El exótico Hotel Marigold, de John Madden

Crítica de cine Sin Comentarios

La vida al final de la vida

Por: Oswaldo Osorio


Las historias crepusculares pueden ser un arma de doble filo, pues se suelen hacer con ellas blandos y sensibleros relatos sobre la vejez, pero también pueden ser el vehículo para hondas reflexiones sobre la vida y su paso por ella. Esta cinta inglesa tiene un poco de ambas cosas, sin excederse en los extremos, para bien y para mal, sobre todo porque decide apelar a un tono de fábula desenfadada que quiere ofrecer un relato agradable y entretenido.

Un grupo de hombres y mujeres, ya en el final de sus vidas, deciden viajar a la India, a un lugar donde se les promete confort en medio de una tierra exótica. Parece una decisión extrema, pero cada uno de ellos tiene sus motivos para dejar la rancia Inglaterra y buscar nuevos y coloridos aires. Unos van para reparar cosas, otros para darse una última oportunidad y alguno simplemente porque ya no tienen nada qué perder.

Como apenas es natural, lo que mueve la historia son las diferentes personalidades de los nuevos huéspedes del Marigold y la forma como asumen su estadía allí. Es por eso que el énfasis de la producción está en ese reparto de primera que lo soporta y sus actuaciones. Tom Wilkinson, Maggie Smith, Judi Dench, Bill Nighy, entre otros, le dan la variedad y el brillo que busca la película para mantener enganchado al espectador.

Los dramas propios de esta edad son expuestos con habilidad y en esa justa medida en que no se asumen densas reflexiones sobre esos tópicos ni tampoco los banaliza. La cercanía de la muerte, la necesidad de ser útiles, la disfunción sexual, el anhelo de todavía desear y ser deseados, las cuentas por saldar con la propia existencia, en fin, esos temas que no solo aplican para quienes están en el otoño de su vidas, sino que pueden ser reveladores para cualquier espectador si les da la importancia que la historia sugiere.

La aventura de crear una nueva vida al final de la vida es lo que le otorga a este filme la emoción y el carisma que tiene, un carisma determinado por sus actores y esos personajes que logran construir. Aunque no está exento de maniqueísmos y trucos fáciles para que el público capte de inmediato las ideas, como la presencia de una de las mujeres que desde el principio repele todo cuanto tenga que ver con ese lugar barbárico y que, por consiguiente, sirve de contraste obvio para simpatizar con los demás personajes y el sitio donde se encuentran.

Por otra parte, es una historia de ingleses en la India, pues del país, salvo por el exotismo, la muchedumbre y el colorido, poco se dice o reflexiona. Tal vez una alusión a un remoto y dorado pasado, pero el fin último del filme es contar una historia agradable y emotiva, con un coro de personajes que ofrecen distintas y aleccionadoras visiones sobre la vida.

El doble del diablo, de Lee Tmahori

Crítica de cine Sin Comentarios

Propaganda contra el mal

Por: Oswaldo Osorio


Cuando Estados Unidos y sus compinches invadieron a Irak en 2002, hablaban del “Eje del Mal” para referirse a este país junto todos los que estaban en contra de su imperio. Que una película sobre Uday Hussein, el hijo mayor de Sadam Hussein, se titule El doble del diablo (The Devil’s Double), es señal inevitable de que se trata de una visión del personaje y su historia cruzada por la mirada del vencedor que aún hace propaganda de guerra.

Aunque la producción es inglesa, toda está hecha con la lógica y parte del personal de Hollywood. Incluso su director, el Neozelandés Lee Tmahori, quien tanto nos entusiasmó con su ópera prima (Somos guerreros, 1994), luego devino en un común realizador de thrillers o de películas de acción, incluso dirigió una de las entregas de James Bond (Otro día para morir, 2002).

No obstante, con estos datos no estoy argumentando la idea de que esta nueva película se trata de otra cinta más de Hollywood, que esquematiza y mira de forma maniquea un tema que tiene su carga política. Eso solo es cierto parcialmente, porque también se puede ver en ella un intenso thriller, creado con precisión y en el que se ponen en juego otras consideraciones, sobre todo en relación con la corrupción del poder.

Y es que la película se articula sobre el contante contrapunto entre las dos caras de una moneda que tiene la misma imagen. De un lado, Uday Hussein, un hombre cruel, vicioso y sicópata que toma todo lo que quiere, sin ningún escrúpulo ni consideración. De otro lado,  Latif Yahia, quien fuera obligado a ser su doble (cosa que siempre se ha puesto en duda), y que es dibujados como el iraquí patriota y con un claro sentido moral de lo que es correcto y lo que no.

Independientemente de este maniqueísmo, donde el malo es más que malo y con él todo lo que representa (el régimen terrorista derrocado por las potencias de Occidente), es un relato que sostiene una tensión creciente a partir del referido contrapunto. A pesar de los trazos obvios, también es posible reflexionar acerca de esos tiranillos, sobre los que no hay ley ni justicia, que toman y tiran lo que quieren amparados en un poder que ni siquiera es suyo.

Es inevitable preguntarse constantemente durante la película qué tanto de eso fue verdad. Porque en estas reconstrucciones biográficas, en las que la realidad puede estar condicionada por imperativos dramáticos o ideológicos, se trata de una pregunta no solo válida sino necesaria, pues con este tipo de películas, aunque estén empacadas para ser entretenimiento por vía del cine de género, es recomendable hacer una lectura atenta de sus elementos y no caer en la trampa de ser instruidos por un discurso que termina siendo pura propaganda.

Sin palabras, de Ana Sofía Osorio y Diego Fernando Bustamante

Cine colombiano, Crítica de cine Sin Comentarios

Solo con gestos, señas y dibujos

Por: Oswaldo Osorio


Las historias sencillas no son muy habituales en el cine colombiano, sino que ésta es una cinematografía que si bien está poblada por personajes ordinarios, suele sucederles cosas extraordinarias, la guerra, por ejemplo, que por más común que sea para este país, es necesario negarse a aceptarla como algo normal. Y cuando no pasan cosas extraordinarias, es que pasan muchas cosas, pues los guiones están llenos de acciones y giros, así como los personajes cargados de drama o de singulares personalidades.

Con esta película ocurre lo contrario, su historia es de una simpleza que solo da lugar a concentrarse en lo esencial, esto es, la relación entre dos personas y los nuevos sentimientos que surgen del mutuo contacto o los viejos que despierta la presencia del otro. Raúl trabaja en una ferretería y Lian llegó como “carga” de China y se quedó varada en la fría Bogotá camino al sueño americano.

Estos dos personajes tienen en común que están físicamente en el mismo lugar peros sus expectativas se encuentran en otra parte. Para Lian se encuentran en Estados Unidos, donde será “Happy” vestida sofisticadamente y llamando por celular con los rascacielos de fondo; mientras Raúl tiene la cabeza en Alemania, donde se encuentra su ex novia viviendo con quién sabe quién. Pero es justamente el encuentro con el otro lo que los confronta, al tiempo que se empieza a esbozar una tierna historia de amor.

El título de la película ya sugiere lo que será la obligada dinámica de esta relación. La comunicación se hace con gestos, señas y dibujos. Con eso es suficiente para transmitir, con torpeza pero finalmente con claridad, unos imperativos emocionales y de supervivencia. A Raúl lo alcanzamos a conocer más y por eso su conflicto es más complejo, un conflicto que no se limita a la pérdida de su novia, sino que esto solo pone de manifiesto sus dudas vocacionales y existenciales.

Al final ambos tendrán que tomar decisiones definitivas para el rumbo que deben seguir sus vidas. En principio, piensan esas vidas por separado, pero sin duda esas decisiones fueron determinadas por el contacto con el otro y por esa jornada que vivieron juntos y en la que se inspiraron mutuamente. Si bien ya eran unos personajes optimistas y bienintencionados, la relación con el otro les reforzó esa actitud frente al mundo.

Se trata, pues, de una historia sencilla y emotiva, donde no se tratan los grandes temas que suelen poblar el cine nacional, pero que plantea unas ideas que tienen importancia y validez universales. Es una historia que en toda su sencillez depende en buena medida del completo y convincente trabajo que hace el actor Javier Ortiz, de quien depende casi toda la fuerza dramática y comunicativa de una cinta en la que se habla poco pero se puede entender mucho.