Se sentó al lado izquierdo, sobre el lado del pasillo. Y como era tan pequeña, María refufuñó porque esta vez no podría irse mirando por la ventana, recordando que la primera vez que su abuela montó en avión, y ella nunca había montado, le pidió que sacara la mano, le atrapara un pedazo de nube en un vasito que ella misma le regaló para tal fin, y se la trajera de regreso. Ahora comprendía porque su abuela, pese a la promesa, no le cumplió. Los aviones no tienen ventanas que se abran. Entonces María se iba todo el camino a descubrir cuál era la figura de la nube y cuál estaba sucia, por el paso de otro avión. Ese día, le tocó sentarse al lado del pasillo, porque otra niña, más grande que ella, de unos diez mejor dicho, ya estaba sentada en su puesto. María viajaba sola, con un cartel que colgaba de su cuello, y que no se le olvida, decía que viajaba sola, pero en buena compañía. Era de las primeras que subía al avión, cogida de la mano de la azafata, y de las últimas que salía, cogida de la mano de la azafata. Luego, como si fuera un paquete de niña, el tío la recogía y la entregaban sí y sólo si su cédula coincidía con el número anotado en el papel. Él firmaba y entonces María se quitaba la compañía del cuello.
La niña más grande que ella, que estaba en su silla, la saludó. Querida ella. Le dijo Hola, me llamo Laura y vos. María, dijo María, mirando sus zapatos y mirándola de reojo. Tenía una bufanda en el cuello y tosía mucho. Voy a Ibagué. Y María se alegró, porque en la primera parada del avión podría tener la silla de la ventana. Yo a Neiva, a ver a la abuela que siempre se viste de blanco. Y Laura se río. Toses mucho, insinúo María, sin quitar la mirada de los zapatos de muñeca blancos. Sí, tengo flemas. ¿Flemas?, pensó María. Era la primera vez en su vida que escuchaba la palabra. Ahhh. Flemas, sí, y tos, le respondió María, pero como si hubiese entendido en perfecto la enfermedad de Laura. Luego le habló de las nubes, de la historia de la abuela y hasta de su vestido. Quería alejarse tanto de las flemas, de la enfermedad de Laura. Y Laura que seguía tosiendo, con sus flemas revolcadas en su garganta. Adiós le dijo María cuando el avión aterrizó en Ibague. Que te alivies de tus flemas, le dijo, y Laura se río y se fue de la mano de la azafata y nunca jamás en su vida María la volvió a ver. Salvo que no olvida la palabra. El resto de minutos de avión, que son pocos hasta Neiva, se fue pensando en las flemas, en que quizá fuesen animalitos que hacen cosquillas y producen tos. Entonces los buscó en las nubes.
Cuando vio a su abuela de blanco, la que era enfermera empírica, después del beso, le preguntó, a ella que debía saber qué eran las flemas, y la abuela, con esa sonrisa de las abuelas, le tumbó la teoría de los animales. María no se acuerda de la respuesta, de la palabra sinónima utilizada. No se acuerda, aunque no se le olvide el avión, ni la cara de Laura, la niña que, a sus seis años, le enseñó que a los gargajos hay una forma más sofisticada de llamarlos: f l e m a s. Bellísimo, piensa ahora.