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La Ficción Sin Comentarios

En resumen: mi memoria te carga día y noche. Mi memoria te inventa, desde entonces.

Olvido

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Se estaba olvidando de todo. De llamar a los que antes llamaba todos los días. De escribir a los que tenía que escribirle todos los días. De a poco se fue olvidando de los nombres. Solo dejó dos o tres o cuatro, de los más importantes, de los imposibles. Será decir que de los inolvidables, pero eso también es relativo. Se olvidó de los números de teléfono, de algunos amigos. Se olvidó de muchas palabras, tantas palabras, que a veces tuvo que dejar de pronunciar oraciones completas, porque no las encontró para seguir hablando. Luego, incluso, se olvidó de algunas letras y tuvo que decir palabras incompletas y eso le generó problemas de sentido. De dobles sentidos, más bien. Se gastó más maniobras con las manos, para hacer saber que con “perr” quería decir “perro y no “perra”. Se le olvidaron las vocales y se le olvidaron cosas tan simples como coger el lápiz para escribir cualquier mamarracho de poema sobre la hoja vacía. Se estaba olvidando de todo. Un día cualquiera se olvidó de su segundo apellido. No del nombre ni del que le sigue. Solo el de la mitad. Se le olvidaron las rutinas: desayunar a las ocho, almorzar a las doce, comer a las seis, media mañana a las diez, media tarde a las treinta menos cuatro. Tanto se le olvidó que empezó a bañarse cuando ya estaba oscuro y a comer por la noche, cuando ella nunca, nunca jamás en la vida, probaba algo después de las ocho.

Fue desde ese día que todo empezó a quedarse en blanco. Ese día que blasfemó a siniestra y diestra y dijo que lo quería olvidar, que no quería volver a tenerlo en su memoria, ni en el rojo ese, ni en la planta de los pies. Y entonces le tiró el teléfono y le dijo que la batalla estaba perdida, que la guerra estaba perdida, que todo estaba perdido. Que ya no valía suplicar de rodillas, ni ninguna carta de amor. Ni siquiera si la escribía el propio Neruda. Que al diablo se fueran todas las mañesadas del amor. Que era el punto final y punto. Desde ese día, que le echó la maldición del olvido, el olvido empezó a hacer de las suyas y se fue llevando todo. Hasta el amor. Y el amor, que no es egoísta, hasta se la llevó a ella. De a poco se fue olvidando de todo. Lo primero fue el nombre de él. Después su apellido. El de la mitad.

Cortito

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Muchos años le echó la culpa a Eduardo de ser egoísta. Dio la vida por una causa, sin pensar en la pequeña esa que no llegaba ni a los dos. Y después de muchos años, y de escuchar unas palabras de alguien importante, entiende que no es que él quisiera más la política que a ella misma. Es que había, tras la muerte, una lección: a veces vale la pena morir por lo que uno cree. Vale la pena morir por los sueños, por la vida, por la felicidad. Eduardo murió en su causa, porque estaba seguro de que valía la pena soñar con un mundo más igual. Aunque la política sea tan mal paga, que su muerte solo sea una más entre una pila de muertos.

Yo tengo un muerto, sí. También un héroe. Y una musa a quien inventar.

Nombres

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Suele quitarle el primer apellido a los escritores y a las personas. García Márquez es Márquez, Vargas Llosa, Llosa, y González Aponte (la amiga), Aponte. Ha llegado a reducir a Héctor Abad Faciolince a Faciolince. Y esboza esa sonrisa de que esos códigos los entiende ella sola. Todo depende, por supuesto, de la sonoridad del apellido. Sonoridad para su gusto. No se puede hacer esa gracia con todo el mundo. Seguramente el segundo apellido de Cortázar no gozaba de semejante sonoridad. Tampoco se le puede decir a cualquiera. Es como si se necesitara sentido de humor.

Los nombres tienen esa característica de parecerse a las personas, de hacerlas únicas en el mundo. De que uno no tenga que estar diciendo que ese señor peliblanco que escribió Cien años de soledad. Lo que sí ha creído tantas veces es que los escritores nacen con nombre de escritor. Y que si los papás supieran desde antes, como si tuvieran un oráculo, que su hijo tendrá la intención de ser escritor, pensaban bien antes en el nombre de ese sujeto indefenso. Entonces queda todo en manos del destino. Y, si todo falla, de los seudónimos. Por ahí una vez leí, y aquí termino este escrito vacuo, que Gonzalo Arango escribió lo siguiente sobre Jaime Jaramillo Escobar: “Su seudónimo de placa de carro se debe a su desprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta. Eso fue lo que me dijo. Pero yo creo que la causa de ese seudónimo es por otra razón: es para ocultar su verdadero nombre de cacharrero antioqueño: don Jaime Jaramillo Escobar. Con razón. Yo pregunto: ¿ustedes leerían a Shakespeare si se llamara Misael Vélez? Yo, ni de vaina”.

En fin. A veces, solo a veces, se llama Camila. ¿Y si algún día quisiera llamarse Mónica y ya? Es que frente al espejo se mira y se pregunta por el nombre. Tan raro eso de que esa cara responda a esas seis letras. Fue culpa de su papá.

Invento de papá

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Confiesa su incapacidad para sentarse y quedarse sin hacer nada durante dos minutos. Puede tener las manos quietas, los pies quietos, la vida quieta, pero no puede, le es imposible, dejar la mente quieta. Entonces se devuelve en el tiempo y se inventa un papá. Si el papá estuviera ella sería de izquierda, está segura. Y quizá no la hubiesen bautizado, ni habría hecho la primera comunión ni siquiera por los regalos. Hay una gran posibilidad para eso. Quizá ella también fuera atea, a la manera de él. Y sabría pararse a hablar en público moviendo la mano. Tal vez se hubiera aprendido la internacional. Todo es posible. Se inventa un papá para no tener que explicar que lo mataron y ella no se acuerda ni siquiera del color pelo. Dicen, las malas lenguas, que ella se parece a él, pero a ella no le parece tanto, cuando compara las fotos. Aparece en la cabeza de nuevo. Dicen, también por ahí, que para hacer un bebé se necesitan dos, sin embargo, ella no está tan segura. Cuando el papá es un invento diario, que se escribe casi por segundo, que se dibuja casi por milésimas, que no está como hombre tangible que se pueda tocar, tal vez, no existe y, si no se conoció, tal vez no existió nunca. Y entonces a ella le dan ganas de llorar. Tuvo que existir, piensa. Como tuvieron que existir todos los papás de todos los niños que se han quedado huérfanos con eso de la guerra. Lo que no ha podido comprender y, quizá, no va a comprender nunca, es cómo se puede querer, con tanto amor, a un muerto.

A oscuras

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A oscuras todo es menos entretenido y eso que no tengo cama con patas, para mirar si por debajo se esconden monstruos. Ni ellos pueden acompañarme cuando se va la energía y no quedamos más que yo y la cama a oscuras. Todos estos cuerpos sin luz propia, incapaces de autoiluminarse entre tanto negro y, sobre todo, entre tanto miedo. Pocos saben, pero aprendí a tenerle miedo a la oscuridad desde esa tarde en que la muerte se lo llevo y no pude dormir sola esa noche y muchas de las siguientes. Y eso que la oscuridad es perfecta para maridar con la tristeza y que tiene la virtud de que todos se quedan callados: el silencio es maravilloso cuando no hay luz, tanto que uno puede silenciarse así mismo. En fin. No hay nadie aquí. Ni la luna, que debe estar en mengüante o en creciente o que se yo. Escondida, al fin y al cabo. Voy a hacer de cuenta que no he dicho nada y que el punto que sigue es tan negro como todo lo demás.

Mediodía

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Todo el mundo se fue. Queda ella y los señores de al lado. Dos viejitos ensimismados, que ya acabaron sus energías en los veranos de hace más de quince años. Ella los mira. Se acuerda de la viejita de la que su mamá habla tantas veces. Siempre que le preguntaba que qué hacía en la ventana, la viejita le decía que esperando la muerte. Sí, a esa edad y a esas arrugas no hay de otra que esperar la parca sentada al lado de uno, estirando la vaina esa para llevárselo con ella. Uno, a esa edad, debe tener ganas de gritarle a la muerte, que por favor, que se lo suplico, que de rodillas y todo, le corte la cabeza y no deje más títeres con cabeza. ‘Oh muerte querida, ¡llévame!, ¡llévame’!, gritos desesperados y uno agarrado a la pata de la muerte para que no se vaya sin uno. Ella mira a los viejitos y piensa en la muerte. Es que ya deberían morirse, pegarse a los pies de la parca esa, suplicarle. Eso piensa ella, que le tiene miedo a la vejez, al alzheimer, a perder con los años la libertad de ir al baño por sí misma, la capacidad de pensar, de montarse a un taxi, de gritar que ella puede, sin que nadie le ayude. Ha pensado tantas veces en la vejez, que prefiere la muerte.  Por supuesto que hay viejos más jóvenes que los mismos jóvenes. Esos tienen derecho a vivir tantos años como les de la gana. Los otros no. Los otros tienen derecho a morir, porque a esas alturas han perdido toda capacidad de reconocerse y de decidir, incluso, si se pueden morir. Ha pensado tantas veces en la vejez, que está por apuntarse al club de suicidas que le proponía el profesor hace tiempo. Sería chistosísimo. Un club de suicidas para viejos que ya se quieren morir. Porque la muerte no puede ser tan indiferente cuando no hay nada más que hacer con el cuerpo, con la cabeza y con el tiempo. Cuando el infierno llega antes de tiempo.

Lecturas de noche

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He estado leyendo a Doris Lessing, pensando que estoy leyendo a Wislawa Szymborska. Todo hasta que Doris hace aparecer su nombre en el texto y me acuerdo que tengo una confusión de nombres. No sé por qué. Quizá tenga ganas de leer a Wislawa. Es la biografía de Lessing y a veces se pone buena y a veces se pone aburrida. Yo miro la página y ya me acerco a la cien, pero me faltan 400. Entonces me dan ganas de abandonarlo, como he repetido tantas veces que tiene uno derecho de abandonar los libros. Y me lo niego y sigo y entonces pasa algo interesante y vuelvo a confundir los nombres y espero que me perdonen algún día, cuando sean fantasmas. Al fin y al cabo nunca se darán cuenta y nunca les importará y por lo menos comparten lo del Nobel. Cuando confundo los nombres pienso en Cien años de Soledad y en Gabriel García Márquez. En ese pedazo en el que se olvidan los nombres de las cosas y hay que ponerles en papel cómo se llaman. Aunque luego se les olvida cómo se usan. A mí, a veces, se me olvidan los nombres de las personas. Creo que es por despistada. En algún momento, y no me importa si ya lo dijo alguien alguna vez, tendré que ponerle papelitos con sus nombres a la gente. Y cuando se me olviden para qué se usan, entonces quizá re-entenderé que la gente se usa para algo. Siempre. Incluso para que lo quieran a uno.

Confesión

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Me había desconectado de esta dirección y, creo, de este nombre. A veces uno no tiene ganas de escribir, ni siquiera cosas tontas. Entonces entraba a mirar los últimos post y a ver que la fecha del último caducía cada día mas. Y era todo. No pasaba la contraseña, ni le daba Añadir entrada nueva. Me iba a dormir sin una palabra. Entonces recordaba esas épocas en que estaba pequeña y escribía poemas de los que ahora me río. Una de las frases que más repetía, que me gustaba tanto, era que el silencio era más elocuente que las palabras. Y no era que quisiera ser elocuente, sino que las palabras estaban silenciosas y ajenas. Nunca le han dado la talla al silencio, pero pocas veces han estado tan calladas. A veces creo que es culpa de la tristeza. Yo he confesado mi amor incondicional a la tristeza, no a esa dolorosa y deprimente, sino a esa tristeza que uno elige, en la que deja que el corazón se abra y se sienta ese dolor de la soledad, de la incapacidad de entender el mundo, del negro de la muerte. Esa tristeza que lo deja a uno escribir y ser nostálgico y que no hace daño, sino que es deliciosa. Creo que por estos días la traicioné a diario. Y no es que se haya venido la felicidad absoluta, que también es pasajera, sino que la abandoné como cuando uno se traiciona así mismo. Yo creo que Camila se inventa con la tristeza y que de otra forma no puede ser posible. No sé si la tristeza volverá todos los días, por supuesto, aunque quiera dejarla entrar, pero entonces, como cuando la vida lo pone a elegir y uno quiere decir adiós, diré que tendré que escribir de otras cosas y de otras formas. Y que Camila tendrá que sobrevivir así. Yo, por supuesto, nunca dejaré de ser nostálgica. Es que las palabras azules suenan más bellas, más poéticas, como quizá le suena la luna a un amigo con D, aunque a mí, realmente, me suene a cliché.

No voy a ser (no hacer) una promesa de principio de año. Sólo quiero decirme a mí misma, y por ahí derecho a cualquiera de ustedes, que volveré a escribir de cualquier cosa, gústeme o no, gústeles o no. Y que, hasta que no cambie el cabezote del blog, omitiré mirarlo y quedarme sólo y exclusivamente en las palabras.

También he de confesarles, que los he extrañado un poco o mucho, que es lo mismo, dependiendo de cómo se lea el poco. No importa, valga la repetición, que no seamos muchos.

En fin.

Nada

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Se encuentra justo en el lugar en el que nunca hubiera buscado. Ahí estuvo. Sola. La soledad es la única manera en que la vida se pone de frente y se puede dibujar sobre ella. Todo estuvo callado esa noche. Hasta ella. Todo estuvo oscuro esa noche. Hasta ella. No encontró los colores. No pensó. Ese lugar tenía una esquina imposible.

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