El ejercicio de la mirada. “Autorretrato”, (1941). Pedro Nel Gómez. Por: Lucrecia Piedrahita Orrego
julio 31, 2011 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin Comentarios

El ejercicio de la mirada
“Autorretrato”, (1941). Pedro Nel Gómez
Por: Lucrecia Piedrahita Orrego.
El desarrollo cultural y artístico en las primeras décadas del siglo XX contó con figuras claves como Pedro Nel Gómez, Eladio Vélez, Ignacio Gómez Jaramillo, Rafael Sáenz, Horacio Longas, José Horacio Betancur, Rodrigo Arenas Betancur, Ricardo Rendón, Bernardo y Luis Eduardo Vieco, los imagineros Carvajal, Marco Tobón Mejía y Francisco Antonio Cano, entre otros nombres destacados.
La característica del arte en Antioquia era el apego a las narrativas de la pintura representativa nacional. El tránsito de la pintura en los 40 y 50 fue modelada por dos grupos: Eladistas y Pedronelistas. Sin embargo, para la década del 50 se puede considerar, en gran medida, superada la idea modélica de los embates entre pedronelistas y eladistas. Más bien es posible subrogar las dos posturas que representan las formas de expresión artística de la década: una continuidad con la pintura que habla el idioma de la descripción y otra postura que implica el rechazo al realismo escueto, a la pretendida exacta reproducción del parecido.
Pedro Nel Gómez es un elemento diferenciador dentro del devenir del arte en Antioquia. Ingeniero, pintor, escultor y urbanista. Buscó Florencia, la ciudad de Lorenzo el Magnífico con el interés de acercarse a los grandes maestros del arte y conocer los postulados de la Academia Neoplatónica, circuito intelectual al que pertenecieron los hombres más refinados de la Florencia renacentista: Lorenzo El Magnífico, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Agnolo Poliziano y maestros como Alberti, Botticelli, Miguel Ángel Buonarotti y otros más. El hombre renacentista buscó el contacto directo con la naturaleza razonada y controlada por el hombre. Estar en contacto con ella significaba un remedio contra la melancolía. Así el pintor Antioqueño Pedro Nel Gómez encontró la filosofía neoplatónica en obras como “La Primavera” de Botticelli y en edificios que enseñaban los principios arquitectónicos sobre los que había teorizado Alberti: proporción armónica, impresión de fuerza, de calma y gravidez, simplicidad en la decoración y una clara identificación de los elementos clásicos.
Pedro Nel Gómez recorrió las calles de Florencia para encontrar tres artistas: Giotto, Masaccio y Miguel Ángel. A través de ellos descubrió el fresco y con el fresco la denuncia social y política. La cultura italiana de los siglos XIII y XIV se caracterizaba por la plena conciencia de la forma y el significado de los gestos, elementos plenamente asumidos por Giotto, un concienzudo observador de la vida. En su obra se destaca la expresión facial y el gesto que evidencia la vida interior de la figura. Un artista que observó la naturaleza humana pero más que su comprensión psicológica es que para observar y representar la naturaleza humana, se sirvió del conjunto de convenciones que articula una sociedad. Un ejemplo claro es la Madonna de la Galería de los Ufizzi. En esta obra, nos dice el crítico de arte italiano, Matteo Marangoni, “no vemos una reina o la dama que pintó Cimabue o Duccio di Buoninsegna, sino a la mujer de pueblo, de su tierra, fuerte, segura, potente, sana, que demuestra su origen plebeyo hasta en el modo de sentarse”. Igual sucede con la Madonna del Museo del Bargello de Miguel Ángel “no es ni Madonna, ni madre, sino el máximo de la armonía rítmica”, afirma Marangonni. Y Pedro Nel revisaría también al pintor Masaccio con su obra “La expulsión del Paraíso”, de la cual nos dice Marangoni: “Sin duda Eva representa el primer gesto moderno de la pintura italiana”.
Tres obras, tres artistas que influyeron en la personalidad de Pedro Nel Gómez quien con su formación como ingeniero, arquitecto, pintor, escultor y urbanista realizó numerosas actividades en estos campos. Pero sin duda la labor que comprendía magistralmente todas estas facetas de su ser y de su quehacer es la obra mural al fresco, técnica con la que pintó 2.200 metros cuadrados en once edificios públicos de Medellín, dos de Bogotá y uno de Cali. Pedro Nel Gómez manifestó siempre un gran amor a su oficio de fresquista y de educador que lo condujo como él mismo lo expresó a llevar a los muros, los dolores de su patria y de sus gentes.
Cuando se observa con detenimiento los frescos realizados por Miguel Ángel y por Masaccio se ve claramente cómo Pedro Nel traslada la elocuencia del mural a su tierra y medita la contundencia plástica de estos artistas. Ellos son vehículos de inspiración que en la obra del artista antioqueño adquiere matices americanistas y en donde los personajes de su obra serán el pueblo, la población campesina y la colectividad minera. Esta lectura permite subrayar la función social del arte, premisa indiscutible de su producción plástica que ahondará en sus contactos con los muralistas mexicanos y en la búsqueda de una identidad nacional, necesaria frente a un país con una historia marcada por hechos trágicos y violentos que cuestionaron al artista. Tal vez uno de los acontecimientos que marcaron el devenir del país y que sirvió como elemento motivador para la consigna de un arte con sentido social, sería el que narra el escritor Arturo Alape: … “Bogotá cortada en cruz sobre la carrera séptima y la de Jiménez por los rieles del tranvía; los cerros en reposo como telón de fondo inmovibles, un cielo encapotado y un enloquecedor frío sobre los hombres de vestidos cruzados y sombreros negros, ladeados y en el aire el hollín del tiempo pegado a sus respiraciones. Es mediodía del 9 de abril de 1948; la ciudad se desocupa, las gentes aceleran sus pasos para ir a almorzar. Hay cierta tranquilidad relativa, aunque el país había vivido una intensa oleada de violencia en algunos departamentos, un grupo de lustrabotas, especie de guardia personal de Gaitán al salir de su oficina, silban con cierto desgano al compás de sus manos que brillan los zapatos de los transeúntes. …“La ciudad ha cambiado de apariencia, al engalanarse para las fiestas sociales en homenaje a los muchos delegados a la Novena Conferencia Panamericana, mientras en cualquier rincón se escondía la miseria real de un pueblo que había encontrado en la voz, en el verbo encendido de Gaitán una posible redención social [...] A la una y diez minutos de la madrugada del 9 de abril Gaitán terminaba su emocionante defensa del teniente Jesús Cortés y pedía para él la absolución [...] Las dos y cinco de la mañana. El fallo fue absolutorio en un todo, de cuerpo con las tesis planteadas por Gaitán. …“Las barras sacaron al líder en hombros y él se encontró con la soledad de una ciudad que tanto amaba y que pocas horas después iba a cambiar en todo sentido por su muerte. La multitud que lo vitoreaba quedaba a sus espaldas. Plinio Mendoza Neira necesitaba hablar con Gaitán sobre alguna cosa urgente. Fue a su oficina… Gaitán recibía los últimos elogios de sus amigos. Había sido su más importante triunfo como penalista… Plinio Mendoza Neira sintió de pronto que Gaitán retrocedía en la [calle], tratando de cubrirse el rostro con las manos. Escuchó tres disparos consecutivos. Trató de ayudarlo. Gaitán, demudado, los ojos semiabiertos, un rictus amargo en los labios y los cabellos en desorden. Un hilillo de sangre corría bajo su cabeza”.[1]
Pedro Nel Gómez no desligó el arte de la vida misma, sus historias, sus pasiones, sus conflictos se convirtieron en construcciones estéticas que hoy nos permiten levantar un mapa político de hechos fundamentales en Colombia. Al maestro hay que ubicarlo en distintas coordenadas: conoce Florencia, asimila los postulados renacentistas que buscaron un hombre interpretante de la realidad y que asumió la obra de arte como una ventana abierta al mundo lo que significaba la conjunción del arte, la ciencia y la técnica al servicio del hombre, y por época, conoce las vanguardias que desfilaron por el siglo XX. A propósito de la vanguardia afirma Umberto Eco: “El arte de las vanguardias no plantea el problema de la belleza. Se sobreentiende, sin duda, que las nuevas imágenes son artísticamente “bellas” y han de proporcionar el mismo placer procurado a sus contemporáneos por un cuadro de Giotto o de Rafael, precisamente porque la provocación vanguardista viola todos los cánones estéticos respetados hasta ese momento. El arte ya no se propone proporcionar una imagen de la belleza natural, ni pretende procurar placer sosegado de la contemplación de formas armónicas. Al contrario, lo que pretende es enseñar a interpretar el mundo con una mirada distinta, a disfrutar del retorno a modelos arcaicos o exóticos”.[2]
El artista enfrenta dos posturas diametralmente opuestas: vanguardia y Renacimiento. Vanguardia porque sin dudas la postura del artista antioqueño fue romper con las normas estéticas del academicismo que en nuestro medio, y en algunos casos, privilegió lo decorativo y retinal. Una premisa se rompía con Pedro Nel Gómez: evitar la imitación fidedigna del mundo de lo real pero a su vez, se anclaba en un elemento de rechazo para los postulados de la estética que proclamaba la vanguardia: liberar la obra de arte de contenidos extra-artísticos y esto no era posible en el artista antioqueño: su compromiso era con el arte y con la vida, por lo tanto el arte debía denunciar y sobre esta base el maestro difundió la idea de un arte con mensaje social, sustentado en las ideas de la revolución americanista. A propósito nos dice el investigador Santiago Londoño: “La obra de Pedro Nel Gómez, que en un primer momento produjo un fuerte remezón en las formas centenaristas afincadas en la expresión nacional, evolucionó hasta configurar una suerte de retórica visual cuya eficacia quedó restringida a la elegía patriótica. Los conflictos a los que el artista dio expresión inicialmente, evolucionaron como evolucionó la realidad política y económica del país; las formas artísticas también continuaron su curso siempre cambiante”.
Pedro Nel Gómez es definitivo para la historia del arte en Colombia. Señalado por muchos como uno de los precursores del arte moderno en el país, criticado y admirado, cuestionado y revalorado con el tiempo que le devuelve su puesto en la historia. Sus retratos son en su mayoría orgánicos, de silencios, muchos silencios y tienen la calidez del alma humana. Unos son urbanos, otros híbridos. Todos son retratos que recogen instantes. La vanguardia de Pedro Nel Gómez consistió en rechazar la pintura importada “en contenidos” pero el artista no estuvo sólo en esta tarea, Latinoamérica contó con artistas que le mostraron a Europa y EE.UU. que ellos eran capaces de “crear imágenes” y no necesariamente tener que importar estilos. Bastaba la riqueza social de los países latinos como tema suficientemente amplio para explorar, y desarrollar los aspectos locales y de esta manera enseñar cómo cada sociedad se pensaba a sí misma y pensaba a las otras. Todos, artistas cargados de una excepcional intuición y que sin duda le entregaron al público del continente un lenguaje plástico moderno.
Pedro Nel hace parte de un grupo de pintores que dieron impulso para que surgieran en las décadas posteriores artistas con trabajos maduros que hicieron valiosos aportes a las gramáticas del arte moderno. Formalmente el artista antioqueño buscó muchas veces el espejo renacentista y también se acercó a pintores como Cezanne y Van Gogh pero su verdadera vanguardia está presente en la necesidad de nombrar un territorio, de definirle los límites, de creer que la educación era el medio más viable para buscar la libertad. Incluso el maestro, en su conocimiento, entendió que más allá de la postura estética, su verdadera revolución planteaba la necesidad de nombrar lo innombrado: Antioquia, Colombia, Suramérica, eran territorios sin tierra para la Europa de 1928, de 1930.
El artista en su afán por comunicar ideas a través del mural es parangonable al interés de una ciudad por un museo que lo represente o por un museo que busca públicos. El mural, las paredes intervenidas del artista son equiparables a un museo. El artista que interviene el edificio, que representa la municipalidad, las universidades, los interiores de espacios de gobierno nacional, son todos lugares de representatividad, lugares de reunión, de discusión, lugares que podrían entenderse como los espacios museográficos que concibió Pedro Nel Gómez para vivir lo público. Los murales, en cierta medida son la cristalización espacial y parietal de un museo, entendido éste como lugar de la comunicación. A través del tiempo el estudio que se ha hecho a su obra mural nos permite hablar de ella como mediadora de cultura, de conocimiento, de debate y de confrontación.
El artista antioqueño conocía los postulados de Leonardo da Vinci quien entendía que la “concepción artística o visual de la realidad” es un conocimiento o ciencia que constituye un añadido insustituible de vida consciente, por eso el hombre alcanza verdaderamente su totalidad sólo si ejecuta también la actividad visual. Y los murales permiten esto: movilidad visual, otorgar información y generar pensamiento. Son retratos colectivos, un documento histórico, cultural y social. Son galerías de cultura pública. Pedro Nel Gómez se dio a la tarea de reconstruir la geografía social de Colombia.
El artista muralista entendió el retrato como espejo en el que podemos observarnos, como la posibilidad psicológica para conocer y acercarnos a ese personaje que nos devuelve la mirada, se nos ofrece de frente o de perfil y nos devela su interior. El retrato es la representación de la personalidad, es el género artístico que nos permite la diferenciación y la individualidad. A través de la historia el retrato ha sido un símbolo de mando, por lo general reservado a los soberanos. Es importante saber que la gran época del retrato comprende el período entre la Baja Edad Media y el siglo XVII. El retrato inmortalizó a príncipes, altos miembros de la iglesia, comerciantes, artesanos, artistas y se entendía además como una manera de realzar la reputación del retratado.
Son múltiples las variantes del retrato: de perfil, frontal y sugestivo, de tres cuartos. Así mismo se distingue el retrato individual y colectivo, todas éstas, maneras de captar el alma de una persona, como afirmaba Cezanne, el otro gran maestro en quien se detendría Pedro Nel Gómez quien entendió que el arte no podía ser únicamente registro y provocación de un goce estético sino que comprendió el arte como un instrumento de conocimiento.
“Autorretrato” (1941), obra de Pedro Nel Gómez, un óleo sobre lienzo de 69.5 x 59 cm, obra de la Colección del Museo de Antioquia reflexiona por la soledad en el espacio de lo privado, de lo reservado y por la representación del cuerpo en el arte. La historia del hombre puede escribirse a partir de las huellas que dejan sus modos de habitar. Historia concreta de muros que, al encerrar un espacio, otorgan al hombre un centro en el que le es posible reconocerse. Espacios que se transforman. Tiempo que no se detiene. Y en ellos, y a través de ellos, el hombre y su casa, sus objetos, sus paisajes, sus ancestros, sus lazos sociales… En una palabra: el hombre y los signos de su existencia. La idea de habitar (la soledad) relaciona íntimamente los conceptos de lugar y ser. Habitar, según Heidegger, es convertir el espacio físico, racionalmente constituido, en una representación material del “ser en la tierra”. Es decir, dotar de significado las categorías del ser y estar. En la relación significativa que se da entre el ser y el habitar un lugar, un espacio, se desarrolla un sentido de identidad y pertenencia, en el cual la función espacial posee unas características culturales, familiares, económicas, sociales, además de unos valores simbólicos que determinan esa relación.
Pedro Nel Gómez pinta para ver el atardecer, la ciudad, unos ojos azules. Los días son leídos por su retina, registrados para su memoria visual. Para el artista la pintura es su sistema proyectual y el vínculo con la familia, con la tierra, con el espacio vacío, ella le sirve de albergue. Es la casa de infancia, la casa de todos los tiempos. En “Autorretrato” (1941) se evidencia el testamento artístico y espiritual de Pedro Nel Gómez, un manifiesto de sus convencimientos y de la finalidad de su poética. El retrato en el artista es su autobiografía. El hombre tiene su cuerpo como instrumento de comunicación y como lenguaje que puede leerse y analizarse según una compleja red de perspectivas antropológicas, estéticas y semióticas. El cuerpo es un campo de transmisión de emociones, espacio de todos los espacios, lugar de habitación, idea central del pensamiento, centro del placer y del dolor, referente constante de la plástica, y volumen sígnico que evidencia sus historias y tragedias. El espacio de la pintura en Pedro Nel Gómez es el contenedor de la totalidad de los objetos del afecto, de su cuerpo material e inmaterial. La mediación del sujeto con el mundo, la concreción de una existencia, sólo es posible gracias a la presencia de un cuerpo, de un espacio físico real en el que la vida tiene lugar. “Nuestras experiencias de la realidad dependen de la integralidad del organismo, o de sus lesiones transitorias o indelebles”.[3] El cuerpo es reflejo de las sensaciones internas, a veces delata, otras esconde. Una cierta libertad de movimiento influye sobre la psique, liberando a su vez al sujeto o, en caso contrario, condicionando la corporalidad. En las expresiones del cuerpo hay una representación proyectiva de su historia, de sus duelos silenciosos, de la incertidumbre que lo marca, de la problemática que en esencia ha coartado su libertad y la independencia de decidir. “Toda historia actual del cuerpo es la de su demarcación, de la red de marcas y de signos que lo cuadriculan, lo parcelan, lo niegan en su diferencia y su ambivalencia general radical para organizarlo en un material estructural de intercambio/signo”.[4] El “Autorretrato” trabajado a manera de un largo plano fijo permite recomponer la imagen misma y comprender mejor el tiempo contenido en el cuerpo.
Para referenciar el “Autorretrato” (1941), del maestro Pedro Nel Gómez es necesario remitirse a la autografía que alude a la concepción individual artística y de identidad entre arte-lenguaje-expresión. La autografía atestigua el uso de la firma. La firma es una condición sine qua non de valor, como dice Carlo Ragghianti, fundador de los estudios en Museología y Museografía en Florencia: “La firma es una norma estética y una ley moral del hacer artístico. El autógrafo no consiente dudas, equívocos o arbitrios al espectador”. Y esto es lo que se lee en el autorretrato del artista. Esta obra es su firma. Observamos un hombre de sombrero y ruana, desprovisto de espacios que lo limiten y dispuesto sobre un fondo intenso de rojo veneciano, su mirada recia da cuenta de su carácter. En este autorretrato el artista proyecta su personalidad y refleja sentimientos que se renuevan cada vez que nos paramos frente a la obra, en donde la síntesis del encuadre, como primera operación de sentido, es un factor integral que tensa la composición y hace mover el ojo/cámara dentro del plano evidentemente plástico.
Así mismo el diseño entendido como la línea que encierra y delimita comparte valores iguales con el color, elemento más cercano a la percepción sensorial. Un autorretrato se entiende como el interés autobiográfico, es una auto confesión del artista que se expone al público. Afirma Jorge Luis Borges en su cuento, Funes el memorioso: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (“creo”) sus manos afiladas de trenzador”.
Pedro Nel Gómez, el artista que distinguió la necesidad de instaurar una cultura pública, el urbanista, el arquitecto, el pintor, el retratista asumió un compromiso con la historia a través de la temporalidad pictórica y la personalidad precisa de un pensamiento creativo.
Fuentes
ALAPE, Arturo. El 9 de abril, asesinato de una esperanza. En: Nueva Historia de Colombia. Tomo II. Historia política 1946 – 1986. Bogotá: Planeta, 1998. P, 33 – 35.
BAUDRILLARD, Jean. El intercambio simbólico y la muerte. Caracas: Monte Ávila, 1992.
BORGES, Jorge Luis. Ficciones. Alianza Emecé (Alianza Editorial) 1993; Argentina.
DOLTO, Françoise. La imagen inconsciente del cuerpo. Barcelona: Paidós, 1984.
ECO, Umberto. Historia de la belleza. Editorial: Lumen. Marzo 2005.
LONDOÑO VÉLEZ, Santiago, Historia de la pintura y el grabado en Antioquia, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1996.
PIEDRAHITA, Lucrecia, Restrepo, Luisa Fernanda. La diosa des – alada. El cuerpo como espacio en el desplazado y sus narrativas de interpretación. Beca de Investigación del Ministerio de Cultura. 2002.
PIEDRAHITA, Lucrecia. Artes Plásticas en Antioquia 1950- 2055. De la esfera global al ámbito local, zonas del arte siglo XX – XXI. “Artes Plásticas en Antioquia”. IDEA, proyecto multimedial, Medellín 2005..
[1] ALAPE, Arturo. El 9 de abril, asesinato de una esperanza. En: Nueva Historia de Colombia. Tomo II. Historia política 1946 – 1986. Bogotá: Planeta, 1998. P, 33 – 35.
[2] ECO, Umberto. Historia de la belleza. Editorial Tecnos S.A, 1987.
[3] DOLTO, Françoise. La imagen inconsciente del cuerpo. Barcelona: Paidós, 1984. p. 18
[4] BAUDRILLARD, Jean. El intercambio simbólico y la muerte. Caracas: Monte Ávila, 1992. p. 117












































