La negra otra vez

Desde que se murió mi abuela vengo pensando en la muerte. En la muerte señora de traje negro que se lleva a la gente sin preguntar si todavía se quiere ir. A veces le tengo miedo, por la incertidumbre. Porque mi abuela tenía 85 y se hubiera podido quedar hasta los 90 corriendo detrás de sus gallinas, siquiera, cuando hay viejitos de 95 que ya están muertos, pero respiran. Porque cuando uno mira a sus muertos es egoísta y se pregunta por qué a mí y por qué no a él. Porque los muertos duelen cuando son de uno, pero no cuando son del otro y uno es capaz de decir barbaridades como que el día del entierro de la abuela escribas una noticia. No. El día de la muerte de alguien que uno quiere no tiene tiempo sino de pensar en la muerte. En que aunque allí ya no hay nada, más que un cuerpo quieto, duro, piedroso, en que allí ya no hay nadie y, sin embargo, es el único hilo físico que nos deja conectarnos con el que ya se fue. Porque somos un contenedor nada más, por el que nos desvivimos. Un contenedor que luego se hace cenizas y no es nada más. Atrás el pelo blanco y la piel blanca. Lo que queda es saber que le gustaba peinarse ese pelo blanco. Porque después de todo somos un recuerdo y el día que se muera el último que recuerde algo de nosotros, ese día, entonces, hemos muerto para siempre.

Por eso mi afán de escribir a Eduardo, de preguntarle a los amigos si todavía se acuerdan de él. De decirle a los demás que aunque hayan pasado tantos años y tanto tiempo y ya sea un viejo muerto, mientras lo recordemos, mientras yo lo recuerde, no se habrá ido del todo.

Lo que pasa con mi abuela es que todavía no creo que se haya ido, así sin decir adiós. Entonces la imagino en la finca, limpiando el piso, con esos trapitos de ropa que ya estaban feos, pero que a ella le gustaban, aunque tuviera más ropa. Hasta que tengo que acordarme que se fue y que no va a volver. Porque con la abuela es distinto que con Eduardo. La abuela me ha hecho saber lo que significa un muerto propio, lo que es el dolor de alguien que uno quiere y ya se va. Con Eduardo, en cambio, lo que he hecho toda la vida es inventarme no solo un muerto, sino inventarme el dolor que me ha causado la ausencia de ese muerto.

El libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, me ha llevado a la muerte, otra vez. Me ha llevado a mis muertos, a través de su muerto. Porque mi papá no se suicidó, como se suicidó su hijo, pero después de tantos años la conclusión a la que llego cada vez es la misma: mi papá voluntariamente hizo política y voluntariamente sabía que morir era una de las posibilidades. Murió, entonces, voluntariamente también.

La muerte es esa cosa extraña de la que nos quedan los clichés: es lo único a lo que no podemos escapar y un día, por supuesto, también seremos cuerpo de piedra, también seremos polvo, también seremos olvidados. Entonces tiene sentido la frase de Piedad Bonnett: “Y, no me miento, la de mi hijo es tan sólo una de esas infinitas muertes”. La de la abuela es tan solo una de esas infinitas muertas. La nuestra será, tan solo, una de esas infinitas muertes.

One thought on “La negra otra vez

  1. Jotam dice:

    “Why should I fear death? If I am, death is not. If death is, I am not. Why should I fear that which can only exist when I do not?” — Epicurus

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