Minutos

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Son las 0:00. Exactas. Ella tiene momentos para mirar el reloj. Todos los días y a la misma hora: 3:24, 2:21, 9:25, 7:02. Fechas de esas que tiene que recordar cada año, pero que el reloj le hace recordar todos los días. A esas horas, por una extraña casualidad, abre el celular, mira el reloj del computador, pregunta la hora, en fin. Y eso que a veces intenta procrastinar el asunto. Hacerse la de la vista gorda. A las 0:00 horas, pensó, por ejemplo, que hizo la promesa de estar bajo las cobijas antes de que llegaran esos tres números tan vacíos, pese a los dos puntos. Miró hacia arriba, miró al pato, dijo que tenía ganas de colada (sí, a esta hora), le dio pico al caballo, abrió tres páginas de internet, escribió una, perdió el tiempo. Cuatro minutos han pasado desde entonces y ella no se ha parado de la cama, no se ha lavado los dientes, no ha pensado en la ropa que tendrá que ponerse mañana, ni se ha acordado que si no se acuesta ya, serán cinco minutos menos. Mañana es de esos días en que tiene que levantarse, pese a todo, a las siete dos puntos cero cero minutos.

Pd: Ella no se llama Mónica, ni Camila. Podría ser María o cualquiera con nombre Z.

NIÑO DIOS

María 1 Comentario

Cuando estaba pequeña, la mamá le dijo a María quién era el Niño Dios. Y eso que solo tenía como cuatro años. Ella lo entendió todo: era que el Niño  le daba a la mamá el trabajo para que le pudiera comprar el regalo, sin exagerar en presupuestos, en tanto en en el mundo hay muchos niños, que al igual que ella, andaban esperando algo al lado de la almohada o en el árbol verde de la sala. Y no llegaba hasta estos lados del trópico, es decir, no venía en persona, porque no caía nieve, y el Niño Dios, por eso de la conexión con el cielo, bajaba en una bolita de esas blancas.

Suficiente argumento para María. Todavía le cree a su pequeña niña, que anda adentro, ahora.

CUESTIÓN DE FLEMAS

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Se sentó al lado izquierdo, sobre el lado del pasillo. Y como era tan pequeña, María refufuñó porque esta vez no podría irse mirando por la ventana, recordando que la primera vez que su abuela montó en avión, y ella nunca había montado, le pidió que sacara la mano, le atrapara un pedazo de nube en un vasito que ella misma le regaló para tal fin, y se la trajera de regreso. Ahora comprendía porque su abuela, pese a la promesa, no le cumplió. Los aviones no tienen ventanas que se abran. Entonces María se iba todo el camino a descubrir cuál era la figura de la nube y cuál estaba sucia, por el paso de otro avión. Ese día, le tocó sentarse al lado del pasillo, porque otra niña, más grande que ella, de unos diez mejor dicho, ya estaba sentada en su puesto. María viajaba sola, con un cartel que colgaba de su cuello, y que no se le olvida, decía que viajaba sola, pero en buena compañía. Era de las primeras que subía al avión, cogida de la mano de la azafata, y de las últimas que salía, cogida de la mano de la azafata. Luego, como si fuera un paquete de niña, el tío la recogía y la entregaban sí y sólo si su cédula coincidía con el número anotado en el papel. Él firmaba y entonces María se quitaba la compañía del cuello.

La niña más grande que ella, que estaba en su silla, la saludó. Querida ella. Le dijo Hola, me llamo Laura y vos. María, dijo María, mirando sus zapatos y mirándola de reojo. Tenía una bufanda en el cuello y tosía mucho. Voy a Ibagué. Y María se alegró, porque en la primera parada del avión podría tener la silla de la ventana. Yo a Neiva, a ver a la abuela que siempre se viste de blanco. Y Laura se río. Toses mucho, insinúo María, sin quitar la mirada de los zapatos de muñeca blancos. Sí, tengo flemas. ¿Flemas?, pensó María. Era la primera vez en su vida que escuchaba la palabra. Ahhh. Flemas, sí, y tos, le respondió María, pero como si hubiese entendido en perfecto la enfermedad de Laura. Luego le habló de las nubes, de la historia de la abuela y hasta de su vestido. Quería alejarse tanto de las flemas, de la enfermedad de Laura. Y Laura que seguía tosiendo, con sus flemas revolcadas en su garganta. Adiós le dijo María cuando el avión aterrizó en Ibague. Que te alivies de tus flemas, le dijo, y Laura se río y se fue de la mano de la azafata y nunca jamás en su vida María la volvió a ver.  Salvo que no olvida la palabra. El resto de minutos de avión, que son pocos hasta Neiva, se fue pensando en las flemas, en que quizá fuesen animalitos que hacen cosquillas y producen tos. Entonces los buscó en las nubes.

Cuando vio a su abuela de blanco, la que era enfermera empírica, después del beso, le preguntó, a ella que debía saber qué eran las flemas, y la abuela, con esa sonrisa de las abuelas, le tumbó la teoría de los animales. María no se acuerda de la respuesta, de la palabra sinónima utilizada. No se acuerda, aunque no se le olvide el avión, ni la cara de Laura, la niña que, a sus seis años, le enseñó que a los gargajos hay una forma más sofisticada de llamarlos: f l e m a s. Bellísimo, piensa ahora.

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María 2 Comentarios

María se sale de sus cabales. Se le acaba hasta lo angelical. Se da cachetadas, se regaña, se hifueputea. Y no. Él puede contra ella, es más grande, es más fuerte, es más… como describirlo, más… más en todo el sentido de la palabra. A María le daña el genio el insomnio, tanto como que, después de portarse bien todo un día, le refunfuñen en la cara.

JUGUETES

María 4 Comentarios

María está segura, segurísima, de que los juguetes, mientras ella duerme, se despiertan a vivir su propia vida. Por eso hay que dejarlos organizados, en sus camas, en sus casas, con sus juguetes propios, con todos sus accesorios. A los muñecos hay que ponerles cuidado. Si hay un señor Caradepapa sin señora Caradepapa, entonces se sentirá extremadamente solo. María, sabe de juguetes. Se los imagina todo el tiempo. A veces, se pregunta, si ella no será el títere, de otro que es más grande que ella. Puntos suspensivos y María suspira hondo.

PROFESOR

María 6 Comentarios

María está segura de que el libro con el que se tapa la cara mientras está en clase y mira por encima al profesor, huele al profesor. Por eso, cuando está en la casa, tiene la sensación de que el profesor todavía la está mirando por encima del libro.

MAR

La Ficción, María 5 Comentarios

Ayer, María no dijo nada. Salió como todos los días, a la misma hora, que puede ser cualquiera. Puso el hombro en el bolso, los ojos en las gafas y los pies en los mismos zapatos. Y así se fue hasta las 6. Traía el pelo azul. Azulísimo, totalmente azul, requeteazul. Los padres la miraron extraño. Dijo que quería un pedacito de mar en su pelo. Uno de los tantos azules que tiene el mar. Luego se hundió en sus cuatro paredes.

ARÁCNIDA

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Le tiene pavor a las arañas. Por eso María no deja araña sin cabeza destripada en el zapato. Le tiene más miedo que a los monstruos del techo. Teme que algún día, por culpa de la cama sin patas, alguna se le pare en la nariz.

MARÍA

La Ficción, María 5 Comentarios

Se llama María. Está casi segura que sus padres le pusieron así por física pereza. No querían pensar y María es un nombre fácil. Para ellos, nada que ver con la religión. Su mamá es atea y su papá dice ser agnóstico. María ni es atea, ni es agnóstica, pero cree en su poder interior de reducir todo a la nada o al todo. Su nombre es igual a ella: simplísimo. Nombre de ejemplo, como Juan y Pedro. Siempre se usa en las escuelas: Si María le regala una manzana a Juan, cuántas le quedan. No le molesta. María es como María: de pelo negro, tan largo y lacio como virgen de pueblo. Blanca, sin maquillaje, y muy desgarbada.

LOS MONSTRUOS DE MARÍA

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María tiene la leve impresión, solo la leve impresión, que cuando la cama está pegada del suelo (y no de esas que tienen espacio entre las tablas y el suelo, gracias a las patas, sino de las que las tablas están pegadas al suelo, sin espacio alguno salvo para el polvo, porque no tiene patas), los monstruos se hacen en el techo. Son transparentes, asustan en la tarde, en la mañana o en la noche. No dejan dormir, no dejan estar despiertos, no dejan nada. Los monstruos de la cama se enamoran cada cinco segundos del dueño de la cama y quieren estarle dando picos los otros cinco segundos que duran en desenamorarse y volverse a enamorar. Los monstruos esos no hablan, pero hacen que María tenga que estar acompañada y abrir todas las ventanas posibles que tiene el computador. Entonces escribe en word, en el messenger, en el blog. Escribe de novela, de la religión, de una niña que se llama María y tiene la leve impresión de que los monstruos de las camas, arriba o abajo, no existen, pero que, como las brujas, de que los hay, los hay.

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