Entre 2002 y 2005, el IDEA me encargó la Coordinación Académica y Cultural de la investigación: Artes Plásticas en Antioquia. Para el proyecto se invitaron destacadas personalidades de la cultura, entre ellas, el Profesor y Doctor en Filosofía, Gonzalo Soto Posada.
A continuación les comparto un texto del doctor Soto que profundiza en la Cultura y sus valores como cohesionador social.
CULTURA Y SOCIEDAD
GONZALO SOTO POSADA
CONSIDERACIONES ETIMOLÓGICAS.
La palabra cultura viene del latín colere que, como verbo, tiene múltiples significaciones. Destacamos las siguientes: colere es cultivar, cuidar, velar por algo, tal como aparece en nuestra palabra agri-cultura: cuidado, cultivo del campo. También significa venerar, rendir adoración a los dioses, que es lo que culto sigue significando en español: rendir culto a Dios, el culto a los muertos, el culto a los santos. También significa encontrarse habitualmente en, habitar, vivir, estar en un sitio. Para los romanos, en un primer momento, este habitar habitualmente en remitió al campo; de ahí que agri-cultura no sólo significó el cultivo del campo sino la morada habitual del romano.
Estas consideraciones etimológicas nos llevan a tres significaciones respecto a la cultura. La primera tiene que ver con cultivar, cuidar. Así como hay una agri-cultura hay una animi-cultura, un cultivo del hombre que cuidando de sí, de los otros y de las cosas, despliega sus potencialidades. Cultura es entonces el cultivo de nuestro ser específico humano, gracias a nuestras capacidades y posibilidades; es el conjunto de nuestras gestas, creencias, deberes y fines; es lo que permite nuestra humanización; es lo que hace posible la actualización de nuestras potencialidades como hombres. La segunda dice relación a la veneración y el respeto. Desde esta rememoración etimológica, cultura es el respeto de la dignidad del otro en tanto ser igual y diferente a cada uno de nosotros; es el reconocimiento del diferir de las diferencias como elemento constitutivo de la cultura; es el despliegue de las alteraciones, en el sentido no de convulsiones, sino de ser otro constantemente, como condición del ensimismamiento; este ser constantemente uno mismo y otro hace que la cultura no sea un hecho concluido; siempre será un hacerse continuo nunca acabado. La tercera mira a una consideración fundamental: la cultura es la morada habitual del hombre: éste no mora en la naturaleza sino en ésta convertida en cultura, gracias a la acción creativa del hombre; por la cultura como casa del hombre, el mundo no es lo que está ahí como conjunto de seres, sino lo construido por el hombre como conjunto de posibilidades para despertar su vida en el juego del saber, poder y creer, ejes de esta morada; la existencia humana convierte el mundo en cultura y crea proyectos de vida para poder desplegar su condición humana. Esta morada como hecho exclusivamente humano convierte al hombre en el único ser cultural, gracias a sus creaciones y mediaciones culturales; el mundo se convierte en el ecosistema del vivir humano en tanto transformado en su casa como domicilio vital.
La conclusión de este rodeo etimológico salta a la vista: La cultura es el cultivo de las potencialidades humanas que permite morar en el mundo como casa hecha por este despliegue, en el juego del diferir de las diferencias como respeto por los distintos sentidos y posibilidades proyectados por el hombre en cada circunstancia.
CONSIDERACIONES CONCEPTUALES.
Los estudios de C. Kluchom y A. L. Kroeber (Cultura. Reseña crítica de los conceptos y definiciones), reunieron más de doscientas definiciones distintas del concepto cultura. Unas acentúan el carácter metafísico de la cultura como la realización de la esencia humana en su humanidad; otras insisten en la cultura como la herencia social; para algunos es comportamiento aprendido; algunos otros la ven como un sistema de defensa psíquica; muchos la miran como un precipitado de la interacción social; otros muchos la determinan como las diferentes señales que provocan respuestas sociales; hay partidarios de especificarla como hábitos sociales compartidos y categorías normativas configuradoras de un código; hay quienes la reducen a conducta y comportamiento aprendido en el juego social de estímulos- respuestas; no faltan quienes la reducen a valores como pautas para vivir en sociedad; un buen número insiste en el obrar humano como búsqueda del bien, de la verdad, de la belleza, obrar que brota de la inteligencia y la libertad humanas; otro buen número enfatiza que es la realización de la persona humana en su integridad como ser material y espiritual; no sobran los que consideran que es el mundo convertido en mediaciones simbólicas; otros afirman que el hombre crea la cultura y la cultura crea al hombre; una gran mayoría la ve como el conjunto de conocimientos, creencias, formas de comportamiento, convenciones y expectativas del hombre; otra mayoría apunta a verla como formación y moldeamiento del hombre con base en un modelo previo de hombre; con marcado acento freudiano, muchos piensan que es la represión de los instintos e impulsos en términos de sublimación o sustitutos para permitir satisfacciones, esa represión de la líbido como formación del superyo…
¿Qué decir en medio de este laberinto conceptual? Arriesguemos una hipótesis. Entendemos por cultura la totalidad de posibilidades que permiten hacer de la vida una obra de arte; arte no en el sentido de producción de obras de arte, sino en el sentido de hacer de la vida un proyecto ético estético; como ético, tiene que ver con el saber vivir bien; como estético, dice relación a la vida que puede ser moldeada como el escultor esculpe su obra; para esta realización ético estética, el hombre conjuga el verbo cuidar: cuidar de sí (ética), cuidar de los otros (política), cuidar de las cosas (ciencia), cuidar de lo divino (mística). Este cuidado permite que el mundo se convierta en el repertorio de alternativas existenciales desde las cuales damos sentido a nuestro ser en el mundo; permite que hagamos de la vida una continua interpretación en búsqueda de horizontes de explicación y comprensión; permite que surja un repertorio de ideas y creencias para morar en medio de los avatares y vicisitudes vitales; hace posible que nos apropiemos del imperativo humano del poeta Píndaro: “llega a ser lo que eres”. Este cuidado es el remo que nos permite navegar en el naufragio del vivir y sus radicales incertezas e inseguridades; desde este cuidado se incuban proyectos de resistencia ético estética a los panópticos de vigilancia y castigo de las sociedades modernas tocadas por el poder de dominación y el poder de poseer; cuidado que convierte la vida en una faena tremebunda para que todos escriban su biografía como relato poético y capital simbólico; cuidado que hace de la cultura lo que bellamente expresa nuestro poeta Barba Jacob: el conjunto de nuestro ser móviles, fértiles, plácidos, sórdidos, lúbricos, lúgubres, mortales; cuidado que aprende a conjugar tres verbos para enfrentar las circunstancias: deliberar, juzgar y decidir… En fin, este cuidado es la novela que todos tenemos que narrar en cuanto la vida es drama, tragedia y comedia, en la cual somos a la vez actores, espectadores y autores. La tríada deliberar, juzgar y decidir permite asumir con relativo entusiasmo este drama en cuanto hace posible dar una respuesta conveniente, oportuna y sensata a cualquier reto vital.
CONSIDERACIONES POLÍTICAS.
No vamos a entrar en la polémica de si el hombre es un lobo para el hombre o si lo más digno para el hombre es el hombre mismo; dejamos de lado afirmaciones como el infierno son los otros o las reflexiones cínicas sobre la cultura y la sociedad como obras meramente artificiales que deben ser destruidas volviendo a la naturaleza. Nuestra tesis sostiene que vivir es convivir, que el lenguaje sólo puede ser aprendido culturalmente, que puedo hablar una o varias lenguas potencialmente, pero que hablaré la que la cultura o culturas en que nací o me sumerjo, me permiten hablar; la cultura es así un hecho social y político. De ahí que tenga que pensar en categorías tan trilladas y manoseadas como: Estado, nación, ley, libertad, autoridad, colectividad, justicia, autonomía, convivencia… No se logrará sobre dichas categorías una uniformidad, lo que desbarataría la idea que se dio de cultura en tanto unidad en la diversidad del diferir de las diferencias individuales y colectivas. La ciudadanía tiene que ver con las categorías anteriores. En un rodeo etimológico, ciudadano viene del latín civis que, a su vez, viene del verbo coeo que significa juntarse en un lugar, no tanto en el sentido físico cuanto en el sentido de servicio mutuo entre los congregados en dicho lugar; servicio que transforma al ciudadano en conciudadano. Este lugar físico y simbólico es la civitas o ciudad en donde se ejercen los servicios, ya como derechos, ya como deberes, desde la representación y la participación. Mas, no son estos deberes y derechos la condición de posibilidad de la ciudadanía; la ciudadanía es el vivir en la ciudad desde la virtud que, en su etimología, es vigor excelente; ya lo sabía Pericles, el que delinea con firmeza las bases de la ciudad ateniense: “amamos lo bello y vivimos con simplicidad, y nos gustan la ciencia y la sabia disciplina”. De ahí la tríada de la ciudadanía ateniense que puede todavía resonar hoy: isonomía o igualdad ante la ley; isegoría o igualdad en la participación e isomoiría o equidad en la distribución de la riqueza. Esta igualdad no es el formalismo de las leyes; es la materialidad de la virtud como hábito de vivir y saber vivir bien. De ahí que la ciudadanía no sea otra cosa que la virtud hecha cultura y que la cultura convertida en virtud; es una forma de vida como cultivo de la piedad, la educación, la templanza, la sensatez, la veracidad, la fidelidad, la experiencia, la destreza, la camaradería, la solicitud, la economía, las artes… Y sobre todo, la amistad, esa virtud que permite que dos o muchos sean uno en la diversidad, que convierte la relación yo-tú en un nos-otros, que sin perder el otros o diversidad se hace nos o unidad. No se trata de anular el diferir de las diferencias, sino de afianzarlo como condición de posibilidad del diálogo entre diferentes que se hace complemento y simpatía. La amistad posibilita el despliegue de las potencialidades del amigo como otro y este despliegue hace posible la transformación desde el diálogo de los amigos. La palabra es en este ejercicio una experiencia, no de comunicación, sino de transformación y reunión de lo disperso y separado; desde esta palabra como diálogo, la amistad le puede decir a la razón guerrera que hay formas distintas de habitar el mundo como cultura diversas de la guerra; que la cultura puede ser vivida como convivencia, no a pesar de las diferencias, sino precisamente a causa de las diferencias; que el conflicto no se tiene que regular desde la razón vencedor-vencido, sino desde la erótica del equilibrio de los contrarios; que la contrariedad no es lo que hay que eliminar sino lo que hay alimentar como fundamento del estar ahí distintos en el complemento; que la alteridad no es lo que produce miedo sino lo que, por suscitar admiración y sorpresa, lleva al conocimiento de lo diverso como factor de reconocimiento. Es que compartimos la sentencia de San Agustín: “ ¿qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta, plagada de errores y penalidades, sino la lealtad no fingida, y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?”
Por las razones anteriores, arriesgamos la tesis de pensar la ciudadanía como la virtud hecha cultura y la cultura hecha virtud. Pensada así, la ciudadanía intensifica, en medio de lo que nos diferencia, lo que nos une y hace íntimos en este compartir mutuo de las diferencias. La virtud como cultura vitalmente asumida y la ciudadanía como virtud culturalmente vivida nos permite morar en el mundo preguntándonos por el sentido del saber, del poder y del creer; por el ser de las cosas; por el sentido de las ciencias; por el fundamento del obrar ético; por la relación hombre-mundo-Dios; por la historia y su sentido; por la producción y reproducción de los saberes; por el sentido de la tecnología y de la técnica como racionalidad que domina y transforma el mundo en útil e instrumento; por el sentido del cálculo y la planeación como agentes de prospectiva y competitividad; por las artes y su razón de ser; por las mediaciones religiosas y su sentido de habitar sacralmente el mundo; por el pasado, presente y futuro de la cultura como recuerdo del pasado, vivencia del presente y expectación del futuro; por las fiestas y su razón de ser; por los mitos y ancestros como fundamentos originarios en el principio de todo hecho cultural; por los imaginarios culturales de toda situación histórica; por la vida y sus intereses; por la cotidianidad y sus olores, sabores, colores, dichos, particularidades, saberes, creencias, sonidos, poderes, deseos, forma de cocer los alimentos, de vestirse, de quererse, de trabajar, de asociarse, de gozar, de creer, de percibir; por este cotidiano vital con su juego de placer, deber y acción…
Si la amistad es la cultura transformada en ciudadanía, meditar sobre la amistad es un compromiso ciudadano; meditación que es ya plan de ataque para afrontar nuestras circunstancias. Desde la amistad, las relaciones humanas se hacen subjetivación (posibilidad de ser uno mismo en los otros), no sujeción (ese estar atados y sometidos en el juego dominio-opresión). Es que la amistad comporta amor, benevolencia, familiaridad, cariño, confianza recíproca, alianza, concordia, afinidad, respeto, consenso, afecto, confidencia, consejo, diálogo, servicio… Ella instaura en el deseo de poder y de tener, el deseo de darse y no meramente de dar. Sabemos que es una utopía. Pero el formular utopías es una tarea cultural, ciudadana y amistosa. Cuando los romanos fundaban una civitas-ciudad se tenía la inauguratio que, literalmente significa, establecimiento de buenos augurios. Este establecimiento conllevaba la inspección del hígado de las aves descubiertas en el lugar, inspección que hacía el arúspice, es decir, el que establecía los auspicios de los dioses respecto a la ciudad. Esta mítica tarea de la inauguración-auspicios debe ser recuperada. La ciudad es un recinto para augurios y auspicios. Sólo por ello es utopía posible y templum o morada cultural. Pensada así, la relación ciudad-cultura-ciudadanía se convierte en una experiencia fascinante en medio de lo terrible, amenazante y demoledor que es la vida humana, en cuanto combina homo sapiens, homo faber y homo concors: hombre del saber, hombre del fabricar y hombre del convivir, entrecruza lo subjetivo, lo interpersonal y lo comunitario y se preocupa por formar buenas personas y lograr buenas instituciones.
CONSIDERACIONES FINALES.
Para terminar, queremos darle la palabra a sentencias tomadas de los Siete Sabios Griegos y que sintetizan lo que pretendimos plantear. De Solón, el Ateniense, traemos a colación las siguientes: “Preocúpate de lo virtuoso”. “Cultiva el trato de los amigos”. “Aconseja a los ciudadanos no lo más agradable, sino lo mejor”.
De Cleóbulo, el Líndico, entresacamos las siguientes: “Ten cuerpo y alma en bello y buen estado”. “Familiar a la virtud, extraño a la maldad”. “Deshaz enemistades”. “Lo óptimo: la mesura”.
De Quilón, el Lacedemonio, traemos a cuento éstas: “Acude sin prisas a los banquetes de los amigos, acude con prisas a sus desgracias”. “Gobierna bien tu propia casa”. “No corra tu lengua más que tu entendimiento”.
De Tales, el Milesio, citemos: “No trabajes por ser bello de rostro; sé más bien bello de obras”. Al gobernar, gobiérnate bellamente a ti mismo”.
De Pítaco, el Lesbio, podemos heredar: “Date cuenta del momento oportuno”. “No hagas tú lo que te indigna del prójimo”.
De Bías, el Prieneo, vale la pena citar: “Ama la sensatez”. “Obtendrás con ejercicio, memoria; con oportunidad, prevención; con modales, nobleza; con trabajos, continencia; con palabras, persuasión; con silencio, decoro; con sentencias, justicia”.
De Periandro, el Corintio, son dignas de recordar: “Democracia es mejor que tiranía”. “Muy peligrosa es la precipitación”.
En fin y sea lo que sea la cultura y la ciudadanía, estemos o no de acuerdo con las sentencias citadas, una cosa es cierta: la cultura invita a pensar y no a pontificar, a morar el mundo desde el cuidado y no desde la dominación, a ser virtuosos en el sentido de Isidoro de Sevilla, el maestro de las etimologías: “Virtus es la inmensidad de fuerza (virtus viene de vis, fuerza) en pruebas de trabajo y de peso”.