Los nombres aparecen al revés. Primero, por lo general, nos preguntan por el apellido. ¿Su apellido? Quintero Restrepo. Y después, el nombre. Mónica. Y lo llaman por el apellido, muchas veces, como si viviéramos en un constante campo militar. ¿Quintero Restrepo? Sí, aquí estoy. Comprendemos, por supuesto. En las listas de clase, por ejemplo, ordenan por apellidos. Cuando estaba en la escuela, en los primeros años, era por el nombre. Era mejor, pensaba, porque la M siempre está más arriba que la Q. Y el cambio es sustancial. Había una compañera que si ordenaban la lista por el nombre quedaba de primera, y si lo hacían por el apellido, era la última. Eso depende. Si era para un confite era mejor el uno, pero si era para recitar la lección, el 30, por supuesto.
Nombrar por los apellidos es despectivo. Un espacio más grande entre quien llama y quien responde. Casi lo mismo que cuando alguien que por mucho tiempo te ha dicho Moni, Monita, Monique, Monik, Moni moni, Mon, Quinterito, Mona, y en fin, de repente, te dice, Mónica. Suena raro, no, rarísimo. Luego le miras, de frente, y haces una cara tipo ‘ouch’ y le preguntas, ¿te pasa algo? Sí, por lo general, pasa algo. Si es tu jefe, está enojado, hiciste algo mal, no le gustó eso o aquello, o están en desacuerdo. Si es el amigo, algo pasó, te está ‘odiando’ un poco o te va a reclamar por algo. Si es la mamá, de seguro, hay un regaño. Y así, según la persona. El nombre y como lo digan y jueguen con él, trae consigo una carga emocional. No pequeña.
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