Embolando recuerdos

Ya parezco anciano que repite historias memorizadas por los oyentes, pero recuerdo que mi primer empleo sin afiliación a salud y pensión fue la de embolador casero. Creo que fue a peso o a tres pesos que mi mamá me pagó por limpiar su par de tacones, para estrenar una cajita para embetunar que aún poseo. Ahora es Jacobo quien no puede ver mi actual caja de embolar de Nobsa, Boyacá, porque inmediatamente saca la “recua” de zapatos y comienza a untar grasa de potro sin miseria.

Cambiando de tema, me acerco a observar los “chinches” o estoperoles y las monedas insertadas al objeto, que en este caso es la caja de embolar; ritual que también se repite en los buses urbanos de rutas populares donde, quizás sin esa intención, se le juega la broma al pasajero que, ignorante, se agacha para recoger la alegría de una moneda “encontrada”. De los chinches, solo decir que los que tienen cabeza, como los de la imagen, son aprovechados para cumplir una intención decorativa allí donde sean clavados.

El rostro “monolítico” une al embolador, dueño de esa caja, con su pasado primitivo, con el ser que busca identificarse con algo o con alguien y encontrar, también, su origen, fin mismo de algunas ciencias o de la Ciencia como tal. Un rostro muy ¿Bauhaus?

¿Qué te trae a la memoria esta cajita de embolar? Lo que sea, vale.

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4 respuestas a Embolando recuerdos

  1. Nayite dice:

    Hace 25 años en Caucasia los domingos salían todos los mineros a vender el oro para mercar y tomarse unos traguitos, mientras estaban en las cantinas se veían las cajitas de los emboladores pasar de mesa en mesa haciéndose lo que necesitaban para la semana y daba gusto ver el que la tuviera mas decorada ese era su marketing, acompañado de: ¿Patron una emboladita?

  2. María dice:

    Carlos querido. Me queda la inquietud en éstas líneas “Ahora es Jacobo quien no puede ver mi actual caja de embolar de Nobsa, Boyacá, porque inmediatamente casa la recua de calzado y comienza a untar grasa de potro sin miseria.” ¿es casa de habitación, vivienda? o ese casa en el caso citado es de “caza” cacería…de reunir todos los zapatos, de cazarlos, no sé…

    Saludos

  3. María dice:

    La cajita de embolar o embetunar es muy linda y bien cuidada Carlos ¿todavía se “embola en Medellín? claro que yo siento mucha vergüenza cuando veo realizar ese trabajo y no puedo explicar la razón…la misma situación (ubicación) de las dos personas que participan en el acto me resulta chocante, no menosprecio el trabajo en sí mismo, lo que me choca es la actitud que siempre he visto en quienes son embetunados, voy a dedicar un día para poder explicarme lo que siento al respecto y luego lo escribo a ver si resulta claro

    Saludos

  4. Alberto Mejía Vélez dice:

    Del socavón de los recuerdos salta la imagen de aquel embolador “profesional” del Sitio de la Tasajera (Copacabana), con su caja llena parafernalia.
    Pajarillo. Pajarillo así simplemente. No necesitó nombre rimbombante y menos apellido aristocrático. Caminaba con su cara grasosa, pantalón que mostraba que había sido más grande el muerto. Entraba a todas las cantinas ofreciendo una embetunada a cuanto borrachito estaba sentado en las mesas; si no encontraba cliente, se dedicaba a bailar en frente del traganíquel; terminada la melodía, sacaba el sombrero y pedía unos cuantos centavos (para comprar salchichón). Nadie le negaba la contribución y él seguía con su caja el recorrido por las calles desoladas silbando aquel disco que fue el culpable de su remoquete.

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