PRESENCIA, MATERIALIDAD Y CRÍTICA – Sergio Martínez Luna
junio 4, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosLa historiadora del arte Janet Wolff (2012) ha advertido de que la tendencia de los estudios visuales y, en general, del análisis cultural, a situar en un lugar central de sus inquietudes la noción de “presencia” podría estar desgastando el filo crítico-político de estos estudios. El poder de las imágenes queda desanclado de las determinaciones y dependencias sociales, culturales e históricas que lo modelan. El giro hacia la presencia estaría trabajando en contra de las inquietudes que han ido componiendo tentativamente el campo de estudios de los estudios visuales en los últimos años. En efecto, estos estarían comprometidos con el reconocimiento y el estudio de la importancia de las imágenes y los imaginarios en las sociedades actuales, como portadores y generadores de valor cultural y simbólico.
Desde aquí se realiza una objeción a los estudios humanísticos, tradicionalmente volcados en el estudio de las letras, es decir, dando privilegio a la relevancia del lenguaje- la herencia logocéntrica- en la configuración del conocimiento y en los procesos de creación de significado y simbolicidad. La cuestión es si el desplazamiento de ese logocentrismo conduce necesariamente a desalojar al lenguaje del análisis y, como cabría esperar, girarlo hacia una noción de presencia- que gravita en torno a otras, como la inmediatez, el poder de las imágenes o la capacidad de agencia de los objetos- en la que se considera que se agota el significado, permaneciendo este en alguna medida inabordable, ubicado en la esfera fenomenológica de la materialidad, del cuerpo, de experiencias al fin inexpresables.
Se reduciría así, siguiendo a Wolff, la incidencia crítica del análisis cultural, al menos por el flanco que han querido abrir los estudios visuales. Estos, si bien están interesados en cuestionar el influjo de lo lingüístico en el estudio de las imágenes, se basan en la idea de que todo ver/mirar, y toda imagen, es el resultado de una construcción social y cultural, articulada dentro de procesos complejos de creación de significado. Así que, aunque pudiera parecer paradójico, el caballo de batalla de estos estudios podría resumirse muy bien en la declaración de que no existe algo así como una “esencia” de la visión. Algunas de las polémicas más vibrantes entre los practicantes de estos estudios ha girado en torno a si los enfoques de unos u otros caen, más o menos conscientemente, en tal esencialismo (Bal 2006). Los actos de visión están determinados y recorridos por cuestiones discursivas, culturales, políticas, de género, tecnológicas… Así que su estudio se dirige no so lo al mero acto de ver (o ser visto) y a la forma en la que de ello se gana conocimiento, sino a las preguntas que surgen alrededor de los actos de ver, mirar y ser mirado, vigilar y ser vigilado, hacer, compartir, destruir imágenes, acerca de cómo estas prácticas están recorridas por relaciones de desigualdad y de poder. En este sentido, dicho sea de paso, se está sugiriendo desde distintas posiciones que una denominación más acertada de estos estudios sería la de unos estudios de los medios y las mediaciones (Media Studies), noción desde la que podrían refutarse con más empaque unas u otras derivas esencialistas.
Surgen una serie de problemas. Junto al llamamiento a considerar a las imágenes y a los actos de ver articulados con el discurso, el poder o el lenguaje para debilitar cualquier deriva esencialista, aparece lo que Keith Moxey (2009) ha denominado una desconfianza postderridaniana para con los poderes del lenguaje que ha generado un interés por el poder de los objetos y las imágenes, sus formas de agencia o sus “lenguas”. El “giro icónico” señala un cierto retorno de una imagen resistente a quedar agotada en el significado, el texto o la traducción. La especificidad de la imagen se mostraría refractaria frente al análisis textual, resistencia que ha sido abordada por autores- citando, entre otros, a dos bien distintos- como W.J.T. Mitchell o Horst Bredekamp. Los objetos visuales no pueden ser reducidos a códigos y sistemas significantes. En la medida en que retoman poderes y propiedades que quedaban silenciados bajo el aparato interpretativo, las imágenes y los objetos rec uperan una dimensión “presencial”, que no puede ser agotada en ningún juego de equivalencias y translaciones textuales o lingüísticas. Se trata de eso que, en palabras de Hans Ulrich Gumbrech, el significado no puede transmitir.
Moxey ha propuesto un estado de la cuestión de los desarrollos actuales de los estudios visuales, según el cual éstos podrían dividirse entre el interés por el estudio de la imagen como crítica de la representación y la insistencia en las propiedades de la imagen como presencia. Con todo, ambas aproximaciones aparecen a menudo reconciliadas entre sí. Aunque se dirige a un problema relativamente diferente- la escritura y el encuentro etnográficos- Johannes Fabian señaló que la producción de presencia no puede ser separada de la crítica de las representaciones: sería participando con el “otro” en tal crítica como éste se haría presente. La comparación entre el estudio de la presencia icónica de las imágenes y el modelo interpretativo de los estudios visuales muestra para Moxey que ambas posiciones acaban necesitando apoyo mutuo. No obstante, las dos perspectivas, con su complementariedad, están basadas en que el supuesto poder de las imágenes en último término depende del qu e unos y otros le atribuyen. Tanto la perspectiva semiótica como la ontológica entienden que las formas en las que los objetos y las imágenes nos apelan, se muestran como animados y autónomos, están ligados a nuestras relaciones con ellos. Esa agencia atribuida es secundaria: muestra un cierto grado de independencia, pero ligado a la cultura humana. Agencia y autonomía son relativas porque solo existen a través del poder con el que investimos a los objetos.
Definiendo este territorio de encuentro entre ambas posturas Moxey entiende que la insistencia en la presencia y la visualidad de los textos abre nuevas vías para entender cómo funciona el texto y nuevas trayectorias para la interpretación y el análisis. Las derivas a la simplificación o el reduccionismo hermenéutico se verían rectificadas por la presencia de la textualidad visual. Pero cabe preguntarse que si las teorías de la presencia (o al menos algunas de ellas) parten de nociones de inmediatez, vivencias no- o pre-simbólicas, la conciliación propuesta por Moxey- la necesidad de reconocer características y experiencias de lo visual que se resisten a ser reducidas a la interpretación- es lo bastante sólida como para evitar la desembocadura en una difusa esfera de misticismo en la que difícilmente haya lugar para la crítica.
¿Y si tomáramos el surgimiento de ese interés por la presencia de otra forma, más polémica que consensual para con la posibilidad de la interpretación? Pienso que muchas de las tendencias que Wolff ubica dentro de tal interés (repertorio en el que esta historiadora incluye, en cualquier caso, posiciones demasiado heterogéneas: ciertas recuperaciones de la fenomenología, el giro afectivo, teorías postilustradas o posthumanas, la teoría del actor-red, e incluso la neuroestética) pueden ser mejor entendidas desde una arena de discusión, más que de conciliación. La clave sería aquí la idea de que la agencia de los objetos y de las imágenes depende en último término de atribuciones humanas. Este tipo de aproximación señala, de hecho, las limitaciones que muchas de las teorías configuradas en torno a la presencia y el poder de los objetos presentan, en la medida en que no llegan a tocar, o a trastocar, tanto como parecían prometer, las condiciones del encuentro con los otros, co n los objetos, y del análisis, la traducción, o la interpretación.
La cuestión no es entonces hacer bascular el análisis hacia los objetos. El “humano demasiado humano” no se rectifica realmente con ese desplazamiento, aunque con ello accedamos a una idea más humilde de humanidad. El antropólogo Christopher Pinney (2005) se ha preguntado si inclinarse hacia el poder de los objetos (su poder cuasi-humano) no viene a consolidar los procesos de purificación que Bruno Latour ha reconocido característicos de la modernidad. Esto es, la insistencia en separar sujetos y objetos, humano y no humano. Ejemplo de esto podría ser la fascinante teoría antropológica del arte de Alfred Gell, según la cual los objetos poseen una capacidad de agencia vicaria, dependiente en último término de una teoría de la intencionalidad centrada en un sujeto encargado de atribuir las agencias según el modelo lógico de la abducción. Si la materialidad es configurada como objetualidad, lo que se gana es solo dar preferencia a los objetos sobre los sujetos, pero no se lle ga a cuestionar el modelo binario en el que habitan ambas partes. De ahí que esa separación, el proceso de purificación de Latour, salga reforzado.
Otro trabajo clásico sobre la cultura material, The Social Life of Things, editado por Arjun Appadurai en 1986, tampoco estaría libre de esa tendencia “purificadora”. La insistencia en la vida social de los objetos recortaría en negativo el perfil de una visión de la realidad que gira alrededor de los seres humanos. Dotar a los objetos de características cuasi-humanas, otorgándoles una vida que se va construyendo a través de sus variadas historias y trayectorias, es una operación que liga esa vida social a los espacios de representación ya dados de la cultura y la sociedad. Los objetos son traducidos, a través de lo que Appadurai llama fetichismo metodológico, dentro de esos espacios como signos, y el objeto solo adquiere poder en su trayectoria a través de ellos. Las narrativas de la vida social de las cosas reafirman finalmente la agencia humana a través de los que ellas circulan. En el necesario propósito de desesencializar a los objetos y las imágenes, estos q uedan vacíos, disponibles para que, si bien de forma más oblicua, la cultura, lo discursivo, la representación, permanezcan por encima de lo material, lo figural o lo presencial.
Estas contradicciones indican que no es sencillo dejar atrás el influjo del giro lingüístico, y, añadiría que no está claro que sea productivo pretender descartarlo en bruto. “Algo ha pasado” tras ese giro: no se debe olvidar que tal enfoque sigue siendo un potente antídoto contra la idea de un significado natural, autónomo o pleno, un recordatorio del carácter convencional (consensuado o impuesto) de los significados. El problema surge cuando se clausura el margen de explicación de las formas en que imágenes y objetos se inscriben en la cultura en términos únicamente lingüísticos. La oposición entre sujeto y objeto arrastra otras oposiciones, empezando por la de presencia-ausencia, hacia la esfera de influencia de una persistente lógica binaria.
El poder de los objetos y de las imágenes, más allá de inclinar el análisis hacia ellos, en perjuicio de los sujetos, señalaría la necesidad de configurar otros modos de análisis y de interpretación. Ese poder llevaría a la presencia, más que a una materialidad muda, al propio espacio de representación a través del que interpretamos y traducimos. En las versiones más radicales del estudio antropológico de los artefactos en la cultura material se ha querido ver una superación de la separación purificadora entre objetos y objetos, manifestaciones materiales y significados. Las cosas pueden ser tratadas como significados sui generis (Henare et al. 2007). Los artefactos no se estudian, ni se ponen, en sus contextos, sino que hay que aprender a reconocer los contextos que ellos producen. Dentro de una cierta línea de investigación de la antropología contemporánea- jalonada por nombres decisivos como el propio Latour, Roy Wagner, Marylin Strathern o Eduardo Viveiros de Castro- s e abre el análisis a una pluralidad de ontologías o una ontología comparativa, que pone en crisis las determinaciones heredadas que insisten en distinguir al sujeto, “nosotros”, de todo lo que él no es: lo no-occidental, lo no-moderno, lo-no humano. De lo aquí se trata, según Viveiros de Castro, es de redefinir a la antropología como un saber menor (aunque el desafío puede comprometer también a otras formas de análisis) que, frente a las grandes divisiones, sea capaz de hacer proliferar las pequeñas multiplicidades, acceder a una idea de humanidad no separada, no finalizada, no clausurada. Proliferación de las multiplicidades no significa superación de los límites que unen y separan a los signos y al mundo, a las personas y a las cosas, nosotros y ellos, humanos y no humanos, sino plegar, difractar y flexionar las líneas de partición en curvas infinitamente complejas (Viveiros de Castro 2010: 20-21).
Los procesos de producción de conocimiento no solo constituyen los objetos, los hechos y las situaciones que se asoman a estudiar, sino que alteran y reconfiguran al pensamiento y al sujeto. Son actividades de articulación, construcciones semiótico-materiales coproducidas y sufridas por agentes múltiples y distintos, humanos y no-humanos, en las que se pliegan mutuamente lo social, lo técnico y lo orgánico (Gacía Selgas 2008). Creamos el mundo que hay, pero él nos hace en el mismo movimiento a nosotros, nos ubica en el aquí-ahora que llamamos presente. La cultura material, advierte Fernando Broncano (2011), no se compone de artefactos, sino de artefactos que definen entornos reales en los que los seres humanos hacen sus experiencias.
Pero entre las determinaciones que se ponen en crisis no están solo las de la cultura y la sociedad, sino también las de la historia. Si la materialidad puede ser definida como exceso, esto significa que las imágenes no son simples reflejos de algo que sucede en otro lugar, más allá de ellas. Ellas serían parte de un dominio figural, (estético, entendido como esfera del sentir) que insiste en ofrecer temporalidades desajustadas respecto a los modelos lineales de comprensión del tiempo, y respecto al propio presente*. Frente al dictamen despótico del pasado que clausura al presente como repetición institucionalizada de lo mismo, atreverse a recorrer los bordes vertiginosos del instante, del tiempo-ahora.
Las imágenes, separadas de sus soportes materiales, los signos que parecen alejarse del lenguaje, apuntan menos hacia una simple desmaterialización que a un orden nuevo de las relaciones que los objetos se dicen unos a otros. Un anudamiento de todo con todo que, según José Luis Brea, insinuaría una claridad que, en cualquier caso, no nos correspondería habitar: “sólo en la intuición de lo que la innecesidad del sentido es, podríamos situar una imaginación crítica que reconociera en el orden del pensamiento, de la escritura, una figura de la claridad, como unicidad- en la complejidad diversa- de las significaciones”. Hay, recordaba este pensador, una diferencia entre proclamar la presencia plena del sentido como trascendente real y entender que toda obra es radicalmente ilegible, que el trabajo interpretativo es interminable. Y hay, en fin, una diferencia entre señalar que la crítica es imposible y decretar que ella ya es innecesaria. Frente a la presencia de los objetos y las imágenes siempre existe el riesgo de quedarse sin palabras.
*Hago aquí un guiño al debate que provocó en estas páginas (http://salonkritik.net/10-11/2013/01/el_piano_de_sam_es_un_fetiche.php) el ensayo de Miguel Ángel Hernández-Navarrro, Materializar el pasado, en el que detecta una tendencia benjaminiana, del arte y la teoría recientes a rescatar polémicamente el pasado (lo no dicho, lo minorizado, lo enterrado) para contestar modelos lineales y teleológicos de historicidad. Si bien esta propuesta está muy atenta a los riesgos de reificación (o simple mercantilización) del pasado que conlleva esa materialización, la discusión acababa en la idea de que la clave de tal estrategia descansaba finalmente en un sujeto capaz de reconocer en los objetos y las imágenes disrupciones y desestabilizaciones del tiempo. No estoy seguro de que con ello se salga del juego de dualidades criticado más arriba.
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Bal, M. (2004) “El esencialismo visual y el objeto de los estudios visuales”, en Estudios Visuales, 2.
Brea, J.L.” Idea de la claridad”, en http://www.upv.es/laboluz/revista/pages/numero1/rev-1/brea.htm
Broncano, F. (2012) La estrategia del simbionte. Cultura material para nuevas humanidades. Delirio, Salamanca.
García Seglas, F. (2008) “Epistemología ciborg: de la representación a la articulación”, en Sádaba, I., y Gordo Á. (Coord.) Cultura digital y movimientos sociales. La Catarata. Madrid.
Henare, A. et al. (2007) “Thinking through Things”, en Henare, A., Holbraad, M., y Wastell, S. (eds.) Thinking through Things. Theorising Artefacts Ethnographically. Routledge, London.
Moxey, K. (2009) “Los estudios visuales y el giro icónico”, en Estudios Visuales, 6.
Pinney, Ch. (2005) “Things Happen: Or, from which moment does that object come?”,en Miller, D. (ed.) Materiality. Duke University Press, Durham.
Viveiros de Castro, E. (2010) Metafísicas caníbales. Katz, Buenos Aires.
Wolff, J. (2012)” After Cultural Theory: The Power of Images, the Lure of Immmediacy”, en Journal of Visual Culture, 11:3.
Fuente: http://salonkritik.net/
Se encuentra abierta la exposición “Actos Visuales”, referente indiscutible de la plástica en la ciudad. Una plataforma del buen arte y de una curaduría rigurosa. Lugar: Museo El Castillo. Del 25 de abril al 26 de mayo de 2013.
abril 15, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosActos Visuales.
Exposición Colectiva en Pequeño Formato.
Del 25 de abril al 26 de mayo de 2013
El Museo El Castillo es plataforma de difusión, circulación y exhibición de la exposición anual de Pequeño Formato. La cuidadosa selección curatorial y la acción crítica sobre la muestra posicionada en el medio, da cuenta de la reflexión que hacen los artistas por el estatuto de la imagen, los actos visuales, la iconografía de las prácticas cotidianas y las transformaciones poéticas de los objetos.
“En Pequeño Formato subyace una equivalencia de espacios en los que se une la materialidad física y el lugar imaginario para valorar la observación y la mirada como bases fundamentales del orden visual y de la construcción de conocimiento. La muestra se constituye en un laboratorio de pensamiento que vincula al arte con las distintas categorías de la vida humana. La exposición no cuenta la historia de las imágenes, “sino que accede al inconsciente de la vista, de la visión, algo que no puede lograrse a través del relato o la crónica, sino por medio del montaje interpretativo” (Didi-Huberman). En ella se levanta una estructura conceptual y museográfica que abre las puertas de la interpretación. Y ahí radica la práctica de sentido a la que debe conducir el análisis de la imagen, lo visual y las visualidades para descubrir la potencia de la mirada que nos despoje de la quietud y nos sacuda más allá del ímpetu de nuestras propias percepciones.”
Lucrecia Piedrahita Orrego. Museóloga/Curadora/Candidata a Magister en Teoría Crítica (México, D.F).
Sólo los mejores están en Pequeño Formato.
Alejandro García, María Alejandra Sepúlveda, Alejandro Jaramillo, Alejandro Tobón, Ana María Velásquez, Andrés Arango, Andrés Layos, Angélica Teuta, Angélica María Zorrilla, Camila Botero, Carlos Alarcón, Catalina Jaramillo, César del Valle, Cristina Castagna, Diego Díaz, Elsa Franco, Edwin Monsalve, Fredy Alzate, Fredy Serna, Gabriel Botero, Hernán Marín, Heyner Silva, Hugo Cárdenas, Johana Bojanini, Juan Ricardo Mejía, Laura Montoya, Lindy María Márquez, Male Correa, Marcela Cárdenas, María Luisa Isaza, Mónica Naranjo, Nadir Figueroa, Natalia Ochoa, Pablo Guzmán, Pilar Aparicio, Sebastián Restrepo, Victor Muñoz, Yennifer Cano.
Informes:
Daniela Echavarría Vásquez
Coordinadora Programación Cultural
Museo El Castillo
Calle 9 Sur 32 269, Loma de Los Balsos. El Poblado
Medellín
La abstracción geométrica en la construcción de Latinoamérica* – María Virginia Jaua
marzo 25, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosInició el año para el centro de arte moderno y contemporáneo más importante de Madrid con una novedad: el acuerdo de colaboración entre la Colección de Patricia Phelps de Cisneros y la Fundación del Museo Reina Sofía, cuya primera acción ha sido la presentación al público español de “La invención concreta” una muestra que reúne una selección de algunas de las mejores obras de la colección de abstracción geométrica latinoamericana en el periodo que va de 1930 a 1970.
En fechas recientes, se han dado muestras de interés en España por lo que se produjo en los países de América Latina en los años de la posguerra. De ello son prueba la muestra América fría que se presentó en la Fundación Juan March en 2011 o la exposición que el propio Reina Sofía dedicó a la artista Lygia Pape ese mismo año.
“La invención concreta” curada por Manuel Borja-Villel y Gabriel Pérez-Barreiro tiene la virtud de presentar las obras liberadas de las asociaciones geográficas o cronológicas para proponer un recorrido más sugerente y libre, que se articula en torno a cinco “ejes” no lineales ni cerrados sino inspirados en la intención artística: diálogo-universalismo-geometría-ilusión-vibración.
Como se puede intuir, dichos ejes permiten lecturas mucho más abiertas, y van de desde la relación de las obras y los artistas entre sí (muchos de ellos formaron grupos como Madí o firmaron manifiestos como el Neoconcreto), con otros artistas, con el espectador, con su irrupción en el espacio, y en fin, con su aspiración de creación del espacio “utópico”. En ese sentido la muestra, además de presentar piezas que de la Colección que son verdaderas joyas del arte abstracto latinoamericano resulta novedosa y “productiva” en lecturas.
Se podría afirmar que todas las piezas de la muestra forman parte de la categoría “universal” ya que parten de una propuesta de liberar al arte del “relato literario” y de la mirada al ombligo, para hacer irrumpir una obra autónoma y universalmente legible. Lo cual curiosamente va en sentido opuesto a la tendencia de ciertos movimientos literarios de la época, en los que se puso el énfasis en la elaboración de la identidad por vía del floclor y que llegó al punto más álgido con las fantasías barrocas del realismo “mágico”.
En el eje dialógico algunas de las piezas clave son “Escultura móvil articulada” del argentino Gyula Kosice, el “Livro da criaçao” y “Bichos” de las brasileñas Lygia Pape y Lygia Clark. En estas piezas, a decir de los curadores, la relación con el espectador es transicional y contingente.
La segunda categoría, reúne a los artistas que adoptaron la geometría como una “forma estable y absoluta”. Quizás podríamos aventurarnos a decir que estos artistas de alguna manera son los más cercanos al suprematismo (aunque la influencia de las vanguardias rusas está presente prácticamente en todos los artistas y en muchas de las obras), y a esta vocación mística de la forma, un neoplatonismo para el que el mundo está compuesto por formas geométricas perfectas que el artista tiene la misión de revelar. En este grupo se encuentran las obras de los argentinos Alfredo Hlito, Alberto Molenberg y Tomás Maldonado. A las que se suman las obras de los artistas alemanes Josef Albers con el conocido “Hommage au carré” y Max Bill, ambos fueron una referencia obligada.
Quienes mejor representan el eje vibración son los artistas venezonalos Jesús Soto con la pieza “Cubo de nylon” o “Doble transparencia” y Carlos Cruz Diez con “Fisiocromía”. Ambos artistas estuvieron obsesionados con la vibración y la ilusión, otra de las categorías de la muestra, así como la incorporación del movimiento en la obra en el proceso de desmaterialización de la misma: un casi devenir “espectro óptico”. En estas obras el desplazamiento del “observador” es importante, el eje espacio-temporal en el que se da la “aparición”: la visión de un fantasma.
Tampoco hay que olvidar que una gran parte de la “modernidad tropical” no se entiende sin la intervención de estos y otros artistas como Alejandro Otero –incluido en la exposición- en el espacio público y arquitectónico de Caracas y otras ciudades venezolanas empujadas por el auge modernizador, hecho posible gracias al petróleo.
Las técnicas y los materiales utilizados por los artistas incluidos son tantas y de tal diversidad que sería imposible refererirnos a todos aquí, no todo el arte abstracto es igual, sin embargo sí hay que mencionar la sala dedicada a la “pintura” en torno Mondrian. En ella, se puede ver las variaciones que los artistas latinoamericanos hicieron del “neoplasticismo” del holandés presentado en “Composition N°2 con amarillo y azul”. El primero y más importante sería el artista precursor Joaquín Torres García con “Construcción en blanco y negro”, el único que conoció personalmente a Mondrián y que comulgó con sus ideas filosóficas y místicas. Junto a éste encontramos entre otros, el maravilloso cuadro “The hidden order” de César Paternosto, el “Monocromo rojo” de Helio Oiticica y “Composición” de Lygia Clark.
Varias salas están dedicadas a artistas individuales como Alejandro Otero, Willys de Castro, Cildo Meireles y Gego. Otero con una serie de lacas sobre tabla en las que indaga en el color y su relación íntima con el ojo; de Castro con varios de sus “Objetos activos” desplazados en el espacio; Meireles con “Filo”, esa pieza tan cargada de sentido en la que se esconde una aguja de oro en un pajar; y Gego con una excelente muestra de sus esculturas aéreas, en las que el alambre traza esos sutiles y complejos dibujos dentro del “cubo blanco”.
Termina la muestra con “Citrus” la pieza de Héctor Fuenmayor que consiste en una de sala vacía pintada por completo con un pigmento industrial de color amarillo cuyo nombre comercial corresponde al título. Esta pieza fue hecha en 1972 para la Sala Mendoza de Caracas. Recuerda al Cruz Diez de las “Cromosaturaciones”, -en las que se tiñen las habitaciones por medio de la luz- sin embargo este “ready made cromático” como lo llama Gabriel Pérez-Barreiro, es una reflexión crítica en la que un producto “comercial”, que hiere el ojo por la violencia del color, invade el espacio y se erige en “obra de arte”.
Las obras que se reúnen en esta muestra de la Colección Cisneros dan cuenta de la riqueza y la potencia de la abstracción geométrica y su papel en la construcción de un imaginario moderno y democrático para América Latina, el espacio de la utopía que sigue siendo, a pesar de todo, aún poco conocida en España. Es posible que lo que faltó al arte latinoamericano de entonces haya sido no un cítrico que declarara su clausura, sino un crítico como Greemberg -para el expresionismo abstracto estadounidense-, capaz de establecer y de “proyectar” la relación entre la creación artística que se reúne en las diversas manifestaciones de la abstracción geométrica y la potencia del levantamiento de estas naciones hacia la utopía moderna.
El catálogo de la exposición incorpora un subtítulo: “Reflexiones en torno a la abstracción geométrica y sus legados”, el cual me gustaría citar para terminar estas notas con una pregunta: ¿acaso no podríamos intuir en algunos artistas jóvenes latinoamericanos como Jaime Gili o Jorge Pedro Núñez cierto regreso a la abstracción geométrica, a quienes quizás por una necesidad real ante el panorama desolador, les urge renovar la promesa de un pacto con la “emancipación” de la obra de un relato al que la modernidad ya no alcanza y que hoy más que nunca requiere el resultado de una acción?
* Una versión de este texto fue publicada en Letras Libres
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La invención concreta
Colección Patricia Phelps de Cisneros
Museo Reina Sofía del 23 de enero al 16 de septiembre de 2013
Sobre el fin del mundo en cuatro cubos – Marcela Quiroz Luna
febrero 17, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosMe regalé el tiempo para leer en unos cuantos días El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. El último libro que he comprado de Haruki Murakami. Intuyo, porque no lo he investigado aun, que fue éste un ‘ensayo’ para 1Q84. Por el ejercicio estructural y narrativo paralelo lo parecería sin duda y sin embargo, hay algo en este ‘primer libro’ (si puedo seguir con mi teoría historiográfica) que parece tener una edad más ‘madura’ que la que pretende aparentar 1Q84. No alcanzo a precisar aun en qué consiste, pero me gustaría pensar que lo podré decir en no muchas palabras, o bien, en las que se necesiten para configurar una imagen como la que el protagonista destina como la manera más certera de describir la forma de cantar de Bob Dylan “como un niño detrás de una ventana viendo llover”. De esto no sabría; no soy fan de Dylan. Pero la convicción con la que el habitante del fin del mundo y del despiadado país de las maravillas encuentra más certeza en esa sola frase que en las 500 páginas anteriores, me deja confiar.
El libro, cuyo universo narrativo es más o menos simple, aun si simbólicamente mucho más certero, comparado con 1Q84, deja flotando entre los ojos una especie de bruma compuesta de muchas pequeñas (no menores) preguntas. Pero entre ellas, o quizá configurada por todas ellas hay una sola que se queda emanando una luz tenue pero incansable –como la que se dice emana del cráneo de un unicornio– una vez que se ha dado vuelta a la última página. ¿he creado el mundo que quiero?
Lejos de los posibles alcances milenaristas, ecologistas o humanitarios que pudiera hacer interactuar esta interrogante, la realidad es que la pregunta pega muy cerca de casa. No se trata de un mundo extendido al que apela la pregunta, sino a ese mundo muy íntimo que se hace uno al pasar del tiempo, la suma de años, mucho esfuerzo, algunos sólidos recuerdos entre una bien ejercitada capacidad de olvido y generalmente, una buena dosis de sufrimiento. Ese entorno cotidiano en el que se vive hecho de costumbres y hábitos a veces ya deshabitados; acciones idiosincráticas todavía distanciables de la sola necedad; pequeños e inconfesados placeres; diálogos que, por complicidad, a veces precisan ya no ser emitidos; convivencias precisas, acaso demasiado breves y esporádicas; actitudes predispuestas –aun si enlazadas por un ansia todavía infantil por aprender algo, lo que sea, que quepa dentro del espacio que de vez en cuando habita la sorpresa para iluminar un día que ya nunca podría haber sido otro; y una creciente lista de responsabilidades cumplidas por la tenacidad de un ejercicio de disciplina acuñado con la certeza de que sí hay algo que puede hacerse para seguir adelante, con mayor o menor entusiasmo, pero flotando de infalibilidad.
Ese mundo individual, selectivo, diseñado, privado de y abrigado por, es el que despliega Murakami en un juego de estados y ‘lugares’ de conciencia. Ese mundo es el que nos hace recuperar de entre sus/nuestras propias murallas construidas para observarle desde arriba y decidir si la cartografía en la que nos hemos colocado es la que queremos habitar.
Hace un par de semanas me encontré con una obra de Francisco Tropa en la exposición el instinto olvidado curada por el fundador de la Galerie Jocelyn Wolff (París); que la galería Labor recibió como primera parte de un intercambio de moradas. La ‘escultura’ de Tropa (posiblemente mejor definida como una instalación y sin embargo, por alguna razón insisto en recuperar su apuesta corporal-formal de origen más tradicionalista), Quad, es también la huella de un proceso definido por el artista a ser ejecutado cada vez que se monta para exhibición la pieza. Cuatro cubos de concreto sobre una plataforma de madera pintada de negro mate descansan en sitios predeterminados entre granos de arena. El curador me platicaba que la pieza inicia con los cuatro cubos formados en línea sobre una mitad de la plataforma siguiendo el sentido más largo de su extensión. Así, uno a uno se van ‘rodando’ una, dos y tres veces, variando su dirección y cantidad de alejamiento de su posición original. En cada uno de estos movimientos, se debe esparcir sobre ellos arena, de tal forma que sus estados o estadías de pasaje queden marcados en la plataforma como contornos granulados pero precisos por acumulación ante la intransigencia de sus bordes cuando estáticos.
Sobre la plataforma que resta casi a nivel de piso, se ve entonces el final del proceso que creó la obra in situ, permitiendo al espectador formar parte de una temporalidad que no hubo de cierto compartido, pero que puede recrear en retrospectiva adivinando en reverso los movimientos de cada uno de los pesados, aun si relativamente pequeños, cubos colados de concreto.
Frente a ella, los restos de lo habitable son tan evidentes como los momentos de los grandes cambios; esos que hacen o deshacen una vida. Como una especie de condensado tablero de ajedrez, con escasas pero fundacionales posibilidades de movimiento, los cuerpos cúbicos señalan por oposición los lugares que antes tuvieron a un lado de esos otros que pudieron haber tenido; de haber destinando otra tirada de dados, otro camino y fortuna, otro despliegue espacial y estético. Dejan imaginar las otras posibles combinaciones, variables pero finitas, conforme afirman con la certeza de lo pasado, de lo ‘ya jugado’, el recorrer efectivo del peso de sus cuerpos en el esfuerzo y precisión implicada en cada movimiento.
La claridad de vista por decisión, enlazamiento y tiempo que ofrece esa plataforma como escenario de procesos de habitabilidad y condiciones de movilidad, deja ver, como al final del libro de Murakami, lo que hemos construido con lo que tenemos y lo que hemos perdido. Dependiendo de cuanto y cómo queramos o podamos sopesar lo perdido ante lo ganado, lo liberado o lo descubierto, es que encontraremos mayor claridad en los bordes de una u otra posición-en-trayecto de cada uno de los cuatro cuerpos. Como si fueran oportunidades decisivas o etapas centrales en el andar de una vida, los espacios recorridos, dejados, marcados o ignorados por los cubos confiesan (no sin un pudor sumamente seductor) el estado exacto de su estar. Sin juicios, sin justificaciones, sin acompañamientos ni explicaciones sucintas o superfluas, el pasaje que sus cuerpos han dejado en huella destina las razones de su actual ubicación. Como si sugiriéndonos que, si tenemos la lucidez y honestidad necesaria para observarlo en la desplegable visibilidad que depara la luz del día, podremos trazar el mapa de nuestro propio andar, aun cuando parecíamos caminar entre pozos abatidos de oscuridad y sombras colgadas de olvido; aun cuando exhaustos, con el agua al cuello, el cuerpo expuesto y la voz enmudecida. La obra de Tropa nos confirma con elegante y brutal sencillez que el mapa de lo que hemos construido por mundo puede darnos respuestas si nos atrevemos a hacerle verdaderas preguntas.
Fuente: http://salonkritik.net
Casa en Goleen, el espacio modulado como arte. El énfasis en las cualidades de los materiales y los efectos de la luz. Níall McLaughlin Architects
febrero 10, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas 1 Comentario
Sitio existente. El sitio está ubicado en un área de belleza natural excepcional. Vistas al mar y paisajes agrestes aún exuberante se combinan con rápidos cambios de los cielos y los azules profundos del mar. El sitio se encuentra frente al mar en el este. La casa existente se estableció entre una empinada pared rocosa al norte y una pequeña corriente hacia el sur. La carretera de acceso a la casa está a través del acantilado desde el oeste. Al este se encuentra un césped largo de suave pendiente hacia el mar y se extiende hacia la costa rocosa.
Entorno. Fuera de los límites del desarrollo local y situado justo debajo de una de las calles más pintorescas de Europa, el carácter de las vistas y el paisaje que se ven desde el terreno alrededor de la casa y el mar, tenía que ser mantenido. La guía de diseño local propuso formas tradicionales o vernáculas como aceptables, pero estaba claro que los diseños de excepcional calidad con énfasis en la diversidad que ofrece la eficiencia energética en el diseño serían reconocidos.
Diseño. La casa está formada por una serie de pabellones lineales que se establecen paralelos a la casa original. Los pabellones dimiten de la caída de 1.6m del sitio creando un camino sinuoso a través de la entrada por el oeste con el espacio habitable y con vistas al mar, al este. La forma de la casa existente influenció el diseño de las nuevas estructuras y su cresta se utilizó como un punto de referencia que define la altura de los nuevos volúmenes. Una serie de cubiertas inclinadas se tambalean a través del sitio creando focos de espacio semi-cerrados que forman patios. Al final de la jornada con una gran terraza revela unas vistas espectaculares de los acantilados, el mar y las islas del oeste de Cork. Los dormitorios de huéspedes se encuentran en la casa de campo renovado. Los visitantes pasan a través de un enlace de vidrio en el primero de los edificios de piedra caliza, la primera de las cuales tiene capacidad para el dormitorio principal y cuarto de baño.
El segundo pabellón de piedra caliza contiene el comedor y la cocina. El pabellón final se divide en dos partes, una para la sala de estar y el otro un estudio independiente, con acceso a través de puertas de piedra y un pequeño puente sobre las piscinas en cascada.
“Arquitectura es cosa de arte, un fenómeno de emociones, que queda fuera y más allá de las cuestiones constructivas. El propósito de la construcción es mantener las cosas juntas y el de la arquitectura es deleitarnos”. Le Corbusier
enero 16, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosFragmento del libro ideal para convencer a cualquier estudiante que la arquitectura es un camino que vale la pena caminar.
Le Corbusier
“No confundáis ese respeto, ese amor, esta admiración, con la insolencia y la indolencia de un hijo mimado decidido a evitarse todo esfuerzo personal, prefiriendo vender a sus clientes el trabajo de sus antepasados. O, bajo el efecto de la más triste dimisión de pensamientos, el país ha sido invitado a revestirse de espolios folklóricos. Un grupo numeroso de miedosos, de indigentes, de timoratos, se prepara, listo para cubrir la ciudad y el campo –todo el país- de falsedad arquitectónica. Solón hubiera castigado semejantes crímenes. Yo tenía veintitrés años de edad cuando llegué, tras cinco meses de viaje, ante el Partenón de Atenas. Su frontón se mantenía erguido, pero la larga nave del templo se hallaba en ruinas, las columnas y el entablamento habían sido volteados por la explosión de los polvorines que los turcos habían encerrado antaño en su interior. Durante semanas, toqué con mis manos inquietas, respetuosas, asombradas, esas piedras que, puestas de pie y a la altura deseada, interpretaron unas de las músicas más formidables que existen: clarines sin llamado, verdad de los dioses. Palpar es una segunda forma de la vista. La escultura o la arquitectura pueden acariciarse cuando el éxito inscrito en sus formas provoca el avance de la mano. De vuelta en Occidente, habiendo pasado por Nápoles y por Roma donde vi a los “órdenes de la arquitectura” hacer un eco discutible a esta verdad conocida sobre el Acrópolis, me resultó imposible –bien lo comprendéis- aceptar las enseñanzas “del Vignola”. ¡Este Vignola! ¿Por qué Vignola? Me sumergía en el abismo académico. No nos ilusionemos: el academisismo es una manera de no pensar que conviene a quienes temen las horas angustiosas de la invención, compensadas sin embargo por las horas del gozo del descubrimiento. Pero Vignola no es el folklore. Ante el hormigón armado y el acero y el fracaso inevitable de Vignola, el folklore parece convertirse, en la actualidad, en el arma de reemplazo que algunos desearían esgrimir contra ese cemento armado y este acero aún y siempre amenazadores, ya triunfantes. El estudio del folklore no proporciona fórmulas mágicas capaces de resolver los problemas contemporáneos de la arquitectura: informa íntimamente acerca de las necesidades profundas y naturales de los hombres, manifestadas en las soluciones experimentadas por siglos. Nos muestra al “hombre desnudo” vistiéndose, rodeándose de utensilios y de objetos, de habitaciones y de una casa, satisfaciendo razonablemente a lo indispensable, y permitiéndose un exceso capaz de hacerle saborear la abundancia de los bienes materiales y espirituales. Todo ello experimentado por las generaciones, ajustado por lo siglos y dando una sensación de unidad como también de profunda armonía con las leyes del sitio y del clima…”
Le Corbusier Mensaje a los Estudiantes de Arquitectura (Edición Original de 1957) Ediciones Infinito, Buenos Aires 1961. Colección “Biblioteca de Arquitectos”, dirigida por los arquitectos J. E. Hardoy, C. A. Méndez Mosquera y J. A. Rey Pastor. Imágenes actuales del conjunto de Firminy, tomadas de FLICKr. Editado por el arq. Martín Lisnovsk
FUENTE: http://arquitecturamashistoria.blogspot.com/2007/08/segundo-artculo-recordando-le-corbusier.html
Le Corbusier
Nació en la localidad de La Chaux-de-Fonds, en la Suiza francófona con el nombre de Charles Edouard Jeanneret-Gris. A los 29 años se trasladó a París donde adoptó el seudónimo Le Corbusier, variación humorística (ya que evoca a la palabra cuervo) del apellido de su abuelo materno: Lecorbésier. Su padre se dedicaba a lacar cajas de relojes para la industria relojera de su ciudad natal, y su madre fue pianista y profesora de música. En 1900 Le Corbusier comenzó su aprendizaje como grabador y cincelador en la Escuela de Arte de La Chaux-de-Fonds, en Suiza. Uno de sus profesores, Charles L’Eplattenier, le orientó hacia la pintura y después hacia la arquitectura. En 1905 diseñó su primer edificio, una casa unifamiliar para un miembro de la Escuela de Arte, la Villa Fallet. En los próximos diez años hizo numerosos edificios, que todavía no llevan su sello característico posterior, y que él mismo no incluyó en el registro posterior de sus obras.
Ya en París, trabajó durante quince meses en el estudio de Auguste Perret, arquitecto pionero en la técnica de construcción en hormigón armado. A continuación viajó a Alemania para estudiar las tendencias arquitectónicas de ese país. Allí trabajó en la oficina de Peter Behrens, donde se estima que puede haber coincidido con Ludwig Mies van der Rohe y Walter Gropius, quienes también trabajaron ahí en esa época. Visitó también Estados Unidos, donde se familiarizó con la obra de Frank Lloyd Wright, que por aquel entonces comenzaba a ser apreciada en Europa.
El año 1911 lo dedicó por completo a viajar. Desde Viena fue a Rumanía, Turquía, Grecia e Italia y a su regreso fue profesor durante dos años en el departamento de arquitectura y decoración de la Escuela de Arte de París. En 1922 Le Corbusier abrió un despacho de arquitectura con su primo Pierre Jeanneret, con el cual mantuvo su asociación hasta 1940. Inicialmente los dos diseñaron casi exclusivamente edificios residenciales. Uno de sus grandes proyectos de estos años, en este caso como urbanista, es su diseño conceptual de una ciudad de tres millones de habitantes, la Ville Contemporaine (Ciudad Contemporánea) En octubre de 1929 Le Corbusier dictó en Buenos Aires un ciclo de diez conferencias, invitado por la Asociación Amigos del Arte. En este viaje también visitó Río de Janeiro, Asunción y Montevideo. En referencia a la primera de las ciudades citadas dejó bien clara su percepción de urbanista al expresar: «Buenos Aires es una ciudad que le da la espalda a su río», aludiendo con esto a algo de lo que aún adolece tal ciudad: pese a tener una extendida costa frente al gran estuario del Río de La Plata se ha privilegiado ediliciamente un área que no permite la vista a tal estuario, más aún el acceso al mismo se halla obstaculizado por instalaciones de antiguos puertos, un aeropuerto, tramos ferroviarios a nivel y autopistas. Le Corbusier fue un trabajador incansable.
Realizó innumerables proyectos, muchos de los cuales nunca llegaron a realizarse, pero que marcaron a generaciones posteriores de arquitectos. Difundió también sus ideas urbanas a través del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) uno de cuyo documento es la Carta de Atenas. Sin embargo, fue únicamente en Chandigarh, India, donde pudo hacerlas realidad. El 27 de agosto de 1965, desobedeciendo las indicaciones de su médico, Le Corbusier fue a nadar mientras pasaba sus vacaciones en su cabaña en Roquebrune-Cap-Martin, en el Mediterráneo francés. Fue encontrado muerto por unos pescadores, presumiblemente de un ataque al corazón.
Contribuciones teóricas a la arquitectura. Le Corbusier fue, además de un gran arquitecto y pintor, un eminente teórico de la arquitectura. Escribió varios libros, en los que ejemplificaba sus ideas mediante proyectos propios a la manera clásica como lo hizo en su momento, por ejemplo, Andrea Palladio en I Quattro Libri dell’Architettura. Tuvo muy claro que, aparte de saber crear buenos edificios era necesario saber explicarlos y transmitirlos al resto de los profesionales y a los estudiantes, y ejerció con gran maestría la tarea de publicitar su propia obra. Como visionario, Le Corbusier veía la posibilidad de cambiar el mundo a través de la arquitectura. Si bien nunca se alió con un grupo político en particular, su postura estaba más cerca de una postura liberal (algunos lo han descrito como un socialista, adjetivo que probablemente se queda corto para caracterizar sus actividades), y como tal, veía todo proceso de diseño con fines utópicos. Lo que le permitió contribuir grandemente al significado de la arquitectura en general.
La machine à habiter. Le Corbusier es conocido por su definición de la vivienda como la máquina para vivir. Con ello, Le Corbusier ponía énfasis no sólo en el componente funcional de la vivienda, sino que esta funcionalidad debe estar destinada al vivir, comprendiéndose esto último desde un punto de vista metafísico. Le Corbusier creía que el objetivo de la arquitectura es generar belleza (muy conocida también es su frase: la Arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz), y que ésta debía repercutir en la forma de vida de los ocupantes de los propios edificios. En cuanto al criterio de “máquina de habitar”, Le Corbusier estaba deslumbrado por las entonces nuevas máquinas: en especial los automóviles y aviones, considerando aquellos que tenían diseños prácticos y funcionales como modelo para una arquitectura cuya belleza se basara en la practicidad y funcionalidad; el racionalismo.
L´Esprit Nouveau. A fin de divulgar sus ideas sobre la arquitectura y la pintura, Le Corbusier fundó en 1920, junto con Paul Dermée, una revista de divulgación artística que obtuvo gran resonancia internacional: L’Esprit Nouveau (El Espíritu Nuevo; aunque en francés la palabra esprit suele tener también el significado de conciencia, razón, inteligencia).
Los cinco puntos de una nueva arquitectura. En 1926 Le Corbusier presenta un documento donde expone en forma sistemática sus ideas arquitectónicas: los llamados «cinco puntos de una nueva arquitectura» representan una importante innovación conceptual para la época, aprovechando las nuevas tecnologías constructivas, derivadas especialmente del uso del hormigón armado (hasta entonces este material se usaba en viviendas y monumentos disfrazándosele de piedra esculpida con molduras):
- Los “pilotis”: para que la vivienda no se hunda en el suelo, y (por el contrario) quede suspendida sobre él, de forma tal que el jardín pase por debajo.
- La terraza-jardín: que permite mantener condiciones de aislación térmica sobre las nuevas losas de hormigón, y convierten el espacio sobre la vivienda en un ámbito aprovechable para el esparcimiento.
- La planta libre: aprovechando las virtudes del hormigón, que hacen innecesarios los muros portantes. De esta forma, se mejora el aprovechamiento funcional y de superficies útiles, liberando a la planta de condicionantes estructurales.
- La ventana longitudinal: por el mismo motivo del punto anterior, también los muros exteriores se liberan, y las ventanas pueden abarcar todo el ancho de la construcción, mejorando la relación con el exterior.
- La fachada libre: complementario del punto interior, los pilares se retrasan respecto de la fachada, liberando a ésta de su función estructural.
Su arquitectura resulta ser altamente racionalista, depurada (con el uso de materiales sin disimularlos; nota la posible belleza de las líneas depuradas, sin adornos, sin elementos superfluos) y con un excelente aprovechamiento de la luz y las perspectivas de conjunto, dando una sensación de libertad (al menos para el desplazamiento de la mirada) y facilidad de movimientos.
El Modulor. Ideó el Modulor, sistema de medidas basado en las proporciones humanas, en que cada magnitud se relaciona con la anterior por el Número Áureo, para que sirviese de medida de las partes de arquitectura. De esta forma retomaba el ideal antiguo de establecer una relación directa entre las proporciones de los edificios y las del hombre. Tomó como escala del hombre francés medio de esa época: 1,75 m de estatura; y más adelante añadió la del policía británico de 6 pies (1,8288 m), lo que dio el Modulor II. Los resultados de estas investigaciones fueron publicados en un libro con el mismo nombre del Modulor.
Le Corbusier fue uno de los miembros fundadores del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna. En 1930 adoptó la nacionalidad francesa. Unos años después realizó su primer viaje a los Estados Unidos. Le Corbusier se hizo famoso como uno de los líderes del llamado estilo internacional, junto a Ludwig Mies van der Rohe, Walter Gropius y otros. Fue un arquitecto muy admirado en su época e influyó a varias generaciones de arquitectos. Su afán creador queda expresado en Le Poème de l’Angle Droit.
Influencia en la arquitectura moderna. Hoy en día la obra y el pensamiento de Le Corbusier siguen vigentes, tanto en la práctica como en la enseñanza y en la teoría de la arquitectura. Como una de las figuras clave de la arquitectura moderna, la continuación del movimiento tiene en él y en sus obras un referente directo. Como uno de los precursores del brutalismo, sus trabajos posteriores han servido de base a corrientes arquitectónicas apoyadas en la tectónica (expresión de los materiales y sistemas constructivos) y en diferentes enfoques regionalistas. Si bien para muchas figuras del pensamiento arquitectónico contemporáneo, la modernidad es un movimiento obsoleto, y por lo tanto las obras y premisas de su arquitectura no deben continuarse, hay un grupo importante de arquitectos (llamados neomodernos o simplemente modernos) que continúan haciendo arquitectura en el espíritu de Le Corbusier. Introdujo la proporción áurea en muchas de sus obras, por ejemplo se puede apreciar en el módulo de la Capilla de Notre Dame du Haut. Ha influido de manera muy importante en arquitectos de todas partes del mundo. En México fue su seguidor Mario Pani Darqui, en Brasil Oscar Niemeyer, en la Argentina Amancio Williams y Clorindo Testa. En España, Francisco Javier Sáenz de Oiza.
Obras y proyectos
- Villa Fallet, 1905, La Chaux-de-Fonds, Suiza
- Villa Jeanneret-Perret (Maison blanche), 1912, La Chaux-de-Fonds, Suiza
- Villas La Roche-Jeanneret (París)
- Barrio Modernes Frugès, Pessac (Bordeaux)
- Edificio del Ejército de Salvación, (París)
- Villa Cook (Boulogne, Francia)
- Villa Savoye (Poissy, Francia)
- Casa Guiette (Amberes, Bélgica)
- Pabellón de Nestlé, Feria de París 1927
- Edificio Chemin de Villiers (Poissy, Francia)
- Barcaza del Ejército de Salvación, Asile Flottant (París)
- Terraza del departamento de Beistégui (París)
- Pabellón de Suiza. Ciudad Universitaria de (París)
- Edificio Clarté (Ginebra)
- Edificio de departamentos en la calle Nungesser et Coli (París)
- Ministerio de Educación Nacional (Río de Janeiro) (con Oscar Niemeyer y Lúcio Costa)
- Fábrica Duval (Saint-Dié-des-Vosges, Francia)
- Unidad de Habitación (Marsella)
- Capilla de Nuestra Señora del Alto (Ronchamp, Francia)
- Edificio de la Asociación de Hilanderos (Ahmedabad, India)
- Villa Sarabhai (Ahmedabad, India)
- Museo de Ahmedabad (India)
- Edificio de la Alta Corte Judicial (Chandigarh, India)
- Museo y Galería de Arte (Chandigarh, India)
- Convento Sainte Marie de la Tourette (Lyon)
- Casa del Brasil, Ciudad Universitaria (París)
- Firminy-Vert (Firminy, Francia)
- Casa de la Cultura de Firminy-Vert
- Unidad de Habitación de Firminy-Vert
- Estadio de Firminy-Vert
- Iglesia Saint-Pierre Firminy-Vert, construida en 2006 bajo la dirección de su colaborador José Oubrerie
- Piscina de Firminy-Vert
- Viviendas Heilsbergen Dreieck (Berlín)
- Museo de Arte Occidental (Tokio)
- Centro de Artes Visuales Carpenter, Universidad Harvard (Boston)
- Centro Le Corbusier (Zúrich)
- Casa Curuchet (La Plata, Argentina)
- Centro Urbano Antonio Nariño (CUAN) (Bogotá, Colombia)
- FUENTE: http://www.arquitectronica.com.mx/arquitectos-reconocidos/le-corbusier-maximo-exponente-de-la-arquitectura-moderna.html
“Realmente, hay que tomarse muy en serio los sueños.” Tadao Ando
enero 12, 2013 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin Comentarios“Realmente, hay que tomarse muy en serio los sueños.”
TADAO ANDO
¿Qué te da el arte? – Cristian Palazzi
diciembre 18, 2012 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosDecir qué no es lo mismo que decir cuánto ni cómo. Cuánto tiempo vamos a estar escribiendo este artículo se refiere a la dedicación que vamos a otorgarle. Cómo vamos a hacerlo podría tener que ver con el estilo, las formas o los giros utilizados para expresarnos. Tampoco es lo mismo decir qué, que decir quién. Cuando decimos quién nos referimos claramente a una persona, mientras que cuando decimos qué apuntamos más bien a algo, a cierta unidad reconocible para nosotros que puede ser una cosa, una acción, un estado, un concepto. La queidad en sí no es algo fácil de definir.
Cabe distinguir entre el qué y el porqué. La pregunta por el porqué exige una explicación, es una pregunta por la fundamentación de la cosa, en cambio la pregunta por el qué nos remite a algo que se mueve en el campo de la manifestación, sobre el que no es necesario conocer los primeros principios, sino únicamente ser capaces de reconocerlo, ni que sea vagamente, con algunos de los muchos mecanismos que poseemos para captar las cosas: la razón, los sentidos, la emoción, el sentimiento.
El pronombre en cambio sí se refiere a un quien. Y, además, añade un pequeño matiz. Preguntar ¿qué te da el arte? no es lo mismo que preguntar ¿qué da el arte? El te se te refiere a mí, no a alguien en general, sino a un yo concreto. Uno que soy yo y no otro. Un yo que, hoy en día, no puede servir de ejemplo para los demás yoes.
El don, por su parte, nos abre a una nueva dimensión. Nos obliga a salir de nosotros mismos. El don rompe el aislamiento, escapa a la soledad, se implica, pertenece. Como nos enseña Derrida, el mero hecho de dar trasciende el concepto de donación. Dar lo que uno es o dar lo que uno tiene, responden ambos a una lógica sin conclusión posible. Dar implica ser recibido y siendo dado el que se da no solo ofrece algo, sino que se expone a su vez a la transformación que la recepción le exige.
¿Qué da algo? lo primero que debemos contestar: se da a sí mismo. El hombre cuando se da, da humanidad. Cuando un bosque da madera, la da porque la madera forma parte de lo que es el bosque. Si nos preguntamos entonces qué nos da el arte, la primera de las respuestas que nos viene a la cabeza es que el arte da arte. Ahora bien, la pregunta por el qué, como hemos visto, nos exige definir aquello de lo que estamos hablando, hemos de poder concretar.
El arte me da lo suyo cuando percibo aquello que me da de manera que produce un cambio en mí y en el propio arte. Toda experiencia nueva nos trasforma. Cuando el arte nos ofrece su experiencia nuestra comprensión actúa y se modifica. De la misma manera que lo dado se transforma en su donación, la recepción de lo dado también implica un cambio en el receptor.
A lo que deberíamos añadir, el arte no solo da, antes que eso es un ser dado. No existe un arte natural, espontáneo, todo arte pasa por el filtro de una mano, de un ojo, de una mente. Ser dado es probablemente el carácter más íntimo del arte. Hasta nos atreveríamos a decir que constituye el qué del arte. Pero la pregunta que se nos formula aquí no es exactamente por el qué del arte, sino por lo que me da el arte.
¿Y qué es lo que me da el arte? El arte me da una experiencia, sea ésta racional, irracional, emotiva o sensible. El arte me da una oportunidad. La oportunidad de acceder a una cadena de donación a la que accedo convirtiéndome en donante de mí mismo. ¿Y a qué responde esta infinita capacidad del arte para convertirnos en donantes? ¿Acaso responde a su condición de ser dado? Existe una conexión entre el dar y el ser dado que el arte nos muestra. Una conexión que no podemos definir, porque se nos escapa. La prueba es que en la experiencia del arte, la cadena de donación, comprendida o no, sigue dándonos algo. Aunque este hecho nos parezca incomprensible.
El arte me da siendo dado lo que da de sí. Es todo lo que nos atrevemos a afirmar. A partir de aquí todo se vuelve confuso.
Fuente: http://salonkritik.net/
Texto, imagen and song III / En un estanque de tormentas – María Virginia Jaua
diciembre 11, 2012 Arte y curaduría, La Historia del Arte todos los dias, Mirada Crítica, Prácticas Artísticas Contemporáneas Sin ComentariosQuizás esta vez sea conveniente comenzar con una descripción de la pieza. Aquí se trata de la proyección de un film en tres pantallas o en una dividida en tres partes. A la manera de un retablo eclesiástico; una para cada una de las entidades: tres cantantes, dos hombres y una mujer; o para la tríada aristotélica de la composición, una para cada uno de los tres actos, de las tres unidades de espacio-tiempo.
En cada una de las pantallas se desarrollan escenas comunicantes que conforman el todo, la unidad: es decir, la música. Pues aquí se trata del canto, y no de otra cosa: todo está dispuesto para que él irrumpa y se haga escuchar. O eso parece. El canto humano también puede ser la voz que precede a la del agua. Como ahora mismo, mientras escribo, que llueve sin parar en esta ciudad y en muchas otras quizás no llueve en este momento, pero lloverá. Sospecho que en esta pieza no es la voz humana sino la del agua la que habla por la boca de los hombres, la voz del agua también se conoce como lágrima.
El film Estanque de tormentas de Tom Skipp, es lo que dice ser: aquél espacio cavado en el subsuelo de la ciudad, en los márgenes del río manzanares a la espera de que el excedente de las lluvias lo inunde a él y no a la urbe. Una enorme galería de surcos y de columnas en los que es difícil imaginar corrientes de agua que se canalizan de nuevo hacia ese río que nunca nadie ha visto. Pero también es posible que el film sea algo más que lo que dice ser, algo más que ese espacio imponente no sólo por la potencia de su nombre, sino por algo que calla y que el espectador podría decir, casi inadvertidamente, descubrir.
Pero para ello hagamos un ejercicio, o su simulacro. Si durante la proyección -que aquí no se produce- cerráramos los ojos para realmente ver, escucharíamos a un tenor, a un contratenor y a una soprano cantar “O Virgo Splendens” esa pequeña pieza monódica del “Llibre Vermell” de Montserrat, una compilación de cantos medievales en latín, occitano y catalán que algunos creen del siglo XIV y otros creen aún más antiguo. Podríamos hacerlo aquí mismo, aunque no contemos con las imágenes, pues hemos añadido el archivo sonoro. Lo hacemos. Por un momento escuchamos, dejamos de leer, o intentamos la simultaneidad del acto de la escucha y de la lectura. Entonces aunque no miramos las pantallas, veríamos que la voz de ella se eleva pero no al cielo, pues podemos notar que la resonancia indica que la voz se encuentra en un espacio arquitectónico, que podría ser gótico por la sonoridad que remonta y la datación musical. Nos llamaría la atención el trino de un ave que se le une en el canto, y la presencia de este pequeño ser emplumado que no es el espíritu santo quizás nos llevaría a sospechar que el animal ha construido un nido entre los vitrales de una catedral gótica catalana o europea, incluso podríamos oler la humedad que se desprende de sus muros.
Pero si abriéramos los ojos y dejáramos de escuchar, veríamos, leeríamos (quizás este mismo texto) y descubriríamos que la mujer y los dos hombres que cantan no están en el interior de una catedral, sino en las entrañas de la tierra, ellos dos como acompañantes o guardianes de una perséfone muda que espera la llegada de la primavera para salir a la luz. Y esta imagen traería un recuerdo que no poseemos, pero que nos posee, pues de alguna manera nos ha traído hasta aquí desde lo inicios del proyecto civilizatorio moderno: el de la vida en la catacumbas de aquellos cristianos perseguidos cuyo símbolo era el pez y que más tarde serían legión.
Curioso comienzo y curioso fin.
Porque ese espacio a orillas de una autopista metropolitana, que retrata Skipp, podría ser romano, una suerte de acueducto invertido, obra ingieneril para el mundo subterráneo que a veces también habitamos. Pues a pesar de la música de origen medieval, a pesar de la trinidad de imágenes y de su carga simbólica, a pesar incluso de la evocación eclesiástica y de toda la carga metafórica y religiosa de la pieza, digamos que de ella emerge una urgencia política y ciudadana de nuestro tiempo.
Porque qué otra cosa podríamos extraer de esa asombrosa construcción subterránea que la mayoría de los habitantes de la ciudad ignoran, y que sirve para captar el agua y canalizar las aguas tormentosas que nos envuelven. No se trata de una metáfora metereológica, sino política. La de nuestro mundo hoy: un inmenso estanque de tormentas en el que colisionan sufragios democráticos, metrópolis devastadas y a oscuras tras el paso de los huracanes, cambios y transformaciones profundas en las vidas de las personas, en las que de pronto todo parece comparecer en la exigencia de una pausa, una reflexión, que precede al canto y al fluir del llanto.
Así lo confiesa el coro: es decir, la ciudad. Ahí están ellos, los anónimos operarios, enfundados en sus chalecos fluorescentes, cantando “Weep, O Mine Eyes”, siendo testigos ciegos del paso de las voces únicas de los dos hombres y de la mujer: ellos en su camino solitario hacia la completud inalcanzable. Mientras que la ciudad -sin poder contener el llanto o la tormenta, que aquí, en la tragedia contemporánea vienen a ser una misma cosa- es el escenario del puro fluir de la conciencia de un existir atrapado entre ambos mundos: el de la noche del ser en la tierra y el de su anhelo de infinito…
* * *
Estanque de tormentas de Tom Skipp fue rodada en el estanque de tormentas de Arroyofresno, Ayuntamiento de Madrid, 2009.
Música: “Weep, O Mine Eyes” de John Bennet y “O Virgo Splendens”, Llibre Vermell.
Soprano: Laura Fernández Alcalde
Contratenor: Angel Chirinos
Tenor: Javier Jacome
Coro: La Trova
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Este film se proyectó en la sede del Coam, el 31 de octubre de 2012, en Madrid.
Tomado de: http://salonkritik.net/10-11/2012/11/texto_imagen_and_song_iii_en_u.php#more



























