Mr. Kaplan, de Álvaro Brechner

Crítica de cine Sin Comentarios

El viejo y el nazi

Oswaldo Osorio


Los nazis ocultos en América Latina, por  lo general, han dado para algunos interesantes thrillers en el cine, sobre todo argentinos y brasileños. Esta película uruguaya usa este tema para proponer otro tipo de historia, la de un viejo judío que se empecina en cazar a un nazi que supuestamente vive en una playa cercana.

Entonces la propuesta narrativa y de puesta en escena de esta película, más que un thriller, está cerca de ese cine de personajes y de tono realista que ha sido en el que se ha destacado el cine del Cono Sur en los últimos tiempos, y al que Uruguay ha aportado significativos títulos como 25 watts, Whisky, Acné, Gigante, Tanta agua, entre otros.

Si bien la caza del nazi carga con el peso argumental, el énfasis del relato está en la relación del protagonista con su familia y, sobre todo, en las recientes dificultades por su condición de viejo. Así que, sin perder de vista el conflicto del nazi (que por momentos parece infundado), el conflicto real está en su lucha por conservar su libertad frente a los cuidados y dudas de su familia, así como en mantener una dignidad y lucidez que la vejez parece empezar a arrebatarle.

De manera que el relato permanentemente se está balanceando entre estos dos asuntos. De un lado, la historia del nazi, un poco ligera e inverosímil y muy en tono de comedia seria y absurda; y del otro, las serias adversidades existenciales del viejo. El problema es que el filme no se decide por lo uno ni por lo otro y la inconsistencia de género (pues no cuaja como drama ni como comedia) termina por desconcertar y hacer perder el interés en lo uno o lo otro.

Igual ocurre con otro componente importante del relato: el escudero que consigue el viejo para llevar a cabo su misión. Un personaje muy llamativo y emotivo, pero igual de ambiguo que la trama y el protagonista, pues al tiempo que está cargado de una jocosidad y un carácter casi caricaturesco que le quita peso, también arrastra un fuerte conflicto por su condición de fracasado y abandonado por su familia.

Habría que cuestionar, entonces, si el éxito que ha tenido esta película en su país y en parte de Latinoamérica, sea a causa de, justamente, ese término medio en que se ubica su propuesta entre, por una parte, la comedia ligera y un poco absurda y, por otra parte, un drama que reflexiona sobre la vejez, las relaciones familiares y las expectativas en la vida. El caso es que, al menos en la lógica de la construcción argumental, narrativa y de género, esa combinación solo puede ser asumida como errática e inconsistente, cuando no como complaciente con la amplitud de un público que puede pescar de un lado y del otro.

Promo Vartex: III Muestra de video y experimental

Miscelánea Sin Comentarios

El elefante desaparecido, de Javier Fuentes-León

Cine colombiano Sin Comentarios

Rompecabezas con exceso de piezas

Oswaldo Osorio


El thriller parece no dársele bien al cine latinoamericano. Con esfuerzo se pueden citar un grupo no muy numeroso de películas que han estado a la altura del género más constante y recurrido de la historia del cine. Por lo general se antojan demasiado simples y predecibles o, justo por evitar eso, tan complicados que se hacen ininteligibles, cuando no es que naufragan en el intento por combinar equilibradamente la identidad regional con los esquemas del género en Hollywood.

A esta condición podría sumársele otra que resulta cuando se trata de coproducciones de cine de género (la película está hecha entre Colombia y Perú), pues son productos pensados con unas intenciones comerciales más ambiciosas, películas que abarcan un público mayor, idealmente latinoamericano, pero al menos de los dos o tres países participantes. Esto casi siempre ha determinado que estas historias queden en un limbo dramático y representacional entre la falta de una identidad concreta y los gruesos esquemas y estereotipos propios del cine de género (eso sin mencionar la disparidad de acentos).

El elefante desaparecido (2014) encaja en esta descripción, eso a despecho de la expectativa que se tenía con Javier Fuentes-León, cuya anterior película, Contracorriente (2009), es uno de los mejores filmes que se han hecho en los últimos años en el cine latino. En este nuevo filme está también ese pulso firme  para la puesta en escena (atmósferas e interpretaciones principalmente), pero forzado a las reglas del cine de género, por lo cual se antojan artificiales sus personajes y situaciones.

Pero todo esto parte de un guion que está cargado de artificios, con recursos harto transitados en los thrillers, como la idea del rompecabezas, del otro yo, la incertidumbre entre realidad y ficción o las pistas que van llegando a la manera de una carrera de observaciones (tipo Seven o Ángeles y demonios). Y si bien estos son elementos comunes en el género, el problema es que aquí están todos juntos, dándose estrujones unos con otros y confundiendo al espectador, pero no en el sentido habitual del thriller, de crear falsas pistas y suspenso, sino que es una desorientación en la lógica en que funcionan las cosas.

Se trata de la historia de un escritor que, mientras busca a su esposa desaparecida, quiere matar al personaje que lo ha hecho famoso. Los dos conflictos están unidos por esos recursos antes mencionados pero de forma complicada y a veces ininteligible, razón por la cual el espectador casi siempre está desentendido de lo que ocurre en la pantalla y por eso poca o ninguna empatía siente por su protagonista. Solo al final participan al espectador en la trama y el misterio dándole una rápida y poco satisfactoria explicación de lo sucedido, pero para entonces, el público ya ha abandonado la historia, aunque siga sentado en la butaca.

Afiche VARTEX 2015

Miscelánea Sin Comentarios

Ruido rosa, de Roberto Flores Prieto

Cine colombiano Sin Comentarios

El amor impreciso

Oswaldo Osorio


En ese panorama del cine colombiano definido como una cinematografía de regiones, la Costa Caribe ha tenido un significativo protagonismo y, en los últimos años, ha demostrado una revitalización y el dinamismo perdido desde hace un par de décadas. Esta película hace parte de ese inconfundible paisaje visual y cultural que siempre ha sido marca de identidad de este cine, pero también busca variables a ese imaginario y ponerse al día con ciertos estilos y tendencias de la cinematografía mundial.

Este es el tercer largometraje del director Roberto Flores Prieto, cuya carrera empezó con Heridas (2008), una valiente película que, por primera vez en el cine nacional, aborda el espinoso tema del paramilitarismo sin guardarse nada, por lo cual terminó marginada de casi todos los circuitos de exhibición (Ahora se puede encontrar en la colección Colombia de película). En 2013 realiza Cazando luciérnagas, la historia de un solitario velador de unas salinas planteada en clave de relato contemplativo y reflexivo.

En Ruido rosa (2015) hay algo de esta narración contemplativa, aunque sin el estatismo de la anterior (que lo tenía porque era un imperativo del personaje y su contexto). Y no lo tiene por tratarse de la historia de amor de una pareja de viejos y complementada por algunas subtramas. Es un amor crepuscular, que nace en una calurosa y a la vez lluviosa Barranquilla, entre un técnico de electrodomésticos y la mucama de un hotel venido a menos. Una historia que se inscribe dentro de un esquema recurrente: el encuentro de dos soledades.

Pero no por recurrente es menos eficaz y revelador, aunque no tanto emotivo o expresivo, esto a razón del tono que escoge el director para construir sus personajes, plantear la puesta en escena y desarrollar el ritmo del relato. Es decir, si bien la pareja y su naciente historia de amor se presenta como un elemento sólido y atractivo en términos argumentales y dramáticos, la decisión de elaborar el relato a partir de largos planos que dan cuenta de su soledad y sus dudas, así como el laconismo de los protagonistas, terminan por dibujar un filme distante en lo emocional y cerebral en su concepción.

Tampoco quiere decir que estas características sean un problema, pero definitivamente sí son determinantes para que cada espectador se conecte o no con la trama y sus personajes. Además, aquí es donde aplica esas mencionadas variables de lo que en el imaginario es el cine costeño: cambia el parloteo de sus gentes por la reflexiva parquedad de esta pareja, el feliz paisaje marino por una urbe marginal pero muy fotogénica y el soleado ambiente de siempre por lo que tiene de poético la lluvia.

En este contexto y con tal tono narrativo, se va descubriendo ante el espectador este par de personajes aislados y silenciados por sus años y sus respectivos oficios, y se va descubriendo también el nacimiento de una historia de amor llena de desencuentros e imprecisiones, ya a causa de las circunstancias o de las dudas e inseguridades que cada uno lleva consigo. Es una historia de amor ambigua para el espectador, en tanto resulta tierna y esperanzadora, pero al mismo tiempo incómoda e impedida de una siempre anhelada plenitud.

Esta historia y sus personajes son complementados por una concepción visual que también, por esas variables mencionadas, resulta estimulante y novedosa, incluso yendo más allá: placentera estéticamente. Ese aislamiento, el laconismo, los desencuentros y su condición cercana a la marginalidad, tienen su contrapunto visual en la rica composición de los planos y los colores (como los de un Edward Hopper caribeño) que embellecen y poetizan esos personajes solitarios y meditabundos en medio de unos espacios cuidadosamente ambientados.

Y no es que sea una fría e intelectual cinta (que algo tiene de esto), sino que es una película que se atreve a cambiar unos códigos con que ya teníamos estereotipada una cinematografía. Porque momentos emotivos y profundidad y humanismo en sus personajes sí hay, pero es necesario adaptarse a su ritmo y su mirada, no acosarla ni pedirle lo que no quiere dar.

Miscelánea Sin Comentarios

Cómic Kinetoscopio 25 años

Cómics Sin Comentarios

Pre-evento VARTEX 2015

Miscelánea Sin Comentarios

Laboratorio sobre montaje aleatorio


Insurgente y el cine para jóvenes adultos

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Entre el romanticismo y la violencia

Oswaldo Osorio


Teniendo en cuenta que el público que más va a cine es el comprendido entre los 14 y los 26 años, es apenas natural que la industria concentre buena parte de sus esfuerzos en capitalizar este grueso de espectadores. De manera que el cine juvenil ha sido una constante tendencia en el cine comercial y cada generación ha tenido su propio tipo de cine, definido por esa interdependencia entre lo que quiere el público y lo que la industria le ofrece, así como por otros factores de tipo socio-cultural y de mentalidades del momento.

Si a mediados de los ochenta este cine tenía la forma de los filmes de John Hughes (Sixteen Candles, The Brakfast Club, Ferris Bueller’s Day Off), con sus cándidas historias de amor e inofensiva rebeldía; en la transición del milenio fue la menos romántica y más picante (con alguna dosis de mal gusto y humor pueril) saga de American Pie la que marcó la pauta del cine juvenil. Ahora estamos en una generación definida por la literatura para jóvenes adultos (que coincide con las edades referidas a ese grueso de público del cine), en la que hay un importante viraje donde, sin dejar de lado el componente romántico, entra a jugar un papel importante la violencia, esto por vía de la necesidad de supervivencia en una sociedad hostil en la que viven.

Si bien Los juegos del hambre (2012 – 2015) es la saga (porque tanto libros como películas vienen en varias entregas) más exitosa, también hay otras como Crepúsculo (2009 – 2012), El juego de Ender (2013), La huésped (2013), El corredor del laberinto (2014) y Divergente (2014 – 2016). A esta última pertenece Insurgente, que es la segunda entrega de la trilogía escrita por Veronica Roth y de la que aún falta por llegar Leal. Aquí una sociedad es creada desde cero y ha sido agrupada en facciones para preservar la paz.

Todas estas cintas tienen los mismos componentes: su protagonista es un “elegido” con unas habilidades o privilegios particulares, hay una historia de amor (generalmente complejizada con un triángulo amoroso), acción y aventura, está ubicada en un futuro definido por la ciencia ficción y/o la distopía (o la fantasía en el caso de Crepúsculo), y todo determinado por un contexto hostil que pone a prueba varios asuntos: la permanencia de un régimen, la valentía, los valores y la autodeterminación de los protagonistas.

Como se puede apreciar, todo este es un material muy llamativo para la generación actual de jóvenes. Pero lo que habría que preguntarse es si esta tendencia de violentas distopías, en las que jóvenes luchan por su supervivencia, están en boga porque permite esta variopinta conjunción de atractivos aspectos para ser explotados por la industria del cine, o porque vivimos en tiempos más desesperanzadores y pesimistas que crean un ambiente propicio para la aceptación de estas historias. O simplemente, en la lógica cíclica en que se mueven las tendencias de consumo de la cultura popular y las mentalidades, nos encontramos en un punto alto definido por la violencia y la adversidad, pero en algún momento este cine volverá a las historias románticas y cándidas.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que, como en todo el cine y el arte en general, siempre hay productos de buena y mala calidad, donde se encuentra tanto la aplicación de fórmulas que se repiten hasta el cansancio y levitan en lo superfluo, como relatos con fondo en su construcción y peso en sus ideas que se destacan entre las demás. En cuanto a Insurgente, se puede ubicar sin problemas en un insípido punto medio.

Chappie, de Neill Blomkamp

Crítica de cine Sin Comentarios

El niño gangsta robot

Oswaldo Osorio


Lo que nos hace humanos es la conciencia. Ese conocimiento de lo que somos y de las transformaciones que experimentamos. También es lo que nos da la individualidad y con ello la identidad. Es por eso que en los relatos sobre no humanos este tema es la cuestión esencial, en especial cuando se trata de la inteligencia artificial. Este filme es sobre un robot que adquiere conciencia, con todo lo que esto implica. Aunque también es una película de acción, con elementos de comedia y por eso muy entretenida.

El director sudafricano Neill Blomkamp, quien sorprendió en su debut con la originalidad de Sector 9 (2009) y luego dirigió un sólido relato de acción y ciencia ficción en Elysium (2013), ahora llega con una película que, aunque apela a un tópico bien recurrente en el cine, sabe darle la vuelta de tuerca para que no parezca que estamos viendo una historia repetida, como tan frecuentemente ocurre en el cine de género.

Sin duda hay un homenaje a la saga de Robocop, pues se trata de una historia donde la policía es asistida por androides que ayudan a mantener el orden y minimizan las bajas humanas (el homenaje se hace evidente con el robot antagonista, que es exactamente igual al de la serie de Hollywood). Pero en este tipo de historias siempre aparece los conflictos de, por un lado, la necesidad y confiabilidad del componente humano cuando se trata de máquinas que hacen la labor de los hombres, y por otro, los cuestionamientos éticos cuando se le otorga conciencia a esas máquinas.

Podría decirse, entonces, que se trata de un Robocop sudafricano, pero en tono juguetón y hasta fabulesco. Pero la gran virtud del director fue encontrar el acercamiento exacto a la historia de manera que no cruzara la línea de lo cursi o lo inverosímil. Por eso no es una película a la que hay que pedirle el grave realismo de la ciencia ficción convencional, sino conectarse con su trama entretenida y el divertimento que implica la idea de un robot niño que empieza a aprender desde cero, con todas las dudas, miedos y tropiezos propios de esa etapa.

Pero aún en ese tono juguetón y de cine de entretenimiento, el relato no está exento de los dilemas éticos que se desprenden del hecho de crear vida. La responsabilidad del creador por el destino de su creación, tanto en el sentido que le da a su existencia (lo que es correcto o incorrecto y su función en el mundo), como en la conciencia de la muerte, que es, como bien claro quedó desde Blade Runner, lo que diferencia lo humano de lo no humano.

La película cuenta con la participación de la pareja que conforma la banda sudafricana Die Antwoord, Ninja y Yo-Landi Vi$$er, muy conocidos por sus vistosos e impactantes video clips, y que prestan su estética para ambientar buena parte del filme, al cual, en definitiva, se le agradece que siendo cine comercial (fue la película más taquillera en fin de semana de su estreno en Estados Unidos), aun pueda contener elementos originales y estimulantes para los espectadores más atentos.

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