Hormigas

Día uno

Galletas

Ilustración Catalina D’Amato

Las hormigas vinieron por él esa noche y no se volvió a saber nada, ni siquiera una migaja, hasta el último día del año cuando Violeta vio encima del tarro de galletas una carta pequeñita. Ella había leído en un blog un caso similar de un señor, de nombre Tom, que recibió una carta de las hormigas de su casa, pero a Violeta no se le pasó por la cabeza que ella pudiera recibir una carta con su mismísima letra. ‘Señorita Violeta’, decía, y ella pensó que sus hormigas eran más educadas que las de Tom, que ni siquiera pusieron Dear –la carta de él fue en inglés–, sino que le dejaron el nombre en solitario, Tom. “La presente es para comunicarle que el sujeto que anda buscando desde la noche del 25 lo hemos traído a nuestra casa y será convertido en hormiga, por las múltiples injusticias que usted ha cometido con nosotras”. Violeta soltó una sonrisita, ¿injusticias? No creía lo que estaba leyendo, y luego, todavía incrédula, leyó lo que seguía: “El juicio es a las 18 horas del 25. No llegue tarde. Es en su cocina”. A Violeta se le abrieron los ojos.
Al parecer las hormigas no saben de meses ni de fechas especiales. ¿Cuál 25? ¿A quién se le ocurre dejar una carta con semejante noticia la víspera de Año Nuevo? A Violeta las hormigas le parecieron desconsideradas, no pensar en los siete días seguidos que lloró desde esa noche del 25 de enero. Hasta se estaba acostumbrando a su ausencia, como suele pasar, después de casi un año de ausencia. Seguro las hormigas no siguen el calendario gregoriano, alcanzó a explicarse, pero no se le ocurrió cómo hacer para preguntarles más detalles, porque por la carta no parecían ni muy contentas ni muy queridas. Violeta seguía sin entender, no se acordó de ninguna injusticia, de ningún comportamiento extraño, salvo los comportamientos que la mayoría de la gente tiene con las hormigas, evitarlas a cualquier precio y veneno.
El recuerdo le arrugó el día. La verdad es que había decidido no pensarlo más, creer que nunca se habían conocido, y el remordimiento fue peor. Se conocieron desde ese 25 de julio de 1986 cuando Violeta nació. Llegó empacado, dijo su mamá después, en un papel de regalo azul con pepitas amarillas y un moño. En la caja no había nombre y por eso ella lo bautizó como lo bautizó. Habían sido, hasta ese 25 que las hormigas se lo llevaron, ahora por fin sabía que las hormigas se lo habían llevado –antes de la carta tenía teorías que pasaban por zombies y extraterrestres– los mejores amigos. A los siete años fueron incluso de paseo a la playa y a los 23 ella le tomó una foto frente a la Torre Eiffel en París. A ellas, otra vez desconsideradas, no se les ocurrió dejar una nota, pedir un rescate. Tenían que esperar que fuera el último día del año, cuando las lágrimas están sensibles, que la citaran a juicio.

Día dos
El 31 de ese diciembre fue igual que el 31 de todos los años anteriores. “Nada emocionante. Lo mismo de every single year”, le escribió a una amiga. Ir a la casa de la tía, poner la canción de faltan cinco pa’ las doce, esperar cuatro minutos, leer el salmo 69, repartir abrazos a las doce en punto, al mismo tiempo que comer doce uvas y pedir doce deseos. Siempre lo mismo, aunque en ese Año Nuevo la abuela no estuvo. Fue de las que se quedó en el año anterior.
Violeta tampoco fue la misma. Estaba tan preocupada por la carta de las hormigas que dedicó uno de los deseos de las uvas para él. “Querida uva, que sea un juicio justo”. Era el primer año que estaba ausente.

Día tres
La fiesta de Año Nuevo no le supo igual a Violeta, si bien se olvidó de contar los tragos. El único día del año que toma es ese primero de enero en la madrugada, y recibió más aguardientes que de costumbre –a ella que no le gusta el aguardiente–. “Para olvidar”, brindó varias veces, pero como todo borracho se olvidó de lo duro que es el guayabo, y más el de ese día, que le parecía ver hormigas por todas partes. Estaba obsesionada, y la paranoia empezó a atacarla sin sentido del humor. Le picaban las piernas, y cuando se rascaba le rascaba en otro lugar y luego en otro lugar y en otro, como hormigas perdidas debajo de la piel. La vida le sabía a hormiga.
Cuando fue a la cocina a prepararse otro vaso de agua con sal de frutas fiesta, ese mágico remedio que le recomendó un amigo experto en emborracharse, encontró la segunda carta. “Violeta”, empezaba a secas, sin el señorita de la otra vez, y a ella le sonó a que las cosas iban peor, pero no sabía definir hacia dónde podrían ser peor. ‘Anoche murió una más de nosotras, por su culpa. Si está interesada en saber del sujeto y en un juicio justo, asegúrese de tener su mano y sus pies lejos de nosotras. También al gato. Hasta el 25”.
Parecía que Violeta se acostumbraba a tener la boca abierta. No tenía idea de que en la primera mañana del primer año había habido un entierro en su cocina.

Día veintiséis
La regla fue expresa para el gato. No podía arrimar ni una pata a la cocina, y eso que antes tuvo una revisión exhaustiva de patas, bigotes, boca y pelo. No había rastros de hormigas en ninguna parte de su cuerpo, lo que no cambió la prohibición. La amenaza fue con agua.
Era 25 de enero y Violeta se levantó temprano. Desayunó en la cocina, por si aparecía alguna hormiga para decirle la hora del juicio. Le pareció que era el 25 más cerca que había de la primera carta y como no había visto a ninguna hormiga desde entonces, mejor estar lista, por si las moscas.
Se puso su vestido más bello. Había estado leyendo sobre juicios y las recomendaciones incluían peinarse y estar formal. Llevaba una semana sin pasarse el cepillo, así que se desenredó y estuvo lista para las siete de la mañana. No hubo ninguna señal a esa hora ni en las próximas doce en las que Violeta se asomó cada quince minutos a la cocina. Allá almorzó, hizo galletas y se tomó un té a las nueve. Hasta las once que se dio cuenta que había perdido el día no hubo asomo de alguna carta.

Día veintisiete
Por supuesto no se levantó temprano. Había soñado con hormigas toda la noche. Se imaginó que lo habían convertido en hormiga, que ella no había podido defenderlo en el juicio, que se habían apoderado del gato y de la casa, que la habían echado sin tener tiempo de hacer maletas. Hacía mucho calor. La sensación de las piernas, de tener hormigas debajo de la piel, no se había ido. Intentó hacer memoria y no se acordó. Seguía sintiéndose inocente.

El gato también estaba exhausto.

Violeta bajó a la cocina y encima de la tostada había una hormiga y otra carta. “Violeta –otra vez sin nada más–. Todavía no ha llegado el 25, pero fue bueno ver su preocupación. Espere noticias. Hasta entonces”. Había una posdata: “Está bien”.

Le dieron ganas de destripar a esa pequeña de antenas, pero se abstuvo, no fuera que lo convirtieran.

Día cincuenta
Soñó con él por primera vez desde la retención. Se acordó de las noches en que le ponía el saco azul del oso que le regaló una hermana de la abuela, que a ella le pareció tenía la cara torcida. De azul se veía más elegante y podían jugar a que iban de fiesta de gala cuando ella se ponía los tacones de su mamá. Fue un sueño que la despertó de la tristeza.
No tuvo noticias de las hormigas y la buena noticia era que no había vuelto a verlas en casa. Parecían erradicadas. Violeta había vuelto a su vida cotidiana y quitó el letrero de prohibido el gato en la cocina.
Lo único raro fue la vez que visitó a su mamá, en la casa de su niñez, que no era la misma desde entonces. Cuando las hormigas de esa casa la vieron llegar se desaparecieron, espantadas. La abuela, que tiene alzheimer, en un momento de lucidez, le dijo, ‘todavía te tienen miedo’, pero la lucidez no alcanzó para explicar la frase siguiente. Violeta, que no tiene alzheimer, no se acordó de ningún evento por el que las hormigas pudieran tenerle miedo todavía.

Día ochenta y siete
Violeta de las hormigas, otra vez. Soñó de nuevo con él. Cuando tenía diez años su mamá lo lavó durante el invierno y quedó oliendo feo durante dos semanas. Lo recordaba de vez en cuando, pero prefería no.

Día trescientos sesenta
El gato la despertó, como nunca lo hacía, y cuando pudo enfocar se dio cuenta de que tenía la cola sin pelo. Gritó y corrió a la cocina. La carta estaba encima del comedor. “Es 25. 6:00 p.m., hora hormiguesca”. No decía más. Violeta estaba furiosa. ¡Cómo se les había ocurrido quitarle los pelos al gato! ¡Qué culpa tenía el pobre!

Sin muchas ganas se bañó, se arregló el pelo, se puso el vestido de la otra vez, tomó un libro y bajó a la cocina a esperar.

Las hormigas aparecieron a las 11:06. Estaba la reina y detrás de ella un montón de antenitas que llenaban todo el poyo de la cocina. A Violeta le pareció que debió haber contratado a un abogado, pero era tarde. Sería ella en solitario.
Violeta –dijo la reina con voz chiquitita–. Estamos acá para el juicio anunciado. A él lo trajimos a nuestro hogar –no usó la palabra secuestro ni retención– por las múltiples injusticias cometidas por usted cuando tenía 8 años. ¿Cómo se declara?
Le parecía absurdo. Ni siquiera sabía qué estaba pasando y mientras pensaba trataba de buscarlo, pero no lo habían llevado, aunque si lo habían convertido en hormiga sería muy difícil reconocerlo. Se asustó más cuando pensó que si al gato, que sí podía defenderse, le quitaron los pelos de la cola, qué podrían hacerle a él.
– No sé de qué me habla –fue lo único que se le ocurrió.
– ¡Descarada! –gritó la reina–, dizque no acordarse.
– No, no me acuerdo.
–¿Y el porche? ¿Se acuerda del porche que había en la casa de su mamá? Esas hormigas de allá, que son gallinas, pero nosotras no. Nosotras vamos a vengar tremenda cosa que hizo usted. ¡Ni más faltaba!

Lo que no entendían es que Violeta se había decidido por no recordar muchas cosas de su niñez. Le molestaba esa época de ser una niña de pelo cortado en honguito.

Cuando hubo tanto silencio en la sala, que hasta las antenas se incomodaron, la Reina, exasperada ya, volvió a hablar con su voz chillona.
– Usted mató 6.133 hormigas en el porche de su casa. Estaba pequeña, es cierto, pero cuando uno está pequeño igual sigue siendo uno. Se ponía a esperar a su mamá o a sus amigas y se pegaba a la pared y las iba matando una a una con su dedo. Lo hizo varias veces, como encantada. Luego dejaba las hormigas aplastadas en la pared sin pintar, y ahí se quedaban hasta que lloviera. A veces pasaban semanas enteras, y pocas veces pudieron tener un entierro digno. No había la capacidad, no estaban preparadas para tantas muertes de una sola vez. Para nosotros es la mayor masacre de la historia.

Violeta entendió las palabras de la abuela. Se imaginó en esa pared con el vestido de fresas. Fueron varias veces. Le gustaba pararse en el porche, al lado de la pared y aplastarlas una por una, o muchas a la vez, las que cupieran en su pequeño dedito de entonces, que era muy grande de todas maneras en comparación. No se imaginó que la estuvieran castigando por eso, después de 20 años. ¿No se supone que el tiempo hace olvidar? Hormigas mataban todos, todos los días. ¿Qué iban a hacer con el gato que también había matado algunas? Nunca sintió que estuviera mal, si bien recuerda que a veces se preguntaba si la hormiga del lado, la que había dejado viva, se ponía a llorar. Es que eran tan pequeñitas y ella también, que la muerte no le parecía que fuera una cosa tan grande. Su papá se había muerto, pero ella seguía viva, ¿no?

– ¿Cómo se declara?

Violeta salió corriendo.
Esa noche lloró, escribió su nombre y lo dibujó en forma de hormiga.

Dibujar es su manera de recordar a los muertos.

Generación

Cuento publicado en Generación, 27 de diciembre de 2015.

Llueve en Cartagena

Cartagena es una ciudad en la que llueve poco, pero cuando la lluvia cae, es distinta. Un recorrido por las murallas.

Por Mónica Quintero Restrepo (Texto publicado en Generación, de El Colombiano)

Leer en pdf: GENERACIÓN DICIEMBRE 6 DE 2015-12-13 – FRANK SINATRA _ VIAJES-Unica
GENERACIÓN DICIEMBRE 6 DE 2015-14-15 – VIAJES -Unica

Es la primera vez que llueve en Cartagena para mí. Desde que nos conocimos hace 12 años, un enero, siempre había sido una ciudad amarilla, de cielo azul y sol brillante y picante. La gente, sin preguntarle, explica que el problema de Cartagena es la humedad y no el calor, pero a mí no me importa la diferencia, porque yo siento que todo hierve cuando estoy afuera. Esa vez, el calor me hizo odiarla y no me acuerdo de haber visto ni las murallas ni el castillo de San Felipe ni la Ciudad Vieja. No vi nada. Luego volví, con cinco años más, y nos quisimos después de dormir una noche encerrada en un cuarto de hotel a 12 grados centígrados. Cartagena me conquistó por el aire acondicionado. Entonces en una pequeña ventana que tiene la muralla, vi a una pareja darse un beso justo cuando los dos azules, el del cielo y el del agua, se confundían, y me dio envidia. 

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Foto: David Estrada

Cartagena lloviendo es otra ciudad, aunque la piel siga siendo un pegote por las explicaciones de la  humedad. Las calles se vuelven ríos de aguas estancadas y los aviones se retrasan o, como en el que venía yo, asustan a los pasajeros haciéndoles creer que ya van aterrizar y, en un golpe abrupto, el avión vuelve a montarse en las nubes, el piloto explica que es una maniobra sin peligro y una señora grita que ella no entiende que es un viento de cola, que no se quiere morir. Es una ciudad gris que no contrasta con el amarillo de la Torre del reloj, y el sol no es tan fuerte para odiarla ni para usar sombrero. El taxista dijo que en noviembre era normal que lloviera, que cuando los huracanes pasan por México la cola termina pasando por Cartagena, pero que hace como veinte años que ninguna tormenta deja sin techos las casas.

Es la primera vez que vengo a Cartagena en noviembre y que debo andar, como en Medellín, con un paraguas en la mochila.

El taxista me contó además que la tormenta por la que el vuelo en Medellín no salió a tiempo fue tan fuerte que se llevó las carpas rojas en las que la gente se sienta a tomar el sol en las playas frente al mar. Cuando pasamos, ya solo con las calles mojadas como recuerdo, las carpas estaban de nuevo y la gente volvió al mar, aunque ese día no hubo sol. Me hubiera gustado estar en el supermercado en el que estuvo dos horas atrapada una amiga por culpa de la lluvia, para que luego le ofrecieran cruzar la calle poniendo unas tablas de lado a lado.  Algunas monedas por no mojarse los zapatos.

No se lo dije a nadie, pero el resto de ese día Cartagena fue perfecta: sus callecitas estrechas con casas de balcones y puertas de madera, sus pequeñas plazas, los caballos haciendo que te muevas al andén y que revises los pies para no pisar el estiércol. Llovió esa noche también, despacio, con pequeñas goteras que se veían a través de la luz. A nadie le importó y el camino fue guiado por el agua. De seguro Pedro de Heredia, sin poderse mover en esa escultura de bronce, se sintió fresco en la plaza de la Torre del Reloj con tanta lluvia para un solo día cartagenero.

Cartagena y yo nos quisimos esa noche por segunda vez.

Días para la lluvia

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Foto: David Estrada

Los cañones de la muralla de Cartagena miran al mar. Nadie les ha dado un beso de pólvora desde hace tantos años, que les queda consolarse con dos hombres que conversan mientras los dedos de él y de él se van cruzando miedosos. Las murallas que antes espantaron a los piratas sirven hoy para proteger el amor.

18 de noviembre de 2015. 6:30 de la tarde. En el horizonte solo hay una embarcación con seis ventanas de luces amarillas, que no se mueve. No vienen los piratas, pienso, pero a mi lado dos hombres y una mujer conversan de cómo se construyeron las murallas, de que fueron casi 200 años, de que se utilizaron esclavos, y hablan del más famoso ataqué a La Heroica, el que hizo Drake. No se acuerdan del año, y yo, que pierdo la voz cuando hace calor, respondo pianísimo que es 1586. No me escuchan. Qué importan ya los piratas si ahora hay enamorados que caminan sobre ellas, mirando pequeñas embarcaciones a lo lejos, o para qué mirarlas si están ocupados entre los besos, ¡qué las embarcaciones los miren a ellos!

Luego están las fotos. Las dos mujeres se toman selfies sentadas en el andén de la muralla. Un par de viejitos me dicen que les tome una foto, pero que se vea el horizonte. Está muy oscuro, les advierto, y que no importa, responden. En la foto quedan ellos con un fondo negro y una lucecita que es la única embarcación que hay. Unos recién casados están en sesión de fotografía. Ella con su vestido largo se hace en un pequeño puente mientras el novio espera fuera de foco y la fotógrafa le dice que mejor se quite las chanclas verdes, las que son para levantarse, que no se vayan a ver. No he pasado de los dos primeros baluartes de las murallas. El primero, al que se sube después de pasar la Torre del Reloj, las esculturas del parque y la Alcaldía. El segundo, después de cruzar el pasaje Roda, donde están los artesanos y unos extranjeros tocan dos instrumentos delante de un sombrero en el que hay 30 mil pesos, cuenta de reojo esta miope.

Miro al cielo. Llovió al mediodía mientras iba al hotel, pero no ha vuelto la lluvia. Hace calor, pero está fresco, le escucho decir a una de las tres señoras que llevaron sillas a la muralla y se sentaron a conversar dándole la espalda al mar. El viento sopla para los despeinados, pero es cariñoso. Recuerdo la única ciudad en donde me dio miedo del viento, Edimburgo, en Escocia, cuando pensé que iba a salir volando con mi pequeña sombrilla desbaratada. No importa lo que dicen las señoras. Al atardecer las horas de los turistas, que son los que más van a la muralla, pasan con el afán del Caribe, que es ninguno. El mundo gira más despacio en estas tierras, incluyéndome.

Camino sola, con una sombrilla en mi mochila, y me da envidia, otra vez. Pienso en vos. Nunca vinimos a Cartagena, ni siquiera cuando no estaba lloviendo.

***

18 de diciembre. 2:00 p.m. No había ido al Castillo de San Felipe desde la primera vez, cuando tenía 17 años y llegué a Cartagena en bus después de un viaje de 24 horas desde Riosucio, Caldas, con mis amigas de colegio, también adolescentes, que me obligaron a escuchar reguetón a las 6:00 de la mañana y ya hacía un calor infernal en el bus y aún no habíamos visto el mar. No recuerdo el Castillo y en mi mente aparecía un lugar al que no quería volver, jamás de los jamases, porque olía a orines y a mierda. No me acuerdo de que tuviera túneles largos por los que uno entra y siente calor, pero quiere saber que esos cajones de al lado, donde no cabe ni una cama, fueron hechos para que los soldados se escondieran y atraparan al enemigo cuando pasara por allí. Hay uno en donde las escaleras son tan empinadas, y la luz que pusieron para que los visitantes puedan bajar a mirar se hace roja, que uno parece que estuviera entrando al infierno aunque termine siendo de más túneles y más cajones. San Felipe tiene 890 metros de túneles en toda la fortaleza, que se comunican entre sí, si bien uno no puede ir más allá de las luces oficiales porque entra pánico y claustrofobia y el calor hace que el pelo sea una masa pegajosa que no está ni peinada ni despeinada. Hasta ahí no más, y me devolví.

De los días en que odié a Cartagena no me acuerdo que desde el castillo se pudiera ver una panorámica y el contraste entre los edificios blancos y modernos de la izquierda y los coloniales del centro histórico. Resultó, además, que San Felipe estaba a solo cinco minutos y siete mil pesos en taxi de la ciudad vieja, pero el Policía me sugirió no caminar. Tampoco me imagino que haya ladrones cerca a las murallas, pero dicen, como dicen de las brujas, que los hay los hay.

Visitar a San Felipe, después de tantos años, fue empezar otra vez. Una pausa a nuestra guerra. Un señor vestido de español de la Conquista trataba de hablar inglés y francés, según el turista, y luego tocaba su trompeta para dar la bienvenida, o la despedida, depende. Qué pensarían los españoles de entonces si vieran que la fortaleza en la que invirtieron tanto dinero para defenderse contra los piratas españoles y franceses, ahora esté lleno de franceses y, más que ingleses, de gente que habla inglés.

Carmen Consuelo García, guía del castillo, dice que debe poner cuidado cuando cuenta la historia de los piratas, que Drake para los ingleses era un caballero y no un corsario. Teoría de la relatividad, al fin y al cabo. Igual que volver a un castillo, mirar el cerro de la Popa, saber que se estuvo allí alguna vez, que desde ahí se ve otra Cartagena, la no turística, la de los barrios pobres. Muchos cartageneros no conocen ni las murallas ni el castillo ni el centro histórico por los que miles de turistas del país y del extranjero vienen a tomarse fotos, y viven solo a un pasaje de bus que no tienen.

Foto: David Estrada

Foto: David Estrada

No llueve más. No llovió el día que corrí detrás de Mario Vargas Llosa por toda la plaza del hotel Santa Clara para decirle que nos tomáramos una foto, pero el aire no me dio para contarle que no me gustan las fotos y que en la entrevista del día anterior, por la que lo esperé un año, la grabadora no grabó, pero que igual la había escrito con mi memoria de gallina. Fue lo único que me quedó de Vargas Llosa: una imagen de él con su copete blanco de Alf, sus gafas negras, su lapicero en el bolsillo de la camisa de rayas, yo con el pelo mojado del sudor, una camisa blanca –como odio las camisas blancas– y el cordón de la acreditación. Sonreímos los dos, pero lo único que se ve de Cartagena atrás es un árbol, un poste y unos señores en unas sillas. No es Cartagena, aunque hace sol, sobre todo en mi cara.

Nunca he contado las veces que he vuelto a la Ciudad amurallada desde la primera vez que nos vimos, pero han sido más de diez. Aquí aprendí que los escritores no siempre son tan queridos como parecen en los libros, o que hay unos maravillosos que se sientan en la palabra y uno no quiere que se acabe nunca, como cuando el inglés Julian Barnes estuvo en el Hay Festival en 2010. Y he entendido que el español no suena siempre a español en costeño y que a los taxistas hay que dejarlos hablar aunque uno no entienda, y que nunca se les puede dar una dirección en números, porque ellos entienden es de nombres de calles. Yo no entiendo ni de nombres de calles ni de números cuando estoy en la Ciudad vieja. Para mí es un laberinto por el que entro por un lado, termino en otro, vuelvo al mismo lado, salgo en otro, salgo en otro y así hasta que veo un lugar y me acuerdo cómo devolverme a comprar dulces de coco.

19 de noviembre. No ha vuelto a llover, y ya me voy. Cuando llueve en Cartagena, ella y yo nos queremos, y veo todo, incluso que en el reloj de la Torre del Reloj son las ocho I

* Crónica escrita durante la beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural FNPI.  Noviembre de 2015.

Llueve en Cartagena1 Llueve en Cartagena2

Serie. VIII. Final

Para mi amiga de la V, por tantas conversaciones, por estas letras, tan suyas.

“Fue una decisión difícil, pero de lo más común. María y yo estuvimos conversando, y nos reímos por minutos completos, a carcajadas. Ella también estaba pensando en escribir su número de teléfono en un papel, guardarlo en el rincón más lejano de la mesita de noche y, luego, borrarlo de su iPhone, por supuesto, no para vencer las ganas de escribirle, sino para no sucumbir a ellas, para prohibirse las ganas de escribirle, para que su cabeza no tuviese más esa lucha entre el deber ser. Entonces lo hizo, lo hicimos, y volvió a dolernos a las dos. A veces es mejor un ratico, que quedarse esperando, dijo ella. Y nos volvimos a reír.

Leila Guerriero, la cronista, escribió ese día que su padre le dio un consejo hace mucho tiempo. ‘Que repasara el dolor, una y otra vez, hasta gastarlo: “Hasta que, cuando pienses en eso, ya no te produzca nada”, dijo’. Y yo empecé a repasarte, una y otra vez, hasta gastarte, y no te gastaste. Y volví a pensar en vos, y me seguiste produciendo lo mismo. Lo que no dijo el papá de Leila, ni Leila, es de cuánto tiempo estábamos hablando. María me dijo que el amor eterno dura un mes y yo le dije que era mejor lo que el conejo le dijo a Alicia en El país de las maravillas, cuando ella le preguntó ‘¿cuánto tiempo es para siempre?’ ‘A veces… solo un segundo’, respondió el conejo. Pero este para siempre de vos y yo duró una conversación, la última vez que nos vimos, que yo me despedí, que pensamos en ser amigos. Ninguno, ni vos ni yo, cumplimos la promesa. Nos dio miedo.

Cuando te repaso, una y otra vez, a ver si te gastas, lo que hago es encontrarte en esas noches en que nos encontramos solo a mirarnos, a jugar con los dedos de las manos, incapaces de ir más lejos. Pienso en esa vez del poema y en las cartas. Era mejor, sabes, cuando estábamos lejos.

Pienso en ese día que te quise aquí, y estabas allá. Porque ese día entendí lo que no éramos y aprendí que no coincidir es también importante, porque la vida, quizá, se adelanta a un dolor, a que una cosa puede ser en presente, pero no en futuro, no para siempre –aunque un segundo pueda ser siempre–. No hay futuro a veces para dos.

De todas maneras, es esa misma pregunta. Si era mejor que el padre se hubiese muerto cuando ella estaba pequeña, y no tener recuerdos ni haberlo conocido, o si era mejor ya grande, cuando habían pasado tantas cosas, cuando habían tantas fotografías, tantos recuerdos, tanto cariño. Lo que no saben muchos es que ella, aunque no lo hubiese conocido, lo quiere a él, sin explicación, solo por ser su papá. Es la misma pregunta. Qué hubiera sido mejor para los dos. Si el que hubiera sido o el fue. Cosas que no se saben si no en el universo paralelo en el que yo estoy allá y tu también, y que ellos saben, pero no nosotros.

Nos queda, por demás, aprender de la futilidad”.

Entrevista a Camila

Camila llegó en una mañana de colegio, por un poema que Mónica tenía guardado y que se le dio por mandar a un concurso intercolegiado de poesía. Tenía un seudónimo con el apellido de Eduardo, Collazos, pero nunca lo sintió suyo. Ese día se le murió el hermano a una amiga, Camilo se llamaba, y el amigo de siempre le dijo que Camila era un nombre bonito, y a Mónica se le ocurrió que estaban en abril, y que Camila Abril sonaba interesante, aunque a ella, que había visto avril con ‘v’, le parecía mejor así, para que sonara a apellido y no a mes del año. Ganó el concurso esa vez y también empezó a sentir que había alguien más en su vida, que ya no estaba sola, y que podía pasar desapercibida detrás de ese otro nombre, más sonoro incluso.

Ya han pasado juntas muchos años –ya no se acuerda cuánto–. A veces conversan. Esta vez, Mónica, que es siempre la que más pregunta, preguntó.

¿Eres una persona triste, Camila?

“Me gusta la tristeza, porque cuando vos me creaste, eso era en lo que creías. Amabas a Pizarnik y Pizarnik es una poeta obscura. Tenías una teoría de clases de tristeza, la tristeza como concepto, muy importante para escribir. Incluso hay quienes dicen que cuando uno está contento es muy difícil escribir. Algunos lo logran, pero no creo que nosotras, porque durante tus años felices abandonaste este blog, y aunque dentro de tu teoría estaba que uno podía causarse tristezas de esta clase –en la que estás triste, pero no, porque es lo que creas para vos– y entrar y salir cuando te diera la gana, te has dado cuenta que no es así, que cuando tu vida anda tranquila, equilibrada en todos los sentidos, no quieres ni la tristeza inventada. La otra tristeza de tu teoría es la tristeza azul, que es cuando estás triste porque algo pasa, como que quieras a alguien y ese alguien no te quiera, y eso te hace un hueco en la mitad. Esa es difícil de controlar. Lo que pasa es que tampoco te has deprimido lo suficiente. Bien te dijo un amigo hace poco que no se te nota mucho”.

¿Por qué hablas en pasado sobre las teorías?

“Porque a veces no sé que piensas Mónica, nos desconectamos. ¿Todavía crees en la teoría de las tristezas?”.

“A veces, Camila, porque hay días en que uno no puede controlar ni la una ni la otra, y se juntan, y uno simplemente está triste, e incluso no puede escribir. No sé. Ya no sé si creo en esa teoría. A veces también me parece que hay días en los que uno quiere estar triste, y que no es capaz de ver que la vida, a pesar de los vacíos y las soledades, está bien y, no obstante, estás triste. Eso me parece difícil de controlar. Hasta egoísta. O quizá que uno no está viviendo el presente y se está poniendo más pesos de los necesarios”.

¿Qué te molesta?

“Que piensen que soy vos, que esto que escribo es literal”.

¿Y no?

“No. Esto es ficción, inventos. Vos, Mónica, me inventas, y aunque muchas cosas, por supuesto, empiecen en la realidad –como la ficción en general–, no hay que pensar que si escribo algo triste, Mónica está triste, que si me enamoro, Mónica está enamorada, que si me duele, a Mónica le está doliendo. Esto no es literal. Por supuesto, Mónica a veces escribe sus historias y hasta publica opiniones o historias que escribe en el periódico, pero lo demás, lo demás hay que leerlo como ficción, con carácter de inventario, así algunos se identifiquen, así el 99 por ciento sea verdad. Eso nadie lo sabe. Empecemos por Eduardo, que es lo que más nos gusta escribir. ¿Quién es Eduardo? Un invento, un fantasma. No puede ser de otra manera, porque ni vos, y menos yo, que existo mucho después, lo conocimos”.

¿Por qué explicarlo tanto?

“Porque muchos lectores cercanos no han hecho esa diferencia, y vos te cansas de que te pregunten”.

¿Te da miedo, entonces, los otros?

“Me da miedo que te malinterpreten y no pregunten y creas que estás viviendo cosas que no o mandando mensajes que no son. Esto no es para mandar indirectas”.

¿Dónde vives?

“En tu cabeza la mayoría del tiempo. A veces no existo, porque me dejas de inventar, porque no te sientas a escribir, aunque tengas todo esa noche para escribir. Las dos sabemos que falta disciplina, y ahí está el error”.

¿Existes de verdad?

“Sí, cuando crees. Cuando creen”.

¿Y puedo ser vos cuando me dé la gana?

“Cuando te dé la gana y quieras escapar. Lo que pasa es que te da miedo”.

¿Me da miedo de vos?

“Claro. Has sido tan sicorrígida –esa palabra ni existe en el diccionario– toda la vida, que conmigo tienes la posibilidad de ser lo que no sos capaz de ser, de decir lo que no sos capaz de decir. Sos una gallina”.

¿Te gusta él?

“Me gusta, como me han gustado otros. Te gusta, como te has inventado a otros. Ahí es donde está todo: lo que te gusta es inventar, fantasear, creer que existen. Escribirlos”.

Serie. VII.

“Esa vez de la mano, cuando la tuya estaba al lado de tu silla y la mía al lado de la mía, y las dos se encontraron (o se buscaron), miedosas, como si supieran algo que nosotros también, pero que no nos atrevíamos a poner en palabras, quizá, por miedosos que éramos (y que somos) –o porque, diría un viejo amigo, lo implícito es más emocionante que lo explícito, aunque sea peligroso (no siempre hay suficiente tiempo, por ejemplo, y de pronto aparece alguien más)–, las corrientes extraterrestres, las tuyas y las mías, chocaron y entendieron, además, que la felicidad es feliz también por la tristeza. Y ahora sos, al final y después del tiempo, un signo de pregunta –sin una pregunta ni una respuesta en el futuro cercano–, e incluso unos puntos suspensivos que escribo como esa gente que no sabe qué más poner –o qué hacer o qué decir o qué pensar–”.

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Nadie sabe qué tanto se muere uno por las mañanas, y que tanto termina uno de morirse por las noches, cuando vuelve a encontrarse con las cobijas que por la mañana hicieron huelga de amor –y ese sí que es amor verdadero–. No sabe nadie qué tanto fue uno feliz y qué tanto la tristeza lo invadió, si alcanzó a llegar solo a los pies, si tocó el corazón o, si incluso, invadió el cerebro, que es el momento más difícil del día: invadir el cerebro es invalidar la razón, y sin razón, todo lo que se dice es emocional, y termina uno diciendo unas barbaridades de las que se arrepiente segundos después, y aunque la tristeza siga en el cerebro.

Morirse un poquito todos los días es de las pocas certezas de estar vivos, porque es, por supuesto, un día menos cerca al principio, pero uno más cerca del final, cosa que no tiene nada de malo, tampoco. La mamá diría que hay cosas por las que no hay que preocuparse, si los minutos de ahora son los importantes, si la muerte –la completa– ha de llegar de todas formas. Solo que, cuando un vacío se apodera del cuerpo, y uno deja de sentir que tiene órganos, y pasa a saberse piel solamente, con unas manos y una cabeza, pero vacío por la mitad, a uno le gustaría poder hacer como cuando tiene un libro en la mano: revisar el final, a ver si le gusta el final, a ver qué pasa, para irse caminando el resto de lo que queda tranquilo. Lo importante, al fin y al cabo, es lo que pasa en la mitad, la acción, lo que lleva a ese final exacto del libro de uno. Ahora bien, ¿quién sabe si eso ya está escrito?

Por eso nadie sabe, ni uno mismo, qué tanto se muere uno por las mañanas, y que tanto termina uno de morirse por las noches, cuando se da golpes de espalda y de pecho y de pies y de corazón y de cuerpo completo, por lo que no hizo. Por no haber robado el beso aquel, cuando todo estaba dado para robarlo, como diría el poema del poeta Elkin (“el beso que no robaste/ cuando todo invitaba a que lo hicieras”).

Morirse un poquito, o al revés: que el tiempo se lo lleve a uno.

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Hay días en que extraño sus monstritos, y me devuelvo en el tiempo, y extraño al hombre que se reía de la nada, y que lo hacía reír a uno de la nada también, hasta quedarse con la barriga doliendo. Extraño al hombre despeinado.

Hasta que el tiempo dice todo lo demás.

Y el mundo vuelve a ser el lugar que es ahora con él allá. No acá.

Carta a un amigo

Dear Crazy,

me preguntaste el otro día si era normal pensar en ella todo el tiempo, y yo te dije que sí, que es normal pensar en ella (y yo en él) todo el tiempo, pero que había que hacer el esfuerzo de no pensar, de hacer que la memoria se ocupara de otros recuerdos hasta que la consciencia se acallara. Pero eso es tan difícil, Crazy, porque en la mitad, y esa mitad está en cualquier parte, un hueco arma una carpa para pernoctar noche y día, y uno se siente vacío, completo. Entonces uno empieza a ir de un minuto a otro como un zombie que no lleva nada adentro, que no sabe si coger el teléfono y decir algo, o tirarlo por la ventana para cumplir el pacto consigo mismo de no decir ni siquiera hola, para no retroceder en los números: diez días sin conversar. Uno se siente como si se le hubiera bajado la presión, y es difícil levantarse hasta por un vaso de agua, y siente, también, como si sobre el futuro se hubiese puesto una nube negra, como esa vez del eclipse, que no pudimos ver la luna roja por esa nube que se le dio por atravesarse.

 Dicen algunos, o más que decirlo lo hacen, que conseguirse a alguien más es lo más fácil. Claro que es más fácil, porque hay alguien que te mantiene los dedos ocupados y le da esperanzas al corazón de que la vida sigue con alguien más, aunque sea solo mientras el olvido aparece. Porque además del vacío, al desasosiego le da por pasarse con hamaca incluida a dormir en vos, y aunque uno repita la teoría de que hay que aprender a vivir con uno mismo, vivir con uno mismo es de lo más difícil, cuando uno quiere vivir con uno mismo y con el mismo del otro.

 Solo que, seguir pensando en ella, o en él, es quitarse posibilidades de que la vida vuelva a su ritmo cotidiano, a que el vacío se canse y se vaya, a que el desasosiego entienda que es tiempo de marchar. No hay reglas, no hay canciones, no hay pastillas, no hay caminos a seguir. Quizá repetirle a la cabeza, todos los días, como una oración, que hay que seguir, que ella, y que él, ya van andando ese camino que no va al lado nuestro y que, mientras no sepamos si se van a encontrar o no, hay que seguir. Y hay que repetirlo las mismas veces que el corazón insista en que pensemos en ella, o en él, hasta que se canse también. La vida será justa. Las lecciones ya están aprendidas, y coincidir será un verbo para los dos. Coincidir con alguien, como en las películas, volverá a ser parte de la no ficción. Difícil, pero mientras haya esperanza, el hueco tendrá que entender, como nosotros, ese cliché repetido de que nadie se muere de amor.

Farewell

Me acuerdo de esa primera vez que conversamos toda la tarde. Ni vos ni yo miramos el reloj, tanto que la tarde se acabó y ahí seguíamos, conversando de lo que no sabíamos. Fue la primera vez que nos dimos un beso, y que yo supe que unos monstritos vivían en vos, y que me daban besos, también. Te sudaban las manos.

Luego, sin mirar el reloj tampoco, pasaron cinco años. Y yo te quise, quién sabe cuánto, y  sentí que me quisiste, quién sabe cuánto también. Hasta que un día, indefinido él, ya no hubo un camino juntos, sino varios caminos, y vos te fuiste por ese, y yo me fui por este, y pensamos que nos íbamos a encontrar de nuevo, pero no nos encontramos. No regresé de algún lado que debía regresar ni vos fuiste el mismo tampoco. Entonces lo que había coincidido no coincidió más, y las corrientes eléctricas de antes no aparecieron. No hubo más poemas, y ese libro que empecé alguna vez, se quedó en la mitad, con las páginas en blanco. “Tu nombre –decía el poema–/ en una repetición matemática: n”.

Porque nos equivocamos, quizá, y no reconstruimos los edificios que se derrumbaron en el camino, o porque no nos dimos cuenta que esa ciudad que dibujamos se había ido, en gran parte, al piso, y que, si hubiéramos sabido a tiempo, la hubiésemos reconstruido, ladrillo a ladrillo, si hubiera sido necesario. Pero no supimos, y los otros edificios se cayeron también. Nuestra ciudad quedó en ruinas y tu nombre no fue más una repetición matemática, que yo algún día no pude sacar de mi cabeza.

Despedirse es difícil, cuando uno se devuelve a pensar que se veía ahí para toda la vida. Que ya no hay sueños de irse juntos a algún lugar ni de decorar un rincón que nos guste a los dos. Que el amor, decimos ya, no es lo mismo, aunque nos queramos todavía de alguna manera.

Es difícil el hueco en la mitad. Imaginarse a alguien más sentado en la mesa del comedor de tus papás. Porque la imaginación no solo sirve para escribir, sino para inventarse mundos dolorosos, aunque uno crea que las decisiones están hechas, y que son, incluso dolorosas, las que debían ser.

Quizá, también, la costumbre de verte en esa silla mirando al computador, o acostado al lado de la cama, o tener a alguien a quién preguntarle qué hace cuando el celular se cansó de trabajar, hace que la vida parezca más difícil. Y no lo es, porque los minutos siguen corriendo, y uno sigue caminando, indiscutiblemente. Ya no vale alegar ni preguntarse por lo que iba a ser.

Dicen por ahí que el tiempo no se recupera, y tampoco uno pierde los años vividos. Cinco son un mundo de tiempo, y uno no sale de estas siendo el mismo. No somos los mismos de esa vez que nos dimos un beso en el carro. Despedirse de pensar en vos todos los días, de darte besos a cualquier hora, de hacer preguntas hasta en la madrugada, hace parte de saberse diferente, de que ahora estás allá y yo acá, y no los dos acá.

Hasta los monstritos se fueron.

Camila, aunque no se quisieron mucho, también va a extrañar que hubiésemos sido dos despeinados pasajeros. Ahora que vuelves a ser El pasajero, sin mí, no queda más que creer que la vida seguirá para los dos. Ya dirá el destino que tiene para su cada uno.

Ahora, ya no hay más una H que suena en esta M.

Camila.

Serie. VI

“A veces no sé qué más hacer. Si me llamas voy, incluso si me toca atravesar la ciudad completa para verte cinco minutos. Si me escribes respondo ipso facto, aunque me haya prometido no responderte en el segundo después, para que no creas que estoy esperando que me hables. Estoy esperando que me hables. Te escribo para explicarte, entre líneas, lo que quisiera que pasara: que tomaras el camino difícil. Lo que no sé, todavía, es si lees, y menos si haces análisis hermenéuticos”.