Cinéfagos.net, 10 años de mucho cine

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Celebramos con nuevo diseño y nuevas secciones


El cine es como la vida y comer cine es alimentarse de ella. Cinéfagos.net ha estado alimentando la cinefagia de sus lectores desde hace ya una década. Un sitio dedicado principalmente a la crítica de cine y especialmente interesado en el cine colombiano, pero también con un amplio contenido complementado con artículos y ensayos, entrevistas, cuentos de cine, cómics, documentos históricos y textos sobre artes electrónicas. El sitio fue creado por el crítico de cine e investigador Oswaldo Osorio, y en él están publicados todos sus textos y producción académica (alrededor de 700 textos).

La página cuenta también con un boletín de crítica de cine semanal que reciben casi 10 mil suscriptores y del que ya van más de 450 ediciones. Además, se encuentra en Facebook: /cinefagos.net y Twitter: @cinefagosne, redes desde donde desarrolla contenidos adicionales de mayor actualidad. Así mismo, la marca Cinéfagos.nettiene un blog en el portal del periódico El Colombiano (www.ecbloguer.com/cinefagos), en el cual próximamente estarán publicados los textos producidos en laEscuela de crítica de cine, otra iniciativa de Cinéfagos.net.

Para estos diez años  el sitio trae grandes cambios, los cuales fueron posibles con el apoyo de la Beca de realización de publicaciones artísticas periódicas otorgada por el Municipio de Medellín. Entre los cambios está un nuevo, más rico y versátil diseño, así como la inclusión de tres nuevas secciones: una dedicada a la actualidad noticiosa del cine nacional e internacional; otra llamada Cuadro a cuadro, en la que, por medio de un cómic de una viñeta, el cinéfilo Íñigo Montoya hará comentarios sobre el arte y la industria cinematográfica; y un video blog, que inicia en el mes de septiembre, titulado Pregúntale a Íñigo, en el que este estudioso del cine responderá diversas inquietudes sobre toda clase de cinefagias.

Misión imposible y el cine de acción

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Oswaldo Osorio

Buena parte de la industria del cine actual está soportada en el cine de acción. Sin embargo, era un género que hace treinta años no existía, pues la “acción” era solo una complementaria parte de otros géneros como el thriller, la ciencia ficción o las aventuras. Pero con Rambo, Terminator y Duro de matar se establecieron las bases del género que ahora es casi inseparable de otros tan actuales como las películas de súper héroes, que es el otro gran rubro de la industria de hoy.

La característica esencial de este cine es que la acción es un fin y no un medio, es decir, todo tiende a supeditarse a este componente (incluso los otros géneros), por eso la mayoría son películas de usar y tirar, sin ningún valor cinematográfico más allá del entretenimiento. De ahí que en estos productos (que resulta más preciso llamarlos así) desfilan impunemente personajes estereotipados, argumentos insustanciales y situaciones forzadas y hasta inverosímiles.

No obstante, hay algunas películas que se esfuerzan por salirse de este esquema y, sin dejar de lado la acción como un componente esencial, elaboran con inteligencia y solidez los demás elementos del relato cinematográfico. Este es el caso, que no tanto de la franquicia, pero sí de esta última entrega de Misión imposible: Nación secreta (2015), la quinta luego de casi veinte años de haberse estrenado la primera, y aún así supo, no solo mantener el interés, sino hasta renovarse sobre su propio esquema.

Esta renovación corre por cuenta, incluso, de sacrificar un poco la acción misma. Si bien hay algunas buenas secuencias de acción, el énfasis está puesto en la trama de espionaje y en la construcción y confrontación entre los personajes. Esta vez Ethan Hunt no es tanto el héroe que todo lo sabe y todo lo puede, sino que está lleno de limitaciones y hasta debilidades. Mientras el villano fue concebido con gran sutileza y verosimilitud, además como la contra perfecta: otro espía, pero más inteligente y sin escrúpulos. Y esta confrontación fue finamente aderezada con la inclusión de un personaje femenino que funge como heroína y villana alternadamente.

De hecho, el núcleo de la franquicia, esa gran secuencia milimétricamente planificada y soportada en el uso de la tecnología en la que ejecutan  una “misión imposible”, fue un poco desestimada, tanto en su elaboración como en su resultado. Es decir, sus realizadores tuvieron la audacia de contrariar ese elemento que ha definido su propio esquema desde la misma serie televisiva, que estuvo al aire entre 1966 y 1973.

Además, hablando desde el componente industrial del cine, no cabe duda de que una de las personas más importantes de las últimas dos décadas es Tom Cruise, la última gran estrella de Hollywood a la manera clásica. Como productor y héroe incombustible del cine de acción ha sabido sacar adelante lo impensable: que luego de una quinta entrega de una saga de acción uno quiera ver más.

La saga Terminator

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Vieja pero no obsoleta

Oswaldo Osorio


Terminator es una de las mejores y más completas sagas de la historia del cine: Definió (junto con Rambo y Duro de matar) los parámetros del cine de acción hace treinta años, también es un relato de ciencia ficción, desarrolla una historia de viajes en el tiempo, explota el complejo tema del hombre contra la máquina y adicionalmente reflexiona sobre él, estuvo a la vanguardia de los efectos especiales, ya tiene cinco entregas y una serie televisiva (The Sarah Connor Chronicles, 2008), es una saga de culto y un ícono de la cultura popular.

Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991), ambas escritas y dirigidas por James Cameron, siguen siendo las mejor valoradas y  fueron muy influyentes para el cine de su tiempo. Incluso Terminator 2 es una de esas raras ocasiones en que una segunda parte supera a la primera. Y esto no solo es porque con ella Cameron empezó a demostrar lo importante que sería su aporte para la industria del cine, sobre todo en el área de los efectos especiales, sino por las antológicas secuencias de acción que consiguió, las cuales tienen un peso equivalente a la construcción de una historia y unos personajes sólidos y complejos.

La presencia de Arnold Schwarzenegger es un componente importante de su éxito y del carisma del personaje del exterminador, a tal punto que ha funcionado tanto como héroe y como villano. Solo en Terminator: La salvation (McGg, 2009) aparece apenas en una escena (debido a que por esta época eras el gobernador de California), pero en las demás es el centro del relato, en especial cuando se le quiere conferir alguna esencia humana, lo cual sucede en Terminator 2, en la que un John Connor adolescente trata de hacerle entender ciertos atributos del espíritu humano; o en Terminator: Genesis (Alan Taylor, 2015), cuando literalmente asume el papel de un padre, un padre viejo (pero no obsoleto), con canas y protector, por supuesto.

Esta última entrega es al mismo tiempo una precuela, porque ubica su trama antes de lo sucedido en la primera película; una secuela, pues le da continuidad a la línea argumental que ha construido la saga; pero también un reboot, en la medida en que propone un reinicio de la historia. Para hacer esto plantea un argumento que, sin forzar la lógica definida por el universo de la saga, reúne a los cuatro principales personajes de la franquicia. Además, aprovecha de manera ingeniosa los juegos y paradojas de los viajes temporales, y también actualiza el sentido de la confrontación entre hombre y máquina, en cuanto ya el riesgo tiene que ver con la dependencia a la conectividad a través de la tecnología que adquieren las personas del mundo contemporáneo.

Es cierto que la saga ha tenido sus bemoles, como Terminator 3: La rebelión de las máquinas (Jonathan Mostow, 2003), por unanimidad la menos apreciada de todas; así como la cuarta entrega, que tiene tantos defensores como detractores, pero el caso es que se trata de uno de los grandes relatos del cine de todos los tiempos y de la cultura popular actual, iniciada además por un visionario de la industria y, por eso, seguramente con más vidas que un T-1000.

Insurgente y el cine para jóvenes adultos

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Entre el romanticismo y la violencia

Oswaldo Osorio


Teniendo en cuenta que el público que más va a cine es el comprendido entre los 14 y los 26 años, es apenas natural que la industria concentre buena parte de sus esfuerzos en capitalizar este grueso de espectadores. De manera que el cine juvenil ha sido una constante tendencia en el cine comercial y cada generación ha tenido su propio tipo de cine, definido por esa interdependencia entre lo que quiere el público y lo que la industria le ofrece, así como por otros factores de tipo socio-cultural y de mentalidades del momento.

Si a mediados de los ochenta este cine tenía la forma de los filmes de John Hughes (Sixteen Candles, The Brakfast Club, Ferris Bueller’s Day Off), con sus cándidas historias de amor e inofensiva rebeldía; en la transición del milenio fue la menos romántica y más picante (con alguna dosis de mal gusto y humor pueril) saga de American Pie la que marcó la pauta del cine juvenil. Ahora estamos en una generación definida por la literatura para jóvenes adultos (que coincide con las edades referidas a ese grueso de público del cine), en la que hay un importante viraje donde, sin dejar de lado el componente romántico, entra a jugar un papel importante la violencia, esto por vía de la necesidad de supervivencia en una sociedad hostil en la que viven.

Si bien Los juegos del hambre (2012 – 2015) es la saga (porque tanto libros como películas vienen en varias entregas) más exitosa, también hay otras como Crepúsculo (2009 – 2012), El juego de Ender (2013), La huésped (2013), El corredor del laberinto (2014) y Divergente (2014 – 2016). A esta última pertenece Insurgente, que es la segunda entrega de la trilogía escrita por Veronica Roth y de la que aún falta por llegar Leal. Aquí una sociedad es creada desde cero y ha sido agrupada en facciones para preservar la paz.

Todas estas cintas tienen los mismos componentes: su protagonista es un “elegido” con unas habilidades o privilegios particulares, hay una historia de amor (generalmente complejizada con un triángulo amoroso), acción y aventura, está ubicada en un futuro definido por la ciencia ficción y/o la distopía (o la fantasía en el caso de Crepúsculo), y todo determinado por un contexto hostil que pone a prueba varios asuntos: la permanencia de un régimen, la valentía, los valores y la autodeterminación de los protagonistas.

Como se puede apreciar, todo este es un material muy llamativo para la generación actual de jóvenes. Pero lo que habría que preguntarse es si esta tendencia de violentas distopías, en las que jóvenes luchan por su supervivencia, están en boga porque permite esta variopinta conjunción de atractivos aspectos para ser explotados por la industria del cine, o porque vivimos en tiempos más desesperanzadores y pesimistas que crean un ambiente propicio para la aceptación de estas historias. O simplemente, en la lógica cíclica en que se mueven las tendencias de consumo de la cultura popular y las mentalidades, nos encontramos en un punto alto definido por la violencia y la adversidad, pero en algún momento este cine volverá a las historias románticas y cándidas.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que, como en todo el cine y el arte en general, siempre hay productos de buena y mala calidad, donde se encuentra tanto la aplicación de fórmulas que se repiten hasta el cansancio y levitan en lo superfluo, como relatos con fondo en su construcción y peso en sus ideas que se destacan entre las demás. En cuanto a Insurgente, se puede ubicar sin problemas en un insípido punto medio.

Wong Kar-Wai

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El humo del amor y la poesía de la imagen

Oswaldo Osorio


Este texto se escribe sobre la premisa de que la obra de Wong Kar-Wai es uno de los veinticinco hitos del cine en el último cuarto de siglo. Esto por ser un cine único y lleno de virtudes: sus exploraciones sobre la hondura o imposibilidad del amor, su habilidad para entrecruzar relatos, esa musicalidad de sus películas sostenida por entrañables melodías, sus personajes estrafalarios, contenidos, mágicos o trágicos, y esa poesía visual sin igual y reconocible que es el aglutinante de todos los anteriores elementos.

Surgió en un medio dominado por el cine comercial y de acción, la cinematografía de Hong Kong de los años ochenta, y si bien empezó mimetizado con ese entorno en su primer filme, As tears go by (1988), ya dejaba ver destellos de lo que sería su estilo y su universo. La historia de gánsters de poca monta y sus rivalidades con las demás pandillas era parecida a tantas otras producidas allí, pero sobre esa burda trama entretejió una relación amorosa cuyo contraste con el relato de acción resulta aun más violento que este. Tal contraste lo retoma en películas posteriores con mayor eficacia y estilización, aunque ya el amor o el desamor predominando sobre la violencia.

Sin ley ni guion

Sin duda es un cineasta diferente a todo lo conocido, y para serlo tuvo que pensar diferente. Trabajar sin guion, por ejemplo. Ya con este solo hecho reniega de lo más sagrado de la esencia y la tradición cinematográfica. Este aspecto, como es apenas lógico, tiene unas significativas implicaciones en su forma de trabajo y en el resultado final. Entonces los conceptos de improvisación e intuición aparecen de inmediato como directas consecuencias.

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Balance cine colombiano en 2014

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Las cifras mal, el cine bien

Oswaldo Osorio


Al año con más estrenos nacionales de la historia las cifras no le favorecen. La única cifra positiva son esos 28 títulos que se pudieron ver en las salas del país. Aunque es un dato que tiene sus atenuantes, como que una tercera parte son coproducciones, que algunas solo se vieron en una o dos ciudades o que la mayoría apenas duraron una semana exhibidas, cuando no menos.

El saldo rojo está en el comparativo entre ese buen número de estrenos y los espectadores que fueron a verlos, pues si bien el cine nacional representó el diez por ciento de todas las películas estrenadas durante el 2014, escasamente sobrepasó el cuatro por ciento en espectadores y taquilla. Ese poco respaldo del público es consecuencia, principalmente, de dos factores: la indolencia y falta de compromiso de los exhibidores para darle más tiempo en salas al cine nacional, y la insuficiente promoción de estas películas, ya sea por falta de recursos o por la indiferencia de los medios para hacerles eco, otros indolentes con el cine del país.

Pero más allá del lamentable hecho de que los filmes de mejor nivel no superaron los cinco o diez mil espectadores, una mirada cualitativa y que tenga en cuenta otras variables puede arrojar un panorama más optimista y esperanzador: Fue un buen año por la participación y galardones en festivales, por la saludable variedad de sus contenidos, por su progresiva dinamización como industria y por el aumento en general del nivel en su factura y en particular de algunos títulos y directores destacados. Hay que aclarar que estas reflexiones solo cobijan los largometrajes de ficción, porque si se tuviera en cuenta también al documental y el cortometraje, el balance en cuanto a cantidad y calidad sería más positivo aún, aunque resultaría todo lo contrario en lo referido a divulgación y consumo por parte del público.

Para simplificar un poco las cosas en función de una visión panorámica, se puede dividir el grueso de producción en tres grupos bien definidos y en los que se reparten los títulos casi proporcionalmente: las comedias populares y el cine de género, por un lado; el cine de autor, por otro; y las coproducciones. Leer más …

El cine del Reino Unido

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Más allá de James Bond y Harry Potter

Oswaldo Osorio


La historia del cine del Reino Unido no ha sido fácil, más bien han sido pocos sus buenos o significativos momentos, sobre todo si se tiene en cuenta que es una potencia económica y cultural, lo cual generalmente tiene su correlación en el éxito y nivel de una cinematografía. Es una historia de subidas y bajadas, determinada por aspectos como su fluctuante posición entre el cine de Europa y de Estados Unidos, la dependencia del apoyo estatal y la fuga de talentos hacia Hollywood.

Compitió por ser el país donde se inventara el cine, pero aunque allí se vieron las primeras imágenes en movimiento, terminaron por ser superadas en su técnica por el kinestoscopio primero y luego por el cinematógrafo. Un nuevo golpe recibió en los años veinte, cuando lo que parecía ser una prometedora industria, terminó retrocediendo ante el ímpetu internacional del cine alemán y estadounidense.

Solo lograría una significativa recuperación cuando, a finales de esa misma década, se creó una ley que obligaba a las salas a exhibir un veinte por ciento de cine nacional, lo cual se tradujo en un importante aumento de la producción durante el siguiente decenio. Y como complemento a este buen momento de la industria, se presentó el que sería el primer hito de esta cinematografía: La escuela documental británica, con John Grierson como su principal representante. Este movimiento, con su interés por los problemas sociales y el contexto inmediato, redefinió la concepción del documental a nivel mundial, que andaba un poco obnubilado con culturas y lugares exóticos.

Este periodo favorable fue aprovechado por productores como Alexander Korda y Arthur Rank, pero a pesar de algunos buenos resultados, tanto en la taquilla como en la calidad de las películas, cuando sobrevino la Segunda Guerra Mundial, la base de talentos que sostenía la industria, empezando por Alfred Hitchcock y el mismo Korda, terminaron recalando en Hollywood, dejando al país bajo los bombardeos alemanes y solo preocupado por producir cine de propaganda contra los nazis. Apenas quedaron algunas islas en el cine de estas islas, como las películas de David Lean o Carol Reed y el trabajo  del más célebre actor shakespereano, Lawrence Olivier.

Un nuevo cine

En la posguerra, la productora Rank fue la gran protagonista de la industria del Reino Unido, pero a partir de mediados de los años cincuenta tendría que compartir ese protagonismo con otra productora y un importante movimiento cinematográfico. La productora era Hammer Films, la cual inició un exitoso ciclo de cine de horror que se extendería casi por dos décadas y lanzaría como estrellas internacionales a los actores Christopher Lee y Peter Cushing y al director Terence Fisher.

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Las películas recomendadas del 2014

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Las listas siempre son personales, es un inventario de gustos y obsesiones más o menos cruzado por la formación y el conocimiento. Además, condicionada por distintos factores, como en este caso, que solo han sido tenidos en cuenta los títulos estrenados durante 2014 en Colombia. Quedan por fuera de consideración todas esas películas que todavía no han recalado en el país o que nunca lo harán, como Adiós al lenguaje, Birdman, Dune, Under the skin, entre muchas otras. Una lista es solo una guía para aquellos que comparten el gusto de quien la hizo.

Oswaldo Osorio

1. Boyhood, de Richard Linklater

Una película como la vida, tanto en términos del universo de emociones y relaciones que retrata como en ese transcurrir del río del tiempo. Una paciente y audaz propuesta narrativa que le da una nueva perspectiva al espectador de la forma en que se puede hacer el cine.

2. Interestelar, de Cristopher Nolan

Una épica espacial no vista desde el clásico filme de Kubrick. De nuevo este director consigue el equilibrio entre un cautivador relato de gran inventiva visual con unos temas y reflexiones que exceden la mera anécdota.

3. La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche

Un diario íntimo y minucioso, logrado a partir de esa fascinante cercanía que el director consigue con el personaje y la actriz. El naturalismo puesto al servicio de la cotidianidad, el amor y el desamor.

4. The Grandmaster, de Wong Kar-Wai

Este innovador director regresa con una vistosa historia de artes marciales, ungida de toda la poesía de la imagen y el movimiento, pero sin olvidar esos melancólicos y entrañables personajes presentes en todas sus películas.

5. Jardín de amapolas, de Juan Carlos Melo

Con sencillez y contundencia esta película propone otra mirada al conflicto colombiano y a quienes lo padecen en el campo.

6. Ida, de Pawel Pawlikowski

Una cinta bella y sensible que da cuenta del viaje de una novicia a su pasado, su identidad, los lazos familiares, las dudas vocacionales y los asuntos terrenales.

7. Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson

Esta película es el culmen estilístico de un director que ha sabido forjar una marca y un universo particulares.

8. Primicia mortal, de Dan Gilory

Un singular thriller conducido por un fascinante personaje, una rara mezcla entre entusiasta y sicópata, que pone en evidencia el sensacionalismo de los medios.

9. La increíble vida de Walter Mitty, de Ben Stiller

Parece solo un relato aleccionador y comercial, pero si bien hay algo de esto, lo consiguen con ingenio, encanto y un acertado manejo de los recursos cinematográficos.

10. El pasado, de Asghar Farhadi

Un intrincado drama en el que, sin discriminar entre niños, jóvenes o adultos, todos se ven agobiados por serios problemas de la cotidianidad y de la vida en familia. Un filme lúcido, complejo y contundente.

XV Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia

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El tiempo de las distopías en Festicineantioquia

Oswaldo Osorio


El XV Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia en 2014 está dedicado a un peculiar y fascinante tema: las distopías en el cine. Si la utopía, según Tomás Moro, quien acuñó el término, está definida por el orden, el equilibrio social y la belleza, la distopía es su antítesis, esto es, una sociedad caótica, acosada por el malfuncionamiento y generalmente oprimida por un régimen totalitario.

Este es un tema que tanto a la literatura como al cine les ha permitido, a partir de la proyección en el futuro o de la alegoría fantástica, reflexionar sobre nuestras sociedades y nuestro tiempo. La distopía, indefectiblemente, es pesimista. Parece que, como van las cosas y de acuerdo con lo que se sabe de la naturaleza humana, nadie se atreve a plantear algo distinto a un futuro adverso y nada prometedor.

El cine distópico normalmente presenta mundos híbridos y caóticos, con estéticas recargadas, casi siempre por la línea del futuro retro, donde se evidencian los tiempos oscuros que pueden venir y, generalmente, planteando cuestiones éticas o políticas de fondo sobre asuntos como la intolerancia, los fundamentalismos, el individualismo, los conflictos del multiculturalismo, la mecanización del ser humano, el hombre que juega a ser dios, los excesos del poder justificados por un supuesto bien común, entre muchos otros asuntos.

El festival se inaugura con Metrópolis (Fritz Lang), y no podía ser con otra, pues esta es la película fundacional de este tipo de cine. Con ella, el ramillete de clásicos de la muestra central lo conforman otros títulos esenciales como Fahrenhet 451 (Francois Truffaut), El planeta de los simios (Franklin Schaffnet), 1984 (Michael Radford), Brazil (Terry Gilliam) y La naranja mecánica y Dr. Strangelove (Stanley Kubrick).

Sociedades donde está prohibido leer, otras gobernadas por la tiranía de la burocracia, o mundos donde se impone la perfección genética o donde son reprimidas las emociones y sentimientos. Cada película propone una situación límite sobre sus protagonistas, ya sea para plantear una crítica al posible rumbo que podrían tomar nuestras sociedades actuales de seguir así, o para establecer reflexiones éticas y humanistas sobre la capacidad del hombre para enfrentar estas situaciones a partir de actitudes y cualidades que siempre van a hacer parte de la naturaleza humana, como el deseo de justicia, la libertad y la dignidad.

El cine distópico, por definición, es futurista, aunque no necesariamente de ciencia ficción. No obstante, es posible ampliar el concepto y pensar en equivalentes distópicos en el presente. Por eso hay cuatro documentales que hacen parte de esta muestra, pues ya sea la dura situación de un pueblo minero, la devastación en Irak tras la guerra o la odisea de los inmigrantes ilegales en México, son situaciones que se presentan con las características de un mundo distópico.

De manera que este año, más que cualquier otro, este festival propone un espacio no solo para ver cine, sino también para ver unas películas (más las actividades académicas) que les permitirá a los asistentes extender sus reflexiones más allá de la pantalla, hacia cuestiones éticas, sociales y políticas.

Wes Anderson – Kinetoscopio Cuadernillo digital

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Siete preguntas inéditas

Oswaldo Osorio


Acaba de salir el segundo cuadernillo digital de 2014 de la Revista Kinetoscopio, dedicado a Wes Anderson y el cual se distribuye exclusivamente entre los suscriptores de la revista. A propósito de esto, publico un cuestionario que un periodista me hizo para escribir su artículo sobre este director y del que solo extrajo un par de frases.

¿Qué hace tan particular al cine de Wes Anderson?

Que tiene, lo que llamaría el cineasta Dunav Kuzmanich, un código propio, una forma particular de concebir y articular sus películas. Desde los detalles de la puesta en escena, pasando por la construcción de personajes, hasta la visión general del relato, todo está cruzado por ese código.

¿Gran Hotel Budapest es su mejor película?

En cuanto al refinamiento de ese código personal sí lo es, pues se evidencia la progresión de su construcción a lo largo de su filmografía, por eso en su ópera prima (Bottle Rocket, 1996) solo se encuentran destellos de ese estilo, personajes  y universo. Pero luego de esta última resulta difícil pensar cómo se va a afinar más. Incluso esto despierta un temor: que la siguiente sea una repetición o una ruptura. Si es ruptura no asusta tanto, porque ya lo hizo con El fantástico señor Fox (2009) y es una de sus mejores películas.

Muchos hablan de que él ha creado un universo muy particular, como pocos directores. ¿Qué es exactamente eso?

Tiene que ver con el concepto de código que he expuesto, el cual se traduce en dos aspectos: uno tiene que ver con el sentido de sus historias y personajes y el otro con el aspecto formal. Para el primer aspecto le copio un fragmento de mi crítica a esta última película (por el segundo pregunta en el siguiente punto):

“Y la idea de fondo, de este y casi todos sus filmes, parece señalar hacia un compromiso apasionado, profesional y casi místico para con el trabajo o cualquier empresa que emprendan sus protagonistas: Actividades extracurriculares en Rushmore (1998), la venganza contra un tiburón en Vida acuática (2004) o ser el perfecto conserje de un hotel como aquí. Con esto, se desprende una ética, ante la tradición y artesanía del oficio en cuestión, ante los colegas y ante la vida misma. Desde una pequeña tarea hasta el desempeño laboral general, todo está signado tanto por una firme filosofía como por la precisión y sofisticación en su ejecución. Pero esta visión y ética del trabajo parece ocultar algo en todos esos personajes, una melancolía -no siempre por amor- y una suerte de soledad que quieren llenar con ese apasionamiento, aunque es una soledad más de tipo existencial que social.”

Además, los protagonistas de Wes Anderson son personajes que pueden pasar súbitamente de la excelencia al patetismo. Su carisma y emprendimiento ya mencionados, los convierte en concienzudos héroes de su mundo o su oficio, pero de un momento a otro, ya por el desprecio o indiferencia de los demás o porque fracasan en sus quiméricas o absurdas empresas, adquieren el carácter de hombrecitos patéticos o ingenuos y se vuelven marginales en ese mundo que al parecer dominaban con encanto y pericia, se vuelven antihéroes. Es un mérito de este autor conseguir que esta dualidad no solo sea verosímil, sino hacer de ella casi la esencia de su cine, porque eso es lo que le da hondura a sus personajes, lo que sienta la lógica de funcionamiento de los mundos que crea y lo que le otorga esa doble virtud de ser un cine entrañable y divertido.

Muchos exaltan la simetría, el color, los guiones. ¿Por qué son tan fuertes esos rasgos?

Las historias intrincadas, narradas con precisión y corales (muchos protagonistas o personajes) tienen su equivalente en la construcción misma del universo material que logra por vía de la puesta en escena (escenarios, decorados, vestuario, maquillaje, interpretación). Todos esos elementos con su simetría, cuidado en los detalles y sofisticada estilización, son consecuencia de los dos conceptos que ya propuse como esenciales de su obra: el hecho de que tiene un código, lo cual implica que cada aspecto y elemento funcione con la misma lógica y esté sintonizado con el todo y los demás; y esa mística y apasionamiento por la labor o empresa que acometen sus personajes (y el mismo director), con lo cual ninguna acción, por anodina que sea, es solo una acción, sino que es todo un rito y un compromiso que trasciende su mera ejecución operativa: empacar un ponqué, hacer el mapa de una cárcel o crear toda una película.

¿Qué no le gusta de Wes Anderson?

Más que de él, de muchos de sus seguidores, que se quedan solo en la visualidad de sus universos y lo pintoresco de sus personajes, pero se pierden de lo que quiere plantear de fondo con sus historias y de la motivación y espíritu de esos personajes, que van más allá de una delicada paleta de colores y unos decorados encantadores. Sus historias están pobladas por personajes melancólicos, absurdos y existencialistas, que casi siempre están divididos entre los que se quieren devorar el mundo, los que solo cumplen una labor mecánica e imparable -generalmente son los antagonistas- y los que solo habitan su universo con hastío y desgana; así mismo, todas esas tareas, apasionamientos, comportamientos absurdos y meticulosidades, conducen siempre a la búsqueda de un objetivo mayor, por lo general el amor, el bienestar, el altruismo o todos ellos juntos.

¿Wes Anderson es comparable a alguien?

Con muchos. Con cualquier director que tenga un código tan fuerte, definido y singular como él: Won Kar-Wai, Terry Gilliam, Peter Greenaway, los hermanos Coen (aunque no en todas sus películas), David Cronenberg (hasta hace unos años), Woody Allen, entre otros. Y en cuanto a ese universo: Jaques Tati, Buster Keaton, Jerry Lewis, Miranda July y puede seguir la lista.

¿Qué lugar ocupa el actualmente en el cine mundial?

El de un director con talento y un estilo identificable pero que está de moda. Por eso no creo que sea muy significativo en el contexto al que parece dirigirse la pregunta, pues su cine difícilmente será influyente para su generación o los nuevos directores. Incluso, y espero equivocarme, son películas que pueden envejecer muy fácil con el tiempo, es decir, que dentro de veinte años no parezcan esas ingeniosas y vistosas piezas que vemos ahora, sino unos relatos un poco cursis y hasta incoherentes con una estética edulcorada y tal vez naif.

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