Hace poco, en una feria de artesanías, tuve un ataque de nostalgia. Todo empezó cuando vi a una señora estirando jalea blanca en una horqueta improvisada. Debo admitir tres cosas: que no puedo ver una jalea blanca porque me le tiro en plancha; que no han hecho la primera jalea blanca que me parezca maluca y que, sin duda, nunca me volveré a comer una jalea blanca como la de “las Marines”, mis vecinas de infancia en Ciudad Bolívar y, además, mis primeras jefas, porque en su fábrica tuve mi primera experiencia laboral, no tan dulce, por cierto, ni tan blanca, más bien catastrófica, pero inolvidable.
La casa de las Marines, que se llamaban Blanca, Altagracia y Celina, era vieja, de tapia y con cara de taberna, por su iluminación a media luz tirando a oscura. Además de ellas, vivían otros hermanos, todos solterones empedernidos; un marrano, dos docenas de gallinas, que se paseaban por la casa como dueñas y señoras; gatos, perros y algunos pajarracos que, más que trinar, creo que graznaban. Sin contar unas cuantas cucarachas chiquiticas que iban y venían supervisando por todos los rincones.
El corredor de la casa era, a la vez, la sede de la fábrica de las mejores jaleas del mundo. El entable era poco, pero suficiente: una horqueta fijada a una viga de la casa, una mesa de madera forrada en harina de trigo y un escaparate viejo que hacía las veces de alacena.
En pocas palabras, el panorama no era muy higiénico que digamos. Pero a los seis o siete años, ¿a quién le importa esa bobada?
Para comprar jaleas no siempre había plata, pero siempre existía el recurso de las tablas de las camas. De vez en cuando había que sacar alguna, con disimulo, para ir a cambiarla con las Marines por dos o tres bolas de jalea. Ellas ponían las condiciones, según el tamaño de la tabla. Y mi mamá ponía el berrido en el cielo cuando se daba cuenta de que, otra vez, había atracado la cama.
Mi adicción a las jaleas era tal que un día, presintiendo que lo que seguía era dormir a baldosa pelada, porque ya me había comido casi todo el tendido de las tablas, ofrecí mis servicios de empacadora de jaleas en la fábrica de las Marines, a cambio de una bola de jalea cada día. Fui admitida, con la misma facilidad con que a los pocos días fui despedida. ¡Qué infamia! ¡Qué dolor! ¡Qué ingratitud! ¡Qué injusticia!
Mi tarea consistía en coger de la mesa forrada en harina el producto terminado, es decir, las jaleas ya cortadas, y ponerlas dentro del escaparate que hacía las veces de alacena. Allí se guardaban y después se ponían sobre los charoles de los muchachos voceadores, que a eso de las cuatro de la tarde salían a venderlas por todo el pueblo.
En esa función de guardar jaleas, gracias a la harina, mis pequeños dedos se ponían lisos y muchas iban a parar al suelo. A las Marines se les paraba el pelo de asco, con razón, y me llamaban la atención por mi torpeza. Entonces se me iluminó la testa: para evitar que se me resbalaran las jaleas, decidí humedecerme los dedos…¡con saliva!
Las viejitas Marines, que sufrían del mal de la viga en el ojo ajeno, armaron un terremoto de 8.5 en la escala Richter. ¡Qué escándalo por semejante insignificancia! Se tragaron las “cuscas”, se jalaron las canas, me dijeron cochina y llamaron a mi mamá para humillarla, pues según ellas, “de tal palo, tal astilla”. ¡No, pues, tan limpias ellas! ¡Y tan cismáticas!
Salí de allí como pepa de guama, pero consciente, hasta la fecha, de una verdad que nadie me saca de la cabeza: es cierto que por unos muy contados días los clientes de las Marines comimos jaleas ungidas de mis infantiles babas, pero toda la vida las degustamos untadas de cosas peores. Las gallinas dormían en la horqueta, y no iban precisamente al baño a hacer popó.
Pese a todo, recuerdo con un especial cariño a esas viejitas regañonas que me hicieron la vida tan dulce. Y a sus descendientes, si los hay, mis saludos nostálgicos.

Excelente recordatorio de nuestra epoca en esos pueblos donde todo pasaba lentamente y se disfrutaba rapidamente, asi como las jaleas, las panaderias, las talabarterias, las carnicerias nos llegan con sus olores y colores caracteristicos, dichosos quienes tenemos esos recuerdos en nuestras mentes, ahora todo es antiseptico, claro, pulcro, limpio, aseado y maluco, antes era, lo que era, muy bueno.
Muy buenos días a todos: Excelente el relato que nos hace Doña ElbaCé, sobre las tiruda y deliciosa gelatina o jalea blanca, hecha de pata de res y que toma su forma luego de dos millones de jalones mientras se cuelga de un garabato, verdadero manjar de reyes, con saliva o sin ella. Una verdadera muestra de nuestro ya olvidado costumbrismo es este artículo, ese que empatado con otros muchos que tiene nuestra querida y admirada amiga, en el mejor de sus estilos, daría para darle forma cual dulce gelatina al más bello de nuestros libros.
Hago fila para obtener el ejemplar y no propiamente en un semáforo, para devorarlo y ponerlo sobre mi cabecera y releerlo hasta llevarlo a mi memoria, eso sí, nunca para criticarlo ni hacer de él, instrumento de crítico literario en ciernes, de los que aquí se ven, esos que se creen la reencarnación de Menedez y Pelayo y lanzan imprudentes y poco amistosos bandazos sin darse cuenta, que los mismos se les devuelven y les azotan sus propias espaldas.
Cordial saludo,
Elbacé querida. Yo sigo medio marginado por que cuando no es una cosa es la otra. Me refiero a los achaques. Mira, leyendo lo que estan escribiendo con relaci+ón a
Que,genial,hacia mucho tiempo que no me reia con tantas ganas,muy bueno felicitaciones.
Helena, Carlos, Juanfer, Marleny, Rogelio, John Walter, elbetanita, Javier, Nancy, Gonzalo y todos los demás: muchas gracias por su compañía, por sus comentarios y por su voto de confianza. Nos vemos mañana en la 4a, donde los estaré esperando para que leamos juntos El viaje esté en la sangre.
¡Feliz noche!
Pecosita, que historia tan linda, que recuerdos tan amados por vos, hasta yo alcance a sentir esa nostalgia tuya al recordar. Ya supe pues la historia de la tan famosa saliba, ja, ja, ja, vaya y los que las disfrutaron, aunque sin darse cuenta, les hubieran favorecido, alimentado el cerebro y escriban sabroso como vos, je, je, je.
Me llevaste a recordar a mis tias abuelas, las del hoyo, asi le decimos a calle que queda en bajada ahi junto a la Iglesia de San Nicolas de Tolentino, arrriba en el parque de Aranjuez, vendian velitas, y tambien les ayudamos a estirar el melao hasta ponerse de un amarillo como los rayos del sol, n o cambiamos las tablas por una de ellas, pero si aprovechabamos para comernos unas cuantas antes de que las contaran para luego ponerlas en una mesita cerca a la ventana y venderlas con coco, vaya recuerdos tan hermosos.
Felicitaciones , Pecosita, que bonito escribis. Ah, y disculpame por fa, por lo perdida que andaba del blog, pero no era que la hubiera olvidado y tampoco a los amigos de la sala, asi que, reciban este juguito de zanahoria que les sirvo con carino y dejenme me les acomodo de nuevo en la sala.
Lanuditos para todos.
Conejita.
Gloria… de aqui no nos vamos …. solo nos ausentamos pero como nos vamos a ir de nuestra casa ?
Llegaste cansadita ? no te preocupes ” sentate” en la reclinomartica.. ya te traemos migas con chocolate.
Feliz semana para todos !!
abranle la puerta a Luis efe…
Excelente relato, el cual nos hace recordar nuestros pueblos, nuestras culturas. Como todo buen colombiano que soy y colaborador de aquellas personas que depronto el gobierno deja desamparados, quiero hacerles sin ningún compromiso a mis hermanos colombianos que visiten este pequeño espacio sin ningún compromiso, el cual refleja aquella magia y maestría que viene desde nuestros ancestros de la península de la Guajira http://www.facebook.com/group.php?gid=108499255877129 me encantaría que se dejarán vislumbrar por este arte, muchas gracias
Por ahora, quédese con esto. Casi que la única razón para que compre el Colombiano los domingos,
es para mirar su artículo. Me encanta todo lo que escribe, ya sea sobre politica, o cualquier cosa.
Me identifico con el 99% de lo que escribe. Me lamento no haber empezado a guardar todo lo que he leido.
Gracias, por hacernos la vida mas amable y felicitaciones.
Buenas y santicas la tengan todos. Larga mi ausencia, pero es que por efectos de negocios, me debí trasladar a Panampá, más exactamente a Colón, para ver unas mercancías y aquí estoy nuevamente, luego de ese suplicio, ya que visitar ese puerto y ese bochinche, ándale si es todo un martirio.
Contraste inmenso, sentarme frenta al compurer y toparme con ese excelente artículo de Doña Elba Cecilia, que ya se lo quisieran Julio Sánchez J. (paz en su tumba), el gran Carrasquilla, mi compadre Manzur y hasta el mismito Gabriel García Márquez, ya que es toda una obra de costumbrismo, bien adobaita con esa jalea o gelatina blanca que hacen allá en Antioquia y que uno ve su proceso hasta en los caminos y que la Doña montó sobre letras de oro, con sus picarescas, sus anécdotas y su saliva. Por la madre, que cada vez siento má sganas de irme a Ciudad Bolívar para conocer ese portento de pueblo, que pare tanta gente importante, inteligente, buena y trabajadora.
Dulce manjar, aunque no sea de todo mi agrado, ya que soy malito para esas cosas dulzonas. Aquí le halamos al blanquiao y a la jalea negra, con sus incrustaciones de clavos de olor, pero prefiero el pasante, es decir la leche de vaca y reciénordeñada.
Por los comentarios hechos, veo que el artículo caló en lo más dulce del corazón de los lectores, gracias a esa miel que desprende Doña Elba Cecilia cuando le hace a su teclado y como tal, se está como calentando la idea de un libro sobre estos asuntos costumbristas, como tan venidos a menos, pero que ella es capáz de resucitarlos en un simple tirón de pluma.
Mil felicitaciones Doña Elba Cecilia y mis saludos calentanos, para repartir así con su dulce manjar a misiá Sylvia, sus hijitos y a su señor Padre, Don Salvador.
Chucho, Montería Mayo 30 11
Observación: ¿Qué han pensado los queridos amigos del blog, respecto a hacer una reunión el día y hora que elijan, para conocernos. Una cuotica, muchas ganas de participar y todo el ánimo del mundo para compartir tanta delicia. Eso sí, me avisan con tiempo para organizar el viaje. ¿Puedo invitar a mi mujer?
Estamos esperando que estés en unas vacaciones bien largas para hacer la reunión y evitar así tu asistencia porque te “sentarías” de la palabra y se malogra la reunión.
P.D. 1.- Si esas vacaciones coinciden con otros dos personajillos mejor aún.
P.D. 2.- Tranquilo que le regalamos un CD con la película y el saludo de todos.
Tranquilo, Jaime, encuentro cercano no habrá porque así no vale la pena. Todos o ninguno.
Muy reconocido Doña Elba Cecilia por su comentario con frenos BOSTER ante la imprudente salida.. Es que no falta la mosca en la lechita ni el pelo en la jalea.
Una tarde feliz para el resto de amigos del blog y les ofrezco disculpas, pero hay casos donde no se puede tomar la curva si n parar,
Chucho, Mayo 30 11
Felicitaciones doña Elbacé por este blog tan interesante. Cada que leo estas historias me devuelvo al pasado y me da nostalgia ver como la niñez y la juventud de ahora no tiene (o mas bien no quieren) la oportunidad de disfrutar esos detalles que son en realidad los que le dan sentido a la vida.
Acá estaré pendiente de sus escritos y anécdotas para rememorar tiempos inolvidables.
Un saludo desde Santa Rosa de Osos.
Gracias, Jose. Un abrazo y feliz martes.
ElvaCe:-(Creo que se escribe asi juntico) Yo tambien guardo un bello recuerdo de las velitas de coco. Las primeras me las comi enSan Gregorio, en la fonda de mi papa, y que eran hechas, unas veces por mi mama ,en la casa, o tambien por Mena, la viejita que limpiaba los menudos de las reses y los marranos que se sacrificaban todos los viernes para su venta en el mercado sabatino del corregimiento. Ahh, Mena tambien, fuera de hacer menudos y velitas de coco, era tambien la partera del lugar y fue quien asistio a mi madre, Gabriela Calad, a traerme a mi a este mundo. Ya te narre en otra ocasion toda la aventura de mi nacimiento, incluida la bautizada con aguardiente en la fonda de Pacho Ortiz, en Remolino, camino hacia Cd. Bolivar..Volviendo a lo de las velitas,en Salgar, donde vivio la familia por varios anios,mi mama me mandaba donde unas senoras como las, como las Marines de tu historia, a recoger una canastada de bizcochuelos que consumia mi mama cada que estaba “esperando”, cosa que ocurria cada nueve meses y un dia. No fallaba, pobrecita.- Asi , a punta de bizcochuelos nos tuvo a los diez hijos. Cuando iba a recoger la orden, las senoras siempre me daban un paquete de velitas de coco, pa que se reparta con sus hermanitos, mijo, decian ellas, tan queridas. Si pa mis hermanitos, ja ja ja, Yo no regresaba a la casa hasta no terminar con la ultima velita y sabiendo que vendrian los chancretazoz al llegar a la casa sin una buena excusa por la tardanza.Nunca supieron por que siempre me demoraba cuando iba por los bizcochuelos. Bueno, me llaman a desayunar asi que interrumpo hasta la proxima. Saludos amigos…
jejeje, buena anécdota, Jairo, Un saludo y gracias por compartirla con nosotros.
Por poco no llego a tiempo….
Elbace, por estar correteando truchas, cada vez mas esquivas y atrevidas, se cargan con la carnada y no dan ni las gracias, por culpa de esas encantadoras bailarinas del mar , casi no llego a tiempo para disfrutar y comentar sobre tu historia, gelatinosa, con dulce ingenuidad y olor a pueblo, de tu primer trabajo.
Me encanta tu prosa espontanea, sencilla ,ingenua sin pretensiones, sin animo de vender nada,no vendes ideas, ni filosofias,ni tratas de untar al lector de politicas ni rencores, agradas y creas la necesidad de hurgar, de escarbar en las memorias aquellos sentimientos empolvados y envueltos en telara~as que muchisimos arrastramos con simpatia y mucho de nostalgia.
Gracias Elbace por regalarnos esta oportunidad de esculcar en el tiempo…..
¿Pero pescó alguna, Sirií, o nada de nada? Un abrazo y gracias por el comentario. Entretener es válido, sin necesidad de pontificar.
Siriri !! que bueno que apareciste.. Extrañe que no hicieras tu comentario y pensaba escribir pero nos alegra mucho saber de ti.
De acuerdo con lo que dices…. no es lo que dice ELBACE.. sino la manera tan amena y agradable que tiene para comentar las cosas, sin artificios ni rebusques.
No te ausentes !! es mas !! la puerta queda cerrada y quedas amarrado a la reclinomartica.
Luis efe… trae las llaves ,vamos a echarle doble llave a la puerta.
saludos
martha c
…de pescar, se pescaron muchas , pero muy pocas para la cazuela, aunque me gustan mas al vapor, la gran mayoria regresaron al mar, no daban la talla, las regulaciones de pesca son muy estrictas , hay que respetar el tama~o legal y hasta la cantidad de las que se pueden llevar, ademas son tan graciosas que acabo regresandolas a su ambiente…se lo merecen….
Definitivamente ese cuento de la pesca, parece que es fascinante. Yo nunca he podido pescar ni un sólo animalito, excepto una especie de culebra acuática que por equivocación se pegó de mi anzuelo hace ya varios años, en la quebrada La Bramadora, en Puerto Berrío Antioquia, vereda Guzimal.
La trucha (las hay de agua dulce y de mar) me he podido dar cuenta, son la debilidad de Siriri y su afición la pesca. Al respecto tengo una anécdota familiar muy graciosa, de Jaime Destuesse, casado con una prima del suscrito (Gilma Castaño E.) y quien era bastante aficionado a la pesca (él, no ella) y como tal gustaba salir de pesca a la quebrada Santa Gertrudis o al Río Nuz en el municipio de Cisneros donde residieron durante muchos años, cuando el tren aún dejana escuchar su cha cha cha cha cha cha…
Resulta que cuando a Jaime no le picaban sus buenos ejemplares, siquiera de media libra para arriba y con los cuales pudiese deslumbrar a su esposita, entonces para no quedarsae verraco, arrancaba para la casa y antes de llegar, compraba en la plaza tres o cuatro mojsarras o barbudos o truchas o sabaletas o ques se yo, de buen tamaño y con ellas llegaba al dulce hogar, el “héroe” de la jornada, para descrestar a Gilma, quien siempre vivía orgullosa de su marido y por supuesto de su anzuelo.
No es raro que Siriri tambien acostumbre la misma treta, cuando la pesca no está buena, lo cual tengo entendido, es costumbre en todo pescador que se respete.
Luego venía el -preparado- del sancocho de pescado. Todo un ritual, pero….sí…no faltaba el pero. Se nos acabó la yuca y: “Corra mijo vaya donde la tía Margarita y dígale que me preste una yuca buena, fresca y grande, que mañana se la pago…A lo que llegaba el mandadero de turno con su razón donde la tía: -Tía, que mi amá le manda a decir dizque le preste dizque una yuca buena, grande y fresca, pa’echale al sancocho y que mañana dizque le paga dizque con otra dizque le debe…-”
Saludos,
Saludos,
elbacé, me transportas a valparaiso, mi pueblo y me pones a recordar
la jalea blanca, la negra, las colasiones de Don misael, los mamoncillos del parque, los arrancamuelas, jaruma, minisigui, guamas, madroños; en fin, todas essas cosas inolvidables de mi niñez.
No te olvido valparaiso.
Quihubo, mis amigos.
Estas notas de ElbaCé, cada vez que las leo, me hacen agradecer a mi madre por haberme enseñado a leer. Es que ella fue mi maestra de toda la primaria. Y a ella también la vi batir la miel para las melcochas, en garabato de guayabo y acomodadas como una culebrita -enroscadas- en una hoja de naranjo agrio. Todavía me sabe la boca a dulce.
Dejen y verán, que a la próxima venida paésta sala, les traigo de Rionegro, mi pueblo natal en Santander, unas melcochitas pa´que entretengan los dientes y el corazón.
Que bueno es ser colombiano, no creo que en otra parte se disfrute tanto con las cosas simples como lo hacemos nosotros.
Ahijuepuerca, mano…. me ta´cojiendo lo tarde pa´volver a mi terruño. Ta´luego.