La casa de todos los tiempos. (Inauguración de Memoria Decapitada en Bogotá. Investigación / Proyecto / Curaduría: Lucrecia Piedrahita)
noviembre 24, 2009 11:28 pm Prácticas Artísticas ContemporáneasLA CASA DE TODOS LOS TIEMPOS
Por: Lucrecia Pierahita
“La casa luchaba bravamente. Primero se quejó; los peores vendavales la atacaron por todas partes a la vez, con un odio bien claro y tales rugidos de rabia que, por momentos, el miedo me daba escalofríos. Pero ella se mantuvo. Desde el comienzo de la tempestad unos vientos gruñones la tomaron con el tejado. Trataron de arrancarlo, de deslomarlo, de hacerlo pedazos, de aspirarlo, pero abombó la espalda y se adhirió a la vieja armazón. Entonces llegaron otros vientos y precipitándose a ras del suelo embistieron las paredes. Todo se conmovió bajo el impetuoso choque, pero la casa flexible, doblegándose, resistió a la bestia. Estaba indudablemente adherida a la tierra de la isla por raíces inquebrantables, que daban a sus delgadas paredes de caña enlucida y tablas, una fuerza sobrenatural. Por mucho que insultaran las puertas y las contraventanas, que se pronunciaran terribles amenazas, trompeteando en la chimenea, el ser ya humano, donde yo refugiaba mi cuerpo, no cedió ni un ápice a la tempestad.
La casa se estrechó contra mí como una loba, y por momentos sentía su aroma descender maternalmente hasta mi corazón. Aquella noche fue verdaderamente mi madre. Solo la tuve para guardarme y sostenerme. Estábamos solos.”. Gastón Bachelard
Cuando los cientos de hombres y mujeres sometidos al desplazamiento forzado llegan a la ciudad, los trazos visibles del campo comienzan a desdibujárseles. El recuerdo de la tierra de donde provienen es persistente, pero es un lugar ajeno sobre el que se ha desatado el temor. La imagen propia se encuentra rota, y sólo es posible recuperarla cuando se construye la historia colectiva de los que han participado en los hechos.
Para los campesinos, el desarraigo significa el abandono de lo que les ha pertenecido por generaciones; la mutilación de su vínculo con la tierra, lo único que consideran propio. El campo es la herencia que han recogido y que nunca pensaron abandonar, porque es un legado que no acaba, dispuesto siempre a producir, a servirles de albergue. Es la casa de infancia, la casa de todos los tiempos.
El mundo de los desplazados es la autobiografía de cada uno de los individuos que sufre los rigores de una guerra que no da tregua para pensar. Una guerra que exige que se decapite la memoria; o se archive en los sobres de algunas cartas recibidas tiempo atrás; que se esconda en bolsas y se cubra con papeles en el fondo de una maleta que guardará herméticamente toda una historia familiar. Allí nadie la despierta, pues, si lo hace, todo lo que habría para contar espantaría y los entregaría al enemigo. Por eso es mejor callar, hundir también la voz en el fondo de esas maletas, echarle encima lo poco que les queda; tal vez así puedan algún día descifrar alfabetos que hoy no son entendibles.
Al romperse el nexo con la casa familiar se emprende un éxodo doloroso a través de un viaje que no da tiempo para elaborar el duelo. Los grupos de personas desplazadas llegan a la ciudad de Medellín con su mundo privado al descubierto. Están ahí, amontonados en las laderas de la urbe. Llegan como fugitivos, como extraños dentro de su propio país. La ciudad es un escenario nuevo para muchos de ellos. Una zona inconquistable. La ciudad es una sucesión ininterrumpida de geometrías que se expanden. En ella, las luces simulan un río incontenible que se derrama por entre el valle y las montañas. No lo controla la mirada. Tiene miles de afluentes, miles de cauces. Y es por entre esos miles de ríos de luz por donde caminan los desplazados para ir en búsqueda de afluentes más lejanos, de los que se pierden ya en las colinas. Cuando llegan a la ciudad, su identidad se hace visible. Cargan los rincones de las casas que han abandonado; sus fisionomías revelan los trabajos del campo, y sus rostros están cansados de repetirse que no será fácil hacerse a otro destino.














Juan Diego Madrid Arango :
Date: noviembre 25, 2009 @ 7:58 am
Solo plasmados en el arte tienen sosiego los desplazados, pero en vida jamas.
Paulo Cesar Barbatti :
Date: noviembre 25, 2009 @ 10:04 am
Querida amiga Lucrecia: Leo el presente artículo, con mucha tristeza en mi corazón. Es una história real y cruel en la vida de estas humildes personas. Lo mismo ocurre aquí en Brasil, donde muchos “nordestinos” que salen de sus tierras en Pernambuco, Alagoas, Ceará y Rio Grande do Norte, al llegar en São Paulo o en Rio de Janeiro con sus familias, en busca de empleo y de una vida mejor, terminan viviendo por las calles, abandonados y sin dinero para volver a sus hogares. La única diferencia en relación a Colombia, es que no lo hacen por miedo de la violencia, pero sí, en busca de una mejor oportunidad. Me entristece demasiado lo que pasan los campesinos en Colombia, agredidos por la falta de plata, de condiciones para trabajar, de tranquilidad y seguridad y aún por las agreciones cobardes, sufridas por estes animales de Las Farc y narcotraficantes. Sólo puedo en mi corazón, orar a Dios para bendecirlos con su Amor, para que las autoridades los apoyen y los ayuden en su lucha para una vida mejor, segura, dígna y más feliz…
Un sincero saludo desde Brasil…
Paulo
JUAN BAEZ :
Date: septiembre 24, 2010 @ 5:54 pm
Dra. Lucrecia,
Soy historiador recién graduado de la Universidad Industrial de Santander en Bucaramanga, y he tenido la oportunidad (si tocar un drama de estas magnitudes se le pueda llamar así) de trabajar en temas de desplazamiento forzado en mi ciudad al lado de la Prof. Ivonne Suarez Pinzón.
he visto su investigación y sería interesante poder intercambiar experiencias de sus estudios y nuestro interés investigativo en el tema.
Saludos.
LUCRECIA PIEDRAHITA :
Date: septiembre 27, 2010 @ 9:36 am
Saludos Juan, cómo estás. Me da mucho gusto saber que compartimos temas que nos convocan a todos como ciudadanos.
A través de la Profesora Ivonne Suárez puedes contactarte conmigo. Le pides mi mail y mi teléfono y con gusto nos comunicamos.
Saludos
Lucrecia Piedrahita