Dos días y una noche, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Crítica de cine Sin Comentarios

Por la solidaridad

Oswaldo Osorio


Una mujer con problemas emocionales, en el contexto de una Europa en crisis, es el punto de partida de los hermanos Dardene para crear otra de sus reveladoras historias, de sólidos personajes y con ese realismo cargado de gran elocuencia que los caracteriza. Se trata de un duro drama en el que se pone a prueba las capacidades de una actriz (Marion Cotillard), la solidaridad de la gente y la vigencia de dos de los cineastas más importantes de las últimas décadas.

Nacidos en Bélgica pero con buena parte de su obra realizada en Francia, los Dardenne llevan tres décadas dando lecciones de lo que es el realismo en el cine, un realismo eficaz narrativamente, con economía de recursos, de gran fuerza en la construcción de personajes y complejo a la hora de explorar las honduras de las emociones, así como los contextos sociales y culturales. Todo esto se puede constatar en películas como Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño de la bicicleta (2011) y en general en toda su filmografía, compuesta por tan solo diez títulos (además de tres documentales).

Dos días y una noche se refiere al fin de semana que tiene de plazo una mujer, quien es madre de dos hijos, para visitar a sus dieciséis colegas y convencerlos de que voten para que ella conserve su trabajo en lugar de recibir una prima de mil euros. Es una situación extrema y un poco rebuscada, hay que decirlo, pero esto se pasa por alto cuando luego se entiende que es solo una excusa para hacer un minucioso estudio de personajes y reflexionar sobre la ética, la solidaridad y la situación social y económica de Francia.

Apenas saliendo de un estado depresivo, esta mujer, con el apoyo de su marido, tiene que afrontar esta dura tarea de la que depende el sostenimiento de su familia. Su delicada situación emocional hace que su estado de ánimo fluctúe ante tan dura y, por momentos, vergonzosa empresa. Toda la fuerza dramática del relato recae sobre este personaje y la convincente interpretación de la Cotillard, mientras que ese fluctuante estado dicta los distintos ritmos narrativos y emocionales por los que atraviesa la película.

Así mismo, cada visita a un colega funge como un giro diferente en lo que parecía un argumento condenado a ser monótono. Aunque en principio solo hay dos opciones, apoyarla a ella o elegir el bono, vemos luego cómo se abre todo un universo de posibilidades y sentimientos de acuerdo con la posición de cada uno de ellos: culpa, agresión, compasión, recriminación, compromiso social, egoísmo, fraternidad, impotencia, en fin, toda una serie de matices que le permite a los Dardenne trascender lo que parecía una trama simple hacia un complejo retrato y reflexión de la condición humana y una situación social específica.

Es una fortuna que aún lleguen a nuestra cartelera las películas de esta dupla de cineastas, porque representan lo mejor del cine mundial y siempre contienen dos de las principales virtudes del cine: el realismo y el humanismo.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba

Crítica de cine Sin Comentarios

Libres y sin miedo

Oswaldo Osorio


Hay muchas cosas que tienen un gran poder liberador: la educación, la música y la carretera son tres de ellas y están presentes en esta bella película. Con la sensibilidad que caracteriza a este director español para construir personajes y crear diálogos elocuentes y entrañables, transcurre esta historia sobre el encuentro de tres personas y sus pequeñas o grandes batallas contra un entorno que se muestra siempre hostil ante seres como ellos.

Un profesor de inglés que quiere conocer a John Lennon, quien rueda una película en Almería; un adolescente que huye de las pequeñas tiranías de su hogar; y una joven embarazada que busca conservar a su hijo y no ser señalada por la puritana sociedad franquista. Este trío se encuentra en la carretera y establece una amistad de la que aprenderán mucho, sobre todo los dos más jóvenes.

Si bien el centro del relato es la relación entre los tres personajes, es el contrapunto entre lo que son o lo que quieren ser frente a los condicionamientos de una sociedad regida por el miedo lo que motiva buena parte de la historia. Es 1966 y el régimen del General Franco tiene agarrada por el cuello a toda España, en especial a quienes no comparten sus estrictos valores regidos por la moral católica y militar, entre los que están, por supuesto, madres solteras, jóvenes de cabello largo y profesores libertarios.

Los une el deseo de mantenerse firmes en conservar lo que son o conseguir lo que quieren, aun ante las presiones externas. Esto se traduce en tener libertad y autodeterminación en una sociedad intolerante y represiva. Lanzarse a la carretera ya es un primer paso para obtenerlo. Pero lo que lo hace posible es ese encuentro entre ellos, sobre todo porque cuentan con la formación de aquel profesor bonachón y amante de The Beatles. Es él quien le da la base ética y el ejemplo a ese deseo (lástima ese gesto de venganza del final, que es del todo inconsecuente con el personaje y la película).

Aunque la excusa argumental es la anécdota del hombrecito que quiere conocer a John Lennon, lo esencial del relato está en desarrollar la relación que se establece entre los tres protagonistas. Por eso es más una película de personajes y diálogos: unos personajes sólidos y honestos, que saben representar con claridad unas emociones y estados de ánimo, aun si estos son ambiguos, y unos diálogos ingeniosos, divertidos y significativos, que tejen con firmeza esa relación.

De nuevo David Trueba demuestra que es uno de los más relevantes directores de España. Esta bonita y amable película da fe de ello. Sin pirotecnias visuales o narrativas ni rebuscadas tramas, solo con el encuentro de tres personas pone de manifiesto un mundo de sentimientos que se rebelaron, sutil pero firmemente, contra el miedo en una época oscura.

Climas, de Enrica Pérez

Crítica de cine Sin Comentarios

Caliente, frío y templado

Oswaldo Osorio


Tres historias, tres mujeres y tres regresos, de eso se trata esta película peruana coproducida con Colombia. Desarrolladas en tres regiones y climas del Perú, a pesar de tener temas muy distintas cada una, sin duda se evidencia un mismo tono y estilo, el tono es el de un relato que quiere hablar de emociones humanas pero de forma sugerida y el estilo es una mirada atenta a los sentimientos de unos personajes, enfatizados por las particularidades de sus entornos traducidas visualmente en luz y encuadres.

La construcción de las tres historias tienen la misma lógica: son protagonizadas cada una por una mujer y algo en su vida cambia por el regreso de un hombre, ya sea un tío, un exnovio o un hijo. Este regreso desata una serie de nuevos sentimientos o recupera otros ya olvidados, y las transforma, de manera momentánea o definitiva.

La primera historia es la de una adolescente en pleno despertar sexual. Con la llegada de su tío esas pulsiones se incrementan y comienza un juego de acercamiento y seducción entre ambos que la directora logra con naturalidad y verosimilitud. Todo ese juego va dirigido al inevitable encuentro final, una escena con una tremenda fuerza que pone de manifiesto una serie de sentimientos opuestos y ambiguos. Un solo plano para dar cuenta de un momento crucial en la vida de una joven, el cual da fin a la historia pero inicia la vida de ella.

El segundo relato es sobre una mujer que tiene dificultades para quedar embarazada. El frío y gris paisaje sirve de contexto propicio para su siempre opaco estado de ánimo. El espectador sospecha que algo le ha pasado a esta mujer, que algo le falta, que algo hay roto en ella. El secreto se revela cuando se reencuentra con un hombre con quien al parecer compartió un momento importante de su vida. Es la menos interesante de las tres historias, pero de todas formas, al final, da cuenta de manera contundente ese sentimiento de pérdida que embarga a la pareja y las severas consecuencias que este ha tenido para sus vidas.

Finalmente, una mujer que vive en la sierra recupera a su hijo tras algunos años de estar encarcelado. Es el relato más parco a la hora de hablar de esos sentimientos y relaciones que hay entre los personajes, y aún así, es el más claro de todos. La relación de una madre con el hijo “calavera” se pone aquí de manifiesto con esos poderosos e invisibles hilos que los une, poniendo en evidencia la universalidad de ese sentimiento. El desenlace es el esperado, el inevitable, pero eso solo reconfirma unas contantes propias de la naturaleza humana, que nos son mostradas aquí de forma elocuente y sutil.

Jardín de amapolas, de Juan Carlos Melo

Cine colombiano, Crítica de cine Sin Comentarios

El paraíso perdido

Oswaldo Osorio


Desde su título, esta película encierra una paradoja: la posible belleza de un jardín de flores frente a la violencia que representa este tipo de cultivo para un país tan golpeado por el conflicto. Además, no se trata solo de otra película sobre la violencia y el narcotráfico, es un preciso y contundente relato que revela el drama de quienes se ven afectados por el conflicto que vive Colombia y las fuerzas que están en juego.

Proveniente de una ciudad y región (Ipiales, Nariño) que poco ha tenido que ver con el cine nacional, es un filme que, tal vez por esta misma razón, evidencia una mirada diferente, como más limpia y descontaminada. Y con estas características nos cuenta la historia de un hombre y su hijo que son desplazados de su tierra, por lo cual el padre se ve obligado a trabajar en una “cocina” de heroína.

Pero el relato lo orienta la mirada del niño y su relación con una nueva amiga. Juntos proponen ese punto de vista inocente e inquieto característico de la infancia, pero que renueva la mirada sobre el conflicto y sobre esas fuerzas que se baten en torno suyo: los narcotraficantes, los grupos armados, que siempre son protagonistas en las zonas con cultivos ilícitos, y la población civil, que indefectiblemente tiene que cumplir el rol de las víctimas.

Lo que más llama la atención de esta película es el tono que consigue para contar su historia y desarrollar a sus personajes. La simpleza como virtud y la naturalidad como elemento que otorga verosimilitud son las bases de un relato que acerca al espectador a la intimidad y visión del mundo de estos personajes, una visión que, a pesar del contexto amenazante, mantiene cierta inocencia y sosiego.

Al espectador, mientras tanto, menos inocente en su mirada y con la información adicional por el acceso total que tiene a toda la trama, le es arrebatado ese sosiego casi desde el principio, y su seguimiento del relato es un camino hacia lo que parece será una ineludible tragedia, un choque de esas fuerzas en las que, forzosamente, los más débiles se llevarán la peor parte.

Este tono es complementado por una concepción visual que sabe equilibrar la sencillez y espontaneidad del relato con la belleza y poética de unos momentos emotivos y del mismo paisaje, además del uso de otros recursos que saben muy bien manejar esa contraposición entre el sosiego y la tensión que mecen la historia de principio a fin.

Es la ópera prima del Juan Carlos Melo, es también el primer largometraje realizado en aquellas tierras, y aunque aborda unos temas ya recurrentes en el cine colombiano, por la forma como fue concebida esta película, pareciera que es también la primera vez que vemos el conflicto colombiano desde este punto de vista, fresco, entrañable y revelador.

Welcome to Nuew York, de Abel Ferrara

Crítica de cine Sin Comentarios

El monstruo natural

Oswaldo Osorio


Los anti héroes en el cine suelen ser más atractivos como personajes. Las posibilidades de una construcción más compleja, a partir de sus defectos y contradicciones, son siempre mayores en comparación con la uniformidad sicológica de la mayoría de los héroes. Esta película está basada el escándalo por intento de violación en el que se vio envuelto en mayo de 2011 el director del Fondo Monetario Internacional,  Dominique Strauss-Kahn, un anti héroe para Ferrara y simplemente un villano para los medios que cubrieron la historia.

Solo dos personalidades con carácter como el director Abel Ferrara y el actor Gérard Depardieu podrían haber hecho de este episodio y personaje una historia que trascendiera la mera anécdota sensacionalista, que fue la forma como dieron cuenta de ella los medios.

El director de Ms. 45, El teniente corrupto y El funeral, con su actitud siempre trasgresora y polémica, encara a este personaje de forma cruda y desinhibida. Su mirada sobre él se mueve en un ambiguo rango entre la recriminación, la comprensión y la aceptación. El actor, por su parte, en un hábil y raro recurso usado por el relato, empieza como él mismo hablando del personaje, y da las claves para entender esa fusión que el espectador luego presenciará en la pantalla entre él y el personaje.

Lo primero que hace Ferrara es desplegar durante la primera media hora todos los excesos y prácticas del protagonista (llamado Devereaux por cuestiones legales) en relación con su desbordado apetito sexual. No le teme a ser explícito ni grotesco, pero lo hace con el cuidado de no necesariamente juzgar ese comportamiento, sino de mostrarlo como una condición natural de su personalidad, como una enfermedad que no quiere ser curada.

Luego viene todo el proceso consecuencia del intento de violación de la camarera del hotel. Pero no se concentra en los hechos policiales, mediáticos o judiciales, como seguramente haría cualquier otro director, sino que su interés se fija en explorar a este personaje y su comportamiento. Entonces hace suposiciones, fantasea y especula, todo en función de reflexionar sobre esta personalidad, al mismo tiempo monstruosa y natural.

Sin que tampoco ahonde en las implicaciones políticas de lo que le ocurrió a quien era un ex ministro francés y precandidato a la presidencia, el tema del poder y su condición de millonario sí entra en las variantes de la reflexión moral que, en definitiva, es lo que le interesa hacer a esta cinta. Y no es simplemente plantar la crítica sobre cómo el poder y el dinero pueden estar por encima de la justicia, sino más bien atisbar en el abismo de un hombre, desnudarlo y trivializar su comportamiento al punto que confronte al espectador y lo obligue a cuestionarse o a tomar partido.

El sanador, de Philipp Stölzl

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Una ventana a la aventura

Oswaldo Osorio


Para muchas personas lo que mejor define su primer y más emocionante contacto con el cine son las películas de aventuras. Este género cinematográfico está definido por un esquema simple: un héroe proveniente de occidente, dotado de ciertas habilidades y talentos, que viaja a tierras exóticas en busca o al rescate de algo. Desde los filmes de Douglas Fairbanks en los años veinte hasta la saga de Indiana Jones se ajustan a esta definición.

La emoción de ese primer contacto, pues, tiene que ver con que este esquema provee unos elementos, simples pero muy intensos, para que los jóvenes espectadores se conecten con cualquier película: identificación con el héroe, el descubrimiento de nuevos y fantásticos mundos, los peligros que acechan y las secuencias de acción que los resuelven, y una secundaria historia de amor que no le roba el protagonismo a todo el sentido de aventura.

Pero claro, con un esquema tan simple e inmutable durante cien años, el género se tenía que agotar, por eso solo eventualmente aparecen algunas películas de aventuras, que generalmente suelen ser súper producciones, dadas las características  de este tipo de historias. En los últimos años se han visto algunos buenos títulos como La momia (1999), Piratas del Caribe (2003), El príncipe de Persia (2010) y Oro negro (2011), entre otros.

El sanador llega a cumplir esta eventual cita con el público, precedida de la fama del best seller en que se basa, The Physician, escrito por Noah Gordon. La cinta cuenta la historia de Robert Cole, un inglés del siglo XI que quiere aprender los secretos de la medicina, para lo cual viaja a Persia en busca de un famoso maestro, pero antes se disfraza de judío (con circuncisión y todo) para poder cruzar y vivir en las tierras del islam. En medio del viaje, por supuesto, conoce a una hermosa y prohibida mujer.

Con este planteamiento argumental ya están definidos todos los elementos del esquema, pero como siempre, cada película debe proponer un giro o un aspecto diferenciador, y en este caso es todo ese contexto de la medicina, y en general de la ciencia, que determinan a los personajes y los conflictos del relato. En este sentido resulta una película muy atractiva en la concepción de los personajes y sus motivaciones, así como en las ideas que se ponen en juego, las cuales tienen que ver con reflexiones acerca de la confrontación entre ciencia y religión, la ética médica y los juegos de poder en torno a estos temas.

Si bien es cierto que, sobre todo hacia el final, la película resulta un poco predecible si el espectador está prevenido con los esquemas del cine de aventuras, lo que se puede destacar de ella es que sabe jugar bien las cartas del género y crea una historia fascinante, con un relato envolvente y un novedoso tema. Pero sobre todo, nos recuerda ese primer sentimiento como espectadores, cuando el cine era una ventana al heroísmo, la aventura y los lugares exóticos.

Boyhood, de Richard Linklater

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Una vida en la pantalla

Oswaldo Osorio


El elemento que más moldea y manipula el cine es el tiempo. Se habla del cine como el arte de la síntesis del tiempo. Pero además de sintetizarlo, también lo expande, lo corta, lo deforma y lo trastoca. Esta película, por ejemplo, desarrolla una historia de doce años en casi tres horas de argumento. La diferencia es que mientras a cualquier filme le toma unas semanas rodar un relato, este se demoró los mismos doce años que dura la historia que cuenta.

Entonces se ve transcurrir la infancia y la adolescencia de Mason en la pantalla, la actitud como asume la vida y la relación con sus familiares y amigos. Y luego de la sorpresa de ver crecer a este niño y ver envejecer a sus padres a lo largo del relato, se impone la pregunta: ¿Era necesario esto, por qué no usaron varios actores para el uno y maquillaje para los otros como lo ha hecho siempre el cine? Pero inmediatamente surge la respuesta: Porque el efecto habría sido distinto.

Richard Linklater prescinde de manipular el transcurso del tiempo, quitándole todo el efectismo e  ilusión que normalmente son usados en estos casos. Ya lo había hecho de cierta manera con su trilogía de Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes de la media noche (2013), en las que cuenta la historia de una misma pareja durante dieciocho años. Es como ser testigos del cauce del río del tiempo, es como ver transcurrir la vida misma, con todas las alegrías y estragos de la cotidianidad, incluyendo tanto los tiempos muertos como los más intensos y dramáticos.

El relato, naturalmente, salta de año en año (Linklater rodaba dos semanas cada año) y muestra la vida en general sin sobresaltos de Mason, con su mirada entre calmada y confundida por los sucesos de su entorno familiar, empezando por el desfile de padrastros, las frecuentes mudanzas y la evolución de la relación con su padre. Este último es el que evidencia el cambio más radical en esos doce años. Pasa de ser un hombre rebelde y hasta un poco irresponsable, a ser un adulto incrustado en el sistema con su nueva familia y una camioneta. Es un cambio del que el personaje es consciente y por ello se muestra resignado y la película, por su parte, lo presenta como algo inevitable, aunque reprochable.

Esa vida sin sobresaltos, mirándola en retrospectiva, resulta un poco ordinaria. Revela una suerte de anestesiamiento existencial de una familia de clase media estadounidense. Para los niños parece solo un lapso de preparación para la vida y para los adultos, sobre todo para la madre, al parecer es el periodo más importante  de su vida. En cualquiera de los dos casos es un panorama un poco gris y uniforme. En la historia están presentes algunos momentos de felicidad y pequeñas alegrías cotidianas, que en últimas se supone que de eso se trata la vida, pero el director no hace mucho énfasis en estos.

Pero independientemente de las conclusiones que cada quien saque de esta cinta, lo cierto es que se trata de un audaz experimento narrativo y de punto de vista. Linklater apela a las posibilidades del montaje para concentrar orgánicamente una historia de vida que tiene ya una potente cohesión por el realismo en el tiempo que transcurre para los personajes. Es la vida ante la pantalla, tanto por su inédita concepción del tiempo como por el seguimiento que hace a este niño y a su familia.

Joven y bonita, de Francois Ozon

Crítica de cine Sin Comentarios

La chica autómata

Oswaldo Osorio


El cine de Francois Ozon es impredecible. Puede firmar bellas películas como 5×2, adefesios como Potiche, cintas de usar y tirar como 8 mujeres, o aventuras incomprensibles como Ricky. Pero tal vez su registro más constante son las historias íntimas y realistas, cargadas de una sutil intensidad y con un cierto componente turbador. A este tipo de películas pertenecen títulos como La piscina, El tiempo que queda, Mi refugio y este último trabajo.

Joven y bonita (2014) es la historia de una adolescente que se prostituye.  Las historias de putas son tan viejas en el cine como ese oficio en la historia. El común denominador de esas historias es la condición marginal de estas mujeres, pues suelen estar en ese mundo empujadas por la necesidad y condicionadas en el fondo por la tristeza o la culpa. No recuerdo una puta de cine feliz.

El giro que propone esta cinta es que esta joven no necesita dinero, aunque este le importa y valora lo que se gana. Pero lo hace más por una suerte de placer, una perversión si se quiere. Ella misma afirma que le excita esa aventura nueva y desconocida que significa encontrarse con un hombre, incluso sugiere que las habitaciones de hotel podrían ser una especie de fetiche.

Sin embargo, esa excitación la conocemos por sus palabras, no por su actitud. Por eso no se trata del diario de una perversión, como tantos se han visto, sino que parece haber un asunto más hondo y oscuro en esta mujer y su comportamiento. Es una persona casi carente de humanidad, difícilmente se pueden apreciar en ella algún asomo de sentimientos o emotividad. Es una autómata que solo deja escapar mínimos destellos de aprecio por su hermano y tal vez por un cliente frecuente.

Por sus características, este personaje puede provocar dos tipos de sensaciones: de un lado, un distanciamiento frente a él, porque no produce empatía alguna, pues su situación y actitud son tan singulares que resultan ajenas para casi todo mundo; y del otro, un sinsabor con el relato por lo extrema y artificial que resulta en general la concepción del personaje, por la falta de un sentido claro en su comportamiento de cara al espectador.

Por eso es una película que promete y sugiere pero que, en últimas, nunca cumple nada ni termina diciendo nada. Seguimos durante un año a esta joven en su mutismo y frialdad esperando que alguna cosa pase, que nos diga algo, al menos, de su vida. Aun así, Ozon nos va llevando sin resistencia hacia el final del relato embaucados por el misterio, pero terminamos dándonos cuenta de que solo eso, un misterio sin secreto.

Manos sucias, de Josef Kubota

Cine colombiano, Crítica de cine Sin Comentarios

Arrinconados en altamar

Oswaldo Osorio


Nada es nuevo en todo lo que cuenta esta película, y aun así, nos revela un mundo y unos personajes que creíamos conocer. Es una historia sobre dos hermanos, narcotráfico, marginalidad y violencia, pero a pesar de lo recurrentes que puedan parecer estos temas en el cine colombiano, es una película inédita, con una mirada descarnada y compasiva al mismo tiempo, sin afeites ni efectismos.

Cuando un extranjero hace una película en el país, rara vez se puede decir que es colombiana, porque casi siempre les falta mirar desde adentro o de cerca y desprenderse de la tara de los estereotipos y la fascinación por el exotismo. No es el caso de Josef Kubota, un joven director estadounidense que, apenas terminados sus estudios de cine en la Universidad de Nueva York, ya estaba viajando al Pacífico colombiano a investigar sobre la que sería su ópera prima.

Que Spike Lee era su profesor y que le prestó el nombre para que apareciera como productor ejecutivo, tal vez solo sirva como ayuda promocional para la película, que nunca está de más. Pero lo importante es que este director supo entender el universo, los personajes y la historia que quería contar, apelando al realismo en las imágenes y a la sencillez en la puesta en escena, porque sabía que la fuerza de su historia estaba en la situación límite que contaba y en la condición marginal de sus personajes.

En la película, dos hermanos llevan un “torpedo” cargado con cien kilos de coca a una entrega en altamar. A pesar del parentesco, son casi un par de extraños que apenas se van a conocer durante el corto viaje. Ese es el primer acierto de este filme, porque esta contradictoria relación de los protagonistas es una forma de construirlos con naturalidad y solidez. Sus diálogos de extraños conocidos pasan por todos los rangos emocionales, otorgándole calidez y profundidad al relato, así como dimensión a los personajes.

De otro lado, están los peligros que representa su trabajo y las secuencias de acción que se desprenden de estos peligros. Con la misma sencillez y fuerza con que pone a conversar a los dos hermanos, desarrolla estas secuencias cargadas de tensión y dinamismo, haciendo de la película un relato equilibrado y envolvente, un thriller y un relato intimista al mismo tiempo.

Pero la validez y contundencia de la película está en lo que no se dice y se infiere por la historia, como la marginalidad de aquella región y la forma como arrincona a los hombres a “ensuciarse las manos” con la violencia y al servicio del narcotráfico, o la pérdida de la inocencia a fuerza de conocer un mundo oscuro y ser sometido a un bautizo de sangre, o la ausencia de un futuro para los jóvenes ante tales circunstancias.

Por eso esta es una película inédita, porque aunque no cuenta una historia nueva y, además, plantea unas ideas conocidas sobre la realidad del país, todo lo dice de una forma tan lúcida y dolorosa como la primera vez que lo vimos o lo escuchamos.

Yves Saint Laurent, de Jalil Lespert

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El genio triste

Oswaldo Osorio


Habitualmente se tiende a creer que el mundo de la moda es alegre y frívolo, es posible que lo sea, pero no es este el caso. Esta biografía cinematográfica del célebre diseñador de moda francés es muy poca la alegría que exhibe en su vitrina de imágenes, así mismo,  la forma en que aborda su vida y personalidad se decanta más por lo grave y reflexivo que por la jovialidad de una colección de verano.

Es la primera de dos biografías estrenadas este año sobre el reconocido diseñador fallecido en 2008. Jalil Lespert pegó primero en el Festival de Berlín, obteniendo además el beneplácito de la taquilla, y luego llegó la de Bertrand Bonello, titulada Saint Laurent, lanzada en Cannes. No es gratuita esta coincidencia, pues evidencia no solo la importancia en la cultura contemporánea de este hombre, sino también todas las posibilidades narrativas y dramáticas que podía tener su vida y el mundo en que se desenvolvió.

Habría que empezar por lo único que molesta de esta versión, y es el artificio narrativo de poner al personaje de Pierre Bergé, su compañero sentimental de toda la vida, a llenar los vacíos del relato con una narración artificial y facilista. Por lo demás, se trata de un relato que sabe repartir su interés e intensidad en los acontecimientos de su vida personal, su carrera y el contexto histórico que atravesó.

Estas tres líneas argumentales se entrelazan en su justa medida y consiguen dar una buena idea de la vida de este hombre, su oficio y los tiempos que le tocó vivir. Pero de las tres, naturalmente, resulta más atractiva su vida personal, pues las otras dos líneas en general se conocen, tanto la historia de Francia de la segunda mitad del siglo XX como la exitosa carrera de quien desde joven fue considerado un prodigio de la moda.

Pero la forma en que este frágil hombre afronta su vida y su carrera, con todos los límites que, en principio, le puso su condición de homosexual y, luego, su diagnóstico de maniaco depresivo, eso es lo que consigue darle hondura e intensidad a esa vida rodeada de la supuesta alegría y frivolidad de las pasarelas. Es el retrato de un hombre triste y atormentado, que prácticamente lo único que tiene es su trabajo y su condición de genio.

Por eso, es en el contrapunto entre la satisfacción del éxito profesional y esa angustia y desesperación que ahoga su vida donde esta película encuentra su equilibrio, donde se dimensiona a un personaje, que si bien resulta difícil de identificarse con su comportamiento, el relato induce a ver su vida con una cierta compasión y, también, por su puesto, con admiración.

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