El paisaje como intervalo. “Mosquera”, (1949). Ignacio Gómez Jaramillo. Por: Lucrecia Piedrahita Orrego.
septiembre 25, 2011 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosEl paisaje como intervalo
“Mosquera”, (1949). Ignacio Gómez Jaramillo.
Por: Lucrecia Piedrahita Orrego.
“El mundo-imagen es la superficie de la globalización. Es nuestro mundo compartido. Empobrecida, oscura, superficial, esta imagen-superficie es toda nuestra experiencia compartida. No compartimos el mundo del otro modo. El objetivo no es alcanzar lo que está bajo la superficie de imagen: sino ampliarla, enriquecerla, darle definición, tiempo. En este punto emerge una nueva cultura”.
Susan Buck-Morss.
Las variadas relaciones entre arte y naturaleza, han demostrado, a lo largo de la historia múltiples cambios en la percepción artística. La naturaleza como tema produjo el paisaje y el bodegón como géneros pictóricos. “Los conceptos y las visiones que el arte establece sobre la naturaleza configuran un espejo sobre el que se mira y se proyecta la cultura”[1]. Será el siglo XX el escenario para que las vanguardias ataquen el paisaje pintado. Aparecerá un paisaje re-interpretado, resemantizado. Se volverá signo/símbolo y en otros casos comenzará una re-construcción crítica del mismo.
La cultura es el espacio que nos vincula con las tradiciones y los valores de una nación, representa el patrimonio tangible e intangible de las colectividades y es un elemento fundamental de cohesión social. El conjunto de pautas de pensamiento y de conducta que orientan las producciones materiales y mentales de un pueblo (Adela Cortina). Cuando se referencia un país una localidad, una ciudad se nombra un territorio. El territorio genera identidad y ésta se entiende como la plataforma simbólica a la que cada individuo accede según sus gustos, intereses, deseos y necesidades.
Cuando se revisan los procesos culturales en una región como Antioquia se evidencia una producción creativa fundada en gran medida, en los sentidos de la identidad regional, lo que permite analizar de manera critica las distintas significaciones políticas, sociales, económicas y culturales que han determinado la subjetividad antioqueña. El concepto de territorio es un elemento fundamental para analizar algunas vertientes de la cultura visual que caracterizan la región: ciudad y espacio público, territorio y violencia, territorio y procesos de colonización, paisaje rural y urbano, territorio y memoria, poéticas del paisaje, desplazamiento y lugar son algunos ejes temáticos que se derivan de la producción simbólica y cultural desarrollada por un número destacado de artistas plásticos.
Precisamente el pintor antioqueño Ignacio Gómez Jaramillo desarrolló su trabajo pictórico bajo la asimilación de los fundamentos del Cubismo, a través del conocimiento de Cezanne y acentúa con fuerza el concepto de paisaje superado de posturas románticas y valorando miradas nuevas sobre el entorno. Desde los años treinta del siglo XX se evidenciaba en sus obras los problemas de la forma y de la estructuración del espacio por encima de intereses por el mensaje o el contenido. Por esta razón, Gómez Jaramillo ha sido considerado el más moderno de los artistas de los años treinta y cuarenta en Colombia. En la obra “Mosquera” (1949), un óleo sobre lienzo de 40 x 49 cm, pieza que forma parte de la Colección del Palacio de la Cultura “Rafael Uribe Uribe”, los planos compositivos se definen por cuerpos o masas compactas de color que definen espacios geometrizados, exaltando los volúmenes en azules, grises, ocres y verdes. Estructuras geométricas que funcionan para controlar los contornos de la mirada en los diversos planos que ofrece el paisaje.
El desplazamiento de las pinceladas planas dispuestas en inclinaciones diversas y yuxtapuestas sobre el plano pictórico resignifican los límites de la estructura exacta, precisa matemática, y rigurosa de un paisaje –humanizado- como resultado de una ecuación meditada entre hombre y mundo. “Las interpretaciones del espacio que se pueden forjar en la mente están limitadas a lo que seamos capaces de conocer y comprender, Lo que pretendo insinuar con esta aseveración es que, aun concediendo que el hombre tenga ideas generales innatas, como los conceptos de espacio o de tiempo, es la experiencia quien define el carácter y las condiciones del espacio, configurando la capacidad perceptiva de él. La experiencia de la existencia y cualidades de lo que llamarnos espacio se aplica a la idea de espacio físico, es decir, al medio en el cual se ubica y se mueve el cuerpo, al volumen desocupado que surge sobre el plano del suelo que se pisa y que se extiende hasta donde abarca la mirada, a los límites visuales que acotan el horizonte. Las matemáticas pueden conjugar espacios infinitos e isótropos o imaginar espacios de «n» dimensiones, entelequias sobre las que podemos lucubrar, pero que escapan a la posibilidad de una experiencia práctica. La ciencia física pretende descubrir los imprecisos límites de ese espacio que se supone ocupa un universo en continua expansión, y ofrece medidas astronómicas entre estrellas de distancias inalcanzables. El geómetra, el agrimensor o el arquitecto pretenden dar razón de ese espacio en que se mueve el cuerpo y que, ingenuamente, llamamos «real», frente a las visiones intelectivas y abstractas. Pero ese espacio de la experiencia, aquel en el que nos movemos sin ayuda de conceptos filosóficos, Neos, matemáticos o físicos, no por suponerlo «real» y cotidiano resulta ser menos complejo y desconocido.”[2]
El paisaje se constituye en un mecanismo de ordenación, medición, racionalización de la cultura y es metáfora de identificación con el territorio. El paisaje implica las prácticas de visualidad y los dispositivos perceptivos, entre ellos la visión, y es también significado que se corresponde como mediador y espacio material, de vida y humanidad (humanitas) entre el hombre y la naturaleza.
Cuando el hombre moderno no tiene o carece de humanitas identificable ya no puede responder a –la pregunta de lo propio-, es decir, borra su propia figura, afirma Jean-Luc Nancy. Perder la humanitas es extraviar su capacidad de –hablante ideal- (orador), condición definitiva para mantener una vida activa desde lo público. Igualmente el concepto de humanitas, retomado por los humanistas del Renacimiento, para designar la ecuación conceptual del antropocentrismo y el neoplatonismo nos permite entender el espacio medido, racionalizado, calculable, de cuadrícula perfecta del humanismo renacentista que se corresponde con la idea de paisaje/espacio que se ancla en la idea de matematizar el mundo como lo plantearon los griegos. Un mundo como paisaje mediador entre la carencia de civilización y el humanitas que le otorga un centro al individuo, una experiencia habitable, habitacional con el mundo, el mundo como posesión, pertenencia, dominio, usufructo, goce, disfrute, poder, participación, tierra, capital y el mundo como un universo para ciudadanos.
Con el hombre como centro de esa experiencia (humanitas) es el mismo sujeto el que vivencia, experimenta ya como hombre moderno, un descentramiento, una pérdida nuclear, un desplazamiento del centro que conlleva a vivir en el exilio, no ya como pérdida o negatividad sino como “constitución misma de la existencia y la existencia que sería la consistencia del exilio”.[3] Existencia / exilio/ asilo son constituyentes del paisaje que hemos construido, del paisaje que se ha definido en nuestro entorno y del paisaje como imagen del mundo que hemos de abandonar por exilio, por voluntad propia o por asilo. Estas nociones son equiparables al concepto del “mundo en sí”, concebido por Deleuze, y cómo sobre ese mundo surge una imagen especial llamada “intervalo”, tal vez exilio? Esa imagen no es otra cosa que un sujeto que percibe el mundo, que deja ahora de ser un mundo “acentrado” para organizarse en torno a un centro constituido por el sujeto que percibe, desde el asilo?
Si ex de exilio y ex de existencia es lo que pertenece al hombre en tanto que le otorga –la propiedad de lo propio-, -una propiedad en tanto que ex, el exilio como la dimensión de lo propio o en otras palabras de Nancy donde nos cuestiona: “El exilio como asilo exige otro nombre para ser pensado. No sé cuál es ese nombre”. … Humanitas, tal vez puede ser una respuesta como propiedad básica de la existencia, como referente de la racionalidad de lo real, como espacio/paisaje que otorga sentido de identidad, como receptáculo del cuerpo o el cuerpo como el continente de la humanitas. La humanitas como la propiedad que nos es propia para detener la borradura del hombre y pensar que aun es posible dibujar o inventar –un espacio mundial inédito-, un paisaje como mediador entre civilidad y barbarie. Retornar al humanitas para encontrar respuesta a la pregunta de lo propio-, a la pregunta « ¿Qué es el hombre?».
En términos de espacio la vinculación entre hombre-mundo subraya nuevos paisajes, re-configurándose constantemente para ofrecer una naturaleza en donde están aconteciendo verdaderas revoluciones mudas. El paisaje es, hoy como siempre, el espacio experiencial que no puede apartar de sí la dimensión humana.
Y precisamente esta reflexión por las relaciones entre hombre y naturaleza y la re-construcción de un paisaje están presentes en “Mosquera” (1949), de Gómez Jaramillo en donde se redefine la acción de la pintura moderna, si tenemos en cuenta la temporalidad en la que fue ejecutada. Una pincelada / gesto que concreta la estructura expresiva y constructiva de la composición “las estructuras que determinan gestos marcan las propiedades con las que percibimos y reducimos el mundo entrópico de la percepción”[4] y, unos trazos matéricos y una organización del -paisaje pintado- que dan cuenta de un proceso de creación de sentido.
Fuentes:
BREA, José Luis. Los estudios visuales: por una epistemología política de la visualidad. En: http://www.joseluisbrea.net/articulos/losestudiosvisuales.htm#_edn1
GÓMEZ, Juan José, Cabezas, Lino, Copón Miguel, Ruiz Catalina. La representación de la representación. Ediciones Cátedra, Madrid, 2007.
MADERUELO, Javier. La idea del espacio en la arquitectura y el arte
contemporáneos, 1960-1989. Madrid: Ediciones Akal, 2008.
NANCY, Jean-Luc. El sentido del mundo. Traducción de Le sens du monde, Paris, Editions Galilée, 1993: Jorge Manuel Casas. La presente edición fue corregida por Eduardo Oscar Bisso y compuesta en Cultral Co. Sobre una maqueta de Vanesa Indij. 2003.
OLMO, Santiago. Desde el paisaje. En revista Lápiz, España (s,f); p, 33.
PIEDRAHITA, Lucrecia. Artes Plásticas en Antioquia 1950- 2055. De la esfera global al ámbito local, zonas del arte siglo XX – XXI. “Artes Plásticas en Antioquia”. IDEA, proyecto multimedial, Medellín 2005.
PIEDRAHITA, Lucrecia. Notas y memorias de clase. En: Jean-Frédéric Chevallier. Cuatro Filósofos Franceses Contemporáneos. Gilles Deleuze – Jean-François Lyotard – Guy Debord – Jean-Luc Nancy. [Un seminario a cerca de lo que el posmodernismo no es]. 17. Instituto de Estudios Críticos de México, D.F. – Calcuta, India. 2011.
[1] Olmo, Santiago. Desde el paisaje. En revista Lápiz, España (s,f); p, 33.
[2] Maderuelo, Javier. La idea del espacio en la arquitectura y el arte contemporáneos, 1960-1989. Madrid: Ediciones Akal, 2008.
[3] NANCY, Jean-Luc. El sentido del mundo. Traducción de Le sens du monde, Paris, Editions Galilée, 1993: Jorge Manuel Casas. La presente edición fue corregida por Eduardo Oscar Bisso y compuesta en Cultral Co. Sobre una maqueta de Vanesa Indij. 2003. P. 7.
[4] GÓMEZ, Juan José, Cabezas, Lino, Copón Miguel, Ruiz Catalina. La representación de la representación. Ediciones Cátedra, Madrid, 2007. P.38.

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