Escenas de un mural en Envigado

Frutas grandes y pequeñas en un comedor servido con mantel a rayas componen este bodegón en tonos fríos.

Guerrillero o combatiente con un fondo que connota la violencia a la que está sometido. El sombrero con barbuquejo no es oficial de las Fuerzas Armadas de Colombia. Tiene un tímido bigote, prohibido en rangos inferiores a Sargento y a Capitán, en el ejército de Colombia.

Madre e hijo. Ausencia de labios rojos en la madre. Curiosidad -¿o cariño, quizás?- demuestra el niño con el índice de la mano izquierda que roza el pecho de su madre. Los pliegues de la oreja izquierda del niño son esbozados mediante una “S”. Herencia genética en las pestañas.

Casa con techo a dos aguas con puerta y pestillo, ventanas adornada de cortinas rojas. Camino en piedra. combinación de vista superior y vista frontal. Casa con el tamaño de una alcoba. Sol en pleno esplendor a saber por sus rayos radiales ¡un gran sol! Un pájaro en pleno vuelo (parece ser lo último pintado por su ausencia de color).

Dos propuestas de rediseño para escudos

Propuesta de rediseño de escudo del equipo Club Atlético Nacional de Medellín. Heráldica apoyada en un bípode para general estabilidad, coronado de una torre asimétrica para añadir movimiento al escudo, además de la inserción de unas alas de dos y tres plumas que connotan el alto vuelo del equipo. El ala de tres plumas está ubicada a la derecha del escudo, para equilibrar la torre superior desviada a la izquierda.

Foto tomada en Manrique.

Para el rediseño de la heráldica del euipo Once Caldas se separaron los dos campos del escudo. En la parte superior reposan las iniciales O y C entrelazadas y presas entre rejas. Una decisión minimalista abolió las estrellas para no generar vencimientos y en reemplazo de ellas, la palabra HELI, nombre quizás, del diseñador. El campo inferior está hecho por un contorno en línea recta y ángulos pronunciados, perdiendo la línea sinuosa de la propuesta anterior.

Foto tomada en Manizales, Avenida Santander.

Grafitis en Aranjuez

Saliendo del Museo Pedro Nel Gómez, pueden observar ustedes, otra exposición muralista de un autor que desconozco y cuya obra conocí de manera fortuita, mientras buscaba una arepa para comer.

¿Una arepa? Sí. Salí de dar mi pasadita por el museo y me dispuse a conocer los alrededores para robarme algunos colores con mi cámara, pero el hambre también llamaba mi atención.

Tres cuadras de distancia fueron suficientes para encontrarme un puesto de arepas, que fueron la bendición de mi estómago y que comí con urgencia manifiesta. ¿A cómo las arepas? A doscientos. ¿Y con mantequilla? Doscientos cincuenta. Póngame a tostar una, con mantequilla.

Mi bolsillo no acogía más que 950 pesos colombianos, y tarjetas en un puesto de esos, no sirven. Algo le faltaba al buche, y era el chocolatico batido, calentado al carbón, como las arepas. No me atrevía a preguntar por el precio, porque depronto se pasaba de 700 que me quedaban, pero la transacción de charlas y sonrisas me hicieron el feliz de un chocolate caliente. De todas maneras, antes de marcharme, le deje los 700 pesos en el bolsillo de la señora.

¡Oigan, no saben ustedes a lo que me supo esa arepa del cielo, a esa hora que ya rayaba con la del almuerzo!

Imágenes tomadas en el barrio Aranjuez de Medellín. ¿Qué carga la burra del arriero?