Alfredo Jiménez confiesa que, como pocos, ha vivido. Tuvo que inventarse el nombre a los quince años, pues, hasta ese momento, lo llamaban con uno temporal: Chiquito. Dedicado al trabajo desde que tiene uso de razón, Alfredo Jiménez erró por pueblos y caseríos de la Costa, fue ascendiendo por el Magdalena, hasta que vino a posar sus plantas en Medellín. Comunista perseguido por su pensamiento, en esta ciudad se volvió sedentario.
(Esta historia la conté hace casi diez años en un periódico regional. Fueron nueve entregas en edición dominical.)
Capítulo 1
Fue la tercera o cuarta vez que intentaron matar a Alfredo Jiménez cuando recibió dieciocho impactos de changón y él mismo se sacó los balines del pecho con sus manos para guardarlos de recuerdo en el cuarto de pensión donde vive.
Y es que Alfredo está protegido de males y peligros, no sabe muy bien por qué o por quién, pero está casi convencido de que su abuelo, Eugenio Jiménez, lo siguió cuidando después de muerto, luego de que él le llevara un ataúd de madera sin laquear ni pintar, que su padre le fabricó, cuando era apenas un chico de catorce años y todavía no tenía nombre que le identificara en la vida.
Siendo como es, un hombre fuerte, imperturbable, dueño de un absoluto control de sus actos y conductas, al recordarlo su voz se negaba a salir para comentar ese incidente sustancial. De pies y recostado a su kiosco de venta de periódicos, libros y revistas marcado con el número 17 de Junín con Pichincha, vi temblar de emoción sus pómulos y aguar sus ojos y pensé que iba a llorar. Hasta debió sacar el pañuelo del bolsillo de atrás del pantalón y sacudir su nariz. Creí que no hablaría más, que me despacharía de una buena vez por llevarlo a evocar asuntos difíciles que le movían tantos sentimientos. Pero no. Finalmente abrió la boca para hablar.
Viaje
Debía correr el año cuarenta y cuatro, porque nuestro héroe nació el primero de mayo de 1930 —como habría de darse cuenta más tarde, en Barrancabermeja, cuando fue a bautizarse para sacar la tarjeta de identidad—, fecha, sin duda, que debe tener algo que ver con su destino, pues lleva el comunismo en las venas.
Chiquito, como le llamaban entonces, salió de su casa —un rancho de paredes de cañaflecha y techo de palma amarga que él mismo construyó con su padre en un terreno que quedaría en medio de una roza sembrada de yuca y plátano situado entre Pivijay y Fundación— muy de mañana, arreando el burro que cargaba el cajón. Llegó a la carretera y con ayuda de dos o tres hombres lo encaramó en el techo de la chiva que lo conduciría a Puerto Salamina, Magdalena, a orillas del gran río.
Cuando llegó hacía un Sol tan fuerte como empujado por cuatro. El bus de escalera estacionó junto al embarcadero y, de inmediato, hizo que dos hombres subieran el armatoste en la balsa que lo pasaría a Puerto Giraldo, poblado situado justo al frente de donde se encontraba.
Su abuelo lo estaba esperando y lo vio acercarse, pues su casa estaba situada al lado del afluente. Cuando Chiquito dio el salto para quedar en la barranca y no bien estaba recibiendo su carga con la ayuda del viejo, éste le dijo por todo saludo:
—Eh, Chiquito, ¡tu papá sí es muy cruel! ¡No vino él a traer la caja mortuoria sino que te mandó a ti!
Su abuela, Beatriz Padilla, a la que él llamaba Mamá Beata, le convidó de inmediato a la cocina para darle un plato de arroz con pescado, plátano, ñame y batata y él buscó un sitio sombreado para sentarse a comer. Chiquito se quedó con sus abuelos, a quienes quiso más que a nadie en la vida, hasta el día siguiente.
Esas palabras, de las que Chiquito nada comentó al anciano en el momento ni repitió jamás a su padre ni a persona alguna en toda su vida, estaban acompañadas de una fuerza inefable, que él sintió. Y es el conjunto de esos sonidos emitidos por aquella voz terrosa, de la mencionada fuerza y del significado de aquella costumbre, lo que siente Alfredo cuando lo cuenta.
Es una vieja costumbre costeña, que lentamente va cayendo en desuso, el que las personas viejas fabriquen o consigan ellas mismas su ataúd, sin siquiera estar enfermas. E incluso viven con él debajo de la cama o en un rincón del cuarto, mientras les llega la hora grave. El abuelo Eugenio tenía unos ochenta y cinco años, igual que Mamá Beata, y era tiempo de que fuera consiguiendo el cajón. A pesar de verse aliviado en la visita del niño, el viejo murió a los dos meses.
—Nunca le había referido esta historia a nadie —habría de decirme al día siguiente en su kiosco— y me siento como más tranquilo. Ni siquiera en la revista Susurros, del Partido Comunista, cuando escribieron mi biografía, salió referida esta parte de mi vida. Desde ese punto y hora la tenía guardada aquí —dijo, señalando con su diestra el pecho.
Nómadas
Y es una fuerza extraña esa. Hasta le dicen que cómo él, que siempre ha sido un tipo flaco y de apariencia enclenque, saca tanta energía para defenderse cuando su vida está en peligro. Y él no sabe responderles. Lo cierto es que le ha ayudado a sobreponerse de nueve carcelazos, de una locura que los médicos llamaban rebeldía sentimental que curó gracias a la súbita y misteriosa aparición de un anciano en el centro de Medellín hace pocos años, quien le recomendó el consumo de ciertas sales, y de tantos intentos de homicidio de que ha sido víctima, aunque cosa curiosa, ninguno de ellos por sus pensamientos políticos, a pesar del exterminio de muchos militantes del Comunismo.
Alfredo Jiménez no recuerda mucho de su vida antes de los nueve años. Solo que salía a jugar a la pelota con los chicos de Puerto Giraldo y que éste, su pueblo natal, estaba partido en dos por un arroyo sin nombre —como él—, lo cual hacía que los chicos de un lado rivalizaran con los del otro, integraran sendas cuadrillas que se enfrentaban a puños de vez en cuando, para determinar dominio. Una vez hasta se le cayeron los pantalones en media pelea, de modo que terminó desnudo, hasta que su abuela —a quién reconoce como su madre, porque la biológica se fue de su lado cuando apenas era un bebé—, llegó para llevárselo de la mano hasta la casa en medio de sermones sobre la inconveniencia de estarse peleando por ahí. Él, que era el líder de su banda en la que era conocido con el celebérrimo nombre de Zancadilla, la escuchó en silencio por el camino de vuelta.
También recuerda que cada día, antes de que cayera la noche, debía recoger las quince chivas de su padre, que pacían durante el día en los pastizales cercanos, para el ordeño de la mañana siguiente, y que eran muchas las tardes en que él, Chiquito, debía pasar accionando la palanca que movía el pedal de la máquina de coser de su tía Josefa.
A veces, esta lo enviaba con una canasta de almojábanas para la venta, pero el chico, con la plata que recibía de las primeras compraba él mismo para sí las restantes y se comía. La tía Josefa le daba cocotazos y su abuela lo defendía sonriente.
Precisamente ella, mamá Beata, enviaba con él los huevos para las Ánimas del Purgatorio, pero nunca llegaban al cura, porque, mientras avanzaba, Chiquito cavilaba que su abuela era muy boba: “mandarles huevos a las Ánimas, sabiendo que ellas no comen”, y más bien los vendía por ahí.
Tendría ya los diez años cuando llegó un ciego a su pueblo y el Inspector decidió que Chiquito hiciera de lazarillo, pero muy poco duró en el oficio, porque en los caminos, este, precisamente para que el tipo aquel se aburriera y no lo ocupara más, lo hacía pasar por la trilla del ganado.
Como los cocotazos de la tía Josefa no daban tregua, su abuela debió enviarlo a Barranquilla, a casa de la tía Andrea, donde estuvo algunos meses, antes de pasar a Barranquilla, otra vez al lado de su padre y de una mujer que había comenzado a andar con este, llamada La Cachaca —aparte de otras tantas que tenía en los pueblos de la zona—. De allí, el hombre bajaba en la lancha a María La Baja a conseguir aguacates y plátanos para venderlos en Barranquilla. Pero no duraron mucho tiempo allí. Les dio por seguir para El Retén, un municipio de Magdalena, y levantar otro rancho.
Allí Chiquito vio las bananeras y cómo las empresas gringas tenían un sistema de compuertas en el río para regar los cultivos. A veces, las abrían y cientos de peces quedaban engañados de un momento a otro, agonizantes en un río sin agua. Y él corría a coger muchos de ellos para que en su casa los frieran para la comida.
Fue el tiempo en que escuchaba hablar de la masacre en las bananeras, ocurrida cerca de Ciénaga catorce años antes, y de la cual, según murmuraban, había quedado solo dos sobrevivientes, un hombre y una mujer, a quienes nunca llegó a ver.
En este pueblo, Chiquito también tuvo su pilatuna. Pronto se dio cuenta de que un hombre fungía de pastor en un templo adventista. Predicaba los domingos y los concurrentes, piadosos y obedientes, sacaban monedas y billetes y los descargaban en una mesa. El pastor decía de pronto: “cierren los ojos, hermanos míos, que vendrá la Mano Poderosa y se llevará el dinero”. El mocoso solía mirar esa escena por una grieta del madero de la puerta y se daba cuenta de que el muy bandido era quien tomaba la plata.
—¡Velo! —gritó Chiquito desde su escondrijo—. Que la Mano Poderosa… ¡y es él quien se mete la plata al bolsillo!
El pastor, descubierto, se desquitó con nuestro personaje, dándole una fuetera.
Duraron poco en esta tierra, pues su padre decidió que debía trasladarse a un sitio entre Pivijay y Fundación, de donde saldría Chiquito con el ataúd para su abuelo, reemplazando a su padre en un acto que por costumbre le correspondía.
—Nunca conocí la puerta de una escuela —comenta Alfredo—. En aquella roza tenía mis deberes. Limpiaba los sembrados, recogía las cosechas, ensillaba un burro para ir hasta el río Cesar y recoger agua para las comidas, usando para eso dos cajones bien calafateados y asegurados con tapa que llenaba encima del animal. No durábamos mucho en un lugar. Mi padre decidía vender por cualquier cosa o abandonar el rancho y la roza, si consideraba que podía irle mejor en otra parte. Con decir que de El Retén nos fuimos muy pronto para El Algarrobo, un pueblito situado a orillas del río Ariguaní, donde él se dedicó a comprar cerdos y sacrificarlos para la venta, a cazar animales para comercializar sus pieles y a fabricar canoas que debíamos llevar por el río hasta Trojas de Cataca, un caserío encaramado en palos sobre el agua salada, cercano a Ciénaga, y allí vendérselas a los pescadores. A veces iba yo a recibir el dinero, lo guardaba en los bolsillos y los cosía con hilo y aguja para no perder ni un céntimo.
También tenían una canoa para pasar a la gente de un lado a otro. Chiquito se encargaba de manejarla. Un día, un indio Duane, un curandero que iba por los pueblos y que tenía un derecho otorgado por el Gobierno para no pagar transporte alguno, obviamente no quiso pagarle. El muchacho, que ignoraba la disposición legal, insistía en cobrarle, ante la risa juguetona del aborigen. Su padre debió explicarle que a un indio Duane no se le podía faltar al respeto y que nada debía cobrársele.
—Pero dejemos aquí, en lo del indio Duane, antes de que sigamos con lo demás —dijo Alfredo.
Capítulo 2
Cuenta una leyenda que en la ciénaga de Zapatosa, frente a El Banco, Magdalena, en medio de una tormenta, una mujer que bajaba en su canoa estaba fracasando, hundiéndose con animales domésticos y equipaje. El naufragio era inminente; solo cuestión de minutos. La muerte, también. Ella rezó con desesperación y prometió dar una canoa de oro al santo que le salvara de perecer bajo el imperio de la Naturaleza.
Esta historia explica la existencia de un nicho que tiene san Martín de Lobo en ese sitio.
En circunstancias semejantes se encontró Chiquito un día, en compañía de su padre y una mujer que por esos tiempos hacía las veces de madrastra suya: Diosa Sarmiento. Habían salido unas horas antes de El Algarrobo con unos cuantos cerdos, pocas gallinas y alguna ropa, por todo equipaje. Ya el hombre había decidido que debía establecerse en unos parajes baldíos cercanos al pueblo de Zapatosa, Cesar. Las nubes, apenas encima de sus cabezas, parecían a punto de sepultar el mundo de un manotazo. Era como si todo debiera volverse agua y hubiera comenzado a cumplirse tal designio en este rincón del Caribe. La tormenta arreciaba. Cuatro dedos faltaban para llenarse la canoa, es decir, para naufragar. Ella rezó con desesperación y fue evocando una lista de santos que parecía sin fin, hasta que el hombre la regañó diciéndole que si no veía que estaban zozobrando y que el peso de tantos personajes los iba a terminar de hundir de una vez y para siempre.
De pronto, llegó la calma y se vieron atracando en una playa flotante. Allí pudieron achicar y secar o por lo menos escurrir mínimamente las cosas, tranquilizar sus corazones y cambiar esos pensamientos de desgracia que invadían sus mentes. Chiquito recogió una piedra en forma de huevo de paloma y quiso guardarla en el bolsillo del pantalón que tenía pegado a la piel, como munición de su inseparable cauchera, pero su padre se lo prohibió, tal vez porque no podía permitir que profanara un lugar que había resultado sagrado para ellos.
Pailitas
No perdieron tiempo en Zapatosa, sino que siguieron a Pailitas, que entonces no era siquiera un caserío, sino un bosque cerrado. Pasaron por un puente sobre un lago–arroyo y en una loma no vieron más que dos viviendas de cañaflecha y palma amarga. Una de ellas, la de la oficina de la construcción de la Troncal de Oriente. De modo que fueron los terceros en establecerse en ese sitio. Dicho de una manera más clara, que denote la dimensión histórica de nuestro héroe, fueron fundadores. ”Debe quedar claro que ese sitio se llama Pailitas y no San José de Turumá, como muchos quieren hacer creer hoy”. Ese nombre se debe a que desde el puente y la loma, ese lago se ve como una paila. En la bolsa de recuerdos del vendedor de revistas y periódicos del puesto número 17 de Junín, todavía se ven pasar los peces por el fondo de ese gran recipiente: besotes, doradas, omelones, picúas, bonitos y coroncoros.
Había que ver la roza que en breve tenían montada los dos hombres. Cultivos de yuca, plátano, maíz, algodón, batata, ñame y auyama, así como un lindo rebaño de chivos tuvieron. Pero el negocio era la explotación de madera.
Siendo apenas un imberbe de catorce años, Chiquito se vio pronto metido entre un grupo de hombres que se internaba en el monte, armaba un campamento para varios días y participaba en las labores de tala y embarque. Fácilmente subía a los andamios improvisados para ir cortando las ramas altas tras amarrarlas con bejucos y encontraba la comba del tronco para determinar por dónde cortarlo. Aprendió que antes de dar un primer hachazo, había que dar dos o tres golpes con la herramienta en el tallo de los árboles, para saber, por el sonido, si estaban huecos o macizos. Solo estos debían echarse a tierra.
Cosa curiosa: su padre compró una mula en Sabanas de Tamalameque, para sacar las rastras de madera. Era un animal de monte, amansado, pero casi salvaje. Cuando sentía el rugir del motor de un auto, no había quien la controlara. La mula corría como loca, huía deprisa hasta su lugar de origen, situado a un día de camino. Y había que ir por ella y en esas se la pasaban.
Lo cierto es que muy pronto, la prosperidad sonrió a su padre.
Contaba con un importante grupo de trabajadores y se hizo a un camión International nuevo para llevar la carga y la maquinaria eléctrica para aserrar. Su vivienda tenía luz eléctrica. Todo lo cual coincidía con un rápido poblamiento de Pailitas. Hasta hubo quien estableciera un bar con mujeres de la vida frente a su casa.
Serían las cuatro de la tarde de un día impreciso, cuando los indígenas atacaron por primera vez las oficinas de la Troncal. Los vigilantes de ésta usaron unos perros que los aborígenes temían, pues, por su movilidad eran difíciles de flechar. Huyeron en desbandada. Sólo quedó un indiecito de diez años enredado en una bejuquera. Lo retuvieron atado a un árbol y al ponerle los alimentos se mordía y arrancaba pedazos de carne. Que lo llevarían a Bogotá en un avión, dijeron, y no se vio más.
Meses después los indígenas atacaron el campamento de Jiménez, el padre de Chiquito, en Caño Azul, entre El Burro y Pailitas. Flecharon a un aserrador, quien murió. Y siguieron así, belicosos, atacando los campamentos de la zona. El último fue uno que tenían armado en Curumaní.
Chiquito andaba por esos montes en compañía de Elías, un arriero de Titiribí que había ido a parar a esas tierras, cuando recibieron una carta del papá en la que les ordenaba salir de allí para evitar el peligro.
—Qué crees que debemos hacer —preguntó Elías a Chiquito.
—Nada va a suceder. Entremos tranquilos a sacar madera.
Y así lo hicieron. En el monte, en el andamio de corte, encontraron señales de la presencia india. Un plumero y unas tripas en una roca decían que habían comido pava; unas huellas de pies mojados en las piedras indicaban el rumbo en que habían marchado. El muchacho las siguió y pocos metros de allí vio un grupo que subía la loma, en dirección a Pailitas. Y tal como lo había predicho, no tuvieron problemas.
Huida
Nunca nadie se lo preguntó, pero Chiquito albergaba infelicidad en su corazón. Observaba la actitud de su padre y la desaprobaba en silencio. Un hombre entregado al ron y a las mujeres, sin escrúpulos para explotar a sus trabajadores, no pagarles lo justo y darles un trato despótico, no podía ser causa de orgullo. Hasta dos mujeres vivían en la misma casa, se acostaba con las hembras del bar, mientras otras lo esperaban en Tamalameque y otras poblaciones. En Barranquilla, por ejemplo, se quedaba dos o tres meses tomando licor y mujereando. Entre tanto, Chiquito debía permanecer al mando y cuidado de los negocios, de los que guardaba celosas cuentas para darle a su regreso.
Y el trato que él mismo había recibido de su padre en toda su vida era el de cualquiera de los trabajadores. Con estos se solidarizaba entonces y tomaba de la cocina algunos víveres para dárselos a escondidas. En cuanto a esto, un día llegó a escuchar que un hombre le decía al señor Jiménez que cuándo iba Chiquito a estudiar. Su padre le respondió que si así, sin estudiar, tenía ideas comunistas, cómo sería si lo hiciera.
Por cierto, el viejo ignoraba que Chiquito iba consiguiendo las cartillas de lectura de los primeros grados con los hijos de los trabajadores y sin la ayuda de nadie aprendía a leer durante las horas muertas.
El resentimiento hacia ese hombre —del que nuestro personaje menciona tan escasamente su nombre que hasta el momento no lo hemos mencionado en este relato— llegó a tope, cuando un día de diciembre de 1944 este le propinó una fuetera más fuerte que ninguna otra en su vida, pero como en las anteriores, tampoco esta vez dejó salir una lágrima. Las marcas del fuete iban quedando marcadas en su alma.
En los primeros días del año nuevo, Chiquito debió viajar a Boca de Tamalameque a llevar unas herramientas. Fue mascullando su ira. Fue recordando que ese hombre, el injusto, era tan avaro que, a pesar de tener dinero, compraba una tela basta y le mandaba hacer varias mudas de ropa iguales, al punto que cuando estaba de novio de la chica más linda del pueblo, ella llegó a preguntarle por qué no cambiaba su vestido nunca… Entregó las herramientas y, sin pensarlo más, esperó un barco para viajar a Barrancabermeja. Chiquito había decidido huir de casa.
—Pero, por Dios, ¿a dónde te irás, muchacho? —le preguntó Sarita Paredes, una de las mujeres de su padre, que lo encontró junto al río Magdalena.
—A Barrancabermeja.
—Pero si allá no conoces a nadie…
—Sé que el Mocho está allá. Él me recibe.
Sin un céntimo en sus bolsillos, con dos o tres mangos y naranjas por todo alimento y con solo la ropa que tenía puesta brincó Chiquito a un barco que lo subiría por el Río.
En la nave debió lavar la loza y lustrar los zapatos del capitán, como pago. En el trayecto conoció a un hombre que viajaba en compañía de dos hijos, más o menos de su edad. Y como si viera lo que fuera a suceder a su llegada, pidió el favor al fulano que si la policía preguntaba por él, dijera que era su hijo, para no tener problemas.
Pusieron pies en el puerto petrolero a las diez de la noche y, como era costumbre, pasaron las horas oscuras en el café La Bastilla. Cuando aclaró, unos agentes se acercaron al hombre y preguntaron por los tres muchachos.
—Son hijos míos —respondió el recién llegado, sin un asomo de intranquilidad, de modo que los uniformados volvieron a hundirse en el ignorado lugar del que salieron, y como si las cosas fueran hechas a su medida, en el instante en que Chiquito miró la calle, ante sus ojos apareció la prometeica figura del Mocho.
Corrió a su encuentro. Hablaron un rato. Y, como lo esperaba, ese hombre que hubiera sido trabajador de su padre y, por consiguiente, como un hermano para él, lo recibió en el hotel donde se quedaba y, en pocos días, lo hizo ayudante en su chiva, La Consentida.
Pronto pasó más bien a trabajar en la roza de una antioqueña, a pocos minutos del puerto, pues, él se sentía mejor en las labores agrarias. Dos o tres meses después, queriendo poner a prueba su honradez, la mujer dejó como por descuido un dinero en un lugar visible, con lo cual logró más bien ahuyentar al joven, por más que ella le llorara para que regresara. Él consiguió trabajo en la finca “El 50”; de Lucio Meléndez, que proveía de plátanos a los obreros del petróleo. Llegó a ser jefe, incluso de los trabajadores de la cocina, situada debajo del puente del Río. Hasta que un día encontraron al dueño muerto, parado, sostenido con las varillas del puente, pues allí había ido a parar en su noche de borracheras interminables con ron Caldas, para las que no se alimentaba más que con dos o tres trozos de carne en el día.
Alfredo
Chiquito fue a parar en el hospital infestado de forúnculos. Quince días hospitalizado le hicieron pensar que él, ese mocoso que no tenía reparos para realizar labor alguna, quedaría muy bien trabajando en ese hospital. Barrió y limpió los pabellones; lavó el quirófano sin sentir repulsión alguna por la sangre y demás fluidos humanos que debía tocar. A los enfermos de tisis, ancianos desahuciados casi todos, los sacaba a tomar el Sol mientras él lavaba sus habitaciones, ante las críticas de las enfermeras y las súplicas de una de esas mismas pacientes de que se fuera, que él estaba muy joven para morir, pero él no paraba mientes en unas ni otras. Solo decidió marcharse el día en que notó que los empleados separaron platos y tasas en que debería comer de ahí en adelante, al tiempo que le dieron un lugar apartado del comedor, pues, sintió que esa discriminación era indignante.
Por esos días, lo que era de esperarse, sucedió. Exigieron a Chiquito la tarjeta de identidad para trabajar. Fue entonces cuando decidió bautizarse. Habló con el cura, José Arango, quien preguntó al muchacho la fecha de nacimiento y le exigió aprenderse el Padre Nuestro. Debió escribir a mamá Beata, quien todavía vivía en su natal Puerto Giraldo y en pocos días llegó la respuesta, firmada también por el Inspector del pueblo: Primero de mayo de 1930.
El día del bautizo, el padre olvidó hacerle recitar la oración al chico, quien acudió con Juan Silva, un obrero de Ecopetrol, quien haría de padrino.
—Cuál va a ser tu nombre —inquirió el sacerdote.
—Alfredo… Alfredo Jiménez Ochoa —respondió el muchacho.
Ahora, parado junto al puesto de revistas marcado con el número 17, dice: “y escogí bien el nombre, como el del cantante mejicano, pues, yo también cantaba muy bien. A la gente le gustaba oírme”.
Capítulo 3
Vicente Llerena, el hombre que tuvo en su casa por años a Alfredo Jiménez como si fuera un hijo suyo, ordenó un día al entonces adolescente que abandonara de una vez y para siempre ese maldito oficio que se había conseguido, ¡ayudante de matarife en el Matadero de Barrancabermeja! La razón: su carácter se estaba avinagrando.
Debía ser que estar hora tras hora, día tras día, durante dos largos años, en presencia de la muerte, provocándola, estaba irradiando la personalidad del costeño de una energía negativa que ensombrecía sus actos. Lo convertía paulatinamente en un tipo bravo, al que poco se le podía hablar sin que montara en cólera.
Pasados los primeros seis meses en esa actividad, Alfredo era capaz de matar los animales sin ayuda, lo cual el matarife titular aprovechaba para escaparse a tomar sus tragos. El chico clavaba con pericia el cuchillo en el corazón de la vaca y ésta caía al suelo antes de que ese chorro de sangre que salía con fuerza por la herida como si fuera un surtidor manchara el suelo. ¡Cuántas veces tomó Alfredo de ese líquido espeso, caliente, rojo profundo, por haber escuchado decir a muchos que contenía singulares nutrientes! En cambio, durante ese tiempo, dejó de comer carne de animal alguno; no le apetecía.
Aserrador
Como siempre, obediente, Alfredo abandonó ese oficio. Y como los tiempos eran otros, con facilidad encontró trabajo como ayudante de construcción. En este, debía preparar la mezcla de cemento y arena y llevársela al albañil oficial, lo mismo que adobes y piedras y gravilla y herramientas que fuera necesitando. Ganaba un peso con cincuenta centavos al mes, en tanto que su jefe recibía setecientos pesos. Tres años estuvo el hombre dedicado a este oficio, tiempo en el cual aprendió como ninguno a leer e interpretar planos y construir edificaciones. A la construcción habría de volver después, varias veces.
Incursionó fugazmente en la pesca con chinchorro. Comenzó de canoero, mientras cuatro hombres manejaban las redes. A los dos meses decidió ser uno de los botadores, es decir, de los lanzadores de la malla, y que otro condujera la canoa.
El chinchorro se debe coger entre dos personas, cada una de las cuales por un extremo. La hacen descansar recogida en sus antebrazos, cuidando tener la pita con las manos, y se lanza fuerte fuera de borda. La red posee unos plomos que hacen llegar un bordo hasta el fondo del agua y unas boyas que mantienen el otro en la superficie. Minutos más tarde, los dos pescadores halan con fuerza y suben al barco la red llena de peces. Uno cree que los peces mueren sólo con sacarlos del agua. Alfredo cuenta que ellos mataban los peces con cuchillo.
Salían a pescar de día y de noche. Y, según dice, no es verdad esa idea de que, en Luna llena, los peces alcanzan a ver el brillo de las cuerdas de la red y la esquivan.
Volvió, más bien, a una labor que había hecho desde niño. Se convirtió en ayudante de arriería de un antioqueño al que llamaban el Mudo y que solía cargar en mulas rastras de madera desde los aserríos hasta la carretera. Fue entonces cuando encontró la oportunidad de terminar de aprender ese oficio que mucho le había atraído, el de aserrador. Al joven le parecía una labor bonita. Esos serruchos inmensos que subían y bajaban accionados por la sincronizada fuerza de dos hombres. Labor que, cuando estaba más chico, su padre le había sugerido no aprender, sin explicarle la razón; tal vez algo tosco veía el viejo en esa actividad.
De modo, pues, que convenció al Mudo —apodo que en su seno guardaba una ironía— de que lo recomendara ante el dueño del negocio para que le enseñara. Éste mandó decirle que sí, pero a cambio le pidió a nuestro héroe que trabajara el primer mes sin paga, sólo por la comida, mientras aprendía. Y él aceptó.
Centella
En medio de un bosque situado unas leguas abajo de Puerto Berrío, los aserradores habían instalado su campamento. Entre ellos estaba también la esposa y el pequeño hijo del propietario.
En la mente de Alfredo permanece vívida una escena, a pesar de que entre ella y la actualidad hay más de cincuenta años. Era medianoche y una tormenta se cerró sobre la selva. Los relámpagos iluminaban el interior de la improvisada vivienda y permitían que los seres que allí permanecían en vigilia, asustados, vieran unos de otros sus siluetas. Ni siquiera el bebé podía dormir, como si adivinara una tragedia. Su madre rezaba desesperada. Alfredo, en cambio, permanecía inmutable. Acostumbrado como estaba a soportar aguaceros y tempestades en la selva desde que sabía de sí, recordó el remoto día en que en compañía de su padre y de su madrastra casi perecen en la laguna de Zapatosa. A su mente acudió también otra evocación de infancia: en situaciones como esa, su abuela, mamá Beata, solía darle una palmada a un chico, hacerlo llorar, y de inmediato la Naturaleza volvía a la calma. Cosas de viejos. Qué iba a saber él dónde residía el secreto. Le contó a la mujer y esta hizo lo que él dijo; al fin de cuentas, nada tenían que perder.
Acto seguido, al unísono del llanto del párvulo, se oyó un trueno. Casi encima de ellos cayó una centella que les hizo pensar que se trataba del punto final de sus existencias; el súbito freno en el movimiento de este planeta girante en el que lo inmenso es tan sólo una brizna. Y de inmediato, en efecto, todo terminó… No hubo más eso que llaman la realidad. Todo se Acabó… Alfredo no supo más de sí, ni de los otros, ni del campamento, ni de la selva, ni de la vida, ni de nada…
Cuando recobró el sentido era ya la madrugada. Se enteró de que aquel rayo había puesto tan solo un sonoro punto final a la tormenta, como él confiaba… aunque no tan solo: había caído sobre un árbol situado a unos pasos del campamento, de unos veinte metros de alto y de varias abarcaduras, y que lo partió de un tajo desde el cogollo hasta la raíz. Y que desde entonces se había levantado un olor a azufre y a cobre que a esa hora todavía invadía el espacio, se pegaba a la nariz, invadía los pulmones, sobreponiéndose al de la Naturaleza mojada.
Otra aventura
Andando los días, la guerrilla liberal, encabezada por un santandereano conocido como el Mocho, llegó una vez a la finca La India a matar a Rafael Bedout, conservador en Medellín y liberal en esas tierras del Magdalena, para cobrarle que había violado a una niña. Alfredo —que ya no ejercía más de aserrador ni trabajaba para el mismo patrón, porque, como se ve, su sino era la inquietud— era uno de sus peones y, al igual que todos ellos, había visto lo sucedido. Sabía, como los demás, que la mamá de la niña se había dejado comprar.
Era de noche. Los guerrilleros mataron a un industrial conservador de apellido Moreno. Bedout logró escaparse y saltar desde muy alto a la corriente de una quebrada. Los hombres armados mataron antes del amanecer mil quinientas de las reses que había en la finca. Fue entonces una de las ocasiones en que Alfredo debió volver al trabajo de construcción; sin patrón no había trabajo.
El libro maravilloso
Fuera donde fuera en su trashumancia, pendiente de Vicente Llerena pasó Alfredo hasta que aquél murió a comienzos del decenio de 1950. El viejo fue su padrino de confirmación. Quería tanto a Alfredo que pensaba dejarle en herencia un libro misterioso. Un libro con el que Alfredo había visto al viejo hacer lo imposible. «Cosas buenas y malas, cosas increíbles. Las enseñanzas del libro le permitían a él curar el mal de ojo, las mordeduras de culebra, las gusaneras de los terneros… Y el viejo no cobraba por los servicios. Recibía lo que le quisieran dar, nada más.
»Una vez, un vecino le pidió que lo curara de una mordedura de culebra. Nada le dio en compensación, pero le prometió que en pocos días algo le llevaría. Pasó el tiempo y nada. De modo que mi padrino le reclamó. El tipo ese lo trató mal, de modo que el curandero le dijo: —Ajá, te voy a poner a aullar como un perro en la puerta de tu casa.
»En el momento, el tipo se echó a reír. Lo cierto es que al día siguiente la esposa del vecino acudió llorando donde mi padrino a suplicarle, por lo que más quisiera, que se lo levantara, que no permitiera que su esposo siguiera allí echado en la puerta de la casa aullando como un perro. —Nada puede hacerse ya —respondió mi padrino—. Esas son cosas de la Naturaleza…»
»Ese libro misterioso iba a ser mi herencia. Mi padrino murió poco después, tras una larga agonía. Cuando expiró, mi madrina y yo encontramos gusanos peludos y grandes debajo del colchón donde yacía.
»Viendo lo que había visto, ella decidió hacer un lío con el colchón, las sábanas, el libro y todo, y le prendió fuego.
»Entonces, me abrí de la casa».
Capítulo 4
Dos recuerdos navegan constantemente en la mente de Alfredo Jiménez. En los tiempos de su vida en Pailitas, cuando todavía lo llamaban Chiquito, este conoció a un vallenato, quien andaba solamente con una mochila y, en ella, dos mudas de ropa; era pálido como un muerto y, a lo largo de su cuerpo, la piel tenía cuatro colores: azul, rojo, blanco, negro. Tenía poderes. Un viejo de nombre Carlos Huerta dejó de pagarle algunas jornadas de trabajo en la finca.
—Está bien —dijo el cesarense—, pero esa plata que me debe no va a alcanzarle para curarse una enfermedad que va a sufrir.
Y se fue. Días más tarde, la esposa de Huerta fue a buscarlo para decirle que ella le pagaría lo que fuera, con tal de que a su esposo se le quitara una gusanera de la nariz y la boca.
—No, señora —respondió—. Esas son cosas de la Naturaleza; nada puedo hacer ya.
El vallenato trabajó para el viejo Jiménez, el padre de Chiquito, como arriero, del cual nuestro personaje fue ayudante. De pronto, sacaba por una ranurita de su antebrazo, una cruz y la ponía en la base de una mata de plátano o banano y retaba al chico para que echara abajo el arbusto con su machete. Labor imposible. El muchacho no conseguía más que lastimarse las manos por imprimir a la herramienta toda su fuerza, pero al tallo no le entraba la afilada hoja del metal. El vallenato tomaba nuevamente su cruz, la limpiaba y volvía a introducirla en su sitio.
Una vez, estando juntos, conversando, el mago aquel se desapareció. Al momento, una serpiente se dirigió hacia Chiquito y comenzó a treparle por las piernas, el pecho y se le fue encumbrando, muy lentamente, hasta la cabeza. Chiquito sintió que se le erizaron los vellos, pero no se movió. Esperó un rato y la víbora se alejó. Justo enseguida, cuando el muchacho volvió la cabeza, apareció el vallenato, sonriente. Nada se dijeron.
El segundo recuerdo es de un hombre al que llamaban Carvajalino. Solían contratarlo para sembrar maíz, pues, mientras cualquier otro mortal se gastaba hasta quince días para sembrar «veinte cabuyas», él tardaba tres. Él solicitaba la semilla y dividía el terreno en cuatro partes. Luego, sembraba semilla en cada rincón de su cuadrícula y, al tercer día, ya todo estaba sembrado y las planticas habían germinado.
Una tarde de diciembre, como a las cinco, Carvajalino se sentó a conversar con Chiquito, junto a un arroyo.
—Las Ánimas del Purgatorio son las que me ayudan a sembrar y a todo, Chiquito. ¿Quieres ver a las Ánimas y tener la devoción que yo tengo?
Chiquito veía a Carvajalino siempre tan escuálido, enfermo y pobre, que le contestó:
—Pues, sí, yo sí quiero tener esa devoción, pero no así…
El hombre debió hacer algo, invocarlas mentalmente tal vez, porque en ese instante apareció ante los ojos asombrados del muchacho una fila de Ánimas caminando sobre las aguas del riachuelo, portando cada una de ellas una vela encendida. Cuando estuvieron frente a ellos, un aire helado indescriptible dominó el ambiente y Chiquito sintió escalofrío. Los seres caminaron aguas abajo y desaparecieron.
Dicho sea de paso, Alfredo Jiménez volvería ya hombre y casado a Pailitas a buscar algo de su pasado, parientes y amigos, pero no encontró ni la roza, ni los aserraderos, ni las personas que vivieron con él. Solo encontró a Diosa Sarmiento, quien había sido madrastra suya, pero estaba unida a un hombre diferente a su padre, por lo cual nuestro personaje nada le preguntó acerca de personas o cosas de los tiempos idos. Hubiera podido ser imprudente.
Curación
Uno no sabría decir qué relación tendrían estos asuntos sobrenaturales en la vida posterior de Alfredo Jiménez. Lo cierto es que, andando los tiempos, en Barrancabermeja, él se casó dos veces. Del primer matrimonio, ya hablaremos. Fue a la segunda mujer, Fabiola Hernández, que él mismo curó de una hemorragia sin tregua. Los médicos del puerto petrolero le habían dicho que no podría tener más hijos y hasta la desahuciaron; le vaticinaban solo dos o tres meses de vida. Un día, al llegar del trabajo de construcción, encontró el baño de la casa convertido en un río de sangre.
—¡¿Qué pasó aquí?! —preguntó a la hija mayor de ella.
—Es mi mamá, que no le para la hemorragia. Está muy mal.
Alfredo fue hasta donde ella se encontraba, la llevó al cuarto y la ayudó a acostarse, tras lo cual, le dijo:
—Yo te curo esa enfermedad… Con la salvedad de que no puedes saber lo que vas a tomar.
Ella aceptó. Él se internó en el monte y consiguió ciertas hierbas, que cocinó para darle de beber en ayunas, la mañana siguiente. Fabiola bebió confiada y, en pocos minutos, comenzó a sudar y a sentir mareos.
—Es normal —la tranquilizó el hombre—. Eso tiene que suceder.
Y como le anticipó, secó la fuente del sangrado y alivió pronto. No obstante lo prometido, ella insistía que le contara qué había tomado esa mañana, pero Alfredo le respondió que no podía decirle, que si le contaba, el remedio no serviría después para otras personas, pues, lo aprendió en la aparición de un anciano, quien le dio la receta para hacer el bien y no el mal.
—Con eso se podría matar a una persona —puntualizó y la mujer no insistió más.
Después de aquello, Fabiola habría de tener tres hijos con Alfredo: María Carlina, Francia Elena y Alfredo.
Habrían de suceder otros hechos que se adivinan extraños. De ellos, el zahorí lector se irá dando cuenta a su debido tiempo.
Matrimonios
Alfredo Jiménez contrajo matrimonio con Laura Castaño, el 27 de enero de 1952. Y lo hizo, a pesar de la oposición de su padrino de confirmación, Vicente Llerena, quien veía en ella una mujer inadecuada para su ahijado. Ella era la viuda de un guitarrista, que se la pasaba cantando y tomando ron. Tras la muerte del merendero, ella consiguió trabajo haciendo papeletas de pólvora, en casa de una señora antioqueña, quien le permitía dormir en su casa, pero en una silla; no en una cama.
Por esos tiempos, Alfredo trabajaba en la finca de una hermana tía de Laura. Debía ocuparse de asuntos de la cocina, traer leña, cuidar animales. Pasó luego a desyerbar potreros con el agua hasta la cintura, en la finca Reyes Hermanos, en compañía de Manuel Castaño, el padre de Laura.
Alfredo iba viendo a esa mujer «tan sufrida», y pensaba que esta condición hacía de ella la adecuada para ser su esposa. Y se fue enamorando de ella. Convenció a don Manuel de que ella fuera hasta el sitio de trabajo y les preparara la alimentación, a pesar de que entre padre e hija había habido hasta entonces una enemistad, causada también por el desacuerdo del viejo a que ella se hubiera unido a ese gandul del que había enviudado.
Vicente Llerena asistió fugazmente al matrimonio. Entregó a los recién casados, como regalo, una cobija y algunos enseres de hogar, pero no se quedó a la fiesta.
Alfredo consiguió trabajo en la construcción de campamentos de la petrolera estatal, en el sector conocido como El Centro. Al terminarlos, consiguió que su patrón lo recomendara con otro contratista para construir muros entre los tanques con ladrillos refractarios importados de Brasil. Corrió con suerte, porque este nuevo contratista no recibía más que a obreros recomendados por conservadores; era primo de monseñor Miguel Ángel Builes. El hoy vendedor de periódicos y revistas del puesto número 17 de Junín, recuerda que un gringo era el que hacía las pruebas de selección de personal, dentro del mismo tanque. «Lo veía a uno trabajar y si él decía: “usted por casa” o algo así como “albañil boñiga’e vaca”, era que no servía; si, en cambio decía: “usté por médico”, ya estaba uno contratado. Ese gringo se ganaba 150 dólares al día; uno, que era el ayudante, 50 pesos al día. ¡Así han sido los gringos toda la vida!»
Por esos tiempos, Alfredo compraba ropa fina para Laura y, por cuotas, una máquina de coser marca Paff. Con la liquidación, Alfredo se fue con ella a Barranquilla, con la intención de radicarse. Quiso entrar primero a su natal Puerto López, a visitar a mamá Beata, y como hacía tantos años que no viajaba por esa carretera, pasaron de largo por la entrada de esa trocha y llegaron hasta Puerto Flores, donde estaba el ferry que pasaba los autos para ir a Fundación, Valledupar, Caracolicito, Riohacha y demás, de modo que debieron devolverse una hora y media de camino. Cuatro días estuvieron en casa de la abuela, en los cuales ella hizo muy pocas cosas diferentes a llorar de alegría por haber vuelto a ver a su muchacho, ya vuelto un hombre.
En Barranquilla se alojaron en casa de la tía Andrea Jiménez y, en breve, Alfredo se ocupó en la construcción. Un domingo, el recién llegado fue a visitar a una hermana de la tía, cuya casa estaba situada al lado de la cafetería Almendra Tropical. Cuando regresó, encontró a Laura enfurecida, con la idea de que él, Alfredo Jiménez Ochoa, había pasado la tarde con la moza. Discutieron. Llegó el lunes y él debió ir a trabajar. Cuando regresó, encontró que ella había empacado sus cosas y se había marchado de regreso a Barrancabermeja.
—Mira, Alfredo, pon cuidado que esa mujer está embarazada. Yo sé por qué te lo digo. Es mejor que te vayas tras ella.
Cuenta que abordó un barco para subir por el Magdalena, ilusionado, pues, su mayor anhelo era «que hubiera un retoño». Llegó al cuarto día, fue de inmediato a buscarla y ella lo recibió contenta.
Él no pensó más en Barranquilla. Más bien, se endeudó y consiguió un terreno y fue construyendo una casa en los días de descanso. Nació Cenit, la mayor de cuatro hijos que tendría con ella.
Un día, una hermana de Laura inquietó a Alfredo con el comentario de que le había sugerido a ella que cosiera ropa ajena en la máquina, pero ella le contestó que no, que ella era blanca y se había casado con un negro para que él le diera todo.
—No es un chisme, Alfredo, escúchelo usted mismo.
Convinieron que al día siguiente, él llegaría más temprano que de costumbre, entraría por la puerta trasera de la casa y, escondido, escucharía lo que decía su esposa. «Y así lo hice. Llegué a la casa y fui directo a ocultarme en un árbol del patio y las mujeres comenzaron a hablar. Esas mismas palabras las escuché de Laura. De modo que, sin decir nada, fui a la pieza y empaqué la ropa en una maleta. Ella escuchó mis ruidos, fue a verme y me preguntó qué hacía. Le contesté que si no recordaba las palabras que había acabado de decir, que por eso me iba. Alquilé una pieza en una residencia y abrí crédito para ella y los hijos en una tienda cercana, para que no les faltara nada. Después de ahí, decepcionado, mi vida no era más que trabajar y tomar trago, ¡sí, tomar trago! ¡todo hay que decirlo!».
No tardó en unirse a Fabiola Hernández, prima hermana de Laura. Esta le diría entonces: «¿Sí ve? Esa es la moza suya, que yo decía».
Capítulo 5
Cuenta el libro del Génesis, que cuando la mujer de Lot salió de Sodoma, volteó a mirar atrás, en contra de lo que le había ordenado uno de los ángeles de Dios, y quedó convertida en estatua de sal.
En cambio, cuando Alfredo Jiménez salió de Barrancabermeja, obligado por las circunstancias, no pensó dos veces, no dejó que su cabeza se enredara en lazos de indecisión, y llegó a Medellín a establecerse, después de más de quince años de haber aquietado sus plantas en ese puerto sobre el Magdalena.
Ya llevaba algún tiempo militando en el Partido Comunista, por invitación de un Juan Waldrón que viera en la cabecera de su cama la fotografía de Jorge Eliécer Gaitán en lugar de crucifijo, y andaba repartiendo el semanario Voz Proletaria. Como parte de su rutina, llegó a un bar donde debía dejar algunos ejemplares, cuando, de repente, un hombre que allí había le pidió que se los enseñara. Alfredo así lo hizo, pero el infatuado personaje le dijo que por qué no se iba para Cuba.
—En Cuba ya hicieron la Revolución —respondió—. Ahora la tenemos que organizar en Colombia.
El otro, ofendido, rompió los periódicos y escupió la cara de su interlocutor. Alfredo se limpió el rostro con un pañuelo y fue a situarse en otro sitio del salón, al lado del secretario del Inspector de Policía, para tratar de evitar problemas. Este dijo a Alfredo:
—¡Eh, hombre! Usté, que no se ha dejado molestar de nadie, ¡aguantarse semejante humillación! ¿No será que el Partido Comunista lo embobó? ¿Se va a quedar con esa?…
—Dejémoslo a ver qué más va a hacer.
El hombre, un gorila inmenso, se puso de pies y fue a buscar al comunista y, sin mediar palabra, tiró de un manotazo los envases de vidrio que había sobre la mesa. Se fueron a golpes. El intolerante tomó una silla y, tal vez creyendo que desde su altura aplastaría a Jiménez, fue a envestirlo con fuerza. Pero no contaba con que este, aunque de apariencia enclenque, estaba protegido por una fuerza misteriosa, indescriptible, que él mismo no puede explicar. ¿Será su abuelo muerto quien lo protege, en gratitud por haberle llevado el ataúd, cuando Alfredo era todavía Chiquito? ¿Será esa sabiduría sobre las cosas de la Naturaleza, aprendida de ancianos de otros tiempos, con la que consigue vencer? Lo cierto es que Jiménez alcanzó a agarrar otra silla e impulsado por una fuerza descomunal atinó a dar su golpe primero que su adversario. Resultado, lo derribó con la frente rota.
Pero el gigante no se dio por vencido. Se levantó y volvió a enfrentar al comunista y logró echársele encima. Inmovilizado, Alfredo parecía vencido. Pero de pronto, le bastó con abrir su boca y con sus dientes calcificados de comer tanto pescado, mordió la tetilla del tipo aquel, quien de inmediato comenzó a gritar para que le quitaran —cosa paradójica— a aquel hombre que tenía debajo.
De pronto, se oyó un disparo. Era el dueño del bar, amigo del Partido, quien hizo un disparo al aire para que las cosas volvieran al orden. Alfredo soltó su presa y, luego de que el tipo se incorporara, se fue a casa.
No bien habían pasado unos minutos, llegó la policía. Alfredo abrió la puerta, no sin antes agarrar una peinilla marca Angelito de 18 pulgadas.
—¡Entren por mí, si son tan guapos! —gritó desde el interior de la vivienda.
No entraron. Y pasaron tres días en los cuales las autoridades buscaban al comunista por todas partes para retenerlo y en los que este se ocultaba de ellas por aquí y por allá, como si jugaran al gato y al ratón, al cabo de los cuales, cansado, este, el ratón, se presentó ante el Inspector, quien, tras escuchar su relato, le ordenó que se fuera a casa.
Pero las cosas no terminaron ahí. El afectado formuló una demanda en su contra y Alfredo fue obligado a pagar una indemnización. Pagó una primera cuota y decidió entonces trasladarse con su Fabiola y los hijos para Medellín. Abordaron el tren de las seis de la mañana, que reptó durante unas trece horas.
En el vientre de ese gusano de lata hubo de pensar en lo vivido a orillas del Río. En Barrancabermeja había llegado a ser importante: se bautizó a los diecisiete años, dejando atrás su nombre de infancia: Chiquito; se casó; tuvo hijos; encontró hombres misteriosos que le enseñaron secretos de la Naturaleza, e ingresó al Partido Comunista. En éste fue respetado, lideró movimientos de protesta, manifestaciones en la fecha de su cumpleaños que coincidía con la Fiesta del Trabajo, organizó homenajes y recibimientos a prohombres del Partido. Pasó por su mente la vez aquella en que con Laura, su primera mujer, fue unos días a Barranquilla y se puso a órdenes de su madre, Francia Ochoa, que lo había dejado desde que él era un bebé. Ella le dijo que no tenía más hijos que el que en ese momento vivía a su lado, a lo que él le respondió: “Madre, yo no tengo la culpa de lo que mi padre le haya hecho” y se despidió de ella para siempre. Recordó los trabajos de construcción en el sector de El Centro, donde vivían los de la petrolera.
En fin, había dejado atrás un pedazo grande de su alma y, sin embargo, no miró atrás ni dijo nada. Y en lo sucesivo de su vida, jamás habría de arrepentirse del éxodo.
Temple
Corría el año de 1961 cuando llegaron a la ciudad. Los recibió una pariente de Fabiola, en su casa de La Milagrosa, y allí estuvieron unos días mientras se trasladaron a una vivienda cercana que tomaron en alquiler.
¿A qué estará apegado este hombre del puesto 17 de Junín? Al orden, al bien común. Pero no a lugares ni personas. En breve se adaptó a la urbe. Y su espíritu cívico lo llevó, cual Quijote, a meterse en entuertos con tal de preservar la tranquilidad en el sector que habitaba, y su espíritu altivo, a hacerse respetar de cualquier badulaque.
Fue así como, tomándose unos tragos con hombres de su barrio, El Salvador, alguien percibió, por su acento, que era costeño y preguntó que si los varones del litoral convivían con burras, no con mujeres, a lo cual el recién llegado contestó que a veces, los muchachos, por travesura, tenían esas relaciones con esos animales, pero nada más, del mismo modo que los chicos son traviesos en todas partes. Uno de sus contertulios, no conforme con la respuesta, injurió a Alfredo, lo ofendió con obscenidades y este, en sus tragos, le propinó un puñetazo que fue a dar con el otro por el suelo. Los demás sacaron cuchillos para respaldar al impertinente y, uno de ellos, lanzó al comunista un navajazo que le atravesó el hígado. La sangre corría a borbotones. Dejando un hilo rojo por aceras y calles, Jiménez acudió a un amigo para que lo llevara a una clínica.
Despertó a los tres días, cuando ya le habían practicado una intervención quirúrgica. Según los médicos, se recuperaría. Le dieron de alta y Alfredo, el indomable, aprovechó para volver a su trabajo de constructor. Había prometido a una mujer que vaciaría una losa en su casa y la tenía perjudicada con la espera.
Fabiola y el PC
Fabiola, su mujer, nunca había vivido contenta con la militancia de Alfredo en el Partido Comunista. Y fue en Medellín que vino a expresar su incomodidad por las reuniones en la sede de Maturín entre El Palo y la Avenida Oriental, y las tareas que debía cumplir su esposo para la Organización, que cumplía con obediencia y sin escatimar tiempo ni recursos. Seguramente se sintió segunda en importancia para ese hombre, desplazada en afectos y atenciones. Una vez tuvieron una discusión fuerte en plena calle y lo hizo detener por la policía. Él pagó cinco días de cárcel en La Ladera. Cuando salió, en el Partido se enteraron de lo sucedido y procedieron a nombrar una comisión para que conversara con ella. El propósito: enterarse, por su propia boca, cómo era el comportamiento de ese miembro del Organismo, que debía siempre ser ejemplar, coherente con sus ideas. Y encontraron que él le daba gusto en lo que podía y la trataba amablemente, pero en lo único que no transigía era que ella le atacara el Partido.
Siguió atendiendo sus funciones en este. Debido a su radicalismo, Alfredo solía ser nombrado portero en los festivales que programaban con el objeto de recaudar fondos para el sostenimiento de la sede y la impresión de la propaganda. “Vengo de Bogotá —le decían, por ejemplo— y no tengo con qué pagar”. “Si ahora viniera mi mamá —respondía el hombre— y no tuviera con qué pagar… yo firmaría el vale”.
En cuanto a Fabiola, digamos que las directivas del Partido le ordenaron a Alfredo que escogiera entre este y ella, y él optó por el Partido.
La gringa
Cumpliendo su tarea dominical de vender el semanario en el Parque de Bolívar, Alfredo conoció a Susam Fryban, una norteamericana de ideas izquierdosas, que sabía hablar en siete idiomas y que acudía puntual a buscar la publicación. Hablaban. Ella le decía que él era una buena persona para el pueblo por estar llevándole ideas liberadoras. Se fueron encariñando y cuando menos pensaron estaban saliendo, pasando días de campo juntos en arroyos de La Ceja o Rionegro, o metiéndose en una sala de cine. Se fueron a vivir juntos y a un hijo que tuvieron, ella propuso que lo llamaran Jorge Eliécer, como ese gran hombre al que admiraban. Compartían las labores del hogar. Él le enseñó a cocinar y los domingos, mientras la gringa tomaba la escoba, él agarraba la trapera.
A los dos años, ella propuso que fueran a vivir a Estados Unidos. Con una buena recomendación en su arte de obra blanca de albañilería expedida por un señor influyente, Alfredo tramitó la visa, pero por más que el padre y el hermano de ella, jubilado y aviador de la Fuerza Aérea del país del norte, respectivamente, intercedieran para que en la Embajada expidieran el documento, no fue posible. El nombre de Alfredo Jiménez Ochoa estaba registrado como miembro del Partido Comunista Colombiano.
La gringa se fue con el niño, de todos modos, con la promesa de que volvería. Se escribieron diez largos años, hasta que Alfredo no aguantó más y le dijo en una carta, en su cotidiano tono estricto: “Decida, pues: ¿se queda o se vuelve como acordamos?” Desde entonces no hubo más cartas. Nunca más supo de ella ni de Jorge Eliécer.
Entre tanto, Fabiola apareció en la sede del Partido con el cuento de que quería ingresar y hasta compró libros de Marx, Engels, Lenin y demás, para estudiar, pero con el tiempo se dieron cuenta de que lo que hacía era acercarse a Alfredo, pues, nada sabía de comunismo y los libros permanecían arrumados y empolvados en un rincón de la casa. Poco tiempo después, ella murió.
Capítulo 6
En la época en que estuve con la gringa, en el Partido Comunista me nombraron para una tarea: dirigir la construcción de la casa de uno de sus fundadores, un hombre de apellido Bolívar. El Partido me pondría los materiales y yo la dirección y la obra de mano.
Era en el Barrio Popular, donde ya llevábamos adelante esa invasión. Una invasión es una cosa difícil, porque nosotros luchábamos la tierra y luego la preparábamos para la construcción, levantábamos los ranchos y si a las autoridades les daba por llegar y tumbarlos, debíamos aguantarnos y volver a empezar.
El terreno del señor Bolívar estaba situado a una cuadra del lugar hasta el cual no podía entrar la volqueta de los materiales, de modo que había que arrimarlos al hombro. Ningún otro miembro de la Organización podía ayudarme porque, según argumentaban, no les quedaba tiempo.
Pero sucedió que Jiménez, o sea, quien le habla, llegó una tarde a la sede del Partido y encontró a varios de ellos… ¡jugando ajedrez! Fue tanto el enojo que les botó las fichas por el suelo y volteó los tableros de juego. El compañero Jiménez no supo de sí.
Despertó a los tres días, en el Hospital Mental. Creían que el problema era de la cabeza, pero no, el problema nunca ha sido de la cabeza, sino de fiebres y dolor de estómago. Bueno, pues, un enfermero, para intentar controlarlo, le apretó con fuerza la garganta y hasta le dañó la voz. Como habíamos dicho, no creo que sea necesario repetirlo, el compañero Jiménez tenía una voz bonita y a la gente le gustaba oírlo cantar música alegre de la costa, pero hasta ahí llegó. Apenas por estos días es que ha notado que ha venido como a mejorarle un poquito. Estuvo quince días allá, recluido. Salió. Entre tanto, el Partido había nombrado una comisión que se encargara de hablar con la americana para convencerla de que se fuera y lo dejara. Fue por eso que ella decidió irse y se fue. Ella les dijo que lo quería. Claro que esa noticia la supo mucho tiempo después, al año de que la embarcara en un avión para verla irse. El compañero Jiménez aceptó la situación. Siempre acostumbra recibir las cosas como vienen, lo malo con lo bueno, ponerles más cabeza que corazón y seguir andando.
Recluso
Por ejemplo, varias veces han tomado preso al compañero Jiménez, y siempre ha tomado las cosas con la misma tranquilidad con la que hoy aquí estamos conversando.
Una vez, en Barrio Antioquia, en compañía de unos cuatro compañeros comunistas, por estar pintando consignas en las paredes. En ese tiempo era con brocha, no con aerosol. A ellos los ultrajaron pero al que le habla no lo trataron mal. A pesar de que tenía en el pecho un botón con la cara de Lenin. Antes le decían que le lucía. A los tres días estuvieron libres y los comentarios de los otros se referían a eso del trato y se extrañaban de que hubiera sido tan distinto.
Otra vez fue en 1975, en el mandato de Alfonso López, cuando llevaron otra vez a Jiménez a la cárcel, esta vez por un año y no por motivos políticos. Lo sindicaban de haber matado a uno estando borracho, a media noche, en el bar Alhambra, que nunca conoció, porque cuando quería tomarse los tragos, el compañero Jiménez siempre se quedaba en el Córdoba, un bar que quedaba cerca al Perro Negro, en ese mismo sector de Cisneros. La que lo acusaba era una señora que trataba de salvar a su marido de la cárcel, ya que él era el verdadero asesino. Y las autoridades fueron descubriendo el caso por las contradicciones de ella con relación a la ropa que Jiménez llevaba puesta. En la primera declaración dijo que vestía una camisa blanca y un pantalón azul. En la segunda, la cambió. Además, una vez que llegó el citador a Bellavista, dijo que la dirección de residencia que había dado Jiménez no existía en Medellín. Con su poca forma de escribir, el detenido le escribió una carta al Juez, en la que le dijo que si esa dirección no existía, cómo era que llegaban las cartas de la mujer gringa, la madre de su hijo. Amigos de tragos le ofrecían a este comunista matar a la mujer esa por la cual había pagado un año de cárcel injustamente, pero él les decía que no, que la dejaran en paz. Y la Naturaleza sola sabe cómo hace sus cosas, cómo premia y cómo castiga. Cómo le parece que el mismo señor que ella protegió la mató después.
Otra vez, ya como en el ochenta, fue que metieron preso al compañero Jiménez porque lideró un mitin en la Gobernación, para protestar por la persecución de las autoridades contra un muchacho de la Universidad, a quien querían matar. Jiménez elaboró el material solicitando respondieran por su vida. Cuando respondieron, se levantó la protesta. Siempre se lo llevaron para el calabozo, pero a los tres días ya estaba otra vez en el puesto de prensa.
Después fue que vinieron tres hombres del F-2 al puesto de prensa. Era como un sábado a las siete de la noche. Se llevaron al compañero Jiménez, quien le habla, y lo montaron en un carro y lo pusieron a dar vueltas por Belén.
Preguntaban que cómo se llamaban los compañeros del mitin y dónde quedaban sus casas. Jiménez decía que él no sabía. Entonces, que cómo hacía para llamarlos. Ah, pues, les decimos compañeros o compañeras.
Jiménez llevaba con él unas boletas de rifas y dieciocho ejemplares de Voz. En cuanto a eso, preguntaron: para quién es la plata de la rifa, ¿para la guerrilla? No, es para pagar los quehaceres de los que trabajan en la sede del Partido. Sus sueldos. Y para pagar arriendo, luz, agua… y para los boletines de propaganda y para denunciar las anomalías que cometen el gobierno y los patrones contra los trabajadores… En fin, ya pasadas unas horas de andar en ese carro, embarcaron a una señora, que también hizo esas preguntas. Dije que el Partido Comunista luchaba por la clase media productiva. Incluso defendía el salario de trabajadores del Estado como ellos. Ella dijo: “Si es así, nosotros también deberíamos hacer parte del Partido Comunista”. El compañero Jiménez dijo entonces: “Quien está en contra del Partido Comunista está en contra de sus propios derechos”.
Lo largaron el lunes. Fue que mandaron a una comandante del F-2 para que hiciera otra vez las mismas preguntas y después dijo: “No veo motivo para la detención. Entréguenle las cosas, las boletas, los periódicos, el bolso, el carné del Partido; todo. Y que se vaya”. Y salí.
No fueron las únicas veces en que este compañero estuvo detenido. En total, fueron nueve. Otra vez lo metieron a la cárcel cinco días inconmutables, por estar poniendo consignas en contra de la elección de Lleras Restrepo. Ah, esta vez fue antes que la anterior. Los recuerda porque se mantuvo con el desayuno que recibió el primer día. Después, nada más. Con decir que la última noche ya no podía dormir. Estaba débil y desesperado. Cuando soltaron al compañero, caminó como pudo, borracho, casi sin ver, desde la Estación hasta Zea con Cúcuta, donde Fedeta tenía la sede. Fueron recuperándolo con calditos y alimentico suave, para volver a coger aliento. Fue tan difícil, que el Partido trató de prohibir que participara más en manifestaciones.
Solo
En cuanto a delincuencia, ya esto está muy saneado. Recuerdo que el que le habla vivía en Maturín con Niquitao, por la Pajarera, cerca del Asilo, hace como diecinueve años. Había una familia Corrales que era el azote del vecindario; unos matones. Eran unos hombres, el Ñato le decían a uno de ellos, que vivían con la mamá, una vieja alcahueta y una hermana prostituta o trabajadora sexual. Cobraban peaje por pasar por su casa, fuera de día o de noche. Yo pensaba que un día que tocaran con este compañero, ¡sabrían! Recuerdo que un señor que se salió del DAS fue a vivir a ese mismo callejón. Este hombre le dijo al Ñato que entrara en la habitación de Alfredo y le robara las cosas.
Lo hizo.
Por consideración a la madre del Ñato, no hice más que hacerles firmar un documento en el que se comprometieran a pagarlas. Pasaron días, meses, y nada que pagaban.
Una madrugada, el exagente del DAS subió a una losa encima de un restaurante y se escondió a esperar que Jiménez pasara para matarlo.
No sé qué pasó, pero lo cierto es que la dueña del restaurante dijo después que el hombre había bajado corriendo, asustado, y le contó que cuando fue a matarlo, lo vio rodeado de una cantidad de gente, que no se atrevió a hacer nada y que no pudo soportar un frío y hasta tenía que irse a acostar. Sabiendo que siempre camino solo. No me gusta andar acompañado. Incluso cuando camino por el centro, me siento más tranquilo andando solo.
Bueno, como a los días, uno de los Corrales se emborrachó y fue a atropellar la puerta de mi habitación. No le dije nada, pero al otro día, domingo, le reclamé. Él respondió: “¡apenas para darle machete todo el que se trague!”. Le dije: “¡traiga el machete!” Como yo era constructor, tenía un codal de abarco. Salí con él a la calle y también llegó el hombre. Tiró el viaje y pronto le tumbé el machete. “¡Recójalo! Que no me gusta atacar al desarmado”. Salió corriendo para la casa, llamó a todo el mundo y de ella salieron su mamá, su abuela y otros tres, cada uno armado de barbera o cuchillo. Rápidamente me percaté de una tienda que había al frente, y la dueña, al ver el problema, me tiró un machete, pero yo, por cuidarme del hombre del machete, no vi al del cuchillo y a última hora le metí el brazo. Me lo encalambró y quedé sin codal. Aquí tengo la marca. Entré en una carpintería. El dueño trató de impedírmelo, pero yo lo empujé contra el muro. Cogí un palito y volví a la puerta, al encuentro de los perseguidores. Le arrojé el palito a los ojos a uno de ellos y brinqué afuera. Ellos corrieron y se encerraron en su casa. Al poco rato llegaron policías en dos motocicletas y una patrulla. El comandante se acercó a mí, que estaba acompañado de Rosita, la dueña de la tienda, quien los había llamado. “Dónde está la gente que lo atacó”, preguntó. “Ahí, encerrada, comandante”. “Y usté, ¡con ese palito! ¡A nosotros nos da miedo y usté con ese palito! Vámonos. No tenemos orden de arresto contra ellos. Y usté, váyase para la clínica a que lo curen”. Entré en mi vivienda, estanqué la sangre y comenzaron a surgir runrunes de que me harían ir de allí.
Y otra vez la Naturaleza: a los días, aparecieron dos de ellos muertos en la acera. Después, al otro, como a tantos les debía, le dijeron “¡abra la boca!” y le metieron un balazo, pero nada le pasó. Ese vino a morir a los días, cuando unos ricos le hicieron meter dieciocho tiros en el Cementerio San Lorenzo porque había violado a una niña. “Se embarcaron en el carro que no era”, se oía decir.
Seguían los runrunes de que a ese Alfredo Jiménez lo iban a hacer ir de allí. Por mi parte, yo seguía pasando sin pagar peaje a la hora que fuera. Fui a los juzgados de La Alpujarra por una orden de captura para los que quedaban. En esos días comencé a pintar la chaza de verde y blanco y cuando regresaba de la ferretería, encontré a uno de ellos que montaba en bicicleta. “¡Párese, que lo voy a entregar a las autoridades ya mismo!”, le grité. En esas llegó un agente motorizado. Lo tiró como un bulto en el carro y se fue. Di la vuelta y llegué primero a la Estación. El comandante me dijo: “bien, venga el lunes para que conversemos”. “No tengo nada que conversar con usté. Ya se los entregué, ya ustedes verán qué hacen con él”. Hay que decir que Jiménez, quien le habla, nunca volvió a toparse con ese tipo. Y se compuso Niquitao.
Capítulo 7
I
—¡Jiménez es comunista, pero muy buena persona! —fue la recomendación que dio de Alfredo un coronel retirado de la Policía, José Bohórquez, que vive en uno de los edificios de Junín, cerca de la esquina de Pichincha, a los demás habitantes de la cuadra. Estaba enterado de cómo el compañero, desde la hora misma en que llegó a Junín a establecerse con sus ventas, en 1986, hacía lo que estuviera a su alcance para mantener la cuadra libre de malechores.
Y la recomendación no se quedó en palabras. Hace años que Alfredo maneja las llaves de las puertas del edificio donde vive el ex policía, y debe abrirlas temprano para que los inquilinos puedan salir a trabajar o estudiar. Y en ocasiones, le han encomendado cuidar esos apartamentos cuando los dueños se van de vacaciones.
Pero, en detalle, ¿qué motivaba esa recomendación, esa confianza, al excoronel Bohórquez?
Hay que decir que ambas se han ido generando paso a paso, con las hazañas del vendedor de periódicos, que han tenido, por cierto, hasta el respaldo de los policías del Centro de Atención Inmediata, CAI, como el que funcionaba en la Plazuela Uribe Uribe. Veamos.
Pandilla
“Sabemos que usted es un negro verraco —le dijo un día el comandante de ese CAI—. Ayúdenos a acabar con una cuadrilla de ladrones que opera en Maturín”. Y Alfredo, ni corto ni perezoso. Tan amigo del orden que ha sido. Días después vio que los bandidos le robaron del cuello una cadena a un hombre y salieron huyendo. Sin pensar, Alfredo corrió tras ellos y, a su vez, tras él, los policías. Le dieron alcance al pillo. “¡Ese es el ladrón!”, gritó el comunista y lo mataron.
Y era común que Jiménez hiciera respetar la cuadra. A unos bandidos los entregaba al CAI, a otros, por lo menos, conseguía ahuyentarlos.
Han sido 19 años muy intensos en Junín, en esa cuadra entre Pichincha y Maturín. Otra vez, un sábado, fue que otros ladrones robaron, casi frente a él, el reloj a una chica que se apeó de un bus. Y como de costumbre, Alfredo lo persiguió y enfrentó, y luego lo entregó a los policías de la esquina. La joven no formuló denuncia y al tipo lo dejaron libre en breve. Al lunes siguiente, uno de los bandidos se arrimó subrepticiamente y le clavó un puñal por la espalda a nuestro héroe. Él, herido como estaba, tomó el pedazo de riel con el que pisaba la prensa para defenderla del viento, y fue tras el sujeto a darle su merecido. Un celador callejero se atravesó en el camino del otro ladrón, de modo que tomaron a ambos. Llegaron con ellos al CAI y el comandante de éste hizo que Jiménez abordara un auto para que lo llevaran a la clínica. La sangre estancó en minutos. “Déjenme ir ya, que no siento nada”. No lo podemos dejar ir —le respondieron médicos y enfermeras—. Necesitamos que orine a ver”. Alfredo accedió, pero su orina era amarilla, como si nada. “¿Usted qué almorzó, señor?”, le preguntaron. “Un mango”. Le cosieron la herida y salió. Al día siguiente, fue a la Inspección a preguntar por el tipo, pero ¡vea qué sorpresa!: ya lo habían soltado.
Pocos días pasaron hasta que el hermano del cuchillero ese llegó al puesto de venta de periódicos a decirle que por culpa suya, lo buscaban para matarlo. “¡Culpa mía! —recuerda Alfredo que exclamó—. No soy yo. ¡Son las autoridades competentes las que tienen que controlar los actos de los bandidos!”. El otro se acaloró y empuñó su cuchillo contra el comunista, pero con tan mal tino, que este alcanzó a tomarle el brazo con su mano, írsele encima, inmovilizarlo, derribarlo, quitarle el arma, levantarlo y… entregarlo al CAI. Sin embargo, aquí no termina esta hazaña: a los días, “me llamaron a declarar ante el Juez. La señora madre del delincuente pagaba un abogado. Querían que yo les pagara una indemnización. Pero la justicia fue justa entonces. Después de unas semanas el Juez falló. Le dijo a la otra parte: “No vuelvan por el puesto del Alfredo Jiménez, más bien”. Y Caso cerrado.
En carne propia
De modo, pues, que la confianza del excoronel estaba fundada en estos actos. Y detrás de la confianza, se fue tejiendo entre ellos la amistad.
«Ha sido el excoronel quien más se ha preocupado por mí cuando en esos incidentes me han herido con armas de fuego. En el último, mandó a una persona a la clínica para que me preguntara qué necesitaba», reconoce Jiménez.
Hasta una vez fue que el exoficial comprobó su lealtad y solidaridad en carne propia. Una vez, este fue víctima del robo de una camioneta costosa y nueva. Había formulado la denuncia, por supuesto, pero, a pesar de que habían pasado quince días, nada se sabía del auto. Y vean cómo son las cosas: mientras conversaba con el expolicía, parados uno frente al otro al pie de la chaza de periódicos, Alfredo Jiménez vio pasar el dichoso automotor por pleno Junín y detenerse, en medio de una fila de autos, por orden de la luz roja del semáforo que controla el cruce de Pichincha. El excoronel Bohórquez se disponía a dejar a su amigo para dirigir escasos veinte pasos hasta un negocio de pollo asado, por entonces de su propiedad. Alfredo lo tomó del brazo y exclamó: “¡Ayúdeme!”. Y salió corriendo hasta el auto, llegó a la ventanilla del conductor y lo agarró del brazo que descansaba en ella. José llegó por el otro lado. Fue entonces cuando Alfredo se percató de que adentro viajaban tres chicas y dos hombres, porque ellas comenzaron a lanzar alaridos: “¡Suéltelo, señor, suéltelo!” Llegaron algunos agentes de policía y el excoronel Bohórquez se apresuró a identificarse y explicar la situación. Los detuvieron y medio día después, cuando la tarde dejaba de ser, regresó el excoronel conduciendo su coche.
José Bohórquez le agradeció la acción. Alfredo le dijo: “yo a usted le tengo aprecio por el buen trato que, como patrón, les da a sus trabajadores. Y sepa que si yo tengo que dar la vida por usted, ¡la doy! Le agradezco a nombre de la clase obrera y el Partido Comunista lo que ha hecho. Y lo que ha hecho por mí. ¡Lo que no hizo mi padre…!”.
II
Por su parte, el excoronel José Bohórquez cree que Alfredo Jiménez, el comunista, el defensor de los trabajadores, el afanado por mantener el orden y la seguridad para los peatones de Junín, entre Pichincha y Maturín, en “el fondo es de derecha como yo”.
Arrellanado en un mullido sillón de la sala de su apartamento encaramado en el tercer piso de un edificio gris, cuya entrada está situada casi al frente del puesto de prensa marcado con el número 17, ignorando a fuerza de costumbre una algarabía de babel que llega desde la calle formada por los pregones desacompasados de venteros ambulantes de abalorios, el coronel José Bohórquez sustenta esa opinión con el argumento de que esas mismas características mencionadas del compañero Jiménez, son el reflejo de que este tiene un concepto igual al suyo de orden, seguridad y temple, acompañado por un sentido inexorable de justicia, que, por supuesto, también tiene que ser el mismo. Así lo explica y pasa sus palabras con jugo de naranja.
«Conozco a Alfredo desde hace tiempos. Y creo que es una persona llena de principios».
Y contó que él llegó de Cali. Y que durante su vida activa al servicio de la policía —y a pesar de esto— tuvo una forma de controlar las marchas de protesta de los estudiantes de una manera concertada. Alimentando el sentimiento de paz entre los manifestantes, caminaba en medio de ellos, desarmado, por las calles y los inconformes terminaban por quererlo.
No se sabe si él conocería ejemplos o sabría detalles, pero sabía de la paz con que ha controlado Alfredo las manifestaciones sindicales que ha dirigido. No se sabe si él conoce, por ejemplo, la historia de una protesta de la que nuestro comunista fue nombrado responsable. Sucedió que marchaban por la Avenida Oriental, doblaron por La Playa y al llegar a la esquina de Junín, frente al Edificio Coltejer, unos agentes de policía que los seguían, intentaron arremeter contra los manifestantes y éstos, también contra ellos. Cuando el compañero Jiménez se dio cuenta de esto, fue a buscar al Comandante para decirle: “¡No intervenga! ¡Déjeme a mí arreglar esto!”. El oficial le respondió: “Negro, si usted es capaz, ¡hágalo!”.
Alzó la mano derecha y con voz potente, les dijo: “¡Compañeros! No quiero problemas con los señores agentes. Estos no son los culpables. ¡Demostremos que somos capaces de realizar nuestras denuncias con cultura!”. Siguieron en calma hasta que frente a un teatro que había en la avenida Primero de Mayo, uno de los policías arremetió contra Jiménez, pero este, fácilmente, se lo impidió. Cuando llegaron a la Avenida de Greiff, el comunista gritó: “¡Hasta aquí llegamos, compañeros!”. Y se disolvió la marcha. Era que él se había enterado de que algunos oportunistas que decían ser valientes, pero que en realidad tiraban la piedra y escondían la mano, como suele decirse, se habían colado en el desfile.
(Sépanlo: el comandante que dirigió a aquellos agentes fue el mismo que, andando los tiempos y al mando del CAI de la Plazuela Uribe Uribe, habría de solicitar a Jiménez que le ayudara a acabar con una pandilla de asaltantes.)
Pero a juzgar por la forma como el excoronel Bohórquez conoce al compañero Jiménez, y lo aprecia, nada raro que sí sepa todo esto.
Capítulo 8
No digamos que la misteriosa aparición del anciano en una de las calles de Medellín, en la que dijo a Alfredo Jiménez cosas reveladoras, haya partido en dos la historia de este comunista. No. Porque, como puede haberse observado a lo largo de la lectura de su intensa vida, esta ha estado siempre tan cargada de hechos fundamentales; hechos de los que en cualquier historia uno termina por calificar con esa trillada expresión.
¿Cómo olvidar que, a los quince años de edad, Jiménez huyó del lado de su padre en Pailitas, ascendió por el río Magdalena, para establecerse en Barrancabermeja? ¿Que decidió bautizarse como Alfredo…, Alfredo Jiménez Ochoa, cuando era casi un hombre, ya radicado en el puerto petrolero, para acabar de una vez por todas con ese remoquete que hacía de nombre, Chiquito? También habría de decirse que el traslado a Medellín había partido en dos la vida de Alfredo. Y qué decir de la aparición de las Ánimas del Purgatorio, invocadas por un viejo agricultor amigo suyo en tiempos remotos…
Revelación
Como si hubiera sido hace cosa de un mes, Alfredo Jiménez recuerda la escena del anciano. Fue hace unos quince años. El día y la fecha sí han logrado difuminarse, ¡cosa extraña!, en el libro de recuerdos de este Funes Memorioso, aunque está convencido de que era algo así como noviembre o diciembre. “Solo sé que eran como las cinco de la tarde. Iba a entregar unos ejemplares de Voz a una cafetería de Palacé, cerca del templo de La Candelaria, situada al frente de otra muy famosa de nombre La Sorpresa”, cuenta, suspendiendo su relato para atender al proveedor de El Heraldo, que casi sin mediar palabras y sin apearse de su Lambretta, entrega varios periódicos del día y recibe los que han quedado de los anteriores.
Era un anciano de aspecto humilde, tez morena, más bien rollizo y de baja estatura, se detuvo para preguntarle en tono decente: “¿Usté en qué fecha nació?”.
«Se me vino a la mente, no sé por qué, que ese viejecito tenía respuestas que yo había buscado siempre. De modo que, sin esperar insistencia, le contesté: “Primero de mayo de 1930″. “¡Apure que tenemos que hablar!”. Salí detrás de él y nos metimos en el primer bar que vimos, él pidió café y yo un vaso de agua».
El viejecito no se presentó. Habló de una vez: “¿No es cierto que usté tuvo una decepción muy grande, en un diciembre, cuando era niño?”. “Sí”, le confirmó Alfredo. Se trataba de la última paliza que recibiera de su padre, en 1944, cuando tenía catorce años, a decir verdad, sin motivo, puesto que lo único que hacía el pobre muchacho era trabajar en la roza que les daba la comida y en el monte, en la explotación de maderas que su papá tenía en Pailitas, y administrar el negocio, atender trabajadores y guardarle cuentas y dinero al viejo, mientras este andaba de juerga en Barranquilla dos o tres meses. Como era un muchacho orgulloso, ni en esa paliza ni en ninguna otra le dio el placer de verlo verter una lágrima. Pero las marcas iban quedando en su alma, al punto que todavía en esos tiempos del misterioso encuentro con el anciano, lo hacían llorar en soledad, especialmente cuando llegaba el último mes del año.
“¿Y sufrió otra decepción en diciembre de 1959?”. También. El desconocido se refería a la triste escena en que Alfredo, hecho un hombre y por entonces al lado de su primera mujer, Laura, fue a Barranquilla a saludar a su madre, Francia Ochoa, quien lo había abandonado cuando él era apenas un bebé. Quería ponerse a sus órdenes. Ella le contestó que no, que ella no tenía más hijos que el que en ese momento vivía a su lado y Alfredo no tuvo más que hacer que alejarse de ella para siempre.
“Usté no tiene nada que ver con esas culpas —señaló el anciano, entre sorbos lentos de café negro—. La culpa es de ellos. Haga de cuenta que esas personas no existen. A usté le dicen loco y hasta lo han llevado al Hospital Mental. Pues no, lo que pasa es que usté nació enfermo del hígado y sus padres nunca lo hicieron ver de un médico y mucho menos lo sometieron a un tratamiento. Lo que va a hacer es tomarse un purgante cada año, de por vida. Yo sé que usté toma limón y le aprovecha; pero le afecta el corazón”. Para su asombro, todo era cierto. Además, había días en que, en ayunas, Alfredo lavaba sus dientes y tomaba tres tragos de esa juagadura y también con ese remedio sentía mejoría, su estómago no se aflojaba y la fiebre le bajaba. Dos veces complicó y, en vista de que afectaba su comportamiento, ofuscándolo, enardeciéndolo, lo llevaron al Mental y por más que se esforzaba por explicarle a los médicos que lo suyo no era de la mente, sino que le dolía el estómago, no le hacían caso y hasta lo sometieron a choques eléctricos. Fue entonces cuando, desesperado, escribió una carta a un primo suyo, Epifanio Padilla, que vivía en San Luis, en una boca del río Cesar, para averiguar si de pronto él sabía qué diablos le sucedía, qué enfermedad congénita tal vez podría estar padeciendo. Pero fue en vano. La carta no llegó al pariente, pues, Alfredo la envió por el correo de Avianca y este se la devolvió a los días explicándole que la debía mandar por correo nacional. Esperó más bien. Y de pronto, se encontró con el anciano aquél que ahora tenía enfrente. Esa, la de su enfermedad, era la principal respuesta que sintió encontrar cuando el viejo irrumpió en su vida preguntándole sin más ni más la fecha de su nacimiento.
Continuó el viejo: “Usté lo que sufre es una enfermedad que se llama rebeldía sentimentalista. Si alguien le hace un motivo, usté lo golpea y cuando usté le pega, usté sufre; si no le pega, también sufre. Vea lo que usté tiene que hacer: cuando lo hagan enfadar, déle un golpe a otra cosa; no a la persona. Pero golpee algo, porque si no, usté se enferma, se le va acumulando esa energía. ¿Qué usté es loco? No, usté nació fuerte y con inteligencia, pero cuidado, porque tiene una masa encefálica débil. Deje el trago. No se preocupe por nada. Deje que el mundo se venga encima. Ah, otra cosa: no necesita leer demasiado porque usté saca conclusiones más rápido que los grandes intelectuales. Cuando usté dice algo, así es. Dice, por ejemplo, me va a suceder una cosa y le sucede. Hágame caso. Consiga sal epsom en la farmacia. Ponga un pedazo de panela a desleír en una tasa de agua en la noche, le echa una cucharada de esta sal y, al día siguiente por la mañana, tómesela. Una vez al año. Le dará un poco de diarrea, pero nunca volverá a sufrir con su rebeldía sentimentalista”.
Le dijo más. Le dio un número para jugarlo en chance y la fecha en que debe jugarlo.
Desde entonces, Alfredo Jiménez no volvió a sufrir de ningún mal. No volvió a llorar en soledad por las palizas que de niño le propinaba su padre ni por la negación de su madre. Aprendió a ver en los otros a sus parientes, a vivir para servirle a todo el que puede y para hacer de su sector el más seguro.
Y en cuanto al chance: Hace cuatro meses, una agencia le robó el premio, como a algunos otros ganadores, negando la autenticidad del papel de juego y “precisamente, el sábado anterior perdí dos millones de pesos, porque no tuve plata con qué jugar mi numerito”.
Hace diecinueve años, pocos años antes del encuentro misterioso con el anciano en Palacé aunque coincidencialmente también a eso de las cinco de la tarde, cuando aún vendía frutas en el otro lado de Junín, intentaron matarme. Un tipo me pidió cualquier fruta de treinta centavos. No, solo hay de setenta y ochenta, le dije.
“Este hijueputa no está bueno sino pa pegarle un tiro”, y metió una mano en un bolso.
¡Espere! Cuando, ¡pun!, un disparo al pie del corazón. Yo me estremecí. Al disparar por segunda vez, el revólver no dio fuego y el cobarde trató de huir, pero yo le atravesé un pie y cayó al suelo. El desorden fue total. La gente corría, gritaba, se arremolinaba alrededor, como ocurre en estos caso. Me le fui encima, le quité el arma y le di una patada en el trasero, lo dejé libre y le dije que no volviera más por aquí. Se fue.
Boté mucha sangre. No tenía dolor. La gente me decía que fuera a la clínica y me decían nosotros lo llevamos. Yo les decía, yo no tengo nada, no quiero que me molesten.
De pronto, una persona se apareció con un documento del Partido Comunista en el que me ordenaban ir al médico. La camisa empapada de rojo. Acepté ir al San Vicente de Paúl. Allá me tomaron una radiografía y ¡no había bala ni orificio de salida! El doctor no dejaba de decir que era una cosa muy rara. Regresé al negocio antes de las nueve. A los meses, le vendí el revólver a un finquero.
Fuerzas de flaquezas
Han querido matarme varias veces. Otra vez porque alguien que me preguntó la hora, no escuchó o no quiso escuchar lo que le dije. Eran como las diez de la mañana. Cuando disparó, hice mi cuerpo para un lado, pero dejé el brazo derecho extendido y el balazo me lo atravesó de lado a lado. El revólver no dio más fuego. Me le fui encima, agarré al bandido por la camisa pero me quedé con los pedazos. Corrí tras él hasta el Parque de Berrío, donde logró perderse. Volví al trabajo y procedí a sacar la sangre negra y la pólvora que tenía en el brazo. No encontré la bala en el suelo. Seguí trabajando tranquilo.
Y hace unos tres años apenas, venía caminando despacio, cuando un hombre que iba con su esposa, tropezó conmigo. Le reclamé. Dijo que yo caminaba como un mico y cuando me dio la espalda, vi que salió caminando igual, con las piernas abiertas. Entró con ella al asadero de pollos que por entonces era de mi excoronel Bohórquez.
Cuando uno pisa a alguien, le dije, le da excusas. Me contestó: qué excusas, si usté tiene cara de mico.
Fue a golpearme. La señora le recibió unos libros. Me partió el labio. Siguió tirándome, pero sin alcanzarme. Con sus movimientos me di cuenta de algo que confirmaría después: era un boxeador —además de abogado—. Le saqué el cuerpo. Me metí a un almacén contiguo al restaurante. “¡Sal y pelea como un hombre, marica!”, me gritaba. Salí, lo agarré con el brazo izquierdo por la nuca, le pude dar un puñetazo en la boca del estómago. Él se sintió apretado con esa llave, pero consiguió ponerme la mano en la barbilla y empujar con fuerza. Me iba a desnucar. Casi vencido, hice un último esfuerzo y le agarré un dedo con la boca y lo mordí con todas mis fuerzas… y se lo moché. Lo escupí al lado de una carretilla. Lo solté, él gritaba, fui al lavamanos del restaurante de mi amigo a enjuagarme la boca que me sabía a sangre.
Capítulo 9
—Bueno, ya me decidí a contar mi historia.
Fue lo que me dijo, con la solemnidad que es natural en su hablar, Alfredo Jiménez, el comunista, una tarde de septiembre, cuando arrimé a su kiosco de Junín marcado con el número 17, a saludarlo, lo cual ya se había vuelto costumbre, y a comprarle un ejemplar del semanario Voz y un libro. Más que todo literatura de izquierda es lo que vende allí. Qué hacer, El Capital; Salario, precio y ganancia; La masacre en las bananeras, son algunos de los libros que se ven colgando del techo, protegidos del polvo y los estragos del tiempo con plástico transparente. Detrás de estos ejemplares que muestran sus carátulas y de ediciones de crucigramas gigantes, hay arrumes de libros de los cuales no se ve más que los lomos.
Veníamos haciéndonos amigos desde varios meses antes, luego de haberlo mirado con curiosidad durante años y años, de haber arrimado mil veces a su puesto de venta a preguntar por algún libro o periódico del país. Me asomaba hacia el interior por esa suerte de ventana por la que él mira hacia fuera, hasta que él tal vez me tomó confianza y se salía de allí abriendo hacia fuera una puertecita inferior y agachándose a fondo para pasar por debajo de la tabla que hace de mostrador y en la que descansan los periódicos de los que no se ve más que sus respectivos cabezotes, y me invitaba a que entrara a mirar con mis propios ojos los títulos de esos libros arrumados por cientos. El minotauro, de José María Vargas Vila; Garabombo el invisible, de Manuel Scorza, algo de poesía y libros clásicos de filosofía –de Kant, Aristóteles, Niestzsche, entre otros, en ediciones populares— descubría entre esos otros títulos e iba extrayendo algunos de estos de los cerros que, por cierto, no parecían decrecer. Ese día le pagué desde adentro y él, desde afuera, me dio el vuelto. Le hice caer en la cuenta de ese cuadro absurdo que estábamos representando: el comprador adentro, el vendedor afuera, y él dibujó los trazos de una muy breve sonrisa.
Taciturno
Las sonrisas de Alfredo son escasas y breves. Él es de carácter grave, taciturno y pensativo. Suele sentarse en una butaca de madera y recostarse en una de las paredes del kiosco y parece no darse cuenta de la multitud de transeúntes que pasa y se revuelve a su lado, ni del bullicio de los vendedores. Con quienquiera que se acerque a él, intercambia alguna frase, o suele guardarle en su kiosco algún paquete, de modo que es sociable y servicial. Es, eso sí, de pocas palabras. Sus silencios profundos, como de sabio, parecen querer expresar que cuando uno no tiene nada importante que decir es mejor callar.
De modo que cuando me dijo que estaba decidido a contar su historia, me alegré. Vino a mi mente esa lejana mañana como de abril en que, movido por un instinto que me avisaba que ese personaje misterioso tenía que ser dueño de una historia intensa, le manifesté mi deseo de narrarla.
“Para qué. No estoy preparado ni interesado”, había dicho entonces, con la sequedad infranqueable que le caracteriza. Y me había resignado, aunque de mala gana. El súbito cambio de opinión se debió, según mencionó, a que en otro tiempo, en el periódico del Partido Comunista la había publicado, pero que en la sede de este no conservaban ya ese ejemplar y que él había perdido el suyo, ya que por confiado aceptó prestárselo a un estudiante universitario, para un ejercicio académico en que él, Alfredo Jiménez Ochoa, había sido él personaje central.
—Entonces decidí que es tiempo de hablar… Es tiempo de hablar de mi problema —resolvió.
Es que Alfredo, cuando se refiere a la historia de su vida, suele referirse a ella con esta expresión: mi problema. Será porque desde niño le tocó trabajar tanto; por ese padre que nunca le brindó afecto y esa madre que lo abandonó; o porque después de haber estado acompañado de algunas personas, de ayudarle a tanta gente, esté ahora tan solo. O por todas esas cosas.
Cuando llegaba muy de mañana a conversar con él, es decir, a escuchar su historia, siempre lo encontraba ocupado en algo: lavando con agua y jabón el recipiente de basura que pende del poste más cercano a su kiosco. Tal vez me habrán visto haciéndolo a través de esas cámaras de vigilancia que están instaladas en la esquina, porque de un momento a otro comenzaron a hacer lo mismo obreros del municipio; lavan las basureras, menos esta, de la que me encargo yo. O pintando el kiosco. Para esos menesteres suele coronar su cabeza con un casco plateado que él llama el sombrero.
“Yo no sé qué va a pasar”
Antes de comenzar alguna de esas sesiones, la última, subió a su hombro un cerro de periódicos viejos atados con una cuerda, pues, debía llevarlos a vender en una peletería de Palacé con Maturín.
—Voy con usted —le dije.
No respondió. Un amigo suyo, Gustavo —que tiene su historia bien guardada también, poblada de un pasado próspero y un presente descarriado—, quedó al cuidado de las ventas. Caminé al lado del comunista, buscando quedar más cerca del hombro desocupado, para verle la cara. Me ofrecía a llevar la carga, pero él se opuso, con los argumentos de que estaba acostumbrado y que realmente pesaba muy poco. Entre autobuses rugientes que llegaban a sus cuadraderos como barcos a sus puertos, peatones que caminaban a pasitrote en todas las direcciones, carretilleros que salían halando sus vehículos de los depósitos en los que los habían dejado guardados toda la noche, hombres y mujeres que abrían sus negocios y otros más que los aseaban echando chorros de agua con manguera y empujando con escoba charcos de jabón, fue contándome que todo ese sector que recorríamos, Junín, Pichincha, Maturín y hasta ese sitio de Palacé, estaba saneado de bandidos y ladrones gracias a que él mantenía cuidándolo para que la población en general no tuviera que decir que por allí no se podía ir de miedo de los carteristas. De ahí que él llegara a su kiosco desde las tres de la madrugada, e incluso antes, para estar atento.
—Este sector me resulta muy familiar. Aquí he pasado los últimos diecinueve años.
Después de descender por Maturín, en Palacé doblamos a la izquierda y, después de pasar frente a dos o quizá tres locales, entramos en la peletería. Un establecimiento mal iluminado, inmenso, con olor a caucho y pegante, con arrumes de cartones industriales, material para suelas de zapatos y telas de lona por todas partes. Un enjambre de clientes revoloteaba alrededor de un mostrador, vociferaban, hacían sus pedidos, charlaban con los dependientes, pagaban a un tipo gordo que debía ser el dueño y que no se movía para nada de su escritorio, en el que reposaban una registradora, papeles y libros contables.
Alfredo fue directo al sitio, más allá del mostrador, donde estaba la báscula y descargó su lío en la base plana de ésta, para lo cual debió agacharse. Uno de los empleados se acercó para manipular el aparato.
—¡Trece kilos y medio! —gritó, para que su voz llegara hasta los oídos del tipo gordo y supiera cuánto pagar.
Alfredo fue a reclamar su dinero, lo guardó en el bolsillo derecho del pantalón y salimos del lugar.
—Yo vivo tranquilo con mi trabajo, pero si a mí me ofrecieran la oportunidad de volver al campo, tal vez me iría. De todos los oficios que he practicado, el que más me ha gustado es el de la arriería. Y siento que todavía tengo fuerzas. Tengo setenta y tres años, pero cada día me siento más joven y alentado. Muchos me dicen: “Alfredo, ¡usté cómo hace para estar cada día más joven!”. Pero yo no sé. Lo mismo que no sé explicar por qué a mí nada me pasa. ¿Sí ha visto que han intentado matarme? Pero conmigo no pueden. Yo no sé qué va a pasar.
Caminamos rápido. Alfredo saludó a unas cuantas personas a su paso.
Cuando llegamos al puesto de venta, Gustavo se fue. Nada había vendido entre tanto. Alfredo entró en el kiosco y cerró tras de sí la puertecita inferior. En ese momento se acercó a nosotros el surtidor de los crucigramas gigantes, un joven que alcanzó a contarnos que era universitario y que esos crucigramas los elaboraba con su familia. El comunista lo despachó rápidamente diciéndole que todavía tenía ejemplares del mes anterior y que por favor entendiera que estábamos en un reportaje. Luego, dirigiéndose a mí, dijo: hay algo que todavía nos hemos contado. Escriba:
Había pasado pocos años de mi llegada a Medellín, cuando fui a visitar la casa de Pastor Pérez, presidente de FEDETA (Federación de Trabajadores de Antioquia), y encontré un espejo manchado. Les dije a los de la casa: saquen ese espejo, pues, puede traer desgracia, muerte o ruina. Se echaron a reír. Que por qué, me preguntaban. Yo no les podía decir. Solo que echaran ese espejo al agua corriente, bien fuera un río o un arroyo. No me hicieron caso. Y a los pocos días murió la cuñada del camarada Pastor.
Siguió contando cosas que se nos habían escapado a lo largo de su historia. Del tiempo en que todavía se llamaba Chiquito y vivía en Pailitas con su padre, recordó que los indios atacaron la construcción de la Troncal de Oriente. De los años que lleva en la ciudad, precisó algunos detalles de sus estadías en la cárcel. Cuando terminó la jornada de fragmentos, dijo:
—Del hace que me decidí a contarle mi problema, en la cuadra dicen que no soy el mismo. Que ya se me ve sonreír. Y la verdad es que me siento como más tranquilo. ¡Y eso que de todos modos quedará tanto por decir…!
Fin