Carol, de Todd Haynes

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Sumisa y libertaria

Oswaldo Osorio


El amor prohibido es uno de los conflictos más fuertes que cualquier historia pueda tener. Y tal vez lo es más, o al menos de una forma más compleja, cuando lo es por cuestionamientos morales. Esta es una historia de amor de una sutil intensidad, amordazada por las convenciones sociales en una época en la que el amor de una mujer por otra se consideraba una enfermedad.

El puritanismo de principios de los años cincuenta en los Estados Unidos es el contexto social en el que vive Carol, una sofisticada mujer que se está divorciando y que tiene una hija. Pero su sofisticación, más allá de su aspecto y sus maneras, está en la forma en que piensa y afronta su mundo. Para la época y en esa sociedad, donde la mujer aún estaba sometida a muchas reglas y al juicio de su marido, ella encarna cierta integridad y fortaleza con lo que quiere para sí, pero sin ser abiertamente trasgresora o libertina.

Ese equilibrio que logra esta ama de casa de clase alta, entre su determinación para defender lo que es y su rol como madre que se acopla a las convenciones sociales, es lo que resulta más atractivo en el personaje que interpreta Kate Banchett. En medio de esas dos actitudes, se puede ver todo un rango de emociones y estados de ánimo que dimensionan aún más al personaje: La fortaleza y claridad con que afronta la audiencia de su divorcio, la independencia con que decide hacer ese viaje, la sumisión para no perder lo que más quiere en la vida o la ternura de su relaciona con Therese.

De otro lado, es inevitable no ver esta cinta como otra versión de una bella y reflexiva película de este mismo director: Lejos del cielo (2002), en la que, en un similar contexto social y temporal, se habla también de un amor prohibido, esta vez por diferencias raciales y sociales. Por eso Carol se presenta como una variación a aquella, repitiendo sus buenas cualidades, su cuestionamiento por las convenciones morales e, incluso, ese acabado en la imagen y la puesta en escena.

En este sentido, se tratada de una hermosa propuesta que se apuntala en la estilización de la moda y los decorados de los idílicos años cincuenta. Un universo material que la fotografía, por medio de la luz y la composición principalmente, sabe aprovechar, dando como resultado una imagen bella y sutil, como sus dos protagonistas y la historia de amor que viven.

En una época en que la tolerancia de género es un asunto casi de moda, sobre todo en Hollywood (no son gratuitas sus seis nominaciones al Oscar), una película como esta se agradece, porque si bien aborda el tema con algunos de sus problemas y cuestionamientos, no lo hace de forma simplista y burda, como es usual, sino que propone una delicada pieza, cargada de romanticismo y singular belleza visual.

La habitación, de Lenny Abrahamson

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Nacer a los cinco

Oswaldo Osorio


Como ya todas las historias están contadas, la diferencia siempre la hace el punto de vista, el tono y la intención. En esta película esos tres aspectos son definitivos para hacer de ella, no la dramática y macabra historia sacada de la vida real que pudo haber sido (y que ya hemos visto antes), sino un relato centrado en asuntos más sensibles y esenciales de la naturaleza humana, como los potentes vínculos entre seres queridos y la visión del mundo que hay desde y después de una experiencia traumática.

Advertencia: para quien no haya visto la película ni el tráiler, en adelante el texto revelará información significativa del argumento. La película se disfruta más si no se sabe nada de ella.

Y es que la historia empieza dando poca información sobre la madre y el hijo que la protagonizan, así como sobre las razones de su confinamiento en esa habitación. Esto sirve para crear una creciente intriga y, sobre todo, para desarrollar la relación entre ellos y dar cuenta de esos potentes vínculos, que son los que sostienen dramáticamente la cinta hasta el final. También es crucial para dar cuenta de la forma en que el niño conoce y entiende el mundo, su mundo, ese que confrontará luego con el real.

El relato está claramente dividido en dos partes, la primera, es esta ya descrita que se desarrolla en la habitación; y la segunda, viene luego de ese clímax del escape, la cual resulta igual de problemática tanto para la madre como para el hijo. Para ella por vía de las dificultades para superar el severo trauma que le causó estar confinada y abusada durante siete años de su vida; mientras que para él se trataba de descubrir el mundo real, lo cual fue como haber nacido con la consciencia que ya se tiene a los cinco años.

Es importante para el tono del relato ese contrapunto entre el drama del marchitamiento de la madre y la emoción y desenfado del renacimiento del niño. Esos sentimientos en contravía hacen de esta segunda parte una experiencia tremendamente emocionante por razones opuestas. Además, este conflicto de la oposición de estados de ánimo es solucionado con un recurso ingenioso argumentalmente y potente en su significado simbólico y emotivo, que es cuando el niño de nuevo le salva la vida a su madre.

Hay que resaltar, hablando del punto de vista, que este aspecto es la decisión más importante en esta película y lo que marcó más la diferencia. Centrarse no en la crueldad del cautiverio y menos en el criminal que lo perpetró, sino en la compleja relación entre madre e hijo y en su dura transición al mundo real, fue definitivo para hacer de este filme esa obra llena de fuerza y emotividad, sólida en un relato que siempre está intrigando al espectador y que literalmente descubre el mundo con otros ojos.

Los 8 más odiados, de Quentin Tarantino

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Agatha Christie va al Oeste

Oswaldo Osorio


Con su habitual pericia –que ya es una marca personal- para crear estilizados personajes y precisos pero extensos diálogos, Tarantino vuelve al western, esta vez condensando (o forzando) todo el cinetismo y visualidad que lo caracterizan prácticamente en un único espacio. El resultado es un parsimonioso y violento thriller, con cierto tufillo a las novelas de misterio de Agatha Christie, en el que lleva al extremo algunos de sus gustos y manías estilísticas, para bien o para mal.

Y es que los más fanáticos de su estilo tal vez agradezcan esos excesos en los diálogos y la violencia, que transcurren también en un excesivo metraje de casi tres horas. Pero por otra parte, probablemente no sea tan atractivo ese excéntrico banquete de cine para espectadores no iniciados en su cine o menos cultores de él.

Casi toda la historia se reduce al encuentro y confrontación entre diez personas en un refugio en medio de una dura tormenta. Toda una coreografía de nueve hombres que van y vienen en ese espacio reducido y con una mujer en medio, quien es el origen de todas las suspicacias. Y todo esto está en función de la vieja pregunta de las clásicas novelas de misterio: ¿Quién es el asesino? O en este caso, ¿Quién o quiénes son los cómplices?

En medio de eso, realmente no hay mucho más, por lo que el peso e interés del relato recae principalmente en la trama, esto es, lo que va pasar y lo que ha pasado, la relación entre los personajes y sus verdaderas motivaciones y objetivos. Además del principal distintivo de este director, los diálogos, esas construcciones recargadas e ingeniosas al tiempo, en medio de las cuales están diseminadas micro historias que adoban el relato y les da volumen a los personajes. Bueno, pero otro tipo de espectador podría ver esto solo como palabrería que da rodeos en una situación protagonizada por hombres que realmente eran de pocas palabras.

Por eso el cine de Quentin Tarantino se debe leer más desde la cinefilia, la estilización y el pastiche que homenajea y recicla, en este caso a un género, el western. La presencia de Enio Morricone en la banda sonora es prueba de ello, porque es el músico responsable de definir el sonido de la música del oeste, aunque sea un italiano que hizo sus composiciones para espeguetti westerns hace cincuenta años. Afortunadamente, Morricone no se repitió, sino que, por el contrario, se mostró inédito y audaz con su propuesta musical.

Si bien en esta trama y sus diálogos se encuentra también la oposición entre blancos y negros, tan presente recién terminada la Guerra Civil Estadounidense, la carga política que se le ha querido conferir al filme se reduce al simple planteamiento de opuestos propios de aquel contexto histórico y a un par de frases que algunos han querido polemizar al ubicarlas en el momento actual. Pero como siempre, ética e ideológicamente es otra película indefinida, incluso inofensiva, de este autor. Lo suyo es la cinefilia, no la política.

El problema con esta película es que, si solo hay una elaborada trama con sus consabidos diálogos, pero sin algo de peso para decir y, peor aún, carente de la visualidad e ingenio con las imágenes de sus otras películas (a causa del espacio limitado), tal vez solo sea una película apropiada para fanáticos y seguidores de este mediático director.

El nuevo Nuevo Testamento, de Jaco Van Dormael

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Los apóstoles de la hija de Dios

Oswaldo Osorio


Esta fábula herética derrocha ingenio y fino humor a costa del mismísimo Todopoderoso. Parte de un original planteamiento en el que proponen que Dios vive en Bruselas con su hija y su esposa, pero además, lo definen como a un hombre desaliñado y cascarrabias que poca simpatía siente por la especie humana. Contada en clave de fábula fantástica, la película aprovecha para reflexionar sobre la vida, los seres humanos y el estado de las cosas.

Con la complicidad de Jesucristo, la hija menor de Dios también quiere dejar su legado y, para conseguirlo, sale a reclutar a seis apóstoles. Es a través de ellos que se articula el relato y que se enriquece visual y argumentalmente la película. Son seis historias que a veces se tocan y entrecruzan en favor de desarrollar unas ideas que van de lo más simple e ingenuo a lo más profundo y complejo de la vida en la tierra.

La idea más fuerte que pone en juego es todo lo que depende la existencia humana del hecho de no tener consciencia del momento exacto de la muerte. Saber cuánto queda de vida puede cambiar muchas cosas, desde perder el miedo a Dios o replantearse el papel en el la vida, hasta cambiar la concepción que se tiene del mundo. Así que la primera ruptura con el estado de las cosas que plantea este filme tiene que ver con esta consciencia, y si bien casi siempre la explota de forma cómica o poética, de fondo quedan unas preguntas y certezas acerca de esta idea capital.

Tal vez lo más llamativo de la película es esa poética fabulesca y fantástica que se desprende del mencionado planteamiento con estas mismas características, y cuando se aplica a episodios, situaciones o personajes resulta mucho más ingenioso y estimulante: el hombre que se abraza a sí mismo en el espejo, el amor de una mujer con un gorila, un niño con un vestido rojo o un hombre que orquesta una bandada de pájaros. Son imágenes bellas y potentes que van más allá del mero ingenio visual y de puesta en escena, pues vienen cargadas de sentidos y emotivas o reflexivas connotaciones.

Pocas veces el cine actual ofrece historias que no sean recicladas de otras, ajustadas a esquemas o apelando a temas de una desteñida recurrencia. En esta cinta del belga Jaco Van Dormael (Toto el héroe, El octavo día, Mr. Nobody) no es posible saber nunca cuál es el rumbo que la historia tomará, ni tampoco encontrar fácilmente otro título que se le parezca en su planteamiento argumental. Sí es más frecuente su poética visual y fabulesca, pero es un recurso tan rico en posibilidades que es improbable su agotamiento con las pocas cintas que recurren a él.

Cine original y estimulante visual y argumentalmente que, por demás, también deja pensando acerca de asuntos esenciales de la vida, ya sea los modestos momentos de la cotidianidad o las grandes cuestiones de la existencia. Todo eso en una película es tan escaso como la presencia en la tierra de la hija de Dios o la posibilidad de que su esposa se encargue del mundo.

Mustang: Belleza salvaje, de Deníz Gamze Ergüven

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Una niña es una mujer

Oswaldo Osorio


Aunque la situación de la mujer en los países del Medio Oriente es un tema que el cine ya está convirtiendo en cantaleta, esa reiteración tiene validez cuando hay un planteamiento diferencial, que diga algo distinto o, al menos, que proponga otros matices. En esta película francesa de nacionalidad pero turca de corazón, se aborda este tema logrando situarse en un punto medio entre un relato de opresión y liberador.

Es la historia de cinco jóvenes, entre los 12 y 17 años, que viven con su abuela y su tío en medio de una sociedad donde son tradición los matrimonios arreglados y a esa edad. El amor o la edad del pretendiente no son puestos en cuestión en ningún momento, en cambio sí la más mínima falta a la moral por parte de las jóvenes, así como su virginidad es una condición forzosa.

El relato empieza dando cuenta de todo el desenfado y hasta rebeldía propios de la juventud, luego continúa apretando las tuercas que la represión moral de esta sociedad ejerce sobre ellas, hasta terminar en el sometimiento o la búsqueda de salidas de las fuerzas libertarias. En este sentido resulta muy conveniente que sean cinco protagonistas, pues le da varias oportunidades a la directora de mostrar las posibles opciones que tienen las jóvenes en Turquía para sortear su destino.

Por eso, si bien la premisa general queda muy clara y sus argumentos resultan contundentes, los procedimientos narrativos y argumentales con que logra esto tienden a ser más bien facilistas. Empezando por las cinco protagonistas, pero también por la naturaleza episódica de la historia, la cual en general parece una sucesión de momentos que contribuyen a la idea general, así mismo, lo inverosímil de la ambigüedad moral del tío, la cual parece plantada solo para crear una subtrama de dramatismo artificial.

Esa ambigüedad moral es mucho más creíble y sólida en el personaje de la abuela, quien representa esa tradición moral de su país y religión, así como el arquetipo de la mujer sometida toda su vida por ese régimen idiosincrático. En ella se puede ver tanto ese cariño, ternura y deseo de proteger a sus nietas como la implacable represión por sus inocentes deslices o su naturalidad para ofrecerlas como esposas a un desconocido. En ella está concentrada y representada la tradición y condición de la mujer en estas culturas, así como el principal agente perpetuador de esas tradiciones que, al menos para occidente, solo se pueden ver como bárbaras y arbitrarias.

Lo más interesante y atractivo de este filme no es tanto el tema, que ya harto ha sido tratado, ni lo que nos dice de él, que no es nada nuevo; sino el tono que consigue para hacerlo. A despecho del reclamo que antes le hacía de ser un relato episódico, facilista y fragmentado, justamente estas características le sirven para conseguir ese tono intermedio entre unas películas que tratan con toda la crueldad y desolación posible este tema y las que se quedan simplemente en la denuncia anecdótica. Aquí hay seriedad y dureza en su mirada a este problema, pero también hay belleza, humanidad y liberación.

Refugiado, de Diego Lerman

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Con la madre adelante y el padre detrás

Oswaldo Osorio


La relevancia de su tema, la eficacia de una trama sencilla y la contundencia del realismo hacen de esta película una obra directa, sólida y significativa. Estas características ya estaban presentes en los anteriores filmes de este director, surgido con la oleada del Nuevo Cine Argentino al inicio del milenio. El suyo es un cine honesto y sensible con la naturaleza humana y tiene esos conflictos que aparentemente son simples, pero dimensionados por su mirada.

Ese realismo cotidiano que desde hace ya casi veinte años es tan frecuente en el cine gaucho, en muy pocas ocasiones se ocupa de temas con repercusiones sociales. Esta película sí lo hace, pues aborda el problema del maltrato hacia la mujer en el ámbito doméstico. Es así como Laura, estando en embarazo y con un hijo de siete años, tiene que huir de principio a fin en el relato de un hombre que, aunque nunca se le ve en la pantalla, siempre está presente como una amenaza.

El título se refiere al primer lugar en que recalan Laura y su hijo, un refugio para madres maltratadas en el que ella fue incapaz de quedarse, tal vez por todo lo que significaba aquel sitio, que se presentaba prácticamente como un espacio de reclusión en el que se potenciaba el desamparo y el dolor. Luego de esto viene la huida constante y el miedo permanente, al punto que, por momentos, el relato adquiere casi el tono de un thiller, en el que se impone la dinámica visceral de víctima – victimario y perseguida – perseguidor.

Una acertada decisión de Lerman fue narrar la historia desde el punto de vista del niño, un ángulo que le permitió hacer el contraste entre lo que podría ser una vida inocente y tranquila frente a la zozobra y el estado de crisis continuo en que se desarrolla este capítulo de sus vidas. Además, el niño es el daño colateral con serias repercusiones futuras. Incluso es posible ver su transformación a lo largo del relato y, de esta forma, el tema no se limita solo a una problemática de género, sino que tiene alcances en el ámbito sicológico y familiar.

Formalmente la película tiene las señales de ese realismo cotidiano que ha hecho carrera en el cine argentino contemporáneo, con la ausencia de música, el registro directo cercano a la mirada documental y el seguimiento u observación de tareas y acciones simples o cotidianas. Adicionalmente, hay una marcada intencionalidad en el manejo de la luz, definida por la iluminación en clave baja, la cual confiere a casi todos los espacios una densidad y dramatismo que enfatiza la adversidad en que viven los protagonistas y su crítico estado de ánimo.

La película tiene una simple y definida línea narrativa y argumental, pero que hace un recorrido sufrido y sinuoso. Un drama adulto que obliga a la reflexión sobre un serio problema social, mirado desde la inocencia de un niño que, por eso, precozmente es forzado a empezar a madurar. Cine sin afeites y directo, pero no por ello carente de ternura y sensibilidad.

En el corazón del mar, de Ron Howard

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Tras el mito de Moby Dick

Oswaldo Osorio


Ron Howard es heredero de los clásicos contadores de historias de Hollywood. Películas suyas como Un horizonte lejano, Apollo 13 o Desapariciones así lo demuestran. Son relatos construidos con solidez e intensidad que amarran al espectador a la butaca durante todo el metraje. Esta película tiene esas características y, además, cuenta con el valor agregado de tener como referente a una de las más grandes e intrigantes obras de la literatura: Moby Dick, de Herman Melville.

La película es como una suerte de “detrás de cámaras” de la obra de Melville. Empieza cuando el novelista llega adonde un hombre que le contará la tragedia que hace mucho vivió su barco signado por la venganza de la famosa ballena blanca. De manera que el relato va y viene entre el momento en que este escritor estadounidense toma notas para su próxima novela y la recreación de la sorprendente y trágica historia.

Y efectivamente, la película va tomando el tono de los clásicos relatos de aventuras de Hollywood. El colorido de los personajes, el drama íntimo (entre el capitán y su primero al mando) que se mezcla con el conflicto general (el de la caza de ballenas primero y la supervivencia después) y ese énfasis épico en la narración, son las características que conectan a esta cinta con esa tradición de grandes contadores de historias del cine.

Aunque esto sucede especialmente en la  primera parte de la película, cuando el conflicto general está centrado en la caza de ballenas, porque luego, cuando se trata de la supervivencia, el relato cae en el esquema del relato de náufragos que, por lo específico de la situación, limita las posibilidades de que pase algo distinto a lo que ya hemos visto en decenas de películas en las que ocurre el mismo caso.

Así que con menor intensidad en la acción y menos posibilidades para el despliegue visual, el relato avanza, aunque tal vez con mayor dramatismo, en función de la supervivencia de los marineros. Si bien esta trama es la que siempre está en el centro de interés del director, también se ponen en juego ideas como la culpa, el honor, la ética y la camaradería.

En definitiva, aunque estamos ante el Ron Howard de intensos y épicos relatos, así como ante una historia que tiene un interés adicional por la célebre novela a la que hace referencia, la segunda parte de la anécdota cambia tajantemente la clave de la narración y no permite que sea el gran relato que prometía.

La isla mínima, de Alberto Rodríguez

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Lo que hay detrás del suspenso

Oswaldo Osorio


Un thriller es una máquina de suspenso. También de otros recursos como intriga, sorpresas, manipulación de la información, etc. Los buenos thrillers hablan de asuntos serios de la condición humana, su moral y su contexto. La mayoría de películas de este tipo se concentran en lo primero y descuidan o no tienen en cuenta lo segundo. Sin embargo, en este filme ocurre todo lo contrario.

Se trata de una pareja de policías que llegan desde Madrid a un remoto pueblo a investigar el asesinato de dos jóvenes, y se encuentran con que “nadie habla y todos ocultan algo”, como reza el eslogan del poster, lo cual en realidad no es nada nuevo en este tipo de cine. De hecho, es una situación harto recurrida en tramas con estas características. Por eso la novedad aquí no va por vía de la historia o de los componentes del thriller sino de su contexto.

La película preferida de los Premios Goya 2015 ha cautivado tanto al público como a la crítica. Es fácil de entender por qué a la segunda, pero no por qué al primero. Y es que no parece un thriller del que el gran público pudiera sentir una especial atracción, pues no hay una trama novedosa o muy intrincada, ni mayores sorpresas, más bien poca acción y, al final, la resolución del misterio resulta muy desinflada, cuando no decepcionante, para tanta expectativa.

No obstante, su fuerza y atractivo viene de lo que está en el fondo. Empezando por la construcción de la pareja protagónica. Corre el año de 1980 y estos dos policías representan las orillas opuestas del periodo de la Transición española de la dictadura a la democracia. Es decir, el uno es todo lo que podía ser el franquismo: violento, lleno de oscuros secretos, de moral turbia y procedimientos arbitrarios; mientras el otro encarna el espíritu del nuevo régimen: guiado por la legalidad, más sensible ante el trato para con los demás y con una moral más ajustada a esa lógica democrática.

El contrapunto entre ellos y sus respectivas personalidades es lo más interesante y lleno de matices que propone el filme. Esto es complementado por la obligada compenetración y transformación de su relación a medida que trabajan juntos, lo cual ocurre en medio de aquel ambiente hostil para ellos y  donde solo pueden contar con su compañero.

Otro protagonista es el paisaje, complementado por la actitud y naturaleza de sus habitantes. Ese ambiente remoto y desolado se constituye en uno de los elementos que más contribuye a la permanente tensión de la película. Mientras que sus gentes, que “siempre ocultan algo”, pertenecen más al miedo y conservadurismo del viejo régimen que al presente.

El caso es que tenemos un filme en el que los personajes y su caracterización, así como el contexto social y político, resultan mucho más ricos y atractivos que una trama detectivesca en la que el espectador dormita en el tedio de no saber nunca lo que está pasando, teniendo que esperar hasta que, al final, le solucionen de forma insatisfactoria el misterio. Un thriller robusto en sus connotaciones, pero raquítico en su trama y en la originalidad con que usa los recursos del género.

Güeros, de Alonso Ruizpalacios

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Esquiroles de la vida

Oswaldo Osorio


Esta es una película con las contradicciones propias de una obra primera: es llena de frescura pero también pretenciosa, es ingenua y lúcida a la vez, muestra una decidida intención renovadora del lenguaje del cine y al tiempo repite muchos de los ya viejos tics del cine independiente reciente. A pesar de estas contradicciones, o tal vez gracias a ellas, se trata de un filme con fuerza y cierta originalidad, que habla de cosas esenciales y lo hace de forma entrañable.

Tomás es enviado a Ciudad de México con su hermano mayor, Sombra. Junto con Santos, compañero de universidad de Sombra, emprenden una cruzada por toda la ciudad en busca de un viejo rockero, Epigmenio Cruz, a quien escuchaba su padre muerto. Así que los tres personajes, signados por las acucias de la juventud, dentro del esquema de una road movie urbana y con esa misión emocional como motivación, revolotean por el día y la noche de la ciudad, topándose con una serie de personajes, situaciones y sentimientos que hablarán de ellos, de Ciudad de México, así como de ideologías, amores y miedos.

Por lo que se puede ver en esta descripción, hay de todo en esta película, una característica muy común de las óperas primas, que bien puede funcionar en esta obra para darle ese estimulante ritmo durante todo el metraje, pero que también la obliga a forzar una serie de situaciones, ya efectistas (el ladrillo en el parabrisas), innecesarias (el delirante soliloquio de un hombre ante Tomás) o forzadas para cumplir con la cuota de crítica a la inseguridad de la ciudad (el seudo secuestro por parte de un joven delincuente).

Pero en medio de todo esto que duda de sus excesos y poses, hay una fuerza vital y emocional que conecta de principio a fin. La búsqueda del viejo rockero por parte de estos jóvenes es solo una excusa para desarrollar otras búsquedas, de identidad, de afectos filiales y amorosos, de posición ideológica ante el mundo y del padre perdido. De fondo está esa histórica huelga universitaria en la UNAM, otro tema cuestionable en este filme, por su mirada superflua y esquemática. También en ese fondo está el campante racismo en la sociedad mexicana, pero que también se reduce al uso de los términos “güeros” y “nacos” y a una leve pataleta en una piscina.

Este texto inició con el propósito de hablar bien de una película que, en general, se disfruta viendo. Pero, ya siendo un poco más analíticos y racionales con ella, se empiezan a desnudar una serie de posturas  y artificios de los que el mismo director es consciente cuando en un par de escenas revela, no sin cierto cinismo, el elemental esquema de su guion y la taimada intencionalidad de su propuesta y estilo.

Aun así, el espléndido periplo de estos jóvenes resulta casi siempre entretenido, divertido y, sobre todo, emotivo. Un viaje al corazón de una ciudad y de un estado del espíritu, inquieto, desorientado y anhelante.

Siempreviva, de Klych López

Cine colombiano, Crítica de cine Sin Comentarios

Pobres y despojados

Oswaldo Osorio


Los grandes acontecimientos históricos narrados desde la gente del común siempre serán una veta dramática muy potente. La fusión del gran conflicto externo y los pequeños pero intensos conflictos internos, garantizan un relato con un doble interés. Eso es lo que ocurre en esta película, donde los habitantes de un inquilinato son testigos de primera mano de la toma del Palacio de justicia hace treinta años.

A pesar de la fuerza inicial de este planteamiento, hay otro elemento que se roba el protagonismo desde los primeros minutos: la propuesta de puesta en escena. Cada escena está dominada por la milimétrica y coreografiada planificación de un plano secuencia (toma sin cortes), y entre ellos se han ocultado también los empates, dando la sensación de una falsa continuidad temporal, muy bien lograda y con validez estilística, pero tal vez innecesaria dramática y narrativamente.

Junto con el plano secuencia, también se impone el único espacio donde se desarrollan todas las situaciones dramáticas, la zona común del inquilinato (solo muy eventualmente entran a alguna habitación). Entonces estos dos elementos de la puesta en escena determinan toda la dinámica del relato, dándole un acabado más como de teatro que de cine, lo cual cobra sentido si se tiene en cuenta que es una película basada en una célebre obra del dramaturgo Miguel Torres.

Si es cine o es teatro o una equilibrada combinación entre ambos, puede que solo sea una preocupación de los críticos de cine o de un público familiarizado con la leyes de la narrativa. Un espectador más atento se percatará por momentos de que el realismo del cine deja paso a los códigos dramatúrgicos del teatro, pero en últimas, en lo que se concentra la mayoría de espectadores es en cómo asumen los personajes los conflictos y qué emociones se ponen en juego, así como la conexión de esto con la toma del Palacio.

En este sentido, estamos ante un intenso drama que no da respiro y que claramente tiene dos componentes: de un lado, las situaciones del día a día, determinadas siempre por una sofocante precariedad económica, que a veces llega a unos extremos de hacerla tan forzada en beneficio del drama que por momentos cae en el “mercado de lágrimas”; y del otro, la desaparición durante la Toma de la hija de la dueña de la casa. En el primer caso, ese espacio único y la coreografía seguida con pericia por la cámara y el contrapunto dramático entre los seis personajes, mantiene un ritmo e intensidad muy bien logrados narrativa y dramáticamente, lástima que todos los problemas se reduzcan a la falta de dinero.

En el segundo componente, la Toma y desaparición de la hija, el relato adquiere una fuerza que ya se había perdido por la reiteración de las situaciones anteriores. Sin embargo, pronto solo queda la insistente alusión a la injusticia perpetrada en el histórico suceso y el lamento de la madre, dándole de nuevo paso al drama diario de la austeridad material, puesto en entredicho por dudosos y eventuales tonos de comedia, así como por los también momentáneos excesos propios del melodrama.

Cine y teatro, historia nacional y cotidianidad, son entonces las coordenadas en que se mueve este intenso relato, que es a la vez una denuncia y un estudio de personajes, preciso en su puesta en escena y muy estilizado, a veces a su pesar, pues deja muchas dudas sobre esas decisiones formales a priori que condicionaron el sentido final de la historia.

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