La chica que quería ser Dios

Nos encontramos con Sylvia Plath en el teatro Matacandelas de Medellín. Como “la imaginación es un músculo que necesita ejercitarse”, cerramos los ojos. Al abrirlos, Sylvia abrió la puerta de su pequeño apartamento en Londres. Era la noche del 10 de febrero de 1963 y la chica rubia, lúbrica y agónica invitó a sentarnos en las pequeñas cómodas. Con su acento de citadina de Boston, habló de lo maravilloso que era vivir en el mismo edificio donde residió el poeta William Butler Yeats. Con una sonrisa histérica trajo un jarrón de porcelana inglesa donde estaba el té caliente. Mientras tanto, El Pasajero jugaba con Nicholas, y Avril  y la pequeña Frieda dibujaban muñecas con trenzas.

Sylvia no quiso referirse a su exesposo Ted Hughes. De una mesita cogió un manuscrito y empezó a leer:

You do not do, you do not doAny more, black shoe

In which I have lived like a foot

For thirty years, poor and white,

Barely daring to breathe or Achoo. *

Su río de palabras no paró; con duros acentos reveló la culpa de padecer a su padre. En los versos estaba él y los hombres de su vida. Aquella noche Sylvia no fumó opio. Tampoco supimos que era la víspera de su muerte. Ella era la chica que quería ser Dios. Un día se tragó unas pastillas y no murió, ya grande se cortó sus piernas y resucitó. Ahora, con su hermosa presencia parecía incólume.

Sylvia subió con Nicholas y Frieda. Les contó un cuento en el cuarto. Era tarde cuando nos despedimos de ella. Afuera hacía frío y echamos andar por calles desconocidas de hombres con abrigos largos.

No dejamos de pensar en su voz:

*Daddy de Sylvia Plath

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Al vaivén de la carreta en Carlos E.

Soltada la cuerda o levadas las anclas en el día, al vaivén del barco fuimos a parar al Carlos E en la noche.

El Pasajero, Avril y Galimatías de golpe se topan con cientos de voces. El pasaje suena al barullo de los cafés, a la panadería y a los restaurantes. Alguien hace piruetas y otro da vueltas en un monociclo. Los rostros están poblados por la barba rala de muchos días. Unas mujeres con faldas coloreadas venden sándwiches con vino, y entre los árboles las volutas de humo se esparcen por todo el parque. Un hombre corre, otro canta y sigue los acordes de una guitarra que remeda una canción de Stereophonics. Dice así, mientras rasga su voz:

I’m just looking I’m not buying
I’m just looking keeps me smiling
a house i seen another coulda’ been

Hay botellas en el piso cerca del antiguo restaurante del Mamm. El Pasajero y Avril se sientan en una de las jardineras.

you drenched my head and said what i said
you said that life is what you make of it
yet most of us just fake

Tararea Galimatías.

Se cruzan las mismas palabras de un viernes. Ahora pocas personas discurren en la calle. No hay música en el aire. Una pareja se besa detrás un árbol y un vigilante les ordena que se paren de la banqueta.

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¿Quién rema?

Aquí hablaré de lo visto y oído en los días. Me pondré el sombrero y navegaré con esta barcadelocos a través de edificios y calles. Con un atrapa mariposas cogeré palabras allí y allá y las recitaré en una copla con un melotrón. Las luces que cintilan en las montañas se verán en estas páginas. Habrá música, folk, indie, rock y reggae. Les contaré un cuento y les recordaré algunas historias que solo pueden escribirse en una barca.

Antiguos marineros zarparon a mares desconocidos y remaron al azar. Conocieron otros mundos y mitos. Cada uno tentó a la muerte, trazó una senda y dejó fortuna o miseria. Ahora, así caminamos al alba y en la noche. Esta es la muestra de los pasos de quien como ustedes recorre los días y va dejando una estela detrás de sí.

Jorge Iván Posada Duque es el nombre de pila, de oficio: periodista.
El arte: imaginar y echar cuentos. Quien escribe es galimatías.

Ya estás a bordo en esta barcadelocos.

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Le Train

Un tren que recorre una ciudad, en los aires vuela mientras su maquinista coge palabras. Por allí y allá sube y baja el tren, el vagón de las palabras se va haciendo menos ligero. Sobrevuela edificios y calles, llenas de frases ya dichas que quedan en el aire. El maquinista, con su camisa de rayas, va dejando una estela de humo detrás de sí y, presuroso, llega con la máquina a su casa. Con tantas palabras y oraciones amolda el libro de La Villa para la mujer que siempre lo espera. Y todos los días, en las noches, juntos leen la historia de esos hombres de La Villa, que trae a su casa el maquinista para él, para ella.

Así lo muestra un video de Yann Tiersen:

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