Testamento voluntario

1 cuaderno con cartas secretas

50 lapiceros de colores para pintarme las manos

1 cuadro de edificios, lo único que sé dibujar

1 almohada, que ya tiene mi cabeza en su forma

3 pares de zapatos que me gustan

9 pares de zapatos que ya no me pongo

1 vestido de flores, aunque las flores y yo no vamos

1 muñeco desinflado

1 artículo que escribí en el periódico

2 amigas lejos

1 papá inventado –esto nunca cambia–

1 poema

1 mamá

- (menos) 2 abuelas

1 abuelo casi muerto

1 lonchera del comegalletas

3 alfajores que no he regalado

1 cama a ras de piso

1 muñeco que tiene mi edad

1 amigo, imaginario

4 amigas, o más, no sé contar.

 

1 una vida, y no las 7 del gato.

 

Definiciones: extrañar

Para María, que sabe extrañar

Extrañar es un verbo complejo, que depende de cómo se conjuga, pero también, y por supuesto, de con quién se conjuga.

La palabra, de tres sílabas y esa n con palito tan rara para los que aprenden español, eñe dicen que se llama, se siente dependiendo del estado de ánimo, de las felicidades del día, de las tristezas de la semana, de lo que se sabe del otro con el que se conjugó. Si el otro extraña también, si te está conjugando con tu nombre o si te conjuga con la nada o con alguien más –si es con alguien más, el extrañar se siente en la punta de los pies, porque significa descoordinación de caracteres–.

Extrañar a la mamá es más fácil, aunque depende de la edad. Uno extraña, pero no le duele, porque uno sabe, segurísimo, que la mamá también lo anda extrañando, y quizá un poco más, y que devuelta hay en la mitad un regalo, sin importar el tamaño y aunque le ponga un moño a un beso.

Cuando se extraña a alguien, no obstante, hay un hueco en alguna parte. Una incertidumbre en alguna parte. No contesta el silencio. No dice nada la almohada. El celular no funciona –y eso que ya no se puede hacer lo de antes, levantar la bocina para asegurarse que el teléfono sí está funcionando–. No pasa nada, que esperar que el minuto próximo traiga noticias, o que el próximo, o que el próximo, consecutivamente, hasta que alguno venga con las buenas o con las malas, nunca se sabe. Dijo Anthony Burgess en una entrevista a Antonio Caballero, que “el reloj suizo es el verdadero símbolo de la predestinación: uno sabe exactamente qué hora va a ser dentro de una hora. Un reloj no tiene albedrío (…)”.

Uno sabe exactamente qué hora va a ser dentro de una hora, pero no a esa hora que va hacer en el hueco el verbo extrañar conjugado tantas veces por minuto después de una hora, en la mitad de uno, que es el ser que conjuga, pero no el conjugado.

Un alma que extraña no tiene libre albedrío.

Problema de medias

Desde ese nombre en plural, que es el más usado –pocos se atreven a pronunciar media solo, en singular– sabemos que no estás hecha para la soledad. Una media en solitario es como cuando un humano está triste y la lluvia se escucha sin pausa detrás de la ventana. Cada gota es un pedacito más de tristeza, que recuerda el por qué se anda tan triste. De qué sirves vos, media, sin esa otra pequeña, que anda también buscándote al otro lado, donde quiera ella que esté. Porque cuando uno es el que se pierde, uno sabe, aunque los demás no lo sepan, dónde está uno. Uno, por fortuna o no, siempre va con uno a todas partes. Uno siempre sabe dónde está uno, por lo menos en que lugar físico del mundo –de las pérdidas del corazón o de la razón, es mejor no hablar. A veces, en ese sentido, uno se pierde, y no se encuentra–.

Verte solitaria, con tus pequeñas puntadas de hilo de blanco, es casi como cuando uno se acuerda de ese amigo imaginario de la infancia. Está ahí, en un pedacito de memoria, pero borroso. Ya no funciona, ya no juega. Es culpa mía, lo sé, que tu otra media se haya perdido, y también que mi amigo imaginario se haya desvanecido. Gajes de crecer, o gajes, también, de ser un ser despistado, y despeinado, que anda por ahí, con gafas grandes, sin saber si el camino es por allá o por acá.

Querida media, una media en solitario no es medias. Uno no dice, pásame la media, porque no puede andar por la vida con una media sí y una media no. ¿Qué pensaría –¿te imaginas qué pudiera pensar el pie desnudo cuando viera al otro tapado de los dedos hasta el tobillo por ti y él no, él dejado a la rudeza del zapato?– la gente que ahora se preocupa tanto por lo que llevas puesto, o no? Que no hay que preocuparse por el mundo, dicen los que saben, pero cómo zafarse de esas miradas acusantes, si el cuerpo tiene un medidor incluido que es capaz de saber si lo andan mirando o no. Que no hay que preocuparse por el mundo, que hay que tener personalidad, pero, ¿andar sin una media, con la preocupación de no saber debajo de qué cama o de que nochero o de que zapato quedó enredada la otra? Mucha crueldad para una sola media, mucho polvo para un ser que desde que se hizo al mundo, entendió que la independencia está en ser dos y no uno, y mucho menos tres. Dos es para vos, y para tu otro vos, el número perfecto, el tres de nosotros los humanos.

Dijo un amigo que lo implícito es más emocionante que lo explícito. Lo explícito es saber donde está tu otra media, si andará preocupada o dormida, si todavía tendrá esperanzas de que haya un rescate prodigioso o, seguramente, que ocurra un milagro con la escoba. Lo implícito es lo que sabemos ya, que debe estar en algún lugar de esta casa, que si supieras hablar dirías cuál fue la última vez que la viste, si se alcanzaron a despedir o no, si estaban discutiendo por algún tema del día, si le habrás dicho que la querías cuando las separaron, cuando la dejaron a ella, olvidada, y a vos no, a vos no. Nos dirías, también, qué se siente ser la no-olvidada, que, en tu caso, es también ser olvidada. Una media no vive sin la otra media, y lo sabes.

Si tu otra media no es encontrada, vos también sos media muerta.

Mi abuelo

Miro a mi abuelo, que mira hacia la calle desde una silla. La puerta está abierta y el caminador está al lado. Escuché que le dijo a mi mamá que por ahí, por mi casa, no pasa casi gente y para él, que se entretiene viendo la gente pasar, es triste que no pase gente por ahí porque no tiene nada que hacer. Le pregunto que piensa y me dice que no piensa nada.

El abuelo tiene sus días. A veces se acuerda que día es. El domingo fue domingo, el sábado fue sábado. No siempre. A veces el viernes es jueves y el lunes es martes. Qué cuántos nietos tiene, muchos, dice, pero hace días se olvidó del número doce. ¿Y los nombres? Los nombres, uhm, quién sabe. Él se acuerda de los nombres del que esté al frente o del que lo llame. A Juanito lo quiere mucho, y entonces hasta se acuerda que lo acompaña a lavarse los dientes.

El abuelo camina despacio con su caminador. Piensa un paso y luego el otro, pero cuando tiene que bajar el escalón piensa más y hasta se queda quieto, paralizado. Nos reímos todos, hasta él, y entonces una le hala el pie para que lo mueva y otra le dice papá, siga pues, y otra que abuelo, baje pues. Él sigue ahí, paralizado. Paciencia, dice la tía.

Las piernas del abuelo están más flacas que mis piernas. Él es más grande que yo.

Cuando estaba pequeña me contaron que mi abuelo se cambió el nombre una vez. Se llamaba Efrén Elías y él se puso Beltrán Elías, porque así lo llamaba la gente. A mí me da risa todavía y cuento el cuento cuando me quiero reír. Aunque como a mí me presentaron al abuelo Beltrán desde que estoy pequeña, no me imagino que hubiese sido tener un abuelo llamado Efrén.

Mi abuelo, lo recuerdo, fue siempre un hombre grande. Hablaba duro y manejaba un camión verde en el que a veces llevaba vacas. Él se hacia al lado del conductor y mi abuela al lado de la ventana. Yo me quedaba en la mitad y él me enseñaba a mover la palanca de cambios. Yo ponía mi manito en la palanca y él su manota encima de la mía y los dos la movíamos. Yo siempre dije, hasta antes de que aprendiera a manejar, que sabía cambiar los cambios del carro porque mi abuelo me había enseñado.

También me llevaba a ordeñar cuando yo iba a la finca. Como me daban miedo las vacas el proceso era encerrarme sola en un corralcito que había, entrar la vaca al corral grande, amarrarla en las patas para ordeñarla, dejarme salir, enseñarme a ordeñar –supongo que no aprendí– y luego darme leche recién ordeñada. No fueron muchas veces, porque yo era miedosa. También me llevó a caballo una que otra vez, sobre todo en una yegua blanca que él tenía. Solo me acuerdo de una vez que nos fuimos con varios primos, yo en la yegua con el abuelo y los otros atrás en otros caballos. Cuando pasamos el río muchos se cayeron, menos yo, que iba con el abuelo. El abuelo era grande y siempre llevaba sombrero. El sombrero no se cayó.

Yo pasaba más tiempo con mi abuela, que se murió hace dos años. A veces todavía no creo que la abuela se haya ido ya. Cuando todavía era una niña, salía con la abuela los sábados y la acompañaba a rezar –ella quiso que fuera rezanderita como ella, pero qué pesar, no salí así– y luego saludábamos a la tía y nos devolvíamos a encontrarnos con el abuelo, para mercar. Al final me daban, de premio, un Bonyurt.

Es que si uno se devuelve en el tiempo, se acuerda de los abuelos, tan bellos ellos, sentados en el corredor de la finca. Él se dormía.

Muchos años hace que era panelero. No me tocaron muchos años, pero cuando uno iba a la finca, y yo iba en casi todas las vacaciones, cuando la panela estaba en su punto uno salía corriendo con una coca llena de agua a esperar el conejo. Y el abuelo tomaba la coca y le pasaba a uno un montón de conejo y uno se comía eso feliz. Ya, por supuesto, había pasado el momento de pelar y comer caña de azúcar.

La vida con los abuelos era de finca. Solo pasaban los fines de semana en Riosucio y, por orden irrestricta mía que ellos cumplían, iban a dormir a mi casa, a la pieza de los abuelos. Dormir es estrictamente dormir. Llegaban a las 8:00 y el abuelo a las 6:00 de la mañana, si no era antes, ya se estaba yendo. La noche antes, los dos comíamos frijoles donde la tía mientras veíamos Sábados felices. Era nuestro momento juntos, en el que él me enseñaba que para no quemarme con el caldo debía coger la cuchara y pasarla por los borditos.

El abuelo ya no usa sombrero y aunque siempre habló despacio –tenía un cuento de un reloj que se demoraba tres horas en contar–, ahora habla poco, casi nada. Mónica, dice, por qué me pregunta tanto. Abuelo, para que ejercite la memoria. ¿Cómo se llaman sus hijas? Cecilia… … … … … … ¿Y mi mamá? … Pues Nena. Son cinco.

Al abuelo no se le ha olvidado el mantra. Abuelo, la bendición. Dios la bendiga, responde.

Cuando miro al abuelo, me pregunto por la vida. Son 88 años que ha pasado en ese cuerpo, que ya está canoso, que tiene las piernas flacas y el cerebro pequeño, según el médico.

Había una viejita de más de 90 años que se la pasaba en la ventana. ¿Qué está haciendo?, le preguntaban. Pues mijita, contestaba ella, aquí esperando la muerte.

El abuelo de la silla que mira a la ventana no es el abuelo que yo tengo en la memoria. Porque a veces creo, que aunque pueda decir Mónica, está más allá que acá.

No es porque yo no quiera al abuelo. Porque lo quiero es que verlo caminar, es que no saberlo independiente, él que fue siempre independiente, lo que me hace a pensar en la vida. La vida, para mí, no es solo estar en el mundo, es también lo que se pueda hacer en él.

Cuando veo al abuelo, pienso que él también, como la viejita, está esperando la muerte.

5.1.15, 4

La fiesta de Año Nuevo no le supo igual a Violeta, aunque se olvidó de contar los tragos, ella que es bien medida con los tragos –de hecho el único día del año que toma es ese primero de enero en la madrugada–, y recibió más aguardientes que de costumbre –a ella que no le gusta el aguardiente–. ‘Para olvidar’, le dijo a su mejor amiga, pero como todo borracho se olvidó también de lo duro que es el guayabo, y más el de ese día, que le parecía ver hormigas por todas partes. Estaba obsesionada, y la paranoia empezó a atacarla sin sentido del humor. Le picaban las piernas, y cuando se rascaba le rascaba en otro lugar y luego en otro lugar y en otro, como hormigas perdidas debajo de la piel. La vida le sabía a hormiga.

Cuando fue a la cocina a prepararse otro vaso de agua con sal de frutas fiesta, ese mágico remedio que le recomendó un amigo experto en emborracharse, encontró la segunda carta. ‘Violeta’, empezaba a secas, sin el señorita de la otra vez, y a ella le sonó a que las cosas iban peor, pero no sabía definir hacia dónde podría ir ser peor. ‘Anoche murió una más de nosotras, por su culpa. No queremos más entierros en esta cocina. Si está interesada en saber del sujeto y en tener un juicio justo, asegúrese de tener su mano y sus pies lejos de nosotras. También al gato. Hasta el 25. ‘.

Parecía que Violeta se acostumbraba a tener la boca abierta. No tenía idea de que en la primera mañana del primer año había habido un entierro en su cocina.

3.1.15, 3

Paréntesis.

El cielo estuvo gris en la tarde, y las nubes, por diez minutos antes de que el sol se fuera del todo, fueron rojas. La señora la llamó, ‘Violeta, el cielo está rojo’, y juntas esperaron que el atardecer se fuera yendo, silencioso, despacioso. Tres días se han ido ya desde que 2015 empezó, y a uno le parece que es verdad eso que dicen, que el tiempo vuela, como si los minutos tuvieran menos de 60 segundos, cuando siguen siendo de 60 segundos, como siempre (el siempre relativo a la vida de cada uno). A veces, los atardeceres cambian de color, quizá para recordarnos que la felicidad está en las pequeñas cosas.

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2.1.15, 2

El 31 de ese diciembre fue igual que el 31 de todos los años anteriores. ‘It was ok, nothing exciting. It’s just the same every single year’, le escribió una amiga, y era verdad. Ir a la casa de la tía, poner la canción de faltan cinco pa’ las doce, esperar cuatro minutos, escuchar el mismo salmo de todos los años, repartir abrazos y buenos deseos a las doce en punto –aunque eso es tan relativo como el reloj–, al mismo tiempo que comer doce uvas y pedir doce deseos, para luego ver como el postre que se preparó durante toda la mañana y parte de la tarde desaparece en cinco minutos. Siempre lo mismo, o casi. En este Año Nuevo la abuela no estuvo, fue de las que se quedó en el año anterior, así que esa noche se resbalaron unas cuántas lágrimas, aunque solo se resbalaron, porque la mamá había dicho que no se podía llorar a las doce, porque si no se iba a llorar todo el año. ‘Como si eso sirviera’, le dijo la tía Judiela a Violeta, ‘cuando una familia tiene llorones profesionales, no hay 31 que valga’.

Violeta tampoco fue la misma del año anterior. Estaba tan preocupada por la carta de las hormigas que dedicó uno de los deseos de las uvas para él. ‘Querida uva, que sea un juicio justo’, pidió.

1.1.15, 1

Las hormigas vinieron por él esa noche y no se volvió a saber nada, ni siquiera una migaja, hasta el último día del año cuando Violeta vio encima del tarro de galletas una carta pequeñita. Ella había leído en un blog un caso similar de un señor, de nombre Tom, que recibió una carta de las hormigas de su casa. Violeta había creído que era un muy buen cuento, pero no se le pasó por la cabeza que ella pudiera recibir una carta con su mismísima letra. ‘Señorita Violeta’, decía, y ella pensó que sus hormigas eran más educadas que las de Tom, que ni siquiera pusieron Dear –la carta de él fue en inglés–, sino que le dejaron el nombre en solitario, Tom. ‘La presente es para comunicarle que el sujeto que anda buscando desde la noche del 25 lo hemos convertido en hormiga, por las múltiples injusticias que usted ha cometido con nosotras’. Violeta soltó una sonrisita, no creía lo que estaba leyendo, y luego, todavía incrédula, la voz salió para nadie porque estaba sola, ¿injusticias? ‘El juicio es a las 18 horas del 25. No llegue tarde. Es en su cocina’. A Violeta se le abrieron los ojos. ¿Pero cuál 25?

Al parecer las hormigas no saben de meses ni de fechas especiales. ¿A quién se le ocurre dejar una carta con semejante noticia la víspera del Año Nuevo? A Violeta las hormigas le parecieron desconsideradas, no pensar en su preocupación por él, en los siete días seguidos que lloró desde esa noche del 25 de enero. Hasta se estaba acostumbrando a su ausencia, como suele pasar, después de casi un año de ausencia. Seguro las hormigas no siguen el calendario gregoriano, alcanzó a explicarse, pero no se le ocurrió cómo hacer para preguntarles más detalles, porque por la carta no parecían ni muy contentas, ni muy queridas. Violeta seguía sin entender, no se acordó de ninguna injusticia, de ningún comportamiento extraño, salvo los comportamientos que la mayoría de la gente tiene con las hormigas, evitarlas a cualquier precio y veneno.

El recuerdo de él le arrugó el día. La verdad es que había decidido no pensarlo más, creer que nunca se habían conocido, y el remordimiento fue peor. Se conocieron desde el primer día, desde ese 25 de julio de 1986, cuando Violeta nació. Llegó empacado, dijo su mamá después, en un papel de regalo azul con pepitas amarillas y un moño también amarillo. En la caja no había nombre y por eso ella lo bautizó como lo bautizó. Habían sido, hasta ese 25 que las hormigas se lo llevaron, ahora por fin sabía que las hormigas se lo habían llevado, porque hasta antes de la carta tenía teorías que pasaban por zombies y extraterrestres, los mejores amigos. A ellas, otra vez desconsideradas, no se les ocurrió dejar una nota, pedir un rescate, decir algo, hasta ese último día del año que la citaron a juicio.

Blanquita

Para Felipe, que preguntó por la nieve, en su décimo octavo cumpleaños.

El rocío dejó de ser rocío esa mañana y amaneció congelado. Todos pensaron que era nieve, pero la señora, mirando fijo hacia el pasto y en su acento escocés, dijo que era ‘frost, just frost’. La ilusión se congeló otra vez, como se ha congelado el resto de mañanas siguientes a ese jueves cuando Violeta, acostada en la cama mirando las noticias y escribiendo en el celular, que ya es vicio de todas las mañanas (por eso le duele la mano, hubiera dicho la abuela), miró a la ventana y encontró unas gotas no pequeñas, no muy grandes, blancas (como era el nombre de su abuela) cayendo una al lado de la otra, con afán. La señora dijo, sin emoción por supuesto, ‘está nevando, Violeta’, y Violeta, literal, saltó de la cama y no se puso los zapatos y abrió la puerta y tocó la nieve.

Cuando estaba pequeña, seis años tal vez, la abuelita llegó con la noticia, ‘voy a viajar en avión’. Violeta, que nunca había viajado en avión, abrió los ojos tanto que parecía una niña de las que pintaba Margaret Keane. La abuela no estaba tan contenta porque a los 70 años montar por primera vez en avión es más bien un acto heroico contra lo desconocido, un rebelarse contra el miedo. La niña, en cambio, que no iba a montar en avión hasta cinco años después, estaba thunderstruck (su palabra preferida en inglés).  Y entonces, así como cuando le dijo a su mamá que si el bebé que iba a ser su hermano nacía niña, como ella, mejor lo cambiaban por un gato, para no repetir (nació niña, aunque su mamá no la dejó hacer el cambio), Violeta le lanzó el favor a la abuela: “abuela Blanca, ¿podrías  por favor traerme un  pedacito de nube?”, y le entregó un tarrito transparente y le explicó, para que a la abuela Blanca le quedara claro que no era una tarea difícil: ‘abres la ventana y sacas el tarrito sosteniéndolo fuerte y lo dejas un momentico para que se llene bien. Luego, con mucho cuidado abuelita, lo cierras bien fuerte, y ya está. Si quieres lo haces en el viaje de vuelta, para que no te encartes mucho”. La abuelita le trajo el tarrito lleno de algodón.

Violeta abrió la puerta y se dio cuenta que la nieve es hielo que cae en esa forma de paticas para todos los lados, exacta a la figura que muestran en la televisión y que suelen dibujar cuando de dibujar nieve se trata. ‘Es como un asterisco en tres dimensiones’, fue lo mejor que se le ocurrió para explicarle a su mamá, aunque después le diría a alguien más, quién sabe a quién más, que tal vez como una estrella en seis dimensiones, con las puntas más achatadas. ‘Pero es hielo, ma, es hielo’. La mamá, en su español sin acento, le preguntó, ¿y qué creías pues que era, Violeta?’ ‘¡Nieve!’, respondió ella.

Ese jueves fue un jueves feliz, fue el día en que la nieve dejó de ser bolitas de icopor. Nevó todo el día y Violeta habló todo el día de la nieve. ‘Se te pega en la ropa y luego se derrite y entonces te das cuenta que estás emparamado’. ‘Y se te enfría la nariz, que digo, se te congela’. ‘Y a la gente no le gusta la nieve porque se acostumbró, qué pesar’. ‘Las montañas amanecieron con un capa blanca, como si estuvieran estrenando cobija’. ‘Los carros tienen el capó congelado’. ‘La nieve  es como el hielo que se raspa para hacer raspao’. ‘Todavía no hay suficiente nieve para hacer un muñeco de nieve y eso que tengo lista la zanahoria’. Y la nieve y la nieve y la nieve.

A Violeta la felicitaron ese jueves por haber conocido la nieve por primera vez. Algunos abrieron la boca, ¿qué en su país no cae nieve?, y ella respondió lo de siempre, que los países que están en el Ecuador, donde es la zona tórrida, no tienen estaciones y la temperatura es la misma casi todo el año. Eso fue lo que se acordó del colegio, sin muchos detalles técnicos. Ellos, que se quejan del clima todo el día, parecieron envidiosos. Raro, porque a Violeta el clima de Escocia le parece lo más de asombroso: no se puede esperar nada, pero la nada, para ella, es lo emocionante.

La nieve, sin embargo, no ha vuelto. Fue un día de nieve al final del otoño, que no se ha repetido. Violeta le ha rezado al Dios del Invierno, pero a través de la ventana solo se ve el mismo árbol sin hojas y la misma lluvia que cae en su país, aunque ahora le ha dado por llover solo del lado de la ventana del frente y no del de la de atrás de la casa.

La viejita sigue en la silla, entre viendo televisión y tejiendo, aunque a veces le lleva té con leche y ‘biscuits’ como excusa para preguntarle cuál es la película que anda viendo. Lo de las películas también es un nuevo vicio ahora (la abuela no tendría nada que decir al respecto, aunque debe estar enojada porque la nieta no rezó la Novena al Niño Dios por primera vez en 28 años). A la señora no le gusta la nieve, como a todos los demás, porque, dicen ellos, cansa después de una semana acumulándose en todas partes, atravesándose en las vías, no dejando caminar, pero Violeta sabe que entre una puntada y la otra ella también está rezando por la nieve, como tema de conversación, porque cuando la nieve está y Violeta pierde 20 años y se queda con ocho, le puede explicar la diferencia entre frost y snow y puede reírse de verla sin chaqueta, congelándose a menos tres grados, solo por querer pasarla un ratico más con la nieve. Las dos son felices, a su manera, cuando la nieve cae como ese jueves que Violeta estaba en la cama pensando en la única preocupación que le preocupa por estos días. Si con el inglés se le pueden olvidar las tildes en español.

La primera vez que Violeta tocó la nieve fue un jueves a las 8:54 de la mañana. Los pies se le congelaban. A Violeta no se le han vuelto a congelar los pies, aunque reza todas las mañanas la oración de la nieve (la abuela, que se murió hace dos años, se le sienta a un ladito).

 

Fatherless

Hay una verdad irrefutable en mi vida: a mi papá lo mataron un 2 de Julio de 1988, en la tarde. Estaba en Riosucio, Caldas, conversando al frente de la Alcaldía con un amigo. Le dispararon a él, un hombre que pasó caminando. La bala fue directo a la cabeza, pasó por la frente y él, aunque alcanzó a poner la mano, no la detuvo. Otra bala cayó en la pierna de la señora que vendía dulces, que estaba en la misma esquina, muy al lado de mi papá y del señor con el que estaba conversando. La señora está bien, aunque no sé si después de 27 años todavía está viva, porque dicen, ya estaba viejita para ese entonces.

La historia la he repetido muchas, muchísimas veces. Me salva que mi versión no es siempre la misma. Salvo por eso de la muerte, los detalles han cambiado, como esa vez que puse al señor que lo mató en una moto, cuando pasó a pie, según me dijo mi mamá un tiempo después. No me preocupa. Es la versión de lo que me han contado y de lo que me he imaginado. Es, sobre todo, entender que yo estaba pequeña para entender por qué a alguien se le ocurrió matar a mi papá. Todavía no lo entiendo, pero tengo la verdad irrefutable, incambiable, atormentable. El adjetivo me lo encontré en inglés: fatherless.

Repito la historia porque uno de mis métodos de aprendizaje es la repetición. Yo he aprendido de Eduardo repitiendo y he contado sobre Eduardo repitiendo. Sin embargo, la repetición no siempre funciona. En Colombia hemos repetido la violencia por años y años y años. Los mismos crímenes en diferentes modalidades, algunos más violentos que otros, pero crímenes al fin y al cabo. Gente que se ha ido con la guerra, gente que ha perdido a sus papás, a sus mamás, a sus hermanos, a sus hijos, a sus amigos. Víctimas, todas, que han sufrido por la guerra.

Yo no sé quién mató a Eduardo. Hay hipótesis, por supuesto, y una vez me interesaron. Quería saber si la guerrilla, el ejército o cualquier otro grupo. Quería saber, incluso, el por qué, porque las respuestas parecen aliviar lo irremediable. Aliviar, pasajeramente, porque los muertos no se remedian, no se alivian. Esa es, otra vez, mi verdad. No importa quién mató a Eduardo, porque Eduardo está muerto ya. El quién no lo va revivir.

Tampoco sé cuál es la solución para la guerra, porque es un negocio difícil de negociar. Cuando estaba pequeña mi abuela me dijo un día que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Y ya he contado casi 30 años y, en cuentas alegres, Colombia lleva más de cien en la violencia con diferentes nombres. Creo, sin embargo, que seguirnos matando ya pasó ese dicho, y aunque parezca que el más lo resistimos, es mejor pensar que no hay pueblo que lo resista.

Saber cuántos actores armados puede ser una cifra interesante, pero ya no me interesa culpabilizar, separarlos, decir cuál es menos malo, cuál menos violento. No debería ser más una teoría de conjuntos. Entre todos ellos, unos contra otros, entre todos sus negocios e intereses, la guerra se ha ido yendo año tras año, atrocidad por atrocidad. La diferencia que encuentro es solo entre los que no están armados y las víctimas, las que han sabido qué es la guerra, no por la televisión, sino por lo que duele alguien o por lo que duele la vida misma entre la violencia.

Lo que me parece de la Paz, entre todas sus complicaciones, es que haya tantos que no la quieran. Tantos, incluso, que no saben qué es tener que inventar un papá o un hermano o un amigo o una casa, y que piden justicia y no impunidad, cuando, qué es la justicia y qué es la impunidad a estas alturas. Cien años de cárcel para el asesino de mi papá no lo va a resucitar. No lo han comprobado, por lo menos. Es más, a Eduardo no lo va a resucitar un país menos violento, pero la paz, palabra esa tan esquiva, va a traer menos gente inventando otra gente. Uno menos es siempre mejor que muchos más.