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Esta soledad
tan atravesada a veces,
tan querida siempre,
tan punto y coma, tantas veces.

Estas siete letras
tan acompañadoras,
tan extrañas,
tan letras.

Soledad es igual a mí, y a muchos al tiempo,
si fue que aprendí matemáticas:
porque estar conmigo
es estar sola con las siete letras
y con un montón de gnomitos,
chiquititos,
que están adentro.

Soledad es igual a Camila.

Sonreír, Camila

Esta cabeza que se empeña en acordarse de cosas de las que no se debe acordar porque ya pasaron, ya se acabaron, ya se quedaron atrás. No van a volver, Camila, me digo a veces. No hay que preocuparse de lo que no hay que preocuparse, Camila. Solo que hasta la vida te dice que no te acuerdes, pero la vida misma te acuerda. Pasas por un lugar, lees esa palabra cuatro veces en distintos lugares en la misma media hora, suena una canción, te encuentras la vaca en la que alguien te dijo algo que te hace recordar eso mismo. No debes, no quieres, pero no puedes. Te persigue, como cuando hay una canción que no te sabes, que no quieres cantar, pero está en tu cabeza, tratándose de cantar a ella misma. Queda sonreír, Camila. A veces la vida real no es real. A veces toca inventarse el mundo y seguir.

Zapatos viejos

Foto de Hernán Franco

Alguien perdió los zapatos.

Afuera hay una señora de pelo blanco que trata de alimentar los pájaros del jardín, pero no puede, no la deja el viento. Ella tampoco sabe quién se llevó los zapatos, y aunque supiera no podría decir nada. Es la única que habla inglés en este pueblo.

El zapatero no quiso ofrecerse para regalar unos nuevos. Es que se ponen a jugar y se olvidan de los pies, dijo, y siguió trabajando en unos zapatos negros, muy parecidos a los que se perdieron.

Pocos se preocuparon por la pérdida. Es que si se hubiera perdido una cabeza, de pronto hubieran hecho un plan de búsqueda, pero solo fueron unos zapatos, y por más que se pierdan unos de esos, siempre se puede seguir caminando. Siempre quedan los pies. Los zapatos tampoco son indispensables, se dice que dijo alguien.

Nadie supo, sin embargo, que el dueño de los zapatos también perdió el corazón. Los zapatos negros que ya tenían la suela gastada se los regaló el papá en el último cumpleaños antes de la bala. La vida, no obstante, siguió en el pueblo, como suele seguir incluso cuando se muere alguien.

Los zapatos los encontró alguien años después en una foto. Estaban colgados de un alambre de luz. Al lado de la imagen, dos palabras y un punto: zapatos viejos.

Mi fantasma

A veces te mira un gato.
Tiene los ojos azules
y te mira, sin inocencia.
No parpadea.
Te persigue.

A veces llega la soledad,
casi siempre, aunque no parezca,
cuando no tienes ganas de hablar,
pero el señor está ahí,
en la misma silla,
sin moverse.
Sin parpadear.
El señor es como un gato,
que te mira,
que tiene los ojos azules,
que te persigue.

 

A veces, cuando uno no es,
aparece un gato.

Tal vez para hacer silencio.

Siempre para la soledad.

Egoístas en la política

—A propósito de las elecciones—

Hace mucho tiempo quise interesarme por la política, a la manera de él, Eduardo. Estaba muy pequeña y no entendía muchas cosas, que tal vez no entienda todavía, pero pensaba, quizá, que tenía eso que tenía él, incluso, la posibilidad de arriesgar mi vida por una causa social. No me duró mucho. De pronto en eso no somos tan parecidos, o sí. Una vez, ella me dijo algo, que no sé si lo recuerdo exacto o me lo inventé, como me he inventado tantas cosas que no recuerdo: que con un muerto en la familia era suficiente. Entonces me dejé de interesar en la política, a la manera de Eduardo, e incluso de la mía. Porque ese muerto suficiente en la familia me hizo pensar, y en eso es en lo que somos diferentes, de pronto, es que en este país hacer política no vale la pena. Por lo menos no vale arriesgar la vida por una causa social, cuando la sociedad no está interesada en ella misma.

Nuestros políticos son egoístas. Su bien común les dura hasta cuando ganan las elecciones. No serán todos, por supuesto, pero la cotidianidad misma nos ha demostrado que son muchos. La mayoría, es probable. Después de que están allá les interesa sus intereses personales, valga la redundancia. Cómo ese dinero común se convierte en particular o se reparte entre unos pocos. Todavía no puedo creer lo que me dijo alguien. Hay una carretera, que pasa por una zona campesina, que ha sido pavimentada tres veces. En el papel, porque cuando la chiva pasa no se siente: la chiva debe esquivar las piedras y casi voltearse. Algunos dirán que llega hasta donde tiene que llegar, pero esa gente que vive por donde pasa la carretera tiene derecho a llegar a su casa sin dolor de espalda. Este es el siglo XXI, ¿o no?

Que una carretera haya sido pavimentada tres veces en el papel, si es verdad el rumor, significa que la plata ha sido robada tres veces, y en esa frase está la definición del egoísmo: cuántos tienen que sufrir con la carretera destapada y cuántos se quedaron con la plata. También, en esa frase, está la definición de desigualdad. Porque lo que les interesa es el voto, pero nomás. No hay que buscar muchos ejemplos, basta leer las noticias —y no todas—.

Si nuestros políticos fueran serios tendrían campañas políticas serias. No es posible que los argumentos se escondan detrás de parodias, de desnudos, de ponerle un brassier a una escultura. Dónde están las propuestas. Dónde las ideas que nos convenzan de ir a votar, y no a botar, por alguien que realmente está pensando en la causa común, y no en la causa personal.

Solo que la culpa es nuestra, más que la de ellos. Es que ser congresista tiene sus privilegios y cualquiera quisiera, como dirían las abuelas, esa coloca tan buena: basta mirar el sueldo. ¿Qué colombiano se gana eso o, cuántos se ganan lo que se gana un congresista?

Digo que la culpa es nuestra, sobre todo, porque también somos egoístas. Nos interesa votar por el que nos promete un puesto y, ¿por qué no prometer hacerlo si es asegurar un trabajo por cuatro años? Nos interesa votar por el que nos hace promesas personales y no por el que nos promete pensar en conjunto. ¿Acaso si no se robaran tanta plata, la inversión no sería mayor y, por tanto, el beneficio sería común?

A mí me hubiera gustado ser como Eduardo, que creía en la política, que era capaz de dar la vida por una causa social. Que dio la vida por una causa social. Por eso tampoco creo en la política: porque cuando alguien está diciendo lo que conviene a todos, pero no a unos pocos, entonces se le desaparece. Tan sencillo como si no hubiera una niña pequeña con ganas de tener un papá que le diera un abrazo el día del grado.

Quizá yo no soy como Eduardo, sino parte del problema: también soy egoísta. Prefiero dejar que todos los demás hagan y voten sin mirar si ese al que le están sumando un voto, realmente está en la política, por los demás. También soy egoísta porque prefiero quedarme a un lado, ejercer mi derecho al voto en silencio y no protestar por aquellos que votan mal.

Decir es muy fácil, alegar por Twitter es muy fácil, rayar un tarjetón es muy fácil, reírse con un campaña política estúpida es muy fácil. Pensar en el interés común, quién sabe.

Soy egoísta porque soy miedosa.

La señora de las hojuelas

Esa señora iba todos los días a la escuela. La recuerdo, como si mi memoria fuera una cámara de fotos. Está con su olla gris. Tiene una falda de cuadros y una camisa clara, de fondo entero. Tiene gafas y pelo blanco, por las canas, aunque hay unos cuantos pelos negros. En esa edad es al revés: el milagro es encontrar a los negros, y cuando se encuentra uno, la felicidad es exacta a la inercia. No como cuando salen las canas, que parece caerse el mundo, con pelo de color y todo, aunque la cana siga ahí, pegada.

Esa señora usaba zapatos bajitos, de viejita, diría yo en esa época, y ahora también. Yo tendría ocho. También seis y nueve, quizá, un poco más redondeado. Era  más vieja que mi abuelita, que entonces no era tan vieja, que entonces no estaba muerta.

La señora iba a la hora del recreo largo, el de las diez. En la olla llevaba hojuelas, que era lo que yo veía que llevaba. Al lado llevaba pasteles, o quizá eran papas con guiso. No sé, esos no los veía yo, porque los odiaba desde el olor. Porque no me gustan, en tiempo presente.

Recuerdo a la señora subiendo la falda de la escuela, con esa olla. Todos los días, a la misma hora.

La recuerdo porque me gustaban las hojuelas, porque yo miraba las hojuelas a ver si eran tan buenas y tan bonitas como las que yo hacía los domingos. A ella, quizá, le inflaban más que las mías.

Nunca le hablé a la señora, ni siquiera para que me dijera por qué a ella le inflaban más la hojuelas que a mí. Quizá para pagarle por alguna, pero nada más. Ni siquiera, de verdad, para preguntarle su nombre. Cuando uno tiene siete o seis o nueve, quizá los nombres no son tan importantes, aunque uno sea más preguntón. Cuando uno tiene 27, tal vez, solo para recordar.

Recuerdo a la señora de pelo blanco cuando hago hojuelas, siempre.

Esa señora era más vieja que mi abuela, creo, y mi abuela ya se murió. Quizá, también, la señora de las hojuelas también se fue. Me queda la foto de mi memoria, que puede fallar en colores.

–..-..-.

Así, por conversar: a qué ustedes también tienen una señora de las hojuelas, a su medida, que guardan en una foto que puede fallar en colores. ¿O no? ¿Cómo es la suya? Porque esta historia puede continuar…

 

Repeticiones

No conocía a la señora. No sé si era alta, de pelo rojizo o delgada. No tengo idea si usaba tenis o zapatos altos. Sé que su nombre empezaba por F y que la mataron un día. Antes de ella ya le habían matado al esposo y al hijo. No sé quién era la señora, tampoco. Ni si pensaba en vengarse de los que mataron a su esposo y a su hijo o, si, en cambio, pensaba que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. No sé si era, en nuestra idea maniquea, buena o mala. No tengo idea. Sé, en cambio, que le tocó dejar de vivir en su casa e irse a vivir a una ciudad, que no era suya. Que la mataron por andar diciendo lo que debía decir, según ella, pero no debía decir, según los otros. Sé, también, que a su otro hijo lo mataron hace poco, unos años después que a ella. No sé si era alto, de pelo rojizo o delgado. No tengo idea si usaba tenis o zapatos. No sé en qué letra empezaba su nombre. Solo sé, que lo mataron un día. Antes ya habían matado a su mamá, a su hermano, a su papá.  Sé, por inferencias básicas, que los dos apellidos, el del esposo y la esposa, que algún día se juntaron para una familia, ya no están juntos, porque ya no hay familia.

No conocí al señor. Sé que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Lo olvidé. Sé que se cambiaba de ropa dos veces al día. Tres, incluso. Sé su nombre, empieza por E.  Sé que lo mataron un día, hace mucho, cuando ella no tenía ni dos. Sé quién era el señor. Sé que ella cree que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que lo mataron un día y que se fue sin que ella viera que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Sé que eso lo sabe porque alguien se lo contó. Sé que quedaron ella y ella, la mamá y la hija, y hacen una familia de dos, aunque falte uno para el tres inicial. Falta el de la E.

No conozco a muchos señores y señoras. Ni sé si eran altas, de pelo negro, de pronto delgados. No sé si usaban ropa de marca o no tenían suficiente dinero para estrenar el 31 de diciembre. No sé cómo empiezan sus nombres, ni si alguien supo su nombre alguna vez o se los dijo antes. No sé si antes ya les habían matado a alguien o si los habían sacado de su casa. Solo sé que muchos se han ido un día, por la guerra. Sé, también, que muchos se han ido porque otros creyeron que la venganza no genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que muchos  se han muerto y no sabían por qué.

La diferencia está en el saber o no. En el sentir o no. En el mirar o no. En la cercanía o no. En la indiferencia o no. En si es el desconocido o no. En si es mi papá o no.

Entonces tengo la sensación de que las historias se repiten.

Azar

En una revista dice que, cuando esté sola, para estar concentrada, piense una pregunta. Luego, elija tres de las fichas, al azar. Cada ficha tiene una figura. Después, que lea lo que dice el texto para cada figura. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”. “Es la indicación de que hay que retornar a las acciones simples y sencillas”.

No creo en las brujas ni en los horóscopos. Solo que a veces pienso, en contradicción, en el dicho ese de que las hay las hay. De pronto, el que escribió el horóscopo, pienso para reiterar, no fue el periodista que se lo inventó, porque no llegó el mail de la señora encargada. Pienso, entonces, que cuando uno tiene una pregunta de esas que uno suele preguntarle a esas cosas del azar, que hay respuestas que uno sabe, de antemano, y solo se le acomodan, por la necesidad.

Porque las preguntas son muy fáciles. En las respuestas, el diccionario deja de existir.

Se queda uno con la frase, pero no con la acción. No es capaz. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”.

Carta al hombre que mató a mi papá

Señor desconocido:

Supongo que incluso uno tendrá que decir presunto desconocido, para no herir susceptibilidades judiciales. Porque si uno no lo conoce, tampoco puede asumir que usted fue el del tiro de gracia. O de muerte, porque eso fue lo que pasó. Aunque ahora que lo pienso, eso es solo un pedacito de lo mucho que pasó después y que ha pasado durante, qué le dijera, estos 24 años y unos meses menos.

Pensé en escribirle porque se me ocurrió contarle cosas. No porque me duela ya, porque supongo que uno se acostumbra a que todos digan que tienen papá y uno no. Incluso se acostumbra a omitirle el papá al resto del mundo, en automático. Esas cosas a uno se le olvidan, después de tantos años de haber aprendido la palabra papá y solo haberla usado unos seis meses, si acaso. Después de ese día, le cuento, la he pronunciado poco. Me contaron que una vez, muy cerca del momento aquel, todavía sin medir ni un metro, perseguí a un señor que se me pareció a él. Me fui media cuadra diciéndole, “¡papá!” “¡papá!” “¡papá!”. Corrí inoficiosamente, detrás de un hombre que no era nadie.  ¡Imagínese a esa pies corticos corriendo tras la muerte! Ja! Disculpe si estoy acomodando las cosas. Le recuerdo que usted me dejó sin recuerdos y lo que yo he hecho desde ese día hasta hoy es inventar a un hombre de pelo negro.

He pensado tantas cosas durante todo este tiempo. No podría decirle que todos los años, porque tengo parte de mi memoria perdida en los primeros. He aprendido a decir Eduardo sin llorar y a contar su historia sin una lágrima. Hasta he aprendido, para qué se lo voy a negar, a sentirme importante: soy diferente. A mi papá lo mataron un sábado, por la tarde, en plena plaza, porque pensaba distinto. He llegado a usar la palabra “estorbar”. Porque hacía las cosas bien y les “estorbaba” a los políticos de turno. Entonces inflo mi pecho: ¡es que era un héroe! Qué voy a saber yo, si no tenía capacidad de raciocinio en esa época, pese a que puedo decir lo que quiera: es mi historia, acomodada a mis necesidades intelectuales de hacer que al otro le duela ahí en la mitad.

También a pensar en usted sin que me duela un céntimo, sin que lo odie un céntimo, aunque me gustaría muchas veces encontrármelo de frente, para que me cuente por qué disparó y quién lo mandó a disparar. No es que tenga aspiraciones resurreccionales, sino que soy curiosa. Extrañamente curiosa. No piense que a estas alturas soy tan estúpida para pensar en la cárcel. Prefiero creer en la justicia divina o qué sé yo. Me he soñado muchas veces su cara de felicidad. Pensar que el disparo ya está en la frente, que el hombre está casi muerto, que usted tendrá la plata que le dieron para disparar y que podrá llevar la comida de esa noche sin falta. Lo he imaginado contándole a sus hijos: los acompaña a acostarse, les cuenta un cuento, que es su cuento, pero que parece un cuento de otro: ese señor mató a un hombre esa tarde. Un tiro en la cabeza, que no pudo detener con la mano. El hombre cayó inconsciente y no se acordó más de su hija de un año y medio, ni de su esposa, casi recién casada que andaba pintando la casa y esperando a su marido con el plato de comida que más le gustaba. Sonríe, mientras sus hijos se quedan dormidos, con el héroe en casa. Un hombre menos, deberá decir. Qué importa. Los muertos duelen cuando no son de uno. Imagino que les da un beso en la cabeza. Algún día entenderán que matar a alguien por un plato de comida, no es sino un pedacito de pecado. Unas por otras, pensará. Aunque el dolor alimente al otro todos los días, durante todos los años, durante toda la puta vida. Sí. Me lo imagino pobre (y no necesito pensar en dinero). Pobrísimo, a decir verdad. No podría esperar otra cosa de alguien. Disparar requiere falta de inteligencia. Y de corazón.

¿Quiere que le cuente algo? Mis miedos empezaron el dos de julio de mil novecientos ochenta y ocho. Desde entonces y hasta cuando entré al colegio no supe que era dormir sola. Todavía me da miedo, a veces. Si estoy sola, no soy capaz de mantenerme en la oscuridad total, que tanto me gusta. A veces soy tímida, no se imagina, y algo callada con la gente desconocida. Eso que a veces, también, hablo hasta por los codos.  Todo depende. No es que no quiera ser como soy, pero siempre tendré la duda de cómo sería si él hubiera estado. Porque no es lo mismo tener una mamá que hace de papá y mamá perfectamente bien, que tener un papá y una mamá que hacen de papá y mamá cada uno. Si es que mi papá soñaba que leyera a los tres años. ¿Se imagina? Tal vez hubiera podido devorarme su biblioteca, llena de Marx y de Hegel y de qué se yo, cuando tuviera doce. Tal vez hubiera podido ser capaz de leer La Metamorfosis de Kafka a los trece y no a los dieciocho. ¿Sabe qué me alegra? Que usted si hubiera podido ver crecer a sus hijos. Porque yo no creo que se haya muerto todavía. No. Por lo menos uno de los dos pudo ver cuando se pasó de talla 22 a 34 en zapatos. A mí, por ejemplo, me hubiera gustado saber si a estas alturas de la vida movería la mano como mi papá, cuando diera un discurso y si fuese capaz de dar discursos. ¿Pero sabe? A veces no entiendo cómo puedo querer tanto a una persona que no conocí. Porque yo de Eduardo no tengo ni siquiera el olor de su pelo, cuando me montaba en hombros y me señalaba que esa del frente era una vaca y hacía mu.

Muchas veces, muchísimas, la verdad, he culpado a Eduardo. Porque él, en últimas, sabía que una de las posibilidades de la política era morir. Y más en un país de estos, donde la izquierda la reducen, donde no la entienden, donde les parece sinónimo de guerrilla. Cómo si no fuera interesante tener diversas posiciones políticas. Con los años he entendido que vale la pena luchar por lo que uno cree. Es que dar la vida por una causa es lo suficientemente importante como escribir cartas por la necesidad que uno solo entiende de escribirlas.  Entonces he entendido que él no tiene la culpa de la muerte. Tampoco la tiene la muerte. La verdad, la culpa es suya, que disparó. Y la culpa es del señor aquel que lo mandó a que disparara y que le pagó. Es que usted tiene solo un pedacito de culpa: porque supongo que es su trabajo.

En fin, señor desconocido. Tampoco todo ha sido tan malo. La guerra es así. Unos se tienen que morir. Mi amigo Mauro escribió esto, y yo le creo, lo saco de contexto y lo uso a mi necesidad: “Es lo trágico, en suma, lo que nos limita, lo que nos muestra nuestra profunda impotencia frente al azar y frente a lo que es necesario, tiranamente necesario”. He aprendido a escribir de la muerte con una fascinación por la tristeza, para que cuando alguien lea se retuerza de tristeza, de una manera que crea necesario seguir leyendo y seguir doliendo. Me gusta la tristeza. La tristeza que se escribe, por supuesto. Nomás. He aprendido a escribir de Eduardo con una facilidad increíble. Es una musa, a decir verdad. He aprendido a no sentirme tan víctima, porque hay víctimas que son más víctimas, que han sufrido más. He aprendido a abrazar a los muertos y a sentarlos al lado del carro, para que no se aparezca otro como usted.

Yo, en general, en resumidas cuentas, he tenido una vida tranquila. Una vida para escribir, también, pese a que no soy escritora. Tengo que agradecerle que me haga todos los días ejercitar mi capacidad de imaginación: inventar a un Eduardo que hizo esto, que hizo aquello, que también se equivocó, que sonrió, que me habló, que tenía una voz gruesa y guardaba algo del acento opita. De todas maneras, aunque sea más difícil, uno puede vivir con padres inventados y, sin embargo, seguir siendo persona. Lo que me queda duda es al contrario: si uno puede matar a alguien, seguir siendo papá y seguir siendo persona.

No sé que pensará usted. Uno no puede devolver el tiempo y, finalmente, hay que aceptar el azar. De todas maneras, salvo por cosas como las que hizo usted, uno puede escribirse de la manera que más le guste.

Yo no le tengo rencor. Eso sería un acto lastimero y de misericordia que no se merece. La muerte, señor desconocido, nos va a llevar a todos y uno, quiera o no, tendrá que vérselas con ella. De frente, de negro, no a hurtadillas. Allá usted si quiere contarle el mismo cuento que le ha contado a sus hijos durante todos estos años. Usted es un héroe, dirán ellos.  Y tendrán razón. ¿Acaso no desapareció a un estorbo? ¿Acaso no desapareció a un papá?

Tal vez pensará que estoy loca. Tiene razón. Me faltan dos tornillos y estoy absolutamente orgullosa de ello. Si no, los buscaría. ¿No esperaba que escribiera una carta con mis mejores palabras, verdad? Ni que guardara mis mejores ironías. A estas alturas, después de tantos años, me puedo dar el lujo de decir cualquier cosa sin que me duela tanto. Sin que me duela, incluso. Hace mucho tiempo entendí que cargo un muerto a cuestas y eso se carga toda la vida. Tampoco molesta. Ya le dije, es una musa. Lo que pasa es que es más fácil escribirle a usted con algo de rabia, que con algo de amor. Eso sí, no es venganza. Estoy absolutamente convencida de que la venganza produce más guerra y más dolor, en un círculo vicioso demasiado extravagante. Las palabras evitan todo eso: solo duelen, pero no entierran. Es que a mí me gusta escribir precisamente por eso: por la posibilidad que tengo de decir lo que me de la gana. A mis anchas, a mis dolores y a mis olvidos. También a mis muertos.

M.