Mi viaje a San Agustín desde Quito

Texto: Blanka Pesinova

Blanka nació en la antigua Checoslovaquia, en la bella ciudad de Praga. La conocí cuando vivió en Bogotá siendo la esposa del embajador de Bélgica en Colombia. Incansable caminante y viajera, vivió en Inglaterra, Australia, Filipinas, Suiza (donde le tomó gusto a caminar por las montañas), Bélgica, Ecuador, Yugoslavia, Holanda, Siria y por supuesto Colombia, donde viajó y conocio más que muchos de nosotros que nacimos y vivimos aquí, y donde tuve el gusto, muchas veces, de ser su guía.

En marzo de 1996, diez años antes de que nos mudáramos a Colombia, había venido a Bogotá desde Quito, donde estábamos viviendo entonces. ¿Razón? Había leído todos los libros de Erich von Daniken, un suizo, que afirmaba, que nuestra civilización nos llegó de otro mundo del universo. En uno de ellos, “La estrategia de los dioses”, habla de San Agustín y sus estatuas, como uno de los testimonios para su teoría.


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Tan pronto como llegué a Bogotá, pedí a mis amigos que me organizaran el viaje. Se sorprendieron mucho; en el libro fue mencionado un aeropuerto cerca de San Agustín, que ya no está en uso y hubo que viajar por tierra desde Neiva, unas cuatro horas. No obstante, me complacieron – eran suecos, y ellos no discuten mucho. En la mañana temprano, me subí al avión hasta Neiva, donde me esperaba un guía. “Vamos a tomar un tinto, mientras esperamos el bus.” “Esto no empieza bien”, me dije: Primero, el tinto, a las ocho de la mañana? (Para mí, tinto significaba vino…). Segundo, cuál bus? Tenía entendido que viajaría en un carro privado! Tras haber chequeado con la agencia de viajes en Bogotá, el guía tomo un taxi. Íbamos por una carretera estrecha, buena y sin tráfico por el valle del Magdalena que nos brindaba paisajes bonitos de las Cordilleras Central y Oriental y de vez en cuando los meandros del río; el paisaje espectacular. El tiempo pasaba rápido - el guía, un estudiante de antropología era erudito y hasta había leído los libros de Daniken; conversamos rico. Al llegar, rechacé la idea del almuerzo y siesta para ahorrar tiempo y nos bajamos del taxi a la entrada del Parque. El guía se mostró cortes y ofreció traer mi maleta. Caminamos por todo el parque y yo trataba de verificar los hechos mencionados en el libro: el aspecto extraño de las estatuas: sus piernas son muy cortas, o no tienen, visten solo un especie de traje de baño o un velo lumbar, sus cabezas son desproporcionadamente grandes y muchas lucen algo que se puede considerar, según Daniken, cascos de astronautas con antenas. Sus rasgos faciales son también extraños – bocas con labios gruesos y colmillos intimidantes, aunque sus ojos enormes de varias formas no tienen la mirada amenazante, sino más bien sorprendida. Varias estatuas, parecidas a un águila, tenían a una serpiente en su pico y garras. Según el guía, un símbolo de la victoria del espíritu sobre lo material. Hay tumbas guardadas por “guerreros”, pero parece que nunca se hubieran descubierto ningunos huesos, y no se sabe ni la edad ni el objetivo de las estatuas y tumbas. En su totalidad son a la vez variadas y de carácter esquemático.

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Caminamos hasta la cumbre con la vista maravillosa de las dos cordilleras. El sitio tenía una atmosfera palpable de la antigüedad y de la santidad. Duramos cuatro horas caminando y salimos cuando ya se había oscurecido. Nos encontramos encerrados en el Parque.


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El único huésped en el hotel fui yo. Nadé un poco en la piscina con agua helada y no estaba muy feliz al encontrar el agua de la ducha también fría…Me calenté con un whisky doble…


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El día siguiente, pude escoger entre montar a caballo y ver solo un par de tumbas, o irme en un jeep y visitar varias. Aunque solo había montado unas pocas veces en el Ecuador, decidí montar a caballo, lo que me pareció más aventuroso. Llegó otro guía, un indígena guapo, vestido con un poncho de colores vivos con una trenza larga de pelo negro. Trotábamos sobre una carretera tapada por un paisaje pacífico, entre campos verdes y casitas humildes que, además de las miles de flores y la vegetación exuberante en sus alrededores, tenían las paredes colgadas con flores, lo que les daba un aspecto alegre. De pronto, mi guía se desvió a la derecha y tomó un sendero casi imperceptible en medio de una pradera. Se me detuvo el corazón: ¿Y qué si terminábamos en un campamento de la guerrilla? Yo no sabía mucho de esos problemas en Colombia, pero si me había enterado de una confrontación reciente entre la guerrilla y el ejército, que resultó con la muerte de dos caminantes jóvenes de los cuatros que la guerrilla tenía secuestrados. Pero no, al final de una hora no nos esperaba nada más siniestro que la tumba, y un tinto en la casita del guardia. En este sitio se podían observar los restos de la policromía e imaginarse como solían parecer todas las estatuas originalmente. Después, seguimos hasta un mirador de donde se veía, en un valle profundo, la estrecha y brillante cinta del “joven” Magdalena, que nace por aquí a unos tres días de cabalgata, como me dijo el guía. El sol estaba ya ocultándose y detrás de las nubes esponjadas enviaba rayos como en las pinturas románticas del cielo bíblico. “Cómo creer, que la gente pudiese andar matándose entre sí, en medio de tanta belleza y tranquilidad?”, me dije. Hubiera podido quedarme muchas horas más, pero había que volver. Como el guía no pudo conseguir un taxi para llevarnos a Neiva, alquiló un carro privado, un Chevrolet muy viejo. A mitad de camino hubo un ruido en el motor y el carro ya no dio ni un paso más. El conductor comprobó, que se le había caído una pieza pequeña pero esencial. Me senté en la sombra de un árbol solitario para fumar un cigarrillo, mientras que ellos paraban cada vehículo que pasaba, para poder saber si tenían la pieza de repuesto; no eran numerosos, pero se detuvieron todos, lo que me sorprendió, por la supuesta presencia de la guerrilla. Por supuesto, nadie tuvo la pieza y el tiempo corría. Finalmente, detuvieron un taxi y el conductor, que ya tenía tres personas adentro, nos dejó subir (el guía indígena aprovechó el viaje gratis a Neiva). Gracias a su amabilidad (que, como he podido averiguar desde entonces, es tan típica para el pueblo colombiano), no perdí el avión para Bogotá.


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Mis anfitriones mostraron un gran alivio al ver que había vuelto sana y salva de mi “gran aventura colombiana.” Eran dos días inolvidables, y grande es mi dicha, que después de todos estos años, ahora pueda seguir con más aventuras en este país hermoso y variado.


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Ecoglobal Expeditions

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