Un librero sin librería

Narrativa urbana Sin Comentarios

Crónica del centro de Medellín

Por hacer tiempo, Saúl Maya Arcila, librero sin librería, descabezaba un sueñecito delgado en el sopor de la tarde, tirado en la cama de su agujero. Ubicada en Caracas, a media cuadra del viaducto del Metro, en Bolívar, la suya es una habitación situada en el fondo de un guardadero de carretillas y motocicletas, colmada de canastas de libros del suelo al cielo, que apenas dejan un estrecho camino para que su habitante llegue de la puerta a la cama y de esta al baño, establecido al final del breve cuadrilátero.

A medio camino entre las estaciones parque Berrío y Prado del metro, bajo su viaducto, Saúl Maya Arcila exhibe los libros en el suelo. Fotos: Donaldo Zuluaga

Despierto desde las cuatro de la madrugada, reponía fuerzas para enfrentar por cuatro o cinco horas al monstruo: la ciudad.

El bombillo estaba encendido; la puerta de su cuarto no estaba cerrada del todo, de modo que dejaba escapar una rayita de luz que se derramaba en el parqueadero. Como si tuviera reloj, faltando diez minutos para las cuatro se levantó y comenzó a sacar algunas de las canastillas, nueve o diez, hasta el exterior del cuarto y a ponerlas en medio de motocicletas estacionadas. Apagó la luz, cerró la puerta y se dispuso a formar una torre con la mitad de las cestas. Ató una tira de tela a la de abajo, y arrastró el arrume halando de la cinta con notable esfuerzo. Dejó las otras en el suelo para volver por ellas. Llegó a la puerta del guardadero, al ruido. Atravesó la acera, ganó la calle y se fue tirando de su torre por la orilla, dando apenas paso a los autobuses que corrían rugientes a atender la señal de pare del semáforo de la esquina, a cuarenta metros de distancia. No miró el viejo cine de pornografía.

De tanto olerlo, ya ni siquiera percibió el olor del ACPM y, de tanto verlo, no vio el humo negro que ensombrecía el aire. Aprovechó la distancia entre dos taxis para atravesar la mitad de Bolívar, el carril que va de Sur a Norte, y llegar a la acera situada bajo el viaducto del metro. Allí se detuvo.

—¡Hey, Johan! —se agachó para llamar a un muchacho que dormía en el suelo con su cabeza recostada en la base del poste del alumbrado público—. Andá ya por los otros libros.

El muchacho, cabello negro en riñas, camiseta muy larga y tenis, se incorporó de un salto, desató la tira de tela de la canasta y corrió con la cinta en la mano por entre los autos para ir por los libros que Saúl había dejado afuera de su guarida.

Saúl es uno de los pocos libreros que se ocupan de salvar a los libros de una muerte segura y brindarles la oportunidad de volver a ser libros. Evita que lleguen a los depósitos de chatarra y, después, al picadero para fabricar más papel con ellos, tras lo cual se convertirán en talonario de recibos o en servilletas. Una reencarnación degradante, como si pagaran el karma de una vida ruin.

Para lograrlo, en la madrugada dirige sus pasos al cruce de la carrera 44 con la calle 64, adonde van llegando los recicladores a vender sus materiales en los depósitos. Pero los libros, no. Saben que ahí debe estar él y muy pocos libreros más, esperándolos para comprarles “las joyas” —así les dice— que han obtenido en sus cacerías por el Occidente de la ciudad. Metafísica, geografía, historia, álgebra, literatura. Los compra casi sin mirar. Al bulto. Después vendrá el momento de clasificarlos, de valorarlos.

Los demás vendedores de libros leídos, acuden a Saúl en busca de los "tesoros" que él consigue de manos de los recicladores. Libros antiguos, primeras ediciones, rarezas. Este librero callejero también vende libros de circulación corriente. Son tan baratos, que quienes no tienen dinero para comprarlos nuevos o en librerías establecidas, llegan allí a comprarlos.

—¡Mira allí: El Cid Campeador! Allá está Colomba, de Merimée. ¡Ay, el Popol Vuh! —se sorprenden dos mujeres que se detienen a ver el tendido de libros que ha dispuesto Saúl y que oculta parte del cemento de la acera. Son las cuatro. En los días ordinarios, a esta hora entra en vigencia su licencia de librero callejero.

Los domingos son especiales. Saúl se levanta a las dos de la madrugada. Instala otro puesto de venta, además de este, en la esquina de Junín con el pasaje Boyacá, junto al edificio Fabricato, este sí desde la mañana. Si bien no saca los cinco mil volúmenes que guarda en su bodega, sí exhibe gran cantidad de ellos. Y las rarezas, esas ediciones de cien años y más. Allí recibe la visita de otros libreros —libreros con librería—, como Juan, el de Los Libros de Juan; Gustavo Zuluaga, apodado el Hamaquero, de Un lugar de la noche; Gilberto Giraldo, el de librería Antaño, y casi todos los dueños de las librerías de viejo de la ciudad.

—¿Cuánto cuesta Colombia amarga? —Preguntó el bigote negro de un hombre de cuyo hombro derecho colgaba una bolsa de tela con los recipientes del almuerzo ya vacíos.

—Llévelo en dos mil.

Y lo llevó en dos mil.

Saúl contó que Carlos Mario González, el profesor de la Universidad Nacional, se hizo cliente suyo por intermedio de Poe. Sí, iba pasando y, claro, mirando al suelo como van los que piensan mucho, y de pronto sus ojos se toparon con ese ejemplar sencillo, en pasta rústica, de Narraciones extraordinarias.

—Ah, el primer libro que me dio mi papá fue uno como ese. —Reveló el librero que dijo el otro.

—Y desde ese día viene con frecuencia y compra libros. A veces lleva de una vez cien o más. Él los entrega a la biblioteca… ¿es la de Jericó?

Gabo

General Sin Comentarios

La muerte de Gabriel García Márquez me motiva a presentar algunas crónicas que he escrito en los últimos años —y en los últimos días—, alrededor de su figura. Una de ellas, la Sombra de gabo en Aracataca, hace parte del libro Vida y Milagros (crónicas, reportajes y perfiles) de reciente publicación en la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana.

 

LA SOMBRA DE GABO EN ARACATACA

Crónica que narra la vida de un municipio, alrededor de la figura del Nobel.

Al mediodía, cuando termina la jornada escolar, los niños que salen de las escuelas no obedecen la señal de “PARE” que muestran los guardias de la Estación de Aracataca cuando va a pasar el tren carbonero.

Al contrario, como si la tableta que portaran esos hombres vestidos de azul dijera «SIGA», ellos corren para pasar la línea férrea por delante de la locomotora, desafiantes, juguetones, a pesar de que esa metálica serpiente es una caravana casi interminable, conformada por 120 vagones cargados que avanzan raudos, mucho más rápido que los que cruzaban esos campos hace medio siglo transportando el banano.

No obedecen, a pesar de que su paso, una o dos veces cada hora, de día y de noche, es la materialización más concreta de la idea de rapidez que existe en Macondo.

Las sirenas de la máquina anuncian prematuramente su paso inundando el ambiente lento, atravesando como daga el aire soporífero que se sostiene en seres animados e inanimados como una manta invisible y pesada bajo el cielo azul y sin nubes. Ese sonido intenso de corneta se escucha en todos los rincones del pueblo.

Lo oyen en el centro de calles pavimentadas que se colman, no de burros, sino de motocicletas y ciclotaxis; lo escuchan algunos indios wayúu que se la pasan sentados tomando cerveza y mambeando coca en el Puente de los Varados; lo oyen los chicos que se internan sin camisa en las aguas de la acequia que le sacaron hace un siglo al río Aracataca para regadío, poniéndose ante los ojos un fragmento informe de vidrio plano para ver en el fondo elementos de hierro y bronce, como cadenas y candados, que recuperan para venderlos en la compraventa de deshechos; lo escuchan los jugadores de arrancón -una forma del remis-, que han pasado desde hace sesenta años sentados en la calle detrás del mercado todos los días de diez de la mañana a once de la noche, relevándose de generación en generación, bajo los ojos de su fundadora, Josefina, que cada media hora saca del case 500 pesos como pago de alquiler del juego y el espacio; lo oyen los sembradores de palma africana que desplaza lentamente al banano… En fin, esa sirena se ha convertido en parte de la vida cotidiana de esta población, en música de fondo para esos 60 mil habitantes que se revuelven bajo la canícula.

Es el tren de la Drummond, la compañía extranjera que explota las minas del negro mineral en La Jagua de Ibirico, Cesar, y lo conduce al puerto en Santa Marta para sacarlo por mar al exterior.

El Fello
Alfredo Correa, el Fello, la oye en su casa situada al pie de la manga destinada a las corralejas de julio. Es viernes. Él está apenas reponiéndose de una pea memorable que ha alentado en el Carnaval de Barranquilla -no se queda en los de Aracataca porque en Curramba hay más que ver-.

El octogenario roble no tiembla ni presenta efectos visibles de resaca, pero afirma que a esta edad no es lo mismo que cuando era joven.

Es hermano del mejor amigo de Gabriel García Márquez, Luis Carmelo, “que aparece mencionado en Vivir para contarla”. Pero tras la muerte de éste hace tres años, víctima de una diabetes que había obligado ya la amputación de una pierna, todos lo buscan para que cuente historias del escritor.

Total, él también hizo parte de ese grupo de amigos. Su familia era vecina de la del hijo de la niña Luisa Santiaga; sus casas estaban situadas una diagonal a la otra en la Avenida de Monseñor Espejo, a una cuadra del parque central.

En la calle, pocos son los que osan desafiar ese Sol que detiene los termómetros en 40°C. Bajo la sombra de los almendros, los mayores descabezan un sueñecito corto arrullados por el piar de los chupahuevos.

Por su parte, Fello, en la sala de su casa, se sienta a existir en una silla macondiana fabricada en madera de canalete por él mismo en su taller de ebanista situado en el solar trasero de su casa -cuyo techo lo forman dos mangos- y bautizada por él de este modo porque es única -elaborada en largueros cepillados, con el asiento en declive que forma un ángulo recto con el espaldar tirado hacia atrás, consiguiendo que quien se siente apoye también la espalda-.

Evoca aquellos tiempos con una frescura tal, que quien lo escucha debe estar repitiéndose que ocurrieron hace 70 años para no llamarse a engaños.

“Gabito se crió con la familia de la niña Luisa, como le decíamos a su mamá en esos tiempos en que, no sé, éramos más educados para tratar a los mayores. Como eran de raza guajira, más bien sedentarios y serios, encerraban al niño a las seis de la tarde y él se quedaba escuchando las historias de sus tías referentes a las vivencias de su padre, el Coronel Márquez”. Fello hace una pausa antes de agregar: “Gabito siempre tenía zapatos”.

Eran tiempos de bonanza en Aracataca. Éste era un pueblo tan grande como Fundación, en el que despilfarraban la plata. Los viejos todavía recuerdan a un guajiro que llegaba los viernes con una mochila llena de dinero para pagarle a los trabajadores de las bananeras. Y no faltaba quien, en el baile de la cumbia, liara las espermas encendidas con billetes.

El creador de la silla macondiana se incorpora para ir a extraer de un cajón de una cómoda en la habitación contigua fotografías históricas. En una de ellas -que por cierto le regaló García Márquez- aparece el autor de La Hojarasca, al lado del compositor Rafael Escalona, el periodista Álvaro Cepeda Samudio y el pintor Jaime Molina, de pie, tomándose unos tragos. En el reverso de la foto, la dedicatoria escrita a mano: “Para Fello, de su hermano mayor Gabriel G. M.”

Y con ella ante sus ojos, dice que Escalona no cuenta la verdad, o por lo menos la deja incompleta, con respecto al Festival de la Leyenda Vallenata. Pues ese Festival nació en Aracataca en 1966; no en Valledupar.

“Un día estábamos tomándonos unos tragos mis hermanos, el maestro Escalona y yo, cuando llamó Gabito. Contestó Luis Carmelo. “¿Lucho, con quién estás? Espérame que voy a huir de unos periodistas que me tienen cansado”. Y se apareció en la casa. Entre tanto hablar, Escalona le dijo que estaba interesado en que él oyera sus paseos. “Ajá, pero no de cualquier manera -respondió Gabito-: ¡Hagamos una parranda! Y así se hizo. Participaron agrupaciones locales y de pueblos vecinos y se fundó el Festival, en Aracataca”.

Víctor, apodado el Chimila, cuidandero nocturno de la Casa Museo Gabriel García Márquez, interviene en este punto: “Déjeme recordar quién fue el Rey Vallenato esa vez… Era ese tipo bajito, creo que de Valledupar, Julio de la Ossa…”

Fello dice que tal vez el compositor de La casa en el aire y Consuelo Araújo Noguera, La Cacica, tuvieron más visión de futuro y mercadearon de mejor manera el Festival para la capital del Cesar.

La sirena de otro tren vuelve a escucharse. Esta vez Fello y Chimila están en el taller de ebanistería. Cuatro gallinas dan vueltas por ahí. En el solar de otra casa se ve a una vecina, una toalla anudada en el pecho por todo vestido, lavando ropa.

Y mientras aquél barniza una silla macondiana a la que cambió un larguero y ajustó tornillos esta mañana, va recordando lo supersticioso que ha sido Gabito. Refiere una anécdota en la que éste abandonó el grupo de amigos junto a la casa del doctor Barbosa, un boticario que recetaba medicamentos a los enfermos, para internarse en un matorral urgido por un estómago indómito. Y que no pasaron cinco minutos antes de que regresara raudo, pálido y sudoroso, diciendo que le habían salido los animes y lo habían levantado a piedra.

“Los animes son como los duendes”, explica. “Sí, yo sé -complementa el Chimila-. Hay quienes saben cosas y son capaces de esclavizar animes. Los guardan en un calabazo y contratan, digamos, la preparación de un terreno para sembrar arroz. Liberan esos seres, les dan la orden y ellos obedecen corriendo.

El que pase por ahí cerca escucha un ruido como de cincuenta hombres echando machete, tumbando árboles y hasta ve caer los troncos y no se da cuenta quiénes están haciendo todo aquello. Sólo ven al tipo ahí, impávido. Y cuando los animes terminan el trabajo, él vuelve a encerrarlos en el calabacito”.

“Sí -añade el primero-. En dos días hacen el trabajo que un hombre haría en un mes, cobran más rápido, pero no se enriquecen porque esa es plata del Diablo. Esa es una maldición”.
Apellido

Antes de las tres, Aidée Galán escucha la sirena del tren, sentada en una silla mecedora un tanto raída bajo un tejado de zinc instalado adelante de su casa del barrio El Carmen, que da sombra a su venta de cerveza. Da la espalda a la calle polvorienta. Los barrios periféricos no tienen sus vías pavimentadas. Responde sin mirar el saludo de una vecina: “¡Adiós!”

Es la esposa de Nicolás Ricardo Arias, el único pariente de Gabriel García Márquez que vive en Aracataca. Es hijo de Rafael Arias, hermano medio de Luisa Santiaga y como ésta, hijo del Coronel Márquez, pero no de Tranquilina Iguarán; por esto no lleva el apellido Márquez sino el de su madre.
Nicolás Ricardo no para en la casa. Vive más tiempo en un billar de la Calle Cataquita, a una cuadra de la Calle de los Turcos.

Aidée es cienaguera. Espanta un poco el sopor para contar que se conocieron hace más de cuarenta años en Sevilla, un caserío de la zona bananera, y que le dio dificultad adaptarse a la vida en Aracataca, apartada de sus viejos y, por supuesto, sufrió mucho en un tiempo en que a su marido, que trabajaba en vigilancia, lo trasladaron para el Cesar y ella fue con él.
Cuenta que el escritor ha venido a saludarlos a esta casa. Hasta se tomó una fotografía con ellos de espaldas a la fachada. Pero que no ha vuelto. Serán sus males que no le dan tregua. Y que su esposo tiene esperanzas de que el ilustre primo vuelva a visitarlos ahora en el cumpleaños. “¿Que lo aporrea mucho el viaje de Santa Marta a Aracataca por carretera? ¡Ah, para eso existen los helicópteros!”. Y aprovecha la despabilada para internarse en el fondo de la casa y lavar algunos trapos.

A las cuatro de la tarde, cuando vuelve a sonar la sirena, en la gallera dos hombres cortan con tijeras las plumas sobrantes de dos gallos finos y les calzan las espuelas. Los echan al ruedo para que, en franca lid, ellos mismos decidan cuál se ganará el derecho de pelear en la gran noche del día siguiente, sábado, en la competencia en que llegarán ejemplares de muchos sitios de la Costa.

Ese sonido encuentra a Adrián Mercado y Rubiela Reyes, los guías de la Casa Museo Gabriel García Márquez, ocupados en sus quehaceres. Él levanta los recortes de prensa que hablan del escritor, adheridos a hojas de icopor, cada que el viento se cuela por la ventana de la calle y la puerta que da a un patio interior y juega a descolgarlos de los clavos de las paredes.

Ella se entretiene con dos turistas alemanes, una mujer y su hermano, blancos como los icopores, que han permanecido horas en la casa tratando de ver con sus ojos y tocar con sus manos las cosas que García Márquez menciona en sus libros.

La visitante no habla español, pero es la que ha leído las obras. Su hermano no las ha leído, pero es dueño de unas cuantas palabras en el idioma del autor. De modo que entre sus señales, su precario español y el precario inglés de la anfitriona, alcanzan a defenderse. “No, la casa del doctor Barbosa ya no existe; la tumbaron. Sólo queda una ventana, la última”, le indica.

Rubiela cuenta que le ha escuchado decir al director, Rafael Darío Jiménez, que en marzo comenzarán las labores de reconstrucción de la casa, con recursos del Ministerio. Y como anécdota, que el Nobel no ha sido capaz de pasar frente a la vivienda en las escasas ocasiones en que ha visitado el pueblo, por pura nostalgia.

“Él es supersticioso. Un día López Michelsen le dijo que no regresara a Aracataca para quedarse, porque le llegaría la muerte”.

Calavera

Cuando la sirena vuelve a sonar son las cinco. Y ese sonido de corneta parece oportuno para subrayar las palabras del sacerdote en la misa de la iglesia de San José, quien en la homilía explica que el tiempo de la Cuaresma es un llamado de Dios a los hombres, convocándolos para un cambio.

Como una decoración impresionista, un cráneo, sostenido en cúbitos y radios cruzados, todo lo cual cubierto de cal o yeso, está situado en el suelo, contra la pared, en la parte de atrás del templo.

“A todos los cataqueros nos bautizaban ahí, en una pila que había a un lado -explicaría Rafael Darío Jiménez, posteriormente-. Representa la crucifixión”.

Una mujer sale de misa y explica que no, que eso simboliza lo que quedará de cada uno de nosotros cuando terminen nuestros acostumbrados malos pasos por este Valle de Lágrimas y que entonces no vale la pena la vanidad.

Contexto
Gabriel García Márquez dijo alguna vez que escribía para que sus amigos lo quisieran más y a fe que lo ha conseguido. En su pueblo, Aracataca, los más de los cuarenta mil habitantes, chicos y grandes, se refieren a él de manera afectuosa. Le dicen Gabito, como dando a entender que es amigo de todos y nadie reniega porque no vaya a visitarlos con frecuencia. Encuentran razones para cada cosa.

***

 

MAGDALENA, NANA DE GABO, OYE ECOS DE AYER

 
Es mentira eso de que María Magdalena Bolaños, la nana de gabito, tenga alzhaimer. Eso lo dice su hijo, Abel, para hacerme desistir de la idea de hablarle, sin importarle siquiera que ella esté ahí, a su lado, mirando por la ventana, sorda como la tapia que bordea su casa de esquina, sí, pero dueña de una amabilidad que le salta a los ojos.

—Sepa que usted no es el primero. —Dice Abel con un hablar crudo, déspota casi, asomado por unos ojos marchitos. Y como si se aprestara a enumerar sus logros, añade—: Han venido de Radio Francia, de revistas españolas, de muchas partes, y los he devuelto sin que les hable. Tiene alzheimer.

Es de noche. Ese mismo día me había enterado, de labios del administrador de un hostal que funciona en una casa, en la misma calle central en la que ella vive, que Magdalena fue nana de Gabriel García Márquez. Había ido a saludarla y ella, sentada en una mecedora en la acera y venteándose con un abanico de caña, junto a su puerta, me miró desde el profundo silencio de su sordera y me saludó con recelo. No debe sufrir por el ruido de los autos y de las mototaxis que pasan sin tregua por su calle, ni por el tren carbonero cuya sirena se escucha en todo el pueblo cada veinte minutos.

El suyo es un caserón de esquina, al que le han sacado un pedazo para abrir una miscelánea. Una de las vendedoras sujeta una ponchera de plástico mientras dice:

—Magda es sorda. Téngale paciencia. Vuelva en la noche, cuando esté alguno de sus hijos.

En Aracataca todo el mundo sabe que Magdalena fue la nodriza de Gabito. Allá saben todo sobre él. Parece el hermano mayor de todos que se fue hace tiempos, pero en cualquier momento volverá. En la casa en la que pasó los primeros nueve años de vida, es decir, el tiempo en que Magda, una chiquilla que bien podría haber pasado por su hermanita mayor, los empleados saben la historia del Nobel. Son tantas las charlas que les han dado, los documentos que han leído, los comentarios que han oído, que tienen por qué sabérselas todas. El celador, Julio César Pérez sabe que la casa se incendió y el abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía fue reconstruyéndola de atrás para adelante y por eso hay un espacio vacío cerca de la entrada.

Al fin, habla

En la mañana del día siguiente, insisto en mi idea de hablar con Magdalena. Me entero de que se levanta a las cinco. A las seis de la mañana la veo de lejos. Está asomada a la misma ventana de anoche, sola. Espanta a un perro flaco y blanco que intenta orinar en el frente de su casa. Cuando paso frente a ella, la saludo:

—¡Hola, Magdalena! —Le hago adiós con la mano. Sonríe. Pienso: voy a tener suerte.

Desesperado por un café, entro a un granero situado a media cuadra. No, dice el dependiente. Aquí no hay café.

—Pero espere un momento —repone sin acento costeño, sino de alguna parte del interior del país— le digo a mi mujer que le prepare un tinto.

Dispuesto a tomar el peor de los petróleos, me sorprende oírle decir que el café se lo traen de la Sierra Nevada y lo muelen, tuestan y cuelan en casa. Le cuento mi drama con Magdalena. Me dice que ella es amable y locuaz. Confirma que trabajó con los García Márquez como nana del escritor. Que eso todo el mundo lo sabe.

Se llama Neftalí Niño y es un nortesantandereano radicado hace más de cuarenta años en Aracataca. Sentado en silla plástica en la acera de la tienda, habla con un policía y un sujeto sin uniforme. Dice que Gabo visitó el pueblo en 2003. Antes de eso, en 1982, por lo del Nobel y, mucho antes, en 1967, en la parranda de música de acordeón.

Cuenta que su hijo, Luis Niño Cáceres, de unos cuarenta años, ha sido consentido de María Magdalena Bolaños Viuda de Rodríguez.

—Desde cuando era niño y hasta muy adulto, ella le traía almuerzo todos los días.

El hijo sale con el café. Es blanco y corpulento. Minutos después nos acompaña a casa de Magdalena. A ella se le iluminan los ojos al verlo. Luis le dice a gritos:

—Cuéntale del tiempo en que fuiste la nana de Gabo.

Conversadora, ella cuenta que en su casa hubo una distribuidora de cerveza Águila —misma firma en que trabajó el amigo de Gabo, Álvaro Cepeda Samudio—, y de Ron Caña.

Cuando él le repite la inquietud, ella cuenta que nació en Villanueva, Guajira, el 22 de julio de 1917 y llegó a Aratacata cuando tenía seis años.

Luis comenta —y ella lo mira como si le oyera— que esa vivienda iba hasta la calle de atrás. Que los hijos vendieron un pedazo. Que Magdalena caminaba, hasta hace tres años, tranquila y sola, por las calles de Cataca e iba al mercado y a la iglesia de San José. Pero un día, al volver a casa, notó que se habían entrado los ladrones, a pesar de que el patio tiene paredes coronadas de vidrios en punta, y le habían robado el gallo y las gallinas. Corrió adonde los Niño a contarles su tragedia. Al día siguiente, volvió para decirles lo mismo. Así varios días y en cada ocasión era como si les estuviera informando por primera vez. Se dieron cuenta de que se había bloqueado. Algo no volvió a funcionar en esa mente nonagenaria. Y sus hijos,  especialmente Andrea, profesora del colegio, no quisieron que volviera a salir sola.

Luis Niño vuelve a gritarle la pregunta:

—¿Qué recuerdas de cuando fuiste nodriza de Gabito?

No tengo esperanzas de que oiga y más bien espero que siga hablando tranquila, lo que sea. ¡Milagro!:

—Yo fui la nana de Gabito —dice sonriente, como si nos revelara algo que no supiéramos y no le hubiéramos preguntado jamás—. Yo era una niña. De los diez a los diecisiete años. Me tocaba bañarlo y sacarlo a asolear y cuidarlo. Él era egoísta y envidioso. Lo que los otros niños tenían, lo quería para él. Cuando cumplió nueve, se lo llevaron para Sucre, Sucre, y hasta ahí llegó mi trabajo en esa casa.

De pronto, Magdalena comienza a cantar:

En una mañana de mayo por cierto
arriba de un árbol estaban los dos.
De pronto el cisne sacude las alas
y se oye de un arma la detonación
el cisne se estira, se tuerce y se encoge
y entre mil lamentos al suelo cayó.
La cisne se tira del árbol llorando
y allí con sus alas al muerto tapó.
Y así terminaron la vida los cisnes
porque el cazador también la mató.

Se sienta en la mecedora de la acera. Y ese Sol de Aracataca, que se hace más pesado cuando tiene quién lo cargue, la durmió en menos de un minuto

***

MACONDO, ALIMENTO DEL DIABLO

Macondo, el nombre del mundo literario creado por Gabito, es un árbol sobreexplotado, con cuya madera hacían canoas; un juego de azar; una hacienda, y una palabra bantú que significa plátanos.

Si no fuera por la literatura, el olvido habría extendido su nata por Macondo… Ni el árbol, ni la hacienda, ni el poblado ni la voz bantú con la que se llamaba el plátano en el Caribe, ni el juego de azar… nada de eso posee ahora una existencia fuerte, una significación concreta. Y pensar que Macondo, el literario, también fue destruido por un ciclón que se llevó con él hasta el último de los descendientes de la familia que lo fundó cien años antes.

Unos dicen que Macondo, la palabra con la cual Gabriel García Márquez nombró un pueblo o, mejor, un mundo, surgió de un árbol inmenso, del cual en Aracataca apenas sí se encuentra uno.

—Tomen una mototaxi. Salgan a la troncal, sigan por la carretera que lleva a Ciénaga y, después de la primera ye que encuentren, en la entrada de una hacienda, se ve el único árbol de macondo que existe —indicó Neftalí Niño, un ocañero radicado en el pueblo de Gabito hace más de 40 años, sentado en un taburete afuera de su tienda de abarrotes, en plena vía central—. Está a menos de cinco minutos de aquí.

Pero no se ve. Desde la carretera y con ojos desacostumbrado, no se ve. Si no es por Camilo Durango, uno no da con él. Es un joven carpintero que está de descanso, sentado a la vera de la carretera, dando la espalda a tractomulas y buses que pasan raudos y sin inmutarse por la vibración de sismo en el asfalto y el ventarrón que le enreda el cabello.

—Los estaba esperando. Supe que ustedes andaban en busca de un macondo. El negro aquel que pasó en bici —comenta, señalando con un movimiento de cabeza a un ciclista que apenas se ve alejándose en la larga recta— los oyó a ustedes preguntarles por el árbol a unos vendedores en la ye y me dijo que estuviera atento —y luego de ponerse de pie, señala con el índice derecho en dirección a unos árboles situados en una finca del otro lado de la vía—. Es aquel; no ese frondoso, sino el que sigue.

Nada se ve. Un caracolí es el árbol frondoso y no alcanza a divisarse el tal macondo. Resuelve ir con nosotros. Tras él, saltamos la talanquera del cerco, dirigimos los pasos al caracolí, pero en el último momento vemos que no se detiene junto a su tronco, sino que va directamente hasta otro tallo corpulento, como de ceiba, que hay a pocos pasos de este. Ese tronco se interna, metros arriba, entre el follaje del vecino y desde el suelo es imposible ver las ramas, las hojas grandes, las flores rosáceas; nada de lo que nos describe el guía. Para verlas, habría que trepar por su tronco, como un mico, hasta el copo, situado a treinta o cuarenta metros de altura.

—Su madera era muy apreciada —comenta el carpintero—. Por eso se acabó. Los viejos la usaban para fabricar canoas.

Abraza el árbol como si lo amara y explica que si este se mantiene en pie es gracias a su vecino, el caracolí. Si estuviera solo, los vientos lo habrían partido hace tiempos.

Así como el árbol, también en extinción están quienes lo conocen. El carpintero añade que puede haber algunos más en la Sierra Nevada.

 

 

Otros macondos

¿Y el poblado, dónde está? Dasso Saldívar, el autor de Viaje a la Semilla, al mencionar algunas versiones existentes sobre el origen de la palabra Macondo, indica que algunas personas creen y sostienen que había un poblado nombrado así, cerca de Pivijay. No está en el mapa. Ninguno parece recordarlo.

Nadie juega macondo en Aracataca. Según Dasso, y producto de su investigación de la tradición oral sobre la familia del autor de Cien años de soledad, macondo era un juego de azar propio de las fiestas. Como un bingo, se jugaba con un trompo que llevaba grabadas seis figuras en sus costados. Una de ellas, con la cual se vencía, era un árbol de macondo.
Cuentan que macondo es la voz bantú, proveniente de makonde y plural de likande, que significa plátanos. Literalmente significaba “alimento del diablo”.

Sobre tal vocablo, en su mamadera de gallo, Gabriel García Márquez había dicho que era una palabra proveniente del griego acercándose al latín. En Vivir para contarla, ya seriamente, el escritor dice que macondo era una finca cercana a Aracataca. Le llamó la atención desde niño por su sonoridad.

“El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba… Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca” (página 28).
La hacienda no está.

El pueblo creado en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, continuado en La siesta del martes, La mala hora, La Hojarasca y Cien años de soledad, entre otros relatos, fue fundado, como se sabe, por José Arcadio Buendía y los integrantes de su expedición: amigos, esposas, animales y utensilios de toda clase. Buscaban una salida al mar y en un sitio en el cual, después de 26 meses de errancia, José Arcadio soñó con una ciudad ruidosa cuyo nombre era Macondo y decidieron quedarse. Construida a “orillas de un río con lecho de piedras pulidas como huevos prehistóricos”, estaba situada al oeste de Riohacha y limitando con la Sierra impenetrable, ciénagas y pantanos.
Aracataca

En la llamada realidad está Aracataca. En el idioma de los indios chimilas, antiguos habitantes, esta palabra  deriva de los vocablos Ara, río de agua clara, y Cataca, nombre del cacique de la tribu que allí habitó.

En este municipio han existido muchos de los elementos del mundo macondiano, al extremo que muchas personas, en una analogía fácil, terminan por compararlos: el tren, que en otra época lo llevaba y traía todo, las inmensas plantaciones de banano como un mar vegetal, los turcos, los indios… Ahora, con transformaciones: el tren es carbonero y se detiene en este pueblo, no ha dejar y cargar mercancías, sino a dar paso a los pobladores, peatones o motorizados; las bananeras ya muy remplazadas por cultivos de palma.

En fin. Real o de fábula, el nombre Macondo sobrevirá, como todo, gracias a la memoria, que es más memoriosa y segura cuando tiene como soporte la escritura.   

ANTECEDENTES
No pocos han propuesto que se cambie el nombre de esa localidad del Magdalena por el de Macondo, pensando, más que en un homenaje al maestro de las letras, en una prosperidad económica, cimentada en la atracción turística y cultural que podría generar ante los ojos del mundo. Y esta idea no se ha quedado en palabras dichas al viento. En 2006, el alcalde de turno, Pedro Sánchez, quiso cambiarle el nombre por el de Aracataca-Macondo y para ello, convocó a un plebiscito. En una población de poco menos de 50.000 personas, de las cuales podía votar unas 22.000, era preciso que el sí obtuviera 8.388 votos. Solo 4.000 cataqueros salieron a sufragar y de ellos, 3.270 dijeron sí al cambio y 250, no.

 

***

EL RASTRO DE SUS CUENTOS EN EL TIEMPO

No es preciso ser crítico de literatura para detectar tres momentos en los cuentos del escritor de Aracataca, los cuales coresponden a su madurez literaria. Un primer momento, que bien podría llamarse premacondiano. Es marcadamente kafkiano. La influencia del escritor nacido en Praga a finales del siglo XIX no desaparecería jamás de la obra del Nobel colombiano. No obstante, en los primeros cuentos, compilados en el libro Ojos de perro azul, Kafka está detro de Gabito —no Gabo, Jaime García Márquez, su hermano, me corrigió un día: “no se dice Gabo, sino Gabito, porque es el hipocorístico guajiro para Gabriel”— como Eva está dentro de su gato.

Son cuentos con atmósfera de sueño, de sueño y muerte, de muerte, de repetición de espejos… Los cuentos más metafísicos que Gabito escribió.

El primer cuento que publicó Gabriel García Márquez fue La tercera resignación, en el suplemento Fin de Semana, número 80, de El Espectador el 13 de septiembre de 1947. En ese relato, el personaje narrador está muerto. Pero seguía creciendo. Parecé darse cuenta de algunas cosas que pasan; ser consciente.

Sobre el origen de este relato, Jaime García Márquez, hermano de Gabito, cuenta: “nací sietemesino en una época que no había incubadora. El médico llegó a decir que estaba muerto, aunque tuviera algunas actividades vitales. Mi mamá tomó una caja de cartón, tal vez de zapatos, grande para que pudiera seguir creciendo. La llenó de algodón de ceibo y me metió en ella. Así fabricó una incubadora artesanal. Después, para que no muriera moro, o sea, sin bautizar, encargó a Gabito que fuera mi padrino. Para colmo, yo no sabía mamar.
Ella debía ordeñarse, verter la leche en un pocillo y dármela con un algodoncito o con un gotero. Esto le inspiró a él La tercera resignación”.

Jaime es trece años menor que Gabito. “Cuando yo tuve uso de razón —sigue diciendo Jaime— ya él era un hombre de 20 años que iba a casa, en Sucre, Sucre, a visitarnos en vacaciones”. De modo que Gabriel vio el nacimiento y la supervivencia inicial difícil de su hermano y pudo redactar así la que se imaginaba la dolorosa experiecia de la “muerte viva”, como dice en el cuento, con un ser humano que estaba como muerto, que murió tres veces y que crecía estando muerto.

Eva está dentro de su gato fue su segundo cuento. Publicado tres semanas después del primero, en el mismo semanario, hasta el título grita: ¡Kafka!. Una mujer que padecía la enfermedad de la belleza, como una maldición dolorosa que adivinaba también en sus antepasadas, solo con mirar en los retratos los rostro y en estos una expresión, un gesto, una mirada, algún signo casi imperceptible.

Y qué decir de Ojos de perro azul. El repetido encuentro de sueño en sueño de un hombre y una mujer. En la misma habitación. Condenados a no encontrarse en la llamada vida real. Ella porque busca sin cesar e infructuosamente el letrero Ojos de perro azul pintado en alguna parte; él, porque jamás la recuerda al despertar. Ese relato termina por recordar esas laberínticas preguntas de Sócrates sobre si es verdad que estamos aquí y si todo este asunto, el mundo, la realidad, la vida, es cierto.

Alguien desordena estas rosas, en el que el espíritu de un niño muerto alborota las rosas a una vendedora, es una mezcla de amor y muerte o de amor más allá de la muerte. La noche de los alcaravanes, Amargura para tres sonámbulos, La mujer que llegaba a las seis (no distante del cuento Los asesinos, de Ernest Hemingway); en fin, se trata de cuentos cercanos al absurdo, al horror del absurdo, al surrealismo.

Sin embargo hay uno en este libro que parece haberse escapado del siguiente, es decir, de Los funerales de la mamá grande. Como si se le hubiera colado sin permiso: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Incluido entre esos de textura metafísica y onírica, parece ganso entre patos. Hace parte del segundo momento de los cuetos de gabito, el macondiano. Es el relato en el que Macondo aparece por vez primera.

Tenía que ser domingo, cuando muchos creen que el tiempo se dilata, que naciera este lugar literario. Después de una sequía de siete meses, cuando la gente ya alusinaba del calor, llueve y todos sienten el alivio, la frescura, como si la Naturaleza se hubiera reconciliado con ellos. Isabel, la protagonista, ve llover y reflexiona sobre todo aquello, pero las horas pasan y la lluvia no cesa y el mundo entero parece sumido nuevamente en el diluvio universal. El aguacero pertinaz termina por enloquecer a Isabel, por trastornar su percepción de la realidad. Y esta, sin Isabel, se altera también, al extremo que ella escucha hablar de los muertos flotando en el agua, de una vaca invóvil como sembrada con sus cascos en la tierra. El tiempo detenido, la monotonía. Y esa frase final del monólogo, en la que parece que la vida es sueño… o muerte: «Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado».

 

 

Se puebla y crece la aldea

Un segundo momento es el de los libros Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Cuentos macondianos. Luego de la creación de Macondo en el cuento de Isabel, este espacio crece y se fortalece, aunque en unos se mencione su nombre y en otros no. Una vez creado, quedaba surtir el mundo con elementos míticos y reales, con personajes telúricos. Ya la metafísica, la realidad otra, la alucinación, lo etéreo, no se pierde, sino que comparte su sitio central en el relato con una realidad desmesurada en un mundo recién nacido. Y la atención del lector puede irse detrás de los sucesos, al tiempo que sigue los pasos de lo sensitivo y psicológico.

La siesta del martes, por ejemplo, transcurre bajo un Sol agobiante. El niño acompaña a su madre en un largo viaje en tren, por entre un mar verde de bananeras, para ir a vender la casa. Basado en una experiencia propia, pero tergiversada, en la cual el joven Gabriel debe acompañar a su madre, Luisa Santiaga, de Sucre a Aracataca para vender la vivienda que antes fue del abuelo materno, el guerrero que inspiró la figura del Coronel. Es un incierto recorrido de la realidad a la ficción. El calor de horno de las dos de la tarde, el sopor encerrado en el tren que atraviesa la llanura bananera, hacen que los personajes parezcan delirar.

En Un día de estos, ese dentista sin título, Aurelio Escobar, que le saca una muela al alcalde, parece corresponder con uno de su infancia, el doctor Barbosa, de quien los paisanos coetáneos del Nobel todavía recuerdan. Esa fragilidad de los humanos ante la enfermedad y, por esta vía, ante el médico, sin excepción siquiera de las personas que ostentan el poder, hace que lleguen a la mente las páginas iniciales de Memorias de Adriano, de Margarite Yourcenar, cuando el emperador Adriano confiesa que deja de ser rey ante la mirada escrutadora del galeno.

Y en el volumen de la cándida Eréndira… Un señor muy viejo con unas alas enormes, El ahogado más hermoso del mundo —con la misma historia, Álvaro Cepeda Samudio hizo un guión cinematográfico—…
Latinos en Europa

Un  tercer momento en la evolución de sus cuentos es el de los Doce cuentos peregrinos. Después de varias décadas de vida gitana, en la narración se nota el ciudadano de mundo. El hombre del Caribe que ha trashumado por Europa y ha presenciado visisitudes, dramas y alegrías de latinoamericanos en ese continente. En esos cuentos peregrinos parecen lejanas las escenas de los libros anteriores, del trópico alucinado. Sin embargo, los personajes, claro está, llevan su cultura a todas partes. Y dentro del realismo mágico aparece María dos Prazeres, la puta brasilera que compró su funeral y su entierro por anticipado y se cercioró de enseñarle bien a su perro la ruta del cementerio y de su tumba para que, una vez muerta y enterrada, fuera él y solo él a visitarla; Margarito Duarte, el tolimense que andaba por el mundo con una maleta de pino que contenía los huesos de su niña muerta, que a pesar de los años seguía intacta, con olor a flores y carente de peso, a quien quería que canonizaran. La mujer que se alquila para soñar, y Nena Daconte, la del rastro de sangre en la nieve…

En suma, son tres momentos en el desarrollo de los cuentos de Gabriel García Márquez: antes, durante y después de Macondo, atravesados todos por el realismo mágico que, si bien no descubrió ni fundó el escritor más importante de Colombia, sí aprovechó como ningún otro escritor del planeta.

Cuando la vida queda en puntos suspensivos

Publicaciones El Colombiano Sin Comentarios

Por trauma y por inhalación de gases tóxicos, respectivamente, Rodolfo y Roberto quedaron en estado vegetativo. Les sobran manos de seres queridos para ayudarles a existir.

 

Rodolfo Santos* permanece acostado con la espalda y la cabeza levantadas. Está en casa. Desde la cama hospitalaria de su habitación limpia y bien iluminada, a través de los cristales de la ventana, se ve un paisaje de vacas manchadas de blanco y negro en un campo plano, unos eucaliptos, las ruinas de una vivienda, una llovizna casi imperceptible y un aire lechozo que cierra la visibilidad un poco más allá de la los animales, como un telón. Parece que se viera el frío. Sin embargo, su cuarto es tibio.

Marta Elena y su hermano Rodolfo.

A veces, su hermana Marta Elena* se acerca para abrazarlo, darle un beso o expresarle alguna palabra tierna. Desde la enfermedad de Rodolfo, un trauma encefalocraneano producido por una caída desde su altura, poco más de un metro con 75 centímetros, sucedida hace seis años, la cual lo dejó sin posiblilidades de valerse por sí mismo y con el entendimiento limitado, decidió que rompería con ese modo de ser, afectuoso sí, atento a los demás también, pero marcadamente inexpresivo, que la ha inhibido —lo mismo que a los demás de la casa— para dar una caricia o decirle a alguien que lo ama.

Dueña de una voz ronca, producto de sus inseparables cigarrillos, dice:

—Tal vez para esto sea lo único que ha servido el accidente de Rodolfo —sorbe café; da una fumada a su cigarrillo y no piensa en el humo que se va hacia adentro de su organismo—. Ya, cuando llega mi otro hermano de visita, no me mido para saludarlo con un beso. Y a todos los demás.

El humo sale por su boca envuelto en palabras al contar que él era ingeniero administrativo y laboró por años en una compañía textil. Menor de diez hermanos, vivía en casa con su madre y las tres hermanas solteras, ella entre esas. Vivían en Medellín. Él llevaba una vida normal. Salía algunas veces a tomarse unos tragos. Odiaba el cigarrillo. Con las tres hermanas, solía ir de paseo a una casita que tenían en Fredonia. De vez en cuando, una de las casadas, Constanza*, venía de Los Ángeles, California, a visitarlos. Una gringa. Su mentalidad es la de una completa gringa. Tantos años por allá, usted sabe. De pronto, surgió la noticia de que la textilera sería vendida. Rodolfo llegaba a casa cada noche y repetía: “eso se va a acabar”. Parecía temer por el fin de su empleo. Hasta que el 20 de febrero de 2008, a la hora del almuerzo, salió con un compañero a dar una caminada corta cerca de la oficina. De pronto, la caída. Desmayó. El estrés lo haría desmayar, supone Leticia*, otra de las hemanas, quien por atender una diligencia no está con nosotros en casa.

Rodolfo entró a cirugía. Tratarían de curarle los hematomas cerebrales, de limpiarle la sangre derramada. Después, no despertó. Quedó en coma hasta agosto del mismo año. Su regreso fue paulatino.

Intentó sin éxito mover una pierna para bajarse de la cama. Leticia le dijo:

—Tuviste un accidente grave y te hicieron una cirugía en la cabeza. No podemos hablar y no podemos movernos.

Y ese hombre lloró. Y volvió a llorar otras dos veces. Luego de eso, aprendió a reconocer las letras para formar palabras, a decir sí mostrando el dedo índice y no mostrando el índice y el del corazón.

—¿Díganos, usted dónde vive, niño? —le inquiere Nubia, la enfermera que va a ayudarles a alistarlo, “cuando estamos muy extenuadas”. La pregunta es para darnos una idea de sus habilidades.

Rodolfo saca una mano de las mantas, la izquierda, la única que mueve, y se la lleva a su ceja derecha. Es su manera de indicar que vive en La Ceja. Allá fueron a parar los cuatro hermanos hace un mes. Dejaron la ciudad y parecen satisfechos de su decisión. El clima, la tranquilidad y, sobre todo, el silencio.

—¿Cuéntenos qué ve por la ventana?

Él empuña una linterna. La enciende. Dirige una luz de punto a un tablero de tela que tiene en la pared de enfrente con el abecedario. Va señalando letra por letra hasta formar la palabra “vacas”; después, “Luna”.

Sabe indicar cuántos años tiene, va mostrando su mano abierta 12 veces y después solo dos dedos.

¿Lo entiende todo?

—No —asegura Marta Elena, ya en una habitación contigua en la que hay dos camas, mientras me muestra fotografías. Las tiene en un computador portátil, en un archivo que ha nombrado «Rodolfo antes y después». Se ve un tipo fortachón y de aspecto elegante, algunas veces con sombrero blanco—. Él es como un niño. Responde bien preguntas sencillas; no complejas. Tiene una desconexión entre pasado y presente. Un médico primo nuestro dice que su cerebro se proteje olvidando lo doloroso; de lo contrario enloquecería.

Si les hubieran dicho que después de la cirugía de cerebro podía quedar así, en estado semivegetativo, ellos no lo hubieran dejado operar.

Cuenta que han dividido las labores. La Mona le hace la comida; Leticia reclama su pensión y lo representa legalmente por su interdicción, y ella, lo baña, cambia sus sondas de orina y le lava los dientes. Con ayuda de una grúa, las mujeres, mayores que él, lo levantan y le ponen los enemas por el recto para extraer sus heces. La EPS les quitó la enfermera hace tiempos. En conversación anterior, Leticia cuenta:

—Yo ya hice una carta en la que digo que a mí nadie me va a entubar ni a prolongar la vida, si llego a sufrir un accidente igual al de Rodolfo. A mí nadie me va a retener. Ya la autentiqué en una notaría.

 

Un acto de heroísmo

Como si hubiera sido ayer, doña Gloria recuerda el día en que su hijo Roberto Jaramillo madrugó para encontrarse con la fatalidad.

De eso hace 15 años y siete meses y Roberto tenía 26 años. Era un bombero. Solía decirle a su madre que él tenía que vivir confesado, porque en ese oficio, la vida puede perderse en cualquier momento y él no iba a dejar de salvar a nadie por miedo.

El amanecer de un 14 de julio, Roberto salió de su casa en Villa Sofía para ir a la estación central. Sin emergencias que atender, se ocupaba de alistar una de las máquinas. Antes de las siete, una llamada informaba que un obrero de Empresas Públicas había caído en un hueco de alcantarillado en Barrio Triste.

Roberto Jaramillo y su madre, Gloria. Fotos Hernán Vanegas

—Que vaya Roberto —ordenó el capitán.

Ni el superior ni nadie —enfatiza doña Gloria— habló de llevar equipos de protección. Parecía un caso sencillo. Hacía menos de dos semanas, el mismo Roberto había extraído a un borracho de un hueco semejante cerca a la Universidad Nacional.

En el sitio del hecho, Roberto comprobó que el técnico yacía en el fondo de un pozo de siete metros de hondo que tenía agua en su suelo.

—Me meto o no me meto —preguntó en voz alta el bombero, según contaría después un testigo—. Pediré refuerzos.

Pero en esas, la gente fue arremolinándose alrededor de la escena y comenzó a hablar, a tratar mal al socorrista, a decir que para eso están los bomberos.

Roberto entró. Contarían después que no bien había bajado algunos escalones de esa escalera de hierro que suelen tener los alcantarillados empotrada en sus paredes cuando el socorrista cayó inerte, como un bulto encima del obrero. Roberto estuvo 13 minutos en el fondo del pozo.

Albeiro Estrada, otro bombero asignado, descendió por los hombres, él sí con protección boca y nariz. Diría luego que se encomendó a los santos y llegó a los cuerpos. Se sumergió en aguas negras y pútridas, tomó primero a Roberto, inconsciente, y lo echó a sus espaldas. Subió con él hasta la mitad, donde otro socorrista lo esperaba para recibírselo. Después, al otro hombre, que ya estaba muerto.

Los médicos determinaron que ambos habían perdido el conocimiento por inhalar gases tóxicos.

Permaneció en coma varios meses. Estaba en ese sueño profundo cuando se mudaron de casa a la que ahora ocupan, en Castilla. Abrió los ojos. Nada dice.

Su padre, Javier, quien fue arriero en su juventud en Sabanalarga, tiene las fuerzas intactas. Él es quien lo levanta para que ella lo bañe y lo vista.

En un cuarto en el que hay más de 170 camándulas, imágenes de santos, recortes de prensa y diplomas a la valentía, su madre lo incorpora para introducirle la mediamañana, un líquido café amarillento, por una sonda gástrica que le sale por el pecho. Dice:

—Él nos decía que nos iba a dar casita. No nos la dio, pero es el que paga el alquiler con la pensión de invalidez que recibe.

 *Nombres cambiados

Los cristos anónimos de Jorge Mario

General 1 Comentario

 

Jorge Mario Chavarriaga talla figuras de humanos y animales con machete y cuchillo en Titiribí. No las firma.

 

Tal vez un milagro permanente le hacen a Jorge Mario Chavarriaga Jaramillo los cristos de palo que talla: evitar que la banqueta en que se sienta, dándole la espalda a un abismo en cuya sima hay un riachuelo, se quiebre bajo su peso y ruede hasta el fondo.

Esa silla es el centro de su taller. Un taller formado por una enramada hecha de guaduas y maderos, sin paredes y con techo de palma, situado en el patio de tierra de su casa, una de las primeras entrando a Titiribí.

Pero él no cree que esté en riesgo. Son más de 20 años los que ha pasado, día tras día, sentado en esa banqueta de asiento blando y espaldar de tablas a la vista, que le parece ocioso imaginar siquiera que de pronto se canse de cargarlo.

En el suelo, delante de él, hay dos trozos de árboles. Uno cree que alguno de ellos puede ser el banco de trabajo. Pero se equivoca: el artista apoya el trozo de madera en sus muslos y sus rodillas, sobre el bluyín, y le hace los cortes grandes con machete, sin que eso le cause dolor; sin que, en tantos años, se le haya ido la filosa herramienta hasta la piel, la carne o el hueso.

En el hueco de un tarro de madera hay dos pájaros sin terminar.

“Tengo tan buen pulso que puedo hacer 20 o más cortes en el mismo punto, sin que me tuerza”, se vanagloria y sonríe Jorge Mario y hace una demostración blandiendo el machete con fuerza y decisión.

Los cortes delicados, las costillas, los pliegues del trapito que le cubre el sexo, la barba, el cabello, el Inri que clavaron los romanos en la cruz, los hace con cuchillo de zapatero. Hace meses, un cura agradecido le envió un juego de gubias, mazo y azuela, pero no lo ha estrenado. No cambia sus herramientas por esas especializadas.

Gallinas con las patas emplumadas y una gallineta andan por todas partes. Rondan el sitio de trabajo, dan la vuelta a la vivienda de paredes encaladas y atestadas de obras del artista: cristos, vírgenes, quijotes, animales, animales imaginarios… Van a la parte de atrás de la casa, un prado donde pace un caballo enano y rodean un sillón desbaratado aunque mullido, en que se sienta el hermano de nuestro personaje, Gildardo, también a tallar.

Jorge Mario tiene revendedores de su arte en Santa Marta, Bogotá, San Pedro de los Milagros. Cree que el Papa Juan Pablo II tuvo alguno de sus cristos. Ha visto, en noticieros de televición, informes desde hospitales y se ha dado cuenta de que cristos de las habitaciones son creaciones suyas. Nadie lo sabe porque no los firma.

“Aprendí de Jorge Mario —comenta Gildardo, al percibirnos detrás suyo, casi sin mirarnos—. Yo trabajaba en el campo pero hace 20 años quedé discapacitado: me hizo daño un veneno que le apliqué a la roya de un cafetal; casi no camino.

Ayuda a a completar un pedido de 40 cristos, el encargo de un cliente para sus aguinaldos.

Cazaraíces
Jorge Mario va por riachuelos y bosques buscando raíces y tallos de robles, cedros y cafetos. Las raíces le parecen más resistentes. En esos trozos vegetales, él ve la figura que encierran desde el momento mismo en que se topa con ellos y “uno les quita lo que les sobra”.

“Las raíces no dan lo que uno quiera sino lo que ellas tienen para dar”, explica.

En una ve un mono; en otra, a don Quijote y Sancho Panza; en la siguiente, un escorpión…

También usa troncos que le dan en algunas fincas o retales de rastras de madera que descartan en carpinterías.

Así se enseñó desde que tenía siete años —ahora tiene 55—, viendo a su padre, Luis Eduardo, esculpiendo figuras santas, él sí con el realismo del arte religioso. Recuerda que vendía poco: sus clientes eran más que nada sacerdotes y ellos, dice Jorge Mario, han esperado que alguien done los santos a la parroquia. A él mismo, que también hace imágenes realistas —un crucificado espera cliente en una de sus habitaciones—, cuando la ofrece, le han dado la misma disculpa.

“¿Que si recuerdo mi primera obra? Una iguana con cara de mico. Pedí 50 pesos por ella. Me pagaron con un billete de 100 y como no tenía devuelta, me dieron los 100″.

No fue a la escuela. No sabe leer ni escribir. No firma sus trabajos porque no sabe dibujar las letras de su nombre.

Un día, un hombre le encargó muchos cristos. Al notar que no firmaba los trabajos, le indicó que les pusiera ciertas iniciales a cada uno, y así lo hizo.

Fotos Róbinson Sáenz

De todas las figuras que ha creado, las que más recuerda son las de un pesebre gigantesco, la Virgen, san José, los reyes, todos en tamaño mayor al natural. Los terminó una noche de diciembre de hace varios años y era tal el afán que tenía el cliente de llevárselos, que no tuvo tiempo de conseguir una cámara para fotografiarlos. Asunto que no para de lamentar. “Quedé con una sensación de alegría y tristeza a la vez, porque no pude casi ni verlos”.

Jorge Mario ya ve, en el limón que da sombra y limones a unos cuantos pasos del taller, otro cristo. Tal vez un cristo con el pie derecho montado sobre el izquierdo, como les gusta a los diestros imaginar a “Nuestro Señor”. Pero aún tiene que esperar varios años, hasta que esté seco: “cuando eso suceda, ahí mismo me apodero de él”.

Plaza de mercado, para mercar y barequear

Narrativa urbana Sin Comentarios

Que el aguacate está a dos mil el kilo, dice el vendedor. Ah, pero  no tengo sino mil ochocientos, repone la mujer. Aquel hace como que lo piensa y luego díce: Échelo.

Fotos: Róbinson Sáenz

El verbo que resume la actividad de las plazas de mercado es barequear. Se conjuga sin usarlo, porque no hay que pensar en él ni pronunciarlo para ponerlo en práctica.

Aristides Castaño, en la plaza de Campo Valdés, una plaza pequeña y con el sabor del barrio en el que está incrustada, metido en el olor a cilantro de su legumbrería, dice que hay clientes que saben negociar y que están enterados de los precios. Preguntan,  por ejemplo, a cómo está la papa. A mil doscientos, le responden. No no me sirve. Me sirve a novecientos.

Y es una de las ventajas que encuentran quienes acuden allí a mercar y las que señalan los vendedores.

“Por eso viene la gente a la Plaza de Mercado; porque uno pide y ella ofrece”, dice Hugo Castaño, hermano de Aristides, también legumbrero desde hace más de 40 años y también metido entre el olor de la cebolla de rama, que organiza en manojos.

“Muy distinto a un supermercado, que uno debe atenerse a lo que dice el papelito”, agrega Mario, el vendedor de hierbas medicinales de la misma plaza. Abre la puerta de su puesto, una puerta como de armario, y sale un vaho de aromas en el que el de la ruda pelea por la primacía con el de las bolitas de naftalina. Él aprovecha la quietud de las tardes para organizar el puesto y, de cuando en cuando, para caminar al cafetín a tomarse una cerveza.

Le sobra para el taxi

“Por eso vengo desde San Javier —indica Mercedes, una mujer dueña de la amabilidad y la locuacidad que dan a algunos los años, haciendo mercado en la Minorista. Un costal a medio llenar descansa sobre una butaca, por fuera del mostrador de una tienda de abarrotes. Ella respira el olor de los detergentes—. En la plaza todo es fresco, hay mejor precio. Si por la casa merco con cien mil, por aquí abajo, me la rebusco y merco con 70 mil, y eso es platica”.

Cuenta que le gusta llegar temprano, a las seis está bien, cuando la plaza está abarrotada de gente. Clientes escogiendo sus legumbres en bolsitas plásticas y poniéndolas en una canasta; otros deambulando por ahí, como sin rumbo, y otros más parados, como ajenos al agite, leyendo los precios en un tablero. Cargadores de racimos de plátanos por unos pasillos; otros, con un cerdo al hombro, “¡permiso, niña, que la mojo!”; carretilleros con sus cargas de flores… Compra el grano aquí, las arepas allí, la carne más alla… Y después le sobran muchachos que ofrecen sus hombros para cargarle el bulto del mercado hasta el taxi.

“Pero hoy me voy en bus. Este costal no se va a llenar porque no traje casi plata. Pero igual los muchachos me cargan la bolsa hasta la calle y yo les doy una bobadita”.

Para qué madrugar, le pregunto, si la Minorista la cierran al caer la tarde y después del mediodía, cuando los vendedores están desatacados, pesando moras y metiéndolas en bolsitas de a kilo aquí, limpiando pescados allí, preparándolo todo para la madrugada de mañana, cuando los pasillos están libres, limpios ya… los precios no suben y más te oyen si quieres regatear. Pero no sabe qué decir. ¿Será la magia de la congestión? ¿La vitalidad del movimiento? ¿La seducción de los arrumes? ¿El olor de las frutas por la mañana o de las ramas de apio todavía mojadas?

Y allí, en la Minorista, hay restaurantes para todos los gustos… y bolsillos. Desde los sencillos, donde la comida es abundante y sazonada; hasta los elegantes, con mesas decoradas con flores y velas, donde cuentan que se amaña el Gobernador.

“Lo mejor de la las plazas es el precio”. Dice Natalia Ospina. “No —la contradice su madre, Elvia—. A mí lo que más me gusta es que me preguntan: ‘cómo le sirve el mango’. Y la dejan a una escoger y escoger a su antojo y si quiero me llevo lo mejor y les dejo lo otro ahí. Y que además al final siempre pido la encima y me la dan. Dos mangos, en la legumbrería; tres huesos en la carnicería; media librita de fríjol en el granero… Y eso va sumando”. Elvia respira hondo el olor de las arepas de una tienda inmensa, cuyo letrero dice:  «Arepas caceras, arepas blancas, arepas amarillas, arepas de mote, arepas de sancochado, arepas de queso, arepas de chócolo, arepas de soya, arepas de yuca, arepas de salvado, arepas cuadradas…»

Ella se antoja de flores

“Cuando era niño venía a mercar con mi mamá a la Plaza de La América —evoca un Javier sin apellido—. Para mí era una diversión. Yo podía antojarme de algo: una chocolatina, unos masmelos, una galleta negra. Mercábamos y después nos quedábamos a desayunar. Ahora salgo con mi hija, Laura, a mercar los sábados. Es la única de la casa que lo disfruta. Tiene once. Al menos mientras le guste salir conmigo, usted sabe. A veces vamos a la Mayorista, otras a la Minorista y también a esta que frecuentaba con mamá”.

Cuando Javier quiere meterse a la cocina un domingo a preparar comida de mar, su especialidad —“¡qué tal unos mejillones! O no, mejor unas almejas o unas colitas de langosta”, le dice su esposa—, prefiere mercar en la Mayorista. Allá hay tiendas tan especializadas que son buscadas por los chefs de los restaurantes más selectos —y costosos— de Medellín, porque lo tienen todo. Laura interviene para decir que su papá ya les preparó pulpo.

“Laura siempre se antoja de flores”, revela él.

Quinceañeras posan con el Jardín de fondo

Narrativa urbana 4 Comentarios

 

El Jardín Botánico es escenario tradicional para fotos de quinceañeras y de primera comunión. Un pedazo de ciudad para el recuerdo.

 

Ya no recuerda uno cuándo empezó a llover. Sería ayer en la tarde; no, quizás en la noche. Lo cierto es que ya es mediodía y la lluvia de la mañana, lenta, sosa, apenas comienza a ceder. Las nubes bajas, grises, pesadas, dan la idea de que al comenzar la tarde volverá a llover. No sale el Sol. Las piedras y la tierra y los senderos y las sillas y las plantas y los patos del lago del Jardín Botánico están mojados. Sin embargo, en un gesto de generosidad, la Naturaleza enciende una suave tibieza.

Tiene que ser que estuvieron atentas, porque un instante después de que cae la última gota de lluvia, las quinceañeras empiezan a llegar a ese edén del norte de la ciudad, acompañadas cada cual de su comitiva conformada por fotógrafo, parientes, amigas, para las fotografías del álbum.

Fotos: Jaime Pérez

La primera en entrar es Juliana Ríos Arboleda. No es su estraples de un rojo degradado, sino ese pantalón blanco ceñido el que hace pensar que no durará limpio más que un suspiro andando en el pantano. Esos zapatos blancos decorados con estoperoles plateados tampoco conservarán la limpieza. Pero para eso están su madre, Doralba, y su tía, Adriana: como utileras, cada una carga un morral de ropa, zapatos, accesorios.

No han terminado de desmontar los arreglos de Orquídeas, Pájaros y Flores, el certamen de la Feria de las Flores. Los trabajadores están por ahí, concentrados en eso —aunque, cómo no, desconcentrados, por momentos, con las quinceañeras—. Nicolás Valderrama, fotógrafo y también tío de Juliana, veinte años en el oficio y, por tanto, experto en esto de fotografiar quinceañeras en el Jardín Botánico, aprovecha esos escenarios floridos para sus composiciones.

Una isla de tierra rodeada de cemento está colmada de orquídeas y heliconias con flores como pájaros.

—Creo que este es un lugar bonito para comenzar —sugiere él—. Siéntese, Juli, en la piedra. No, no esconda el pie… Ah, y ponga el codo en ese montículo que él resiste.

—¡Coqueta… —indica su madre.

—No sé cómo.

—Cómo no va a saber. Mire un poco de reojo; sonría… ¡Pero sea coqueta con los ojos también…

En el Orquideorama no hay problema. Tiene techo y, por tanto, nada se ha mojado. Así las cosas, no requieren usar la bolsa plástica que carga Adriana para que la quinceañera se siente.

Las montañas están tapadas por un velo blanco. El aire no es transparente.

—Cambie el doblez de la pierna —ordena el fotógrafo.

—Ríete con toda la boca…

Juliana, leve sonrisa, acude a otros dos escenarios bajo techo, antes de ir a cambiarse por shorts de bluyín, blusa blanca, botas cafés, bufanda para ir al lago.

—No se acerque al agua, Juli, que la tierra es blanda y resbalosa. Siéntese en la roca y mire un poco de perfil, como si viera los patos. No, no voltee tanto los ojos… Eso es.

Tan pronto perciben movimiento, los patos nadan desde el centro del lago hasta la orilla, tal vez en busca de comida. Al llegar, graznan sin parar.

—Me gusta este contraste del día, entre gris y blanco, con el color de su ropa —comenta Doralba, mientras Adriana se excusa con una ardilla por no tener un pasabocas para darle.
 

 

Sonría, por favor

—Pele los de leche —insiste Hugo Gutiérrez, el electricista que ha venido a presenciar el estudio fotográfico de su hija, Natalia Andrea.

Ella no llegó con trajes informales, sino con el propio vestido de quince. Su cumpleaños fue el 18 de julio — “yo también cumplo el 18 de julio”, dice el papá—, pero como ella, no se acomodó con ningún otro vestido en la tienda de alquiler, distinto a este azul escotado y de falda voluminosa, debió correr la fecha de celebración.

—Saque busto. Siéntese derechita —Alonso Sánchez, el fotógrafo que contrató Hugo por recomendación de unas primas que pasaron por esto hace días, también aprovecha la decoración de la Feria. Ayuda a sentar a la chica en una carreta negra de estilo antiguo.

—Ríase —le ruegan en coro desordenado tres mujeres: la tía Yudy Alexandra; la hermana Isabela, de siete años, y la amiga Melissa.

Esta se ve en breve metida debajo de la falda de la cumpleañera — “entre usted que puede”, dice Alonso— arreglándole la enagua blanca para que no sobresalga por debajo del ruedo.

Dándole la mano a la chica, entaconada en escenarios con suelo de piedras sueltas, el fotógrafo la lleva despacio a una especie de portada hecha de flores. La ayuda a sentarse. Hasta los zapatos desaparecen bajo ese amplio ropaje.

—Saque busto, ponga las manos en las piernas… Ahora, el cabello todo para un lado.

—¡Ríase, pues y no esconda las uñas… —interviene Melissa que promete hacer lo que sea para hacer reír a Natalia.

Después quitan la parte baja del vestido y ella queda con un traje corto; el de rumba.

—¡Pele los de leche, pues… — se oye insistir a Hugo, sin mayor éxito.

Voces y acentos del Magdalena

Narrativa urbana Sin Comentarios

La casa de Óscar Yesid es un ejemplo de lo que es Puerto Triunfo. Él es un paisa sonsoneño, a quien lo le puede faltar la mazamorra; su esposa, Aleida, oriunda de Fresno, aprovecha cualquier ocasión para preparar tamales tolimenses, y sus hijos, los únicos nacidos en este pueblo situado a la orilla del Río Grande de la Magdalena, no desprecian un arroz con blanquillo, un pez que abunda en esas aguas y es apetecido por su gusto jugoso.

Fotos: Julio César Herrera

Y en asuntos de música es la misma cosa: el paisa no cambia la música popular, la de Darío Gómez, el Charrito Negro, Arelis Henao, canciones que hablan de amores difíciles; ella, prefiere la música de cuerda y los vallenatos, en tanto que los muchachos, ah, los muchachos se deciden por el reguetón.

Aleida se refiere a sus hijos como guámbitos, una expresión propia de su departamento, y Óscar, para mencionarlos, dice los pelaos. Ellos, por su parte, para hablar de sus padres hablan de los viejos o los cuchos.

Es que en Puerto Triunfo, así como en los demás municipios de la ribera Magdalena, Puerto Nare, Yondó, Puerto Berrío, en Antioquia, y también los de otros departamentos como Boyacá, Caldas, Tolima, Cundinamarca, los acentos y las expresiones son de diversas zonas del país. El más importante de los ríos colombianos es un corredor por el que transitan con facilidad y en cantidades inverosímiles, habitantes de la Costa Caribe, como el Cesar. Bolívar y Magdalena, así como de esos del centro y del sur del país. Y este fenómeno no es nuevo: así ha sido desde hace cien años. En los últimos dos, cuenta Edison Rivera, un porteño dedicado a vender El Colombiano, ha llegado un grupo importante de chocoanos: son profesores de los colegios zonales.

Leer más …

Los otros tesoros de Jorge Isaacs

General 2 Comentarios

 

                                      De los paisajes del Valle, pasó al Caribe. Descubrió El Cerrejón y el primer pozo de petróleo.

 

La Hacienda El Paraíso, escenario de María, está en El Cerrito, Valle del Cauca. Foto: Juan Antonio Sánchez.

Desde que dejaron su vida de vagabundos, varios perros, Colmillo, Campana, Taison y La Nena, entre ellos, son los moradores permanentes de El Paraíso y los primeros que acuden a recibir, mansos y bulliciosos, a los visitantes.

          En el blanco caserón de esa hacienda en la que Jorge Isaacs escenificó los hechos idílicos de María, sucedidos hace 155 años, ellos sienten el aroma de centenares de rosas y azucenas del jardín cuidado con esmero, del mismo modo que percibía Mayo, el leal perro de Efraín, las flores que cultivaba su enamorada prima para hacerlas emblema de su amor. También escuchan el rumor de un arroyo artificial que rodea la edificación erigida entre 1816 y 1828, siguiendo la senda que le impone un canal hecho de piedra.

          —Ese arroyo es un brazo del río Cerrito —dice María. Sí, María: María Ángela Sinisterra Caicedo, guía de la casa museo por 18 años—. Es una técnica árabe que trajo el padre del autor. Servía para refrescar el ambiente y evitar la presencia de insectos, como cucarachas y hormigas… y hasta de malos espíritus.

          La hacienda El Paraíso está situada a 15 kilómetros de El Placer, vereda de El Cerrito. Era, hasta abril de 1953, propiedad de la familia Gutiérrez, dedicada a la cría de toros de casta, que aceptó negociarla con el Departamento del Valle a cambio de construir una réplica cerca de allí: se conoce como Hacienda María.

Foto: Juan Antonio Sánchez

Esa casa de la Sierra, como la llamaba el escritor, da la espalda a una serranía ubicada a unos cuantos kilómetros hacia el Occidente. Montañas que Efraín frecuentaba en faenas de caza y por donde entraba y salía cuando su viaje no era “al Reino”, como le decían a Cundinamarca, ni a “la Provincia”, como llamaban a Antioquia, en esos tiempos de la Nueva Granada —1832- 1858—, sino al mundo, porque después de dos o tres jornadas a caballo llegaba al sitio Juntas y de ahí, en barca movida por bogas, hasta Buenaventura.

          María Ángela se conmueve todavía con la trama de esa novela, a pesar de que suele contarla todos los días a los turistas, al igual que las otras guías, antes de emprender con ellos el recorrido por la casa, para mostrarles los aposentos y explicarles las usanzas de la época.

          Tras subir los 12 escalones de ladrillos de arcilla de la entrada, en una de las paredes hay un poema de Carlos Villafañe. Dice:

          Suspiros en la noche y ensueños en el día

          volaron desde el pecho cristalino de María

          y rosas y jazmines en el soplo de la suerte

          en un momento oscuro los deshojó la muerte.

          En el aposento de Efraín, flores en el florero, se destaca la afición del personaje por la cacería: una escopeta pende de un clavo de la pared y una piel de tigrillo está extendida a los pies de la cama, aunque en la novela, él le regala a su padre una piel del felino que cazó, de modo que debería estar en el del viejo. En el estudio de este se distingue un escudo de Colombia, con la fecha del 7 de agosto de 1819. El oratorio es una capilla pequeña. Cuenta con armario de sotanas y ornamentos, mesa de altar y reclinatorios.

Foto: Juan Antonio Sánchez

          —En tiempos de María, un cura venía una vez por semana a celebrar tres misas: una para la familia, otra para allegados y la tercera para los sirvientes —asegura la guía.

          Hay otra edificación posterior, la casa de los esclavos, que ahora usan como salón fotográfico. Sí, un fotógrafo, Javier Molina, se encarga de tomar fotos a los visitantes. Para ello, nada mejor que vestirse a la usanza decimonónica y encaramarse en un caballo. Él presta los trajes.

          Esa hacienda fue posesión de la familia de Isaacs de 1855 a 1858. Su padre, ahogado en la quiebra financiera, alcanzó a venderla antes de morir, para intentar sanear los negocios. Pero las proporciones del hundimiento económico, que en la novela, el narrador, Efraín, menciona sin dar detalles y como si hubiera sido un secreto entre él y su padre, nunca compartido con la mamá, con ninguno de los demás personajes, para evitarles mortificaciones, y ni siquiera con los lectores. Esa quiebra tuvo varias causas: la abolición de la esclavitud, en 1851; las guerras entre federalistas y centralistas, en las cuales participó el autor de María y, dicen, perdió plata su padre, y, más que nada, por las deudas que fue acumulando el viejo inglés debido a dos adicciones: al anís y al juego.

          El escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal explica: apareció el señor Santiago Eder, norteamericano, quien, conocedor de tal situación, entendió que bastaba comprar las deudas del inglés para quedarse con todo por muy poco. Y así lo hizo.

          En la vida real, tan semejante a la fabulada, muerto el padre, al propio escritor le correspondió atender los negocios familiares; tratar de recomponerlos. Era su administrador, en 1864, cuando vio rematar las haciendas de tierra caliente, las de abajo, para que quedaran en manos de Eder. Y ni siquiera alcanzó a pagar todas las deudas.

La escultura muestra a Efraín, María y el perro Mayo. Está en el parque del corregimiento Santa Elena, en El Cerrito. Foto Juan Antonio Sánchez.

En María, hay párrafos en los que el narrador no oculta la rabia. Omite el nombre del personaje que no descansó hasta arruinarlos, cuya presión hizo enfermar a su padre. Leamos:

          —¿No estuvo él aquí? En este momento se ha levantado de esa silla.

          —¿Quién? Pronunció el nombre que yo me temía.

          Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con voz más vigorosa ya:

          —No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.

Otros paisajes

En El Cerrito, muchos no han leído la novela cumbre del romanticismo, pero viven de ella. Saben la trama, por supuesto, y hasta con pormenores. Han escuchado el cuento de los labios de María Ángela Sinisterra Caicedo o de alguna otra de las guías de El Paraíso. Una de esas personas es María Meléndez Cuarán, mujer de unos 40 años, que llegó de la mano de su padre hace más de 30 procedente del Cauca. Tiene un kiosco de comestibles en El Placer, al lado de la vía. A su ventana se acerca Francisco Reyes, uno de los numerosos taxistas que estacionan sus autos al lado de esa tienda de hojalata, en espera de visitantes al mundo de María.

          Él disfruta el recorrido como si fuera su primer día en el oficio. En el trayecto, se detiene a veces para que veamos los cultivos de uva.

           —Voy a tener un detalle: los voy a llevar al Cementerio donde está sepultada María.

          De regreso, Reyes detiene el taxi en el parque del corregimiento. Está en su hábitat; su casa y la de sus padres están cerca. Está visiblemente orgulloso. Evoca el tiempo cuando era un chiquillo. Por los parajes de El Florido, vereda de Santa Elena, grabaron la telenovela María.

          —Guardaban las cámaras en una casa frente a la mía.

          Apaga el auto, desciende con nosotros y camina hasta la escultura central: una representación de María y Efraín, acompañados de Mayo. El taxista habla de una polémica surgida porque a alguien se le ocurrió pintar de colores esa escultura.

          Isaacs tenía unos 25 años cuando dio a conocer sus primeros poemas. Viajó a Bogotá en 1866. En la capital, abrió un almacén de telas, herramientas y cristalería importadas. Se hizo amigo de José María Vergara y Vergara, intelectual, autor de Liras y aceitunas y Versos en borrador, abogado de profesión. Con los primeros atributos le ayudó a publicar los versos; con la profesión, le brindó asistencia en enredos jurídicos, en especial contra Santiago Eder.

          Ya lejos del Valle, fueron muchos los espacios ligados a Isaacs, espacios con los cuales se relacionó de manera más pragmática que poética, pues en ellos se ganó el pan, sufrió, gozó, combatió, murió. Los paisajes cálidos y húmedos del camino de herradura de Cali a Buenaventura, en 1864, en cuya construcción se desempeñó como subinspector y en los que, además de escribir gran parte de María, contrajo paludismo, enfermedad que no lo mató, pero le mantuvo enclenque por el resto de sus días. Santiago de Chile, donde fue cónsul de 1870 a 1873; Popayán, donde estudió en la infancia y adonde regresó en 1875 para regir la educación; Antioquia, donde dirigió el periódico La Nueva Era; Ibagué, donde vivieron su esposa y sus hijos mientras él se la pasaba viajando hasta que él también fue a refugiarse…

          Pero, sin duda, la costa Caribe fue decisiva. Rafael Núñez lo nombró secretario de la Comisión Científica, que continuaría la labor exitosa de la Comisión Corográfica. Resultado de este ejercicio es el libro Las tribus indígenas del Magdalena. El país se llamaba Estados Unidos de Colombia, denominación que ostentó entre 1863 y 1886. Isaacs demostró ser, como dice Álvarez Gardeazábal, “un gran escarbador”. Descubrió los yacimientos hulleros del Cerrejón, casi cien años antes de su explotación; minas del mismo mineral en Urabá, y el primer pozo petrolífero de Colombia.

Escultura de Marco Tobón Mejía. Está en la tumba de Jorge Isaacs, en el Cementerio San Pedro de Medellín. Foto: Jaime Pérez.

          “Para finales del siglo XIX, en el año 1883, se perforó, cerca a Barranquilla, el primer pozo de petróleo Tubará (…), que llegó a producir 50 barriles por día, del precioso líquido (…) Fue adjudicado (…) al autor de la famosa novela La María, Jorge Isaacs, quien en busca de carbón, descubrió petróleo” (Historia del petróleo en Colombia, de la Asociación Colombiana de Ingenieros de petróleo).

          ¿Y qué decir de la geografía que el escritor ocupa desde que la muerte puso punto final a su existencia, a las seis de la tarde del miércoles 17 de abril de 1895?

          En carta enviada a su amigo Juan Clímaco Arbeláez, dos años antes de su muerte, decía: “Si aquí en este lugar me dan tumba prestada, que pronto envíe Antioquia por mis huesos: a ella le pertenecen”.

          Y así se hizo: tuvo “tumba prestada” en Ibagué, durante siete años. Después de eso, fue trasladado al Cementerio de San Pedro, en Medellín. Sus huesos o el polvo o nada, descansan en un mausoleo, con su cara esculpida por Marco Tobón Mejía.

***

***

 

Casa de El Peñón, en Cali. Foto: Juan Antonio Sánchez.

Anexo:

 

LA CASA DE ISAACS FUE DE LA MAFIA
En Cali, carrera 4a. con calle 4a. Oeste, la casa de El Peñón, fue de los Isaacs. Allí llegó Efraín a su regreso de Londres. La compró el papá, en 1843, por 300 patacones. Antes fue de los Lloreda. Isaacs escribió allí el último capítulo de María. En 1938 fue demolida.

La firma Borrero & Ospina construyó otra en ladrillo. Fue de Abraham Domínguez Vásquez, un empresario taurino. En la Feria de Cali, hacían agasajos de fiesta brava.

En los 90, llegó a manos de Pacho Herrera, del Cartel de Cali, quien quería demolerla, pero no tuvo permiso. Fue sometida a extinción de dominio.

Hoy, en su jardín, una valla anuncia la construcción de centro comercial Jorge Isaacs.

Pelearon en Corea por pura aventura

General Sin Comentarios

Son 60 años del fin de la guerra de Corea. En Corea hubo unos 800 mil muertos, heridos y mutilados. Colombia puso 163 muertos, 448 heridos y 47 desaparecidos. Los Ramírez pelearon en ella por su propia voluntad.

"Los veteranos fuimos declarados Cónsules Honorarios de Paz", menciona Óscar, el hombre de las barbas como epifitas. Fotos Róbinson Sáenz

Qué misterio tendrá esa casa, la de María Gitana, que no deja de sorprendernos con noticias.

Primero, la habitó esa mujer de rasgos zíngaros, cuya belleza impresionó a tantas personas, entre ellas al escritor Manuel Mejía Vallejo; después, ella estableció allí un museo de antigüedades; ahora se hace visible un veterano de la guerra de Corea… Su dueño y ocupante.

De María Gitana, menos conocida como Rosalía Peláez Vélez, queda la memoria. También los cuadros que su viudo, Óscar Ramírez, mantiene colgados en las paredes.

Uno es un retrato de la bella mujer, el cual tiene un papelito con un poema prensado entre el vidrio y el marco; otro, un recorte de prensa en el cual se alude a su belleza juvenil, artículo escrito cuando esta era ya un recuerdo, aunque un recuerdo muy vivo.

Él no deja de alabarla… y de extrañarla.

—Era la mujer más inteligente y hermosa que había en estas tierras —repite.

Una gata negra y un gato amarillo ronronean por aquí y por allá. No tienen nombre: cuando los requieren, simplemente los llaman Gata y Gato.

De las antigüedades, hay un arrume detrás de los muebles de la sala: es una montaña de máquinas de coser, bacinillas de palo, despulpadoras, sillas, cristos, lámparas, mesas, armarios y decenas de objetos más, adormecidos en la espera de ser repartidos entre los dos hijos de Rosalía y Óscar.

En el patio hay diez piedras de moler. Cuando llueve, se mojan, se llenan de agua.

Digamos de una vez: la casa en que todo esto sucede está situada en la última cuadra del casco urbano de Jardín o, más bien, en la primera del sector rural, en dirección a la vereda La Herrera.

Palmas de corozo bordean la entrada. Es una antigua construcción de bahareque y techos de tejas de barro y armazón de caña brava, con paredes encaladas y puertas y ventanas de un azul tenue.

En el solar, bajo una enramada, gruñen dos cerdas blancas que pronto van a parir.

Posee jardín de rosas bien cuidado en el que se destaca un árbol del que ninguno de los habitantes de la casa sabe su nombre y al cual le cuelgan epifitas como barbas de viejo.

 

 Los veteranos
Por cierto, las barbas de Óscar, el veterano de la guerra de Corea, forman una cortina de un blanco grisáceo que le tapa el pecho, como las epifitas de ese árbol de nombre ignorado.

Dos hermanos suyos, sin barbas, también combatieron en esa confrontación, lo cual es récord mundial: tres hermanos en la guerra de Corea.

Uno de ellos, Alberto, murió hace años; el otro, Mario, recuerda esos hechos con claridad.

El pasado 23 de mayo, en la celebración de los 150 años de Jardín, se les vio desfilando a los dos guerreros, vestidos con trajes de gala cafés, sus pechos colmados de medallas, botas bien lustradas y gorros de tela inmaculados. Uno juraría que esa indumentaria no esperó en el ropero más de 60 años.

Nietos de un general de la Guerra de los Mil Díaz, los hermanos Ramírez que participaron en la guerra de Corea fueron tres: Alberto, quien murió hace tiempos; Mario y Óscar son campesinos en Guarne y Jardín.

Marcharon como si en vez de ir en una formación eterna compuesta por centenares de colegialas y colegiales vestidos de uniforme, indígenas del resguardo de Cristianía con pancartas en que hablaban de su amor por la tierra, niños bomberos y bandas marciales, cruzaran el Meridiano 38, la Península Coreana, en pleno campo de guerra. Así de erguidos.

¿Qué imágenes cruzarían por sus mentes, mientras marchaban con rostros pétreos por las calles de Jardín? Acaso las de hombres que corren y gritan y disparan entre el humo. Acaso escucharían las órdenes de los comandantes, los ruidos de los cañones, los silbidos de las balas, los rugidos de los helicópteros…

—Al despedirnos para ir a Corea —recuerda Mario, parado como una estatua al lado de su hermano—, mi papá nos dijo: “Solo les pido que si uno de ustedes se ve perdido, acorralado por el enemigo, el último tiro de su arma no lo desperdicie: pone el cañón bajo su mentón y dispara. Prefiero tener un hijo muerto que un hijo prisionero de guerra”.

Señala con el dedo índice de la mano derecha, el de disparar, un recorte de prensa de 1951 en el que aparecen los tres voluntarios, adolescentes y esbeltos, acompañados de su padre, Francisco Ramírez Jaramillo.

Al lado de este cuadro hay una fotografía en la cual se ve a Óscar poniendo flores en la Tumba del Soldado Desconocido, cerca al Arco del Triunfo.

—¿Su madre no trató de disuadirlos? —pregunto.

—No. Respetó nuestra decisión de abandonar el bachillerato para ir a pelear.

—¿Sintieron miedo?

—El que diga que no siente miedo es un mentiroso —contesta el guerrero sin barba.

—No. Nunca sentí miedo. Yo jamás he sentido miedo por nada en la vida. Uno no piensa en nada —comenta el hombre de las barbas como epifitas— y menos en que lo van a matar. Uno solo piensa en la aventura.

Cuatro estaciones
Nietos del general conservador de la Guerra de los Mil Días, Teodosio Ramírez Urrea, no resulta raro que se regalaran para ir a Corea, en el primer quiebre de la paz que siguió a la segunda guerra Mundial.

De los Ramírez, Óscar fue el primero en irse. Tenía 19 años, uno más que Mario y tres más que Alberto.

—Cuando cruzamos el Paralelo 38 en el barco H. Milton, nos trataron como a héroes. Nos declararon Lobos de Mar. Después desembarcamos y, a partir de ahí, todo fue infantería.

No estaban mezclados con gringos, ni con griegos, ni con etíopes, ni con neozelandeses ni con soldados de ninguna otra parte. Eran colombianos con colombianos, etíopes con etíopes, para que las órdenes fueran claras, se entendieran fácilmente y se respaldaran, aunque, eso sí, cada compañía tenía un comandante estadounidense o alemán, porque, como se sabe, ellos dirigían la guerra.

Iban ganando posiciones enemigas. Estaban armados con fusiles M5, carabinas .30 y ametralladoras. Pasaban la noche en casamatas formadas por ellos mismos con bultos de arena. Comían “comida americana”: hamburguesas, carne, todo enlatado y listo para calentar, y chocolate. Mario señala las marmitas y las cantimploras metálicas enfundadas en forros de tela verde, un tanto raídos, que cuelgan en los maderos de la cama.

Recuerdan el horror de haber visto morir a algunos compañeros, pero también los días de descanso.

—Jugábamos fútbol, nos bañábamos en quebradas de campos retirados de las líneas de combate.

“Yo estaba prestando servicio militar. Le pedí a mi capitán que me enviara a un sitio donde pudiera embarcarme para Corea. Me dijo: 'No. Eso es para hombres'. Así que deserté de la infantería de marina para irme...”, cuenta Mario.

Vivieron las cuatro estaciones en el campo de batalla. Vieron a los coreanos sacar la mierda de las letrinas de madera de los soldados para usarla de abono en sus cultivos, pues no tenían animales que produjeran estiércol para tal fin.

Distinto a hoy, Corea era uno de los países más pobres del mundo hace 60 años.

Protocolo y fiebre
Un día, Mario se emborrachó y chocó un carro. Lo castigaron  trasladándolo a la Compañía A, en la línea de fuego, donde usó ametralladora y tuvo enfrentamientos cuerpo a cuerpo.

Entre tanto, a Óscar, el hombre que no ha sentido miedo, lo escogieron para integrar una delegación que fuera a saludar a Harry S. Truman, en la Casa Blanca, y a recibir homenajes en varias partes del mundo. Fue una gira de tres meses. A ese tiempo corresponde la foto que lo muestra ante la Tumba del Soldado Desconocido.

—¿De modo que Óscar viajaba por varios países, en actos y homenajes, mientras ustedes seguían en Corea?

—¡Cómo le parece! Nosotros matándonos en el campo de batalla y él recibiendo medallas —bromea el guerrero sin barba.

Luego de tal recorrido diplomático, Óscar llegó a Colombia. Se encontró con la noticia de que sus hermanos seguían en la guerra y decidió regresar a Corea para estar al lado de ellos.

Corrían los meses. A medida que avanzaban los acuerdos para poner fin al conflicto, fueron despachando contingentes a sus países de origen. Los tres hermanos volvieron al país de uno en uno.

Mario estuvo 18 meses en el campo de batalla. Dice:

—Al final, contraje fiebre hemorrágica. Es una enfermedad viral en que se tapona la vejiga. Me atendieron en el hospital de campaña. Orinaba por sondas que me instalaban las enfermeras. Pero allá no podían curarme, entonces me dieron la baja… —Y agrega—: Usted sabe, en todas las guerras hay una epidemia y esa fue la de Corea: la fiebre hemorrágica.

Los hermanos Ramírez recuerdan todo ello como una aventura sin par.

En las paredes de la casa hay diplomas de honor y Medallas del Gobierno de Corea, la Llave de Oro de Nueva Orleáns…

Los combatientes reciben dos salarios mínimos mensuales por los servicios prestados en ese país asiático.

Los dos veteranos de guerra son campesinos. Mario, siembra y pastorea en Guarne; el hombre sin miedo, en Jardín, más exactamente en la casa que fuera de su María Gitana.

El laberinto de los muertos

Narrativa urbana 1 Comentario

Foto: Julio César Herrera

La cripta de Jesús Nazareno es un laberinto. En el subsuelo de la iglesia, galerías de osarios se interrumpen para dar espacio a otras perpendiculares a estas; unas tienen 120 osarios por cada lado; otras, 180; unas se distinguen con nombres alusivos a la Virgen, otras, de santos; en ellas, unos osarios no tienen la identificación de sus ocupantes, otros carecen de fechas; los hay sin tapa de mármol, que a duras penas poseen un cartón de envolver en el cual se lee un nombre garrapateado a mano, con bolígrafo… Hasta la muerte se enreda en esos pasillos de horror.

Pero no Rubén Darío Vargas, el sepulturero. El encargado de sacar unos huesos, de introducir otros; el que se ocupa de entregar restos a una familia que desea volverlos ceniza para que quepan, no solo estas, sino las de varios parientes; quien mantiene el espacio aseado porque sabe que la limpieza es condición para dignificar la muerte.

Leer más …

« Anteriores