5.1.15, 4

La fiesta de Año Nuevo no le supo igual a Violeta, aunque se olvidó de contar los tragos, ella que es bien medida con los tragos –de hecho el único día del año que toma es ese primero de enero en la madrugada–, y recibió más aguardientes que de costumbre –a ella que no le gusta el aguardiente–. ‘Para olvidar’, le dijo a su mejor amiga, pero como todo borracho se olvidó también de lo duro que es el guayabo, y más el de ese día, que le parecía ver hormigas por todas partes. Estaba obsesionada, y la paranoia empezó a atacarla sin sentido del humor. Le picaban las piernas, y cuando se rascaba le rascaba en otro lugar y luego en otro lugar y en otro, como hormigas perdidas debajo de la piel. La vida le sabía a hormiga.

Cuando fue a la cocina a prepararse otro vaso de agua con sal de frutas fiesta, ese mágico remedio que le recomendó un amigo experto en emborracharse, encontró la segunda carta. ‘Violeta’, empezaba a secas, sin el señorita de la otra vez, y a ella le sonó a que las cosas iban peor, pero no sabía definir hacia dónde podría ir ser peor. ‘Anoche murió una más de nosotras, por su culpa. No queremos más entierros en esta cocina. Si está interesada en saber del sujeto y en tener un juicio justo, asegúrese de tener su mano y sus pies lejos de nosotras. También al gato. Hasta el 25. ‘.

Parecía que Violeta se acostumbraba a tener la boca abierta. No tenía idea de que en la primera mañana del primer año había habido un entierro en su cocina.

3.1.15, 3

Paréntesis.

El cielo estuvo gris en la tarde, y las nubes, por diez minutos antes de que el sol se fuera del todo, fueron rojas. La señora la llamó, ‘Violeta, el cielo está rojo’, y juntas esperaron que el atardecer se fuera yendo, silencioso, despacioso. Tres días se han ido ya desde que 2015 empezó, y a uno le parece que es verdad eso que dicen, que el tiempo vuela, como si los minutos tuvieran menos de 60 segundos, cuando siguen siendo de 60 segundos, como siempre (el siempre relativo a la vida de cada uno). A veces, los atardeceres cambian de color, quizá para recordarnos que la felicidad está en las pequeñas cosas.

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2.1.15, 2

El 31 de ese diciembre fue igual que el 31 de todos los años anteriores. ‘It was ok, nothing exciting. It’s just the same every single year’, le escribió una amiga, y era verdad. Ir a la casa de la tía, poner la canción de faltan cinco pa’ las doce, esperar cuatro minutos, escuchar el mismo salmo de todos los años, repartir abrazos y buenos deseos a las doce en punto –aunque eso es tan relativo como el reloj–, al mismo tiempo que comer doce uvas y pedir doce deseos, para luego ver como el postre que se preparó durante toda la mañana y parte de la tarde desaparece en cinco minutos. Siempre lo mismo, o casi. En este Año Nuevo la abuela no estuvo, fue de las que se quedó en el año anterior, así que esa noche se resbalaron unas cuántas lágrimas, aunque solo se resbalaron, porque la mamá había dicho que no se podía llorar a las doce, porque si no se iba a llorar todo el año. ‘Como si eso sirviera’, le dijo la tía Judiela a Violeta, ‘cuando una familia tiene llorones profesionales, no hay 31 que valga’.

Violeta tampoco fue la misma del año anterior. Estaba tan preocupada por la carta de las hormigas que dedicó uno de los deseos de las uvas para él. ‘Querida uva, que sea un juicio justo’, pidió.

1.1.15, 1

Las hormigas vinieron por él esa noche y no se volvió a saber nada, ni siquiera una migaja, hasta el último día del año cuando Violeta vio encima del tarro de galletas una carta pequeñita. Ella había leído en un blog un caso similar de un señor, de nombre Tom, que recibió una carta de las hormigas de su casa. Violeta había creído que era un muy buen cuento, pero no se le pasó por la cabeza que ella pudiera recibir una carta con su mismísima letra. ‘Señorita Violeta’, decía, y ella pensó que sus hormigas eran más educadas que las de Tom, que ni siquiera pusieron Dear –la carta de él fue en inglés–, sino que le dejaron el nombre en solitario, Tom. ‘La presente es para comunicarle que el sujeto que anda buscando desde la noche del 25 lo hemos convertido en hormiga, por las múltiples injusticias que usted ha cometido con nosotras’. Violeta soltó una sonrisita, no creía lo que estaba leyendo, y luego, todavía incrédula, la voz salió para nadie porque estaba sola, ¿injusticias? ‘El juicio es a las 18 horas del 25. No llegue tarde. Es en su cocina’. A Violeta se le abrieron los ojos. ¿Pero cuál 25?

Al parecer las hormigas no saben de meses ni de fechas especiales. ¿A quién se le ocurre dejar una carta con semejante noticia la víspera del Año Nuevo? A Violeta las hormigas le parecieron desconsideradas, no pensar en su preocupación por él, en los siete días seguidos que lloró desde esa noche del 25 de enero. Hasta se estaba acostumbrando a su ausencia, como suele pasar, después de casi un año de ausencia. Seguro las hormigas no siguen el calendario gregoriano, alcanzó a explicarse, pero no se le ocurrió cómo hacer para preguntarles más detalles, porque por la carta no parecían ni muy contentas, ni muy queridas. Violeta seguía sin entender, no se acordó de ninguna injusticia, de ningún comportamiento extraño, salvo los comportamientos que la mayoría de la gente tiene con las hormigas, evitarlas a cualquier precio y veneno.

El recuerdo de él le arrugó el día. La verdad es que había decidido no pensarlo más, creer que nunca se habían conocido, y el remordimiento fue peor. Se conocieron desde el primer día, desde ese 25 de julio de 1986, cuando Violeta nació. Llegó empacado, dijo su mamá después, en un papel de regalo azul con pepitas amarillas y un moño también amarillo. En la caja no había nombre y por eso ella lo bautizó como lo bautizó. Habían sido, hasta ese 25 que las hormigas se lo llevaron, ahora por fin sabía que las hormigas se lo habían llevado, porque hasta antes de la carta tenía teorías que pasaban por zombies y extraterrestres, los mejores amigos. A ellas, otra vez desconsideradas, no se les ocurrió dejar una nota, pedir un rescate, decir algo, hasta ese último día del año que la citaron a juicio.

Blanquita

Para Felipe, que preguntó por la nieve, en su décimo octavo cumpleaños.

El rocío dejó de ser rocío esa mañana y amaneció congelado. Todos pensaron que era nieve, pero la señora, mirando fijo hacia el pasto y en su acento escocés, dijo que era ‘frost, just frost’. La ilusión se congeló otra vez, como se ha congelado el resto de mañanas siguientes a ese jueves cuando Violeta, acostada en la cama mirando las noticias y escribiendo en el celular, que ya es vicio de todas las mañanas (por eso le duele la mano, hubiera dicho la abuela), miró a la ventana y encontró unas gotas no pequeñas, no muy grandes, blancas (como era el nombre de su abuela) cayendo una al lado de la otra, con afán. La señora dijo, sin emoción por supuesto, ‘está nevando, Violeta’, y Violeta, literal, saltó de la cama y no se puso los zapatos y abrió la puerta y tocó la nieve.

Cuando estaba pequeña, seis años tal vez, la abuelita llegó con la noticia, ‘voy a viajar en avión’. Violeta, que nunca había viajado en avión, abrió los ojos tanto que parecía una niña de las que pintaba Margaret Keane. La abuela no estaba tan contenta porque a los 70 años montar por primera vez en avión es más bien un acto heroico contra lo desconocido, un rebelarse contra el miedo. La niña, en cambio, que no iba a montar en avión hasta cinco años después, estaba thunderstruck (su palabra preferida en inglés).  Y entonces, así como cuando le dijo a su mamá que si el bebé que iba a ser su hermano nacía niña, como ella, mejor lo cambiaban por un gato, para no repetir (nació niña, aunque su mamá no la dejó hacer el cambio), Violeta le lanzó el favor a la abuela: “abuela Blanca, ¿podrías  por favor traerme un  pedacito de nube?”, y le entregó un tarrito transparente y le explicó, para que a la abuela Blanca le quedara claro que no era una tarea difícil: ‘abres la ventana y sacas el tarrito sosteniéndolo fuerte y lo dejas un momentico para que se llene bien. Luego, con mucho cuidado abuelita, lo cierras bien fuerte, y ya está. Si quieres lo haces en el viaje de vuelta, para que no te encartes mucho”. La abuelita le trajo el tarrito lleno de algodón.

Violeta abrió la puerta y se dio cuenta que la nieve es hielo que cae en esa forma de paticas para todos los lados, exacta a la figura que muestran en la televisión y que suelen dibujar cuando de dibujar nieve se trata. ‘Es como un asterisco en tres dimensiones’, fue lo mejor que se le ocurrió para explicarle a su mamá, aunque después le diría a alguien más, quién sabe a quién más, que tal vez como una estrella en seis dimensiones, con las puntas más achatadas. ‘Pero es hielo, ma, es hielo’. La mamá, en su español sin acento, le preguntó, ¿y qué creías pues que era, Violeta?’ ‘¡Nieve!’, respondió ella.

Ese jueves fue un jueves feliz, fue el día en que la nieve dejó de ser bolitas de icopor. Nevó todo el día y Violeta habló todo el día de la nieve. ‘Se te pega en la ropa y luego se derrite y entonces te das cuenta que estás emparamado’. ‘Y se te enfría la nariz, que digo, se te congela’. ‘Y a la gente no le gusta la nieve porque se acostumbró, qué pesar’. ‘Las montañas amanecieron con un capa blanca, como si estuvieran estrenando cobija’. ‘Los carros tienen el capó congelado’. ‘La nieve  es como el hielo que se raspa para hacer raspao’. ‘Todavía no hay suficiente nieve para hacer un muñeco de nieve y eso que tengo lista la zanahoria’. Y la nieve y la nieve y la nieve.

A Violeta la felicitaron ese jueves por haber conocido la nieve por primera vez. Algunos abrieron la boca, ¿qué en su país no cae nieve?, y ella respondió lo de siempre, que los países que están en el Ecuador, donde es la zona tórrida, no tienen estaciones y la temperatura es la misma casi todo el año. Eso fue lo que se acordó del colegio, sin muchos detalles técnicos. Ellos, que se quejan del clima todo el día, parecieron envidiosos. Raro, porque a Violeta el clima de Escocia le parece lo más de asombroso: no se puede esperar nada, pero la nada, para ella, es lo emocionante.

La nieve, sin embargo, no ha vuelto. Fue un día de nieve al final del otoño, que no se ha repetido. Violeta le ha rezado al Dios del Invierno, pero a través de la ventana solo se ve el mismo árbol sin hojas y la misma lluvia que cae en su país, aunque ahora le ha dado por llover solo del lado de la ventana del frente y no del de la de atrás de la casa.

La viejita sigue en la silla, entre viendo televisión y tejiendo, aunque a veces le lleva té con leche y ‘biscuits’ como excusa para preguntarle cuál es la película que anda viendo. Lo de las películas también es un nuevo vicio ahora (la abuela no tendría nada que decir al respecto, aunque debe estar enojada porque la nieta no rezó la Novena al Niño Dios por primera vez en 28 años). A la señora no le gusta la nieve, como a todos los demás, porque, dicen ellos, cansa después de una semana acumulándose en todas partes, atravesándose en las vías, no dejando caminar, pero Violeta sabe que entre una puntada y la otra ella también está rezando por la nieve, como tema de conversación, porque cuando la nieve está y Violeta pierde 20 años y se queda con ocho, le puede explicar la diferencia entre frost y snow y puede reírse de verla sin chaqueta, congelándose a menos tres grados, solo por querer pasarla un ratico más con la nieve. Las dos son felices, a su manera, cuando la nieve cae como ese jueves que Violeta estaba en la cama pensando en la única preocupación que le preocupa por estos días. Si con el inglés se le pueden olvidar las tildes en español.

La primera vez que Violeta tocó la nieve fue un jueves a las 8:54 de la mañana. Los pies se le congelaban. A Violeta no se le han vuelto a congelar los pies, aunque reza todas las mañanas la oración de la nieve (la abuela, que se murió hace dos años, se le sienta a un ladito).

 

Fatherless

Hay una verdad irrefutable en mi vida: a mi papá lo mataron un 2 de Julio de 1988, en la tarde. Estaba en Riosucio, Caldas, conversando al frente de la Alcaldía con un amigo. Le dispararon a él, un hombre que pasó caminando. La bala fue directo a la cabeza, pasó por la frente y él, aunque alcanzó a poner la mano, no la detuvo. Otra bala cayó en la pierna de la señora que vendía dulces, que estaba en la misma esquina, muy al lado de mi papá y del señor con el que estaba conversando. La señora está bien, aunque no sé si después de 27 años todavía está viva, porque dicen, ya estaba viejita para ese entonces.

La historia la he repetido muchas, muchísimas veces. Me salva que mi versión no es siempre la misma. Salvo por eso de la muerte, los detalles han cambiado, como esa vez que puse al señor que lo mató en una moto, cuando pasó a pie, según me dijo mi mamá un tiempo después. No me preocupa. Es la versión de lo que me han contado y de lo que me he imaginado. Es, sobre todo, entender que yo estaba pequeña para entender por qué a alguien se le ocurrió matar a mi papá. Todavía no lo entiendo, pero tengo la verdad irrefutable, incambiable, atormentable. El adjetivo me lo encontré en inglés: fatherless.

Repito la historia porque uno de mis métodos de aprendizaje es la repetición. Yo he aprendido de Eduardo repitiendo y he contado sobre Eduardo repitiendo. Sin embargo, la repetición no siempre funciona. En Colombia hemos repetido la violencia por años y años y años. Los mismos crímenes en diferentes modalidades, algunos más violentos que otros, pero crímenes al fin y al cabo. Gente que se ha ido con la guerra, gente que ha perdido a sus papás, a sus mamás, a sus hermanos, a sus hijos, a sus amigos. Víctimas, todas, que han sufrido por la guerra.

Yo no sé quién mató a Eduardo. Hay hipótesis, por supuesto, y una vez me interesaron. Quería saber si la guerrilla, el ejército o cualquier otro grupo. Quería saber, incluso, el por qué, porque las respuestas parecen aliviar lo irremediable. Aliviar, pasajeramente, porque los muertos no se remedian, no se alivian. Esa es, otra vez, mi verdad. No importa quién mató a Eduardo, porque Eduardo está muerto ya. El quién no lo va revivir.

Tampoco sé cuál es la solución para la guerra, porque es un negocio difícil de negociar. Cuando estaba pequeña mi abuela me dijo un día que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Y ya he contado casi 30 años y, en cuentas alegres, Colombia lleva más de cien en la violencia con diferentes nombres. Creo, sin embargo, que seguirnos matando ya pasó ese dicho, y aunque parezca que el más lo resistimos, es mejor pensar que no hay pueblo que lo resista.

Saber cuántos actores armados puede ser una cifra interesante, pero ya no me interesa culpabilizar, separarlos, decir cuál es menos malo, cuál menos violento. No debería ser más una teoría de conjuntos. Entre todos ellos, unos contra otros, entre todos sus negocios e intereses, la guerra se ha ido yendo año tras año, atrocidad por atrocidad. La diferencia que encuentro es solo entre los que no están armados y las víctimas, las que han sabido qué es la guerra, no por la televisión, sino por lo que duele alguien o por lo que duele la vida misma entre la violencia.

Lo que me parece de la Paz, entre todas sus complicaciones, es que haya tantos que no la quieran. Tantos, incluso, que no saben qué es tener que inventar un papá o un hermano o un amigo o una casa, y que piden justicia y no impunidad, cuando, qué es la justicia y qué es la impunidad a estas alturas. Cien años de cárcel para el asesino de mi papá no lo va a resucitar. No lo han comprobado, por lo menos. Es más, a Eduardo no lo va a resucitar un país menos violento, pero la paz, palabra esa tan esquiva, va a traer menos gente inventando otra gente. Uno menos es siempre mejor que muchos más.

Feliz cumpleaños, papá

A veces me pregunto qué es esto que tenemos vos y yo. Es como si me persiguieras, si te sentaras al lado, si me hablaras en otro idioma. Sé que nos conocemos desde antes, que me pusiste el nombre, que fuiste novio de mi mamá. Me acuerdo que un día nos encontramos en un sueño, seguro porque yo todavía era una niña y dicen que los niños pueden entender cosas del más allá más fácil que los adultos. Seguro es porque no me conocen. Ese sueño fue el único encuentro entre vos y yo, que yo recuerdo. Los otros, seguramente los recuerdas vos, que estabas grande, pero no yo, que estaba tan pequeña. Me acuerdo que en el sueño conversamos un largo rato y hasta me dejaste en la escuela, con mi falda de cuadros y mi peinado de palmita de coco. Fui tan feliz, Eduardo. No creas, yo hablo mucho de vos, pero fui una niña como las demás, sin preocuparme mucho de los muertos. Aprendí a decir que no tenía papá desde que estaba pequeña y no me parecía tan raro, porque cuando uno crece sin algo, pues la normalidad es que ese algo no exista. Era diferente por eso, quizá, pero era una diferencia distinta, hasta bonita. De pronto porque me sentía con alma de poeta, con la responsabilidad de inventarte, de llorarte de vez en cuando. En cambio ahora, cuando a los amigos se les muere los papás, me he sentido extraña, parecida. Porque vos te fuiste en una edad en la que no es normal no tener papá, pero crecer trae esas naturalidades de la muerte. Naturalidades que nos duelen tanto, porque vos sabías, como yo sé, que los muertos van con uno para siempre, que nos marcan, que nos dejan ser, que somos también por ellos. Vos y yo nos parecemos en que crecimos sin un papá. Y a vos también te marcó eso la vida. Y yo sé que era tu causa, Eduardo, que era tu vida, Eduardo, pero en eso de la política no coincidimos. Yo sigo creyendo que en ese país no vale la pena la política, que los políticos son corruptos y egoístas, y que solo unos pocos, muy pocos como vos, están dispuestos a morir por la causa. Pero en fin, esas cosas no son nuestras ya, ya las dijimos hace mucho.

Ya no me acuerdo qué conversamos en el sueño, pero sí la sensación. Todas las noches que siguieron me acosté pensando en vos, en encontrarnos de nuevo, en conversar otro ratito. Yo creí, seguro, que podía tener un papá en sueños, como cuando uno se inventa príncipes azules. Te pedía entonces que volviera a ser un sueño, pero no como un fantasma. Los dos sabemos que soy miedosa, que no creo en los fantasmas, pero que donde se me aparezca uno… Nunca has vuelto.

Una vez una amiga me dijo que yo debía dejarte en paz, que no me podías doler más, porque de pronto te estaba atormentando el alma. Y qué vamos a saber del alma nosotros, que no sabemos nada después de la muerte. Sin embargo, por si las moscas, yo intenté, y me has dejado de doler, aunque a veces haga paréntesis en la tregua. Lo que entendí es que yo necesito inventarte, que escribirte es parte de lo que soy, que repetir lo que he dicho tantas veces es quererme explicar más, que quererte consiste en saber que puedo volverte letras, que puedo ir por la calle y pensar que caminas al lado, de compañía. A veces creo que en las conexiones de la vida, aunque nos duelan, moriste para yo escribir.

El otro día tuve una pregunta para vos, y yo he tenido muchas preguntas sobre vos que los otros han sabido responder, pero esa pregunta no la puedo preguntar a otro que no seas vos. Por primera vez no supe responderme, no pude inventarte. Porque casi siempre, Eduardo, aunque pasen los años, aunque yo me vuelva más vieja, aunque yo entienda que te fuiste hace mucho, me haces falta. Extrañar a los que se han ido, supongo, es parte de irse. Hasta que un día nos vayamos todos los que conocemos tu nombre.

Mi abuela decía que vos cumplías años al final de noviembre. Vos decías, según mi mamá, que era el 2 de diciembre. Y yo siempre te recuerdo el 2 de julio, que fue el día que nos separamos por primera vez, el día que cerró el guión (1954-1988), pero hoy decidí pensar en tu cumpleaños. De pronto los muertos celebran, de pronto comiste helado o te hicieron torta. De pronto puedes oírme. De pronto es que yo quiero decirte, Feliz cumpleaños, papá. De pronto es que quiero que ellos que leen también te diga feliz cumpleaños, y en esa vos colectiva, de pronto vas y oyes. Quizá porque los muertos nos hacen abrazar.

Entre los secretos que tenemos entre los dos, el que me despeina sos vos. En esta cabeza revoloteada de ahora, seguro estás vos. En este inconformismo de ahora, también estás vos. De pronto es que nos parecemos más de lo que nos desparecemos, papá, o es eso que tenemos vos y yo.

M.

Mi mamá dijo que rezáramos juntas por tu cumpleaños. Puede ser, ¿no? Vos no eras rezandero, ni nosotros tampoco somos, pero vaya uno a saber cuál es el idioma de los muertos.

Tres puertas

Si hubiera estado para elegir

no hubiera elegido la puerta negra,

pero yo estaba pequeña, muy pequeña,

para haberle dicho que esa tarde no.

 

La señora estaba en la casa,

la niña estaba en la finca,

el muerto estaba en la calle.

Cuál muerto, dijeron,

y la muerte fue noticia.

 

La pintura sin terminar,

los zapatos en la sala,

el almuerzo todavía caliente,

el tetero vacío,

el teléfono sin colgar.

La boca abierta

y a la ambulancia la persigue un ruido chillón.

 

Si hubiera estado para la pregunta

hubiera respondido que no,

pero aunque el muerto no espere la muerte,

la muerte aparece  sin avisar.

 

Veintisiete años pueden pasar,

cien años pueden pasar,

pero un solo muerto es suficiente para un pueblo.

Y para una niña.

.

Respirar

se conjuga todos los días,

pero esperar es más difícil.

Esperar a los otros,

esperarse a sí mismo,

esperar la lluvia,

esperarse,

esperarme,

esperarlo.

Comer

se conjuga todos los días,

pero saberlo es más difícil.

Saber a los otros,

saberse a sí mismo,

saber la lluvia,

saberse,

saberme,

saberle.

Caminar

se conjuga todos los días,

pero querer es más difícil.

Querer a los otros,

quererse a sí mismo,

querer la lluvia,

quererse,

quererme,

quererle.

Conjugar

se conjuga todos los días,

pero vivir es más difícil.

.

After a movie

Podemos encontrarnos

alguna vez,

cuando la historia

nos pertenezca.

Cuando el reloj

marque la misma hora para los dos.

Cuando la canción

nos diga lo mismo.

Podemos encontrarnos

cuando tu viento esté soplando

tan fuerte como el mío.

Cuando no seas más el alumno,

ni yo la maestra, y viceversa.

Podemos encontrarnos,

alguna vez,

si es que las letras nos dejan algo.

Si no se acaban primero,

si no se agotan,

si no tengo que esperar tanto.

Ese día, entonces,

la temperatura será la misma,

el cielo será el mismo,

los años, serán los mismos.

Mi bici y yo no andaremos solas

en ese camino sin rumbo

que suelen tener las letras sueltas.