
CIUDAD SOLAR
UNA NUEVA ESCRITURA EN EL ESPACIO URBANO
DIRECCION / CURADURÍA / REALIZACION
LUCRECIA PIEDRAHITA ORREGO
MUSEÓLOGA / ANALISTA DE LA CULTURA / CURADORA
RADIO BOLIVARIANA
SÁBADOS 10 AM / DOMINGOS 7 PM
Desde hace ocho años realizo el programa Ciudad Solar, una nueva escritura en el espacio urbano, para la Emisora Radio Bolivariana.
A través de este laboratorio he podido acercarme a miles de oyentes que encuentro desprevenidamente en mis conferencias, clases, conversaciones y en medio de la cotidianidad. Un programa en donde se habla de arte/cultura/comunicación.
Comineza un recuento por los mejores momentos del arte, la historia, los personajes y sus pasiones, la ciudad y los encuentros.
CIUDAD SOLAR N. 64


Y todo su tiempo vivido estaba allí. Era comenzar a unir esas pequeñas teselas que eternizaron una época, intuidas de tiempo atrás y descubiertas en la imagen congelada de sus libros. Sabía que era un arte dirigido a los sentidos, que hacía visible lo invisible, poseedor de una rígida geometría, dominado por una hierática sonrisa, pulsante y severo como el compás del tiempo.
Aquella tarde, al detenerse frente a la imagen planimétrica de la ciudad, reconoció las partes de un rompecabezas infinito. Cómo explicar que todo estaba en él. El olor de la mañana, reconocer las vibraciones del viento que, al desplazarse por entre las delicadas estrías del ladrillo y de la piedra, evaporada por los años, produce finos sonidos de una amplia tesitura. Saber la dirección sin norte de la huella que como cicatriz rompe la arquitectura para penetrar sus fondos y poseerla. Aquella que humedece nuestra mano al deslizarla por la superficie. Sería, entonces, el momento de comenzar a dar lectura al relato de su vida, dispuesto de manera secuencial como en la Columna Trajana, principio de la escena cinematográfica.

IMAGEN FOTOGRÁFICA
El detenimiento frente a la imagen fotográfica le permitía recorrer de nuevo a Bizancio, aquella que en el año 395, tras la muerte de Teodosio, pasó a ser la capital
del imperio oriental, considerada, además, la única poseedora de la dignidad romana.
El detenimiento frente a la imagen fotográfica le permitía recorrer de nuevo a Bizancio, aquella que en el año 395, tras la muerte de Teodosio, pasó a ser la capital
del imperio oriental, considerada, además, la única poseedora de la dignidad romana.
Reconocía la trama urbanística conformada por trescientas veintidós calles, cuatro mil trescientas veintiocho viviendas particulares, catorce iglesias, dos basílicas, cincuenta y dos columnatas, un hipódromo, cuatro foros, dos teatros, cuatro puertos, tres baños públicos, ciento cincuenta y tres baños privados, cuatro cisternas, acueductos, arcos de triunfo y cinco palacios imperiales.
La ciudad hecha de fragmentos de colores y de mirada calculada, practicó aberturas en el cuerpo de su propia obra.

FRENTE AL RETRATO
Su historia había comenzado en la ciudad de Cosme de Medici, Julián, Lorenzo y Eleonora de Toledo. Ese sería el lugar para encontrarse con toda la tradición estética heredada del Giotto, Cimabue, Della Robbia, Ucello, Ghiberti, Brunelleschi, Della Francesca, Botticelli, Mantegna, Donatello y la presencia de la trilogía divina: Da Vinci, Sanzio y Buonarroti.
Era un día de agosto. Recorrió las calles paralelas al Arno. El intenso sol hacía reflejar sobre las piedras una arquitectura hecha de claroscuros que, a su vez, se sumergía en las aguas del río para formar una avenida de cristal. El aire soplaba suavemente por espacios torturados, se confundían los rostros de tantos turistas. Florencia, la ciudad renacentista, es una ciudad de miradas.
En esa mañana soleada de verano. Se levantó temprano, en compañía de sus amigos japoneses y españoles tomó un café y, juntos, se dirigieron a la estación del tren que los conduciría a Ravena. En la ruta habría tiempo para imaginar el encuentro con la ciudad que protegía celosamente a San Vital, considerada el paradigma arquitectónico del arte europeo medieval.
El tren abandonó la estación de Santa María Novella, adentrándose en un paisaje silencioso, amarillento y sofocado por el sol de agosto. Su recorrido era lento. Parecía conducido por las manecillas de un reloj cargado de años y de historias.
De repente, el tren se detuvo en una estación amplia y solitaria. Había llegado el momento de recorrer las calles que le traerían los recuerdos de una época que había exteriorizado toda su riqueza interior, que había alzado edificios tan prestigiosos como los Santos Apóstoles y Santa Sofía de Constantinopla, donde los murales, los mármoles y los mosaicos develan un misticismo que se advierte en la nobleza de los espacios, habitados por cuerpos que afanosamente se elevan como queriendo alejarse de una realidad.
Era sábado. Bajó del tren y decidió organizar un extenso itinerario en compañía de sus amigos pero éste no funcionó. Caminó sin dirección específica, recorrió las estrechas calles. La ciudad estaba sola, parecía que se hubiera detenido allí el tiempo como queriendo esperar a que él se encontrara en su tiempo interior. El rumor se había reducido al silencio.



