Cuando el hombre se hace tierra descansa en paz

Cuando el hombre de la ciudad nace, crece y se presta al estamento, estudia para formarse en conocimientos y adquirir apegos por la urbe. Cuando el hombre de la ciudad ya está amoldado a ella, desarrolla su creatividad en medio de humos y pitos de multitud de carros. Cuando la cuna del hombre está calafateada por el asfalto y la humareda enrarecida de cada día, el niño que crece en ella aprende a amar esta circunstancia; mira hacia el monte y le desprecia, le considera atraso tecnológico y arcaísmo humano. Cuando el hombre necio de la ciudad mira hacia el campo de zonas verdes lo ve deshabitado y lo coloniza para jugar al ser primitivo; cocina en leñas y usa sombrero, siembra dos matas y se cree ecológico.

Avanzada la edad, el hombre que nació en cuna de brea, mira hacia el monte y sus arquetipos se manifiestan para decirle que, en el fondo, él pertenece a esas matas, a esos árboles, a esas aguas nacientes; sueña entonces con ríos cristalinos y a veces turbulentos; sueña que sube la montaña, que se esconde en cuevas; sueña que anda por pastos y por caminos.

Cuando el hombre se hace viejo se hace sabio y se encuentra con el interno, que le dice que la ciudad era artificio, esclavitud antigua y sofoco; cuando el hombre deja de ser joven deja de ser necio, y entonces añora terruño en las faldas de una montaña, añora la leña y el silencio, añora la madre arquetípica de la tierra. Cuando el hombre se hace tierra descansa en paz.

Fotos: Luis Fernando Jaramillo, Betania. Antioquia.

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2 respuestas a Cuando el hombre se hace tierra descansa en paz

  1. Mónica Arcila dice:

    Como mujer citadina, admiro la ciudad tanto como el campo. Tantas personas nacidas en el campo y otras en la ciudad. Unos crecieron y maduraron hasta ser ancianos otros no alcanzaron por cuestiones del destino. Admiro los árboles, las plantas, las flores, los animales del campo, como por ejemplo: las vacas que muy sabiamente nos regalan la leche, ingrediente de muchos lácteos deliciosos. Admiro los paisajes, las montañas y los campesinos en su labor de labrar el día a día y la recolección de frutos.

    Tanto el niño con sus juegos, el adolescente con sus exploraciones, el adulto joven con su experiencia y madurez, y por último el adulto mayor con su sabiduría, saben recorrer caminos en el campo y en la ciudad. De las calles congestionadas y la contaminación ambiental de la ciudad, podemos visualizar la pureza del aire del campo y añorar de tiempo en tiempo el ambiente campestre.

    Volver a la tierra es sentir las raíces de nuestros antepasados, nuestros abuelos y nuestra familia. Retornemos a sembrar un árbol, una planta, una semilla y vivamos el deleite de verlos crecer, algunos darán frutos… otros no, pero queda la enseñanza… Siembra y recogerás.

  2. Alberto Mejía Vélez dice:

    Casi, por no decir todos, tenemos un arriero incrustado en el corriente sanguíneo, que aunque los habitantes de la ciudad quieran ocultar, no deja de salirles la montañerada, cuando comen frisoles con garra, acompañados de arepa y asentados con taza de mazamorra con dulce ‘macho’. Los ancestros tiran más que una amante ¿Cómo cambiar el trinar de los pájaros, por el sonido de un tracto mula? ¿O el cruce de una avenida inundada de vehículos, por un sendero arborizado, lleno de cafetos de rojos frutos, matas de plátanos, orquídeas multicolores, gallos que cantan en la lejanía, mientras un humo tímido sale de la chimenea de casa humilde, pero llena de calor humano? Menos, se puede cambiar, una noche llena de luceros con luna llena saliendo detrás de las montañas, cuando en el corredor de chambrana, han empezado a sonar los bambucos engalanados con ruana y carriel, en que duerme apacible la estirpe. Si. Hermosa es la vejez, que te invita a regresar a la tierra de los ancestros.

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