Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez

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Sin cola ni cabeza

Por: Mauricio Sarmiento


Dos universos que se enfrentan. Violencia e inocencia. De ellos se desprende una desgarradora radiografía de la situación campesina en Colombia. Logrando una delicada y contundente cosmovisión del conflicto armado colombiano.

Es por medio de una latente violencia que magistralmente ha sido capturada, siempre en un segundo plano visual o sonoro y/o activando el fuera de campo. ¡ese fuera de campo que no deja en paz a las personas envueltas en el conflicto, es decir, a todos como colombianos!.

“Usted tiene miedo que le pase lo mismo que a su papá” le dice Mirian (madre de Manuel) muy sabiamente, casi que presagiando la constante guerra que ha azotado al país, circular, sin cola ni cabeza, que no deja escapar a nadie. Pueden huir claro está, ¿pero hacia dónde? Es por ello que Ernesto (actuación excepcional de Nolberto Sánchez / ¿Bill Murray?) no se quiere ir.

A medida que discuten sobre si Ernesto debe asistir a las reuniones citadas cada ocho días por grupos guerrilleros, Manuel, la gran alma del film, solo se enfoca en dos o tres cosas. La primera, el fútbol, gran deporte que mueve todas las aspiraciones de estos niños. O una segunda, la pintura, en la cual se ve un Manuel interesado en algo más particular, de ahí sale su sensibilidad (no dejando por alto la intención de llamar Palomo a su res).

Y una tercera que está puesta bajo varias capas de narración, pero que para mí vendría a ser la más especial, saltando en el último plano. Es la de Cecilia, la amiguita que le da el color amarillo, la primera en desaparecer de la escuela y la que vuelve a “aparecer” de forma infantil cuando Manuel juega con los muñequitos que ha hecho su Mamá. “Una amiguita que me prestó un color amarillo que no le pude devolver”. ¿Será su primer amor?

Julián, muy alegremente, lo molesta por ello, pero la película no le da un segundo de esperanza a ese pequeño gran romance que pudo ser. Y es que esta película no es más que una muestra onerosa del maldito encierre de la guerra colombiana, de cómo las ilusiones se acaban. Pero vuelvo al último plano donde, por alguna magia (ya sea a lo Kiarostami en A través de los olivos), en dónde no sabemos qué va a pasar, si le depara algo bueno o malo. El plano contraplano de él y la niña, puede que los una o puede que no. No importa, es un pequeño aire a esa herida.

Solo actores naturales, fue la intención planteada por Carlos César Arbeláez. La búsqueda fue intensiva, pero el logro contundente. Y es que no hay una forma más bella y humanizante que haya esa “ilusión” de realidad jugando con la realidad. Ya Fellini lo había hecho, Vittorio de Sica y nuestro referente por excelencia Víctor Gaviria. Es verdad que hay dos que no son actores naturales, son el caso de la maestra (que en realidad me sorprendió porque su actuación parecía más la de un actor natural) y la de Ernesto.

Tres niños: Manuel, Julián y Poca luz, este último para mí tiene algo de misterio, no solo por elegir a un albino en medio de la cordillera de los Andes, sino porque es él quien siempre está expuesto a la muerte: “Me voy a morir”, “¿Muchachos, sí estoy vivo?”. Es el único de los niños que repite y reitera que se va a morir, quizás sea él, en un marco algo más metafísico, quien nos recuerde lo expuestos que están, lo fugaz y azaroso del destino.

Es la inocencia de estos tres la que nos sumerge en la mirada infantil de la guerra. Un simple balón se convierte en el detonador de una tensión escalofriante. Es el futbol, el campeonato que nunca les tocó, el que hace merodear ese conflicto.

El exceso de fundidos no lo entendí, como muchos de los travellings, pero sí encontré una visión en todo el film. Se nota una búsqueda de un tratamiento documental, pero a la vez se irrumpe todo el tiempo con los fluidos y bellos travellings que por partes me abstraían un poco. Pero, de alguna manera, forma y contenido se articulan para mantener un ritmo certero, no hay escena de más y no hay escena de menos. Es justo.

Los colores de la montaña es una muestra de inteligencia para aproximarse a un tema como el conflicto. Son muchas las películas que lo tratan pero nunca dejan de acentuar clichés y repetir las mismas enseñanzas “morales” que tratan de imponer, como por ejemplo: la guerra es mala, la guerrilla es mala, los grupos al margen de la ley son malos, los militares son malos, etc.

Son pequeñas muestras sutiles del horror, ese magno problema del que las imágenes han sido puesta en tela de juicio. Lanzmann, con su vasta obra Shoah (1985), planteaba una teoría muy clara y es que las imágenes filtran el horror, ninguna imagen puede mostrar el horror, y creo que es ahí junto con algunos postulados de Godard en su vastísima obra Historias du cinema, en dónde trata de forzar a las imágenes a mostrar lo que no se filmó.

Bueno, son los colores, esos mismos que van perdiendo su saturación a medida que va pasando la película, los que muestran y merodean ese horror. Pero para ser más preciso, quisiera recordar tan solo tres imágenes justas y necesarias. La primera y más obvia, es la del padre de Julián (“hijo guerrillero, padre guerrillero”) que con tan solo un cadáver llevado en el lomo de un caballo abre ese salvajismo. La segunda, es del orín que cae del pantalón e Manuel. ¡Ohhhh! No hay palabras. Y la tercera, que vendría a ser la más poética, es cuando Manuel está en la habitación de noche y llueve fuertemente afuera. La ventana se abre por culpa de un fuerte ventarrón y los sonidos de aquellos partidos en la cancha de futbol comienza a sonar haciendo hincapié a una alucinación auditiva, a una alucinación de vida arrasada por la miserable violencia que transgrede el curso natural de cualquier vida.

Hay muchos momentos memorables, por ejemplo, la parte en la que Julián le muestra su colección de balas de distintas armas a Manuel. También cabe resaltar la sutil e inteligentísima forma de meter a la religión. El catolicismo está ahí pero se salva de caer en el cliché. Solo con la imagen de la virgen en frente de la casa de Julián, con un simple escapulario, con un momento en la iglesia, aprovechando que ya bajó al pueblo y, por último, tomando el cuadro de Cristo y guardándolo entre el equipaje para partir. Pocas imágenes suficientes y contundentes.

La exploración y los nueve años que le llevó a Carlos César Arbeláez lograr está película se notan, y es el tiempo lo que hace que maduren las cosas. Hay veces que no son necesarios los años, pero para esta película le fueron excepcionales y es por ellos mismos que brilla. Mostrar el horror de una forma tan acertada. revelar esa conmoción que paraliza a los sujetos.

Solo mostrar cómo tratan de salir de un acontecimiento, cómo es la guerra, no es más que otro acierto de nuestra necesidad de un cine comprometido con la realidad. Con la neo-realidad. Mientras estemos en guerra, hablemos de “guerra”, ese es el compromiso del cine con la historia. Seguramente seguirá brillando por la historia del cine colombiano, como aquel metal de nuestros ríos y montañas que tanto extrajeron esos barcos…

El cine péplum

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Las espadas y sandalias contraatacan

Por. Oswaldo Osorio


Ante el estreno de dos nuevas películas sobre Hércules, otro par sobre Pompeya y la segunda entrega de 300, es evidente que las llamadas “películas de romanos” han iniciado un nuevo ciclo que ya venía tomando impulso desde Gladiador, Troya y las dos entregas de Furia de Titanes. Pero, como se puede ver en los títulos citados, lo que menos hay aquí es romanos y es por eso que el término más preciso para referirse a este tipo de cine es Péplum. Aunque en algún momento también hizo carrera el rótulo de “cine de espadas y sandalias”.

El término péplum fue sacado de una prenda de vestir de aquellos tiempos (una túnica sin mangas atada en los hombros), fue acuñado por el crítico Jacques Ciclier en la edición de mayo de 1962 de la revista Cahiers Du  Cinéma y se refiere a todas las películas cuya trama se desarrolla en la antigüedad, esencialmente greco-romana, pero que en general cubre también historias bíblicas, de la época de Jesucristo, mitológicas, de Egipto, Mesopotamia y cuantos pueblos y civilizaciones existieron algunos siglos antes y después de Cristo.

Para los inicios del cine ya se habían hecho muchas de estas películas, sobre todo en Italia, con títulos que datan de 1905, aunque de corta duración (uno o dos rollos, como se medía el cine entonces). Pero paulatinamente se fueron haciendo más largas en duración y ambiciosas en producción, hasta llegar a hitos del cine mudo como Quo Vadis? (Filoteo Alberini, 1912) o Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914). Esta última aún goza del prestigio propio de un clásico, por la monumentalidad de su producción (algunos usaron el término de “Cine mamut” para referirse a este ciclo), su larga duración (tres horas o diez rollos) y hasta la participación en el guion de Gabrielle d’Annunzio (fue promocionada incluso como la primera película de la historia en la que un gran escritor hacía parte de una producción cinematográfica).

Eventualmente en Hollywood se hicieron importantes películas de péplum, como Intolerancia (David Griffith, 1916) o Los diez mandamientos (Cecil B. Demille, 1923), pero habría que esperar unas décadas para que Hollywood encontrara, en este periodo y sus temas, una cantera ideal para crear esas colosales películas con las que quiso recuperar el público que estaba perdiendo con la reciente popularidad de la televisión, esto con la lógica de oponer el viejo e infalible cine monumental cargado de acción y aventuras a la nueva pantalla chica de tramas y espacios reducidos. A este ciclo pertenecen filmes como Sansón y Dalila (Demille, 1948), Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), La túnica sagrada (Henry Koster, 1953), Los diez mandamientos (Demille, 1956), Ben-Hur (William Wyler, 1958), Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) y Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, Rouben Mamoulian, 1963).

El regreso a Italia

Estas cintas, sin embargo, fueron solo una tendencia dentro de Hollywood en aquella época, porque donde sí se convierte en una verdadera industria fue en Italia. En los últimos años cincuenta y los primeros sesenta se realizaron en aquel país más de cien películas de este tipo, algunas de las cuales podían ser grandes producciones, pero que sobre todo fueron productos de bajo presupuesto realizados en serie, pensadas más para el entretenimiento que por su rigor histórico y exportadas con la misma facilidad que la pizza y la pasta.

El ciclo inició con el héroe por antonomasia de aquellos tiempos: Hércules (Pietro Francisci, 1958), protagonizada por el célebre fisiculturista Steve Reeves, lo cual es un indicio del tipo de cine que pretendía ser este, que privilegiaba la musculatura y buen porte sobre el talento actoral (cosa que no pasaba con los villanos). Luego de una segunda entrega tras el enorme éxito de esta película, se vino una avalancha de películas péplum entre las que había de todo, desde algunas súper producciones y cintas de calidad, hasta innumerables cintas de consumo cargadas de acción, algo de erotismo, desidia por la exactitud histórica y disparates o excesos que rayaban con el kitsch. Esta etapa del cine italiano vio su fin con el advenimiento del spagetti western que, guardadas las diferencias temáticas, espaciales y temporales, en términos de producción e industria fue un ciclo muy similar.

Aunque no se puede considerar un género cinematográfico propiamente dicho, por todo el rango que cubre en términos de tiempo y espacio, así como por la gran variedad de temas e historias que este inmenso rango puede propiciar, sí se pueden identificar unas características generales: la radicalización moral entre buenos y malos, la presencia del clásico héroe que lucha con muy poco contra un tirano o un régimen, las secuencias de acción tanto de lucha cuerpo a cuerpo como de grandes batallas, las intrigas palaciegas o por el poder, un velado erotismo y, claro, la historia de amor.

El nuevo furor por este tipo de cine que estamos presenciando se puede explicar desde varias razones: la facilidad con que, gracias a la imagen digital, se pueden recrear aquellos antiguos escenarios y simular grandes masas de personas, así como los seres fantásticos propios de la mitología (¡Liberen al Kraken!); las posibilidades de crear secuencias de acción y confrontaciones que no estén mediadas por artefactos o tecnología, lo cual siempre representará una forma de representación más dramática y una emoción más vívida en el espectador; y el simple hecho de que puede contener todos esos ingredientes básicos del más puro cine de entretenimiento: los atractivos escenarios, las grandes historias, la contienda entre el bien y el mal, la historia de amor (imposible), la posibilidad de fantasía y el héroe que lucha solo con su fuerza, su bondad, carisma y temeridad.

George Clooney, director de cine

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No solo soy una cara bonita

Por: Oswaldo Osorio


Cuando en Operación Monumento alguien felicita al personaje interpretado por George Clooney por un logro que obtuvo, este le responde: “No solo soy una cara bonita”. Y efectivamente, lo mismo se puede decir al considerar la carrera como director de quien  es -y esto en otros casos parecería contradictorio-  una de las principales estrellas y símbolos sexuales de Hollywood durante, al menos, las últimas dos décadas.

Son solo cinco películas, y aunque no mantiene una consistencia en las características y calidad entre todas ellas, sí ha conseguido lo suficiente como para considerarlo un director de respeto, con un par de grandes títulos, sin ningún proyecto que decepcione por completo y la promesa de que pueden venir mejores y más grandes cosas en su carrera tras la cámara.

Ciertamente esta carrera tenía que parecerse a su recorrido como actor, esto es, un trabajo definido por una saludable versatilidad que va desde comedias desenfadadas (sin ser tontas) hasta adustos y certeros dramas comprometidos políticamente. Y en todos ellos el mismo Clooney combinando su trabajo de director como actor, pero sin necesariamente verse tentado siempre por el rol protagónico.

Su ópera prima es Confesiones de una mente peligrosa (2002), un abigarrado relato en el que más o menos supo materializar las siempre elusivas realidades del sesudo guionista Charlie Kaufman. Pero es con su segunda película, Buenas noches, y buena suerte (2005), una limpia historia sobre la censura en la televisión durante los años cincuenta, con la que demuestra todo lo que se puede esperar de él: un sólido relato, sustentado en una premisa con una gran carga ideológica y, como sería de esperar, con un consistente y versátil trabajo de los actores.

Luego llega con Ella es el partido (2008), una juguetona historia sobre los inicio del fútbol americano, una cinta divertida, perspicaz y entretenida, justo como la imagen que proyecta George Clooney cuando hace de estrella de cine; para luego dejarse venir con Los idus de marzo (2011), un regio thriller político en el que se muestra implacable develando las sinuosidades de la siempre cuestionable ética de quienes están envueltos en la política, especialmente en tiempos de campaña.

De acuerdo con la lógica como ha venido construyendo esta aún corta carrera de cineasta, lo que seguiría sería otra historia más ligera en su tema y tratamiento, que son justamente las características de esta última película, Operación Monumento (2013), la cual cuenta la historia de aquel destacamento de soldados durante la Segunda Guerra Mundial que fuera encargado de recuperar las miles de obras de arte robadas sistemáticamente por los nazis en toda Europa.

Se trata más de una “película de actores” en términos del deleite que se pueda obtener de ella, pues la trama no dice nada más allá de la anécdota descrita antes y la apuesta principal fue hecha por la variedad y el colorido del grupo de soldados encargados de la misión, así como de las relaciones que establecen entre sí y su entregada pasión por el arte y lo que este representa: la historia y el más noble espíritu de la humanidad.

No se trata tampoco de un gran director que pasará a la historia, incluso como actor lo más probables es que la posteridad lo recuerde vagamente como ahora recordamos a Glenn Ford o Rock Hudson, por ejemplo, pero se agradece cuando una estrella de Hollywood hace algo más que interpretar al mismo personaje una película tras otra, como ocurre tal vez con un Tom Cruise o un Nicholas Cage; sino que, además de tratar de variar su registro en distintos proyectos, también tenga la capacidad de hacer sus propias películas y, de cuando en cuando, sacar un buen título que incluso llegue a recordarse más que su nombre.

El último viaje a Las Vegas, de Jon Turteltaub

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O del cine crepuscular

Por. Oswaldo Osorio


No puede ser casualidad. Sin duda alguna estamos siendo testigos en los últimos años de una cierta tendencia en el cine de Hollywood conformada por películas en las que, como negándose a caducar a causa de la edad, grandes estrellas que ya pasan los sesenta años protagonizan comedias o cintas de acción que les permite un “último aire” de vida, mostrar sus reservas de vitalidad y, necesariamente, reflexionar (y burlarse) de las adversidades propias de la vejez.

Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo dice que un viejo es un hombre “desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo para el gusto popular”, lo cual es prácticamente la muerte para una estrella de Hollywood (que no necesariamente para un gran actor) que ha vivido, justamente, de mantenerse actual ante la luz de los reflectores y buscando la anuencia del gran público.

El último viaje a Las Vegas (Last Vegas, 2013), viene a sumarse a otras películas recientes que harían parte de esta tendencia: el regreso al ring de boxeo de Stallone y De Niro con La gran revancha (2013); la divertida Tipos legales (2012), con Al Pacino, Crhistopher Walken y Alan Arkin; Los indestructibles 1 y 2 (2010, 2012), esa soñada colección de héroes del cine de acción dirigida por Stallone; RED 1 y 2 (2010, 2013), una doble entrega que mezcla acción, humor y espionaje; Antes de partir (2007) con Morgan Freeman y Jack Nocholson desahuciados y tachando locuras de una lista; entre muchas otras.

Aunque parece estar de moda el asunto, tampoco es que sea algo nuevo, pues hay algunos ejemplos esparcidos en el tiempo, como la popular Cocoon (1985, 1988), en la que un grupo de viejos revitalizan su cuerpo por vía de un elixir alienígena; o la última película del gran Billy Wilder: Buddy Buddy (1981), con los ya achacosos pero aún geniales Jack Lemmon y Walter Matthau.

Pero claro, los únicos que parecen tener derecho a estas últimas oportunidades son los hombres, porque como reza aquella idea que dice que Hollywood mastica y escupe a la gente, con las actrices esta ley es mucho más implacable. Exceptuando los papeles de carácter o casos únicos como el de Meryl Streep, las mujeres son desechadas con mayor facilidad y más rápidamente por la industria. De hecho, existe un documental titulado Buscando a Debra Winger (2002), en el que la también actriz Rosanna Arquette reflexiona y cuestiona la situación de las actrices que en Hollywood sobrepasan los cuarenta años, quienes dejan de ser requeridas para grandes o importantes proyectos y terminan en trabajos menores o en un retiro forzoso.

El último viaje a Las Vegas reúne a Michael Douglas (69), Robert De Niro (70), Morgan Freeman (74) y Kevin Kline (67), cuatro amigos de toda la vida que van a Las Vegas a la despedida de soltero de uno de ellos. En este cuarteto están algunas de las posibles versiones de la vejez: el viudo cascarrabias, el amenazado por las dolencias de salud, el eterno casado y el eterno soltero. A partir de estas situaciones el guion construye la personalidad de cada uno y las relaciones entre sí, pero sobre todo, las usa para comentar ese momento de la vida en que casi todo está condicionado por la edad.

Pero si bien es una cinta que dice unas cuantas cosas lúcidas -que no necesariamente profundas- sobre la vejez, lo que más se destaca en ella es su capacidad para burlarse de ella (y de ellos). Porque ni la historia ni estos cuatro actores le tienen miedo a la vejez, todo lo contrario, hacen de ella un motivo de reflexión, pero principalmente, la fuente de un humor, si bien a veces predecible, la más de las veces ingenioso y entretenido.

Las películas recomendadas del año

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Un escaso panorama

Por: Oswaldo Osorio

Tal vez son los tiempos más oscuros de la cartelera de cine, la cual está dominada por las mega producciones de súper héroes y adaptaciones de best sellers que, además, son sagas compuestas por varias entregas, lo cual significa que es más de los mismo que se ha visto desde hace varios años. El mejor cine del año aún no llega o nunca llegará, cuando no es que traen repetidas y complacientes películas del tipo El sueño de Wadjda. El buen cine, los filmes más estimulantes y el cine verdaderamente alternativo está en los circuitos del DVD y el Blu-Ray piratas. Tan desolada estuvo la cartelera de Medellín este año que solo me alcanzó para hacer una lista de nueve películas.

1. Antes de la media noche, de Richard Linklater

No es una saga al estilo del cine comercial, sino que es un tríptico cultivado con paciente inteligencia a los largo de casi dos décadas. Esta tercera parte es tan certera y honda como las dos anteriores, con la gran diferencia de que el romance ya no es el principal protagonista.

2. The Master, de Paul Thomas Anderson

Una sugerente y nada sencilla pieza de un director siempre estimulante, en la que enfrenta a dos hombres, con dos formas distintas de concebir el mundo y afrontar la vida, que no necesariamente son incompatibles, porque de hecho, también se trata de la entrañable historia de una amistad.

3. Vidas al límite, de Harmony Korine

Una película que podría verse como una propuesta banal e inconsecuente o, por el contrario, profunda y trasgresora, pues en ella se cuestiona todo lo que tiene que ver con los valores de la juventud en relación con la cultura estadounidense.

4. Una cuestión de tiempo, de Richard Curtis

Comedia romántica con componente fantástico y viajes en el tiempo parece ser una combinación muy forzada, sin embargo, resultó ser una inteligente y encantadora película que, más allá del delicioso jugueteo con la historia de amor y de los ingeniosos giros propios de los viajes del tiempo, también es una historia que reflexiona sobre asuntos esenciales de la vida.

5. Blue Jasmine, de Woody Allen

Una historia de reveses y desesperación contada con el estilo inconfundible de este director en la construcción de personajes y la creación de diálogos, pero esta vez jugando con la estructura narrativa para depararnos algunas sorpresas.

6. Lazos perversos, de Park Chan-Wook

Un thriller nada convencional contado con una estimulante concepción visual y ese toque oscuro y perverso característico de este cineasta coreano.

7. Cloud Atlas, de Tom Tykwer, Andy Wachowski y Lana Wachowski

En esta ambiciosa apuesta visual y narrativa los creadores de Matrix hablan de la naturaleza humana frente al poder a través del tiempo, buscando un equilibrio entre un cine reflexivo y de entretenimiento.

8. Searching for Sugar Man, de  Malik Bendjelloul

Un documental sólidamente construido que nos devela una historia que difícilmente se hubiera podido concebir desde la ficción. Una pieza de realidad épica y emotiva.

9. Crónica del fin del mundo, de Mauricio Cuervo

La cuota colombiana es una cinta que no vieron siquiera dos mil personas, a pesar de ser una propuesta inteligente y significativa que habla con sutileza e intimismo de hondos sentimientos cruzados por la realidad del país. Además, un cine hecho con pocos recursos, pero sin que se le vea la pobreza, un cine posible, del que tanto se necesita aquí.

Jane Campion

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Una mujer que habla de mujeres

Por: Oswaldo Osorio


El cine sigue siendo, primordialmente, un asunto de hombres y sobre hombres. Por eso una cineasta como Jane Campion es una excepción a la regla sobre otra excepción a la regla. Y más lo es siendo de Nueva Zelanda, que aún es un país exótico para  casi todo el mundo. Pero falta más: tiene talento, reconocimiento y un cine bello, sensible y estimulante, tanto en su concepción visual como en la forma en que mira a sus personajes y universos.

A los treinta y nueve años ya había triunfado en el mundo del cine. Eso si se tienen en cuenta los dos principales referentes de lo que institucionalmente es triunfar en el cine: Para la crítica y la cinefilia, ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes; y para la industria, ganar el Oscar. Ambos los obtuvo con El piano (The piano, 1993), siendo la única mujer con este mérito en el evento galo y la segunda en aquel “concurso” hecho en Hollywood, donde se le otorgó estatuilla a mejor película, guion (escrito por ella) y actriz de reparto, para la joven y desperdiciada promesa de Anna Paquin.

Todas sus películas tienen como protagonistas a mujeres y no necesariamente al universo femenino, mucho menos escenarios dominados por mujeres. Al contrario, la principal característica de estas siete mujeres (si solo contamos a cada uno de los personajes centrales de sus largometrajes de ficción) es que son seres liberados de la condición femenina que les impone su tiempo y lugar.

De manera que su condición de liberadas (aunque no necesariamente libertarias) parece ser lo primero que requiere un personaje de Campion para hacerlo suyo, para interesarse por su historia. Sin embargo, es una libertad generalmente más de actitud y de mentalidad que real y plena. Pero justamente la falta de esa plenitud es lo que muchas veces mueve al personaje y se impone como uno de sus principales conflictos. Esto se puede ver sobre todo en sus personajes de época, cuando era más común que las mujeres tuvieran mayores límites, impuestos tanto por parte de la sociedad y la moral como de los hombres.

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10 personajes inolvidables del cine colombiano

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Por: Oswaldo Osorio

1. Leovigildo Galarza / Jesús Carvajal (El Drama del 15 de octubre, Vicente y Francisco Di Doménico, 1915)

No se puede separar al uno del otro, porque juntos mataron a hachazos al general Rafael Uribe Uribe, líder liberal y uno de los promotores de la Guerra de los mil días (así lo citan los libros de historia, como si fuera proeza). También juntos, y estando en la cárcel, fueron contratados por los pioneros del cine colombiano, los hermanos Di Doménico, para protagonizar el primer largometraje del cine nacional. De manera que fueron personajes pero también actores, de lo cual se desprenden varios aspectos muy significativos: el interés desde sus inicios del cine colombiano por la realidad violenta del país, el comienzo de esa larga tradición de utilizar actores naturales, el oportunismo del cine al realizar una película sobre un gran suceso apenas un año después de ocurrido y, lo más comentado siempre de este episodio, el escándalo e indignación causado por la contratación de los asesinos y el pago de cincuenta dólares para que accedieran. Así que Galarza y Carvajal asesinaron dos veces al general, como personajes y luego como actores. Lo más probable es que haya sido por este escándalo, y sus espinosas implicaciones políticas, que la película no pudo sobrevivir en el tiempo y ni siquiera un fotograma se conserva de ella.

2. Augusto, el ascensorista (Pasado el meridiano, José María Arzuaga, 1967)

El personaje más patético del cine colombiano es interpretado aquí por Henry Martínez. La violación de la “gordita” por cuatro hombres y la cobarde huída de Augusto, luego de haberla cortejado en una larga secuencia, es uno de los momentos más duros y conmovedores del cine nacional. También lo es la indolencia y menosprecio de la gente de la agencia de publicidad donde trabaja cuando se desentienden de sus ruegos para que lo dejen ir al sepelio de su madre. La poquedad de Augusto va por doble vía, de un lado, por lo insignificante que es considerada su existencia en medio de ese crítico cuadro de diferencias sociales que plantea de fondo con su historia el siempre lúcido Arzuaga, y de otro lado, la pusilanimidad de un hombre marginal y sin autoestima que habla quedo y siempre con miedo. El personaje de Augusto aparece en una época en que el cine nacional, por primera vez en cuatro décadas, asume una posición ante los temas sociopolíticos del país y que tiene como protagonista al colombiano de verdad y sacado de la realidad, al obrero, al campesino o al empleado. Y al final, solo desolación: sin novia, sin madre, sin dinero, engañado por unos jóvenes burgueses y caminando en medio de la nada.

3. León María Lozano, el “Cóndor” (Cóndores no entierran todos los días, Francisco Norden, 1983)

Todo para él era cuestión de principios: ordenar una masacre, no dejar que su mujer andara desnuda por la habitación o ser un perro fiel del partido conservador. Empezó como un asmático y desempleado que agachaba la cabeza cuando un liberal denigraba de él o su partido. Pero tenían que matar a Gaitán, un trágico suceso con el que este país estalló (llevaba conteniéndose medio siglo) y con él también estalló la naturaleza aparentemente tranquila y humilde de León María. Los pájaros, milicia del Partido Conservador, comenzaron a aterrorizar a la gente en el campo, y el líder de ellos fue llamado el “Cóndor”, ahora un hombre frío y sanguinario. Pero hay que aclarar que esta transformación del personaje no es, como se podría suponer, consecuencia de la corrupción del poder. Las que se transformaron fueron las circunstancias, porque León María, en realidad, nunca cambió éticamente, pues mantuvo siempre sus férreos principios, el problema es que su principio rector era serle fiel a su partido (léase los políticos en Bogotá) y este era el que ordenaba ese régimen de terror en los campos y ciudades de provincia. Pero ese es el problema de esta película, que descarga toda la culpa de la Violencia en este hombre y no en los verdaderos responsables: la dirigencia de los dos partidos. Frank Ramírez, en un trabajo sobresaliente, le dio vida a este hombrecito insignificante que devino en asesino y pequeño tirano.

4. Juan Sáyago (Tiempo de morir, Jorge Alí Triana, 1985)

Un personaje garciamarquiano era lo menos que podía haber en esta lista, eso a despecho de la leyenda negra que hay sobre esa mala relación del nobel con el cine. Nadie mejor que Gustavo Angarita para personificar a un hombre definido por su aplomo y por una amarga sabiduría. Luego de dieciocho años de purgar por la muerte de un hombre, Sáyago vuelve a su pueblo, donde lo esperan los hijos del muerto para cobrar venganza, pero él está convencido de que ya pagó por su crimen y, además, ya no está para violencias, prefiere tejer plácida y sosegadamente como una ancianita, en compañía de su viejo amor. Pero su paciencia y temple también son puestos a prueba con el acoso de los Moscote. Está viejo y cansado, pero aún puede responder como es obligación de todo hombre en esas tierras, que son el equivalente al Lejano Oeste del cine colombiano, y así queda refrendado en el duelo final: Juan Sáyago se planta frente a su adversario, se pone las gafas y dispara, igual que en los westerns, salvo por el vallenato que suena de fondo.

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11 Festival de cine Colombiano de Medellín

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Un cine en busca de su público

Por: Oswaldo Osorio


El gran enemigo del cine colombiano es su propio público. Luego de haber superado la mala factura, con películas que no se oían y poco se veían, y la escasa producción (ahora se realizan más de veinte películas al año), el gran problema a resolver es acercar al público a estas producciones, desmontarle sus necios prejuicios y darle a conocer toda esa variedad y calidad que hay en un cine que hoy por hoy se ha enriquecido y dinamizado.

Esa es una difícil tarea que requiere de paciencia y constancia, así como de una serie de medidas e iniciativas que contribuyan a eso que ahora se llama formación de públicos, una labor que desde hace décadas han hecho los cineclubes, pero que actualmente la llevan a cabo las muestras y festivales de cine con una mayor cobertura y visibilidad.

Por eso fue creado el Festival de cine Colombiano, dirigido por Víctor Gaviria y organizado por la Corporación Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, para contribuir a esta formación de públicos, pero específicamente en beneficio del cine colombiano que tanto lo necesita, y también para realizar esa fiesta de cine que es todo festival, en la que, además de las películas, se promueven espacios de encuentro tanto social y académicos como industrial y cinéfilos.

El plato fuerte de este festival es su muestra central, constituida por películas nacionales estrenadas durante el último año, algunas que tuvieron cierto eco entre el público y los medios (Sofía y el terco, Roa, La lectora, La sirga) y otras que pasaron prácticamente desapercibidas o que ni siquiera se estrenaron en Medellín (Estrella del sur, La Playa D.C, Pescador, Pequeños Vagos). Esta muestra será complementada con una actividad académica que girará en torno al tema de la edición y el montaje, así como a una retrospectiva de cortometrajes conocidos como del “sobreprecio” y conformada por cincuenta de estos trabajos realizados durante la década del setenta.

Así mismo, como a un festival también lo hacen sus invitados, además de los directores y editores de casi todas las películas, este evento tendrá a dos personalidades como objeto central de sus atenciones: al director estadounidense Alexander Payne, uno de los más prestigiosos y estimulantes realizadores que tiene Hollywood en la actualidad, autor de cintas como Entre copas, A propósito de Schmidt y Los descendientes; y al cineasta colombiano Lisandro Duque, un sensible contador de historias a quien se le rinde homenaje por su obra, compuesta por una serie de cortometrajes y cinco largometrajes, entre los que se encuentran Visa USA, Milagro en Roma y Los niños Invisibles.

Son cinco días (26 al 30 de agosto) de películas y reflexión sobre el cine colombiano y la edición y el montaje, con eventos diseminados por toda la ciudad y siempre de forma gratuita. Es la oportunidad para acercarse al cine nacional y para darse cuenta de que hay valiosas obras en esta cinematografía, y tal vez así, muchos de los asistentes a este festival, la próxima vez que vayan a cine, se decidan con mayor facilidad a entrar a ver una película colombiana.

10 años de la Ley de Cine:

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Las cifras y sus matices

Por: Oswaldo Osorio


El cine colombiano está en el mejor momento de su historia, y eso es gracias a la Ley de Cine. Nadie puede contradecir esta afirmación, no obstante, tampoco es suficiente como para dar un parte de victoria, porque hay variables y matices en torno a esta ley y a la situación del cine nacional que aun se deben discutir.

Como siempre, desde la institucionalidad el balance es muy positivo, las cifras del cine colombiano en estos diez años han ido en una progresión muy alentadora. La cifra más significativa es que se pasó de tres películas producidas al año en promedio, antes de la Ley, a veintitrés estrenadas en 2012. Consecuentemente, la participación de nuestro cine en la taquilla aumentó considerablemente, superando los tres millones de espectadores.

Sin embargo, los informes oficiales no tienen en cuenta otros números y especificidades que empiezan a transformar ese panorama, como por ejemplo, que más de la mitad de esos tres millones de espectadores fueron a ver El paseo (Harold Trompetero), o que varias de esas películas no alcanzaron siquiera los diez mil espectadores, o que lo exhibidores no les permitieron permanecer más de una semana en cartelera, o que por falta de recursos para su promoción más de la mitad de esas películas son desconocidas por el público, o que incluso muchas de ellas no se estrenaron en algunas ciudades.

Es necesario resaltar la importancia y beneficios de la Ley, sin la cual sería imposible tener el cine que hoy tenemos y, sobre todo, que ha sido manejada con la eficacia y transparencia que Focine (la anterior entidad de fomento al cine) nunca tuvo. Pero es indispensable cerrar la brecha que hay entre la mayoría de estas películas con el público, así como en ampliar y mejorar las estrategias de promoción y distribución.

Y aquí aparece el mayor problema de la industria del cine del país: el cuello de botella de la exhibición. En las reflexiones que se hacen sobre la Ley de Cine nadie le reclama a los exhibidores su ventajoso e indolente comportamiento ante las producciones nacionales: películas que esperan meses para ser proyectadas, que son sacadas de cartelera al primer fin de semana o a las que simplemente les cierran las puertas de sus salas. Y por el contrario, cuando Cine Colombia se refiere al asunto, hace alarde de todo el apoyo que le ha dado al cine nacional, solo con cifras miradas desde su perspectiva, por supuesto, sin las variables ni los matices.

En los balances que se están haciendo por estos días sobre los 10 años de la Ley de Cine hay más preguntas que respuestas, y eso es bueno, que la gente del cine piense la industria nacional y la cuestione. Hay voluntad para mejorar las cosas y ahí está esa Ley que lo puede permitir. Ahora lo que hace falta es más acciones que balances y diagnósticos, hace falta aprovechar el buen momento y afinar las tuercas para que el cine nacional funcione mejor.

La comedia en Hollywood

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Casi siempre más asco que risa

Por: Oswaldo Osorio


La mejor comedia de Hollywood históricamente ha sido cosa de judíos: Todo empezó con Chaplin, quien luego de dos décadas cedió su reinado cuando el cine habló, y fueron los hermanos Marx los que dominaron las pantallas durante los años treinta. La década siguiente no tuvo un reinado tan definido, si acaso príncipes disputándose el trono, como Los Tres Chiflados o Abott & Costello. Los cincuenta y parte de la década siguiente son del genio de Jerry Lewis y luego le recibe la corona Mel Brooks. Y el final de los setenta y todo el decenio siguiente son del trío de directores Zucker-Abrahams-Zucker (¿Dónde está el piloto?, Súper secreto, ¿Dónde está el policía?)

Desde mediados de los noventa han sido los hermanos Farrelly, con su humor la más de las veces de mal gusto y escatológico, el que más éxito ha tenido, lo cual se puede ver en películas como Loco por Mary (1998), Irene y yo y mi otro yo (2000) o Pase libre (2011). Aunque este tipo humor no es exclusivo de ellos, todo lo contrario, es el que está presente en la mayoría de comedias de Hollywood, como si su gran tradición definida por los nombres citados en el párrafo anterior se hubiera perdido.

Una de las tantas razones para que se haya impuesto este tipo de humor que aborda frontal y explícitamente asuntos en especial relacionados con el sexo y la escatología es, paradójicamente, que ya no existe censura, la cual hasta muy avanzada la década del sesenta estimulaba a guionistas y directores a ser cada vez más originales e ingeniosos. El cine de Billy Wilder (La comezón del séptimo año, Una Eva y dos Adanes, El apartamento) es el mejor ejemplo de esa sutil y brillante burla a la censura.

Ese humor más bien vulgar y con mentalidad pueril se puede ver en las incontables comedias que apelan a dos esquemas que se imponen: el de las películas adolescentes, que tiene en la colección de American pie (1999 – 2012) a su más representativo modelo; y el de parodias sobre cine, en las que es condición haber visto ciertos taquillazos de Hollywood para que su humor funcione, como ocurre con la saga de Scary movie (2000 – 2013) o con Una loca película épica (2007). El ingenio y la originalidad no están presentes en esta clase de cine, porque son como una seguidilla de sketechs del tipo Saturday Night Live, que es, guardando las proporciones, como el Sábados Felices gringo.

En contraste a este humor siempre se podrá anteponer, no solo el de su cine clásico, sino el del cine inglés (como, por ejemplo, el de los Monty Phyton –La vida de Brian, El sentido de la vida– por mencionar solo lo mejor y más conocido), un tipo de humor que difícilmente se podrá ver en Hollywood, definido por la fina ironía, los referentes culturales como parte de su materia prima, el refinamiento en el lenguaje en contraste con los exabruptos del mensaje y, entre otros tantos recursos, el deadpan, ese tipo de humor que es presentado sin cambiar las emociones, el tono de la voz o la expresión corporal.

Y tal vez no es que no haya quién lo haga, sino que más bien no hay quién lo consuma, al menos no en masa, que es lo que más importa de acuerdo con las leyes de mercado que necesariamente se imponen en la Meca del cine. No obstante, sería equivocado afirmar que esta transformación del humor en Hollywood es un asunto de mercado, porque las comedias que hacían los citados en el primer párrafo, más otros tantos como Billy Wilder, Preston Sturges, Howard Hawks o Ernst Lubitsch, fueron películas con éxito comercial y, al mismo tiempo, con un humor inteligente y sugestivo, incluso abordaban temáticas significativas.

Entre ese humor ramplón tan común en Hollywood y el más sofisticado que casi nunca se ve, hay un grueso de películas que se encuentran en un tibio nivel que no alcanza a ser ni el del cine de mal gusto pero tampoco el de comedias memorables, aunque están mucho más cerca del primer tipo. Allí se encuentra casi todo el cine hecho por los actuales astros de la comedia de Hollywood: Jim Carrey, Ben Stiller, Adam Sandler, Steve Carell, Jack Black y Will Farrell.

Ese es puro cine de consumo, apenas con escasos destellos y casi siempre olvidable. Es más un humor de chistes o situaciones muy puntuales que comedia física y de tramas bien elaboradas en su comicidad. Así mismo, hay muy poco humor verbal a la manera de aquel chispeante e ingenioso que se hacía en la época de las screwball comedies en los treinta y parte de los cuarenta: It Happened One Night (Frank Capra, 1934), His Girl Friday (Howard Hawks, 1940), To Be or Not to Be (Ernst Lubitsch, 1942).

Las excepciones a este nada halagüeño recorrido por la comedia de Hollywood se pueden encontrar –aunque también se encuentran en decadencia– en ciertas comedias románticas (Cómo perder a un hombre en diez días, La cruda verdad, 500 días con ella, Simplemente no te quiere) o en esporádicas cintas que apelan a la originalidad o a la fina incorrección política, como Zombiland, Superbad, Ted o ¿Qué pasó anoche? Esta última incluso consiguió hacer una segunda parte tan buena como la primera, aunque en la tercera, sin decepcionar por completo, se olvidó del esquema que le dio éxito –tratar de reconstruir y reponer lo hecho en una noche de juerga extrema–  y remató la saga con un opaco brillo, contribuyendo así a la crisis en que ahora, y desde hace mucho,  está sumido el humor inteligente en Hollywood.

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