Por: Daniela Granada Salazar
Estudiante de Comunicación Social UPB
Guía Programa de Visitantes Periódico EL COLOMBIANO
La tercera versión de la Fiesta del Libro y la Cultura se desarrolló con un cuento infantil como temática principal. “Alicia en el país de las maravillas” fue la carta de presentación y comercialización del evento. Para continuar con esta idea, personajes de la fantástica historia repartieron durante la Fiesta, un libro de bolsillo con una versión del cuento adaptada por el escritor Luís Miguel Rivas Granada.
Primera lectura
“Y vio que la sonrisa de Aurelio, el celador, era como la del gato del cuento; y que los señores del parque bebían un café eterno, siempre a las diez de la mañana; y que los naipes de los trabajadores lloraban o reían si los jugadores ganaban o perdían. Y que siempre, toda la vida y sin darse cuenta, había vivido en el país de las maravillas”.
“Vea mija, es el primer cuento que me leo completo después de que gané el examen de lectura”, le decía Miguel Ángel, un anciano calvo y de ojos verdes, que caminaba junto a su esposa por uno de los senderos del Jardín Botánico de Medellín, sosteniendo en su mano derecha un libro de pasta amarilla que le cabía en la palma de la mano. Ambos eran desplazados por la violencia que diez años atrás azotó a Granada, un pueblo del oriente de Antioquia. Llegaron a Medellín sin dinero ni dónde vivir. Construyeron una casa con madera y tejas viejas en el barrio La Cruz, y se dedicaron a ejercer empleos que fueran adecuados para personas analfabetas, pues ninguno de los dos sabía al menos cómo escribir su nombre.
Tres años después de su llegada a La Cruz, la fundación Bienestar Humano inició clases de primaria para adultos mayores. Miguel Ángel quiso aprovechar la oportunidad para aprender, recordando la vergüenza que sentía cuando le pedían que firmara un papel, y él agachaba la cabeza, miraba hacia otro lado y respondía sin vocalizar: “yo no sé leer ni escribir”.
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. ¡No tiene sino seis hojas!, pero lo leí sin ayuda y sin tartamudear si quiera. Yo creo negra que por fin aprendí a leer bien”. Le dijo con orgullo Miguel Ángel a Susana, su esposa, mientras seguían caminando por el sendero, desviando de vez en cuando su camino para evitar caer en charcos de pantano.
Después de pasar por un bosque de guaduas que se entrelazaban formando un túnel, un joven con la cara pintada de blanco, las mejillas rosadas y un enorme sombrero de copa café, que cubría su frente y le daba veinte centímetros más de altura, les dio la bienvenida a la Fiesta del Libro y la Cultura, y huyó caminando apresurado en dirección contraria. Sostenía una tasa de té entre las manos y gritaba: “¡Alicia! La reina te quiere cortar la cabeza”.
Miguel Ángel y Susana continuaron su camino hasta llegar a una carpa blanca, al lado del sendero. El pasto estaba cubierto por un tapete de plástico blanco. El techo, fabricado con el mismo material, protegía a las personas de la lluvia. Tres parejas de padres estaban sentadas en el suelo con sus hijos, seis pequeños que escuchaban atentamente la lectura que hacía una joven de un libro que tenía como protagonistas “los deditos de la mano”. Los ancianos se ubicaron cerca de una estantería de libros donde había tres niñas ojeando los dibujos de las portadas. Un hombre de cabello rojo y barba tupida, les dio un par de cojines para que se acomodaran, y los invitó a buscar un texto del escaparate para que lo leyeran juntos mientras cesaba la lluvia. Miguel Ángel puso en el suelo el libro amarillo que venía leyendo, y fue en búsqueda de una historia de amor para compartir con su esposa. Después de veinte minutos, la pareja salió de allí detrás de un hombre cubierto de pies a cabeza por pétalos de rosas rojas. Él le daba flores al público como regalo de amor y amistad.
Cómo usar un lápiz
“Aaa – lii– cia, vueel – vee a veer toodo”. Leyó José en voz alta el título del libro amarillo que encontró debajo de uno de los cojines que había sobre el tapete de plástico blanco. Se acercó a una de las profesoras que lo acompañaban para entregarle el libro, pensando que alguien lo había olvidado y regresaría a buscarlo. La maestra sacó un paño húmedo de su bolso, le limpió las manos porque las tenía llenas de tierra. Lo miro fijamente a los ojos, y sonriendo, le dijo que intentara leer el libro. Antes de que el niño se alejara de ella, le entregó un lápiz para que señalara las palabras que no entendía, indicándole que después le iba a enseñar su significado.
“Ruu – tii – naa – riaa. ¿Qué es eso?”. José intentó sujetar el lápiz con la mano derecha para subrayar la palabra, tal y como se le dijo su profesora. Sentado en el suelo, abrió sus piernas, puso el libro sobre el tapete, encorvó su espalda, agachó la cabeza e intentó hacer una línea con el lápiz, pero éste se le resbalaba y se le salía de la mano. Hizo cinco intentos más, pero todos fallaron. Mordiendo sus labios y frunciendo el ceño, José le pidió ayuda a una mujer que estaba a su lado, leyendo junto a su hija un libro con imágenes de leones en la portada. Ella le puso el lápiz en la mano derecha, asegurándole que si hacía presión con el “dedo gordito, el de la mitad y el índice, el dedo con el que se señala, iba a dibujar una línea muy bonita”.
José la miró a los ojos, alzó su mano derecha y abriendo los dedos le mostró que no era capaz de hacerlo porque tenía dos “dedos gorditos”, pero ninguno le funcionaba bien. “Tranquilo querido que para eso tenemos dos manos. Haz lo mismo que te enseñé pero con la izquierda. Yo te sostengo la mano y hacemos juntos las líneas”. José señaló tres palabras más, se puso de pie y corrió hacia su profesora con el libro amarillo abierto en la segunda página, donde señaló la primera palabra desconocida.
Una mujer con el cabello rizado, los párpados rosados, dos corazones rojos pintados en las mejillas y uno sobre su dorso, gritaba con una voz aguda: “¿Han visto a Alicia? La estoy buscando… ¡Quiero cortarle la cabeza!”. José se acercó a ella asustado porque no comprendía qué pasaba. Ella insistía preguntándole por Alicia, pero el niño no le decía nada. Sólo la detallaba con la mirada. Se sentó en una banca de cemento que había frente a la carpa. Dejó el libro amarillo sobre ella para poder tocar la estola rosada y peluda que usaba la mujer. Ella se agachó para quedar a su altura, y lo invitó para que visitara con sus compañeros del colegio un circo donde se leían cuentos.
La profesora escuchó la conversación entre José y la mujer. Le indicó al resto de niños que pasaran al sendero, hicieran una fila detrás de él y lo siguieran hasta llegar al circo donde iban a realizar otra actividad.
Lectura a ciegas
Al lado de la fila, pero en sentido contrario, Kelly, de 18 años, caminaba acompañada por un hombre. Llevaba puestas unas gafas de sol y usaba un bastón para caminar. Lo inclinaba hacia el frente para reconocer los obstáculos que había a su paso, y lo movía de lado a lado para abrir espacio entre la gente. Daba pasos firmes. Caminaba apoyando el brazo sobre el hombro de su acompañante. Dialogaba con él sobre los libros escritos en Braille que había leído sola, después de que se recuperó del accidente con pólvora que la dejó ciega a los diez años.
Kelly le propuso a Beto, su acompañante y profesor de Braille, que se sentaran en cualquier lugar porque estaba cansada de caminar. Él la guió hacia la banca donde un minuto antes José descubría a la bruja de “Alicia en el país de las maravillas”, obra literaria creada por Lewis Carroll.
Beto limpió la silla con un pañuelo y se encontró un libro amarillo con un lápiz en su interior separando la cuarta página. “Al salir de la biblioteca esperaba encontrarse con el mundo del cuento: pájaros parlanchines, personajes que tomaran eternamente el té a la misma hora y cartas de naipes con pies y cabeza”. Le leyó a Kelly, mientras ella jugaba enrollando en su dedo un cordón negro que colgaba de la cabeza de su bastón. “¿Te imaginás un mundo así, donde todo lo que pasa en los cuentos se vuelve realidad? Yo le pediría a la lámpara de Aladino que pudiera ver como antes. Seguí leyendo a ver qué más dice”.
Él continuó la lectura hasta terminar el cuento, describiéndole a Kelly los dibujos que aparecían en el libro. Discutieron sobre el contenido, porque según ella, era imposible vivir en un mundo perfecto. Él dejó el libro a un lado, sobre la silla, y le preguntó cómo se imaginaba ella un mundo de maravillas. Ella agachó la cabeza, estiró los pies sobre el bastón y le dijo: “yo sé que voy a ser ciega toda la vida. Entonces un mundo de maravillas para mí sería un lugar donde todos los niños tengan papá y mamá que se preocupen por ellos y les den mucho amor. Y que todos podamos estudiar y salir adelante sin tener que matar a alguien para poder comer”.
Beto sonrió, sujetó con suavidad a Kelly de los hombros y la ayudo a tomar equilibrio para ponerse de pie. Ambos continuaron su camino, siguiendo el sendero que le daba la vuelta al Jardín Botánico.
El poder de las letras
“Abue mirá que muñeca tan fea, toda cabezona y no tiene nariz”. Le mostró Sofía a su abuelo, señalando la portada de un libro amarillo que encontró sobre la silla donde esperaba a que él le comprara un algodón de azúcar. Ella, una niña de nueve años que heredó de su abuelo el gusto por la lectura, miraba fijamente el dibujo de la portada del libro. Pasó la primera página y comenzó a leer en voz alta. “Alicia acabó de leer el cuento de una niña que tenía su mismo nombre y que hablaba con un gato sonriente”. Sofía se río sola imaginado cómo sería ver la enorme sonrisa de un gato.
Jaime, su abuelo, la animó a continuar con el libro, mientras comían juntos el algodón dulce que les dejaba la boca manchada de rosado. La niña continuó con la lectura, cambiando la voz de acuerdo al personaje que intervenía en el libro. Le ponía una voz aguda cuando hablaba la protagonista de la historia, y para los demás personajes, usaba una voz ronca. Su abuelo la miraba fijamente a los ojos, escuchando atentamente cada palabra que pronunciaba.
“Abuelito, ¿por qué dice que Alicia toda la vida había vivido en el país de las maravillas?”. Jaime la abrazó y le dijo: “porque todo en nuestra vida es fantástico mi amor. Mira por ejemplo, tenemos libros maravillosos que nos hacen soñar, que nos unen a ti y a mí”. Sofía guardó el libro amarillo en un bolso morado estampado con corazones amarillos. Su abuelo la sujetó de la mano y caminaron juntos hacia la salida del Jardín.

