; escuadras; martillos de luthería; transportadores… También ocupa espacio por ahí una sierra sinfín… Todo dispuesto en un orden y una limpieza tales que un dentista bien podría establecer allí su gabinete.

La decoración del espacio parece estar a cargo de tres violoncelos parados en sus soportes, tal vez pacientes que ya han recibido sus respectivas manos de laca; afiches de luthieres célebres como Antonio Arcieri y Giorgio Grisales; pinturas de paisajes naturales y la parte trasera de un bus de escalera, colorido y alegre, en el que se lee: ME 109 cito. Es una obra del artista Gabriel Jaime Sensial.

El taller ocupa la última habitación de uno de esos caserones de Prado, construido en 1930. Frente a ella, el patio sembrado de jabuticabas que dan sombra permanente.

“¿Le parece que está organizado? —pregunta Luis Fernando, dueño de una calma de ermitaño—. No es tanto que le saquemos tiempo para organizar, sino que herramienta que terminamos de usar, vuelve a su sitio. De lo contrario, perderíamos horas enteras buscando alún elemento”. 

En 1990, Luis Fernando Posada cambió su vida. Terminó de trabajar como ingenieron mecánico en asuntos aeroespaciales, en Estados Unidos, para dedicarse a cultivar la serenidad que ahora está representada en el oficio de la luthería.

Se enamoró de la madera en Chocó. Por la variedad infinita de los árboles que pueblan las selvas, como algarrobo, sande, cedro amargo, bálsamo, caimito, chanul, virola y guayacán. Construyó una cabaña en Bahía Solano, frente al mar, con la ayuda de algunos nativos. Con ellos escogió los árboles, los taló y aserró a la orilla del Pacífico y luego los clavó con clavos de aluminio que trajo del país en que se dedicó a la industria aeroespacial. Quiso quedarse unos meses en el litoral y terminó quedándose siete años.

Laudero
Cansado de los violentos que asolaron la zona, regresó a Medellín y aprendió la luthería en el Sena. Desde entonces, estableció su taller en el que jamás falta el trabajo. Los más que llegan son instrumentos con fracturas o con el madero desgastado de tranto sostener el puente. Instrumenos de 200 años que requieren restauiración. Y arcos. Los arcos llegan allá cada tres o cuatro meses, con las cerdas rotas o desgastadas.

A Alberto le gusta cada vez la arquería. Sabe que es uno de los pocos y de los mejores encerdadores de la ciudad. Y requiere un arte tal vez más delicado que el de los mismos instrumentos.

Detrás de la puerta se ven colgadas, entre forros plásticos, colas de caballos de Siberia, tan largos que él luthier se asombra al imaginar cuál será la alzada de esos equinos, si las crines miden como dos metros, y al hablar de la potencia de tales fibras que no se revientan fácilmente, pues son alimentados con pastos de las estepas.

También recibe madera pernambuco, de brasil. Palos que, según cuenta, de los que resulta un viruta rojisa que los españoles se llevaban para sacar un pigmento con el que teñían la vestimenta de los obispos. Estos palos vienen cuadrados y, con cepillo de arquetería les va dando redondez, pasando por el exágono. Y con la llama azul de un fuego de alcohól, va arqueando la vara.

“El arco es un elemento de pesos equilibrados. Debe estar muy bien balanceado”.

Ellos dos construyen instrumentos, cómo no. Precisamente en las escuelas de luthería, como en la que aprendieron, más que enseñar a repararlos, enseñan a fabricarlos. Sin embargo, pocos músicos están dispuestos a pagar lo que vale, sabiendo que un instrumento hecho por un luthier es definitivamente más fino y delicado que otro de fabricación industrial.

Luis Felipe Giraldo, el ayudante era músico de la Red de Escuelas de Música. Ingresó al curso de laudero para fabricarse un contrabajo. No tenía 12 millones de pesos que puede valer uno bueno. De modo que, se dijo, era mejor fabricarlo con sus manos. Lo hizo. Lo tiene en su casa. Pero se apasionó tanto por esta artesanía, que se quedó en ella, dejando la interpretación misical en algo marginal.

¡Silencio! ¿No escuchan esa música que suena de fondo, como para acompañar el trabajo? Por supuesto: en una grabadora suena una música de violines.

Fin

Vino de mi patio

                                El clarinete es el instrumento que interpreta Luis Posada. Tiene un cuarto de música colmado de instrumentos: tambores batá —de cuyos sonidos hace demostración—, uculeles de Hawai, contrabajo, un trombón…
      En sus ratos libres, Luis Alberto vuela en un monomotor por el valle del Tonusco. Y en otros ratos libres, fabrica vino de jabuticaba, con los frutos de los áboles que dan sombra en su patio.

El viaje doble de ciertos pasajeros del metro

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El equilibrio de Marta Sin Apellido está en la espalda. Abordó el metro en la Estación La Estrella pasadas las cinco de la mañana, para llegar a clase de seis en una universidad de Bello, donde estudia Comunicación.

Apuntala su espalda contra una de las puertas del vagón, una de esas que no se abren en las estaciones. Justo detrás suyo, a la altura de sus omoplatos, hay una calcomanía institucional con un letrero que dice: «No se apoye en la puerta», acompañado de una ilustración que muestra a un humano haciendo de hipotenusa y con el pie apoyado en la superficie que tiene detrás.

Ella debe ir así para usar sus manos en resolver un taller de sociología para entregar en clase de seis. Va mirando las preguntas en una hoja y respondiendo, de cabeza, en su cuaderno.

“Este es un vicio que he tenido toda la vida —explica—. Yo siempre era la que iba haciendo tareas en el transporte. Me parecía que esa vuelta era tan larga y cuando no me dormía, aprovechaba para adelantar trabajo. Ganaba tiempo y en mi casa podía dedicarme a las dos cosas que más me ha gustado hacer: hornear galletas y leer libros”.

Va escribiendo con letras gordas, azules en las preguntas, verdes en las respuestas.

“Yo leo hasta en el busesito alimentador de la casa, por La Ferrería, a la Estación. Me han dicho, sí, que se me puede desprender la retina. Pero, no sé, me parece un tiempo muerto”.

En hora pico, el metro está tan congestionado, que, si acaso, puede leer un poco, jamás puede escribir, comenta.

Justo cuando en el altavoz indican: «Próxima estación Poblado», ella desprende las hojas del taller terminado, las marca y guarda en el mismo cuaderno, que empaca en un pesado y apretado morral, del cual, a renglón seguido podría decirse, extrae un documento sobre los derechos humanos, para ir leyendo de ahí en adelante: «Es el que trabajaremos en clase», aclara y se abstrae de todo. Ignora las entradas y salidas de la gente. No se da cuenta del hombre que ingresó en silla de ruedas empujado por un policía bachiller y dejado muy cerca de ella. Ni del bebé que duerme. Ni de la vistosa pañoleta de la abuela que cabecea. Ni cuando se desocupan dos puestos.

Ignora, incluso, que frente a ella, también de pie, un muchacho, audífono en los oídos, lee un Manual de Bacteriología encuadernado en cartulina amarilla con el título marcado. Y que lo viene haciendo desde la Estación Envigado. Es Mateo Ruiz, un hombre de una barbita recortada que le enmarca boca y mentón, viste una camiseta del DIM y una gorra amarilla que le hace juego con los tenis. No se sostiene. No levanta los ojos de ese libro que se nota a leguas que es una copia, con renglones apretados, con ilustraciones negras de implementos de bacteriología con su respectivo nombre debajo: «Contador hematológico», «Horno», «Contador de glóbulos blancos», «Microscopio», «Espectrofotómetro», «Equipos medidores de alergias a antibióticos», y claro, pipeta, tubo de ensayo, beaker,  estos sin su denominación… Lee tan rápido, que en Industriales ya ha pasado una veintena de hojas.

“Tengo examen ya mismo. No pude estudiar y ahora no tengo tiempo de demorarme en ningún tema. Lectura rápida, usted sabe cómo es, men”.

Una chica de la Remington lee porque quiere en su tablet asuntos de control de calidad. Estudia una tecnología en Procesos Industriales.

Cómo se va a cansar
Mario Montoya lee el periódico sin prisa. Está jubilado y va a media mañana hasta el centro, a ver a sus amigos.

“Para mí, el periódico es de dos metros —explica—. De ida siempre leo las primeras páginas: lo de actualidad, lo de Antioquia. Llego por ahí hasta Económica, a la que poco le encuentro que leer. Me salto Opinión. Y de venida, cuando vuelvo a la casa a buscar el almuerzo, leo los temas de arte y deporte. De deportes, me gusta leer el fútbol y algunas cositas de los destacados, como Caterine Ibargüen, Rigoberto Urán… Así. Y pare de contar. Primero le seguía el cuento a otros deportes, pero el boxeo se acabó, y los demás los cubren tan poquito que uno no se entera. Ah, y montar en metro a esta hora es bueno, casi vacío. No esos tumultos tan fastidiosos de otras horas”.

Mientras algunos van embelesados mirando por la ventana, la mayor parte de los pasajeros revisa su teléfono móvil como si fueran objeto de una especie de hipnosis o hubieran sido abducidos y recibieran las órdenes de alguien que los gobierna.

Diagonal a Mario, una chica, también sentada, escribe en su cuaderno lo que consulta en la red, en su teléfono móvil. La Revolución Francesa. Causas, personajes, hechos, consecuencias. “Eso es lo que estoy buscando”.

Van a ser las ocho de la noche. La hora pico va cediendo. En Estación Prado sube a bordo un Johnier Sin Apellido. Es proveedor de pegantes de caucho y camina todo el día visitando zapaterías y peleterías y ferreterías y papelerías. Va de regreso a su casa, vecina a la Feria de Ganados. Dispone de unos minutos hasta la Estación Acevedo, de modo que abre su maletín y extrae una planilla montada en su tabla de apoyar y va llenando los pedidos, con los datos de sus clientes y los valores. “Así, cuando llego cada mañana  a la bodega, tengo trabajo adelantado”. La luz encendida del vagón brilla en sus lentes. Los cristales de las ventanas se ven negros.

Abstraída del mundo está una mujer casi tan vieja como Ana, la profetisa hija de Fanuel, de la tribu de Aser, aquella que, según san Lucas, “había vivido con su marido siete años desde su virginidad y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones”.

Se llama Gloria Hurtado. Lee la Biblia. Desde que se subió al vagón en la Estación Niquía, rumbo al Sur, detectó el puesto en el que quería sentarse y fue directo a ocuparlo. De una bolsa de tela sintética con un letrero de «PARÍS», que descargó en su regazo, extrajo las Escrituras y las abrió en el lugar que indicaba el separador de tira de seda.

Estuvo todo el día alrededor de Puerta del Norte invitando a los transeúntes a hablar con ella de la Palabra. Algunos tuvieron oídos para oír y oyeron.

“Soy Cristiana y, por eso, en el metro sigo leyendo la Biblia. La leo en todas partes. No, no me canso. ¿Cómo me voy a cansar de leer las cosas de Nuestro Señor?”.

La Taberna del Ahorcado, fogón de creación

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Almirante Benbow, la vieja posada de La Isla del Tesoro, la novela de Robert Louis Stevenson, donde un capitán mutilado solía cantar “viejas canciones marineras, impías y salvajes”, y narrar “terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados”, fue el origen del nombre de un sitio célebre de Medellín. Un espacio real, de bohemia y arte, que ahora bordea los territorios del mito.

Los protagonistas de la vida intelectual de los decenios del 50, 60 y 70 del siglo pasado, introdujeron su humanidad por la trampilla de la casa de Leonel Estrada, el Midas del Arte Antioqueño, para bajar a un sótano equipado de bar, con su barra, sus mesas, su reproductor de música, que se distinguió entre sus asiduos visitantes con el llamativo nombre de La Taberna del Ahorcado.

Allí, al calor de algún licor, escritores y artistas de la ciudad y sus pares extranjeros que llegaban de visita, se reunían a conversar sobre asuntos del arte. Y, por supuesto, también a pintar o a leer el último de sus cuentos o poemas. Animado por sus anfitriones, Leonel Estrada y María Helena Uribe, pintor él; escritora, ella, ese bodegón no era un bar abierto al público en general, sino a aquellas almas colmadas de una sensibilidad tal que las hacía habitar el mundo de lo bello.

La hoguera de las conversaciones era animada por Rocío Vélez, Jaime Sanín Echeverri, Lucy Tejada, Ignacio Gómez Villa, Armando Villegas, Carlos Granada, Augusto Rendón —el grabador—, Rubayata, Álvaro Restrepo, David Mejía Velilla —el poeta—, Óscar Hernández Monsalve —Don Fulano—, Manuel Mejía Vallejo, Olga Elena Matei, Justo Arozemena, Fernando González, Carlos Castro Saavedra, Alejandro Obregón, Fernando González Restrepo —hijo del filósofo—, Enrique Grau, Eduardo Carranza, Armando Villegas, Alicia Tafur, Luis López de Mesa —quien ya estaba septuagenario en el decenio del sesenta: nació en 1884—, Jorge Montoya Toro, Jaime Sanín Echeverrí, Alicia Tafur, Carlos Gaviria Díaz, Pilarica Alvear, Regina Mejía de Gaviria, Darío Ruiz Gómez y decenas de intelectuales más, cuyas caras rotaban su presencia en ese sitio.

La casa era una construcción diseñada por el arquitecto Eduardo Caputi, ubicada en El Poblado, en la calle 8 Sur con la carrera 43 B, cerca al actual centro comercial Oviedo. “Aprovechando un declive del terreno, el cual dejaba un sótano, Leonel, con su creatividad, decidió establecer allí este sitio”, explica Darío Ruiz Gómez.

Darío llegó por primera vez a la Taberna en 1965, después de su temporada en España. En ese tiempo, Leonel Estrada fue secretario de Educación. “Recuerdo que, en el fondo del recinto, había un muro con pinturas de Leonel y escritos de María Helena. Con el tiempo, fueron remplazados con ideas y trazos de otros artistas. Un mural de Alejandro Obregón, hecho allí, sobrevivió a la demolición del sitio. Los anfitriones lograron trasladarlo a su nueva vivienda”. En una época en la cual Medellín estaba cerrada en sus montañas, La Taberna del Ahorcado conectaba las ideas locales con las del planeta.

“Una vez, estuvimos allí con Evgueni Alexándrovich Evtushenko, el poeta ruso”, recuerda Óscar Hernández Monsalve. Nada menos, quien escribió:

No hay monumentos en Babi Yar,

tan solo un abismo abrupto

como para el entierro.

Tengo miedo.

Otra vez estuvo allí Juan Antonio Roda, el pintor español.

Don Fulano también tiene claro en su mente el muro aquel colmado de “inscripciones, frases y cifras”, la participación frecuente de sus amigos Manuel Mejía Vallejo y Carlos Castro Saavedra, y hasta la reaparición de Rodrigo Arenas Betancourt, el escultor de temas épicos, a su regreso de México.

El hombre de la varita

Lo que no tiene registrado en su mente el autor de Al final de la calle, novela que ocupó el segundo puesto en el Premio Esso de 1965, es la presencia del Filósofo de la Autenticidad en La Taberna del Ahorcado:

“Fernando era un hombre madrugador, a quien se le veía por las mañanas andando con su varita por las calles de Envigado, pero se acostaba muy temprano”, argumenta Don Fulano.

Sin embargo, de manera eventual, el autor de Viaje a pie, introdujo su humanidad, con varita y todo, por el hueco que dejaba en el suelo esa trampilla de madera, para descender a ese sótano de iluminados.

María Isabel, hija de Leonel y María Helena, recuerda haberlo visto allí, en compañía de Margarita Restrepo, su esposa. Y el propio Leonel Estrada, en septiembre de 2010, dos años antes de su muerte, dijo para un perfil publicado en este diario:

“Recuerdo que una vez (Fernando) se chocó con una pared de vidrio. Se achantó un poco, pero ese incidente le sirvió para filosofar. ‘¿Qué somos los humanos si una pared de vidrio nos puede detener? Nosotros, que queremos atravesar fronteras, nos detiene la más leve barrera’. O palabras parecidas. Fue muy bello”.

Bienales de Arte

Y en esas conversaciones, un poema viene, un dibujo va, aparecían, claro, los apuntes geniales, los comentarios llenos de brillo, pero, más que eso, las ideas monumentales que habrían de instalar a Medellín de una vez por todas en el mapa de la creación artística, como la de realizar las Bienales de Arte, que habría de patrocinar Coltejer.

Marta Traba Taín, la crítica de arte, irrumpió allí, en sus consuetudinarias visitas a la ciudad, a hablar de los movimientos artísticos. A sostener sus ideas a veces polémicas.

“Allí tuvimos también a uno de los grandes críticos: el uruguayo Aristides Meneghetti, quien defendía el arte moderno. El mismo que recibió, producto de la intolerancia y el desconocimiento, golpes de quienes mantenían ideas contrarias, una gresca en la que participaron algunos acuarelistas, quienes creían que el crítico estaba agrediendo el arte antioqueño”.

Producto de las noches de tertulia, en Medellín comenzaron a circular las nuevas ideas que llegaban del mundo. El expresionismo alemán, que propone un arte más personal, en el cual prima la visión del creador, su expresión, que la plasmación de la realidad. Y aunque este vovimiento surgió a principios del siglo veinte, llegó a Medellín a mediados del decenio del cincuenta, en gran medida, gracias a la inquietud de Leonel Estrada, “con quien, sin duda, nació una sensibilidad estética hacia el arte mundial”, en palabras del autor de Para que no se olvide tu nombre, volumen de cuentos que, por cierto, leyó por primera vez ante los contertulios de La Taberna , en 1966.

Y los asiduos visitantes del mágico lugar cuentan que Fanny Mikey, la actriz argentina, estuvo una noche presentando allí, en compañía de un actor, su café concierto La gata caliente, que tenía en escena por aquellos días. Después de su actuación se sentaba a una mesa a hablar de su experiencia en el teatro por Argentina y Colombia, de sus sueños y realizaciones.

Este espacio, La Taberna del Ahorcado, es comparable con otros que albergaron a grupos de creadores y movimientos artísticos, como la Cueva, de Barranquilla y, que, sin duda, continuó la tradición de las tertulias convocadas por artistas, poetas y escritores, como aquellas en las que participaba Tomás Carrasquilla, o esas otras que organizaba Rodolfo Cano Isaza, a principios del siglo veinte, con pintores, abogados, poetas, políticos e ingenieros, entre quienes se recuerda la participación de María Cano, la Flor del Trabajo. O la de los Panidas, animada por los genios de Fernando González y León de Greiff, que alborotaban el ambiente en el centro de la ciudad, al tiempo que daban aliento al mundo del arte y la escritura. Y, en cuanto a la concurrencia de personajes ilustres de la cultura, puede haber algo de esto en la tertulia que se armaba a finales del siglo, espontánea pero frecuentemente, en la casa de Dora Ramírez, la pintora que, más que usar colores, era utilizada por ellos, alrededor de la figura incomparable de Manuel Mejía Vallejo.

Los grupos de artistas y creadores no han sido escasos jamás. Sin embargo, uno como el que se formaba en el sótano de la casa de Leonel Estrada, tal vez sí lo sea, más que por la delicia de las conversaciones, por la generación de iniciativas que contribuían al desarrollo del arte regional.

La Taberna del Ahorcado era un lugar para quienes dormían poquito y no por reloj no ordenanza, como dice Don Fulano.

La cena del Senador

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A la memoria de Carlos Gaviria Díaz

 

“No viene”, piaban algunas aves sabaneteñas de mal agüero, haciendo referencia al Senador Carlos Gaviria Díaz, quien dictaría una charla en un congreso de noviolencia. El día llegó. Era el último de tres meses en los que nuestro deporte nacional había sido llamar cada tantos días al Congresista a las seis de la mañana, con contenida vergüenza, a la gélida capital. Claro que uno se lo imaginaba cubierto por esa barba blanca y pensaba que él no podía sentir frío… Con su voz siempre cordial, que brindaba la impresión de estar despierto desde hacía rato, aseguraba: “claro que estaré allí… Sí, sí, conozco Sabaneta, ¡no ve que soy antioqueño! No dejaremos de ir a La Doctora, ja, ja… Sí, muchas gracias… Lo mismo… Adíós”. Y el alma volvía al cuerpo. Sin embargo, no por mucho tiempo. Lo veíamos por televisión en esa especie de licuadora de intereses que es el Congreso de la República, esgrimiendo sus planteamientos lúcidos y libérrimos contra propuestas cuasi fascistas envueltas en retórica, en medio de homólogos temerosos del ejecutivo, como si este en cualquier momento fuera a cogerlos a correazos… Y volvía a asaltarnos la duda. Y otra vez la consabida llamada de seis de la mañana, luego de que las fatídicas aves hubieran vuelto a piar y de nuevo la voz cálida volvía a tranquilizarnos, sin ofuscarse por tanta insistencia: “Claro que estaré allí…”.

Y estuvo.

Prevista su intervención para las cuatro de la tarde, la agitación en el colegio Concejo era evidente. A las tres y treinta llegaban mensajes al auditorio: “que el Senador ya está en El Poblado”. Después: “que el Senador viene en camino”. Y con puntualidad inglesa, el Congresista irrumpió en el colegio, ubicado en una montaña oriental de Sabaneta, acompañado por su esposa, doña Cristina. Me uní a todos ellos –Esther Del Valle, coordinadora del evento; Carlos Cano, rector del colegio; Iván Montoya Montoya, secretario de Educación; Sergio Trujillo, secretario de Agricultura Departamental; el Senador; su esposa, y dos o tres concejales– en la rectoría, donde comían un plato de frutas.

– Él es periodista –dijo el Secretario de Educación a Gaviria– ¿Usted lo conoce?

—¡Qué más, hombre!

Aproveché para disculparme por tantas llamadas tempraneras. Ortiz, un cantante tenor, y yo ocupamos sendos sitios vacíos. Hablaban, entre otras cosas, de generalidades de Sabaneta: quince kilómetros cuadrados, treinta y seis mil habitantes, profunda devoción a María Auxiliadora, el evento de esa tarde –“muy bello el título: Semillas de Noviolencia…”–, y así. Su esposa habló del colegio Alcaravanes, del que fue fundadora.

–Por muchos años trabajó allí de tiempo completo –intervino sonriente el hombre de barbas blancas–. Pero en este momento tiene el colegio como dedicación exclusiva.

Siempre me había preguntado si el nombre de ese plantel tenía que ver con el cuento de García Márquez “La noche de los alcaravanes”, así que dije:

–Cuéntenme, por favor, el origen de ese nombre.

–Era una época en la que Carlos era amigo de Castro Saavedra y ambos gozaban con las lecturas que hacían de García Márquez. Así que Carlos propuso poner el colegio “Los Alcaravanes”, aludiendo a un cuento del Nobel. Analizamos las costumbres de estas aves y nos dimos cuenta de que tienen aspectos en que se asemejan a los niños: primero, les encanta el pantano y si por los niños fuera, vivirían en el lodo; segundo, viven de los insectos y los niños, a diferencia de los grandes que los detestan, juegan con los bichos…

–Y tercero –intervino el Congresista– ¡los alcaravanes vuelan tan mal como los niños…!

Llegaron

Saratoga es un estadero situado en el rincón sur del sector urbano de Sabaneta. Campestre, con una construcción amplia, rodeado de corredores. En el ingreso al bar hay un espacio libre, tal vez la pista de baile, iluminado por dos lámparas redondas atornilladas del techo, cuyas luces girantes son puntos de colores. El parqueadero, entre árboles, tiene el suelo cubierto de piedras trituradas. Antes de las ocho de la noche hacía un frío de agujas. Esther y yo llegamos antes que los demás. Un equipo de televisión, dirigidos por un comunicador de la municipalidad, reparaba una grabación. Se trataba de un video sobre estaderos, supimos. El director instalaba luces y daba instrucciones a uno de los camareros.

–Voy a hacer tomas al fogón de brasas. También a los clientes, pero dígales que no teman. Que esto no es Teleantioquia, ni Señal Colombia, ni Caracol… y encendió la poderosa luz.

Al poco tiempo, ingresó una camioneta de cuatro puertas. La del Alcalde. Se abrieron tres de ellas para que se apearan cuatro personas: los concejales conservadores Tulio Mejía, Carlos Mario Colorado y Antonio Castaño, acompañados por un colaborador de ese grupo político. El conductor, que no se veía desde nuestro sitio, dio la vuelta en el auto y se fue.

–¿Cuál es la mesa reservada? –preguntó el primero de ellos entrando en el caserón con un libro en la mano y dirigiéndose a nosotros que no ocupábamos ninguna, entretenidos como estábamos con el camarógrafo– sentémonos de una vez. Dejemos esos dos puestos centrales para el Senador y su esposa; ustedes –dijo a sus homólogos– ocupen los extremos. Parecía organizando un grupo para una fotografía. Cumbias y vallenatos viejos llenaban el espacio. –¿Somos los únicos clientes? Deberíamos pedir que cambiaran esa música, pero nadie lo hizo.

Después llegó el Secretario de Educación y se sentó junto a Mejía.

–Ese es el puesto del Senador.

–Enseguida me cambio.

Celebraron la jornada, que había sido doble: en un colegio de monjas, el foro educativo; en otro oficial, el congreso de noviolencia. Los expositores estuvieron muy bien. Dos ponentes fantásticos en el foro; por la tarde, Carlos Gaviria.

El equipo de televisión se despidió.

Una luz intensa iluminó el lugar. Eran las farolas de un auto que arribaba.

¡Llegaron! –dijeron unos. ¡Son ellos! –exclamamos otros, y todos a una salimos a recibirlos.

De un automóvil color plata –si no me falló mi ceguera nocturna, que suele aliarse con daltonismo y confusión general de colores– descendieron el Senador, de traje negro, y su esposa vestida de gris. Dos policías acaballados en una motocicleta los escoltaban.

–Nos confundimos un poco –explicó Carlos Gaviria Díaz–; no dimos tan fácil con este sitio – apretones de mano, abrazos, besos y de inmediato a la mesa, ubicándonos tal como dispuso Mejía. Algunos destacaron su cumplimiento; otros hicimos alusión a la charla de la tarde. Minutos después, llegó, por sus propios medios, el concejal liberal Alberto Toro, quien se ubicó frente a doña Cristina.

Libertador

–Yo me tomo un aguardiente –respondió el Senador a la consulta del camarero.

–Entonces, ¡pidamos media! –propuso Mejía, quien, acto seguido comenzó a leer en su libro, más bien arrimado al Parlamentario, para conseguir que su voz se abriera paso sin inconvenientes entre un vallenato de Alfredo Gutiérrez– «La partida de bautismo se encuentra en los libros de la Parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria; pero el hecho es explicable porque en el año de su nacimiento (1760) aún no había sido fundado el Municipio de Envigado… –esta lectura se refería a José Félix de Restrepo y el Concejal la hacía en un viejo ejemplar de la Monografía de Envigado, de Sacramento Garcés. Y continuó leyendo–: Nació en Envigado, en una casa situada en Sabaneta, cercana a la quebrada “La Doctora”, que precisamente lleva este nombre en memoria de los cinco doctores, que nacieron en la solariega mansión, hijos de Dn. Vicente de Restrepo y doña Catalina Vélez».

Tres minutos antes, el Concejal había puesto ante los ojos del Congresista un recorte de prensa, algo amarillo por el tiempo y con los dobleces remarcados por haber permanecido en ese libro, con el registro de la noticia del doctorado Honoris Causa de la Universidad de Antioquia para el propio Gaviria, con una fotografía de este que a primera vista parecía una ilustración.

–Ve, Cristina, es la explicación del nombre de la quebrada…

–Qué interesante.

–Esa es la versión más aceptada –señaló Esther–. Sin embargo, algunos historiadores, entre ellos Beatriz Patiño, dicen conocer documentos en los que se evidencia que la quebrada se llamaba así antes de los cinco doctores…

–Y Mariano Ospina Rodríguez, biógrafo del personaje, aseguró que era envigadeño. Pero otros sostienen que nació en Medellín. Hasta indican que su casa estaba ubicada en lo que hoy es La América. Así aparece en boletines de la Academia Antioqueña de Historia.

–No sé –añadió jocoso el Senador–, pero cualquier documento que indique que el doctor Restrepo no es de aquí ¡hay que destruirlo! Obviamente, gracejo dicho en Sabaneta, la celebración fue ruidosa.

–Y mire, doctor, también está registrada la anécdota con el general Córdoba que usted mencionó en la tarde –Mejía hablaba del voto de Restrepo a favor de la pena de muerte para ese general y de que, días después, se encontraron los personajes y dieron un paseo por la capital, tras lo cual afirman que Córdoba le dijo: “¡Sálvese el magistrado para la Ley!”, a lo cual sostienen que respondió Restrepo: “¡Sálvese el héroe para la Patria!”.

–Muy bello.

–Deberíamos pedir la carta de comidas –propuso el Secretario.

–Ustedes que conocen, qué sería lo recomendable para cenar aquí –preguntó Gaviria.

–Doctor, entonces contamos con usté para que nos hable de José Félix en el Concejo… –inquirió Mejía.

–Cuenten conmigo, claro está.

–¿Antes de terminar el año?

–No, no. Más bien en febrero…

Esther fue por el cocinero para que resolviera la inquietud del Congresista. Volvió con un hombre dueño de un bigotico negro destacado, sin gorro, pero enfundado en un delantal atado por detrás con un par de tiras.

–Punta de anca, doctor. Es la especialidad.

–Entonces, hay que comer lo que recomienda el cocinero –dijo Gaviria. El otro, tras tomar el resto del pedido, dio la espalda y se fue.

Fin de fiesta

Los lamentos por la situación del país fueron tema. Al respecto, el Congresista opinó que le preocupaba la emoción que tienen muchas personas por las soluciones de fuerza que propone el ejecutivo. “Pero la fuerza por sí sola no surte los efectos esperados”, expresó. Añadió que pronto, cuando la gente observe que así debe ser, se va a desencantar de esos métodos y, por ahí derecho, de quienes los defienden. Las comidas fueron servidas. Un camarero pasó llenando los vasos de licor.

–Yo voté por Uribe –manifestó Mejía– y eso que soy de un partido contrario al de él…

–Ah, ¿entonces usted es liberal? –preguntó sonriendo el Senador, cuya ocurrencia fue celebrada por los dirigentes políticos, aunque no tan ruidosamente como las otras bromas. El parlamentario y su esposa alabaron el sabor de la salsa.

Carlos Gaviria comentó que había cantado tangos con Marta Pintuco. Por curiosidad visitó su casa un par de veces –“Marta Pineda, se llamaba la mujer, muy elegante”–. En la segunda, ella pidió permiso para unirse al grupo de contertulios y cantar tangos con ellos.

Después, la conversación aludió a las universidades, pues, comentaron que Sabaneta también las tiene.

–Ustedes que hablan de universidades… –observó Gaviria–. El ambiente de la universidad pública es incomparable, ¿no es así?

–Y en nuestro medio, tal vez no exista una que genere tanto sentido de pertenencia como la de Antioquia –opinó Esther–. Los egresados se resisten a abandonarla. Se les ve por todas partes, en las plazoletas, en la biblioteca, en el “Aeropuerto”…

–¡Ah, el “Aeropuerto”…! ¡Qué bello espacio es ese! Recuerdo que estaba desempeñando un cargo directivo en la Facultad de Derecho y un día un empleado de seguridad fue a decirme: «doctor Gaviria, cómo le parece que anoche había una pareja de alumnos ¡haciendo el amor en el “Aeropuerto”! ¡Y le puse la linterna y la iluminé!». Yo le contesté: ¡Cómo…! ¿Y usted fue capaz de interrumpir ese momento de intimidad? El hombre me miró asustado y más bien se fue.

–Bueno, doctor Gaviria, le pregunto –intervino el Secretario de Educación–. ¿Qué diría usted, que es el defensor del consumo de la dosis personal de marihuana, si alguien está vendiendo droga en la esquina de un colegio?

–Si lo sorprenden vendiendo, ¡que lo cojan! Es que el hecho de cada cual pueda disponer de su vida y tenga derecho al libre desarrollo de su personalidad no implica que no pueda haber normas y sanciones contra el expendio de drogas. Y dentro del colegio, que rija el manual de convivencia y se prohíba consumir licor –que también es otra droga– y marihuana, y basuco, y demás… Son cosas muy distintas…

Salimos, cual cenicientas de cuento, antes de las doce de la noche. Antonio Castaño entregó a Gaviria una propuesta suya de tres páginas para conseguir la paz en el país. Por mi parte, algunas lecturas con menos pretensiones.

–Más adelante nos reuniremos a comentarlas – dijo el Senador.

Al día siguiente mi cabeza pitaba de dolor, tal vez por mi dosis personal de esa droga tan fuerte: el licor. Y sin embargo, sentado al computador del periódico, redacté un artículo sobre Kafka. “El problema no es la libertad, porque la libertad no existe”, recuerdo que escribí.

(Publicado en 2001 en El Mundo e incluido en el libro Vida y milagros, Editorial UPB, 2014)

El filo lo cubren con alimentos

Narrativa urbana Sin Comentarios

La cultura campesina se desplaza a la ciudad con las personas. Aprovechan predios para producir comida

 

A Ómar le duele en el lado izquierdo del pecho. Por eso, trabaja a ratos en su huerta, sembrada detrás de su casa. Ese dolor viene con él desde Aguamala, la vereda de Betulia donde vivía y tenía una finca cafetera. Uf, hasta cuatro trabajadores llegó a tener allá.

Un día, cuenta mientras arranca un palo de yuca, corta los tubérculos con un machete y los almacena en una caneca de plástico que no demora en llenarse, llevaba un bulto de café, tropezó o se enredó, vaya usté a saber cómo o en qué, y cayó al suelo. Una estaca se clavó en su pecho, el fardo le cayó encima y, aunque no le afectó el corazón, el golpe en las costillas, hombre, fue tan fuerte que por más que los médicos le manden medicamentos, el dolor no se va.

Fotos Donaldo Zuluaga

En 1999 salió huyendo de la guerra entre paramilitares y guerrilleros, y vendió por cualquier cosa esa tierra. Allá también cultivaba lo que usté ve aquí: platanito, yuca. Pero aquí no va a poder seguir sembrando yuca porque el plátano le está dando mucha sombra y así no da.

Como venía contando, llegó a esta ladera, compró un terreno e hizo esta casa con sus manos, en la que vive con Diana, una muchacha que fue su novia en tiempos juveniles y de la que se había dejado porque así es la vida. Ella se casó con otro, y también tuvieron que salir de ese pueblo para llegar a la ciudad. Ella se acomodó con su esposo en La Avanzada, pero hasta allá llegó el brazo largo de la guerra que creían haber dejado atrás, en Betulia, y la dejó viuda recién llegada. Solo después de eso fue que se vieron y, usté sabe, donde hubo fuego… Él la recibió con cuatro hijos huérfanos de padre.

Y qué ironía. Omar huyó de la guerra y llegó a la guerra. En esas zonas altas de Medellín y Bello, los enfrentamientos entre bandas no daban tregua en ese tiempo. Pero él se dijo: qué va, yo no corro más. Y aguantó unos meses hasta que todo eso pasó.

En la puerta de esa casa de ladrillo a la vista, encerrada en malla, hay una mesa de madera coronada de plátanos verdes y yucas partidas y una báscula de reloj.

II. De Mántago
 Una cortina hecha de sábanas oculta a medias la cama de Ana de Jesús Manco de los ojos del mundo. Del mundo que pasa por la vieja vía a Guarne, que más bien es una trocha destrozada y polvorienta cuando pasa por el barrio Manantiales con dirección a El Pinal.

Es una cortina gruesa, doble, que de todos modos se antoja insuficiente —si uno se imagina las noches— para soportar sin ayuda de paredes los fríos que saben hacer en esas alturas de la ciudad. Cerca de Santo Domingo Savio y La Avanzada, aunque es un barrio de Bello.

Pero es suficiente para que uno, al pasar, no vea a Ana de Jesús sentada en esa cama mientras habla con su nieto, Carlos, un muchacho de trece años que se acomoda en un taburete de madera con los pies montados en el asiento, enrollado en un abrigo que le queda grande.

Él es quien atiende la tienda. Una tienda de comestibles consistente en una mesa que soporta vasijas llenas de golosinas y, arriba de esta, colgados de una cuerda semejante a un tendedero de ropa, algunos paquetes de galletas cafés y redondas conforman otra cortina que también ayuda a impedir que los ojos indiscretos de los transeúntes y de los pasajeros de los buses, que todo lo quieren ver, y más con esa lentitud con la cual deben avanzar los autos en esa carretera formada por cráteres y promontorios, lleguen hasta el fondo de esa vivienda.

No tienen en la mesa de la venta, cosa rara, nada de lo que cultivan en ese terreno casi vertical que hay detrás de la casa, que habíamos visto desde La Avanzada. Maíz, fríjoles, auyama, yuca, plátano, cidra…

—Como venimos de las montañas, no sembramos florecitas; nos gusta es la comida —dice esta abuela de cabello blanco y largo, enfundada en un abrigo a cuadros.

Arriba de la cama, en una cuerda cuyo origen y final no se aprecian desde aquí, está colgada la ropa. Pantalones, chaquetas, vestidos, camisas, faldas cobijas…

Sonríe siempre. Dueña de la garrulidad que dan los años, nos invita a ver la huerta. Mientras pasamos por detrás de algunas estructuras de hierro —esqueletos de columnas— y de arrumes de ladrillos, elementos que anuncian la futura construcción de una casa en materiales, cuenta que fue desplazada de la vereda El Mántago, de Cañas Gordas, hace trece años.

—¿Mántago?

—Mántago era una fonda que había allá —responde y sigue con su cuento: que les robaron el ganaíto y mataron a un hermano y se tuvieron que venir volaos para la ciudad y aquí mal que bien se han ido solventando.

En un fogón de leña situado en el borde del abismo —la ciudad es una colcha de retazos ahí abajo— una olla a presión, con la tapa apenas puesta, cocina los fríjoles —la mujer la destapa para que veamos el agua oscura agitarse por la acción de un fuego lento—, al lado de otra que no destapa. Atiza el fuego y sigue su camino al maizal.

El cielo es azul; el Sol, fuerte. Pero el aire no es ni siquiera tibio en esa zona alta.

 —Apenas comenzamos con el maíz hace días. No ha dado la primera cosecha.

Señala con las manos los distintos productos, allá abajo están los fríjoles; aquí mismo, arrastrándose, la cidra, ¿la ve?

—¿Y ese sembrado de café, que se observa al fondo?

—Ese ya sí no es mío. Ese es de un vecino.

De regreso al sitio de la cama y de la tienda, pasamos al lado de un sillón raído pero confortable en el que descansa un perro blanco, con el pelo en los ojos. Ana habla de ese nieto que no se ha movido de su taburete. Es hijo de Luis Hernán, uno de sus doce hijos. Luis Hernán es muy bueno, dice. No los abandona nunca. Trabaja en el día en otra parte y duerme con ellos dos en ese cambuche, y que la mujer de él viene a visitarlo.

—Este muchacho es la riqueza que tengo. Lo crié y vive conmigo. Estudiaba, pero dejó el colegio porque es discapacitado: no es capaz de madrugar —habla como si el muchacho no estuviera ahí, oyéndola, con una sonrisa de indiferencia instalada en su rostro—. Y a veces se le corre la teja.

Ana está ilusionada con los proyectos del hijo. Hará un corral de pollos y otro de marranos. Y sueña con producir truchas, aprovechando una corriente, pero eso sí cuesta más plata y necesitaría patrocinio. De todos modos, dice, la cosa va a estar mejor.

Un librero sin librería

Narrativa urbana 1 Comentario

Crónica del centro de Medellín

Por hacer tiempo, Saúl Maya Arcila, librero sin librería, descabezaba un sueñecito delgado en el sopor de la tarde, tirado en la cama de su agujero. Ubicada en Caracas, a media cuadra del viaducto del Metro, en Bolívar, la suya es una habitación situada en el fondo de un guardadero de carretillas y motocicletas, colmada de canastas de libros del suelo al cielo, que apenas dejan un estrecho camino para que su habitante llegue de la puerta a la cama y de esta al baño, establecido al final del breve cuadrilátero.

A medio camino entre las estaciones parque Berrío y Prado del metro, bajo su viaducto, Saúl Maya Arcila exhibe los libros en el suelo. Fotos: Donaldo Zuluaga

Despierto desde las cuatro de la madrugada, reponía fuerzas para enfrentar por cuatro o cinco horas al monstruo: la ciudad.

El bombillo estaba encendido; la puerta de su cuarto no estaba cerrada del todo, de modo que dejaba escapar una rayita de luz que se derramaba en el parqueadero. Como si tuviera reloj, faltando diez minutos para las cuatro se levantó y comenzó a sacar algunas de las canastillas, nueve o diez, hasta el exterior del cuarto y a ponerlas en medio de motocicletas estacionadas. Apagó la luz, cerró la puerta y se dispuso a formar una torre con la mitad de las cestas. Ató una tira de tela a la de abajo, y arrastró el arrume halando de la cinta con notable esfuerzo. Dejó las otras en el suelo para volver por ellas. Llegó a la puerta del guardadero, al ruido. Atravesó la acera, ganó la calle y se fue tirando de su torre por la orilla, dando apenas paso a los autobuses que corrían rugientes a atender la señal de pare del semáforo de la esquina, a cuarenta metros de distancia. No miró el viejo cine de pornografía.

De tanto olerlo, ya ni siquiera percibió el olor del ACPM y, de tanto verlo, no vio el humo negro que ensombrecía el aire. Aprovechó la distancia entre dos taxis para atravesar la mitad de Bolívar, el carril que va de Sur a Norte, y llegar a la acera situada bajo el viaducto del metro. Allí se detuvo.

—¡Hey, Johan! —se agachó para llamar a un muchacho que dormía en el suelo con su cabeza recostada en la base del poste del alumbrado público—. Andá ya por los otros libros.

El muchacho, cabello negro en riñas, camiseta muy larga y tenis, se incorporó de un salto, desató la tira de tela de la canasta y corrió con la cinta en la mano por entre los autos para ir por los libros que Saúl había dejado afuera de su guarida.

Saúl es uno de los pocos libreros que se ocupan de salvar a los libros de una muerte segura y brindarles la oportunidad de volver a ser libros. Evita que lleguen a los depósitos de chatarra y, después, al picadero para fabricar más papel con ellos, tras lo cual se convertirán en talonario de recibos o en servilletas. Una reencarnación degradante, como si pagaran el karma de una vida ruin.

Para lograrlo, en la madrugada dirige sus pasos al cruce de la carrera 44 con la calle 64, adonde van llegando los recicladores a vender sus materiales en los depósitos. Pero los libros, no. Saben que ahí debe estar él y muy pocos libreros más, esperándolos para comprarles “las joyas” —así les dice— que han obtenido en sus cacerías por el Occidente de la ciudad. Metafísica, geografía, historia, álgebra, literatura. Los compra casi sin mirar. Al bulto. Después vendrá el momento de clasificarlos, de valorarlos.

Los demás vendedores de libros leídos, acuden a Saúl en busca de los "tesoros" que él consigue de manos de los recicladores. Libros antiguos, primeras ediciones, rarezas. Este librero callejero también vende libros de circulación corriente. Son tan baratos, que quienes no tienen dinero para comprarlos nuevos o en librerías establecidas, llegan allí a comprarlos.

—¡Mira allí: El Cid Campeador! Allá está Colomba, de Merimée. ¡Ay, el Popol Vuh! —se sorprenden dos mujeres que se detienen a ver el tendido de libros que ha dispuesto Saúl y que oculta parte del cemento de la acera. Son las cuatro. En los días ordinarios, a esta hora entra en vigencia su licencia de librero callejero.

Los domingos son especiales. Saúl se levanta a las dos de la madrugada. Instala otro puesto de venta, además de este, en la esquina de Junín con el pasaje Boyacá, junto al edificio Fabricato, este sí desde la mañana. Si bien no saca los cinco mil volúmenes que guarda en su bodega, sí exhibe gran cantidad de ellos. Y las rarezas, esas ediciones de cien años y más. Allí recibe la visita de otros libreros —libreros con librería—, como Juan, el de Los Libros de Juan; Gustavo Zuluaga, apodado el Hamaquero, de Un lugar de la noche; Gilberto Giraldo, el de librería Antaño, y casi todos los dueños de las librerías de viejo de la ciudad.

—¿Cuánto cuesta Colombia amarga? —Preguntó el bigote negro de un hombre de cuyo hombro derecho colgaba una bolsa de tela con los recipientes del almuerzo ya vacíos.

—Llévelo en dos mil.

Y lo llevó en dos mil.

Saúl contó que Carlos Mario González, el profesor de la Universidad Nacional, se hizo cliente suyo por intermedio de Poe. Sí, iba pasando y, claro, mirando al suelo como van los que piensan mucho, y de pronto sus ojos se toparon con ese ejemplar sencillo, en pasta rústica, de Narraciones extraordinarias.

—Ah, el primer libro que me dio mi papá fue uno como ese. —Reveló el librero que dijo el otro.

—Y desde ese día viene con frecuencia y compra libros. A veces lleva de una vez cien o más. Él los entrega a la biblioteca… ¿es la de Jericó?

Gabo

General Sin Comentarios

La muerte de Gabriel García Márquez me motiva a presentar algunas crónicas que he escrito en los últimos años —y en los últimos días—, alrededor de su figura. Una de ellas, la Sombra de gabo en Aracataca, hace parte del libro Vida y Milagros (crónicas, reportajes y perfiles) de reciente publicación en la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana.

 

LA SOMBRA DE GABO EN ARACATACA

Crónica que narra la vida de un municipio, alrededor de la figura del Nobel.

Al mediodía, cuando termina la jornada escolar, los niños que salen de las escuelas no obedecen la señal de “PARE” que muestran los guardias de la Estación de Aracataca cuando va a pasar el tren carbonero.

Al contrario, como si la tableta que portaran esos hombres vestidos de azul dijera «SIGA», ellos corren para pasar la línea férrea por delante de la locomotora, desafiantes, juguetones, a pesar de que esa metálica serpiente es una caravana casi interminable, conformada por 120 vagones cargados que avanzan raudos, mucho más rápido que los que cruzaban esos campos hace medio siglo transportando el banano.

No obedecen, a pesar de que su paso, una o dos veces cada hora, de día y de noche, es la materialización más concreta de la idea de rapidez que existe en Macondo.

Las sirenas de la máquina anuncian prematuramente su paso inundando el ambiente lento, atravesando como daga el aire soporífero que se sostiene en seres animados e inanimados como una manta invisible y pesada bajo el cielo azul y sin nubes. Ese sonido intenso de corneta se escucha en todos los rincones del pueblo.

Lo oyen en el centro de calles pavimentadas que se colman, no de burros, sino de motocicletas y ciclotaxis; lo escuchan algunos indios wayúu que se la pasan sentados tomando cerveza y mambeando coca en el Puente de los Varados; lo oyen los chicos que se internan sin camisa en las aguas de la acequia que le sacaron hace un siglo al río Aracataca para regadío, poniéndose ante los ojos un fragmento informe de vidrio plano para ver en el fondo elementos de hierro y bronce, como cadenas y candados, que recuperan para venderlos en la compraventa de deshechos; lo escuchan los jugadores de arrancón -una forma del remis-, que han pasado desde hace sesenta años sentados en la calle detrás del mercado todos los días de diez de la mañana a once de la noche, relevándose de generación en generación, bajo los ojos de su fundadora, Josefina, que cada media hora saca del case 500 pesos como pago de alquiler del juego y el espacio; lo oyen los sembradores de palma africana que desplaza lentamente al banano… En fin, esa sirena se ha convertido en parte de la vida cotidiana de esta población, en música de fondo para esos 60 mil habitantes que se revuelven bajo la canícula.

Es el tren de la Drummond, la compañía extranjera que explota las minas del negro mineral en La Jagua de Ibirico, Cesar, y lo conduce al puerto en Santa Marta para sacarlo por mar al exterior.

El Fello
Alfredo Correa, el Fello, la oye en su casa situada al pie de la manga destinada a las corralejas de julio. Es viernes. Él está apenas reponiéndose de una pea memorable que ha alentado en el Carnaval de Barranquilla -no se queda en los de Aracataca porque en Curramba hay más que ver-.

El octogenario roble no tiembla ni presenta efectos visibles de resaca, pero afirma que a esta edad no es lo mismo que cuando era joven.

Es hermano del mejor amigo de Gabriel García Márquez, Luis Carmelo, “que aparece mencionado en Vivir para contarla”. Pero tras la muerte de éste hace tres años, víctima de una diabetes que había obligado ya la amputación de una pierna, todos lo buscan para que cuente historias del escritor.

Total, él también hizo parte de ese grupo de amigos. Su familia era vecina de la del hijo de la niña Luisa Santiaga; sus casas estaban situadas una diagonal a la otra en la Avenida de Monseñor Espejo, a una cuadra del parque central.

En la calle, pocos son los que osan desafiar ese Sol que detiene los termómetros en 40°C. Bajo la sombra de los almendros, los mayores descabezan un sueñecito corto arrullados por el piar de los chupahuevos.

Por su parte, Fello, en la sala de su casa, se sienta a existir en una silla macondiana fabricada en madera de canalete por él mismo en su taller de ebanista situado en el solar trasero de su casa -cuyo techo lo forman dos mangos- y bautizada por él de este modo porque es única -elaborada en largueros cepillados, con el asiento en declive que forma un ángulo recto con el espaldar tirado hacia atrás, consiguiendo que quien se siente apoye también la espalda-.

Evoca aquellos tiempos con una frescura tal, que quien lo escucha debe estar repitiéndose que ocurrieron hace 70 años para no llamarse a engaños.

“Gabito se crió con la familia de la niña Luisa, como le decíamos a su mamá en esos tiempos en que, no sé, éramos más educados para tratar a los mayores. Como eran de raza guajira, más bien sedentarios y serios, encerraban al niño a las seis de la tarde y él se quedaba escuchando las historias de sus tías referentes a las vivencias de su padre, el Coronel Márquez”. Fello hace una pausa antes de agregar: “Gabito siempre tenía zapatos”.

Eran tiempos de bonanza en Aracataca. Éste era un pueblo tan grande como Fundación, en el que despilfarraban la plata. Los viejos todavía recuerdan a un guajiro que llegaba los viernes con una mochila llena de dinero para pagarle a los trabajadores de las bananeras. Y no faltaba quien, en el baile de la cumbia, liara las espermas encendidas con billetes.

El creador de la silla macondiana se incorpora para ir a extraer de un cajón de una cómoda en la habitación contigua fotografías históricas. En una de ellas -que por cierto le regaló García Márquez- aparece el autor de La Hojarasca, al lado del compositor Rafael Escalona, el periodista Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina, de pie, tomándose unos tragos. En el reverso de la foto, la dedicatoria escrita a mano: “Para Fello, de su hermano mayor Gabriel G. M.”

Y con ella ante sus ojos, dice que Escalona no cuenta la verdad, o por lo menos la deja incompleta, con respecto al Festival de la Leyenda Vallenata. Pues ese Festival nació en Aracataca en 1966; no en Valledupar.

“Un día estábamos tomándonos unos tragos mis hermanos, el maestro Escalona y yo, cuando llamó Gabito. Contestó Luis Carmelo. “¿Lucho, con quién estás? Espérame que voy a huir de unos periodistas que me tienen cansado”. Y se apareció en la casa. Entre tanto hablar, Escalona le dijo que estaba interesado en que él oyera sus paseos. “Ajá, pero no de cualquier manera -respondió Gabito-: ¡Hagamos una parranda! Y así se hizo. Participaron agrupaciones locales y de pueblos vecinos y se fundó el Festival, en Aracataca”.

Víctor, apodado el Chimila, cuidandero nocturno de la Casa Museo Gabriel García Márquez, interviene en este punto: “Déjeme recordar quién fue el Rey Vallenato esa vez… Era ese tipo bajito, creo que de Valledupar, Julio de la Ossa…”

Fello dice que tal vez el compositor de La casa en el aire y Consuelo Araújo Noguera, La Cacica, tuvieron más visión de futuro y mercadearon de mejor manera el Festival para la capital del Cesar.

La sirena de otro tren vuelve a escucharse. Esta vez Fello y Chimila están en el taller de ebanistería. Cuatro gallinas dan vueltas por ahí. En el solar de otra casa se ve a una vecina, una toalla anudada en el pecho por todo vestido, lavando ropa.

Y mientras aquél barniza una silla macondiana a la que cambió un larguero y ajustó tornillos esta mañana, va recordando lo supersticioso que ha sido Gabito. Refiere una anécdota en la que éste abandonó el grupo de amigos junto a la casa del doctor Barbosa, un boticario que recetaba medicamentos a los enfermos, para internarse en un matorral urgido por un estómago indómito. Y que no pasaron cinco minutos antes de que regresara raudo, pálido y sudoroso, diciendo que le habían salido los animes y lo habían levantado a piedra.

“Los animes son como los duendes”, explica. “Sí, yo sé -complementa el Chimila-. Hay quienes saben cosas y son capaces de esclavizar animes. Los guardan en un calabazo y contratan, digamos, la preparación de un terreno para sembrar arroz. Liberan esos seres, les dan la orden y ellos obedecen corriendo.

El que pase por ahí cerca escucha un ruido como de cincuenta hombres echando machete, tumbando árboles y hasta ve caer los troncos y no se da cuenta quiénes están haciendo todo aquello. Sólo ven al tipo ahí, impávido. Y cuando los animes terminan el trabajo, él vuelve a encerrarlos en el calabacito”.

“Sí -añade el primero-. En dos días hacen el trabajo que un hombre haría en un mes, cobran más rápido, pero no se enriquecen porque esa es plata del Diablo. Esa es una maldición”.
Apellido

Antes de las tres, Aidée Galán escucha la sirena del tren, sentada en una silla mecedora un tanto raída bajo un tejado de zinc instalado adelante de su casa del barrio El Carmen, que da sombra a su venta de cerveza. Da la espalda a la calle polvorienta. Los barrios periféricos no tienen sus vías pavimentadas. Responde sin mirar el saludo de una vecina: “¡Adiós!”

Es la esposa de Nicolás Ricardo Arias, el único pariente de Gabriel García Márquez que vive en Aracataca. Es hijo de Rafael Arias, hermano medio de Luisa Santiaga y como ésta, hijo del Coronel Márquez, pero no de Tranquilina Iguarán; por esto no lleva el apellido Márquez sino el de su madre.
Nicolás Ricardo no para en la casa. Vive más tiempo en un billar de la Calle Cataquita, a una cuadra de la Calle de los Turcos.

Aidée es cienaguera. Espanta un poco el sopor para contar que se conocieron hace más de cuarenta años en Sevilla, un caserío de la zona bananera, y que le dio dificultad adaptarse a la vida en Aracataca, apartada de sus viejos y, por supuesto, sufrió mucho en un tiempo en que a su marido, que trabajaba en vigilancia, lo trasladaron para el Cesar y ella fue con él.
Cuenta que el escritor ha venido a saludarlos a esta casa. Hasta se tomó una fotografía con ellos de espaldas a la fachada. Pero que no ha vuelto. Serán sus males que no le dan tregua. Y que su esposo tiene esperanzas de que el ilustre primo vuelva a visitarlos ahora en el cumpleaños. “¿Que lo aporrea mucho el viaje de Santa Marta a Aracataca por carretera? ¡Ah, para eso existen los helicópteros!”. Y aprovecha la despabilada para internarse en el fondo de la casa y lavar algunos trapos.

A las cuatro de la tarde, cuando vuelve a sonar la sirena, en la gallera dos hombres cortan con tijeras las plumas sobrantes de dos gallos finos y les calzan las espuelas. Los echan al ruedo para que, en franca lid, ellos mismos decidan cuál se ganará el derecho de pelear en la gran noche del día siguiente, sábado, en la competencia en que llegarán ejemplares de muchos sitios de la Costa.

Ese sonido encuentra a Adrián Mercado y Rubiela Reyes, los guías de la Casa Museo Gabriel García Márquez, ocupados en sus quehaceres. Él levanta los recortes de prensa que hablan del escritor, adheridos a hojas de icopor, cada que el viento se cuela por la ventana de la calle y la puerta que da a un patio interior y juega a descolgarlos de los clavos de las paredes.

Ella se entretiene con dos turistas alemanes, una mujer y su hermano, blancos como los icopores, que han permanecido horas en la casa tratando de ver con sus ojos y tocar con sus manos las cosas que García Márquez menciona en sus libros.

La visitante no habla español, pero es la que ha leído las obras. Su hermano no las ha leído, pero es dueño de unas cuantas palabras en el idioma del autor. De modo que entre sus señales, su precario español y el precario inglés de la anfitriona, alcanzan a defenderse. “No, la casa del doctor Barbosa ya no existe; la tumbaron. Sólo queda una ventana, la última”, le indica.

Rubiela cuenta que le ha escuchado decir al director, Rafael Darío Jiménez, que en marzo comenzarán las labores de reconstrucción de la casa, con recursos del Ministerio. Y como anécdota, que el Nobel no ha sido capaz de pasar frente a la vivienda en las escasas ocasiones en que ha visitado el pueblo, por pura nostalgia.

“Él es supersticioso. Un día López Michelsen le dijo que no regresara a Aracataca para quedarse, porque le llegaría la muerte”.

Calavera

Cuando la sirena vuelve a sonar son las cinco. Y ese sonido de corneta parece oportuno para subrayar las palabras del sacerdote en la misa de la iglesia de San José, quien en la homilía explica que el tiempo de la Cuaresma es un llamado de Dios a los hombres, convocándolos para un cambio.

Como una decoración impresionista, un cráneo, sostenido en cúbitos y radios cruzados, todo lo cual cubierto de cal o yeso, está situado en el suelo, contra la pared, en la parte de atrás del templo.

“A todos los cataqueros nos bautizaban ahí, en una pila que había a un lado -explicaría Rafael Darío Jiménez, posteriormente-. Representa la crucifixión”.

Una mujer sale de misa y explica que no, que eso simboliza lo que quedará de cada uno de nosotros cuando terminen nuestros acostumbrados malos pasos por este Valle de Lágrimas y que entonces no vale la pena la vanidad.

Contexto
Gabriel García Márquez dijo alguna vez que escribía para que sus amigos lo quisieran más y a fe que lo ha conseguido. En su pueblo, Aracataca, los más de los cuarenta mil habitantes, chicos y grandes, se refieren a él de manera afectuosa. Le dicen Gabito, como dando a entender que es amigo de todos y nadie reniega porque no vaya a visitarlos con frecuencia. Encuentran razones para cada cosa.

***

 

MAGDALENA, NANA DE GABO, OYE ECOS DE AYER

 
Es mentira eso de que María Magdalena Bolaños, la nana de gabito, tenga alzhaimer. Eso lo dice su hijo, Abel, para hacerme desistir de la idea de hablarle, sin importarle siquiera que ella esté ahí, a su lado, mirando por la ventana, sorda como la tapia que bordea su casa de esquina, sí, pero dueña de una amabilidad que le salta a los ojos.

—Sepa que usted no es el primero. —Dice Abel con un hablar crudo, déspota casi, asomado por unos ojos marchitos. Y como si se aprestara a enumerar sus logros, añade—: Han venido de Radio Francia, de revistas españolas, de muchas partes, y los he devuelto sin que les hable. Tiene alzheimer.

Es de noche. Ese mismo día me había enterado, de labios del administrador de un hostal que funciona en una casa, en la misma calle central en la que ella vive, que Magdalena fue nana de Gabriel García Márquez. Había ido a saludarla y ella, sentada en una mecedora en la acera y venteándose con un abanico de caña, junto a su puerta, me miró desde el profundo silencio de su sordera y me saludó con recelo. No debe sufrir por el ruido de los autos y de las mototaxis que pasan sin tregua por su calle, ni por el tren carbonero cuya sirena se escucha en todo el pueblo cada veinte minutos.

El suyo es un caserón de esquina, al que le han sacado un pedazo para abrir una miscelánea. Una de las vendedoras sujeta una ponchera de plástico mientras dice:

—Magda es sorda. Téngale paciencia. Vuelva en la noche, cuando esté alguno de sus hijos.

En Aracataca todo el mundo sabe que Magdalena fue la nodriza de Gabito. Allá saben todo sobre él. Parece el hermano mayor de todos que se fue hace tiempos, pero en cualquier momento volverá. En la casa en la que pasó los primeros nueve años de vida, es decir, el tiempo en que Magda, una chiquilla que bien podría haber pasado por su hermanita mayor, los empleados saben la historia del Nobel. Son tantas las charlas que les han dado, los documentos que han leído, los comentarios que han oído, que tienen por qué sabérselas todas. El celador, Julio César Pérez sabe que la casa se incendió y el abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía fue reconstruyéndola de atrás para adelante y por eso hay un espacio vacío cerca de la entrada.

Al fin, habla

En la mañana del día siguiente, insisto en mi idea de hablar con Magdalena. Me entero de que se levanta a las cinco. A las seis de la mañana la veo de lejos. Está asomada a la misma ventana de anoche, sola. Espanta a un perro flaco y blanco que intenta orinar en el frente de su casa. Cuando paso frente a ella, la saludo:

—¡Hola, Magdalena! —Le hago adiós con la mano. Sonríe. Pienso: voy a tener suerte.

Desesperado por un café, entro a un granero situado a media cuadra. No, dice el dependiente. Aquí no hay café.

—Pero espere un momento —repone sin acento costeño, sino de alguna parte del interior del país— le digo a mi mujer que le prepare un tinto.

Dispuesto a tomar el peor de los petróleos, me sorprende oírle decir que el café se lo traen de la Sierra Nevada y lo muelen, tuestan y cuelan en casa. Le cuento mi drama con Magdalena. Me dice que ella es amable y locuaz. Confirma que trabajó con los García Márquez como nana del escritor. Que eso todo el mundo lo sabe.

Se llama Neftalí Niño y es un nortesantandereano radicado hace más de cuarenta años en Aracataca. Sentado en silla plástica en la acera de la tienda, habla con un policía y un sujeto sin uniforme. Dice que Gabo visitó el pueblo en 2003. Antes de eso, en 1982, por lo del Nobel y, mucho antes, en 1967, en la parranda de música de acordeón.

Cuenta que su hijo, Luis Niño Cáceres, de unos cuarenta años, ha sido consentido de María Magdalena Bolaños Viuda de Rodríguez.

—Desde cuando era niño y hasta muy adulto, ella le traía almuerzo todos los días.

El hijo sale con el café. Es blanco y corpulento. Minutos después nos acompaña a casa de Magdalena. A ella se le iluminan los ojos al verlo. Luis le dice a gritos:

—Cuéntale del tiempo en que fuiste la nana de Gabo.

Conversadora, ella cuenta que en su casa hubo una distribuidora de cerveza Águila —misma firma en que trabajó el amigo de Gabo, Álvaro Cepeda Samudio—, y de Ron Caña.

Cuando él le repite la inquietud, ella cuenta que nació en Villanueva, Guajira, el 22 de julio de 1917 y llegó a Aratacata cuando tenía seis años.

Luis comenta —y ella lo mira como si le oyera— que esa vivienda iba hasta la calle de atrás. Que los hijos vendieron un pedazo. Que Magdalena caminaba, hasta hace tres años, tranquila y sola, por las calles de Cataca e iba al mercado y a la iglesia de San José. Pero un día, al volver a casa, notó que se habían entrado los ladrones, a pesar de que el patio tiene paredes coronadas de vidrios en punta, y le habían robado el gallo y las gallinas. Corrió adonde los Niño a contarles su tragedia. Al día siguiente, volvió para decirles lo mismo. Así varios días y en cada ocasión era como si les estuviera informando por primera vez. Se dieron cuenta de que se había bloqueado. Algo no volvió a funcionar en esa mente nonagenaria. Y sus hijos,  especialmente Andrea, profesora del colegio, no quisieron que volviera a salir sola.

Luis Niño vuelve a gritarle la pregunta:

—¿Qué recuerdas de cuando fuiste nodriza de Gabito?

No tengo esperanzas de que oiga y más bien espero que siga hablando tranquila, lo que sea. ¡Milagro!:

—Yo fui la nana de Gabito —dice sonriente, como si nos revelara algo que no supiéramos y no le hubiéramos preguntado jamás—. Yo era una niña. De los diez a los diecisiete años. Me tocaba bañarlo y sacarlo a asolear y cuidarlo. Él era egoísta y envidioso. Lo que los otros niños tenían, lo quería para él. Cuando cumplió nueve, se lo llevaron para Sucre, Sucre, y hasta ahí llegó mi trabajo en esa casa.

De pronto, Magdalena comienza a cantar:

En una mañana de mayo por cierto
arriba de un árbol estaban los dos.
De pronto el cisne sacude las alas
y se oye de un arma la detonación
el cisne se estira, se tuerce y se encoge
y entre mil lamentos al suelo cayó.
La cisne se tira del árbol llorando
y allí con sus alas al muerto tapó.
Y así terminaron la vida los cisnes
porque el cazador también la mató.

Se sienta en la mecedora de la acera. Y ese Sol de Aracataca, que se hace más pesado cuando tiene quién lo cargue, la durmió en menos de un minuto

***

MACONDO, ALIMENTO DEL DIABLO

Macondo, el nombre del mundo literario creado por Gabito, es un árbol sobreexplotado, con cuya madera hacían canoas; un juego de azar; una hacienda, y una palabra bantú que significa plátanos.

Si no fuera por la literatura, el olvido habría extendido su nata por Macondo… Ni el árbol, ni la hacienda, ni el poblado ni la voz bantú con la que se llamaba el plátano en el Caribe, ni el juego de azar… nada de eso posee ahora una existencia fuerte, una significación concreta. Y pensar que Macondo, el literario, también fue destruido por un ciclón que se llevó con él hasta el último de los descendientes de la familia que lo fundó cien años antes.

Unos dicen que Macondo, la palabra con la cual Gabriel García Márquez nombró un pueblo o, mejor, un mundo, surgió de un árbol inmenso, del cual en Aracataca apenas sí se encuentra uno.

—Tomen una mototaxi. Salgan a la troncal, sigan por la carretera que lleva a Ciénaga y, después de la primera ye que encuentren, en la entrada de una hacienda, se ve el único árbol de macondo que existe —indicó Neftalí Niño, un ocañero radicado en el pueblo de Gabito hace más de 40 años, sentado en un taburete afuera de su tienda de abarrotes, en plena vía central—. Está a menos de cinco minutos de aquí.

Pero no se ve. Desde la carretera y con ojos desacostumbrado, no se ve. Si no es por Camilo Durango, uno no da con él. Es un joven carpintero que está de descanso, sentado a la vera de la carretera, dando la espalda a tractomulas y buses que pasan raudos y sin inmutarse por la vibración de sismo en el asfalto y el ventarrón que le enreda el cabello.

—Los estaba esperando. Supe que ustedes andaban en busca de un macondo. El negro aquel que pasó en bici —comenta, señalando con un movimiento de cabeza a un ciclista que apenas se ve alejándose en la larga recta— los oyó a ustedes preguntarles por el árbol a unos vendedores en la ye y me dijo que estuviera atento —y luego de ponerse de pie, señala con el índice derecho en dirección a unos árboles situados en una finca del otro lado de la vía—. Es aquel; no ese frondoso, sino el que sigue.

Nada se ve. Un caracolí es el árbol frondoso y no alcanza a divisarse el tal macondo. Resuelve ir con nosotros. Tras él, saltamos la talanquera del cerco, dirigimos los pasos al caracolí, pero en el último momento vemos que no se detiene junto a su tronco, sino que va directamente hasta otro tallo corpulento, como de ceiba, que hay a pocos pasos de este. Ese tronco se interna, metros arriba, entre el follaje del vecino y desde el suelo es imposible ver las ramas, las hojas grandes, las flores rosáceas; nada de lo que nos describe el guía. Para verlas, habría que trepar por su tronco, como un mico, hasta el copo, situado a treinta o cuarenta metros de altura.

—Su madera era muy apreciada —comenta el carpintero—. Por eso se acabó. Los viejos la usaban para fabricar canoas.

Abraza el árbol como si lo amara y explica que si este se mantiene en pie es gracias a su vecino, el caracolí. Si estuviera solo, los vientos lo habrían partido hace tiempos.

Así como el árbol, también en extinción están quienes lo conocen. El carpintero añade que puede haber algunos más en la Sierra Nevada.

 

 

Otros macondos

¿Y el poblado, dónde está? Dasso Saldívar, el autor de Viaje a la Semilla, al mencionar algunas versiones existentes sobre el origen de la palabra Macondo, indica que algunas personas creen y sostienen que había un poblado nombrado así, cerca de Pivijay. No está en el mapa. Ninguno parece recordarlo.

Nadie juega macondo en Aracataca. Según Dasso, y producto de su investigación de la tradición oral sobre la familia del autor de Cien años de soledad, macondo era un juego de azar propio de las fiestas. Como un bingo, se jugaba con un trompo que llevaba grabadas seis figuras en sus costados. Una de ellas, con la cual se vencía, era un árbol de macondo.
Cuentan que macondo es la voz bantú, proveniente de makonde y plural de likande, que significa plátanos. Literalmente significaba “alimento del diablo”.

Sobre tal vocablo, en su mamadera de gallo, Gabriel García Márquez había dicho que era una palabra proveniente del griego acercándose al latín. En Vivir para contarla, ya seriamente, el escritor dice que macondo era una finca cercana a Aracataca. Le llamó la atención desde niño por su sonoridad.

“El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba… Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca” (página 28).
La hacienda no está.

El pueblo creado en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, continuado en La siesta del martes, La mala hora, La Hojarasca y Cien años de soledad, entre otros relatos, fue fundado, como se sabe, por José Arcadio Buendía y los integrantes de su expedición: amigos, esposas, animales y utensilios de toda clase. Buscaban una salida al mar y en un sitio en el cual, después de 26 meses de errancia, José Arcadio soñó con una ciudad ruidosa cuyo nombre era Macondo y decidieron quedarse. Construida a “orillas de un río con lecho de piedras pulidas como huevos prehistóricos”, estaba situada al oeste de Riohacha y limitando con la Sierra impenetrable, ciénagas y pantanos.
Aracataca

En la llamada realidad está Aracataca. En el idioma de los indios chimilas, antiguos habitantes, esta palabra  deriva de los vocablos Ara, río de agua clara, y Cataca, nombre del cacique de la tribu que allí habitó.

En este municipio han existido muchos de los elementos del mundo macondiano, al extremo que muchas personas, en una analogía fácil, terminan por compararlos: el tren, que en otra época lo llevaba y traía todo, las inmensas plantaciones de banano como un mar vegetal, los turcos, los indios… Ahora, con transformaciones: el tren es carbonero y se detiene en este pueblo, no ha dejar y cargar mercancías, sino a dar paso a los pobladores, peatones o motorizados; las bananeras ya muy remplazadas por cultivos de palma.

En fin. Real o de fábula, el nombre Macondo sobrevirá, como todo, gracias a la memoria, que es más memoriosa y segura cuando tiene como soporte la escritura.   

ANTECEDENTES
No pocos han propuesto que se cambie el nombre de esa localidad del Magdalena por el de Macondo, pensando, más que en un homenaje al maestro de las letras, en una prosperidad económica, cimentada en la atracción turística y cultural que podría generar ante los ojos del mundo. Y esta idea no se ha quedado en palabras dichas al viento. En 2006, el alcalde de turno, Pedro Sánchez, quiso cambiarle el nombre por el de Aracataca-Macondo y para ello, convocó a un plebiscito. En una población de poco menos de 50.000 personas, de las cuales podía votar unas 22.000, era preciso que el sí obtuviera 8.388 votos. Solo 4.000 cataqueros salieron a sufragar y de ellos, 3.270 dijeron sí al cambio y 250, no.

 

***

EL RASTRO DE SUS CUENTOS EN EL TIEMPO

No es preciso ser crítico de literatura para detectar tres momentos en los cuentos del escritor de Aracataca, los cuales coresponden a su madurez literaria. Un primer momento, que bien podría llamarse premacondiano. Es marcadamente kafkiano. La influencia del escritor nacido en Praga a finales del siglo XIX no desaparecería jamás de la obra del Nobel colombiano. No obstante, en los primeros cuentos, compilados en el libro Ojos de perro azul, Kafka está detro de Gabito —no Gabo, Jaime García Márquez, su hermano, me corrigió un día: “no se dice Gabo, sino Gabito, porque es el hipocorístico guajiro para Gabriel”— como Eva está dentro de su gato.

Son cuentos con atmósfera de sueño, de sueño y muerte, de muerte, de repetición de espejos… Los cuentos más metafísicos que Gabito escribió.

El primer cuento que publicó Gabriel García Márquez fue La tercera resignación, en el suplemento Fin de Semana, número 80, de El Espectador el 13 de septiembre de 1947. En ese relato, el personaje narrador está muerto. Pero seguía creciendo. Parecé darse cuenta de algunas cosas que pasan; ser consciente.

Sobre el origen de este relato, Jaime García Márquez, hermano de Gabito, cuenta: “nací sietemesino en una época que no había incubadora. El médico llegó a decir que estaba muerto, aunque tuviera algunas actividades vitales. Mi mamá tomó una caja de cartón, tal vez de zapatos, grande para que pudiera seguir creciendo. La llenó de algodón de ceibo y me metió en ella. Así fabricó una incubadora artesanal. Después, para que no muriera moro, o sea, sin bautizar, encargó a Gabito que fuera mi padrino. Para colmo, yo no sabía mamar.
Ella debía ordeñarse, verter la leche en un pocillo y dármela con un algodoncito o con un gotero. Esto le inspiró a él La tercera resignación”.

Jaime es trece años menor que Gabito. “Cuando yo tuve uso de razón —sigue diciendo Jaime— ya él era un hombre de 20 años que iba a casa, en Sucre, Sucre, a visitarnos en vacaciones”. De modo que Gabriel vio el nacimiento y la supervivencia inicial difícil de su hermano y pudo redactar así la que se imaginaba la dolorosa experiecia de la “muerte viva”, como dice en el cuento, con un ser humano que estaba como muerto, que murió tres veces y que crecía estando muerto.

Eva está dentro de su gato fue su segundo cuento. Publicado tres semanas después del primero, en el mismo semanario, hasta el título grita: ¡Kafka!. Una mujer que padecía la enfermedad de la belleza, como una maldición dolorosa que adivinaba también en sus antepasadas, solo con mirar en los retratos los rostro y en estos una expresión, un gesto, una mirada, algún signo casi imperceptible.

Y qué decir de Ojos de perro azul. El repetido encuentro de sueño en sueño de un hombre y una mujer. En la misma habitación. Condenados a no encontrarse en la llamada vida real. Ella porque busca sin cesar e infructuosamente el letrero Ojos de perro azul pintado en alguna parte; él, porque jamás la recuerda al despertar. Ese relato termina por recordar esas laberínticas preguntas de Sócrates sobre si es verdad que estamos aquí y si todo este asunto, el mundo, la realidad, la vida, es cierto.

Alguien desordena estas rosas, en el que el espíritu de un niño muerto alborota las rosas a una vendedora, es una mezcla de amor y muerte o de amor más allá de la muerte. La noche de los alcaravanes, Amargura para tres sonámbulos, La mujer que llegaba a las seis (no distante del cuento Los asesinos, de Ernest Hemingway); en fin, se trata de cuentos cercanos al absurdo, al horror del absurdo, al surrealismo.

Sin embargo hay uno en este libro que parece haberse escapado del siguiente, es decir, de Los funerales de la mamá grande. Como si se le hubiera colado sin permiso: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Incluido entre esos de textura metafísica y onírica, parece ganso entre patos. Hace parte del segundo momento de los cuetos de gabito, el macondiano. Es el relato en el que Macondo aparece por vez primera.

Tenía que ser domingo, cuando muchos creen que el tiempo se dilata, que naciera este lugar literario. Después de una sequía de siete meses, cuando la gente ya alusinaba del calor, llueve y todos sienten el alivio, la frescura, como si la Naturaleza se hubiera reconciliado con ellos. Isabel, la protagonista, ve llover y reflexiona sobre todo aquello, pero las horas pasan y la lluvia no cesa y el mundo entero parece sumido nuevamente en el diluvio universal. El aguacero pertinaz termina por enloquecer a Isabel, por trastornar su percepción de la realidad. Y esta, sin Isabel, se altera también, al extremo que ella escucha hablar de los muertos flotando en el agua, de una vaca invóvil como sembrada con sus cascos en la tierra. El tiempo detenido, la monotonía. Y esa frase final del monólogo, en la que parece que la vida es sueño… o muerte: «Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado».

 

 

Se puebla y crece la aldea

Un segundo momento es el de los libros Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Cuentos macondianos. Luego de la creación de Macondo en el cuento de Isabel, este espacio crece y se fortalece, aunque en unos se mencione su nombre y en otros no. Una vez creado, quedaba surtir el mundo con elementos míticos y reales, con personajes telúricos. Ya la metafísica, la realidad otra, la alucinación, lo etéreo, no se pierde, sino que comparte su sitio central en el relato con una realidad desmesurada en un mundo recién nacido. Y la atención del lector puede irse detrás de los sucesos, al tiempo que sigue los pasos de lo sensitivo y psicológico.

La siesta del martes, por ejemplo, transcurre bajo un Sol agobiante. El niño acompaña a su madre en un largo viaje en tren, por entre un mar verde de bananeras, para ir a vender la casa. Basado en una experiencia propia, pero tergiversada, en la cual el joven Gabriel debe acompañar a su madre, Luisa Santiaga, de Sucre a Aracataca para vender la vivienda que antes fue del abuelo materno, el guerrero que inspiró la figura del Coronel. Es un incierto recorrido de la realidad a la ficción. El calor de horno de las dos de la tarde, el sopor encerrado en el tren que atraviesa la llanura bananera, hacen que los personajes parezcan delirar.

En Un día de estos, ese dentista sin título, Aurelio Escobar, que le saca una muela al alcalde, parece corresponder con uno de su infancia, el doctor Barbosa, de quien los paisanos coetáneos del Nobel todavía recuerdan. Esa fragilidad de los humanos ante la enfermedad y, por esta vía, ante el médico, sin excepción siquiera de las personas que ostentan el poder, hace que lleguen a la mente las páginas iniciales de Memorias de Adriano, de Margarite Yourcenar, cuando el emperador Adriano confiesa que deja de ser rey ante la mirada escrutadora del galeno.

Y en el volumen de la cándida Eréndira… Un señor muy viejo con unas alas enormes, El ahogado más hermoso del mundo —con la misma historia, Álvaro Cepeda Samudio hizo un guión cinematográfico—…
Latinos en Europa

Un  tercer momento en la evolución de sus cuentos es el de los Doce cuentos peregrinos. Después de varias décadas de vida gitana, en la narración se nota el ciudadano de mundo. El hombre del Caribe que ha trashumado por Europa y ha presenciado visisitudes, dramas y alegrías de latinoamericanos en ese continente. En esos cuentos peregrinos parecen lejanas las escenas de los libros anteriores, del trópico alucinado. Sin embargo, los personajes, claro está, llevan su cultura a todas partes. Y dentro del realismo mágico aparece María dos Prazeres, la puta brasilera que compró su funeral y su entierro por anticipado y se cercioró de enseñarle bien a su perro la ruta del cementerio y de su tumba para que, una vez muerta y enterrada, fuera él y solo él a visitarla; Margarito Duarte, el tolimense que andaba por el mundo con una maleta de pino que contenía los huesos de su niña muerta, que a pesar de los años seguía intacta, con olor a flores y carente de peso, a quien quería que canonizaran. La mujer que se alquila para soñar, y Nena Daconte, la del rastro de sangre en la nieve…

En suma, son tres momentos en el desarrollo de los cuentos de Gabriel García Márquez: antes, durante y después de Macondo, atravesados todos por el realismo mágico que, si bien no descubrió ni fundó el escritor más importante de Colombia, sí aprovechó como ningún otro escritor del planeta.

Cuando la vida queda en puntos suspensivos

Publicaciones El Colombiano Sin Comentarios

Por trauma y por inhalación de gases tóxicos, respectivamente, Rodolfo y Roberto quedaron en estado vegetativo. Les sobran manos de seres queridos para ayudarles a existir.

 

Rodolfo Santos* permanece acostado con la espalda y la cabeza levantadas. Está en casa. Desde la cama hospitalaria de su habitación limpia y bien iluminada, a través de los cristales de la ventana, se ve un paisaje de vacas manchadas de blanco y negro en un campo plano, unos eucaliptos, las ruinas de una vivienda, una llovizna casi imperceptible y un aire lechozo que cierra la visibilidad un poco más allá de la los animales, como un telón. Parece que se viera el frío. Sin embargo, su cuarto es tibio.

Marta Elena y su hermano Rodolfo.

A veces, su hermana Marta Elena* se acerca para abrazarlo, darle un beso o expresarle alguna palabra tierna. Desde la enfermedad de Rodolfo, un trauma encefalocraneano producido por una caída desde su altura, poco más de un metro con 75 centímetros, sucedida hace seis años, la cual lo dejó sin posiblilidades de valerse por sí mismo y con el entendimiento limitado, decidió que rompería con ese modo de ser, afectuoso sí, atento a los demás también, pero marcadamente inexpresivo, que la ha inhibido —lo mismo que a los demás de la casa— para dar una caricia o decirle a alguien que lo ama.

Dueña de una voz ronca, producto de sus inseparables cigarrillos, dice:

—Tal vez para esto sea lo único que ha servido el accidente de Rodolfo —sorbe café; da una fumada a su cigarrillo y no piensa en el humo que se va hacia adentro de su organismo—. Ya, cuando llega mi otro hermano de visita, no me mido para saludarlo con un beso. Y a todos los demás.

El humo sale por su boca envuelto en palabras al contar que él era ingeniero administrativo y laboró por años en una compañía textil. Menor de diez hermanos, vivía en casa con su madre y las tres hermanas solteras, ella entre esas. Vivían en Medellín. Él llevaba una vida normal. Salía algunas veces a tomarse unos tragos. Odiaba el cigarrillo. Con las tres hermanas, solía ir de paseo a una casita que tenían en Fredonia. De vez en cuando, una de las casadas, Constanza*, venía de Los Ángeles, California, a visitarlos. Una gringa. Su mentalidad es la de una completa gringa. Tantos años por allá, usted sabe. De pronto, surgió la noticia de que la textilera sería vendida. Rodolfo llegaba a casa cada noche y repetía: “eso se va a acabar”. Parecía temer por el fin de su empleo. Hasta que el 20 de febrero de 2008, a la hora del almuerzo, salió con un compañero a dar una caminada corta cerca de la oficina. De pronto, la caída. Desmayó. El estrés lo haría desmayar, supone Leticia*, otra de las hemanas, quien por atender una diligencia no está con nosotros en casa.

Rodolfo entró a cirugía. Tratarían de curarle los hematomas cerebrales, de limpiarle la sangre derramada. Después, no despertó. Quedó en coma hasta agosto del mismo año. Su regreso fue paulatino.

Intentó sin éxito mover una pierna para bajarse de la cama. Leticia le dijo:

—Tuviste un accidente grave y te hicieron una cirugía en la cabeza. No podemos hablar y no podemos movernos.

Y ese hombre lloró. Y volvió a llorar otras dos veces. Luego de eso, aprendió a reconocer las letras para formar palabras, a decir sí mostrando el dedo índice y no mostrando el índice y el del corazón.

—¿Díganos, usted dónde vive, niño? —le inquiere Nubia, la enfermera que va a ayudarles a alistarlo, “cuando estamos muy extenuadas”. La pregunta es para darnos una idea de sus habilidades.

Rodolfo saca una mano de las mantas, la izquierda, la única que mueve, y se la lleva a su ceja derecha. Es su manera de indicar que vive en La Ceja. Allá fueron a parar los cuatro hermanos hace un mes. Dejaron la ciudad y parecen satisfechos de su decisión. El clima, la tranquilidad y, sobre todo, el silencio.

—¿Cuéntenos qué ve por la ventana?

Él empuña una linterna. La enciende. Dirige una luz de punto a un tablero de tela que tiene en la pared de enfrente con el abecedario. Va señalando letra por letra hasta formar la palabra “vacas”; después, “Luna”.

Sabe indicar cuántos años tiene, va mostrando su mano abierta 12 veces y después solo dos dedos.

¿Lo entiende todo?

—No —asegura Marta Elena, ya en una habitación contigua en la que hay dos camas, mientras me muestra fotografías. Las tiene en un computador portátil, en un archivo que ha nombrado «Rodolfo antes y después». Se ve un tipo fortachón y de aspecto elegante, algunas veces con sombrero blanco—. Él es como un niño. Responde bien preguntas sencillas; no complejas. Tiene una desconexión entre pasado y presente. Un médico primo nuestro dice que su cerebro se proteje olvidando lo doloroso; de lo contrario enloquecería.

Si les hubieran dicho que después de la cirugía de cerebro podía quedar así, en estado semivegetativo, ellos no lo hubieran dejado operar.

Cuenta que han dividido las labores. La Mona le hace la comida; Leticia reclama su pensión y lo representa legalmente por su interdicción, y ella, lo baña, cambia sus sondas de orina y le lava los dientes. Con ayuda de una grúa, las mujeres, mayores que él, lo levantan y le ponen los enemas por el recto para extraer sus heces. La EPS les quitó la enfermera hace tiempos. En conversación anterior, Leticia cuenta:

—Yo ya hice una carta en la que digo que a mí nadie me va a entubar ni a prolongar la vida, si llego a sufrir un accidente igual al de Rodolfo. A mí nadie me va a retener. Ya la autentiqué en una notaría.

 

Un acto de heroísmo

Como si hubiera sido ayer, doña Gloria recuerda el día en que su hijo Roberto Jaramillo madrugó para encontrarse con la fatalidad.

De eso hace 15 años y siete meses y Roberto tenía 26 años. Era un bombero. Solía decirle a su madre que él tenía que vivir confesado, porque en ese oficio, la vida puede perderse en cualquier momento y él no iba a dejar de salvar a nadie por miedo.

El amanecer de un 14 de julio, Roberto salió de su casa en Villa Sofía para ir a la estación central. Sin emergencias que atender, se ocupaba de alistar una de las máquinas. Antes de las siete, una llamada informaba que un obrero de Empresas Públicas había caído en un hueco de alcantarillado en Barrio Triste.

Roberto Jaramillo y su madre, Gloria. Fotos Hernán Vanegas

—Que vaya Roberto —ordenó el capitán.

Ni el superior ni nadie —enfatiza doña Gloria— habló de llevar equipos de protección. Parecía un caso sencillo. Hacía menos de dos semanas, el mismo Roberto había extraído a un borracho de un hueco semejante cerca a la Universidad Nacional.

En el sitio del hecho, Roberto comprobó que el técnico yacía en el fondo de un pozo de siete metros de hondo que tenía agua en su suelo.

—Me meto o no me meto —preguntó en voz alta el bombero, según contaría después un testigo—. Pediré refuerzos.

Pero en esas, la gente fue arremolinándose alrededor de la escena y comenzó a hablar, a tratar mal al socorrista, a decir que para eso están los bomberos.

Roberto entró. Contarían después que no bien había bajado algunos escalones de esa escalera de hierro que suelen tener los alcantarillados empotrada en sus paredes cuando el socorrista cayó inerte, como un bulto encima del obrero. Roberto estuvo 13 minutos en el fondo del pozo.

Albeiro Estrada, otro bombero asignado, descendió por los hombres, él sí con protección boca y nariz. Diría luego que se encomendó a los santos y llegó a los cuerpos. Se sumergió en aguas negras y pútridas, tomó primero a Roberto, inconsciente, y lo echó a sus espaldas. Subió con él hasta la mitad, donde otro socorrista lo esperaba para recibírselo. Después, al otro hombre, que ya estaba muerto.

Los médicos determinaron que ambos habían perdido el conocimiento por inhalar gases tóxicos.

Permaneció en coma varios meses. Estaba en ese sueño profundo cuando se mudaron de casa a la que ahora ocupan, en Castilla. Abrió los ojos. Nada dice.

Su padre, Javier, quien fue arriero en su juventud en Sabanalarga, tiene las fuerzas intactas. Él es quien lo levanta para que ella lo bañe y lo vista.

En un cuarto en el que hay más de 170 camándulas, imágenes de santos, recortes de prensa y diplomas a la valentía, su madre lo incorpora para introducirle la mediamañana, un líquido café amarillento, por una sonda gástrica que le sale por el pecho. Dice:

—Él nos decía que nos iba a dar casita. No nos la dio, pero es el que paga el alquiler con la pensión de invalidez que recibe.

 *Nombres cambiados

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