Egoístas en la política

—A propósito de las elecciones—

Hace mucho tiempo quise interesarme por la política, a la manera de él, Eduardo. Estaba muy pequeña y no entendía muchas cosas, que tal vez no entienda todavía, pero pensaba, quizá, que tenía eso que tenía él, incluso, la posibilidad de arriesgar mi vida por una causa social. No me duró mucho. De pronto en eso no somos tan parecidos, o sí. Una vez, ella me dijo algo, que no sé si lo recuerdo exacto o me lo inventé, como me he inventado tantas cosas que no recuerdo: que con un muerto en la familia era suficiente. Entonces me dejé de interesar en la política, a la manera de Eduardo, e incluso de la mía. Porque ese muerto suficiente en la familia me hizo pensar, y en eso es en lo que somos diferentes, de pronto, es que en este país hacer política no vale la pena. Por lo menos no vale arriesgar la vida por una causa social, cuando la sociedad no está interesada en ella misma.

Nuestros políticos son egoístas. Su bien común les dura hasta cuando ganan las elecciones. No serán todos, por supuesto, pero la cotidianidad misma nos ha demostrado que son muchos. La mayoría, es probable. Después de que están allá les interesa sus intereses personales, valga la redundancia. Cómo ese dinero común se convierte en particular o se reparte entre unos pocos. Todavía no puedo creer lo que me dijo alguien. Hay una carretera, que pasa por una zona campesina, que ha sido pavimentada tres veces. En el papel, porque cuando la chiva pasa no se siente: la chiva debe esquivar las piedras y casi voltearse. Algunos dirán que llega hasta donde tiene que llegar, pero esa gente que vive por donde pasa la carretera tiene derecho a llegar a su casa sin dolor de espalda. Este es el siglo XXI, ¿o no?

Que una carretera haya sido pavimentada tres veces en el papel, si es verdad el rumor, significa que la plata ha sido robada tres veces, y en esa frase está la definición del egoísmo: cuántos tienen que sufrir con la carretera destapada y cuántos se quedaron con la plata. También, en esa frase, está la definición de desigualdad. Porque lo que les interesa es el voto, pero nomás. No hay que buscar muchos ejemplos, basta leer las noticias —y no todas—.

Si nuestros políticos fueran serios tendrían campañas políticas serias. No es posible que los argumentos se escondan detrás de parodias, de desnudos, de ponerle un brassier a una escultura. Dónde están las propuestas. Dónde las ideas que nos convenzan de ir a votar, y no a botar, por alguien que realmente está pensando en la causa común, y no en la causa personal.

Solo que la culpa es nuestra, más que la de ellos. Es que ser congresista tiene sus privilegios y cualquiera quisiera, como dirían las abuelas, esa coloca tan buena: basta mirar el sueldo. ¿Qué colombiano se gana eso o, cuántos se ganan lo que se gana un congresista?

Digo que la culpa es nuestra, sobre todo, porque también somos egoístas. Nos interesa votar por el que nos promete un puesto y, ¿por qué no prometer hacerlo si es asegurar un trabajo por cuatro años? Nos interesa votar por el que nos hace promesas personales y no por el que nos promete pensar en conjunto. ¿Acaso si no se robaran tanta plata, la inversión no sería mayor y, por tanto, el beneficio sería común?

A mí me hubiera gustado ser como Eduardo, que creía en la política, que era capaz de dar la vida por una causa social. Que dio la vida por una causa social. Por eso tampoco creo en la política: porque cuando alguien está diciendo lo que conviene a todos, pero no a unos pocos, entonces se le desaparece. Tan sencillo como si no hubiera una niña pequeña con ganas de tener un papá que le diera un abrazo el día del grado.

Quizá yo no soy como Eduardo, sino parte del problema: también soy egoísta. Prefiero dejar que todos los demás hagan y voten sin mirar si ese al que le están sumando un voto, realmente está en la política, por los demás. También soy egoísta porque prefiero quedarme a un lado, ejercer mi derecho al voto en silencio y no protestar por aquellos que votan mal.

Decir es muy fácil, alegar por Twitter es muy fácil, rayar un tarjetón es muy fácil, reírse con un campaña política estúpida es muy fácil. Pensar en el interés común, quién sabe.

Soy egoísta porque soy miedosa.

La señora de las hojuelas

Esa señora iba todos los días a la escuela. La recuerdo, como si mi memoria fuera una cámara de fotos. Está con su olla gris. Tiene una falda de cuadros y una camisa clara, de fondo entero. Tiene gafas y pelo blanco, por las canas, aunque hay unos cuantos pelos negros. En esa edad es al revés: el milagro es encontrar a los negros, y cuando se encuentra uno, la felicidad es exacta a la inercia. No como cuando salen las canas, que parece caerse el mundo, con pelo de color y todo, aunque la cana siga ahí, pegada.

Esa señora usaba zapatos bajitos, de viejita, diría yo en esa época, y ahora también. Yo tendría ocho. También seis y nueve, quizá, un poco más redondeado. Era  más vieja que mi abuelita, que entonces no era tan vieja, que entonces no estaba muerta.

La señora iba a la hora del recreo largo, el de las diez. En la olla llevaba hojuelas, que era lo que yo veía que llevaba. Al lado llevaba pasteles, o quizá eran papas con guiso. No sé, esos no los veía yo, porque los odiaba desde el olor. Porque no me gustan, en tiempo presente.

Recuerdo a la señora subiendo la falda de la escuela, con esa olla. Todos los días, a la misma hora.

La recuerdo porque me gustaban las hojuelas, porque yo miraba las hojuelas a ver si eran tan buenas y tan bonitas como las que yo hacía los domingos. A ella, quizá, le inflaban más que las mías.

Nunca le hablé a la señora, ni siquiera para que me dijera por qué a ella le inflaban más la hojuelas que a mí. Quizá para pagarle por alguna, pero nada más. Ni siquiera, de verdad, para preguntarle su nombre. Cuando uno tiene siete o seis o nueve, quizá los nombres no son tan importantes, aunque uno sea más preguntón. Cuando uno tiene 27, tal vez, solo para recordar.

Recuerdo a la señora de pelo blanco cuando hago hojuelas, siempre.

Esa señora era más vieja que mi abuela, creo, y mi abuela ya se murió. Quizá, también, la señora de las hojuelas también se fue. Me queda la foto de mi memoria, que puede fallar en colores.

–..-..-.

Así, por conversar: a qué ustedes también tienen una señora de las hojuelas, a su medida, que guardan en una foto que puede fallar en colores. ¿O no? ¿Cómo es la suya? Porque esta historia puede continuar…

 

Repeticiones

No conocía a la señora. No sé si era alta, de pelo rojizo o delgada. No tengo idea si usaba tenis o zapatos altos. Sé que su nombre empezaba por F y que la mataron un día. Antes de ella ya le habían matado al esposo y al hijo. No sé quién era la señora, tampoco. Ni si pensaba en vengarse de los que mataron a su esposo y a su hijo o, si, en cambio, pensaba que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. No sé si era, en nuestra idea maniquea, buena o mala. No tengo idea. Sé, en cambio, que le tocó dejar de vivir en su casa e irse a vivir a una ciudad, que no era suya. Que la mataron por andar diciendo lo que debía decir, según ella, pero no debía decir, según los otros. Sé, también, que a su otro hijo lo mataron hace poco, unos años después que a ella. No sé si era alto, de pelo rojizo o delgado. No tengo idea si usaba tenis o zapatos. No sé en qué letra empezaba su nombre. Solo sé, que lo mataron un día. Antes ya habían matado a su mamá, a su hermano, a su papá.  Sé, por inferencias básicas, que los dos apellidos, el del esposo y la esposa, que algún día se juntaron para una familia, ya no están juntos, porque ya no hay familia.

No conocí al señor. Sé que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Lo olvidé. Sé que se cambiaba de ropa dos veces al día. Tres, incluso. Sé su nombre, empieza por E.  Sé que lo mataron un día, hace mucho, cuando ella no tenía ni dos. Sé quién era el señor. Sé que ella cree que la venganza genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que lo mataron un día y que se fue sin que ella viera que era alto, de pelo negro, de pronto delgado. Sé que eso lo sabe porque alguien se lo contó. Sé que quedaron ella y ella, la mamá y la hija, y hacen una familia de dos, aunque falte uno para el tres inicial. Falta el de la E.

No conozco a muchos señores y señoras. Ni sé si eran altas, de pelo negro, de pronto delgados. No sé si usaban ropa de marca o no tenían suficiente dinero para estrenar el 31 de diciembre. No sé cómo empiezan sus nombres, ni si alguien supo su nombre alguna vez o se los dijo antes. No sé si antes ya les habían matado a alguien o si los habían sacado de su casa. Solo sé que muchos se han ido un día, por la guerra. Sé, también, que muchos se han ido porque otros creyeron que la venganza no genera un círculo vicioso e interminable de violencia. Sé que muchos  se han muerto y no sabían por qué.

La diferencia está en el saber o no. En el sentir o no. En el mirar o no. En la cercanía o no. En la indiferencia o no. En si es el desconocido o no. En si es mi papá o no.

Entonces tengo la sensación de que las historias se repiten.

Azar

En una revista dice que, cuando esté sola, para estar concentrada, piense una pregunta. Luego, elija tres de las fichas, al azar. Cada ficha tiene una figura. Después, que lea lo que dice el texto para cada figura. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”. “Es la indicación de que hay que retornar a las acciones simples y sencillas”.

No creo en las brujas ni en los horóscopos. Solo que a veces pienso, en contradicción, en el dicho ese de que las hay las hay. De pronto, el que escribió el horóscopo, pienso para reiterar, no fue el periodista que se lo inventó, porque no llegó el mail de la señora encargada. Pienso, entonces, que cuando uno tiene una pregunta de esas que uno suele preguntarle a esas cosas del azar, que hay respuestas que uno sabe, de antemano, y solo se le acomodan, por la necesidad.

Porque las preguntas son muy fáciles. En las respuestas, el diccionario deja de existir.

Se queda uno con la frase, pero no con la acción. No es capaz. “Es también una oportunidad disfrazada de pérdida”.

Adiós, amigo

No se ha muerto este amigo del que me despido. Muerto en la definición convencional. Solo que la muerte, decía cualquier poeta que leí cualquier día, tiene que ver, también, con el olvido. Este amigo se ha muerto, porque se olvidó de mí. Me mató primero.

La primera vez que nos vimos teníamos menos de 20. Yo uno más, él uno menos. Fue una coincidencia y un baile. Después fueron muchas cosas más: la luna, por ejemplo, que nos regalábamos porque sí. Los chismes, que inventaban por ahí. Las visitas que hacíamos en la puerta de mi casa. Las conversaciones, los abrazos. Los años, que iban llegando. La ciudad, que, de todas maneras, nosotros, acostumbrados a un pueblo del que se iba de un lado a otro en minutos, nos mantuvo unidos, aunque fuera por raticos. Las visitas pasaron de la puerta y celebrábamos cumpleaños con tortas que yo hacía, que no tenían más de diez centímetros de diámetro. Una llamada por ahí, dos, tres, quién sabe. Muchas llamadas. Más años pasaron, más amigos éramos, hasta ese día que no me acuerdo. Entonces empezamos a olvidarnos. Porque el olvido empieza en las no conversaciones. En los no saludos. En las ocupaciones. En los otros amigos. En las muertes, incluso. Yo me equivoqué, tal vez. Yo pensé que nos íbamos a encontrar, porque la muerte, al fin de cuentas, une. Ese dolor nos va encontrando, nos va haciendo iguales. Me equivoqué, creo, porque el señor de la E se murió cuando yo no me acuerdo. La O de él se murió cuando tenía muchísimos años con ella en la cabeza. A mí me duele por una razón desconocida. A él le duele porque le hace falta, quizá, pero yo no lo sé, porque nos pasó distinto, porque nos duele distinto, porque le hacemos el duelo distinto.

Me despido, no porque haya dejado de querer al amigo. No. Me despido porque prefiero mantenerlo como en la fotografía, que no envejece. Cuando todavía teníamos tiempo para los dos. Cuando todavía éramos amigos, como suelen ser los amigos, según la definición convencional. Ahora sabemos cómo nos llamamos, solamente, y eso no pasa de conocer a alguien, a lo lejos.

Quizá es ese año, que yo voy demás. Quizá llegó esa otra amiga, que me reemplazó. Quizá llegó otro amigo, que te reemplazó. Quizá yo me inventé un amigo, más allá de lo que él podía ser. Quizá yo no soy de su generación y quería tener más amigos, de los que uno tiene para toda la vida. Quizá ya no estamos en la misma línea de vida. Quizá yo me metí donde no cabía y de eso uno se da cuenta cuando está grande, no cuando está chiquito. Quizá di muchos regaños innecesarios. Quizá no estuve. No sé, porque me queda otro amigo, igual, y aunque a veces caminamos por la cuerda floja, hay cariño suficiente para decir hola. Para sabernos mutuamente.

No se ha muerto este amigo del que me despido, pero duele como si la muerte se lo hubiera llevado. Se murió este amigo y yo solo tengo un par de lloradas, de acuerdo a lo que soy, una llorona empedernida.

Adiós, amigo. Ojalá nos encontremos, por allá, alguna vez.

M.

Feliz Cumpleaños

Cuando iban dos días de diciembre, él celebraba el cumpleaños. Siempre. No como la abuela decía, en un día de noviembre, al final. No lo sabremos ya. Él se murió hace 26. Ella hace 10. Tantos años hace eso, que a veces uno se pregunta para qué hablar de esos muertos, que ya se fueron, que no se saben donde están. Si todavía escuchan. Si todavía, sobre todo, cumplen años. Si hay alguien, por allá, que les dé el abrazo, les compre una torta. En fin. A veces creo que el problema de la muerte no es la muerte misma. Es no saber si, después de tantos años de inventar a alguien que no se conoció, se encontrarán al fin, cuando ella también haga parte de los que hay que inventar.

Lo demás tiene que ver con lo que dice mi mamá. Para qué preocuparse por lo que no ha pasado, todavía.

 

 

Olvido

Cuando lo busqué,
ya no estaba.
No volvimos a hablar.
Ni una letra.

Fue como si el silencio
nos hubiera atrapado
para el no amor.

Volvió a cambiarse el nombre,
pero esta vez olvidó la M.
.,.,..,,,

A veces me pregunto si a Dios le gustan los preguntones.

María

Si María quisiera se iría tan lejos como puede imaginarse a ella misma en una montañita blanca, de nieve, pero María, en el fondo, no quiere irse. Las mismas cuatro paredes blancas, y la misma mosca muerta en el piso, la detienen. Es el no miedo. La seguridad. Solo que María tiene momentos en que le saca los dientes a ese monstruo. En una de esas, quizá se vaya tan lejos como puede imaginarse a ella misma, en la montañita blanca. Por eso, quizá, carga esos colores en el bolsillo. Siempre.

;

Siete letras
tiene la palabra soledad
y no es lo mismo que silencio,
que tiene ocho.

Porque la soledad aparece
aunque haya alguien en otro lado.
Cualquier lado.

Cuando se pierde la sonrisa
y la pronunciación consciente de esas cinco letras,
la soledad ya no es una pequeñísima idea.

Es un monstruo
de letras grandes, que suenan,
que traspasan las ocho letras
de la otra palabra con s.

Encuentros tristes

Un recuerdo para los que se fueron con la tragedia del edificio Space

La muerte nos cambia y jamás volvemos a ser, y a hacer incluso, los mismos. No porque la vida no siga, sino porque es como si dibujaran una raya indeleble y gruesa, que no se borra, aunque intente gastarse todos los borradores que se le ocurran. Eduardo es como un ángel que yo llevo al lado, a todas partes. Lo siento en la silla del carro de la derecha. Lo nombro cuando voy a caminar en la calle, para que me acompañe. A veces le digo que me ayude en alguna cosa importante. La mayoría de veces le escribo y lo invento.  Muchas veces, me da miedo de esa foto de 3×4 que tengo en el otro cuarto, de las pocas fotos que me permiten hacerme una imagen de él, porque me da la impresión que me va a saludar y yo, desde que tengo memoria, soy de alma miedosa. Tengo que volver a decirme, pero Mónica, tu papá no te asustaría nunca, qué cosas piensas. Porque a mí me dijeron desde que estaba pequeña que mi papá era alguien que se había ido, pero que me cuidaba desde arriba, y yo, lo he creído desde entonces. Cuando me gradué del colegio levanté el diploma. También era para celebrar con él, para que se sintiera orgulloso. Es solo un ejemplo, de los muchos ejemplos que tengo de las miradas al cielo, a buscar la estrella en la que está y me mira. No son cosas de niños. Son esas cosas a las que uno le deja de buscar explicaciones racionales, para sentirse mejor frente a los que ya no están. Pasó lo mismo con mi abuela. Alguien volvió a decirme que ahora tenía otro ángel en el cielo y yo lo creí, para imaginar que es ella la que le pone la sazón a los frijoles cuando yo los cocino. A veces la regaño. Abuelita, hoy no me estabas poniendo cuidado y quedaron salados.

De todas maneras, otra amiga, otra vez, me dijo que tenía que soltar a mi papá, dejarlo descansar, más o menos como que no lo jodiera tanto, que no lo perturbara, para que se fuera tranquilo. Prometí pensarlo sin dolor, pero no dejarlo de inventar. Solo que los muertos nos van uniendo y haciendo que volvamos a contar la historia.

No puedo no pensar en esos señores a los que se les cayó el edificio, pero más que en ellos, en esa señora que se quedó viuda y, sobre todo, en esos hijos que tendrán que entender, en algún momento, que en adelante seguirán sin un papá que los acompañe físicamente. No estará en los cumpleaños, ni en los grados, ni en el teléfono. No estará para ver televisión, ni leer el poema, ni conversar a las nueve. Ahora es solo el que está en esa foto, sin envejecer. Lo demás son los recuerdos.

Alguien les dirá lo mismo, que él sigue ahí, escuchando, mirando, acompañando, y uno aprende, aunque sea difícil, a hablar con su muerto, y a llevarlo sobre la espalda el resto de la vida, aunque ella tenga que seguir. La vida sigue sin los que se van. Al principio todos hablaban en Twitter de la tragedia. Estaban indignados. Al primer muerto le escribieron muchos, contando hasta los que no lo conocían. Dijeron que acompañaban a la familia, a los amigos, etcétera. Al otro día, los mismos ponían una foto chocando las copas y unas periodistas se tomaban una foto con los escombros atrás. Con los diez desaparecidos más, todavía perdidos entre tanto cemento. Porque los muertos duelen si son cercanos y, sobre todo, porque la vida, indiscutible, tiene que seguir, incluso para aquellos que quedan con el vacío, recordando a su muerto como el mejor de los hombres. Olvidando, como yo también inventé un día, que eran humanos y que tenían defectos. Uno sigue viviendo, pero la muerte nos enseña, nos cambia, nos marca. No es lo mismo desde ese día. No es lo mismo lo que somos desde ese día. Quizá porque no sabemos si nos los vamos a volver a encontrar o si en ese preciso momento se acaba todo. Lo difícil, también, es la incertidumbre.

Cuando encuentran el cuerpo de ese señor muerto, pienso en los detalles. No le he querido preguntar a mi mamá, pero me gustaría saber qué fue lo último que se comió Eduardo. Pienso en ese señor. Qué fue lo último que se comió ese señor, si alguien le serviría con cariño el plato, si él se lo sirvió con cariño. Quizá fue un postre que se comió con la hija. Pienso quién fue la última persona que habló con Eduardo. Pienso en ese señor. Quién fue la última persona que habló con él y qué le dijo. De pronto se acordó y fue cariñoso. De pronto no y solo le respondió, en una hora nos vemos. Pienso si Eduardo pensó en Mónica cuando la bala venía en camino a su cabeza. Pienso en ese señor. Si pensó en sus hijos antes de que el edificio se le cayera encima.

Por supuesto, no es que nos vamos a morir con cada muerto. Algunos dicen que estamos locos. Esa señora que va a visitar al cementerio a su hijo, todos los días, desde hace más de diez años, me dijo que no estaba loca, que lo que tenía era un dolor muy grande adentro. Yo creo que el dolor se debe ir, para que la vida pueda continuar tranquila. En últimas, no nos podemos morir con los que ya se murieron, pero estoy convencida, que el olvido es más triste que la muerte. Yo escribo a Eduardo, porque es mi única manera de que siga vivo.

En la muerte nos encontramos. Nos volvemos a saber iguales.