A cat

-Trying to write in English. Thank Jotam for helping me-

Maybe I should be a cat. I love to know about different things, ask a lot of questions like what you can find behind that strange door, in the room with the bed and the guitars. There is a blue guitar, which someone painted just because he likes blue, as I like. Someone you would like to kiss just because he likes blue, as I like. But you don’t do it, just because magic is better.

I have met people from different countries these days and I have discovered that we can have different customs and culture but the essence is the same. They eat as I eat, They dream as I dream, They need to sleep as I sleep, They are humans as I am. Maybe we cannot speak in the same language and we have to look for a common language like English but we are the same human beings in different places around the world.

When I am thinking about this, in the news are talking about wars and people being killed. Sometimes we forget that we are people, trying to live as others leave. I think of Eduardo of course, someone killed him because a killer forgot that Eduardo was a human being like him with a life to share with someone, as him too. I don’t know what you can find on people. Why that one person and no other but I am sure now, if someone appears in your life, maybe it is because you need to learn something. Maybe just to know that sometimes life is living and not thinking a lot.

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Esta soledad
tan atravesada a veces,
tan querida siempre,
tan punto y coma, tantas veces.

Estas siete letras
tan acompañadoras,
tan extrañas,
tan letras.

Soledad es igual a mí, y a muchos al tiempo,
si fue que aprendí matemáticas:
porque estar conmigo
es estar sola con las siete letras
y con un montón de gnomitos,
chiquititos,
que están adentro.

Soledad es igual a Camila.

Sonreír, Camila

Esta cabeza que se empeña en acordarse de cosas de las que no se debe acordar porque ya pasaron, ya se acabaron, ya se quedaron atrás. No van a volver, Camila, me digo a veces. No hay que preocuparse de lo que no hay que preocuparse, Camila. Solo que hasta la vida te dice que no te acuerdes, pero la vida misma te acuerda. Pasas por un lugar, lees esa palabra cuatro veces en distintos lugares en la misma media hora, suena una canción, te encuentras la vaca en la que alguien te dijo algo que te hace recordar eso mismo. No debes, no quieres, pero no puedes. Te persigue, como cuando hay una canción que no te sabes, que no quieres cantar, pero está en tu cabeza, tratándose de cantar a ella misma. Queda sonreír, Camila. A veces la vida real no es real. A veces toca inventarse el mundo y seguir.

Zapatos viejos

Foto de Hernán Franco

Alguien perdió los zapatos.

Afuera hay una señora de pelo blanco que trata de alimentar los pájaros del jardín, pero no puede, no la deja el viento. Ella tampoco sabe quién se llevó los zapatos, y aunque supiera no podría decir nada. Es la única que habla inglés en este pueblo.

El zapatero no quiso ofrecerse para regalar unos nuevos. Es que se ponen a jugar y se olvidan de los pies, dijo, y siguió trabajando en unos zapatos negros, muy parecidos a los que se perdieron.

Pocos se preocuparon por la pérdida. Es que si se hubiera perdido una cabeza, de pronto hubieran hecho un plan de búsqueda, pero solo fueron unos zapatos, y por más que se pierdan unos de esos, siempre se puede seguir caminando. Siempre quedan los pies. Los zapatos tampoco son indispensables, se dice que dijo alguien.

Nadie supo, sin embargo, que el dueño de los zapatos también perdió el corazón. Los zapatos negros que ya tenían la suela gastada se los regaló el papá en el último cumpleaños antes de la bala. La vida, no obstante, siguió en el pueblo, como suele seguir incluso cuando se muere alguien.

Los zapatos los encontró alguien años después en una foto. Estaban colgados de un alambre de luz. Al lado de la imagen, dos palabras y un punto: zapatos viejos.

Mi fantasma

A veces te mira un gato.
Tiene los ojos azules
y te mira, sin inocencia.
No parpadea.
Te persigue.

A veces llega la soledad,
casi siempre, aunque no parezca,
cuando no tienes ganas de hablar,
pero el señor está ahí,
en la misma silla,
sin moverse.
Sin parpadear.
El señor es como un gato,
que te mira,
que tiene los ojos azules,
que te persigue.

 

A veces, cuando uno no es,
aparece un gato.

Tal vez para hacer silencio.

Siempre para la soledad.

Egoístas en la política

—A propósito de las elecciones—

Hace mucho tiempo quise interesarme por la política, a la manera de él, Eduardo. Estaba muy pequeña y no entendía muchas cosas, que tal vez no entienda todavía, pero pensaba, quizá, que tenía eso que tenía él, incluso, la posibilidad de arriesgar mi vida por una causa social. No me duró mucho. De pronto en eso no somos tan parecidos, o sí. Una vez, ella me dijo algo, que no sé si lo recuerdo exacto o me lo inventé, como me he inventado tantas cosas que no recuerdo: que con un muerto en la familia era suficiente. Entonces me dejé de interesar en la política, a la manera de Eduardo, e incluso de la mía. Porque ese muerto suficiente en la familia me hizo pensar, y en eso es en lo que somos diferentes, de pronto, es que en este país hacer política no vale la pena. Por lo menos no vale arriesgar la vida por una causa social, cuando la sociedad no está interesada en ella misma.

Nuestros políticos son egoístas. Su bien común les dura hasta cuando ganan las elecciones. No serán todos, por supuesto, pero la cotidianidad misma nos ha demostrado que son muchos. La mayoría, es probable. Después de que están allá les interesa sus intereses personales, valga la redundancia. Cómo ese dinero común se convierte en particular o se reparte entre unos pocos. Todavía no puedo creer lo que me dijo alguien. Hay una carretera, que pasa por una zona campesina, que ha sido pavimentada tres veces. En el papel, porque cuando la chiva pasa no se siente: la chiva debe esquivar las piedras y casi voltearse. Algunos dirán que llega hasta donde tiene que llegar, pero esa gente que vive por donde pasa la carretera tiene derecho a llegar a su casa sin dolor de espalda. Este es el siglo XXI, ¿o no?

Que una carretera haya sido pavimentada tres veces en el papel, si es verdad el rumor, significa que la plata ha sido robada tres veces, y en esa frase está la definición del egoísmo: cuántos tienen que sufrir con la carretera destapada y cuántos se quedaron con la plata. También, en esa frase, está la definición de desigualdad. Porque lo que les interesa es el voto, pero nomás. No hay que buscar muchos ejemplos, basta leer las noticias —y no todas—.

Si nuestros políticos fueran serios tendrían campañas políticas serias. No es posible que los argumentos se escondan detrás de parodias, de desnudos, de ponerle un brassier a una escultura. Dónde están las propuestas. Dónde las ideas que nos convenzan de ir a votar, y no a botar, por alguien que realmente está pensando en la causa común, y no en la causa personal.

Solo que la culpa es nuestra, más que la de ellos. Es que ser congresista tiene sus privilegios y cualquiera quisiera, como dirían las abuelas, esa coloca tan buena: basta mirar el sueldo. ¿Qué colombiano se gana eso o, cuántos se ganan lo que se gana un congresista?

Digo que la culpa es nuestra, sobre todo, porque también somos egoístas. Nos interesa votar por el que nos promete un puesto y, ¿por qué no prometer hacerlo si es asegurar un trabajo por cuatro años? Nos interesa votar por el que nos hace promesas personales y no por el que nos promete pensar en conjunto. ¿Acaso si no se robaran tanta plata, la inversión no sería mayor y, por tanto, el beneficio sería común?

A mí me hubiera gustado ser como Eduardo, que creía en la política, que era capaz de dar la vida por una causa social. Que dio la vida por una causa social. Por eso tampoco creo en la política: porque cuando alguien está diciendo lo que conviene a todos, pero no a unos pocos, entonces se le desaparece. Tan sencillo como si no hubiera una niña pequeña con ganas de tener un papá que le diera un abrazo el día del grado.

Quizá yo no soy como Eduardo, sino parte del problema: también soy egoísta. Prefiero dejar que todos los demás hagan y voten sin mirar si ese al que le están sumando un voto, realmente está en la política, por los demás. También soy egoísta porque prefiero quedarme a un lado, ejercer mi derecho al voto en silencio y no protestar por aquellos que votan mal.

Decir es muy fácil, alegar por Twitter es muy fácil, rayar un tarjetón es muy fácil, reírse con un campaña política estúpida es muy fácil. Pensar en el interés común, quién sabe.

Soy egoísta porque soy miedosa.

La señora de las hojuelas

Esa señora iba todos los días a la escuela. La recuerdo, como si mi memoria fuera una cámara de fotos. Está con su olla gris. Tiene una falda de cuadros y una camisa clara, de fondo entero. Tiene gafas y pelo blanco, por las canas, aunque hay unos cuantos pelos negros. En esa edad es al revés: el milagro es encontrar a los negros, y cuando se encuentra uno, la felicidad es exacta a la inercia. No como cuando salen las canas, que parece caerse el mundo, con pelo de color y todo, aunque la cana siga ahí, pegada.

Esa señora usaba zapatos bajitos, de viejita, diría yo en esa época, y ahora también. Yo tendría ocho. También seis y nueve, quizá, un poco más redondeado. Era  más vieja que mi abuelita, que entonces no era tan vieja, que entonces no estaba muerta.

La señora iba a la hora del recreo largo, el de las diez. En la olla llevaba hojuelas, que era lo que yo veía que llevaba. Al lado llevaba pasteles, o quizá eran papas con guiso. No sé, esos no los veía yo, porque los odiaba desde el olor. Porque no me gustan, en tiempo presente.

Recuerdo a la señora subiendo la falda de la escuela, con esa olla. Todos los días, a la misma hora.

La recuerdo porque me gustaban las hojuelas, porque yo miraba las hojuelas a ver si eran tan buenas y tan bonitas como las que yo hacía los domingos. A ella, quizá, le inflaban más que las mías.

Nunca le hablé a la señora, ni siquiera para que me dijera por qué a ella le inflaban más la hojuelas que a mí. Quizá para pagarle por alguna, pero nada más. Ni siquiera, de verdad, para preguntarle su nombre. Cuando uno tiene siete o seis o nueve, quizá los nombres no son tan importantes, aunque uno sea más preguntón. Cuando uno tiene 27, tal vez, solo para recordar.

Recuerdo a la señora de pelo blanco cuando hago hojuelas, siempre.

Esa señora era más vieja que mi abuela, creo, y mi abuela ya se murió. Quizá, también, la señora de las hojuelas también se fue. Me queda la foto de mi memoria, que puede fallar en colores.

–..-..-.

Así, por conversar: a qué ustedes también tienen una señora de las hojuelas, a su medida, que guardan en una foto que puede fallar en colores. ¿O no? ¿Cómo es la suya? Porque esta historia puede continuar…

 

Repeticiones

No conocía a la señora. No sé si era alta, de pelo rojizo o delgada. No tengo idea si usaba tenis o zapatos altos. Sé que su nombre empezaba por F y que la mataron un día. Antes de ella ya le habían matado al esposo y al hijo. No sé quién era la señora, tampoco. Ni si pensaba en vengarse de los que mataron a su esposo y a su hijo o, si, en cambio, pensaba que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. No sé si era, en nuestra idea maniquea, buena o mala. No tengo idea. Sé, en cambio, que le tocó dejar de vivir en su casa e irse a vivir a una ciudad, que no era suya. Que la mataron por andar diciendo lo que debía decir, según ella, pero no debía decir, según los otros. Sé, también, que a su otro hijo lo mataron hace poco, unos años después que a ella. No sé si era alto, de pelo rojizo o delgado. No tengo idea si usaba tenis o zapatos. No sé en qué letra empezaba su nombre. Solo sé, que lo mataron un día. Antes ya habían matado a su mamá, a su hermano, a su papá.  Sé, por inferencias básicas, que los dos apellidos, el del esposo y la esposa, que algún día se juntaron para una familia, ya no están juntos, porque ya no hay familia.

No conocí al señor. Sé que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Lo olvidé. Sé que se cambiaba de ropa dos veces al día. Tres, incluso. Sé su nombre, empieza por E.  Sé que lo mataron un día, hace mucho, cuando ella no tenía ni dos. Sé quién era el señor. Sé que ella cree que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que lo mataron un día y que se fue sin que ella viera que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Sé que eso lo sabe porque alguien se lo contó. Sé que quedaron ella y ella, la mamá y la hija, y hacen una familia de dos, aunque falte uno para el tres inicial. Falta el de la E.

No conozco a muchos señores y señoras. Ni sé si eran altas, de pelo negro, de pronto delgados. No sé si usaban ropa de marca o no tenían suficiente dinero para estrenar el 31 de diciembre. No sé cómo empiezan sus nombres, ni si alguien supo su nombre alguna vez o se los dijo antes. No sé si antes ya les habían matado a alguien o si los habían sacado de su casa. Solo sé que muchos se han ido un día, por la guerra. Sé, también, que muchos se han ido porque otros creyeron que la venganza no genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que muchos  se han muerto y no sabían por qué.

La diferencia está en el saber o no. En el sentir o no. En el mirar o no. En la cercanía o no. En la indiferencia o no. En si es el desconocido o no. En si es mi papá o no.

Entonces tengo la sensación de que las historias se repiten.

Azar

En una revista dice que, cuando esté sola, para estar concentrada, piense una pregunta. Luego, elija tres de las fichas, al azar. Cada ficha tiene una figura. Después, que lea lo que dice el texto para cada figura. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”. “Es la indicación de que hay que retornar a las acciones simples y sencillas”.

No creo en las brujas ni en los horóscopos. Solo que a veces pienso, en contradicción, en el dicho ese de que las hay las hay. De pronto, el que escribió el horóscopo, pienso para reiterar, no fue el periodista que se lo inventó, porque no llegó el mail de la señora encargada. Pienso, entonces, que cuando uno tiene una pregunta de esas que uno suele preguntarle a esas cosas del azar, que hay respuestas que uno sabe, de antemano, y solo se le acomodan, por la necesidad.

Porque las preguntas son muy fáciles. En las respuestas, el diccionario deja de existir.

Se queda uno con la frase, pero no con la acción. No es capaz. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”.