¿Qué olemos cuando olemos café?

Preguntárselo a un catador profesional, sería esperar respuestas tan enriquecidas como los siguientes aromas: nuez, malta, dulce, jarabe, achocolatado, vainilla; o más precisos como: flor de café, té de rosa, avellana tostada, miel, chocolate amargo, chocolate suizo, entre otros. Lo anterior, para cafés bien calificados y para no hablar de los defectos aún. Pero este blog quiere llegar en primera instancia al público cotidiano que no es experto. A los expertos los invitamos a enseñar y a compartir.

Lo interesante sería preguntarle al conjunto de personas que diariamente toman esta bebida, más, en el país del “mejor café”. Todos reconocemos la fragancia (olor en grano) o el aroma (olor en taza) genérico del café y decimos: “Qué delicia”, pero ¿es de verdad que siempre es delicioso el aroma que sentimos, cuando lo percibimos? ¿O se trata de la asociación mecánica que tenemos en nuestra mente de calificar como “agradable” cualquier aroma o fragancia de café?

El punto es, aprender a distinguir entre cafés frescos y viejos, entre sabores avinagrados y agradables, entre acidez y amargura y, más exigente aún, diferenciar las distinguidas notas de un buena café y sus particulares notas que lo hacen especial, a un grano cerealoso o maderoso sin mayor sustancia y bastante plano.

Hay veces que en la despensa de la casa tengo diferentes cafés de origen; unos buenos otros no tanto; unos fueron comprados, otros regalo y, al ofrecerles café a mis invitados, hago un ejercicio que parece broma: tomo la bolsa del café que considero no es tan bueno como otros que tenga en casa, lo destapo y se los pongo a oler e intuyo las respuestas: “¡Uy, qué delicia! ¡Esto sí es café!”, pero, repito, lo hice sin mostrarles una mejor muestra. Luego, saco la “carta” bajo la manga y les muestro la “joya de la corona” y califican: “¡Mmm, qué es esta delicia! ¡Uy, este está espectacular! ¡Ah, no, me quedo con este! Efectivamente, se quedan con el que sabía que iban a elegir; pero el ejercicio lo hago con el fin de que puedan experimentar entre varias muestras (mínimo dos), lo hago para que tengan una experiencia y no un comentario ex nihilo.

Cuando huelo un café que recién se echa a la greca (método menos recomendado por expertos), puedo decir que me agrada, pero solo ese primer minuto, a sabiendas que no se trata de un café especial, pero, avanzada la mañana o la tarde, aún percibo el aroma del café pero, esta vez, quemado, como de jarabe calando, se siente incluso la espesura en el olor, y quemado, por supuesto. Pasado el minuto ya mi nariz no aprueba lo que va sintiendo. Se trata de la educación de los sentidos y una cuestión algo mística o esotérica de consciencia que se vuelve sensible a la naturaleza de las cosas.

Para terminar, quiero compartirles lo último que vengo experimentando al tomar esta agradable bebida. Inicialmente, me gustaba tomar la taza de café recién servida y caliente, pero hace algunas semanas dejo reposar la bebida para que se baje su temperatura y he sentido más notas de esta manera; estoy percibiendo más aromas y lo estoy degustando más. No aplica para mi espresso.

¿Alguien está aplicando el Manual Inapropiado?

Esta entrada fue publicada en aaa_CAFÉ. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a ¿Qué olemos cuando olemos café?

  1. Ana Carolina Herrera Goméz dice:

    Realmente es de admirar a quien pueda catar café, hago un gran esfuerzo para poder identificar sabores y olores pero si hay una diferencia al probar cualquier tipo café solo alcanzo a percibir entre amargo y ácido.
    ¿Catar es don o experiencia?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>