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	<title>Camila Avril por Mónica Quintero R</title>
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		<title>Un poema de amor</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 04:09:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[A la amiga de la C, que los va necesitando No llueve y ya he olvidado como suenan las goteras en el techo. No llamas y ya he olvidado como pronuncias la s. La lluvia cae, dicen los no ateos, cuando San Pedro está triste. Tu no llamas porque, dice esa parte de mí que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;">A la amiga de la C, que los va necesitando</p>
<p>No llueve<br />
y ya he olvidado como suenan<br />
las goteras en el techo.<br />
No llamas<br />
y ya he olvidado<br />
como pronuncias la s.<br />
La lluvia cae, dicen los no ateos,<br />
cuando San Pedro está triste.<br />
Tu no llamas porque,<br />
dice esa parte de mí que aún te quiere,<br />
estás confundido.<br />
A las goteras se les olvida.<br />
A los hombres, se les olvida.<br />
Solo que el amor<br />
solo tiene cuatro letras.<br />
Las mismas que tiene odio,<br />
una menos de la que le sobra a razón.<br />
El cielo está oscuro.<br />
No va a llover, de todas maneras.<br />
Como cuando se pierden las esperanzas<br />
de que allá todavía haya alguien.</p>
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		<title>Ni un poema</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Apr 2013 03:53:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace días se fueron los poemas y no han vuelto. No se despidieron. No dijeron si volverían. Ni tampoco si tendría que llamarlos. Un día, sin número, sin mes, se desvanecieron y aunque el abecedario estaba completo, ninguna letra quiso juntarse con otra y luego, hacer versos disonantes. El día en que se fueron los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace días se fueron los poemas<br />
y no han vuelto.<br />
No se despidieron.<br />
No dijeron si volverían.<br />
Ni tampoco si tendría que llamarlos.<br />
Un día, sin número, sin mes,<br />
se desvanecieron<br />
y aunque el abecedario estaba completo,<br />
ninguna letra quiso juntarse con otra<br />
y luego,<br />
hacer versos disonantes.<br />
El día en que se fueron los poemas,<br />
también se fue él.<br />
Él tampoco se despidió.<br />
Esperó que fuera de noche,<br />
que pasara una fugaz estrella,<br />
que yo estuviera dormida,<br />
y abrió la puerta y se fue.<br />
No hubo número ni fecha ni año.<br />
No para recordar.<br />
Los poemas se fueron<br />
y aún no logro convencer a las letras<br />
de que deben ir juntas.<br />
De que juntas<br />
hacen más daño.<br />
Son más tristes que separadas.</p>
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		<title>Conexiones</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Apr 2013 02:49:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay días en que las conexiones sociales fallan. Es la soledad, que se apodera de la mente. A la soledad le gusta estar a solas con uno y luego llega otro y al mínimo movimiento extraño, el otro explota. Entonces ya no hay nada más qué decir. El de allá queda así y el de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hay días en que las conexiones sociales fallan. Es la soledad, que se apodera de la mente. A la soledad le gusta estar a solas con uno y luego llega otro y al mínimo movimiento extraño, el otro explota. Entonces ya no hay nada más qué decir. El de allá queda así y el de acá queda asá, aunque se tengan cariño. Cosas esas de saberse humanos. Por eso no son necesarias las palabras. Basta el silencio y una cama inundada de lágrimas. Mañana será otro día. Pasado mañana también. Hoy se irá yendo al pasado, como se va quedando atrás todo. Ya se nos olvidará un día, hasta cuando la soledad vuelva a recordarnos la necesidad de tenernos.</p>
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		<title>Entrevista</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Mar 2013 03:31:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Les comparto esta entrevista que le hice a Piedad Bonnett, sobre un libro bellísimo y triste: Lo que no tiene nombre Letras para una tristeza sin nombre]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Les comparto esta entrevista que le hice a Piedad Bonnett, sobre un libro bellísimo y triste: Lo que no tiene nombre</p>
<p><a title="Letras para una tristeza sin nombre" href="http://www.elcolombiano.com/bancoconocimiento/l/letras_para_una_tristeza_sin_nombre/letras_para_una_tristeza_sin_nombre.asp" target="_blank">Letras para una tristeza sin nombre</a></p>
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		<title>La negra otra vez</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Mar 2013 03:48:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde que se murió mi abuela vengo pensando en la muerte. En la muerte señora de traje negro que se lleva a la gente sin preguntar si todavía se quiere ir. A veces le tengo miedo, por la incertidumbre. Porque mi abuela tenía 85 y se hubiera podido quedar hasta los 90 corriendo detrás de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Desde que se murió mi abuela vengo pensando en la muerte. En la muerte señora de traje negro que se lleva a la gente sin preguntar si todavía se quiere ir. A veces le tengo miedo, por la incertidumbre. Porque mi abuela tenía 85 y se hubiera podido quedar hasta los 90 corriendo detrás de sus gallinas, siquiera, cuando hay viejitos de 95 que ya están muertos, pero respiran. Porque cuando uno mira a sus muertos es egoísta y se pregunta por qué a mí y por qué no a él. Porque los muertos duelen cuando son de uno, pero no cuando son del otro y uno es capaz de decir barbaridades como que el día del entierro de la abuela escribas una noticia. No. El día de la muerte de alguien que uno quiere no tiene tiempo sino de pensar en la muerte. En que aunque allí ya no hay nada, más que un cuerpo quieto, duro, piedroso, en que allí ya no hay nadie y, sin embargo, es el único hilo físico que nos deja conectarnos con el que ya se fue. Porque somos un contenedor nada más, por el que nos desvivimos. Un contenedor que luego se hace cenizas y no es nada más. Atrás el pelo blanco y la piel blanca. Lo que queda es saber que le gustaba peinarse ese pelo blanco. Porque después de todo somos un recuerdo y el día que se muera el último que recuerde algo de nosotros, ese día, entonces, hemos muerto para siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Por eso mi afán de escribir a Eduardo, de preguntarle a los amigos si todavía se acuerdan de él. De decirle a los demás que aunque hayan pasado tantos años y tanto tiempo y ya sea un viejo muerto, mientras lo recordemos, mientras yo lo recuerde, no se habrá ido del todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que pasa con mi abuela es que todavía no creo que se haya ido, así sin decir adiós. Entonces la imagino en la finca, limpiando el piso, con esos trapitos de ropa que ya estaban feos, pero que a ella le gustaban, aunque tuviera más ropa. Hasta que tengo que acordarme que se fue y que no va a volver. Porque con la abuela es distinto que con Eduardo. La abuela me ha hecho saber lo que significa un muerto propio, lo que es el dolor de alguien que uno quiere y ya se va. Con Eduardo, en cambio, lo que he hecho toda la vida es inventarme no solo un muerto, sino inventarme el dolor que me ha causado la ausencia de ese muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">El libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, me ha llevado a la muerte, otra vez. Me ha llevado a mis muertos, a través de su muerto. Porque mi papá no se suicidó, como se suicidó su hijo, pero después de tantos años la conclusión a la que llego cada vez es la misma: mi papá voluntariamente hizo política y voluntariamente sabía que morir era una de las posibilidades. Murió, entonces, voluntariamente también.</p>
<p style="text-align: justify;">La muerte es esa cosa extraña de la que nos quedan los clichés: es lo único a lo que no podemos escapar y un día, por supuesto, también seremos cuerpo de piedra, también seremos polvo, también seremos olvidados. Entonces tiene sentido la frase de Piedad Bonnett: &#8220;Y, no me miento, la de mi hijo es tan sólo una de esas infinitas muertes&#8221;. La de la abuela es tan solo una de esas infinitas muertas. La nuestra será, tan solo, una de esas infinitas muertes.</p>
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		<title>La cajita de 2 kilos</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2013 03:53:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[El abuelo se sienta todos los días al lado de la cajita donde está la abuela. Porque la muerte después de la muerte nos sigue dando lecciones: eso somos, al final. Un polvo granulado, sin forma, que se guarda en una bolsa. Ahí queda todo lo que se hizo y no. Lo que se dijo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El abuelo se sienta todos los días al lado de la cajita donde está la abuela. Porque la muerte después de la muerte nos sigue dando lecciones: eso somos, al final. Un polvo granulado, sin forma, que se guarda en una bolsa. Ahí queda todo lo que se hizo y no. Lo que se dijo y no. Lo que faltó y no. Ahí queda todo el cariño, todos los abrazos, todas las historias. Todos los años. Mi abuela tenía 84 y ahora que me duele tanto, me parecen tan pocos. Hay viejitas más viejitas y más de allá que de acá, pero todavía no se van. Ella estaba viejita, pero no tan de allá y se fue. De esas cosas extrañas de la vida, que no se entienden. Unos se van antes y otros después y no hay una regla. Cuando mi papá se murió tenía 33. Cuando yo estaba pequeña 33 me parecían un montón. Ahora, que me faltan 7, 33 son nada. Un poquito de vida y no más.</p>
<p style="text-align: justify;">El abuelo se sienta todos los días al lado de la abuela. Ayer se rió: había unas arepas al lado de la abuela. Porque, de todas maneras, la cotidianidad empieza otra vez a hacernos parte de ella. Aunque, en el fondo, nos siga doliendo como el primer día. Yo creo que el abuelo se sienta todos los días y le conversa. No sé que le conversa, pero tal vez es su manera de saber que no se ha ido del todo. La acompaña, ahora que ya es ese pedacito de acaso dos kilos. Tal vez es no creer en eso que firmaron hace 60 años: hasta que la muerte los separe. Cuál muerte, si ella sigue ahí y él al lado, con el pelo parado, pese a que ya no son del mismo material.</p>
<p style="text-align: justify;">De pronto tiene la misma sensación que yo tengo desde hace horas: que esto es solo un sueño, que mañana nos vamos a levantar, la vamos a llamar, le diremos La bendición y ella, como siempre, contestará, Dios la bendiga. Entonces dirá que está bien, que hace calor, que ella bien, aliviada, que el abuelo con el dolor de rodillas de siempre y que ya, que cómo estoy yo. Luego me despierto y no. El sueño no se ha acabado, no me he imaginado todo esto. Es el otro día, de la vida real y la abuela está muerta. Es que es difícil doña Blanca, si la última vez que te vimos estabas con un poquito de mala memoria, pero nada más. Si limpiaste el piso como si tuvieras 15. Por eso es que la muerte es tan extraña: por lo repentina, por lo inexplicable. Por no avisar.</p>
<p style="text-align: justify;">En fin. Todavía me duele pensar que ya no estás, que ahora tengo otro muerto para escribir. Aunque esta vez es distinto y duele distinto: a él lo tuve que inventar para recordarlo. A ti solo te tengo que recordar.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora que te llevó la de negro, también he aprendido y entendido lo que había dicho tantas veces: que los muertos no duelen sino son de uno. Que hay gente que te quiere y que en las tristezas todas las palabras dicen algo, hasta los signos de puntuación. Que cada quien tiene su historia: no a todos les parece importante que se muera una abuelita. A algunos les parece insignificante. Que muchos no saben qué es y cuánto duele la muerte. Porque la muerte duele solo cuando lo toca a uno de frente.</p>
<p style="text-align: justify;">Doña abuelita, que me perdonen los demás, pero yo te voy a escribir y a llorar, hasta que deje de ser una necesidad.</p>
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		<title>El adiós</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2013 03:15:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[El día de la misa de entierro (repetí unas cosas, que me habían gustado) Mi abuelita era la señora del pelo blanco más blanco del mundo. Lo tenía tan blanco, tan blanco, que no se le podía nombrar, ni por charlar, que se le fuera a pintar de morado, como las señoras que andan pinchadas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><span style="color: #888888;">El día de la misa de entierro (repetí unas cosas, que me habían gustado)</span></p>
<p style="text-align: justify;">Mi abuelita era la señora del pelo blanco más blanco del mundo. Lo tenía tan blanco, tan blanco, que no se le podía nombrar, ni por charlar, que se le fuera a pintar de morado, como las señoras que andan pinchadas de cartera y pelo morado. Le aterraba pensar que no fuera blanco. Ella se quedaba en el espejo mirando que ningún pelito blanco se le moviera de su sitio. Era la señora peinada más peinada del mundo. A mí, por ejemplo, y a Ricardo, el otro primo, nos gustaba despeinarla, solo para escucharla decir, no me despeine, y mover su manito, y apachurrarlo un poco para que volviera a estar perfecto.</p>
<p style="text-align: justify;">Doña Blanca, si usted supiera lo que duele que se vaya, tal vez no se hubiese ido tan rápido. Porque yo alguna vez me imaginé este día, por una casualidad, y lo sentí tan triste, que quise hacerme a la idea de que no iba a pasar. Entonces abrazo a mi mamá, porque las mamás a todo le dan solución, y cuando espero que estés lista para continuar el abrazo, para solucionar esto, tengo que saber que ya no estás, por lo menos para que conversemos del pelo blanco. Yo sabía, de todas maneras abuelita mía, que a la muerte le gusta la gente de tu edad y que morir era una de las posibilidades. Solo que tú seguías persiguiendo con tanta energía a las gallinas y yendo de este lado para allá remojando las matas, que uno qué se iba a imaginar, doña abuela, que la de negro esa te quería llevar.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo quería pensarte como la abuela que acompañaba a esta iglesia todos los sábados y tú te parabas frente al cuadro primero, que tanto te gustaba y echabas una oración por todos. Rezabas largo, porque no se te podía quedar ni el abuelo, ni ningún hijo, ni ningún nieto. Yo esperaba con la veladora en la mano, porque mi premio siempre era poder prender la veladora.  Luego íbamos donde el sagrado corazón y así íbamos recorriendo la iglesia, tú tan blanca como tu nombre, yo tan pequeña como tu bastón. Ya no me acuerdo de qué conversábamos abuelita, pero conversábamos tanto que ahora se me hace difícil, y yo sé que a ellos también, que no vayas a volver a decirnos, ¿cómo está la Monita (o el nombre de cada uno)? Entonces me tienes que perdonar que llore, doña Blanca Blanquita, porque si hiciste algo en estos años  es merecerte todas estas lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo no vamos a extrañarte si sabías hacer los buñuelos más redondos? ¿Cómo no vamos a extrañarte si los tamales no quedan igual de bien doblados a cómo tú los doblabas? ¿Cómo no vamos a extrañarte si abrazarte era como ir a tu nombre y volver? Doña Blanca, a ti nunca te dijeron Cielo, pero estoy segura que el Dios que nunca dejaste de querer, te llevó hasta tu nombre.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno sabe, abuelita, que ya estabas viejita, pero uno quería pensar que tu pelo blanco es blanco porque te gustaba así, blanco y peinadísimo. Doña Blanquita, déjeme ponerle como en los poemas de antaño: ay, ay, abuelita. Esta muerte tan poco humana a veces, que se le olvida que puede doler tanto.</p>
<p style="text-align: justify;">Esta última vez me estuviste contando de cuándo eras niña. Yo creo que ahora eras, otra vez, una niña a la que le gustaba echarse loción. Yo sé que nosotros no somos los hijos y los nietos más perfectos, pero créeme, señora abuela, que fuiste la mejor abuela, la mejor mamá, la mejor bisabuela, y que si somos algo, o alguien, es porque fuiste la SEÑORA que fuiste. Porque eras Blanca, en todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Es que cómo no te vamos a querer si uno te quiere solo por ser abuelita, o mamá, o esposa, pero uno te quiere más por todos los recuerdos que tiene. Porque, en el fondo, sabemos que no te has ido, que estás en Sausagua, sentada en una de las sillas del corredor, con el viento moviéndote el pelo, mirando las matas (tus matas que tanto te van a extrañar) y el abuelo Beltrán a un ladito, de pronto diciendo algo despacio.</p>
<p style="text-align: justify;">Te voy a confesar un secreto: no fui capaz de levantarme, esta última vez que fui a la finca, que creo fue una premonición, porque supongo que querías que nos viéramos por última vez en ese lugar que tanto quieres, de usar la bacinilla, abuelita. Sé que te estarás riendo, porque la lavaste y yo te miraba, y yo con pena, y tú feliz. Porque tú querías solucionarlo todo y lo solucionabas todo. Porque tu voz tenía esa magia.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que pasa doña Blanca es que para usted fueron muchos años. Para mí solo 26 y cada uno tiene la cuenta de cuánto le tocó estar contigo. A mí 26 me parecen muy pocos, pero gracias, abuelita, porque si no fuera por vos, todavía no me pondría zapatos. Yo sé que soy egoísta contando lo que a mí se me ocurre, pero yo les digo a todos que cierren los ojos y la abracen. Sientan que no se ha ido y que, mientras la recordemos, no se irá nunca más.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo quiero que sepas, doña Blanca, que esto duele mucho, pero que debes ir tranquila. Que en este lugar hiciste lo mejor, que todos tenemos nuestros mejores recuerdos y que ahora es tiempo, solamente, de que cierres los ojos y descanses. Tranquila. De ti solo tenemos el cariño y, supongo, que ahora un ángel más. Tienes la tarea de halarnos las orejas desde arriba y de cuidarnos, por supuesto. Supongo que de ese lado ya te recibieron con los brazos abiertos. Que Dios ya estaba cansado sin ti allá. Solo quiero decirte, para terminar, La bendición abuelita. Entonces estarás diciendo: Dios te bendiga.</p>
<p style="text-align: justify;">Mónica</p>
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		<title>.</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Feb 2013 16:22:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo que hace la muerte es quitarle un día feliz al calendario]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo que hace la muerte es quitarle un día feliz al calendario</p>
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		<title>Incertidumbre</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Feb 2013 04:01:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La muerte no es dolorosa por la misma muerte. También por todo lo que antecede para que llegue o no. A veces uno descubre la palabra incertidumbre y la desmenuza de la i a la e: la incertidumbre es tan dolorosa como las 13 letras que tiene. Incertidumbre duele hasta en su pronunciación. Tan larga [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La muerte no es dolorosa por la misma muerte. También por todo lo que antecede para que llegue o no. A veces uno descubre la palabra incertidumbre y la desmenuza de la i a la e: la incertidumbre es tan dolorosa como las 13 letras que tiene. Incertidumbre duele hasta en su pronunciación. Tan larga ella, tan compleja ella. Porque cuando uno la siente encima de alguien (la muerte solo duele si le llega a alguien que uno quiere) todas las posibilidades llevan a pensar en ella: en la hora, en el día, en el no poder despedirse, en el no poder volver a escuchar, en el no poder volver a ver, en el no&#8230; Porque de todas maneras uno quiere no ser egoísta con el que está ahí, más del otro lado que de este. Por eso la contradicción: porque uno quiere que no se vaya, pero tampoco quiere retener a alguien que ya debe irse. Es que la muerte es egoísta. Le duele al que se queda (bueno, sin saber qué le pasa al que se va).</p>
<p style="text-align: justify;">La incertidumbre es esa sensación de tener que esperar sin saber para dónde se va. Entonces uno espera con la esperanza de que abra los ojos, pero en el fondo sabe lo que no quiere saber.</p>
<p style="text-align: justify;">La muerte, a esa edad, duele, sobre todo, porque ya no somos los niños de antes. Porque ahora duele tanto como antes no se entendía. Porque es saber, dolorosamente, que han pasado los años. Que nosotros también nos acercarmos. Por supuesto, duele porque se quiere. Porque uno a la abuela la quiere por ser abuela. Porque ella le seguía a uno hasta los resabios, o no: si no fuera por mi abuela, yo no me pondría zapatos.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;.</p>
<p style="text-align: justify;">Con la incertidumbre, señora abuela mía, de no saber de qué lado vas a quedar. Con la incertidumbre de estar llorando (con todas las lágrimas que te mereces) por lo que puede pasar.</p>
<p style="text-align: justify;">La nieta de la M.</p>
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		<title>Carta a la abuela</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2013 23:38:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Camila Avril</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Querida abuelita, Tú por allá, tan callada. Yo por acá, tan triste. No puedo saber si estás sonriente, ni en qué piensas. Es posible que no pienses en nada, que tengas la mente en blanco, que no sepas qué pasa. También, y es lo azul del cuento, que alguien te esté dando la mano, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Querida abuelita,</p>
<p style="text-align: justify;">Tú por allá, tan callada. Yo por acá, tan triste. No puedo saber si estás sonriente, ni en qué piensas. Es posible que no pienses en nada, que tengas la mente en blanco, que no sepas qué pasa. También, y es lo azul del cuento, que alguien te esté dando la mano, que pases el túnel ese del que hablan tanto y te vayas. Entonces, escribo eso, y me da un huequito en el corazón, donde sea que quede el corazón. Porque uno sabe, abuelita, que a esta edad tuya cualquier cosa es posible, hasta la muerte, pero uno quiere pensarte como cuando tenías 50 y me dabas la mano y yo trataba de comparar tu altura con la mía y tú, siempre, salías más alta que yo. Tan alta, que yo quería tener tu altura cuando fuera grande. No supe, la verdad, si fui más grande . Mientras yo crecía, tú, por esas cosas contrarias de la vida, decrecías. Finalmente fui más grande, pero no supe si tan grande como esas veces que te miraba desde abajo. Uno sabe, abuelita, que ya estás viejita, pero uno quiere creer, que el pelo blanco es tan blanco porque te gusta así, blanquísimo, peinadísimo. La última vez que te vi me volviste a regañar porque te despeiné, pero es que es tan lindo, abuelita, verte con esas manos tuyas tratando que, otra vez, te quede perfecto. Por eso imaginarte en esa cama como si estuvieras dormida, sin hablar, sin poder decir cómo está la Monita, con esa voz tuya, le conmociona a uno las lágrimas. Me da miedo señora Blanca que todo sea una premonición: ese día me dijiste que fuera a la finca, como si estuvieras pensando que sería la última vez que nos íbamos a ver en ese lugar, las dos. Por eso me puse a llorar, abuela, porque yo sé que a la muerte le gusta, sobre manera, la gente de tu edad.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Te acuerdas Blanquita, de esos días en que yo te acompañaba a la iglesia, tú a rezar, yo acompañarte, y como premio me dejabas prender la veladora? Tu pedías por todos y no se te olvidaba nadie. Yo era como un bastón, aunque en ese entonces estabas perfecta. Comíamos helado (de 200, ¡imagínate! Lo sacabas de esa carterita pequeñita), caminábamos, saludábamos, íbamos allí y allá. Hasta un día me dijiste que cuando yo creciera, tú sabías, yo te iba a dejar de acompañar porque los nietos crecen y se van. Dije que no, me acuerdo, en pataleta y todo, pero tú sabías más que yo. Solo que, abuela abuela abuela, uno te acompaña aquí o allá, pero te acompaña. Porque la abuela es la abuela, a la edad que tenga.</p>
<p style="text-align: justify;">Doña Blanquita, déjeme ponerle como en los poemas de antaño: ¡Ay! ¡Ay, abuelita! Esta muerte tan poco humana a veces, que se le olvida que puede doler tanto. Esta última vez, me estuviste contando de cuando eras niña, de tus hermanas. Ahora que lo pienso, eres una niña, otra vez. No me quisiste entregar las llaves de ese lugar para que no usara la vajilla, porque la vajilla está nueva y solo es para esos momentos importantes. No sé cuáles son esos momentos importantes, señora enojona de los últimos tiempos. Te dije lo del disfraz de la cuadrilla: uno se muere y nada se lleva. Lo que pasa es que pensar en la muerte cuando no está tan cerca es menos difícil, que cuando uno la siente encima.</p>
<p style="text-align: justify;">Es que como no te voy a querer abuelita, si uno te quiere solo por ser abuelita, pero uno te quiere más si eres la abuelita que mandaba &#8220;boletas&#8221; (cartas) con letra cursiva, que no le gustaba otro lugar que no fuera la finca, que era capaz de reducirles el queso a los demás porque a mí me gustaba más la cuajada: &#8220;Esa leche es para la cuajada de Mónica&#8221;. Es que molimos tanto maíz y tanto queso juntas en las vacaciones y me cuidaste tanto a la Saratana, que me seguiste el cuento que era mi gallina y no se podía comer, aunque estuviera con los muslos perfectos para el sancocho. Esa se murió de vieja, creo yo.</p>
<p>Abuela mía, uno quiere que dures cien años, pero yo quiero dejárselo a la señora de negro, para que decida el día que debe ser. Que no sufras eso sí. Solo quería decirte, doña Blanca bonita, que te quiero de aquí allá y que si te vas, ojalá Eduardo te dé la mano. Entonces ya tendré quien me mire al doble, quien me cuide al doble, quien me espere al doble. Solo que si te puedes quedar más, pues mejor, ¿verdad? Morirse es lo único que no podemos evitar, pese a que me desmorone por dentro.</p>
<p>Te amo yo,</p>
<p>Mónica</p>
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