El día de la misa de entierro (repetí unas cosas, que me habían gustado)
Mi abuelita era la señora del pelo blanco más blanco del mundo. Lo tenía tan blanco, tan blanco, que no se le podía nombrar, ni por charlar, que se le fuera a pintar de morado, como las señoras que andan pinchadas de cartera y pelo morado. Le aterraba pensar que no fuera blanco. Ella se quedaba en el espejo mirando que ningún pelito blanco se le moviera de su sitio. Era la señora peinada más peinada del mundo. A mí, por ejemplo, y a Ricardo, el otro primo, nos gustaba despeinarla, solo para escucharla decir, no me despeine, y mover su manito, y apachurrarlo un poco para que volviera a estar perfecto.
Doña Blanca, si usted supiera lo que duele que se vaya, tal vez no se hubiese ido tan rápido. Porque yo alguna vez me imaginé este día, por una casualidad, y lo sentí tan triste, que quise hacerme a la idea de que no iba a pasar. Entonces abrazo a mi mamá, porque las mamás a todo le dan solución, y cuando espero que estés lista para continuar el abrazo, para solucionar esto, tengo que saber que ya no estás, por lo menos para que conversemos del pelo blanco. Yo sabía, de todas maneras abuelita mía, que a la muerte le gusta la gente de tu edad y que morir era una de las posibilidades. Solo que tú seguías persiguiendo con tanta energía a las gallinas y yendo de este lado para allá remojando las matas, que uno qué se iba a imaginar, doña abuela, que la de negro esa te quería llevar.
Yo quería pensarte como la abuela que acompañaba a esta iglesia todos los sábados y tú te parabas frente al cuadro primero, que tanto te gustaba y echabas una oración por todos. Rezabas largo, porque no se te podía quedar ni el abuelo, ni ningún hijo, ni ningún nieto. Yo esperaba con la veladora en la mano, porque mi premio siempre era poder prender la veladora. Luego íbamos donde el sagrado corazón y así íbamos recorriendo la iglesia, tú tan blanca como tu nombre, yo tan pequeña como tu bastón. Ya no me acuerdo de qué conversábamos abuelita, pero conversábamos tanto que ahora se me hace difícil, y yo sé que a ellos también, que no vayas a volver a decirnos, ¿cómo está la Monita (o el nombre de cada uno)? Entonces me tienes que perdonar que llore, doña Blanca Blanquita, porque si hiciste algo en estos años es merecerte todas estas lágrimas.
¿Cómo no vamos a extrañarte si sabías hacer los buñuelos más redondos? ¿Cómo no vamos a extrañarte si los tamales no quedan igual de bien doblados a cómo tú los doblabas? ¿Cómo no vamos a extrañarte si abrazarte era como ir a tu nombre y volver? Doña Blanca, a ti nunca te dijeron Cielo, pero estoy segura que el Dios que nunca dejaste de querer, te llevó hasta tu nombre.
Uno sabe, abuelita, que ya estabas viejita, pero uno quería pensar que tu pelo blanco es blanco porque te gustaba así, blanco y peinadísimo. Doña Blanquita, déjeme ponerle como en los poemas de antaño: ay, ay, abuelita. Esta muerte tan poco humana a veces, que se le olvida que puede doler tanto.
Esta última vez me estuviste contando de cuándo eras niña. Yo creo que ahora eras, otra vez, una niña a la que le gustaba echarse loción. Yo sé que nosotros no somos los hijos y los nietos más perfectos, pero créeme, señora abuela, que fuiste la mejor abuela, la mejor mamá, la mejor bisabuela, y que si somos algo, o alguien, es porque fuiste la SEÑORA que fuiste. Porque eras Blanca, en todo.
Es que cómo no te vamos a querer si uno te quiere solo por ser abuelita, o mamá, o esposa, pero uno te quiere más por todos los recuerdos que tiene. Porque, en el fondo, sabemos que no te has ido, que estás en Sausagua, sentada en una de las sillas del corredor, con el viento moviéndote el pelo, mirando las matas (tus matas que tanto te van a extrañar) y el abuelo Beltrán a un ladito, de pronto diciendo algo despacio.
Te voy a confesar un secreto: no fui capaz de levantarme, esta última vez que fui a la finca, que creo fue una premonición, porque supongo que querías que nos viéramos por última vez en ese lugar que tanto quieres, de usar la bacinilla, abuelita. Sé que te estarás riendo, porque la lavaste y yo te miraba, y yo con pena, y tú feliz. Porque tú querías solucionarlo todo y lo solucionabas todo. Porque tu voz tenía esa magia.
Lo que pasa doña Blanca es que para usted fueron muchos años. Para mí solo 26 y cada uno tiene la cuenta de cuánto le tocó estar contigo. A mí 26 me parecen muy pocos, pero gracias, abuelita, porque si no fuera por vos, todavía no me pondría zapatos. Yo sé que soy egoísta contando lo que a mí se me ocurre, pero yo les digo a todos que cierren los ojos y la abracen. Sientan que no se ha ido y que, mientras la recordemos, no se irá nunca más.
Yo quiero que sepas, doña Blanca, que esto duele mucho, pero que debes ir tranquila. Que en este lugar hiciste lo mejor, que todos tenemos nuestros mejores recuerdos y que ahora es tiempo, solamente, de que cierres los ojos y descanses. Tranquila. De ti solo tenemos el cariño y, supongo, que ahora un ángel más. Tienes la tarea de halarnos las orejas desde arriba y de cuidarnos, por supuesto. Supongo que de ese lado ya te recibieron con los brazos abiertos. Que Dios ya estaba cansado sin ti allá. Solo quiero decirte, para terminar, La bendición abuelita. Entonces estarás diciendo: Dios te bendiga.
Mónica